martes, 27 de noviembre de 2012

Perfecta Cap: 33

Apoyada contra una montaña de almohadas de pluma, en el dormitorio principal, Miley observó los platos sobre la mesa baja frente a la chimenea. Habían desayunado tarde allí, y después Nick la llevó de regreso a la cama y volvió a hacerle el amor. La había mantenido despierta casi toda la noche, haciéndole el amor con una mezcla de urgente exigencia y exquisita ternura que Miley encontraba salvajemente excitante y atormentadoramente dulce. 

Cada vez que él acababa, la tomaba en sus brazos y la sostenía contra su cuerpo mientras dormitaban. Ya era más de mediodía y estaban sentados en la cama, mientras él le acariciaba perezosamente un brazo.

Por desgracia, a la luz del día, a ella le resultaba cada vez más difícil imaginar que ésa era una casita donde se encontraba a salvo en una cama cálida junto a un hombre común, que además era su devoto amante. A plena luz del día tenía amarga conciencia de que el hombre que le hacía el amor con tan violenta ternura, que gemía de pasión en sus brazos y que la hacía gritar y sentir que era la única mujer que se le había entregado así, también había hecho el amor con incontables actrices de cine y personalidades sexualmente atractivas. 

Ese había sido su mundo... un mundo lujoso y frenético, poblado de gente rica, hermosa y talentosa que, además, contaba con todas las conexiones necesarias.
Ésa fue la vida anterior de Nick y, aunque lo perdió todo, Miley no dudaba que, ahora que estaba libre para buscar al verdadero culpable, demostraría su inocencia... de ser posible con su inexperta pero ansiosa ayuda. Una vez que lo hiciera, podría reanudar su vida anterior, continuar su brillante carrera en Hollywood. Entonces dejaría de necesitarla. Y cuando eso sucediera, cuando ella quedara reducida al nivel de “vieja amiga”, sabía que su dolor sería tremendo.

Nick no se enamoraría de ella ni le haría declaraciones de amor eterno. En ese momento, simplemente la necesitaba y, por algún motivo. Dios dispuso que ella estuviera a su lado. Lo único que podía hacer era vivir cada momento a medida que llegaba, saborearlo y memorizarlo para los años venideros. Eso significaba no pedirle nunca más de lo que él podía dar, no obligarlo a cargar con sus sentimientos, y mantener su corazón lo más intacto posible. Eso significaba encontrar la manera de mantener la situación lo más liviana y frivola que fuera posible. Deseó ser sofisticada y tener experiencia con los hombres; eso le habría resultado de gran ayuda para lograrlo.
 –¿En qué estás pensando? –preguntó Nick. Ella volvió la cabeza y lo vio estudiándola con expresión preocupada.
–En nada demasiado profundo. –Trató de evadirse, con una sonrisa brillante y artificial–. Pensaba en la vida en general.
–Háblame de eso.
Miley trató de evitar a la vez la mirada escrutadora de Nick y el tema tan peligroso, así que se apartó de él, levantó las rodillas y se las rodeó con los brazos.
–En realidad no vale la pena hablar de eso.
–¿Por qué no dejas que lo decida yo?
Ella le dirigió una mirada sombría.
–¿Siempre has sido tan autoritario?
–Es una de mis cualidades menos atractivas –contestó él, impenitente–. Concretamente, ¿en qué pensabas?

Miley levantó los ojos al cielo, exasperada, pero al ver que él seguía mirándola como esperando su respuesta, decidió decirle parte de la verdad. Apoyó la barbilla sobre las rodillas para evitar su mirada.
–Estaba pensando en lo extraña que es la vida. Todo parece previsible y después, de un instante a otro... en el tiempo que se tarda en salir de la ruta interestatal para tomar un café, todo puede cambiar.
Nick apoyó la cabeza contra las almohadas, cerró los ojos y tragó aliviado. 

Pensó que Miley estaba meditando sobre la realidad lógica y verdadera de que él le estaba arruinando la vida. Por el rabillo del ojo Miley lo miró fugazmente y, al notar su cara tensa, se angustió. Lo que Nick necesitaba eran risas, un ambiente liviano y sensual, en lugar de ponerse a filosofar o a hablar de temas de intensidad emocional, y resolvió no permitir que volviera a arrinconarla en un tema así.
Nick lanzó un profundo suspiro y habló sin abrir los ojos.
–¿Quieres quedarte aquí conmigo, Miley? –preguntó.
–¿Me estás dando una opción? –bromeó ella, firme en su decisión de no hablar de temas profundos. En cuanto lo dijo notó que él endurecía la mandíbula, y tuvo la extraña sensación de que tampoco esa vez le había dado la respuesta que él necesitaba.
–No –dijo Nick, después de una larga pausa–. Me temo que no.
–Si me dejaras ir, ¿crees que le diría a la policía dónde estás? ¿De eso se trata?
–No. Si me dieras tu palabra de que no lo harías, la aceptaría.
–¿Entonces, por qué?
–Porque no creo que pudieras soportar el interrogatorio implacable a que te someterían. Aun en el caso de que les dijeras que te vendé los ojos hasta que te dejé en libertad, seguirían interrogándote, tratando de “ayudarte” a recordar algo significativo, y tarde o temprano te venderías sin darte cuenta y sin tener la intención de hacerlo.
Esa vez Miley trató de mantener el equilibrio entre la sinceridad y el humor.
–Está bien. Entonces supongo que no tendré más remedio que quedarme en esta casita destartalada y pasar algunos días con este hombre exasperante, malhumorado y dictatorial que tiene un insaciable apetito sexual. Posiblemente salga de aquí sin poder caminar o mantenerme de pie sin ayuda.
Nick mantuvo los ojos cerrados, pero en sus labios apareció una leve sonrisa.
–Yo no soy malhumorado.
–Pero sí exasperante, dictatorial e insaciable –retrucó ella con una risita, con la sensación de que controlaba más la situación y a sí misma–. Ya sé, ¿por qué no salimos un poco?
Entonces la sonrisa de Nick fue franca y amplia.
–Ni lo pienses. Se te congelaría el trasero.
–Pensaba cubrirlo de ropa antes de salir –informó ella con aire pudoroso–. El aire fresco y la actividad física pueden curar cualquier cosa.
–Excepto el congelamiento.
Ella lo golpeó con una almohada y comenzó a levantarse.
–¿Es necesario que siempre te quedes con la última palabra?
–Por lo visto.
–Entonces tendrás que conversar contigo mismo, porque yo pienso salir –informó poniéndose la bata de cama–. A pesar de los encantos sibaríticos de estar aquí adentro contigo, necesito un poco de sol y aire fresco. Si estuviera en casa, a esta hora estaría en el patio del colegio con mis alumnos, en el recreo de mediodía.
–Encantos sibaríticos –repitió él con una risita–. ¡Qué linda frase! Me gusta.
–No me sorprende –contestó ella con una sonrisa, mientras se dirigía hacia el baño de su dormitorio para ducharse y vestirse.
–Usa este baño, es mucho más agradable –aconsejó Nick

Miley permaneció a un lado del enorme espejo del baño, bajo las lámparas de bronce que lo enmarcaban, secándose el pelo, mientras Nick se afeitaba en su lado del espejo. En lugar de usar el cuarto de baño más pequeño que daba a su dormitorio, que fue lo que Miley pensó que él haría, Nick también utilizó ese. Miley decidió que eso de compartir un baño con un hombre encerraba una extraña intimidad. Y además, estaban los sonidos: el sonido del agua de la ducha de Nick que empezó a correr mientras ella estaba en la suya, y ahora el sonido del agua que corría en el lavabo mientras él se afeitaba.
Cuando, envuelta en una toalla verde, Miley se dirigía a su dormitorio a vestirse, Nick le dijo:
–Ponte algo del armario de este cuarto.
Sobresaltada porque era la primera vez que hablaban desde que compartieron juntos el baño, Miley se volvió y lo vio parado junto al lavatorio, con las caderas angostas envueltas en una toalla igual a la suya, y la cara cubierta de crema de afeitar..
–No –contestó ella–. Lo hice anoche y no me sentí bien.
–Me imaginé que eso nos provocaría una discusión –contestó él.
–Es agradable ganarte una discusión de vez en cuando –contestó Miley, sonriendo.

Se encaminó al dormitorio, rumbo a la silla donde la noche anterior había depositado su ropa. Ya no estaba allí. Durante algunos instantes se quedó mirando la silla, como si la ropa pudiera volver a materializarse; después giró sobre sus talones y se encaminó al baño, con expresión beligerante.
–¡Te advierto que no estoy dispuesta a ponerme nada que cuelgue en ese armario!
Nick le dirigió una mirada divertida mientras seguía afeitándose.
–Bueno, ahí tienes un pensamiento capaz de excitar a un macho insaciable como yo... tenerte todo el día dando vueltas desnuda a mi alrededor.
Ella contestó con su tono de maestra más severo.
–Nick, estoy haciendo grandes esfuerzos por no ponerme de mal humor...
Nick sofocó una carcajada al verla tan adorable, y se negó a contestar.
–¡Nick! –exclamó ella con aire sombrío, avanzando amenazante y autoritaria–. ¡Quiero que me devuelvas mi ropa en este mismo instante!
Estremeciéndose de risa, Nick se lavó la cara con agua fría y luego se la secó.
–¿Y si no lo hago, señorita Mathison? –preguntó–. ¿Qué me sucederá? ¿Me pondrás una mala nota?
Miley había tenido que enfrentar tantas rebeliones adolescentes que sabía que perdería terreno si mostraba su frustración. Lo miró con expresión firme y enfática.
–En ese aspecto, no soy negociable.
Nick dejó caer la toalla y se volvió, con una maravillosa sonrisa.
–Tienes un espléndido vocabulario –dijo con sincera admiración. Miley apenas lo oyó.
Miraba con sorpresa la imagen viviente de ese hombre apuesto, atractivo y carismático que había visto durante años en gigantescas pantallas de cine y televisión. Hasta ese momento, Nicholas Jonas, el hombre, para ella nunca se había parecido demasiado a Nicholas Jonas el actor, de manera que le resultaba fácil ignorar qué y quién había sido. Cinco años de cárcel habían endurecido su rostro y trazado líneas de tensión en sus ojos y en su boca, dándole un aspecto más duro y mayor, pero todo eso había cambiado en una noche. Ahora que estaba bien descansado, sexualmente satisfecho y recién afeitado, el parecido era tan grande que ella retrocedió, nerviosa y sorprendida, como si acabara de toparse con un extraño.
–¿Por qué me miras como si me salieran pelos de las orejas?
La voz era familiar. Conocía esa voz. Eso resultaba tranquilizante. Miley se obligó a abandonar esas fantasías ridiculas y volver a la realidad. A la discusión que mantenían. Más decidida que nunca a ganar, cruzó los brazos sobre el pecho.
–Quiero mi ropa.
Él imitó su actitud, cruzando también los brazos sobre el pecho, pero en lugar de mirarla con enojo, sonreía.


–No tienes la menor posibilidad de recuperarla, querida... Elige algo de ese armario.
Miley se sintió tan frustrada y desequilibrada que tuvo ganas de golpear el piso con los pies.
–¡Maldito sea, quiero mi...!
–¡Por favor! –interrumpió él en voz baja–. Elige algo de ese armario. –Y al ver que ella se disponía a discutir, agregó–: Tiré tu ropa a la chimenea.
Miley supo que acababa de vencerla, pero la insensibilidad de Nick para manejar la situación la enojó y le dolió.
–Para un ex astro de cine pueden haber sido trapos inservibles –retrucó furiosa–, ¡pero era mi ropa, trabajé para pagarla, la compré y me gustaba!
Giró sobre sus talones y enfiló hacia el armario, sin advertir que su frase había dado en el blanco con más fuerza de la que pudiera haber soñado. Ignoró los vestidos y las polleras que colgaban a ambos lados y tomó el primer par de pantalones y el primer suéter que se cruzaron en su camino. Los apoyó contra su cuerpo para comprobar si le cabrían y se los puso sin ceremonia alguna. Los pantalones eran de cachemir verde esmeralda y el suéter de un tono haciendo juego. Dejó el suéter afuera del pantalón, tomó un cinturón, se lo puso, se volvió y casi chocó contra Nick.

Estaba parado en la puerta, y le bloqueaba el paso.
–Discúlpame –dijo Miley tratando de pasar y sin mirarlo siquiera.
Él contestó con un tono tan implacable como su postura.
–Por mi culpa has tenido que usar la misma ropa durante los últimos tres días. Quería que pudieras ponerte otra cosa, para no sentirme culpable cada vez que miraba tus jeans. –Sin mencionar que además se moría de ganas de verla vistiendo ropa hermosa y fina y digna de su figura y su belleza, agregó–: Te pido por favor que me mires y me dejes explicar.

Miley tenía el coraje y la tozudez suficientes para contrarrestar su tono persuasivo, pero no estaba tan enojada como para no comprender la lógica de lo que Nick decía, y además comprendía que era tonto arruinar el poco tiempo que tenían con una discusión sin sentido.
–Me revienta que me ignores y que te quedes mirando el piso –dijo él–. Me da la sensación de que crees que mi voz es la de alguna cucaracha y que la estás buscando para pisarla.
–¡Eres completamente incorregible! –dijo Miley, levantando la mirada.
–Y tú, completamente maravillosa.

El corazón de Miley estuvo a punto de dejar de latir ante su expresión solemne, pero de repente recordó que Nick era actor, y se advirtió que sólo conseguiría sentirse más herida en el futuro si consideraba que algunos piropos casuales eran verdaderas expresiones de cariño. Al ver que ella no respondía, Nick sonrió y se dirigió al dormitorio.
–Te propongo que nos pongamos unas camperas y salgamos, si todavía tienes ganas de tomar aire –dijo, hablando sobre el hombro.
Miley lo miró con incredulidad, lo siguió, se detuvo frente a él, abrió los brazos y lo obligó a mirarla.
–¿Con esta ropa? ¿Te has vuelto loco? ¡Estos pantalones de cachemir deben de haber costado... por lo menos doscientos dólares!

Al recordar algunas de las cuentas de Demi, Nick calculó que debían acercarse más a los seiscientos dólares, pero no hizo ningún comentario. En realidad tenía tantas ganas de salir con ella, y sabía que Miley se moría por un poco de aire libre, que le puso las manos sobre los hombros y dijo mucho más de lo que pensaba.
Miley, esa ropa pertenece a una mujer que es dueña de una serie de tiendas elegantes que venden ropa hermosa y refinada. Te aseguro que ella no tendría ningún inconveniente en que tú usaras lo que se te diera la gana... –Antes de terminar la frase comprendió lo que había dicho y no pudo creer en su propia tontería. Miley lo miraba con los ojos muy abiertos de sorpresa y él adivinó sus pensamientos antes de que hablara.
–¿Quiere decir que conoces a los dueños de esta casa? ¿Que ellos te dieron permiso para usarla? ¿No crees que están corriendo un riesgo tremendo al ocultar a un fugitivo... ?
–¡No sigas! –ordenó él, con más rudeza de la necesaria–. ¡Yo no quise decir nada por el estilo!
–¡Pero sólo trato de entender... !
–¡Maldito sea! ¡No quiero que entiendas! –Al comprender que era una injusticia que volcara su enojo sobre ella, se pasó una mano por el pelo y dijo con tono un poco más paciente–: Trataré de explicarte esto lo más clara y sucintamente posible, y después no quiero que volvamos a tocar el tema. Cuando vuelvas a tu casa –prosiguió diciendo Nick–, la policía te interrogará acerca de todo lo que hice y dije mientras estuvimos aquí, para tratar de averiguar si conté con ayuda exterior y hacia dónde me dirijo. Te harán repetirlo y repetirlo y repetirlo hasta que estés extenuada y ya no puedas pensar con claridad. Lo harán con la esperanza de que recuerdes algo que antes olvidaste y que a ellos pueda resultarles significativo, aunque tú no le hayas dado importancia. Mientras puedas decirles la verdad, toda la verdad, que es exactamente lo que te aconsejaré que hagas cuando te vayas de aquí, no tendrás de qué preocuparte. Pero si tratas de protegerme ocultándoles algo o si les mientes, llegará el momento en que te confundirás, y cuando lo hagas, lo percibirán y te harán pedazos. Empezarán a creer que fuiste mi cómplice desde el principio, y te tratarán como tal. Te voy a pedir que les digas sólo una mentira pequeña y poco complicada que debería ayudarnos a ambos, sin ponerte en peligro de tropezar durante los interrogatorios. Más allá de eso, no quiero que le mientas ni le ocultes nada a la policía. Diles todo. A esta altura, no estás enterada de nada que pueda perjudicarme a mí o a nadie que esté involucrado conmigo. Y tengo intenciones de mantenerlo así –agregó con tono enfático–. Por mi bien y por el tuyo. ¿Está claro? ¿Comprendes por qué no quiero que me hagas más preguntas?
Frunció el entrecejo cuando, en lugar de asentir, ella le contestó con otra pregunta. Pero cuando la oyó, se relajó.
–¿Cuál es la mentira que me pedirás que diga?
–Te voy a pedir que le digas a la policía que no sabes dónde está situada esta casa. Que les digas que después que estuviste por huir en esa plaza de camioneros, te vendé los ojos y te obligué a permanecer acostada en el asiento trasero durante el resto del viaje, para que no pudieras volver a tratar de escapar. Es creíble y lógico y no lo pondrán en duda. También ayudará a neutralizar la versión de ese maldito camionero; ése es el único motivo que puede tener la policía para sospechar que eres mi cómplice. Haría cualquier cosa en el mundo con tal de no tener que pedirte que mientas por mí, pero creo que será lo mejor.
–¿Y si me niego?
El rostro de Nick adquirió instantáneamente una expresión dura e introvertida.
–Eso es cosa tuya, por supuesto –dijo con helada cortesía.
Hasta ese momento, en que fue testigo del cambio que se producía en él al pensar que la confianza que le tenía era infundada, Miley no se había dado cuenta de hasta qué punto se había suavizado desde el día anterior. Sus bromas y su ternura al hacerle el amor no eran simplemente una manera conveniente y agradable de pasar el tiempo mientras tuvieran que permanecer juntos... por lo menos parte de eso era verdadero. El descubrimiento le resultó tan dulce, que estuvo a punto de no oír lo que él decía.
–Si decides decirle a la policía donde está ubicada esta casa, te agradecería que también te acordaras de decirles que yo no tenía llave y que estaba dispuesto a forzar la puerta si no encontraba una. Si no pones énfasis en ese punto, los propietarios de esta casa, que son tan inocentes como tú y que no colaboraron en mi plan de huida, se verán sujetos a las mismas sospechas injustas a que te ves sujeta tú a causa de lo que dijo ese camionero.
Miley se dio cuenta de que él no estaba tratando de protegerse a sí mismo. Trataba desesperadamente de proteger a los dueños de esa casa. Lo cual quería decir que los conocía. Eran, o habían sido, amigos...
–¿Te molestaría decirme cuál de las dos cosas piensas hacer? –preguntó Nick con esa voz fría e indiferente que a ella le resultaba odiosa–. ¿O preferirías tener tiempo para pensarlo?
A los once años, Miley prometió que no volvería a mentir jamás, y en quince años nunca había roto esa promesa. En ese momento miró al hombre a quien amaba y dijo con suavidad:
–Les diré que me vendaste los ojos. ¿Cómo se te ocurre que iba a hacer otra cosa?
La recorrió una sensación de alivio al ver que desaparecía la tensión de la cara de Nick, pero en lugar de decirle algo cariñoso, la miró echando chispas y anunció:

2 comentarios:

  1. Quiero que subas mas porfas <3 Amo esta nove :3

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  2. hahahaha me encanto, pero odio que ese Nick sea tan frio, que le ira a decir ahora ¬¬ siguela pronto Jeny

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