lunes, 9 de diciembre de 2013

Paraíso Robado - Cap: 39



Quiero que Farrell se largue de Chicago para no verlo en ninguna parte. Además, eso no importa ahora. Lo hecho, hecho está.

–Lo hecho tendrá que ser deshecho –le espetó  Demi.

Philip fingió no haber oido.

–No quiero que vuelvas a hablar con él. Hoy accedí a que lo hicieras solo porque me dejé convencer por Parker. Tu novio debería haberte acompañado. Francamente, empiezo a creer que Parker es un hombre débil, y no me gustan los hombres débiles.
Miley ahogó una carcajada..

–En primer lugar, Parker no tiene nada de débil, y fue lo bastante inteligente para comprender que su presencia no habría hecho más que complicar una situación ya de por sí difícil. En segundo lugar, si te toparas con alguien tan fuerte como tú, lo odiarías.

Philip estaba recogiendo ya su abrigo, y al oír las palabras de 
Miley le lanzó una mirada furiosa e inquirió:

–¿Por qué dices eso?

–Porque –musitó 
Miley-  el único hombre que he conocido con la misma valentía y fuerza de voluntad que tú es Nicholas Farrell. Es verdad y lo sabes. Sabes que, en cierto modo, él es como tú: astuto, invulnerable y capaz de todo con tal de obtener lo que desea. Al principio lo odiaste por ser un don nadie y porque se atrevió a acostarse conmigo. Pero luego lo odiaste todavía más porque no pudiste hacerlo retroceder; ni la primera noche en el club de campo, de donde ordenaste que lo expulsaran, ni más tarde, cuando nos casamos y lo llevé a casa. –Sonrió tristemente, sin ira, y concluyó–: Desprecias a Nick porque es el único hombre tan indomable como tú.

Como indiferente a su respuesta, Philip observó:

–No te gusto, ¿verdad, 
Miley?
Miley consideró las palabras de su padre con una mezcla de cariño y cautela. Philip le había dado la vida y luego había intentado controlarla hasta los más mínimos detalles. Nadie podría acusarlo de haberla abandonado, de descuidarla, pues su sombra siempre se había cernido sobre ella desde que era niña. De esta forma, había echado a perder muchas cosas. Eso sí, siempre guiado por un cariño mal concebido, por un amor posesivo y asfixiante.

–Yo te quiero –le contestó 
Miley con una sonrisa cariñosa–. Pero no me gustan muchas de las cosas que haces. Por ejemplo, que puedas herir a la gente sin sentir remordimientos. Como Nick.

–Hago lo que creo que debe hacerse –replicó Philip mientras se ponía el abrigo.

–Pues lo que debes hacer ahora –le recordó 
Miley  poniéndose de pie para acompañarlo hasta la puerta– es reparar de inmediato el daño que has causado: Glenmoor y la comisión recalificadora de Southville. Cuando lo hayas hecho, me pondré en contacto con Nick y arreglaré las cosas.

–¿Y crees que ese hombre se contentará con el divorcio que le ofreces? ¿Que aceptará las condiciones que quieres imponerle? –La voz de Philip estaba impregnada de sarcástica incredulidad.

–Sí. Lo creo. Verás, tengo una ventaja en este asunto. Nicholas Farrell no quiere estar casado conmigo más de lo que yo quiero estarlo con él. En estos momentos desea vengarse, pero no está tan loco como para complicar su propia vida por tomar represalias contra nosotros. Así lo espero. Ahora quiero que me des tu palabra de que lograrás que la comisión recalificadora rectifique su decisión respecto al caso de Intercorp.

Philip clavó la mirada en su hija, sintiendo que su voluntad se estrellaba contra las necesidades de ella.

–Me ocuparé del asunto.

–No es suficiente.

–No iré más lejos...
Miley supo que haría todo lo que fuera necesario. Aliviada, lo besó en la mejilla. Cuando su padre se marchó, ella se sentó en el sofá y contempló las llamas ya moribundas de la hoguera. De pronto, se acordó que Parker le había dicho que el consejo directivo de Bancroft se reunía al día siguiente para intentar llegar a una conclusión sobre la presidencia interina de la firma. Él no pensaba votar por ser el novio de la hija del presidente.

Sin embargo, 
Miley  se sentía tan exhausta que la idea de la inminente reunión no la excitó especialmente. Después de todo, tampoco era seguro que de esa sesión surgiera un presidente interino.

Cogió el mando a distancia de la televisión y se acordó de la entrevista televisiva de Nicholas Farrell con la periodista Barbara Walters. Habían hablado de los éxitos financieros de Nick y de la otra vertiente de su vida: sus numerosas aventuras con mujeres famosas. Se preguntó cómo habría llegado a creer una vez que ella y Nick podían ser felices juntos. Con Parker se entendía a la perfección. Procedían de la misma clase social, una clase de gente que subvencionaba hospitales y donaba su tiempo a la caridad y a las obras de bienestar social. Personas que no hablaban de sus riquezas por televisión ni mencionaban sus pequeños devaneos.

Pensó con amargura que no importaba el dinero que Nick estuviera ganando o que se acostara con cientos de mujeres. Siempre sería lo que había sido, un ser arrogante, despiadado y malvado; un tipo codicioso, sin escrúpulos y... Frunció el entrecejo, confusa. Si, Nick era todo eso y sin embargo, ese mismo día, durante el almuerzo, ella tuvo la impresión de que su ex marido tenía de los Bancroft, incluyéndola a ella, la misma pobre opinión. Al recordar que lo había llamado «sucio fundidor», no se sintió orgullosa. Había sido un golpe bajo, cuando la verdad era que ella sentía admiración por la gente que tenía la suficiente fuerza para realizar un trabajo físico duro. Si ella había atacado los orígenes de Nick y su vida anterior, se debía a que era el único punto vulnerable de aquel hombre de acero.

El teléfono la sacó de su ensimismamiento y 
Miley atendió la llamada. Oyó la voz de Demi, un tanto nerviosa.

Miley, ¿qué ha ocurrido hoy con Farrell? Me prometiste llamar después del encuentro.

–Y lo hice, desde la oficina. Pero no contestaste.

–Estuve fuera del edificio durante unos minutos. Bueno, ¿qué pasó?
Miley había contado ya la historia dos veces y estaba demasiado cansada para volver a hacerlo.

–No fue un éxito. ¿Puedo contarte los detalles mañana?

–Lo entiendo. ¿Cenamos juntas?

–Vale. Pero me toca a mí cocinar.

–Ah, no –bromeó Demi–. Todavía me dura la indigestión de la última vez. ¿Por qué no compro comida china por el camino?

–Bueno, pero pago yo.

–De acuerdo. ¿Llevo algo más?

–Si quieres oír los detalles de la historia trae una caja de kleenex –dijo 
Miley con sarcasmo.

–¿Tan mal ha ido?

–Sí.

–En ese caso, tal vez lleve una pistola –bromeó su amiga–. Podemos salir a cazarlo después de comer.

–No me tientes –le replicó 
Miley  y se echó a reír ante la ocurrencia de Demi.



A la una y media de la tarde del día siguiente 
Miley salió del departamento de publicidad y se dirigió a su oficina. Durante todo el día, dondequiera que fuera, la gente se volvía para mirarla, y ella no tenía la menor duda del motivo. Apretó el botón del ascensor pensando en el indignante artículo de Sally Mansfield en el Tribune.

Amigos de 
Miley Bancroft, que tuvieron ocasión de asombrarse hace dos semanas en el baile a beneficio de la ópera, cuando ella hizo un desaire público al soltero más cotizado de Chicago, Nick Farrell, tienen un buen motivo para volver a asombrarse. La pareja almorzó en una de las mesas más íntimas de la parte trasera de Landry. Nuestro más reciente soltero es, ciertamente, un hombre ocupado. Por la noche acompañó a la encantadora Alicia Avery al estreno de La fierecilla domada en el Little Theater.

Ya en la oficina, 
Miley abrió el cajón del escritorio de un furioso tirón, maravillándose una vez más del mezquino espíritu vengativo de la periodista, amiga íntima de la ex esposa de Parker. La mención del almuerzo con Nick no era mas que una estratagema para que Parker apareciera como un est/úpido en peligro inminente de convertirse en víctima de la infidelidad.

Miley –dijo Phyllis con voz tensa–. Acaba de llamarte la secretaria del señor Bancroft. Parece que el presidente quiere verte con urgencia en su oficina.

Las convocatorias no programadas eran una excepción en el caso de Philip, que prefería supervisar las actividades de sus ejecutivos en el marco de reuniones semanales regularmente programadas. El resto lo hacía por teléfono. Las dos mujeres se miraron un momento, pensando lo mismo: la llamada de Philip debía de estar relacionada con el asunto de la presidencia interina.

La sospecha quedó confirmada cuando 
Miley llegó a la zona de recepción del despacho de su padre y vio allí reunidos al resto de los vicepresidentes, incluido Allen Stanley, que la semana anterior estaba de vacaciones.

–Señorita Bancroft –dijo la secretaria de Philip, haciéndole señas a 
Miley de que se adelantase–, el señor Bancroft quiere verla de inmediato.

El corazón de 
Miley latía con fuerza. Puesto que era la primera a quien se le comunicaba la decisión del consejo, lo lógico era pensar que había sido la elegida. Como su padre y su abuelo y los demás Bancroft que les precedieron, Miley estaba a punto de obtener lo que le pertenecía por derecho propio. En realidad, iba a ser sometida a una dura prueba para ver si tenía la capacidad adecuada para ostentar el cargo.

Próxima al llanto, 
Miley llamó suavemente a la puerta del despacho de su padre y luego entró. Nadie que no fuera un Bancroft había ocupado nunca ese despacho o se había sentado tras su escritorio. ¿Cómo iba a romper Philip una tradición así?

Philip estaba de pie junto a las ventanas, con las manos entrelazadas a la espalda.

–Buenos días –saludó ella al entrar.

–Buenos días, 
Miley –dijo él, volviéndose.

Su tono de voz y su expresión eran inusualmente amables. Se sentó en su sillón observando cómo ella avanzaba. Aunque en un extremo del despacho había un sofá y una mesa pequeña, Philip nunca se sentaba allí ni le ofrecía a nadie que lo hiciera. Tenía la costumbre de ocupar un sillón giratorio de respaldo alto tras el escritorio, que constituía una especie de barrera. De esta forma las conversaciones resultaban siempre más formales. 
Miley no sabía si su padre obraba así inconscientemente o porque deseaba intimidar a su interlocutor. En cualquier caso, el ritual ponía nervioso a todo el mundo; en ocasiones, a la misma Miley.  Cruzar gran parte del suntuoso despacho para sentarse frente a aquel rey que desde su trono contemplaba cómo se acercaba el súbdito...

–Me gusta el vestido que llevas –comentó él, posando la mirada en el vestido de cachemir beige de 
Miley.

–Gracias –respondió ella, sorprendida.

–Detesto verte con esos trajes de negocios que llevas todos los días. Las mujeres deberían usar vestidos.

Sin darle la oportunidad de replicar, señaló con la cabeza una de las sillas situadas frente al escritorio y 
Miley se sentó, intentando ocultar su nerviosismo.

–He convocado a los directivos porque tengo que anunciar algo. Pero antes de hacerlo, quiero hablar contigo. El directorio ha decidido el nombre del presidente interino. –Hizo una pausa y 
Miley se inclinó hacia delante, tensa–. Allen Stanley es el elegido.

–¿Qué? –masculló 
Miley con una mezcla de asombro, ira e incredulidad.

–He dicho que han elegido a Allen Stanley. No voy a mentirte. Lo hicieron siguiendo mi recomendación.

–Allen Stanley –repitió 
Miley  poniéndose de pie y hablando con una voz que reflejaba la sorpresa y la ira– ha estado al borde del colapso nervioso desde que murió su mujer. Además, no tiene los conocimientos ni la experiencia necesarios para dirigir esta empresa.

–Hace más de veinte años que es el interventor de la compañía –replicó Philip, pero 
Miley no se dejó intimidar.

Ultrajada por haberla privado de la oportunidad que merecía y lamentando la desafortunada elección del consejo, agregó con las manos firmemente apoyadas en la mesa:

–¡Allen Stanley no es más que un contable! No hay peor alternativa y tú lo sabes muy bien. Cualquier otro vicepresidente ejecutivo habría sido una opción mejor, cualquiera de ellos... –De pronto, 
Miley comprendió y quedó perpleja–. ¡Ah, claro! ¡Por eso has recomendado a Stanley! Porque no será capaz de dirigir la empresa tan bien como tú. Pones en peligro esta compañía con tal de preservar tu ego...

–¡No tolero que me hables así!

–¡Y tú no intentes ejercer aquí y ahora tu autoridad paterna! –le advirtió furiosamente 
Miley- . Me has dicho mil veces que en Bancroft nuestro vínculo familiar no existe. No soy una niña y no te estoy hablando como hija. Soy vicepresidente de esta compañía y uno de sus grandes accionistas.



–Si cualquier otro vicepresidente se atreviera a hablarme de ese modo, lo despediría de inmediato.

–¡Pues despídeme! –le espetó 
Miley –. No, no voy a darte el placer –prosiguió la joven–. Seré yo quien se vaya. Renuncio. Dentro de un cuarto de hora tendrás mi carta sobre la mesa.

Antes de que se dirigiera hacia la salida, Philip se hundió en su sillón.

–¡Siéntate! –ordenó a su hija–. Puesto que así lo quieres, en el momento más inoportuno, pongamos las cartas sobre la mesa.

–Será un cambio muy beneficioso –le contestó 
Miley  sentándose de nuevo.

–Ahora bien –empezó su padre con amargo sarcasmo–, tú no estás enojada porque haya elegido a Stanley, sino porque no te elegí a ti.

–¡Estoy furiosa por las dos cosas!

–De todos modos, tengo muy buenos motivos para no haberte elegido, 
Miley.  Por una parte, no tienes la edad ni la experiencia necesarias para tomar las riendas de los grandes almacenes.

–¿De veras? –le replicó 
Miley- . ¿Cómo has llegado a esa conclusión? Tú apenas eras un año mayor que yo cuando el abuelo te entregó la presidencia.

–Era diferente.

–Por supuesto que lo era –recalcó 
Miley con voz temblorosa–. ¡Menudo currículo el tuyo en Bancroft cuando te pusieron al mando de la firma! Por supuesto, muy inferior al mío. En realidad, lo único que habías hecho, tu único gran mérito, era llegar a la hora al trabajo. –Vio que Philip se llevaba una mano al pecho, como si le doliera. Con ello el padre no consiguió más que aumentar la ira de su hija–. No te atrevas a fingir un infarto porque no conseguirás que deje de decir lo que tendría que haber dicho hace años. –Philip apoyó la mano en otra parte. Con el rostro muy pálido, clavó la mirada en Miley  que prosiguió–: Eres un fanático. Y la única razón de que no me quieras aquí es que soy mujer.

–No estás muy equivocada –admitió él, y apretó los dientes para reprimir un acceso de rabia casi tan intenso como el de la propia 
Miley –. Ahí fuera, en recepción, hay cinco hombres con décadas de trabajo en este lugar. No unos años, como tú, sino décadas.

–¿De veras? –replicó ella sarcásticamente–. ¿Cuántos han invertido cuatro millones de su propio dinero en la empresa? Además, no solo estás fantaseando, sino que también mientes. Dos de esos hombres empezaron a trabajar cuando yo lo hice y, por cierto, con sueldos más altos que el mío.

Philip apretó los puños sobre la mesa.

–Esta discusión no tiene sentido.

–Por supuesto que no lo tiene –asintió ella, dispuesta a marcharse–. Mantengo la renuncia.

–¿Sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Cuál será tu paso siguiente?
Miley comprendió el sentido de las palabras de su padre. Sin duda no encontraría un empleo comparable al que tenía.

–En cualquier cadena de grandes almacenes me darán trabajo enseguida –respondió 
Miley , demasiado furiosa para detenerse a pensar en la angustia que le causaría dar un paso semejante. Bancroft era su historia, su vida–. Marshall Fleid me abrirá las puertas en el momento en que yo lo pida. Y May Company, y Neimans...

–Ahora eres tú la que fantasea –la interrumpió Philip.

–¡Sígueme la pista! –le advirtió 
Miley  odiando la perspectiva de trabajar para la competencia y agotada por los sentimientos encontrados que bullían en su interior. Con voz cansada preguntó–: Por una vez en tu vida, ¿podrías ser completamente honesto conmigo?

Philip esperó la pregunta hundido en un silencio pétreo.

–Nunca pensaste otorgarme la presidencia de Bancroft. ¿Me equivoco? Ni ahora ni en el futuro, por duro y eficaz que fuera mi trabajo.

–Tienes razón –confirmó Philip.

En el fondo de su corazón 
Miley siempre había sabido la verdad, pero al oírla de boca de su padre se quedó perpleja.

–Porque soy una mujer –masculló.

–Es un motivo. Esos hombres de ahí fuera no trabajarían a las órdenes de una mujer.

–¡Eso es absurdo! –exclamó 
Miley  aún sorprendida–. Directa o indirectamente, docenas de hombres responden ante mí en los departamentos que dirijo. Es tu propio fanatismo egoísta lo que te hace suponer que yo no debo dirigir esta empresa.

–En parte, quizá se trate de eso –respondió su padre–. Pero tal vez se trate también de que me niego a colaborar, a ser cómplice, de tu ciega decisión de hacer que tu vida entera gire en torno a estos grandes almacenes. De hecho, haré todo lo posible para impedir que tu vida gire alrededor de una profesión, una carrera. En este o en otro negocio, o donde sea. Esas son las razones que me impulsan a cerrarte el paso a la presidencia, 
Miley.  Y te gusten o no, por lo menos sabes cuáles son. En cambio, tú ni siquiera sabes a qué obedece tu férrea determinación de convertirte en presidenta de Bancroft.

–¿Qué? –exclamó ella, llena de ira–. Supongamos que me dices cuáles son las razones que me impulsan a ello.

–Bien, te las diré. Hace once años te casaste con un hijo de pu/ta, un cazafortunas que te dejó embarazada. Perdiste al niño y te enteraste de que ya no podrías tener hijos. Y de pronto –concluyó Philip con voz triunfal–, te asaltó un fervoroso amor por Bancroft & Company, junto con la ambición de convertirte en la madre de la empresa.
Miley clavó en él la mirada. Era consciente de lo capcioso que resultaba el razonamiento de su padre, lo que le produjo un nudo de emoción en la garganta. Se dispuso a refutarlo e hizo un esfuerzo para que no le temblara la voz.

–He amado este lugar desde que era una niña. Lo amaba antes de conocer a Nicholas Farrell y lo seguí amando cuando él desapareció de mi vida. De hecho, puedo decirte con exactitud en qué momento decidí trabajar aquí y convertirme un día en la presidenta. Tenia seis años cuando me trajiste un día para que te esperara mientras te reunías con el directorio. Y me dijiste –añadió con voz un tanto discordante– que podía sentarme ahí, en tu sillón, durante tu ausencia. Lo hice.

Paraíso Robado - Cap: 38

Antes que nada solo diré es MI BLOG, y puedo decir lo que se me pegue la gana si no te gusta JODETE
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Spencer O’Hara detuvo el coche frente al edificio de Intercorp. Nick saltó del vehículo antes de que este se hubiera parado del todo.

–Dígale a Tom Anderson que suba –ordenó a la señorita Stern al pasar junto a ella camino a su oficina–. Y encuéntreme un par de aspirinas.

Pasados dos minutos, la secretaria acudió con un vaso de agua fría y las aspirinas.

–El señor Anderson está en camino –informó, y clavó la mirada en el rostro del jefe mientras este se tragaba las aspirinas–. Tiene una agenda muy apretada. Espero que no sea gripe. El señor Hursch está en cama y también dos vicepresidentes, además de medio departamento de procesamiento de datos. La gripe empieza con un dolor de cabeza.

Como la señorita Stern nunca había mostrado abierto interés por el bienestar físico de su jefe, este dio por sentado que lo que preocupaba a su secretaria era la paralización del trabajo.

–No estoy enfermo –aseguró con cierta acritud–. Nunca me pongo enfermo. –Se pasó una mano por el cuello, masajeándose distraídamente los músculos doloridos. La jaqueca, que por la mañana había sido solo una pequeña molestia, estaba empezando a molestarlo de veras.

–Si es gripe puede durar semanas, e incluso derivar en una pulmonía. Eso le ocurrió a la señora Morris, del departamento de publicidad, y a la señora Lathrup, de personal. Ambas están internadas. Tal vez debería pensar en un descanso en lugar de irse a Indiana la semana que viene. De otro modo, su agenda...

–No tengo gripe –la interrumpió Nick, tenso–. Es solo un resfriado normal y corriente.

Al percibir el tono de su voz, la señorita Stern se puso rígida, giró sobre sus talones y al ponerse en marcha tropezó con Tom Anderson, que entraba en aquel momento.

–¿Algún problema con la señorita Stern? –le preguntó Tom a Nick, mirando hacia la secretaria, que ya había salido.

–Teme tener que reorganizarme la agenda –dijo Nick, impaciente–. Hablemos sobre la comisión de Southville.

–Está bien. Dime qué quieres que haga.

–Para empezar, pide el aplazamiento de cualquier disposición.

–Y después ¿qué?

Por toda respuesta, Nick tomó el teléfono y marcó el número de Vanderwild.

–¿A cuánto se venden las acciones de Bancroft? –preguntó a Peter–. Bien, empieza a comprar. Utiliza la misma técnica que empleamos para la adquisición de Haskell. Mantén en secreto el asunto. –Colgó el auricular y miró a Tom–. Quiero saber quiénes son los miembros del directorio de Bancroft. Uno de ellos podría estar dispuesto a venderse. Averigua quién es y cuál es su precio.

En los años que habían estado juntos, durante tantas batallas financieras que entablaron y ganaron, Nick nunca había recurrido a algo tan indefendible como el soborno.

–Nick, me estás hablando de soborno...

–Te estoy hablando de luchar contra Bancroft con sus mismas armas. Él está recurriendo a sus influencias para vetarnos en Southville. Nosotros recurriremos al dinero para comprar votos en su consejo. No hay más diferencia que la moneda de cambio. Cuando termine con ese viejo bastardo vengativo tendrá que obedecerme en mi propio feudo.

–Está bien –dijo Tom tras dudar un instante–. Pero este asunto tendrá que hacerse con la máxima discreción.

–Hay algo más –añadió Nick, encaminándose a la sala de conferencias anexa a su despacho. Apretó un botón en la pared y el panel espejado que cubría el bar se abrió sigilosamente. Nick cogió una botella de whisky, se sirvió un vaso y bebió un gran sorbo–. Quiero saber todo lo que haya que saber sobre el modo de operar de Bancroft. Trabaja con Vanderwild. Dentro de dos días quiero conocer el estado de sus finanzas y todos los datos sobre sus ejecutivos. Quiero saber cuál es el flanco más vulnerable de Bancroft.

–Supongo que quieres adquirir el control de la empresa.

Nick bebió otro gran trago.

–Eso lo decidiré más tarde. Lo que ahora necesito es un número de acciones que baste para controlarla.

–¿Y Southville? Hemos invertido una fortuna en ese pedazo de tierra.

Los labios de Nick se torcieron en una sonrisa vacía.

–Llamé a Pearson y Levinson desde el coche–dijo, refiriéndose a la firma de abogados de Chicago que tenía contratada–. Les di las instrucciones oportunas. Conseguirán para nosotros la recalificación y a la vez ganaremos un buen dinero con Bancroft.

–¿Cómo?

–Está el asuntito del terreno de Houston, que tanto desean.

–¿Y qué?

–Ahora es nuestro.

Anderson asintió, avanzó hacia la puerta, se detuvo y se volvió hacia Nick. Luego dijo:

–Voy a estar en primera línea de fuego contigo en esta batalla contra Bancroft. Creo que es justo que me informes un poco de los hechos. Al menos, saber como empezó todo.

Si cualquier otro de sus ejecutivos le hubiera preguntado algo así, Nick lo habría enviado al diablo. La confianza era un lujo que ningún hombre en su posición podía permitirse. Había aprendido –al igual que otros que habían alcanzado la cumbre– que era arriesgado, incluso muy peligroso, confiar demasiado en alguien. En la mayoría de los casos los subordinados utilizaban la información para obtener favores de terceros, aunque había algunos que solo la empleaban para presumir de ser los verdaderos confidentes del hombre famoso y encumbrado.

De todas las personas que conocía, Nick solo confiaba ciegamente en cuatro de ellas: su padre, su hermana, Tom Anderson y Spencer O’Hara. Tom había estado con él desde el principio, cuando empezó a progresar a fuerza de audacia, levantando un imperio con poco dinero y mucha intuición y valor. Confiaba en Anderson y en O’Hara porque le habían demostrado su lealtad, pero también porque, al igual que él mismo, no procedían de un estrato social privilegiado ni habían asistido a pomposas escuelas de formación.

–Hace once años –explicó Nick, segundos después– hice algo que contrarió a Bancroft.

–¡Dios mío! Debió de haber sido algo gordo desde su punto de vista, puesto que no lo ha olvidado. ¿Qué hiciste?

–Osé elevarme demasiado y entrometerme en su mundo elitista.

–¿Cómo?

Nick bebió otro trago, como para borrar la amargura de las palabras, del recuerdo.

–Me casé con su hija.

–¿Te casaste con... Miley Bancroft? ¿Su hija?

–Así es –respondió Nick sombríamente.

Perplejo, Anderson se quedó mirándolo.

–Hay algo más que quiero que sepas. Hoy 
Miley me ha contado que el divorcio de hace once años no es legal. El abogado era un farsante y nunca presentó la documentación en el juzgado. Le he dicho a Levinson que lo compruebe, pero tengo el presentimiento de que es cierto.

Saliendo de su asombro, la mente ágil de Tom Anderson empezó a funcionar.

–Y ahora te pide una forma para saldar el asunto. ¿Es así?

–No, no es así. Quiere el divorcio. Claro que su padre y ella también querrían arruinarme, pero más allá de eso no tienen otras pretensiones.

Tom reaccionó con furiosa lealtad y con una risotada amarga y sarcástica.

–Cuando hayamos acabado con ellos desearán con toda su alma no haber iniciado esta guerra –prometió, y se encaminó a la puerta.

Cuando se hubo marchado, Nick se dirigió a las ventanas y miró al exterior, donde el día era tan sombrío y triste como su alma en aquellos momentos. Anderson quizá estaba en lo cierto en cuanto a su predicción, pero el sentimiento triunfal de Nick ya estaba desapareciendo. Se sentía... vacío. Contemplando la lluvia, resonaron en su mente las palabras de 
Miley  «No le llegas ni a la suela de los zapatos a Parker. Bajo ese traje a medida que llevas puesto no eres más que un fundidor sucio de un pueblo sucio y con un sucio padre borracho». Trató de olvidarlo, pero era inútil. Sus palabras le echaban en cara su propia estu/pidez, recordándole que, en lo concerniente a Miley  era un necio. Porque incluso años después de haber creído que estaban divorciados, no había sido capaz de dejar de pensar en ella. Había trabajado hasta el punto de poner en peligro su salud para construir un imperio... y lo hizo movido por la idea, por la est/úpida idea de volver un día a impresionar a Miley con sus logros y con todo lo que era.

Torció la boca en un gesto amargo de burla de sí mismo. Hoy había tenido la ocasión de impresionarla. Nick Farrell constituía un gran éxito financiero, vestía un traje más caro que la camioneta que tenía cuando conoció a 
Miley.  La había llevado a un restaurante hermoso y caro en una limusina con chófer... y a pesar de todo seguía siendo «un sucio fundidor». Por lo general se sentía orgulloso de sus orígenes, pero las palabras de la que aún era su esposa lo habían hecho sentir como un lagarto repugnante surgido del fondo de unas aguas estancadas; un animal asqueroso que había sustuido sus escamas por piel.



Se marchó de Haskell casi a las siete de la tarde. Spencer abrió la portezuela del coche y subió. Estaba terriblemente cansado y le dolía la nuca, que apoyó en el respaldo del asiento. Trató de obviar el aroma del perfume de 
Miley que aún perduraba en el interior del vehículo. Pensó en el almuerzo y en cómo ella le había sonreído mientras le hablaba de los grandes almacenes. Con la arrogancia típica de los Bancroft le sonrió y le pidió un favor –un divorcio discreto y amistoso–, al mismo tiempo que lo humillaba en público mientras en privado colaboraba con su padre en el intento de arruinarlo. Nick estaba dispuesto a concederle el divorcio pero todavía no.

El coche giró bruscamente y la calle se llenó de bocinazos. Nick abrió los ojos y notó que Spencer lo miraba por el espejo retrovisor.

–¿Se te ha ocurrido alguna vez conducir mirando a la calle de vez en cuando? El viaje sería menos excitante, pero más relajado.

–No. Si miro mucho la calle, me hipnotiza el tráfico. –Al cabo de un momento, Spencer sacó a relucir el asunto en que no había dejado de pensar después de oír la discusión entre Nick y 
Miley- . Así que es tu mujer, ¿eh, Nick? –Dirigió la vista a la calle, luego de nuevo al espejo retrovisor–. Me refiero a que te mostraste contrario a un divorcio, así que debe de ser tu mujer, ¿no?

–Lo es.

–Menudo carácter –añadió Spencer con una risita ahogada, ignorando la mirada desaprobadora de Nick–. Al parecer no le gustas mucho. ¿Me equivoco?

–No te equivocas.

–¿Qué tiene contra los fundidores?

Las últimas palabras de 
Miley resonaron en la mente de Nick. «No eres más que un sucio fundidor...»

–La suciedad –respondió a Spencer–. No le gusta la suciedad.

Puesto que advirtió que el jefe no iba a hablar más del asunto, Spencer cambió de tema.

–¿Vas a necesitarme la semana que viene cuando te vayas a Indiana? Porque si no me necesitas, tu padre y yo nos entregaremos a una orgía de dos días de jugar a las damas.

–Quédate con él. –Aunque Patrick no se había emborrachado desde hacía más de diez años, la venta de la casa en la que vivió con su mujer y sus hijos le dolía. No obstante, era él quien había decidido desprenderse de aquel recuerdo del pasado. Por eso a Nick le preocupaba dejarlo solo.

–¿Y esta noche? ¿Sales esta noche?

Nick tenía una cita con Alicia.

–Utilizaré el Rolls –dijo–. Tómate la noche libre.

–Si te hago falta...

–¡Maldita sea! Ya te he dicho que utilizaré el Rolls.

–Nick.

–¿Qué?

–Tu mujer quita el hipo –comentó Spencer, sonriendo maliciosamente–. Lástima que te vuelva tan gruñón.

Nick tendió una mano y cerró el cristal de comunicación.





Parker rodeaba los hombros de 
Miley con un brazo, ofreciéndole un silencioso apoyo y consuelo, mientras ella miraba fijamente el fuego de la chimenea. No podía dejar de pensar en la fracasada reunión con Nick. A principio él se había mostrado tan amable, bromeando porque ella parecía incapaz de decidir qué aperitivo tomar. Luego la había escuchado atentamente, mientras ella le contaba los detalles de su trabajo.

La llamada telefónica que Nick recibió sobre la comisión recalificadora de Southville lo había echado todo a perder. 
Miley estaba segura de ello, sobre todo ahora que había tenido tiempo para pensar. Pero, aún había cosas que no entendía y que la incomodaban, pues no parecían tener sentido. Aun antes de recibir la llamada, ella creyó haber captado en Nick un velado resentimiento o incluso desprecio. Y a pesar de lo que había hecho once años atrás, él no se había puesto a la defensiva ni una sola vez durante el almuerzo. Todo lo contrario. En realidad, se había comportado como si fuera ella quien debería sentirse culpable. Nick deseaba el divorcio, ella era la parte ofendida y, no obstante, la había insultado.

Enojada, 
Miley trató de desprenderse de aquellas ideas. No podía seguir así. Era repugnante buscar razones para justificar los actos de un ser como Nick Farrell. Desde el día en que se conocieron, Miley no había hecho más que convertirlo en un caballero de flamante armadura. Él la tenía deslumbrada con su fuerza tenaz y sus facciones duras. Incluso ahora se daba cuenta de que hacía lo mismo, y todo porque durante su conversación Nick le había hipnotizado los sentidos, al igual que once años antes.

Parker miró la hora en su reloj.

–Las siete –dijo–. Supongo que será mejor que me marche.

Suspirando, 
Miley se levantó y lo acompañó a la puerta. Philip había estado toda la tarde en el hospital, sometiéndose a pruebas médicas, e insistió en pasar después por casa de Miley para que le contara con detalle su encuentro con Nick. Lo que ella tenía que decirle lo enojaría sin duda, y aunque estaba acostumbrada a su ira, no quería que Parker estuviera presente.

–De algún modo –comentó 
Miley-  tengo que conseguir que cambie de actitud en lo que se refiere a Southville. De lo contrario, no tengo la menor posibilidad de que Nick me conceda el divorcio.

–Lo conseguirás –aseguró Parker, rodeándole la cintura con los brazos y dándole un beso de aliento–. Tu padre no tiene otra opción. Lo comprenderá.
Miley se disponía a cerrar la puerta cuando oyó que Parker saludaba a Philip en el fondo del pasillo. La joven respiró hondo y se preparó para el enfrentamiento que la esperaba.

–¿Y bien? –inquirió de inmediato Philip al entrar en el apartamento–. ¿Qué pasó con Farrell?
Miley ignoró momentáneamente la pregunta.

–¿Qué te han dicho en el hospital? ¿Qué opina tu médico del estado de tu corazón?

–Mi corazón está en su sitio –replicó el padre con tono sarcástico, mientras se quitaba el abrigo y lo arrojaba sobre una silla. Odiaba a los médicos en general y al suyo en particular. En efecto, el doctor Shaeffer no se dejaba intimidar ni sobornar. No había aceptado un cheque en blanco para que diagnosticara que tenía un corazón de toro y buena salud.

–Qué importa eso. Quiero saber con exactitud lo que te dijo Farrell. –Avanzó hacia la mesa y se sirvió una copa de jerez.

–¡Supongo que no irás a beber! –le advirtió su hija, atónita al ver que Philip sacaba un cigarro del bolsillo interior de la chaqueta–. ¿Qué pretendes? ¿Suicidarte? ¡Guarda ese cigarro!

Miley –replicó él con voz gélida–, si no contestas a mi pregunta le estás causando más estrés a mi corazón que esta gota de alcohol y este cigarro. Por favor, recuerda que el padre soy yo y tú la hija.

Después de un largo día de frustración, aquella andanada injusta provocó la ira de 
Miley.  Su padre tenía mejor aspecto que la semana anterior, lo que significaba que los análisis médicos habrían dado un resultado alentador, sobre todo teniendo en cuenta que el paciente estaba dispuesto a afrontar los riesgos del alcohol y el tabaco.

–¡Muy bien! –replicó 
Miley  feliz de que su padre se encontrara mejor, porque de pronto se sentía incapaz de intentar suavizar su encuentro con Nick. Si quería saber lo sucedido con todo detalle, no le ahorraría ninguno. Sorprendentemente, cuando hubo concluido, Philip pareció casi aliviado.

–¿Eso es todo? ¿Farell no dijo nada más? ¿Nada que pudiera sonar...? –Miró el cigarro, como intentando dar con la palabra exacta–. ¿No dijo nada extraño?

–Te he contado todo lo que nos dijimos –insistió 
Miley  Ahora quisiera algunas respuestas. –Lo miró fijamente a los ojos y dijo con voz enérgica–: ¿Por qué vetaste el ingreso de Nick en Glenmoor? ¿Por qué hiciste que se le negara la recalificación del terreno de Southville? ¿Por qué, después de tantos años, quieres seguir aferrándote a esta loca venganza? ¿Por qué?

A pesar de su enojo, Philip no parecía incómodo.

–Veté su ingreso en el club para protegerte de su presencia allí. En cuanto a lo de Southville...

sábado, 7 de diciembre de 2013

Paraíso Robado - Cap: 37



–Exacto.

–Está bien, porque con toda seguridad no ibas a obtener nada de mí.

Enojada ante aquella manera de recordarle que ahora él era mucho más rico que ella, Miley lo miró con desdén y comentó:

–Siempre has pensado en el dinero y solo en el dinero. Ninguna otra cosa te ha importado. Pues bien, nunca quise casarme contigo ni quiero tu dinero. Preferiría morirme de hambre a que alguien supiera que hemos estado casados.

El maître eligió aquel inoportuno momento para preguntarles si les había gustado la comida y si deseaban alguna otra cosa.

–Sí –contestó Nick con acritud–. Un whisky doble con hielo para mí y otro martini para mi mujer. –Enfatizó la palabra, regodeándose al hacerlo.
Miley, que no solía mostrar sus sentimientos en público, se dirigió furiosa a su viejo amigo y exclamó:

–¡Te daré mil dólares si envenenas su bebida!

Inclinándose ligeramente, John sonrió y dijo con grave cortesía:

–Seguro, señora Farrell. –Volviéndose hacia Nick, inquirió divertido–: ¿Arsénico, o acaso prefiere algo más exótico, señor Farrell?

–¡No te atrevas a llamarme por ese nombre! –le advirtió 
Miley a John–. No me llamo así.

El rostro del maître se tomó grave. Volvió a inclinarse y musitó:

–Mis más sinceras excusas por haberme tomado libertades que no me corresponden, señorita Bancroft. Su bebida corre a cargo de la casa.
Miley se sintió como una bruja por haber descargado en John su ira. Se quedó mirándolo, mientras se retiraba, orgulloso. Luego miró a Nick. Esperó un momento a que se calmaran los ánimos, después suspiró y dijo:

–Nick, es contraproducente para los dos pelear. ¿No podríamos intentar tratarnos al menos con amabilidad? Así será más fácil afrontar la situación...

Él sabía que 
Miley tenía razón. Tras un momento de vacilación, sugirió:

–Supongo que podemos intentarlo. ¿Cómo crees que deberíamos afrontar este asunto?

–¡En silencio! –respondió ella, sonriéndole aliviada–. Y con rapidez. La necesidad de discreción y rapidez es mucho mayor de lo que tal vez creas.

Nick asintió. Al parecer, volvía a pensar con calma.

–Háblame de tu novio –dijo–. Según la prensa, piensas casarte en febrero.

–Bueno, eso es parte del asunto –admitió 
Miley- . Parker ya sabe lo que ocurrió entre nosotros. Él descubrió que el abogado que tramitó el divorcio no era más que un farsante. Pero hay otra cosa, algo que es de vital importancia para mí y que podría perjudicarme si la noticia de que estamos casados saliera a la luz.

–¿Y qué es?

–Necesito un divorcio discreto, preferiblemente en secreto, para evitar la publicidad y las habladurías. Verás, mi padre va a tomarse unas vacaciones por razones de salud, y yo ansío la oportunidad de sustituirlo como presidenta interina. Necesito la ocasión de demostrar al directorio que puedo hacerme cargo de la presidencia cuando él se retire definitivamente. El consejo vacila, porque lo integra gente conservadora que duda por mi doble condición de joven y mujer. A estos dos factores en contra se suma el hecho de que la prensa no me ha ayudado al dar de mí la imagen de una frívola de la alta sociedad, es decir, lo que al directorio le gustaría creer que soy. Si la prensa descubre lo nuestro, convertirán la situación en un carnaval. Yo he anunciado mi compromiso con un banquero muy serio e importante, mientras que por tu parte, se supone que vas a casarte con media docena de estrellas. Pero aquí estamos. Unidos en matrimonio. La bigamia no es un factor que contribuya a convertir a nadie en presidente de Bancroft. Te aseguro que si la cosa sale a la luz, significará el fin de mis aspiraciones.

–No dudo que lo creas así –comentó Nick–, pero no estoy seguro de que te haría tanto daño como dices.

–¿No? –masculló ella con amargura. –Piensa cómo has reaccionado cuando te he dicho que el abogado que tramitó el divorcio era un falso abogado. De inmediato has llegado a la conclusión de que soy una imb/écil inepta, incapaz de conducir mi vida, así que no digamos la de otro o la de unos grandes almacenes. Los miembros del directorio no me ven con buenos ojos y reaccionarían igual que tú.

–¿No podría tu padre dejar claro que quiere que seas tú quien ocupe su lugar durante su ausencia?

–Sí, pero de acuerdo con los estatutos de la empresa, el consejo de administración debe votar unánimemente en las elecciones para la presidencia. Aunque mi padre los controlara, no estoy segura de que intercediera en mi favor.

Nick no respondió porque en ese momento se aproximaba un camarero con las bebidas y otro arrastrando un carrito con un teléfono inalámbrico.

–Tiene una llamada, señor Farrell –anunció–. Al parecer usted dio instrucciones para que lo llamaran aquí.

Consciente de que era Tom Anderson, Nick se excusó ante 
Miley y atendió la llamada. De inmediato preguntó:

–¿Qué tal con la comisión recalificadora de Southville?

–«Mal asunto, Nick –le respondió Anderson. Nos han rechazado.»

–¿Cómo es posible que hayan denegado una petición de recalificación que va a beneficiar a la comunidad? –estalló Nick, más asombrado que furioso.

–«Según mi contacto en la comisión, alguien de gran influencia instruyó a los miembros para que votaran en contra de la recalificación.»

–¿Alguna idea de quién se trata?

–«Sí. Un tipo llamado Paulson encabeza la comisión. Les dijo a varios miembros de la misma, entre ellos a mi contacto, que el senador Davies consideraría un favor personal que nuestra petición fuera rechazada.»

–Qué extraño –respondió Nick, frunciendo el entrecejo y tratando de recordar si había aportado fondos a la campaña del senador Davies o a la de su oponente. Sin embargo, antes de hallar la respuesta oyó la voz de Tom, llena de sarcasmo.

–«¿Leíste una mención de una fiesta de cumpleaños en las notas de sociedad? ¿Una fiesta en honor del buen senador Davies?»

–No. ¿Por qué?

–«La fiesta fue ofrecida por el señor Philip A. Bancroft. ¿Existe alguna conexión entre él y la 
Miley sobre la que estuvimos hablando hace una semana?»

La ira estalló en el pecho de Nick. Clavó la mirada en 
Miley y observó que había palidecido, lo que solo podía atribuirse a la mención de Southville. Respondió a Anderson con voz suave y gélida:

–Claro que hay una conexión. ¿Estás en la oficina? –Anderson contestó afirmativamente–. Pues quédate ahí. Estaré de vuelta a las tres. Perfilaremos la estrategia a seguir.

Lentamente, Nick colgó el auricular y miró a 
Miley  que, con creciente nerviosismo, estaba alisando unas arrugas inexistentes en el mantel. En su rostro se reflejaba la culpa, y en ese momento Nick la odió con una virulencia apenas contenible. Ella le había pedido aquel encuentro con el fin de «enterrar el hacha». ¡Qué hipócrita! Lo único que quería era aprovecharse de él para poder casarse con su precioso banquero, llegar a la presidencia de Bancroft y conseguir un divorcio rápido y discreto. Muy bien. Nick se alegraba de que quisiera todas estas cosas porque no iba a concederle ninguna. En cambio, lo que ella y su padre iban a provocar era una guerra sin cuartel, una guerra que perderían... y con ella todo lo que poseían. Le hizo señas al camarero de que llevara la cuenta. Al advertirlo, Miley sintió que el temblor que la había sacudido ante la mención de la comisión recalificadora se convertía ahora en pánico. Todavía no habían llegado a ningún acuerdo y él ya se disponía a dar por finalizada la reunión. El camarero acudió con la cuenta, metida en una funda de piel y Nick depositó un billete de cien dólares sin ni siquiera mirar el importe. Se puso de pie.

–Vamos –dijo, y sin esperar respuesta rodeó la mesa y retiró la silla de 
Miley.

–Pero aún no hemos llegado a un acuerdo –objetó ella con desesperación. Nick la asió firmemente por el codo y la obligó a avanzar hacia la calle.

–Terminaremos la discusión en el coche.

La lluvia golpeaba el dosel rojo de la puerta del restaurante. Llovía a raudales. El portero uniformado, que aguardaba junto a la acera, abrió su paraguas y cubrió las cabezas de ambos clientes mientras subían a la limusina.

Nick ordenó a Spencer que llevara primero a 
Miley a los grandes almacenes Bancroft. Después se volvió hacia ella.

–Bien, ¿Qué quieres que hagamos?



Su tono de voz sugería que estaba dispuesto a cooperar, y 
Miley sintió una mezcla de alivio y vergüenza. Vergüenza porque sabía que la comisión había rechazado a Nick y tampoco sería admitido en el club de campo Glenmoor. Jurando que forzaría la voluntad paterna –aunque aún no sabía cómo– para que reparara ambos daños, susurró:

–Quiero un divorcio rápido y discreto, preferiblemente fuera del estado o del país. Y quiero que no se sepa que hemos estado casados.

Nick asintió como quien considera la cuestión desde una óptica favorable. Sin embargo, dijo:

–Y si me negara, ¿cómo te vengarías? Supongo –especuló con sarcasmo– que seguirías humillándome en aburridas reuniones de sociedad y que tu padre vetaría mi ingreso en todos los clubes de campo de Chicago.

¡Ya sabía lo de Glenmoor!

–Siento lo de Glenmoor. Realmente lo siento.

Él se rió de su seriedad y luego replicó:

–Me importa un bledo tu precioso club. Alguien me propuso sin mi consentimiento.

A pesar de estas palabras, ella no podía creer que el asunto le resultara indiferente. No sería humano que no se sintiera avergonzado por la negativa. El sentimiento de culpa y la vergüenza que le causaban la mezquindad de su padre la obligaron a desviar la mirada. Había disfrutado de la compañía de Nick durante el almuerzo y él parecía haberse alegrado también con la suya. Ella se alegró de poder hablar como si no existiera un pasado desagradable entre ambos. No quería ser su enemiga; lo ocurrido años atrás no era del todo culpa de Nick. Y ahora los dos tenían nuevas vidas que vivir. 
Miley se sentía orgullosa de sus propios logros, y pensaba que él tenía todo el derecho del mundo a estar igualmente orgulloso de los suyos. El antebrazo de Nick reposaba en el respaldo del asiento y Miley vio el elegante reloj de oro en su muñeca. Después miró la mano de su ex marido, y pensó que sus manos eran maravillosas y muy masculinas. Mucho tiempo atrás, habían estado llenas de callos, y ahora las tenía inmaculadas...Miley tuvo el absurdo y repentino impulso de tomarle la mano y decirle: «Lo siento. Lamento todo lo que hemos hecho para herirnos mutuamente. Lamento que no estuviéramos hechos el uno para el otro».

–¿Qué pasa? ¿Quieres ver si aún tengo grasa en las uñas?

–¡No! –exclamó 
Miley  mirándolo fijamente a los ojos. Con serena dignidad, añadió–: Estaba deseando que las cosas hubieran terminado de un modo distinto... de un modo que nos permitiera ser amigos, ya que no otra cosa.

–¿Amigos? –repitió él con ironía–. La última vez que fui tu amigo me costó el nombre y muchas cosas más...

Te ha costado más de lo que crees, pensó 
Miley  sintiéndose culpable. Te ha costado la planta industrial que querías construir en Southville, aunque de algún modo arreglaré este lío. Obligaré a mi padre a que repare el daño que te ha causado y le haré prometer que nunca más volverá a meterse contigo.

–Nick, escúchame –rogó la joven, ansiosa por arreglar la situación entre ambos–. Estoy dispuesta a olvidar el pasado y...

–Muy generoso de tu parte –se mofó él. 
Miley se puso rígida, sintiéndose tentada a decirle que ella era la parte ofendida, la esposa abandonada. No obstante, ahogó el impulso y agregó tercamente:

–Dije que estaba dispuesta a olvidar el pasado y lo estoy. Si accedes a un divorcio discreto y rápido, haré lo posible para que no tengas problemas aquí en Chicago.

–¿Y cómo vas a lograrlo, princesa? –preguntó Nick, con evidente sarcasmo.

–¡No me llames princesa! No trato de mostrarme condescendiente, sino justa.

Nick se reclinó en el asiento y la miró a los ojos.

–Pido perdón por mi rudeza, 
Miley.  ¿Qué intentas hacer en mi favor?

Aliviada por lo que interpretó como un cambio de actitud, la joven se apresuró a contestar:

–Para empezar, me aseguraré que no te traten como a un marginado. Sé que mi padre vetó tu entrada en Glenmoor, pero intentaré hacerle cambiar de idea...

–Olvidémonos de mí –sugirió él suavemente, detestando la hipocresía que creía ver en 
Miley . Sin duda le gustaba más cuando se ponía en su sitio, como había sucedido en la ópera, y lo insultaba. En cambio, ahora necesitaba algo de él, algo de suma importancia. Eso alegraba a Nick, porque no iba a ceder ni un ápice–. Tú quieres un divorcio amistoso y rápido porque deseas casarte con tu adorable banquero y conseguir la presidencia de Bancroft. ¿No es así? –Ella asintió y Nick siguió hablando–: Y la presidencia de Bancroft es muy importante para ti, ¿verdad?

–La deseo como nunca he deseado nada en mi vida –respondió 
Miley, anhelante–. Vas a ayudarme... ¿no es así? –añadió, estudiando el rostro inescrutable de Nick. En ese momento el coche se detuvo frente a los grandes almacenes.

–No –repuso él con tono cortés pero tan rotundo que, por un momento, la mente de 
Miley quedó en blanco.

–¿No? –repitió ella con incredulidad–. Pero el divorcio es...

–¡Olvídalo! –replicó Nick.

–¿Olvidarlo? ¡Todo lo que quiero depende de ello!

–Es una maldita lástima.

–Entonces obtendré el divorcio sin tu consentimiento –amenazó 
Miley.

–Inténtalo y armaré un escándalo que no podrás olvidar durante el resto de tu vida. Para empezar, denunciaré a tu est/úpido banquero por alienación del cariño.

–Alienación de... –Demasiado perpleja para mostrarse cauta, 
Miley lanzó una carcajada e inquirió–: ¿Has perdido el juicio? Si haces eso harás el ridículo, parecerás un marido cornudo y apaleado.

–Y tú una mujer adúltera –repuso Nick.

La rabia se apoderó de 
Miley.

–¡Maldito seas! –exclamó–. Si te atreves a avergonzar públicamente a Parker, te mataré con mis propias manos. No le llegas ni a la suela de los zapatos. –Lejos de calmarse, añadió–: Él es diez veces más hombre que tú, un hombre que no necesita ni intenta acostarse con cada mujer que le sale al paso. Tiene principios, es un caballero, pero eso tú no puedes entenderlo, porque debajo de ese traje a medida que llevas puesto no eres más que un sucio fundidor de un sucio pueblo y con un sucio padre borracho.

–Y tú –replicó Nick salvajemente– sigues siendo una zo/rra malvada y presumida.
Miley intentó abofetearlo, pero él detuvo el golpe agarrándole la muñeca. Luego la atrajo hacia él hasta que ambos rostros estuvieron casi juntos. Entonces Nick lanzó una advertencia con voz fría y suave.

–Si la comisión de recalificación de terrenos de Southville no anula su decisión con respecto a Intercorp, olvídate de hablar conmigo acerca del divorcio. Y si me decido a dártelo, yo pondré las condiciones y tú y tu padre tendréis que aceptarlas sin rechistar. –Aumentó la presión de su mano, obligando a 
Miley a inclinarse todavía un poco más–. ¿Lo entiendes, Miley  No tenéis poder sobre mí. Crúzate una vez más en mi camino y desearás no haber nacido.Miley se liberó de sus manos.

–¡Eres un monstruo! –profirió con voz aguda. Cogió la cartera y los guantes y salió del coche. Spencer sostenía la portezuela abierta y ella le lanzó una mirada altiva. Pero el terrible guardaespaldas de Nick observaba el altercado con la entusiasta intensidad de un rabioso aficionado al tenis.

Ernest acudió en auxilio de la señorita Bancroft tan pronto como la vio salir del vehículo. Venía dispuesto a defenderla de cualquier enemigo que la asediara.

–¿Has visto al hombre del coche? –le preguntó 
Miley.

–Sí, señorita Bancroft –respondió el portero.

–Está bien. Si alguna vez se acerca por aquí, llama a la policía.


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Hola, no había subido por que solo habían 2 comentarios y creo que todas coinciden que por 2 comentarios no vale la pena subir si quieren mas caps, comenten o si no esperen 2 o 3 meses hasta que tenga ganas de subir 

Paraíso Robado - Cap: 36




Una flamante limusina los esperaba junto a la acera. Frente a la parte trasera del vehículo se hallaba un robusto chófer, con la nariz chata y un físico imponente. El hombre sostuvo la portezuela abierta para dar paso a Miley. A ella le gustaba viajar en limusina, pero en cuanto arrancaron, la joven se agarró al brazo del asiento, sorprendida. Ocultó su alarma a pesar de que la limusina tomaba las esquinas con asombrosa temeridad. Sin embargo, cuando sorteó un autobús de la empresa municipal de transportes y pasó un semáforo en rojo, no tuvo más remedio que mirar a Nick, nerviosa.

Él se encogió de hombros y dijo:

–Spencer no ha renunciado a su sueño de correr en Indianápolis.

–Pero esto no es Indianápolis –apuntó 
Miley sin soltarse del asiento, pues en aquel momento Spencer giró bruscamente.

–Tampoco él es chófer.

Decidida a imitar su aplomo, 
Miley separó las manos del brazo acolchado del asiento.

–¿De veras? ¿Qué es, entonces?

–Mi guardaespaldas.

Miley se le revolvió el estómago ante la prueba de que Nick tenía motivos para temer que otros lo odiaran a muerte y quisieran lastimarlo físicamente. A ella nunca le había atraído el peligro. Le gustaba la paz y la seguridad. La idea de un guardaespaldas le resultaba un tanto salvaje.

No volvieron a hablar hasta que Spencer detuvo el vehículo bajo la marquesina de Landry, uno de los restaurantes más elegantes y exclusivos de Chicago.

El maître, que también era copropietario del restaurante, se hallaba, como de costumbre, cerca de la puerta principal. Iba rigurosamente vestido de esmoquin. 
Miley conocía a John desde hacía muchos años, en realidad desde sus días de internado, en que su padre solía llevarla allí y el maitre le servía alguna bebida suave aderezada como una exótica bebida alcohólica.

–Buenas tardes, señor Farrell –saludó John formalmente, pero al ver a 
Miley añadió con una amplia sonrisa–: Señorita Bancroft, es siempre un placer verla.

Miley dirigió una rápida mirada a Nick, cuyo rostro era impenetrable. Ella se preguntó cómo le habría sentado comprobar que la conocían más que a él en el restaurante. Pero lo olvidó enseguida, cuando al ser acompañados a su mesa distinguió varias caras conocidas. A juzgar por sus miradas de asombro, habían reconocido a Nick y sin duda se preguntaban por qué Miley iba acompañada con un hombre al que había insultado en público. Sherry Withers, una de las mayores cotorras del círculo de conocidos de Miley  miraba fijamente a Nick, arqueando las cejas. Estaba especulando, divirtiéndose con ello.

Un camarero los condujo entre hileras de ramos de flores recién cortadas, pasando junto a un hermoso enrejado blanco hasta una mesa situada lo bastante cerca del piano para oír la música y lo bastante lejos para que esta no impidiera la conversación. A menos que uno fuera cliente habitual de Landry, resultaba casi imposible reservar una mesa con menos de dos semanas de antelación y, desde luego, conseguir una buena mesa como esa ya era una hazaña. 
Miley se preguntó cómo lo habría logrado Nick.

–¿Un aperitivo? –preguntó él cuando estuvieron sentados.

La mente de 
Miley abandonó toda conjetura con respecto a la mesa para enfrentarse a la terrible situación que se avecinaba.

–No, gracias. Solo agua con hielo. –En cuanto lo dijo, pensó que un aperitivo le relajaría los nervios–. Sí –se corrigió–. Tomaré un aperitivo.

–¿Qué te gustaría?

–Estar en Brasil –murmuró ella con un suspiro.

–¿Perdón?

–Algo fuerte –respondió 
Miley  tratando de decidir qué tomar–. Un manhattan. –Pero de inmediato hizo un gesto de negación. Una cosa era calmarse y otra muy distinta inducirse a decir o hacer algo que no debiera. Era un manojo de nervios y quería tomar algo que rebajara la tensión. Algo que pudiera beber lentamente y obrara el pequeño milagro. Algo que no le gustaba–. Un martini –decidió por fin, asintiendo con la cabeza.

–¿Todo eso? –le preguntó Nick con aparente seriedad–. ¿Un vaso de agua, un manhattan y un martini?

–No... solo el martini –aclaró ella con una sonrisa vacilante y una mirada de frustrada desolación.

Por un momento, Nick se sintió intrigado ante aquella combinación de llamativos contrastes que le presentaba 
Miley.  Luciendo un sofisticado vestido negro, tenía un aspecto elegante y encantador que, combinado con el ligero rubor de las mejillas, el inevitable atractivo de sus ojos embriagadores y su confusión de adolescente, hacía de ella un ser casi irresistible. Puesto que era ella quien había fomentado el encuentro, Nick decidió de pronto comportarse como había decidido la noche del baile de la ópera. Pensó que lo pasado, pasado estaba.

–¿Te lanzaré a otro mar de confusión si te pregunto con qué quieres el martini?

–Ginebra –le contestó 
Miley- . No, vodka –se corrigió, y añadió de nuevo–: No, ginebra. Un martini con ginebra.

Nerviosa, se ruborizó y no advirtió la mirada burlona de los ojos de Nick cuando este siguió preguntando con voz un tanto solemne:

–¿Dulce o seco?

–Seco.

–¿Beefeater, Tanqueray o Bombay?

–Beefeater.

–¿Aceituna o cebolla?

–Aceituna.

–¿Una o dos?

–Dos.

–¿Valium o aspirinas? –preguntó con el mismo tono de voz, esbozando una sonrisa. 
Miley se dio cuenta de que había estado bromeando durante todo el tiempo. Se sintió agradecida y lo miró, devolviéndole la sonrisa.

–Lo siento. Estoy... un poco nerviosa.

Cuando el camarero se alejó con el pedido, Nick pensó en la confesión de 
Miley con respecto a su estado nervioso. Miró alrededor. En aquel lujoso restaurante una comida costaba lo que él ganaba en una jornada de duro trabajo en Edmunton. Casi sin pretenderlo, hizo una confesión propia.

–Solía soñar con llevarte a comer a un lugar como este.

Distraída, pues estaba pensando en cómo abordar el asunto que la había traído allí, 
Miley paseó la mirada y vio el hermoso despliegue de flores en enormes vasos de plata. Vio a los camareros que se inclinaban sobre las mesas con manteles de hilo y vajillas de porcelana y cristal.

–¿Un lugar como cuál?

Nick rió.

–No has cambiado nada, 
Miley.  El lujo más desbordante todavía es para ti la cosa más natural del mundo.

Dispuesta a mantener el buen clima creado cuando debatían qué iba a beber ella, 
Miley dijo razonablemente:



–Tú no puedes saber si he cambiado o no. Solo pasamos seis días juntos.

–Con sus correspondientes noches –señaló Nick intencionadamente para que volviera a sonrojarse. Deseaba que su firmeza se tambaleara otra vez, deseaba recuperar a la muchacha insegura, incapaz de decidir qué aperitivo tomar.
Miley ignoró la alusión de Nick, pero no se apartó por completo del tema.

–Es difícil creer que una vez estuvimos casados.

–No tiene nada de sorprendente, puesto que nunca utilizaste mi apellido.

–Estoy segura –comentó ella, intentando que su voz tuviera un tono de serena indiferencia. de que hay docenas de mujeres con más derechos del que yo tuve nunca a utilizar tu apellido.

–Hablas como si estuvieras celosa.
Miley estuvo a punto de perder la paciencia, pero logró evitarlo. Se inclinó hacia él y musitó:

–Si te parezco celosa, entonces es que tienes problemas de oído.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Nick.

–Había olvidado ese tono recatado de internado que tienes cuando estás enojada.

–¿Qué pasa? –replicó la joven con voz aguda–. ¿Es que quieres que discutamos?

–En realidad –le respondió Nick secamente– mis últimas palabras eran un cumplido.

–Oh –masculló ella. Sorprendida y un tanto nerviosa, miró al camarero, que en aquel momento servía las bebidas. Le pidieron la comida y 
Miley decidió esperar a que Nick hubiera tomado parte de su aperitivo con la esperanza de que el alcohol lo suavizara un poco. Entonces le daría la noticia de que su divorcio en realidad no existía. Dejó que él eligiera el siguiente tema de conversación.

Nick levantó su vaso, irritado consigo mismo por haber aguijoneado a 
Miley. Empezó a hablar con sincero interés.

–Según las noticias de sociedad de la prensa, te ocupas de media docena de actividades caritativas, de la orquesta sinfónica, de la ópera y del ballet. ¿Qué más haces con tu tiempo?

–Trabajo cincuenta horas semanales en Bancroft –le respondió ella, vagamente decepcionada por el hecho de que al parecer Nick no hubiera oído hablar de sus logros como ejecutiva.

Por supuesto, Nick estaba al corriente de esos logros, pero sentía curiosidad por saber hasta qué punto ella era una buena profesional. Estaba seguro de que lo descubriría con solo oírla hablar de ello. Empezó a hacerle preguntas acerca de su trabajo.
Miley las respondía todas. Al principio con tono vacilante, pero paulatinamente con mayor confianza, porque por una parte temía abordar el asunto del divorcio y, por la otra, el trabajo era su tema favorito de conversación. Las preguntas de Nick eran tan certeras y parecía realmente interesado en lo que oía que no pasó mucho tiempo antes de que Miley le contara con pelos y señales sus logros, sus objetivos, sus éxitos y sus fracasos. Sí, Nick sabía escuchar, y con su actitud atenta estimulaba a su interlocutor, que acababa por hacerle toda clase de confidencias. Antes de que se diera cuenta, Miley le había explicado incluso el problema al que se enfrentaba: acusación de nepotismo en los grandes almacenes. Le resultaba tan difícil enfrentarse a dicha acusación como al chauvinismo que su padre fomentaba entre los ejecutivos de la empresa con su propia actitud.

Cuando el camarero retiró los cubiertos, 
Miley había contestado todas las preguntas de Nick y había bebido casi media botella de Bordeaux, pedida por él. Pensó que si se había mostrado tan locuaz era porque en el fondo deseaba eludir el temible asunto del divorcio. Sin embargo, incluso ahora, cuando había llegado el momento de abordar la cuestión, se sentía mucho más relajada que al principio de la comida. Se miraron mutuamente, en amigable silencio.

–Tu padre es afortunado de tenerte en Bancroft –dijo Nick con sinceridad. No le cabía la menor duda de que 
Miley era una ejecutiva excelente, muy bien dotada. Al hablar, su estilo profesional se había puesto de manifiesto, así como su dedicación, su inteligencia, su entusiasmo y, sobre todo, su coraje e ingenio.

–Yo soy la afortunada –repuso 
Miley  sonriendo–. Bancroft lo es todo para mí. Es lo más importante de mi vida.

Nick se reclinó en el asiento, pensando en la dimensión de 
Miley.  Frunció el entrecejo y contempló el vaso de vino que tenía en la mano, preguntándose por qué diablos la joven hablaba de los grandes almacenes como si se tratase de personas queridas. ¿Por qué no había en su vida algo más importante que su carrera? ¿Por qué no lo era Parker Reynolds, o cualquier otro miembro destacado de la alta sociedad? De inmediato Nick halló las respuestas. La clave era su padre. Philip Bancroft había conseguido lo que quería: dominar a su hija de forma tan brutal y efectiva que al final a ella no le importaban los hombres. Cualquiera que fuera la razón que tenía para casarse con Reynolds, era obvio que no lo hacía por amor. Basándose en lo que Miley había dicho y en la expresión de su rostro al hablar de Bancroft, estaba comprometida y enamorada de unos grandes almacenes.

Nick la miraba y sentía piedad y ternura. Eran las mismas emociones que había sentido la noche en que la conoció, junto al avasallador deseo de poseerla, un deseo que anuló su sentido común. Entró en aquel club de campo, vio la sonrisa vivaz de 
Miley  sus ojos brillantes, y perdió el sentido. En ese momento su corazón se dulcificó al recordar que lo había presentado a los socios de Glenmoor como un magnate del acero, de Indiana. ¡Qué maravillosa! Tan llena de risa y de vida, tan inocentemente ardorosa en sus brazos. Él había intentado apartarla de su padre, acariciarla, mimarla y protegerla.

De haber seguido casados, él estaría increíblemente orgulloso de su mujer. En realidad, de un modo un tanto impersonal, estaba orgulloso de lo que 
Miley había llegado a ser.

¿Mimarla y protegerla? Nick comprendió la implicación de sus pensamientos y apretó los dientes, disgustado consigo mismo. 
Miley no necesitaba a nadie que la protegiera. En realidad, era tan mortífera como el veneno de una viuda negra. Solo le importaba un ser humano: su padre, y para aplacado había asesinado al hijo que llevaba en las entrañas. Era una mujer consentida, sin carácter y sin corazón; una muñeca, hermosa y vacía, para sentarla a un extremo de la mesa del comedor, vestida con las prendas más caras. Solo servía para eso. Y si de pronto él lo había olvidado se debía precisamente a su aspecto, a sus ojos cautivadores, a su boca dulce y generosa, el sonido musical de su voz, la sonrisa contagiosa y también su modo de ser. ¡Dios! Siempre me he comportado como un idi/ota con esta mujer, pensó Nick, y su hostilidad desapareció al pensar que no tenía sentido seguir odiándola. Al margen de lo que ella había hecho, no debía olvidar que por aquel entonces era muy joven y estaba asustada. Además, todo había ocurrido hacia ya mucho tiempo. Así pues, miró a Miley y le hizo un cumplido con tono imparcial y un tanto indiferente:

–Oyéndote, es fácil comprobar que te has convertido en una gran ejecutiva. Si hubieras seguido casada conmigo, es probable que intentara atraerte a mi empresa.

Sin saberlo, acababa de darle pie a 
Miley para abordar el tema que la había traído allí. La joven no dejó pasar la oportunidad. Intentando inyectarle una gota de humor al temible momento, dijo con una risa nerviosa y ahogada.

–Entonces empieza a atraerme.

Los ojos de Nick se entrecerraron.

–¿Qué significa eso?

Incapaz de mantener por más tiempo su vacilante sonrisa, 
Miley se inclinó hacia delante, cruzó los brazos sobre la mesa y lanzó un hondo suspiro.

–Tengo algo que... decirte, Nick. Trata de no perder la calma.

Él se encogió de hombros con indiferencia y elevó el vaso de vino a los labios.

–No sentimos nada el uno por el otro, 
Miley.  Por lo tanto, nada de lo que puedas decirme me hará perder la calma...

–Aún estamos casados –anunció la joven.

Nick frunció el entrecejo y exclamó:

–¡Nada excepto eso!

–Nuestro divorcio no es legal –prosiguió ella, dando un respingo ante la ominosa mirada de su ex marido–. El... el abogado que se encargó de nuestro divorcio era un farsante que está siendo investigado por la justicia. Ningún juez firmó nuestra sentencia de divorcio. ¡Ningún juez la ha visto nunca!

Fuera de sí, Nick dejó el vaso en la mesa, se inclinó y dijo con voz iracunda:

–¡O mientes o eres una est/úpida! Hace once años me invitaste a dormir contigo sin pensar en las consecuencias. Cuando quedaste embarazada viniste a mi corriendo y me endosaste el problema. Y ahora me dices que no tuviste la inteligencia necesaria para contratar los servicios de un abogado que tramitara el divorcio y que, por lo tanto, todavía estamos casados. ¿Cómo diablos puedes dirigir una sección de los grandes almacenes y ser a la vez tan est/úpida?

Cada palabra de Nick le hería el orgullo como un latigazo, pero 
Miley esperaba algo así y pensó que lo tenía merecido. El impacto de la revelación dejó mudo a Nick por un momento, y ella lo aprovechó para decir con voz queda:

–Nick, comprendo cómo te sientes...

Él quería creer que 
Miley lo merecía y que aquello no era más que un loco intento de sacarle dinero. Quería creerlo, pero en el fondo pensaba que le estaba diciendo la verdad.

–Si yo estuviera en tu lugar –prosiguió ella–, sentiría lo mismo que tú.

–¿Cuándo lo supiste? –la interrumpió Nick.

–La noche anterior a mi llamada para arreglar este encuentro.

–Dando por sentado que me estás contando la verdad, es decir, que todavía estamos casados, ¿qué pretendes de mí exactamente?

–Un divorcio. Amable y tranquilo, sin complicaciones. E inmediato.

–¿Sin pensión alimenticia? –se mofó él, y observó cómo un furioso rubor cubría las mejillas de 
Miley- . ¿Sin derechos de propiedad ni nada parecido?