sábado, 9 de noviembre de 2013

Paraíso Robado - Cap: 28


Nick vaciló y finalmente asintió. Miley y él tendrían que coincidir muchas veces en reuniones sociales como aquella. Cuanto antes superaran el primer enfrentamiento, mejor. Por lo menos esta vez, cuando le presentaran a Miley  él no tendría que sentirse como un leproso.
Buscando a Parker entre la multitud, Miley acabó de bajar las escaleras y luego se detuvo al oír la voz alegre y cordial de Stanton Avery, justo a su lado.
–Quiero presentarte a alguien.
Miley sonreía y extendía la mano cuando su mirada se topó con el rostro de Nicholas Farrell. Miley sintió un acceso de vértigo. Oyó, como si procediera de un túnel, la voz lejana de Stanton Avery.
–Mi amigo Nick Farrell...
Vio al hombre que la había dejado sola en el hospital cuando ella perdió el bebé, el  mismo que le había enviado un telegrama para pedirle que obtuviera el divorcio. Ahora esbozaba la misma sonrisa íntima, inolvidable, encantadora y... despreciable que ella recordaba, mientras le tendía la mano. De pronto algo estalló en el corazón de Miley.  No le estrechó la mano. Miró a Nick con acritud y, volviéndose hacia Stanton Avery, le habló con la frialdad de un ser superior a quien se ha ofendido.
–Debería seleccionar mejor sus amistades, señor Avery. Ahora, discúlpeme. –Les volvió la espalda y se alejó de ellos.

Sally Mansfield se quedó sin habla, fascinada, mientras que Stanton Avery no salía de su asombro. Por su parte, Nicholas Farrell apenas podía contener la ira.


Eran las tres de la madrugada cuando se marchó el último invitado de Miley y Parker. En el apartamento de ella solo quedaron los dos y Philip.
–No deberías estar levantado tan tarde –le dijo Miley a su padre, dejándose caer en un sillón.
Incluso horas después de su encuentro con Nick Farrell, seguía temblorosa. Sin embargo, su ira se había vuelto contra sí misma. También la perseguía la furiosa mirada de Nick, cuando ella lo dejó en ridículo ante el  mundo.
–Sabes muy bien por qué no me he marchado todavía –musitó Philip, sirviéndose un jerez. No se había enterado del encuentro de Miley hasta hacía una hora, cuando Parker le dio la noticia escuetamente, porque todavía había invitados en la casa. Ahora, Philip quería conocer los detalles.
–No bebas eso. Los médicos te lo han prohibido.
–Al diablo con los médicos. Quiero saber qué te dijo Farrell. Según Parker, lo cortaste en seco.
–No tuvo ocasión de hablarme –aclaró Miley  y le contó lo ocurrido.

Cuando terminó, observó con frustración cómo Philip apuraba el vaso de jerez. Era una figura patética: un hombre avejentado, de cabello canoso y rostro cansado, embutido en su esmoquin hecho a medida. Había dominado a su hija, la había manipulado durante gran parte de su vida, hasta que ella encontró el valor y la fortaleza necesarios para oponerse a aquel carácter irascible. Y a pesar de todo, ella lo quería y se preocupaba por su estado. Era toda la familia que tenía y le resultaba penoso verlo agotado por la enfermedad y el cansancio. En cuanto arreglara el asunto de su ausencia, haría un prolongado crucero. El médico le había hecho prometer que durante sus vacaciones no pensaría en Bancroft, ni en la política mundial, ni en nada. Serían seis semanas en el mar, sin televisión, sin periódicos, sin nada que no fuera completamente frívolo y relajante.
Miley dejó de mirar a su padre y comentó a Parker:
–Habría preferido que no le hubieras dicho nada de lo ocurrido esta noche. No era necesario.
Parker se reclinó en el sillón exhalando un suspiro y, a regañadientes, le contó a Miley algo que ella ignoraba.
–Miley, Sally Mansfield vio la escena y es muy probable que oyera tus palabras. Tendremos suerte si mañana no es la noticia del día en su sección del periódico. Lo sabrá todo el  mundo.
–Espero que lo publique –intervino Philip.
–Yo preferiría que no lo hiciera –repuso Parker, sosteniendo la furiosa mirada de su futuro yerno con la calma que le caracterizaba–. No quiero que la gente se pregunte el motivo de la actitud de Miley.
Echando la cabeza atrás, Miley suspiró y cerró los ojos.
–De haber tenido tiempo para pensar no habría actuado como lo hice. Le habría hecho notar a ese hombre mi desagrado de una manera menos notoria.
–Algunos de nuestros amigos ya estaban haciendo preguntas esta noche –agregó Parker–. Tenemos que pensar algo, una explicación...
–Por favor –lo interrumpió Miley con voz cansada–. Ahora no. No puedo más y quiero irme a la cama.
–Tienes razón –asintió Parker y, poniéndose en pie, Philip no tuvo más remedio que marcharse con él.
Era casi mediodía cuando Miley acabó de ducharse. Se puso un jersey y unos pantalones de lana y se recogió el cabello en una coleta.

Ya en el salón, volvió a echar un vistazo al Tribune del domingo, y de nuevo le flaqueó el ánimo. Lo primero que mencionaba Sally Mansfield en su sección era el desplante de la noche anterior en el baile a beneficio de la ópera.
Mujeres de todo el mundo caen a los pies de Nicholas Farrell, se rinden a su legendario encanto. Pero nuestra Miley Bancroft es inmune a la atracción de este hombre. Ayer por la noche, en el baile a beneficio de la ópera, le hizo lo que en los viejos tiempos habríamos llamado un desplante. Nuestra adorable Miley  tan amable con todo el mundo, como es bien sabido, se negó a estrechar la mano de Farrell. Una se pregunta por que...

Demasiado tensa para ponerse a trabajar y demasiado cansada para salir, Miley se detuvo en el centro del salón, indecisa. Contempló aquellas mesas y aquellos sillones –piezas de anticuario–, pero le resultaron tan extraños como la tormenta que se agitaba en su alma. La alfombra persa bajo sus pies estaba estampada con dibujos rosa y verde pálido, sobre un fondo crema. Todo en el apartamento era como ella lo deseaba, desde las cortinas hasta el ornamentado escritorio francés que había comprado en una subasta en Nueva York. Aquel apartamento, con su vista de la ciudad, había sido su único lujo, aparte del BMW que había adquirido cinco años atrás. Hoy, la habitación le parecía tan desordenada y extraña como sus propios pensamientos.

Abandonando la idea de trabajar un rato, se dirigió a la cocina y se sirvió una taza de café. No quería pensar en lo sucedido la noche anterior hasta sentirse más tranquila. El cielo estaba encapotado, como ella. El café recién hecho, caliente, contribuía a disipar las nubes de su espíritu. Cuando Miley se sintió ya en plena posesión de sus facultades, apenas pudo soportar la furiosa vergüenza que le producía su comportamiento de la noche anterior. A diferencia de su padre y del propio Parker, no lamentaba lo sucedido por temor a las repercusiones de Sally Mansfield. La idea que le martilleaba la mente era que había perdido el control. Más aun, había perdido el juicio. Años atrás se había impuesto la obligación de no censurar más a Nick Farrell, y no por él, sino por ella misma; porque el dolor y la rabia que había sentido al ser víctima de la traición de aquel hombre fueron mayores de lo que era capaz de soportar. Un año después del aborto, se propuso pensar de nuevo en ello, pero esta vez con total imparcialidad. Luchó por alcanzar la objetividad y, cuando lo logró, se aferró a ella hasta que se convirtió en parte de su ser. O eso había creído.
La objetividad, más un psicólogo al que visitó durante sus tiempos de estudiante universitaria, le habían ayudado a comprender que lo ocurrido entre ella y Nick era inevitable. Las circunstancias los obligaron a casarse, pero excepto el niño que habían engendrado, no tenían una sola razón para seguir casados. Nada los unía y nada los uniría nunca. No tenían nada en común.

Nick se había mostrado insensible al ignorar su ruego de que fuese a verla cuando sufrió el aborto, y más insensible todavía al pedirle el divorcio. Pero bajo su encanto superficial, él siempre había sido un ser invulnerable y nada dispuesto a comprometerse. Había cumplido con su deber casándose con ella, aunque tal vez movido por la codicia, al menos en parte. Pronto se dio cuenta de que Miley no poseía dinero propio. Y cuando perdió al niño, no le quedó razón alguna para seguir casado. No compartían un sistema de valores, y de haber seguido juntos, él la habría destruido. Miley lo comprendió con el paso del tiempo; o al menos creyó que era así. Sin embargo, la noche anterior, por un instante horrible y turbulento, perdió la objetividad y la compostura. 

No debería haber ocurrido, de hecho no habría ocurrido de haber sabido unos minutos antes que iba a coincidir con él. O si Nick no hubiera esbozado aquella sonrisa cálida, íntima, familiar. Su sonrisa...
Miley le había dicho a Stanton lo que realmente sentía; lo que la perturbaba eran los sentimientos incontrolables, que la habían obligado a comportarse de aquel modo. Además, temía que volviera a ocurrir. De inmediato se dijo que no podía permitirlo. Aparte de su resentimiento por el hecho de que Nick estuviera más atractivo que nunca y su encanto hubiera aumentado más de lo que merecía cualquier hombre con tal falta de escrúpulos, trató de convencerse de que ella no sentía nada. Era obvio que lo de la noche anterior había sido la última y débil erupción de un volcán apagado.

Tras pensar en ello, Miley se sintió mucho mejor. Se sirvió otra taza de café, se la llevó al estudio y se sentó ante su escritorio. Su hermoso apartamento le resultaba de nuevo familiar, y volvía a estar ordenado y en calma. Como su mente. Miró el teléfono y por un momento tuvo el absurdo impulso de llamar a Nick y hacer lo que le dictaba la buena educación: pedirle disculpas por la escena. Pero se encogió de hombros y empezó a sacar del maletín los documentos relativos a Houston. A Nicholas Farrell no le había importado en absoluto lo que ella pensara o hiciera cuando estuvieron casados. ¿Acaso iba a importarle ahora lo sucedido la noche anterior? Claro que no, y menos teniendo en cuenta su egoísmo y su insensibilidad.
–La mejor propiedad de Thorp es un terreno de seis hectáreas situado a dos manzanas de The Galleria, un centro comercial enorme y lujoso que cuenta con sus propios hoteles. Cerca se hallan Saks Fith Avenue y numerosas boutiques muy caras de artículos de diseño. Neiman–Marcus está en el complejo de The Galleria. La autopista está a un paso. El terreno de Thorp se encuentra ubicado entre ambos centros comerciales y es el lugar perfecto para otras grandes tiendas, de calidad selecta, y un bonito paseo.
–He visto la zona. Estuve allí por asuntos de negocios.
–Entonces admitirá que por veinte millones el terreno de Thorp es una ganga. Podríamos urbanizarlo nosotros mismos o esperar a que vuelva a valer los cuarenta millones en que estaba tasado hace cinco años, antes de la crisis de Houston. Pronto alcanzará ese precio, si es que la economía de la ciudad continúa su marcha ascendente.
Nick tomaba notas en la carpeta de Thorp y esperaba a que Peter concluyese para decirle que prefería invertir en edificios comerciales cuando el joven añadió:
–Si está interesado tenemos que actuar con rapidez, porque Thorp y Collins me dijeron que esperan una oferta de un momento a otro. Creí que era un farol, pero me dieron nombres. Es obvio que Bancroft & Company, de Chicago, también quiere comprar. No es de extrañar. No hay otra ubicación como esa en todo Houston. Diablos, podríamos ofrecer de inmediato veinte millones y vendérselo luego a Bancroft por veinticinco o treinta, que es lo que vale en estos momentos.–La voz de Peter se quebró porque Nick había levantado vivamente la cabeza y lo miraba con una expresión extraña en el rostro.
–¿Qué has dicho? –preguntó con sumo interés.
–He dicho que Bancroft & Company quiere comprar ese terreno –contestó Peter con cautela ante la mirada fría y calculadora del jefe. Creyendo que Farell deseaba más información, añadió con voz presurosa–: Bancroft es como Bloomindale o Neitnan–Marcus. Ya sabe, tiendas antiguas, dignas, con una clientela en la que predomina la clase media alta. Están inmersos en un proceso de expansión...
–Estoy familiarizado con Bancroft –le interrumpió Nick con voz tensa. Clavó de nuevo la mirada en el expediente de Thorp y estudió con renovado interés la valoración de la parcela de Houston. Al repasar las cifras se dio cuenta de que realmente aquel terreno era una ganga con un gran potencial de beneficio. Sin embargo, ya no estaba pensando en el dinero, sino en la humillación de que había sido objeto el sábado durante el baile a beneficio de la ópera. Sintió que la ira se apoderaba de él.
–Compra ese terreno –dijo con voz queda.
–¿No quiere que le informe de las otras propiedades?
–Ahora no estoy interesado en nada salvo en el terreno que quiere Bancroft. Dile a los de la asesoría jurídica que extiendan una oferta, supeditada al acuerdo entre nuestro tasador y el de Thorp. Llévala mañana a Houston y allí tú mismo se la presentas a Thorp.
–¿Una oferta? –masculló Peter–. ¿Por cuánto?
–Ofrece quince millones y dales veinticuatro horas de plazo para pensarlo. De lo contrario, diles que no hay trato. Te responderán con una contraoferta de veinticinco millones. Ofrece veinte y comunícales que la propiedad tiene que estar en nuestras manos en un plazo máximo de tres semanas o anulamos la oferta.
–Realmente, no creo...
–Otra condición. Si Thorp acepta, la transacción será estrictamente confidencial. Nadie sabrá nada de la adquisición hasta que esté consumada. A nuestros abogados les comunicas que incluyan todo esto en el contrato, aparte de las condiciones habituales.
De pronto, Peter se sintió inquieto. En el pasado, cuando Farrell había invertido en una compañía o la había comprado, no lo había hecho basándose únicamente en su consejo. Por supuesto que no. Nick siempre realizaba un detenido estudio propio y tornaba precauciones. Pero en esta ocasión, si la cosa salía mal, la responsabilidad recaería por entero en el recomendador.
–Señor Farrell, no creo...
–Peter –le interrumpió Nick con voz suave pero decidida–. Compra ese maldito terreno.
Asintiendo con la cabeza, Peter se puso en pie. Su inquietud crecía por momentos.
–Llama a Art Simpson, de nuestro departamento jurídico de California. Comunícale nuestras intenciones y hazle saber que quiero tener aquí los contratos mañana mismo. Cuando lleguen, tráemelos de inmediato y discutiremos los pasos siguientes.

Cuando Peter se marchó, Nick hizo girar su sillón de cara a la ventana. Era obvio que Miley aún lo consideraba un ser de un estrato inferior, digno de desprecio. Bien, tenía derecho a pensar como quisiera. Y también a declarar sus opiniones a la prensa de Chicago, que era lo que había hecho. Pero el ejercicio de tales derechos le costaría diez millones de dólares, el precio adicional que tendría que pagar a Intercorp por el terreno que se disponía a adquirir en Houston.


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