martes, 16 de octubre de 2012

Perfecta Cap:13

Con la cadera apoyada contra el escritorio, Miley les sonrió a las siete mujeres de entre veinte y sesenta años a quienes estaba enseñando a leer. A pesar de que recién las conocía, ya la habían conquistado con su determinación, su coraje y su intensidad. Faltaban apenas veinte minutos para la hora en que debía estar en la casa de sus padres, donde comería, pero no tenía ganas de terminar esa clase. A regañadientes, miró su reloj.
–Bueno, creo que con eso basta por esta noche. ¿Alguien quiere preguntar algo acerca de los deberes para la semana que viene, o hay algo que quieran decir?
Siete pares de ojos de expresión sincera se clavaron en ella. Rosalie Silmet, de veinticinco años y madre soltera, levantó la mano y habló con timidez.
–Bueno, todas queremos decirle lo mucho que significa para nosotras lo que está haciendo. Me eligieron para que se lo dijera, porque hasta ahora soy la que mejor lee. Queremos que sepa hasta qué punto nos ha cambiado la vida que usted crea en nosotras. Algunas –miró a Pauline Perkins que acababa de unirse a la clase a instancias de Rosalind– no creen que pueda llegar a enseñarnos a leer, pero estamos dispuestas a darle la posibilidad de que lo logre.
Siguiendo la dirección de la mirada de Rosalind, Miley observó a la mujer morocha, de aire solemne, de alrededor de cuarenta años, y le habló con suavidad.
–¿Por qué cree que no podrá aprender a leer, Pauline?
La mujer se puso de pie, como si estuviera por dirigirse a una persona de gran importancia, y admitió con dolorosa dignidad:
–Mi marido dice que si no fuese est/úpida habría aprendido a leer cuando era chica. Mis hijos dicen lo mismo. Dicen que estoy haciéndole perder tiempo. Vine porque Rosalind dice que está aprendiendo a leer con mucha rapidez y que ella tampoco se creía capaz de conseguirlo. Entonces me dije que haría la prueba durante algunas semanas.
El resto de las mujeres presentes asintió, y Miley cerró los ojos antes de admitir algo que había conservado en secreto durante tantos años.
–Yo sé que todas pueden aprender a leer. Tengo pruebas de que no saber leer no quiere decir que una sea tonta. Y lo puedo demostrar.
–¿Cómo? –preguntó directamente Pauline. Miley respiró hondo antes de hablar.
–Lo sé porque cuando llegué a Keaton estaba en cuarto grado y no sabía leer tan bien como lee Rosalind después de unas semanas de clase. Yo sé lo que una siente cuando cree que es demasiado tonta para aprender. Sé lo que se siente cuando uno recorre un pasillo sin poder leer los nombres de los baños escritos en las puertas. Y sé cómo trata uno de ocultárselo al resto de la gente, para que no se rían. Yo no me río de ustedes. Nunca me reiré de ustedes. Porque sé algo más... sé el coraje que tiene que tener cada una de ustedes para venir aquí dos veces por semana.
Las mujeres la miraban con la boca abierta.
–¿Es cierto eso? –preguntó Pauline–. ¿Usted no sabía leer?
–Es absolutamente cierto –afirmó Miley, manteniéndole la mirada–. Por eso quiero enseñarles a ustedes. Por eso estoy decidida a conseguir todos los nuevos elementos que existen en la actualidad para ayudar a leer a los adultos. Confíen en mí –pidió, enderezándose–. Encontraré la manera de conseguirles todas esas cosas. Para eso viajo mañana a Amarillo. En este momento, lo único que les pido es que tengan un poco de fe en mí. Y en ustedes mismas.
–Yo tengo mucha fe en usted –bromeó Peggy Listrom, poniéndose de pie y recogiendo sus útiles–. Pero todavía no sé si tengo fe en mí misma.
–¡No puedo creer que haya dicho eso! –contestó Miley–. ¿Al principio de la clase no la oí fanfarronear diciendo que esta semana pudo leer algunos nombres de calles?

Cuando Peggy sonrió y levantó al bebé que dormía en una silla a su lado, Miley decidió que en esa etapa tan temprana les hacía falta que les reforzara el entusiasmo.
–Antes de que se vayan, me gustaría que recordaran por qué querían aprender a leer. ¿Qué me dice, Rosalie?
–Eso es fácil. Quiero ir a la ciudad, donde hay trabajo de sobra, pero no consigo empleo porque no sé llenar una solicitud. Y aunque ideara una manera de salvar ese escollo, sin saber leer no conseguiría un trabajo que valiera la pena.
Otras dos mujeres asintieron, y Miley miró a Pauline.
–Y usted, Pauline, ¿por qué quiere aprender a leer? La mujer sonrió avergonzada.
–Me gustaría demostrarle a mi marido que está equivocado. Me gustaría enfrentarlo una vez en la vida, y demostrarle que no soy imb/écil. Y después... –no terminó la frase.
–¿Y después? –preguntó Miley con dulzura.
–Y después –continuó diciendo la mujer–, me gustaría poder sentarme a ayudar a mis hijos con sus deberes.

Miley miró a Debby Sue Cassidy, una mujer de treinta años, pelo castaño lacio y aire tranquilo, a quien sus padres itinerantes habían sacado repetidamente de distintas escuelas, hasta que por fin, al llegar a quinto grado, dejó de asistir de manera definitiva. Impresionaba a Miley como una persona particularmente inteligente y, por lo poco que había dicho en clase, daba la sensación de ser una persona creativa y que sabía expresarse. Trabajaba como criada; tenía aspecto de bibliotecaria. Debby vaciló antes de hablar.
–Si después de aprender a leer pudiera hacer lo que quisiera, sólo una cosa me interesaría.
–¿Y qué es? –preguntó Miley.
–No se ría, pero me gustaría escribir un libro.
–No me río –contestó Miley con suavidad.
–Creo que algún día podré hacerlo. Es decir, tengo buenas ideas y sé contar historias en voz alta, sólo que no sé escribirlas. Escucho libros grabados, usted sabe, los que se graban para los ciegos, aunque yo no sea ciega. Y sin embargo, a veces siento que lo soy. Tengo la sensación de estar dentro de un túnel oscuro, sin salida, pero ahora creo que la haya. Si realmente logro aprender a leer.

Esas confesiones trajeron una lluvia de otras confesiones, y Miley empezó a comprender la vida que esas mujeres se veían obligadas a vivir. Ninguna de ellas tenía la menor autoestima, era evidente que sus maridos o los hombres con quienes vivían se burlaban de ellas y las maltrataban, y lo peor era que ellas mismas no creían merecer nada mejor. Cuando Miley cerró la puerta del aula a sus espaldas, llevaba diez minutos de atraso para la comida en casa de sus padres, y estaba más resuelta que nunca a conseguir el dinero necesario para que esas mujeres tuvieran a su alcance todos los elementos para aprender a leer con más rapidez.

El patrullero de Ted estaba estacionado frente a la casa de sus padres, y Carl caminaba hacia la casa, conversando con él. El Blazer azul de Carl, que insistía que ella debía llevar a Amarillo en lugar de su propio coche, menos confiable, se hallaba estacionado en el camino de entrada y Miley detuvo el suyo a su lado. Ted y Carl se volvieron a esperarla, y aun después de tantos años, ella todavía volvió a sentir un orgullo profundo y una sensación de asombro al ver lo altos y apuestos que eran sus hermanos y lo cálidos y cariñosos que seguían siendo con ella.
–¡Hola, hermana! –exclamó Ted, envolviéndola en un abrazo.
–¡Hola! –contestó ella, devolviendo el abrazo–. ¿Cómo anda el derecho? –Ted era sheriff asistente de Keaton, pero acababa de recibirse de abogado y esperaba que aprobaran su tesis para comenzar a ejercer.
–¡Progresando! –contestó él en broma–. Hoy le entregué una citación a la señora Herkowitz. Con eso me gané el día.
A pesar de su intento de humor, en su voz se notaba ese dejo de cinismo que tenía desde hacía tres años, desde el fracaso de su matrimonio con la hija del ciudadano más rico de Keaton. La experiencia le dolió y lo endureció. La familia lo sabía y lo lamentaba profundamente. Por su parte, Carl llevaba seis meses de casado, y era todo sonrisas y optimismo. Él también la abrazó.
–Esta noche Sara no puede venir a comer, todavía no se ha repuesto del resfriado –explicó.
La luz del porche estaba encendida y Mary Mathison apareció en la puerta, con un delantal atado a la cintura. Aparte de algunas hebras grises en el pelo y el hecho de que, desde que tuvo un infarto, se tomaba la vida con más tranquilidad, seguía tan bonita, vital y cálida como siempre.
–¡Apúrense, chicos! –exclamó–. La comida se enfría.
Detrás de ella estaba el reverendo Mathison, alto y erguido; ahora usaba anteojos permanentes y tenía el pelo casi completamente gris.
–¡Apúrense! –los urgió, mientras palmeaba a los varones en la espalda y abrazaba a Miley.
A lo largo de los años, lo único que había cambiado en las comidas de la familia Mathison era que ahora Mary Mathison prefería usar el comedor y tratar esas comidas como ocasiones especiales, porque sus tres hijos eran adultos y cada uno tenía su propia casa. Pero las comidas en sí no habían cambiado; seguían siendo una ocasión para compartir risas y experiencias, un momento para mencionar problemas y ofrecer soluciones.
–¿Cómo anda la construcción de la casa de Addleson? –le preguntó el padre de Miley a Carl.
–No muy bien. Si quieres que te confiese la verdad, me está volviendo loco. El plomero conectó el agua caliente a las canillas de agua fría, el electricista conectó la luz del porche a la instalación evacuadora, así que cuando uno decide eliminar la basura se prende la luz del porche.
Por lo general Miley era comprensiva con los problemas y tribulaciones del negocio de la construcción de su hermano, pero en ese momento la preocupación de Carl le pareció más divertida que angustiosa.
–Tranquilízate. El mayor Addleson no te hará juicio por haberte atrasado unos días en la construcción de su casa –lo calmó el reverendo Mathison– Es un hombre justo. Sabe que eres el mejor constructor de este lado de Dallas.
–Tienes razón –aceptó Carl–. Hablemos de algo más alegre. Hace semanas que andas con evasivas, Miley. Dinos: ¿te vas a casar con Greg o no?
–¡Oh! –exclamó ella–. Bueno yo... nosotros...
Toda la familia la contempló divertida mientras ella arreglaba los cubiertos a ambos lados de su plato y después movía la fuente del puré para que el dibujo quedara en el centro. Ted lanzó una carcajada y Miley se detuvo, ruborizada. Desde la infancia, cada vez que se sentía indecisa o preocupada, tenía una repentina y compulsiva necesidad de enderezar objetos y colocarlos en un orden perfecto, ya fuera el armario de su dormitorio, los armarios de la cocina o los cubiertos en la mesa. Dirigió una mirada tímida a sus hermanos.
–Supongo que sí. Algún día.
Todavía seguía pensando en el asunto cuando se separaron para regresar a sus respectivas casas. Después de despedirse de sus padres, se encaminaron hacia el Blazer de Carl.
–Sopla viento norte hacia Texas –comunicó Ted, estremeciéndose de frío–. Si llega a nevar allá arriba, te alegrarás de tener un vehículo con tracción en las cuatro ruedas. Ojalá Carl no necesitara su teléfono en la furgoneta. Me sentiría más tranquilo si hubiera podido dejarlo en el Blazer.
–No te preocupes por mí, estaré perfectamente bien –lo tranquilizó Miley, besándole la mejilla.

Mientras se alejaba, lo miró por el espejo retrovisor. Ted estaba parado en la vereda, con las manos en los bolsillos; un hombre rubio, alto, delgado, atractivo, con una expresión fría y desesperanzada. Era la misma expresión que le había visto muchas veces desde su divorcio de Katherine Cahill. Katherine había sido la mejor amiga de Miley, y todavía seguía siéndolo, a pesar de haberse mudado a Dallas. Ni Katherine ni Ted hablaban mal uno del otro con ella, y le costaba comprender cómo dos personas a quienes quería tanto no pudieran amarse. Miley hizo a un lado ese pensamiento deprimente y consideró su viaje a Amarillo del día siguiente. Esperaba que no nevara.

 ******

–Oye, Nick –el murmullo era apenas audible–. ¿Qué vas a hacer si pasado mañana empieza a nevar, como anuncia el pronóstico del tiempo? –Dominic Sandini se inclinó desde la cama de arriba y miró al hombre tendido en la cama inferior, que tenía la mirada clavada en el cielo raso–. ¿Me oíste, Nick? –agregó en un susurro algo más fuerte.
Nick dejó de pensar en su inminente huida y en los riesgos que entrañaba, volvió lentamente la cabeza y miró a su compañero de celda de la Penitenciaría Estatal de Amarillo, un hombre delgado, de piel color oliva y unos treinta años, que conocía sus planes de huida porque participaba en ellos. El tío de Dominic jugaba una parte importantísima en esos planes. Era un levantador de apuestas retirado, de acuerdo con la información de la biblioteca de la cárcel, con supuestas conexiones en la Mafia de Las Vegas. Nick le había pagado una verdadera fortuna a Enrico Sandini para que le allanara el camino una vez que lograra huir. Y lo hizo basándose en la recomendación de Dominic, quien aseguraba que su tío era “un hombre honorable”. Sin embargo, trascurrirían algunas horas antes de que supiera si el dinero que le pidió a Matt Farrell que transfiriera a la cuenta bancaria de Sandini en Suiza le serviría para algo.
–No te preocupes. Yo me encargaré de todo –dijo, en respuesta a la pregunta de Dominic.
–Bueno, cuando te “encargues de todo” no te olvides que me debes diez dólares. ¿Lo recuerdas?
–Te lo pagaré cuando salga de aquí –aseguró Nick. Y por si alguien escuchaba, agregó–: Algún día.

Con una sonrisa conspiradora, Sandini se recostó en su camastro y comenzó a leer la carta que acababa de recibir ese día.
Diez malditos dólares... pensó Nick sombríamente, recordando los tiempos en que daba propinas de diez dólares a botones y a mensajeros con tanta indiferencia como si se tratara de dinero falso. Pero en ese infierno donde había vivido los últimos cinco años, la gente asesinaba por diez dólares. Allí con diez dólares se podía comprar todo lo que estuviera disponible, desde un paquete de cigarrillos de marihuana o un puñado de sedantes o excitantes, hasta revistas dedicadas a toda clase de perversidades. Ésos eran algunos de los pequeños “lujos” que se podían comprar allí.

Por lo general, Nick trataba de no pensar en su forma de vida anterior; si lo hacía, esa celda de tres metros por cuatro con un lavatorio, un inodoro y dos camastros superpuestos le resultaba aún más insoportable, pero en ese momento, después de haber decidido que huiría o moriría en el intento, quería recordar. Esos recuerdos reforzarían su resolución, a pesar de los riesgos y el costo que implicaba. Quería recordar la furia que sintió el primer día cuando la puerta de la celda se cerró tras él, y al día siguiente cuando una pandilla de hombrones lo rodearon en el patio de la prisión y se burlaron de él.
«Ven, actorcito de cine, enséñanos cómo ganaste todas esas peleas en las películas».

Una furia ciega e irracional lo impulsó a atacar al más grandote del grupo; furia y un oscuro deseo de terminar allí mismo y ahora con su vida, lo más rápido posible, pero no antes de infligirle dolor a ese hombre que pretendía atormentarlo. Y así lo hizo. Nick estaba en buen estado físico, y los movimientos que había aprendido para sus falsas peleas en los, papeles de “malo” del cine no fueron en vano. Cuando la pelea terminó, Nick tenía tres costillas rotas y un riñon afectado, pero su oponente estaba muchísimo peor.
Su triunfo le valió una semana de encarcelamiento solitario, pero después de eso nadie volvió a burlarse de él. Se corrió la voz de que era un loco, y nadie se interponía en su camino. 

Después de todo, era un asesino convicto, no un ladronzuelo cualquiera. Y eso también le valió que lo trataran con cierto respeto. Demoró tres años en comprender que el camino más fácil era el buen comportamiento, que implicaba aceptar el juego como un buen soldadito. Y lo hizo, y hasta llegó a tomarles cierta simpatía a algunos convictos, pero en todos esos años nunca conoció un instante de paz. Sólo hubiera tenido paz aceptando su destino, pero nunca, ni por un instante en tantos años de encarcelamiento, pudo hacer lo que los demás le aconsejaban: aceptar su confinamiento. Eso era algo que no haría jamás. Aprendió a plegarse al juego y simular que se había “adaptado”, pero la verdad era justamente lo contrario. La verdad era que cada mañana, cuando abría los ojos, comenzaba su batalla interior y continuaba hasta que por fin se volvía a quedar dormido. Tenía que salir de allí antes de volverse loco. Su plan era sólido: todos los miércoles, Hadley, el director de la cárcel que la manejaría como si se tratara de algo propio, asistía a una reunión comunitaria en Amarillo; Nick era su chofer, y Sandini su mandadero. Ese día era miércoles y todo lo que Nick necesitaba para huir lo estaba esperando en Amarillo, pero a último momento Hadley le comunicó que la reunión se había suspendido hasta el viernes. Nick apretó los dientes. Si no fuera por esa demora, ya estaría en libertad. O muerto. Ahora tendría que esperar dos días más para llevar a Cabo su intento de huida, y no sabía si sería capaz de soportar tanta tensión.

Cerró los ojos y repasó el plan. Estaba lleno de escollos, pero Dominic Sandini era confiable, de manera que contaba con ayuda dentro de la cárcel. Se suponía que todo lo del exterior había sido cubierto por Enrico Sandini: dinero, transporte y una nueva identidad. A partir de allí, el resto dependía de Nick. En ese momento lo que más le preocupaba era todo lo que no podía predecir con exactitud, como el estado del tiempo y la ubicación de las posibles barricadas de los caminos. A pesar de sus cuidadosos planes, podían suceder mil cosas pequeñas, provocando un efecto dominó capaz de producir el colapso de todo el plan de huida. 

El riesgo era enorme, pero no importaba. No, en realidad no importaba. Sólo tenía dos opciones: quedarse en ese agujero infernal y permitir que destruyeran lo que quedaba de su mente y su cordura, o huir, arriesgándose a que lo balearan al tratar de capturarlo. En lo que a él se refería, era mil veces preferible morir que pudrirse allí dentro.
Aun en el caso de que lograra escapar, sabía que nunca dejarían de perseguirlo. Durante el resto de su vida –una vida probablemente muy corta– jamás podría relajarse ni dejar de mirar sobre el hombro, en cualquier parte del mundo donde estuviera. ¿Valía la pena? ¡Vaya si valía la pena!
–¡Dios Santo! –La exuberante exclamación de Sandini sacó a Nick de los pensamientos de su huida–. ¡Se casa Gina! –Agitó la carta que había estado leyendo, y cuando Nick lo miró con cara inexpresiva, lo repitió en voz más alta–. ¿Oíste lo que dije, Nick? ¡Mi hermana Gina se casa dentro de dos semanas! Se casa con Guido Dorelli.
–Me parece una elección acertada –contestó Nick–, considerando que fue quien la embarazó.
–Sí, pero como ya te dije, mamá no estaba dispuesta a permitir que se casara con él.
–Porque Guido es un tiburón solitario –supuso Nick después de recordar durante algunos instantes lo que sabía del novio.
–¡No! Es decir, un tipo tiene que ganarse la vida. Eso mamá lo comprende. Guido le presta dinero a gente que lo necesita, eso es todo.
–Y si no se lo pueden devolver les rompe las piernas.
Al ver la expresión de Sandini, Nick lamentó de inmediato su sarcasmo. A pesar de que Sandini había robado veintiséis automóviles y sufrido dieciséis arrestos antes de cumplir veintiocho años, había algo muy querible e infantil en ese pequeño italiano flaco. Lo mismo que Nick, gozaba de algunas prerrogativas por buen comportamiento, pero sólo faltaban cuatro semanas para que finalizara su condena. Sandini era un verdadero gallito, siempre dispuesto a pelear, y sentía una intensa lealtad hacia Nick, cuyas películas le encantaban.

Tenía una familia enorme y muy particular que lo visitaba con regularidad en la cárcel. Cuando se enteraron de que Nick era su compañero de celda, al principio quedaron intimidados, pero al descubrir que nunca recibía visitas, olvidaron quién era y lo adoptaron como si fuera un pariente más. Nick prefería que lo dejaran solo y en paz, y lo demostró con claridad ignorándolos por completo. Fue un esfuerzo inútil. Cuanto más intentaba evadirlos, con más insistencia lo rodeaban formando un grupo cariñoso y alegre. Antes de que Nick se diera cuenta de lo que había sucedido, empezó a recibir besos rotundos de mamá Sandini y de las hermanas y primas de Dominic. Chiquitos de manos pegajosas y sonrisas llenas de amor se le sentaban en las rodillas, mientras las madres conversaban sobre los asuntos de la enorme familia de Dominic, y Nick hacía esfuerzos sobrehumanos por recordar los nombres de todos mientras mantenía la mirada alerta para tratar de esquivar los caramelos que los chiquitos tenían en las manos y que de todos modos siempre terminaban pegados a su pelo. Sentado en un banco del patio atestado de la cárcel, vio a un bebito regordete de la familia Sandini que daba sus primeros pasos, y que le tendió las manos en busca de ayuda, en lugar de recurrir para ello a alguno de sus múltiples parientes.
La familia de Dominic lo envolvía en su calidez, y cuando se iban, dos veces por mes, le mandaban salames grasosos envueltos en papel marrón, lo mismo que a Dominic. 

Y aunque el salame le resultaba indigesto, Nick siempre comía un poco, y cuando las primas Sandini empezaron a escribirle y a pedirle autógrafos, Nick siempre les contestaba. Mamá Sandini le enviaba tarjetas para sus cumpleaños, y lo retaba por ser demasiado flaco. Y en las pocas ocasiones en que Nick tuvo ganas de reír, invariablemente la causa fue Sandini. De alguna extraña manera, se sentía más cerca de Sandini y de su familia de lo que jamás se había sentido de la suya.
Tratando de arreglar el comentario duro que acababa de hacer acerca del futuro cuñado de Sandini, Nick dijo con aire solemne.
–Pensándolo bien, los bancos hacen lo mismo. Cuando la gente no puede pagar, arrojan a la calle a las viudas y a los huérfanos.
–¡Exactamente! –exclamó Sandini, asintiendo y recuperando su buen humor.
Nick comprendió que era un alivio poder hacer a un lado sus angustiosas preocupaciones sobre las eventualidades que podían presentarse en su plan de huida y que eran imposibles de controlar, así que decidió continuar con el tema de la noticia que Sandini acababa de recibir.
–Si tu madre no objetaba la profesión de Guido ni sus entradas en la cárcel, ¿por qué se oponía a que Gina se casara con él?
–Ya te lo dije, Nick –contestó Sandini–. Guido ya ha estado casado, por la iglesia, y ahora está divorciado, así que está excomulgado,
–Tienes razón, me había olvidado –dijo Nick haciendo un esfuerzo por no sonreír. Sandini volvió a enfrascarse en su carta.
–Gina te manda cariños. Mamá también. Mamá dice que no le escribes bastante y que no comes bastante.
Nick miró el reloj de pulsera de plástico que le permitían usar y se puso de pie.
–Vamos, Sandini. Es hora de otro recuento de prisioneros.

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