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jueves, 1 de mayo de 2014
Paraíso Robado - Epilogo
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Epílogo
–Te dije que llegaríamos a tiempo –comentó Spencer O’Hara cuando la limusina se detuvo frente a Bancroft con un chirriar de neumáticos. Por una vez, Nick apreció su audacia y pericia, pues Miley llegaba tarde a una reunión muy importante del consejo. El avión que los había traído de Italia, donde después de esquiar en Suiza se habían detenido para visitar a los padres de Miley, había sufrido un retraso.
–Toma –dijo Nick, tendiéndole a O’Hara el maletín de Miley–. Tú te encargas de eso y yo me encargo de ella.
–¿Tú qué? –preguntó su mujer por encima del hombro mientras sacaba del coche la muleta en la que se apoyaba para andar. Se había torcido un tobillo esquiando.
–No tienes tiempo para ir cojeando hasta los ascensores –señaló Nick al tiempo que la alzaba.
–Esto es indigno –protestó ella, sonriendo–. ¡No puedes llevarme así!
–Ya lo verás –aseguró su marido.
Y así fue. Los clientes se volvían ante el insólito espectáculo. Al pasar frente al departamento de cosmética, una mujer le pregunté a su amiga:
–¿No es Miley Bancroft? ¿Y él Nicholas Farrell?
–No pueden ser ellos –negó otra clienta. Avergonzada, Miley hundió la cara en el pecho de Nick, cuando oyó decir a la misma mujer–: ¡He leído en el Tattler que van a divorciarse! Él está en Grecia con una estrella de cine y ella se casa con Kevin Costner.
Al llegar a los ascensores, Miley levantó la mirada hasta encontrarse con la de su marido.
–¡Qué vergüenza! –bromeó–. ¿Otra estrella de cine?
–¿Kevin Costner? –replicó él, arqueando las cejas–. Ni siquiera sabía que te gustara Kevin Costner.
En el despacho de Miley, Nick se desprendió de su carga y la dejó marchar cojeando a la sala de conferencias.
–Lisa y Parker se reunirán aquí con nosotros y nos traerán a la pequeña para después almorzar todos juntos –comentó Miley, mirando con inquietud la desierta zona de recepción.
–Yo los hospedaré –prometió Nick.
Al cabo de unos minutos apareció Lisa en el umbral, con un bebé en brazos.
–Parker me ha dejado en la puerta –explicó–. Llegará dentro de un momento.
Nick sonrió.
–Parece usted muy embarazada, señora Reynolds –bromeó mirando a la niña de seis meses que Lisa llevaba en brazos y que le ofrecía para que la cogiera.
–Voy a buscar a Parker –dijo Lisa. Cuando se alejó, Nick se quedó mirando a la pequeña que Miley le había dado aun a riesgo de su propia vida.
De pronto, Marissa abrió los ojos y se echó a llorar. Con una tierna sonrisa, Nick le acarició la mejilla con un dedo.
–Chiss, querida –susurró–. La futura presidenta de una gran empresa no llora. Es una mala imagen corporativa. Pregúntaselo a tu madre –sugirió.
Marissa se calló y poco después sonrió y barboteó algo que parecía tener sentido.
–Lo sabía –dijo su padre, devolviéndole la sonrisa–. La tía Lisa y el tío Parker te han estado enseñando italiano.
Puesto que tenía tiempo, Nick se llevó a su hija a la planta once, para mostrarle su sección favorita. Era un departamento nuevo creado por Miley para la central y las sucursales de Bancroft; en él había mercancías de todo el mundo, desde joyas a vestidos y juguetes de fabricación artesanal. Tenían una cosa en común: a petición de Miley, todo artículo debía ser exclusivo para poder llevar el famoso logotipo ideado por ella como símbolo de perfección.
Con Marissa en brazos, Nick miró el logotipo que coronaba la pared y sintió un nudo en la garganta, como siempre que subía allí. Dos manos, una de hombre y otra de mujer, se extendían y se rozaban con la punta de los dedos.
Miley le había puesto un nombre muy especial a aquel departamento: Paraíso.
Fin
Paraíso Robado - Cap: 69
Con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios, Miley se despertó lentamente en la cama de Nick y permitió que los recuerdos de la noche anterior la embargaran como música suave. Juntos se habían mezclado con los invitados, habían aguantado las bromas suscitadas por su explosivo beso y su reconciliación. Ella disfrutó de su papel de anfitriona. Más tarde, en la cama con su marido, gozó de su cuerpo. Decidió, soñolienta, que la confianza y los lazos de compromiso tenían un profundo efecto sobre las caricias de los amantes. Sabía por otras veces lo que era hacer el amor con Nick, pero nunca como la noche anterior.
Por las cortinas se filtró la luz del sol y Miley se volvió en la cama y abrió los ojos. Un rato antes Nick la había besado susurrándole que se iba a comprar unos bollos para el desayuno. Miley se incorporó y cogió la taza de café que él le había dejado en la mesita de noche.
Apenas había bebido un sorbo cuando entró Nick llevando una bolsa de papel de la panadería y un diario bajo el brazo. Su expresión era un tanto extraña, tensa.
–Buenos días –le dijo ella, sonriente, cuando se inclinó para besarla–. ¿Qué es eso? –preguntó, dirigiendo la vista al diario.
Nick le había prometido la noche anterior que nunca le ocultaría nada, pero en ese momento habría preferido una tanda de azotes en público a mostrar el periódico a su mujer.
–Es el Tattler –dijo–. Lo he visto cuando estaba pagando los bollos. De algún modo –continuó tendiéndole remisamente el periódico– han descubierto las condiciones de nuestro contrato de once semanas y lo han interpretado a su inimitable manera.
Observó cómo Miley tomaba el diario. Estaba nervioso, porque sabía lo que su mujer sentía acerca de la clase de publicidad que él había recibido de los medios de comunicación a lo largo de los años. Miley iba a pensar que en el futuro ella misma sería víctima de ese sensacionalismo que tanto la molestaba. Estaba casada con él y, además, el asunto de su abortado divorcio fascinaba a los lectores. Preparándose para una condena o un reto furioso, Nick la vio desplegar el periódico y leer el titular: «JOVEN HEREDERA COBRA DE SU MARIDO CIENTO TRECE MiL DÓLARES POR CADA NOCHE DE AMOR».
–Al principio no pude imaginar cómo han calculado esa cifra, pero después me he dado cuenta. Han multiplicado cuatro citas semanales por once semanas, luego han dividido el resultado por los cinco millones que te prometí. Lo siento. Si pudiera cambiarlo...
Se interrumpió al oír la carcajada de Miley, que se cubría la cara con el diario. Reía tanto que se dejó caer sobre las almohadas mientras la habitación se llenaba de su musical hilaridad.
–Ciento trece mil do... dólares... –repetía saltando en la cama.
Nick le sonrió con una profunda gratitud que fue convirtiéndose en ternura. Comprendía lo que su mujer pretendía: enfrentarse a algo para ella odioso y encontrar el modo de parar el golpe sin que ninguno de los dos sufriera los efectos.
–¿Te he dicho alguna vez que estoy muy orgulloso de ti? –le preguntó él con voz ronca, asiéndola por los hombros.
Ella meneó la cabeza como una niña, aún riendo, y su marido le apartó el diario de la cara, le besó las mejillas y luego los labios.
–¿Estás seguro de que pu... puedes hacerlo otra vez? –susurró ella de nuevo entre risas. Le había echado los brazos al cuello, y consciente de que él quería hacer otra vez el amor.
–Creo que está al alcance de mi presupuesto–bromeó Nick.
–Sí, pero ahora esto se ha convertido en un trabajo fijo. ¿Me darás aumentos periódicos de sueldo? –Le acunaba el rostro con las manos y lo miraba con ojos húmedos y brillantes–. ¿Y qué hay de los beneficios adicionales tales como seguro de enfermedad, horas extra...?
–Todo garantizado –le prometió Nick, y tomándole una mano le besó la palma.
–¡Oh, no! –gimió ella–. Me harás pagar impuestos más altos.
Él ahogó una carcajada, los labios rozando el cuello de su mujer, que lo envolvió en sus brazos.
El lunes por la noche la noticia más importante del telediario de las seis fue el arresto de Ellis Ray Sampson, acusado del asesinato de Stanislaus Spyzhalski. Según la policía del condado de Saint Clair, el falso abogado no fue asesinado por un cliente estafado, sino por un marido a quien Stanislaus había estado engañando con su mujer. El señor Sampson se entregó a las autoridades y aseguró haber arrojado a Spyzhalski con vida a la zanja, después de haberle propinado una paliza. Como en el informe del juez de primera instancia constaba que el difunto había sufrido un ataque cardíaco aquella misma noche, existía la posibilidad de que el marido ultrajado saliera del atolladero con el único cargo de homicidio involuntario.
Nick y Miley estaban escuchando las noticias. Él comentó con sarcasmo que a Sampson deberían darle una medalla por haber librado al mundo de un parásito. Miley, que sabía lo que era ser víctima de gentuza como Stanislaus, expresó su confianza en que a Sampson le redujeran al mínimo la pena.
Su marido descolgó el auricular y envió a Pearson y a Levinson a Belleville, para que consiguieran lo que Miley había sugerido.
El martes de la semana siguiente fueron llamados a declarar Charlotte Bancroft y su hijo Jason. Sucedió en Palm Beach, Florida. El interrogatorio estaba relacionado con las amenazas de bomba contra los grandes almacenes Bancroft y la manipulación de las acciones de esa empresa. Ambos negaron acaloradamente los hechos. Sin embargo, el miércoles Caroline Bancroft se presentó de forma voluntaria ante un gran jurado de Florida y declaró que, en efecto, Charlotte había planeado la adquisición de Bancroft, para lo cual estaba dispuesta a llevar a cabo un tipo de acción que provocara la caída del precio de las acciones de la compañía.
En las islas Caimán, Joel Bancroft, antiguo tesorero de Industrias Seabord, pasaba unas vacaciones con su amigo. Allí leyó la noticia de la acusación que se cernía sobre su madre y su hermano. Joel había renunciado hacía seis meses, cuando ellos lo presionaron para que abriera cuentas ficticias bajo nombre falsos con cierto agente de bolsa dispuesto a colaborar, para luego comprar paquetes de acciones de Bancroft a nombre de las falsas cuentas.
Tumbado en la playa, mirando el mar, Joel pensó en su madre, en la mortificante obsesión que fueron para ella los treinta años de espera para vengarse de Philip, y en su hermano, que al igual que su madre lo despreciaba por ser homosexual.
El día siguiente, Charlotte y Jason fueron arrestados y acusados de varias actividades ilícitas, descubiertas gracias a los informes proporcionados por una llamada anónima. La voz enumeró los nombres de las cuentas fraudulentas. Charlotte negó estar enterada de nada. Jason, que fue quien abrió las cuentas y quien siguiendo las instrucciones de su madre pagó al fabricante de las bombas, pronto empezó a temer que sería el chivo expiatorio de su propia madre, así que a cambio de inmunidad declaró contra ella.
El consejo directivo de Seabord asumió la necesidad inmediata de poner a salvo la imagen de la sociedad, y actuando según las instrucciones de Charlotte, nombró a Joel presidente y jefe de operaciones.
En Chicago, Miley siguió por televisión todos estos acontecimientos, junto con su marido. El dolor que sentía cada vez que se mencionaba el nombre de Bancroft era casi tan intenso como el impacto que suponía descubrir quiénes eran los autores de los hechos que durante dos días terribles había creído obra de Nick.
Sentado a su lado, Nick comprendía la tristeza de su mujer cada vez que se mencionaba a Bancroft. Entrelazando sus dedos con los de ella, le pregunto:
–¿Has pensado en lo que quieres hacer ahora que tienes tanto tiempo libre?
Miley sabía que se refería a su futuro profesional, pero tenía el presentimiento de que su respuesta alarmaría a Nick. Fingió no entender la pregunta y, mirando las manos entrelazadas de ambos, sonrió al ver el diamante esmeralda de catorce quilates y la alianza de platino que él le había puesto en el dedo.
–Podría haber considerado la posibilidad de ir de compras todos los días, pero ya me has regalado joyas y un coche de lujo. ¿Qué queda que no sea insignificante en comparación?
–Un pequeño avión privado –respondió él al tiempo que le daba un beso en la nariz–. O un gran yate.
–¡No te atrevas! –le advirtió Miley, y Nick se rió de su mirada escandalizada.
–Debe de haber algo que desees –insistió él.
Miley se puso seria y decidió decirle la verdad.
–Claro que sí. Algo que deseo mucho, Nick.
–Suéltalo. Es tuyo.
Miley vaciló, tocó la alianza matrimonial de su marido y por fin lo miró a los ojos.
–Quiero intentar... tener otro bebé.
Nick reaccionó inmediatamente de forma airada.
–No. Rotundamente no. No te hubieras arriesgado de haberte casado con Parker y no te arriesgarás por mí.
–Parker no quería niños. Y tú has dicho que me darías cualquier cosa que te pida. Cualquier cosa, ¿recuerdas?
En otras circunstancias, la sola mirada de su mujer habría bastado para vencer sus defensas, pero ella le había explicado una noche, en la cama, que las posibilidades de otro aborto eran muy altas. Puesto que la primera vez casi le había costado la vida a Miley, la idea de que algo semejante volviera a ocurrir descartaba totalmente el embarazo.
–No me hagas eso –le advirtió Nick con voz suave e implorante.
–Hay ginecólogos especializados en mujeres con problemas de embarazo. Ayer fui a la biblioteca y leí mucho acerca de eso. Existen también nuevas medicinas y nuevas técnicas en período experimental...
–¡No! –interrumpió Nick, tenso–. Descartado. Pídeme cualquier otra cosa, pero no eso. No podría soportar la preocupación. Te lo digo en serio.
–Hablaremos de ello más tarde –dijo Miley con una sonrisa terca pero serena.
–Mi respuesta será la misma.
Habría seguido hablando, pero la televisión anunciaba entonces otro acontecimiento referido a Bancroft y la mirada de Miley se había quedado clavada en la pantalla.
«–Philip A. Bancroft –dijo el locutor– ha convocado una conferencia de prensa esta tarde para comentar los rumores acerca de que su hija haya sido despedida de la presidencia a causa de su relación con el industrial Nicholas Farrell.»
Miley, temerosa al ver en la pantalla el rostro sombrío de su padre, apretó la mano de su marido. Philip aparecía de pie, rígido, en el podio del auditorio de Bancroft. Empezó a dar lectura a una declaración:
«–Como respuesta a rumores de que el matrimonio de mi hija con Nicholas Farrell ha sido la causa de su renuncia a la presidencia interina de esta empresa, el directorio que presido lo niega categóricamente. Mi hija goza de una breve y bien merecida luna de miel con su marido, al término de la cual se hará cargo nuevamente de la presidencia de Bancroft. –Hizo una pausa, miró directamente a la cámara y solo Miley supo que su padre no estaba haciendo una declaración, sino dando una orden. Una orden dirigida a ella. Medio desvanecida por la impresión, las siguientes palabras de su padre la llenaron de asombro–. En respuesta a rumores aparecidos estos días en la prensa según los cuales existe un antiguo antagonismo entre Nicholas Farrell y yo, quiero declarar que hasta fecha muy reciente no he conocido a mi... –Hizo una pausa para aclararse la garganta–. A mi hijo político.»
Miley comprendió lo que estaba haciendo su padre.
–Nick –dijo, apretándole el brazo con hilarante incredulidad–, ¡te está pidiendo perdón!
Dubitativo, Nick miró a su esposa y luego de nuevo a la pantalla al oír la voz de Philip.
«–Como ya sabe todo el mundo, Nicholas Farrell y mi hija estuvieron casados durante unos meses hace muchos años, matrimonio que creíamos acabado por un divorcio prematuro e infortunado. Sin embargo, ahora que se han vuelto a unir, afirmo que tener como hijo político a un hombre del calibre de Nick Farrell... –Se aclaró de nuevo la garganta, luego miró con furia a la pantalla y concluyó enérgicamente–. Tener como yerno a un hombre como Nick Farrell es, para cualquier padre... un honor.»
Desapareció la imagen de Philip y la risa de Miley también al mirar a su marido.
–Le hice prometer que cuando tu inocencia estuviese demostrada se disculparía ante el mundo por lo que te ha hecho. –Le colocó los dedos en la mejilla, en un gesto inconscientemente implorante, y susurró–: ¿Puedes encontrar la generosidad necesaria en tu corazón para dejar atrás el pasado y hacerte amigo de Philip?
Nick pensaba que nada que hiciera Philip bastaría para borrar, ni remotamente, el daño que les había causado. Sin embargo, al mirar a su esposa, al ver aquellos ojos verdes, húmedos y brillantes, no se atrevió a declarar sus sentimientos.
–Podría intentarlo –dijo al fin. A pesar de la aversión que le producía la idea de hacer las paces y convertirse en amigo de su suegro, añadió–: Ha sido un buen discurso. –Con estas palabras poco sinceras y enérgicas quiso tranquilizar a su esposa.
Caroline Edwards Bancroft también pensaba que había sido una buena alocución. Sentada frente a Philip en el salón de la casa que antaño compartiera con él, esperó a que desapareciera la imagen y luego apagó el vídeo.
–Philip –susurró–, ha sido una excelente declaración.
Con expresión escéptica, él le tendió un vaso de vino.
–¿Qué te hace pensar Miley opinará lo mismo?
–Que, en su lugar, yo lo pensaría.
–Claro, ¡tú escribiste el texto!
Caroline bebió un sorbo de vino y, serenamente, lo observó deambular por la estancia.
–¿Crees que me habrá visto? –preguntó Philip, volviéndose de pronto hacia ella.
–Por si acaso, puedes llevarle la cinta. Mejor aún, podrías pedirles permiso para quedarte con ellos y verla juntos. –Hizo un gesto de satisfacción ante su propia idea–. Me parece mejor, seria más personal.
Philip se acobardó.
–No, no podría hacerlo. Es probable que Miley me odie y que Farrell me eche a patadas. No es ningún idi/ota y sabe que unas palabras no compensan todos mis errores. No aceptará mis excusas.
–Las aceptará –insistió Caroline en voz baja–, porque ama a Miley. –Al verlo vacilar, Caroline le tendió la cinta y agregó con firmeza–: Cuanto más esperes, más difícil será para todos. Ve a su casa ahora mismo, Philip.
Él se metió las manos en los bolsillos y suspiró.
–Caroline –dijo con cierta brusquedad–. ¿Me acompañas?
–¡No! –exclamó ella, asustada por la idea de presentarse ante su hija por primera vez–. Además, mi avión sale dentro de tres horas.
La voz de Philip se suavizó y por un momento ella recordó el irresistible poder de persuasión del hombre al que había amado hacía treinta años.
–Ven conmigo –insistía él, convincente– y te presentaré a nuestra hija.
El desgraciado corazón de Caroline dio un vuelco al oír las palabras de su ex marido, pero aun así meneó la cabeza, sonriendo.
–Sigues siendo el más manipulador de los hombres.
–También soy el único con el que te has casado –le recordó él con una sonrisa–. Debía de tener algunas buenas cualidades.
–No insistas, Philip.
–Podríamos ir a visitar a Miley y a Farrell...
–Empieza a llamarlo Nick.
–Está bien. Nick. Y luego podríamos volver aquí. Podrías quedarte una temporadita y así volveríamos a conocernos. ¿Qué te parece?
–Yo te conozco muy bien–respondió Caroline–. Y si tú quieres conocerme a mí tendrá que ser en Italia.
–Caroline –insistió él, respirando hondo–. Por favor. –La vio dudar y añadió–: Por lo menos ven conmigo esta noche. Puede ser tu última oportunidad de conocer a nuestra hija. Te gustará. Es como tú en algunos aspectos... Tiene mucho valor.
Cerrando los ojos, Caroline intentó evadirse de las palabras de Philip y de los impulsos de su propio corazón, pues ambos factores, sumados, daban el mismo resultado.
–Llámala primero –indicó por fin a Philip con voz temblorosa–. Después de treinta años no voy a presentarme ante ella sin aviso. No te sorprenda si no quiere verme. –Sacó de la cartera el número de teléfono que Nick le había dado.
–Es posible que no quiera vernos a ninguno de los dos –comentó él–. Y no podría reprochárselo.
Entró en la habitación contigua para hacer la llamada y salió tan pronto que Caroline dio por sentado que Miley le había colgado. Se sintió abatida.
–¿Qué ha dicho? –preguntó a Philip con el alma en vilo.
Él se aclaró la garganta y luego respondió con voz muy ronca.
–Ha dicho que nos espera...
Miley abandonó la clínica con el absurdo deseo de levantar los brazos y ponerse a bailar en la acera. Miré al cielo, gozando de la fresca brisa otoñal acariciándole el rostro, sonrió a las nubes.
–Gracias –susurró.
Después de casi un año y tras dos largos exámenes con ginecólogos especializados en partos difíciles, logro convencer a Nick de que su vida apenas corría más peligro que la de cualquier otra mujer, con tal que no se desviara un ápice del tratamiento y pasara una parte del embarazo en cama.
Después transcurrieron casi otros nueve meses antes de que escuchara las palabras mágicas que acababan de decirle: «Felicitaciones, señora Farrell. Está embarazada».
Impulsivamente cruzó la calle y compró un ramo de rosas en una floristería, luego se encaminó hacia donde Spencer la esperaba con el coche, sorprendiéndolo al verla venir en la dirección opuesta, Abrió ella misma la portezuela y se sentó en el asiento trasero.
Spencer colocó un brazo en el respaldo y la miró.
–¿Qué ha dicho el médico?
Miley lo miró con rostro resplandeciente de ilusión. En sus labios se dibujó una amplia sonrisa, y Spencer también sonrió.
–¡Nick será feliz! –profetizó–. ¡Cuando deje de estar asustado! –Volviendo la vista al volante puso en marcha la limusina.
Miley se preparó para la habitual brusquedad de la arrancada. Sin embargo, atónita comprobó que Spencer dejaba pasar tres oportunidades de internarse en el tráfico y luego otras dos, perfectamente razonables, para finalmente arrancar con suavidad. Hasta que vio que tras él toda una manzana estaba despejada no salió a la calle, y entonces lo hizo como si estuviera arrastrando el cochecito de un bebé. En su asiento Miley lanzó una carcajada.
Nick la esperaba, recorriendo el salón de un lado a otro, mirando por la ventana, maldiciéndose por haber sucumbido y haberla dejado embarazada. Sabía que Miley creía estarlo y esperaba que estuviera equivocada. No tenía fuerzas para soportar el temor de verla en peligro.
Corrió hacia la puerta cuando oyó que la abrían y vio a v, escondiendo un brazo detrás de la espalda.
–¿Qué ha dicho el médico? –le preguntó con impaciencia.
Ella le mostró un ramo de doce rosas de largo tallo y se lo tendió. Su sonrisa irrumpía como la luz del sol.
–Felicitaciones, señor Farrell. Estamos embarazados.
Él la atrajo hacia sí, aplastando las flores.
–¡Dios me ayude! –masculló.
–Te ayudará, querido.
Paraíso Robado - Cap: 68
Es probable que conozca a algunas. Si quiere quedarse, mi padre le presentará a los invitados.
La fiesta empezaba a cobrar animación cuando entraron en el espacioso salón.
–Preferiría que no hubiera presentaciones –repuso Caroline–. No deseo reanudar relaciones con la gente de la alta sociedad. –Vaciló al ver a los camareros llevando bandejas entre aquella multitud de hombres de etiqueta y mujeres lujosamente ataviadas. Sonaban las notas de un piano y la música alegre se mezclaba con el sonido de voces cultivadas y de carcajadas–. Quisiera... quedarme un rato –dijo la madre de Miley, esbozando una sonrisa desenvuelta que la hizo parecer mucho más joven de los cincuenta y cinco que tenía–. Yo vivía para fiestas como esta, ¿sabe? Sería divertido observar y preguntarme por qué las consideraba maravillosas.
–Si encuentra la respuesta, dígamelo –pidió Nick, cuya indiferencia hacia las fiestas era incluso mayor que la de ella.
–¿Por qué da la fiesta si no le gusta? –le preguntó Caroline, de nuevo desconcertada por el hombre extraño y enigmático con el que se había casado su hija.
–La recaudación de mañana por la noche se destina a fines benéficos –respondió Nick, encogiéndose de hombros.
Sin mezclarse entre el gentío, la llevó junto a Stuart Whitmore y Julia, que estaban hablando animadamente. Les presentó a la madre de Miley como Caroline Edwards. Era obvio que ambos jóvenes habían hecho buenas migas y a Nick le desagradaba la idea de que su hermana saliera con el abogado de su mujer, porque él siempre le traería el recuerdo de aquella tarde en la sala de conferencias, cuando Miley le dio la mano como muestra de confianza, ¡Qué confianza tan frágil la suya! No la sostuvo aquel día ni tampoco ahora, cuando más la necesitaba. Porque en definitiva para ella Nick Farrell seguía siendo un don nadie. Miley nunca habría sospechado que alguien de su propia clase social –Parker o cualquier otro– pudiera ser un incendiario o un asesino. Se mostró dispuesta a acostarse con él, pero eso era todo. No había cesado de darle largas al asunto de vivir juntos. Acostarse de vez en cuando, sí, vivir como marido y mujer, comprometerse con él, formar una familia... eso no.
Se disponía a desempeñar su papel de anfitrión cuando Caroline lo agarró del brazo.
–No me quedaré mucho rato –le dijo–. Supongo que esto es un adiós.
Nick asintió, vaciló, y finalmente, por Caroline, sacó a colación el nombre de Miley.
–Stuart Whitmore es un viejo amigo de su hija y es también su abogado. Si encuentra la manera de que la conversación derive hacia Miley, Stuart querrá hablar de ella. Se lo sugiero por si le interesa.
–Gracias –le respondió Caroline con voz velada por la emoción–. Me interesa muchísimo.
Cuando Miley llegó al edificio de Nick se preguntaba si seria inteligente o est/úpido presentarse ante él en medio de una fiesta, sobre todo teniendo en cuenta que estaba tan furioso que insistía en el divorcio inmediato. ¿La echaría a la calle a la vista de todo el mundo? Tal vez sí, y tal vez ella se lo mereciera.
Se había puesto su vestido más provocativo, con la esperanza de minar así la resistencia de su esposo. Era de tela negra, con la espalda semidesnuda y un pronunciado escote; sobre los pechos, un intrincado dibujo de flores y hojas, incrustado de pequeñas perlas negras, que se extendían por debajo de los brazos y confluían en la espalda. Obsesionada con la idea de impresionar a Nick, se había pasado casi una hora probando diferentes peinados. Al fin se decidió por dejarse el pelo suelto, sobre los hombros. La sofisticación del vestido requería un peinado elaborado, pero por otra parte el cabello suelto otorgaba una expresión ingenua y juvenil a su rostro, lo que contribuiría a dulcificar a Nick. Para lograrlo, Miley hubiera estado dispuesta a acudir allí luciendo trenzas.
El guardia la dejó pasar porque Nick no la había borrado de la lista de sus invitados. ¡Qué alivio! Con las piernas temblorosas y el corazón palpitante, llamó a la puerta de su marido y se encontró con el obstáculo más inesperado del mundo: Spencer O’Hara. El gigante abrió la puerta, la vio y se adelantó, cerrándole el paso.
–No ha debido venir, señorita Bancroft –dijo fríamente. Era la primera vez que no la llamaba Farrell y a ella se le oprimió un poco el corazón–. Nick no quiere saber nada de usted, se lo he oído decir. Quiere el divorcio.
–Pero yo no ––negó ella enérgicamente–. Por favor, Spencer, déjame entrar para poder convencerlo de que tampoco él quiere divorciarse.
El hombre vaciló, dividido entre la lealtad a Nick y la implorante sinceridad de los ojos de Miley. Se oían los rumores procedentes del interior.
–No creo que lo logre, y tampoco creo que sea bueno intentarlo aquí. Hay mucha gente y periodistas.
–Mejor –replicó ella con falsa firmeza–. Podrán contarle al mundo que esta noche el señor y la señora Farrell han estado juntos.
–Quizá le contarán al mundo que usted salió a empujones y yo fui despedido con una patada en el trasero –murmuró Spencer, pero se apartó. Miley no reprimió el impulso de echarle los brazos al cuello.
–Gracias, Spencer. –Dio un paso atrás, demasiado nerviosa para ver que él se había ruborizado ante su abrazo–. ¿Cómo estoy? –le preguntó ella, alisándose el vestido como quien se dispone a hacer una reverencia.
–Está usted muy hermosa –contestó Spencer con cierta brusquedad–. Pero a Nick le importará un bledo.Miley entró en el gran apartamento con la profecía de Spencer a cuestas. Apenas hubo bajado los escalones del vestíbulo las cabezas se volvieron y cesaron momentáneamente las conversaciones, enseguida reanudadas con mayor entusiasmo. Oyó mencionar su nombre varias veces, pero hizo caso omiso y, avanzando, buscó a Nick entre los distintos grupos. El cuarto de estar, el comedor, la zona del bar cerrada por cristales para la conversación tranquila... Estaba en el rincón más lejano del espacioso apartamento. Vio a Nick rodeado de varias personas, entre las que destacaba por su estatura. Miley avanzó sacando fuerzas de flaqueza, aunque no estaba segura de que las piernas fueran a obedecerla. Podía distinguir ya los rostros con detalle. La estrella del musical, una joven muy bonita, le hablaba a Nick y él la escuchaba o lo fingía porque Miley leyó la indiferencia en el rostro de su marido. Ya estaba cerca del grupo cuando Stanton Avery, a la derecha de Nick, la vio y le susurró algo a este. Nick se volvió bruscamente, sosteniendo una copa en la mano. Su mirada era fría como el hielo, el rostro tan inquietante que Miley se detuvo temerosa. Vaciló... dio un paso adelante y luego otro, hasta situarse frente a él.
El grupo se dispersó, ya por cortesía o por comprender que estaban de más. Nick y Miley se quedaron solos. Ella esperó a que su marido dijera o hiciera algo. Al cabo de unos segundos interminables, Nick hizo una breve inclinación de la cabeza y musitó:
–Miley.
Él mismo le había dicho una semana antes que siguiera siempre sus instintos; Miley se dispuso a seguir su conseio.
–¡Hola! –lo saludó con ojos implorantes, pero su marido no parecía dispuesto a ayudarla–. Supongo que te preguntas qué hago aquí.
–La verdad es que no.
Su frialdad le dolió, pero al menos era una indicación de que esperaba que ella dijera algo más. Miley esbozó un amago de sonrisa, deseando rendirse ante él, pero sin saber cómo hacerlo.
–He venido a contarte cómo me ha ido hoy. –Le temblaba la voz, y sabía que él se daba cuenta aunque no diera señales de ello. Haciendo un gran esfuerzo, la joven añadió–: Esta tarde he asistido a una reunión del directorio. Estaban muy alterados, furiosos. Me acusaron de un conflicto de intereses en lo que a ti respecta.
–¡Qué idi/otas! –exclamó Nick con desprecio–. ¿No les has dicho que tu único interés es Bancroft?
–No exactamente –respondió ella con una sonrisa de inquietud–. También querían que firmara declaraciones juradas y acusaciones oficiales contra ti, por utilizarme ilegalmente para controlarnos. Y por poner las bombas y por haber asesinado a Spyzhalski.
–¿Eso es todo? –preguntó Nick con sarcasmo.
–No, todo no; pero es lo principal. –Observó el rostro de Nick en busca de un signo, un poco de calor, algo que le diera a entender que a su marido aún le importaba. No vio nada, solo reparó en que la concurrencia los miraba–. Les dije.. –Se le quebró la voz, temerosa de que él no quisiera seguir escuchando su historia.
–¿Qué les has dicho? –inquirió él, impasible, y Miley interpretó la pregunta como si la instara a seguir hablando.
–Les he dicho... –declaró ella levantando con orgullo la barbilla– ¡lo que tú me dijiste!
Nick seguía mostrándose impasible.
–¿Los mandaste a la mie/rda?
–Bueno, no exactamente –contestó ella–. Verás, los mandé al demonio.
Nick no hizo comentario alguno y Miley se sintió desolada cuando de pronto vio un brillo en los ojos de su marido, que luego sonrió.
–Y después –continuó Miley, esperanzada–, me llamó tu abogado para decirme que si no pido el divorcio en un plazo de seis días, lo pediría él en tu nombre al día siguiente. Le contesté...
Volvió a interrumpirse por la emoción y Nick acudió en su auxilio.
–¿También lo has enviado al demonio?
–No. A la mie/rda.
–¿Sí?
–Sí.
Nick esperó que siguiera hablando, mientras la miraba fijamente a los ojos.
–¿Y qué?
–Que estoy pensando en hacer un viaje. Ahora... tendré mucho tiempo en mis manos.
–¿Has pedido un permiso?
–No, he presentado mi renuncia.
–Comprendo –musitó él con inmenso cariño. Luego preguntó–: ¿En qué viaje has pensado, Miley?
–Si aún quieres llevarme –respondió ella, tragando saliva casi con dolor–, me gustaría conocer tu paraíso.
Nick no dijo nada, y por un terrible momento Miley pensó que se había equivocado, que solo deseaba olvidarla. Y de pronto vio que Nick le tendía la mano.Miley tenía los ojos llenos de lágrimas cuando la mano fuerte y cálida de su marido apresó la suya. Luego la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos.
Nick le levantó el mentón y la miró a los ojos:
–¡Te quiero! –susurró y selló su boca con un beso sofocante.
Luces, destellos de flases, un aplauso cerrado seguido de risas... mientras seguían besándose.
Ajena a todo, Miley solo sentía los latidos de su corazón. Había iniciado su viaje al paraíso de Nick.
Paraíso Robado - Cap: 67
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Miley fue convocada por el consejo, que llevaba horas deliberando. Se trataba de una reunión de emergencia.
Al entrar en la sala Miley quedó sorprendida al darse cuenta de que se le había reservado la presidencia de la mesa. Una mirada rápida a los rostros, entre los que estaba el de su padre, le bastó para comprobar que la atmosfera era tensa y lúgubre. Trató de no sentirse demasiado alarmada y de mostrarse a la altura de las circunstancias.
–Buenas tardes, señores.
Respondieron el saludo con frialdad, salvo el anciano Fortell, al parecer estaba dispuesto a apoyarla y no hacía el menor esfuerzo por ocultarlo.
–Buenas tardes, Miley –le dijo el anciano–. Déjame decirte que estás más bonita que nunca.
Miley tenía mal aspecto y lo sabía, pero aun asi esbozó una encantadora sonrisa a Fortell. Ella daba por sentado que al menos una parte de la reunión estaría dedicada al «tema Farrell» y que sin duda tendría que dar explicaciones. No obstante, se sorprendió cuando comprobó que su marido era el objeto exclusivo de tan prolongada reunión.
El ejecutivo sentado a su derecha le señaló unos documentos y dijo con voz fría:
–Están preparados para tu firma, Miley. Al terminar esta reunión los presentaremos a las autoridades competentes. Tómate un momento para leerlos. Nosotros no lo haremos, porque casi todos hemos participado en su redacción.
–Yo no los he visto –objeté Fortell, empezando a leer su copia.
Al principio, Miley no dio crédito a sus oídos, pero luego empezó a leer con rapidez. A medida que lo hacía notaba una sensación amarga, sofocante, subiéndole por la garganta. El primer documento era una denuncia oficial ante la Comisión Controladora de Acciones y Valores en la que se declaraba que ella tenía conocimiento de que Nicholas Farrell estaba manipulando las acciones de Bancroft & Company y de que este utilizaba la información que le había sonsacado para conseguir sus propósitos. Finalmente, se pedía que Farrell fuera investigado y que sus actividades delictivas fueran detenidas.
El segundo documento iba dirigido al FBI y a los jefes de policía de Dallas, Nueva Orleans y Chicago, y en él se declaraba que Miley tenía razones fundadas para creer que Nicholas Farrell era responsable de los atentados contra Bancroft. La tercera denuncia iba dirigida también al departamento de policía. Miley declaraba haber oído decir a Nicholas Farrell, durante una llamada a su abogado, que eliminaría a Stanislaus Spyzhalski; por ese motivo, y renunciando a su derecho de esposa, hacía una declaración pública según la cual consideraba culpable a su marido de la muerte del falso abogado.
Miley estaba atónita ante tan grotesca infamia. Aquellas perversas acusaciones no eran más que medias verdades cuidadosamente elaboradas. ¿Y ella? Había sido una est/úpida, una traidora por haber creído un solo instante que había algo de verdad en todo aquel montón de basura contra su marido. Durante dos días vivió como eclipsada por la sospecha y la impotencia. De pronto se disipaba el velo y veía con claridád meridiana los propios errores, los motivos del directorio y la mano de su padre.
–Firma, Miley –le ordenó Nolan Wilder, pasándole una pluma.
Entonces tomó una decisión irrevocable y quizá tardía. Lentamente se levantó de la silla.
–¿Firmar? –le espetó a Wilder con desprecio–. ¡Ni pensarlo!
–Teníamos la esperanza de que apreciaras en lo que vale esta oportunidad para salir ilesa del escándalo y a la vez ver cómo se aclara la verdad y se hace justicia –dijo Wilder con voz gélida.
–¿Eso es lo que les interesa? ¿La verdad y la justicia? –Miley se inclinó y apoyó las manos en la mesa, mirando a los consejeros con desprecio. Varios de ellos desviaron la mirada, mostrando su desacuerdo con los documentos que se habían visto poco menos que obligados afirmar–. ¡Pues les diré la verdad! –prosiguió Miley con absoluta convicción–. Nicholas Farrell no tiene nada que ver con los atentados ni con la muerte de ese falso abogado y tampoco es culpable de violar las normas de la Comisión Controladora. La verdad es –añadió con desdén– que todos ustedes sienten terror ante la sola mención de Nick. En comparación con sus éxitos, los de ustedes son insignificantes y el hecho de que se haya convertido en un accionista importante en esta empresa y de que pueda reclamar un asiento en este consejo les hace sentirse muy pequeños. Ustedes están aterrados, y si creen que voy a firmar esta basura porque así me lo ordenan, además son unos perfectos idi/otas.
–Sugiero que reconsideres tu actitud muy cuidadosamente y ahora mismo, Miley –intervino uno de los miembros con expresión ofendida–. O actúas en beneficio de Bancroft y por tanto firmas esos documentos, como es tu deber como presidenta interina de la corporación, o de lo contrario daremos por sentado que te has aliado con el enemigo.
–Me hablas de mi deber para con Bancroft y al mismo tiempo me pides que firme esos papeles. –De repente, sintió grandes deseos de reír. Por fin se había definido, había adoptado una postura irrevocable (vadeando el río de aguas profundas) y además estaba segura de que su postura era la justa y correcta–. Eres peligrosamente inepto si no se te ha ocurrido pensar lo que Nicholas Farrell le hará a esta compañía en represalia por haberlo calumniado y difamado con esta basura. Cuando termine su acción ante los tribunales será dueño de Bancroft y de todos ustedes –concluyó casi con orgullo.
–Corremos el riesgo. Firma.
Sin reparar en que había eiecutivos en cuyos rostros se reflejaba la duda, el temor a un futuro enfrentamiento con Nicholas Farrell, Nolan Wilder la miró y añadió con acritud:
–Por lo visto tu lealtad está en otra parte y consecuentemente no estás capacitada para actuar en el mejor interés de esta empresa y como presidenta de la misma.
Miley lo desafió mirándolo a la cara y exclamó:
–¡Vete al diablo!
–¡Bravo, muchacha! –la vitoreó Forell rompiendo el tenso silencio que se había producido en la sala–. Ya sabía yo que tenías algo más que un par de magníficas piernas.
Miley apenas lo oyó mientras se dirigía con decision hacia la puerta, que cerró tras de sí dando un portazo. Cerraba una vida de sueños, de mimadas esperanzas.
Recordó las palabras de Nick, alentadoras, enérgicas. Cuando ella le preguntó qué haría si el consejo le presionaba, su marido le había contestado: «Los mandaría a la mie/rda». Casi se echó a reír. Bueno, ella no había pronunciado las mismas palabras –no solía expresarse en tales términos–, pero aun así se sentía orgullosa. Esa noche era la fiesta de Nick y tenía prisa por volver a casa y cambiarse de ropa. Cuando entró en su despacho sonaba el teléfono, y como Phytlis ya se había ido, contestó ella.
–Seflorita Bancroft –dijo una voz fría y arrogante–, soy William Pearson, el abogado del señor Farrell. He intentado ponerme en contacto con Stuart Whitmore, pero no he dado con él, así que me he tomado la libertad de llamarla a usted.
–Está bien –respondió Miley, y utilizando el hombro a modo de horquilla se colocó el auricular y empezó a guardar sus cosas personales en el maletín–. ¿Qué quería?
–El señor Farrell ya no está interesado en el pacto de las once semanas –informó Pearson con tono amenazador–. Nos pidió que la avisáramos que tiene usted un plazo de seis días para pedir el divorcio, de lo contrario, él lo hará al séptimo día.
Miley ya había tenido demasiado por ese día. La voz autoritaria y ominosa de Pearson fue la gota que colmó el vaso. Se acercó el auricular a la boca, le lanzó unos improperios a Pearson y colgó sin más.
Pero el impacto de la llamada de Pearson se hizo sentir cuando, sentada, garabateaba su renuncia. Le entró el pánico. ¡Nick quería el divorcio! Había agotado la paciencia de su marido. No puede ser cierto, se dijo con desesperación. Firmó, se levantó y leyó lo que había escrito. Sintió una vez más el peso terrible de la realidad. En ese momento apareció Philip y Miley comprendió que había roto con todo, incluso con su padre.
–No lo hagas –le advirtió él con voz ronca, cuando ella le tendió la carta.
–Tú me has obligado. Los convenciste de que redactaran esos documentos y luego me hiciste entrar en la sala como un cordero que va al matadero. Me has obligado a elegir.
–Lo has elegido a él, no a mí ni a tu herencia.
Miley colocó las manos sobre la mesa y habló con voz angustiada.
–No debió haber existido la necesidad de una eleccion, papá. ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué tuviste que destrozar así mi vida? ¿Por qué no pude quereros a los dos, a ti y a él?
–No se trata de amor –le respondió Philip–. Farrell es culpable, pero no quieres verlo. Prefieres culparme a mí de celos, de manipulaciones, de espíritu de venganza...
–Porque es así–le interrumpió su hija, incapaz de soportarlo–. No me quieres, no lo suficiente para desear mi felicidad. Y eso no es amor, es la posesión egoísta de otro ser humano. –Cerró el maletín, cogió el bolso y el abrigo y se encaminó a la puerta.
–¡Miley, no lo hagas!
Se detuvo, giró sobre sus talones y a través de una nube de lágrimas observó el cansado rostro de su padre.
–Adiós –dijo en voz alta–. Papá –añadió en un susurro.
Cruzaba la zona de recepción cuando Mark Braden le salió al encuentro. Se la llevó a un lado, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa triunfal.
–Tienes que venir a mi despacho inmediatamente, Gordon Mitchell está allí, derramando lágrimas de cocodrilo. ¡Lo he sorprendido con las manos en la masa! Estábamos en lo cierto, el tipo aceptaba sobornos.
–Eso es un asunto confidencial de la empresa, Mark. Yo he presentado mi renuncia.
La expresión de Mark cambió al instante. Su tristeza era tan auténtica y conmovedora que Miley tuvo que esforzarse para mantener la compostura. Mark solo añadió, con intensa amargura, dos palabras:
–Te comprendo.
La joven intentó sonreír.
–Estoy segura de que es así. –Se volvió para marcharse, pero Mark la tomó por un brazo. Por primera vez en quince años de rígida lealtad a los intereses de Bancroft rompió sus propias reglas: dio información de la compañía a una persona que no era la apropiada, y lo hizo porque creía que Miley tenía derecho a saberlo.
–Mitchell ha estado aceptando dinero de muchos proveedores, y uno de ellos lo chantajeó para que rechazara la presidencia.
–¿Y la secretaria se enteró y lo ha denunciado?
–No exactamente –replicó Mark con tono sarcastico–. Ella hace tiempo que estaba en el asunto. Tenían una relación y Mitchell se echó atrás en su promesa de casarse con ella.
–Y por eso la chica lo ha denunciado.
–No por eso, sino porque Gordon, en su informe anual, entregado esta mañana, le puso una calificacion de suficiente. ¿Puedes creerlo? –resopló Mark–. El muy est/úpido le pone un suficiente y se desdice de su promesa de darle un ascenso. Por eso lo denunció. Ella ya sabía que no se casarían, pero al menos quería ser adjunta de compras.
–Gracias por informarme –dijo Miley, y le dio un beso cariñoso en la mejilla–. Siempre me habría quedado con el malestar de no saberlo.
–Miley, quiero que sepas cuánto siento...
–¡No lo digas! –le interrumpió ella, temerosa de que unas palabras amables derrumbaran sus frágiles defensas. Comprobó la hora, llamó el ascensor y mirando a Mark con una sonrisa encantadora, agregó–: Tengo que asistir a una fiesta de suma importancia y temo llegar tarde. En realidad, seré un huésped mal recibido y sin invitación. –Se abrieron las puertas del ascensor y entró mientras le pedía a Mark–: Deséame suerte.
–Suerte –le respondió él con voz sombría.
Frente al espejo, Nick se hizo el nudo de la corbata del esmoquin con la misma fría indiferencia con que lo había hecho todo en los dos últimos días. Poco tiempo antes abrigaba la ilusión de tener a Miley esa noche a su lado, desempeñando el papel de anfitriona. Pero ya no. Ahora no. No se permitiría pensar en ella, no se permitiría recordarla ni sentir nada. La había arrancado de su mente y su corazón, y esta vez era para siempre. Lo más doloroso había sido instruir a Pearson para que tramitara el divorcio. ¡Qué paso tan cruel! Pero una vez dado, el resto era mucho más fácil.
–Nick –dijo su padre entrando en el dormitorio con expresión de evidente inquietud–, alguien quiere verte. He permitido que el guardia de seguridad la deje pasar. Afirma llamarse Caroline Bancroft y ser la madre de Miley. Al parecer necesita hablar contigo.
–Líbrate de ella. No tengo nada que ver con nadie cuyo nombre sea Bancroft.
Patrick desafió la actitud de su hijo, y añadió:
–La he hecho subir porque quiere hablarte de las amenazas de bomba en los grandes almacenes. Dice que sabe quién es el responsable.
Nick se quedó perplejo, pero solo fue un momento, porque enseguida sc encogió de hombros y empezó a ponerse la chaqueta.
–Dile que informe a la policía.
–Demasiado tarde. Está aquí.
Maldiciendo algo ininteligible, Nick se volvió y descubrió que su padre había llevado a la mujer hasta la misma puerta de su dormitorio. Por un instante sintió una punzada de dolor, porque la madre le recordaba a la hija. Era una mujer rubia y esbelta que ocultaba su inseguridad tras una apariencia de fría determinación. Tenía los ojos y el pelo de Miley pero no alcanzaba la misma elegante perfección de rasgos y silueta. No obstante, madre e hija se parecían lo bastante para que Nick deseara arrojar a aquella mujer a la calle, empujándola con sus propias manos.
–Sé que tiene que atender a sus huéspedes y que soy una intrusa –dijo Caroline con cautela, pasando junto a Patrick, que permanecía en silencio–. Verá, mi avión ha llegado tarde y no tenía otra opción que venir aquí. Tomé el vuelo en Roma y ya estábamos en el aire cuando comprendí que Philip tal vez no querría verme, y mucho menos creerme; y en cuanto a Miley, no puedo imaginar cuál habría sido su reacción, pero de qué sirve especular si ni siquiera sé dónde vive.
–¿Cómo diablos supo dónde vivo yo?
–¿Acaso no es usted el marido de Miley?
–Pronto dejaré de serlo –afirmó él implacable.
–Entiendo –dijo Caroline, escrutando sin disimulo las facciones de aquel hombre inabordable con el que se había casado su hija–. Creo que lamento esta noticia. Sin embargo, contestando a su pregunta, le diré que leo los periódicos de Chicago, allá en Italia, y no hace mucho publicaron fotos de este apartamento a todo color y a doble página. Y la dirección...
–Bien –dijo Nick con impaciencia–. Ahora que me ha encontrado y ha conseguido llegar hasta mí, diga lo que tenga que decir.
Su tono la intimidó un poco, pero se repuso y esbozó una amplia sonrisa.
–Supongo que ha tenido encontronazos con Philip. Mucha gente que lo ha conocido suele reaccionar mal ante la sola mención del nombre Bancroft.
Estas palabras arrancaron a Nick una breve y triste sonrisa.
–¿Qué ha venido a contarme? –le preguntó a Caroline, esforzándose por ser cortés.
–Philip estuvo en Italia la semana pasada –comentó ella, y empezo a desabrocharse el abrigo de lana y a aflojarse la bufanda–. Por lo que me dijo, sé que sospecha que usted es el autor de los atentados contra los almacenes. Y además cree que tiene la intención de hacerse con el control de la empresa a través de una compra hostil. Pero está equivocado.
–Es agradable saber que alguien piensa que eso es posible –ironizó Nick.
–Yo no lo pienso, lo sé. –Nerviosa por la desalentadora actitud de aquel hombre pero dispuesta a hacerse oír, Caroline se apresuró a añadir–: Señor Farrell, poseo un gran paquete de acciones de Bancroft y hace seis meses Charlotte Bancroft, la segunda mujer del padre de Philip, me llamó a Italia. Me preguntó si me gustaría tener la oportunidad de vengarme de Philip por haberme sacado de su vida y separado de mi hija. Esa mujer es la presidenta de Industrias Seabord, en Florida.
Nick recordó que Miley había mencionado a su abuelo y a su segunda mujer.
–Heredó la empresa de su marido –comentó Nick, interesándose muy a su pesar.
–Sí. Y ha sabido convertirla en un poderoso holding que agrupa a numerosas compañías.
–¿Y qué? –preguntó él al verla vacilar.
Caroline lo miró tratando de descifrar sus emociones, pero aquel hombre no parecía tenerlas.
–Pues que ahora –declaró– se está preparando para incorporar Bancroft a Seabord. Me preguntó si cuando poseyera el número suficiente de acciones para adquirir parte del control uniría las mías a las suyas para entre ambas... Ella también odia a Philip, aunque no sabe que yo conozco sus motivos.
–Estoy seguro de que él se los dio –declaró Nick irónicamente, volviéndose hacia el espejo para arreglarse la chaqueta. Fuera se oían incesantes llamadas a la puerta y el rumor de conversaciones.
–Odia a Philip –insistió Caroline– porque era a él a quien quería, no a su padre; e hizo todo lo que estuvo en su mano para seducirlo, incluso cuando ya estaba comprometida con el padre. Él la rechazó una y otra vez, pero puesto que Charlotte no cejaba en su empeño le contó la historia al viejo Cyril, añadiendo que esa mujer era una zo/rra mercenaria que solo quería su dinero y acostarse... con su propio hijo. Era verdad –añadió Caroline sombríamente–, pero Cyril estaba enamorado y se lo tomó a mal. Creyó a Philip, pero le guardó rencor. Rompió con Charlotte y la dejó en su puesto de secretaria particular. Al cabo de unos años se reconcilió con ella. Después se casaron. En fin, hace unos meses le dije a Charlotte que consideraría su propuesta, pero con el tiempo fui cambiando de idea. Phihp es un idi/ota capaz de desquiciar a cualquiera, pero Charlotte es mala, realmente mala. No tiene corazón. Me llamó hace unas semanas para decirme que otro comprador andaba a la caza de las acciones de Bancroft, por lo que estas estaban subiendo de precio.
Nick se sabía responsable de eso, pero no dijo nada y la dejó seguir.
–Charlotte estaba aterrada. Me confesó que iba a hacer algo para bajar la cotización y cuando lo consiguiera lanzaría de inmediato su ofensiva. Poco después supe lo de las bombas y sus efectos sobre has ventas y sobre el precio de las acciones.
Le había dado a Nick las piezas que le faltaban al rompecabezas: por qué con las bombas pretendían provocar un descenso del negocio pero dejando las instalaciones intactas, y por qué alguien quería lanzar una compra hostil sobre una empresa que a corto plazo suponía una mala inversión. Charlotte Bancroft tenía motivos y era dueña de una enorme fortuna que le permitía apropiarse de una firma endeudada y esperar el tiempo necesario para que se recuperara.
–Tiene que llamar a la policía –le dijo a Caroline, volviéndose hacia ella.
Caroline hizo un gesto de asentimiento.
–Lo sé. –Al ver que Nick tomaba el teléfono, preguntó–: ¿Va a llamar a la policía?
–No. Llamo a un hombre llamado Olsen que tiene contactos con la policía local. Irá con usted mañana, para asegurarse de que la atienden bien y no la convierten en la última sospechosa de esta historia.
Caroline permaneció inmóvil, con el asombro reflejado en el rostro, mientras Nick hacía una llamada de larga distancia y ordenaba a un hombre llamado Olsen que tomara el primer avión hacia Chicago... para facilitarle a ella la salida de una difícil situación. Caroline rectificó su impresión inicial acerca de Nick y pensó que simplemente no deseaba tener nada que ver con los Bancroft, incluyendo a Miley, a juzgar por la frialdad con que había anunciado que iba a divorciarse de ella.
Nick colgó y escribió dos números de teléfono en la libreta que había sobre la mesita. Arrancó la hoja y se la entregó a Caroline.
–Aquí está el número de Olsen. Llámelo y dígale dónde van a encontrarse. El segundo número es el mío por si surge algún problema. –Alzó la mirada y Caroline no vio en su expresión el menor rastro de la hostilidad anterior. Todavía se mostraba distante, como si no quisiera un mayor acercamiento, pero agregó con tono afable–: Miley me dijo que usted fue actriz de cine. Esta noche vendrán los actores de El fantasma de la ópera junto con otras ciento cincuenta personas.
Paraíso Robado - Cap: 66
A la mañana siguiente aún tenía el corazón alegre cuando recogió el periódico que el repartidor había dejado junto a su puerta. En primera página y en grandes titulares leyó algo que casi la hizo trastabillar: «Nicholas Farrell interrogado por el asesinato de Stanislaus Spyzhalski».
Leyó el artículo ávidamente, sintiendo los intensos latidos de su corazón. Empezaba mencionando el falso divorcio procurado por el presunto abogado y terminaba con el siniestro anuncio de que Nick había sido llamado a declarar la tarde anterior.
Miley no podía apartar la vista de la última frase. Estaba traumatizada. ¡Nick había sido interrogado el día anterior! ¡El día anterior! Y no solo no le había dicho nada, sino que había actuado como de costumbre: comieron juntos, hicieron el amor... Atónita ante la extraordinaria capacidad de Nick para ocultar sus emociones (para ocultárselas incluso a ella), Miley entró en su apartamento y empezó a vestirse. Lo llamaría desde la oficina.
Cuando llegó a Bancroft, Lisa la esperaba con evidente nerviosismo.
–Miley, tengo que hablar contigo –dijo al tiempo que cerraba la puerta.
Miley miró a su vieja amiga y esbozó una sonrisa vacilante, que expresaba la duda acerca de la lealtad de Lisa.
–Me preguntaba cuándo ibas a decidirte a hablar del asunto.
–¿Qué quieres decir?
Miley la miró con firmeza.
–Me refiero a Parker.
Esas palabras conmocionaron a Lisa.
–¿Parker? ¡Oh, Dios mío! Quería hablarte de él, pero hasta ahora no he tenido el valor suficiente. Miley –imploró levantando las manos y luego dejándolas caer con gesto desvalido–, sé que pensarás que soy la embustera más grande del mundo, porque siempre me burlaba de él. Pero te juro que no lo hacía para romper vuestra relación. Lo hacía para tratar de ahogar mis propios sentimientos, para convencerme de que Parker no era más que un banquero pomposo. Maldita sea, tú no estabas enamorada de él, y si no piensa con que rapidez caíste en brazos de Nick en cuanto él apareció. –Abatida, suplicó–: ¡Oh, por favor, no me odies! ¡No me odies, Miley! –Se le quebró la voz–. Te quiero más que a mis propias hermanas y me he despreciado por amar al hombre con el que estabas comprometida.
De pronto volvían a ser dos niñas de la escuela elemental que habían reñido en el patio de Saint Stephen, pero los años no habían pasado en balde, y habían aprendido a valorar su amistad. Lisa miró a Miley con lágrimas en los ojos, desolada.
–Por favor –susurró–, no dejes de quererme.
Miley exhaló un largo y entrecortado suspiro.
–No podría dejar de quererte –dijo con una sonrisa temblorosa–. Te quiero y además no tengo otras hermanas. –Lisa se lanzó a los brazos de su amiga riendo y se abrazaron, tratando de no llorar.
–Pero ¿no te parece un poco... incestuoso? –preguntó Lisa con voz queda al cabo de unos segundos–. Me refiero a mi relación con Parker.
–Me lo pareció... la mañana que te llamé y estabas en la cama con él.
Lisa rompió a reír, pero se detuvo bruscamente.
–En realidad, no he venido a hablarte de Parker. He venido a preguntarte por el interrogatorio de la policía. Lo leí en el diario y... –Su mirada se paseó por la estancia–. Bueno, supongo que he venido para que me tranquilices. ¿La policía cree que Nick mató a ese hombre?
Reprimiendo un acceso de rabiosa lealtad, Miley preguntó con voz serena:
–¿Por qué van a creer eso? Y lo que es más importante, ¿por qué lo crees tú?
–Yo no lo creo –protestó Lisa, abatida–. Lo que pasa es que no puedo olvidar una escena que se produjo en este despacho, el día de la conferencia de prensa. Nick hablaba con su abogado por el teléfono con altavoces. Estaba furioso con Spyzhalski, y desesperadamente decidido a protegerte del escándalo. Y dijo algo que sonó... extraño... y amenazador, incluso entonces.
–¿De qué hablas? –inquirió Miley, más impaciente que alterada.
–De lo que contestó Nick cuando su abogado le habló de Spyzhalski diciéndole que era un loco que pretendía montar un espectáculo ante el juez. Entonces Nick ordenó a su abogado que hiciera cambiar de idea a ese hombre y que lo sacara de la ciudad. Y añadió que más tarde «se encargaría de él». –Lisa miró con aprensión el rostro de Miley–. No crees que la manera «encargarse de él» pueda haber sido ordenar que le dieran una paliza de muerte y tirarlo a una zanja, ¿verdad?
–¡Eso es lo más absurdo y ultrajante que he oído en mi vida! –replicó Miley en un susurro sibilante.
Entonces, las palabras de Philip hicieron volverse a ambas mujeres.
–No creo que la policía piense que sea absurdo –anunció desde la puerta de la sala de conferencias– Y es tu deber comunicárselo.
–¡No! –exclamó su hija, presa de pánico al pensar en la interpretación que darían a las palabras de Nick. Pero enseguida se le ocurrió algo que le causó tanto alivio que la hizo sonreír–. Soy la esposa de Nick y no tengo la obligación de repetir eso, ni siquiera ante los tribunales.
Philip miró a Lisa.
–Tú lo oíste, y no estás casada con ese hijo de pu/ta.
Lisa miró a Miley y vio dos ojos implorantes. Sin vacilar un solo momento, se puso de su parte.
–En realidad, señor Bancroft –mintió con una sonrisa evasiva–, pensándolo bien no creo que esas fueran las palabras de Nick. No, estoy segura de que no lo fueron. Ya sabe que tengo una gran imaginación –añadió dirigiéndose a la puerta–. Por eso soy una gran diseñadora... Tengo una imagináción muy vívida. –Abandonó el despacho.
Cuando Philip fijó su furiosa mirada en Miley, a esta se le había ocurrido un poderoso razonamiento.
–¿Sabes una cosa? En tu desesperación por culpar de todo a Nick tropiezas con tus sofismas. Por una parte lo acusas de no quererme, de utilizarme únicamente como instrumento de su venganza contra ti. Pero si eso es verdad, ¿cómo explicas que haya hecho asesinar a Spyzhalski con el fin de protegerme de un escándalo? –Se dio cuenta de que había dado en el blanco, pues su padre maldijo entre dientes y se marchó. Sin embargo, al cabo de un momento, se sobresaltó al recordar algo que Nick le había dicho la noche en que encontraron el cuerpo del falso abogado. Ella había bromeado acerca de la molestia que suponían los periodistas: «¿Harías eso por mí?», le había pedido en respuesta a su ofrecimiento de salir y enfrentarse con la prensa mientras ella subía al apartamento desde el aparcamiento. Nick le contestó: «No tienes idea de lo que haría por ti».
Miley dio unos pasos hacia la mesa y meneó la cabeza como tratando de desprenderse de sus fantasmas.
–Un momento –se advirtió a sí misma en voz alta–. Estás permitiendo que te afecten las sospechas de los otros.
Sin embargo, a las seis de esa misma tarde, le fue casi imposible sustraerse a las sospechas ajenas.
–Aquí están los primeros datos, Miley –le anunció su padre entrando en compañía de Mark Braden, y arrojó dos informes sobre el escritorio.
Con un repentino presentimiento, Miley apartó el presupuesto de publicidad que estaba estudiando, miró los rostros sombríos de ambos hombres y luego empezó a repasar los informes que supuestamente implicaban a su marido en actos criminales.
El primer informe era una larga lista de las actividades de Nick, obra de Braden. Este había puesto círculos rojos junto a cada compañía propiedad de Nick, de cada empresa en la que tenía intereses. Eran docenas y docenas. Ocho de los nombres, sin embargo, se distinguían del resto por llevar una equis mayúscula a un lado. Miley repasó el otro informe, referido a los particulares, las instituciones y compañías que habían adquirido recientemente más de mil acciones de Bancroft. Empezó a acelerársele el pulso cuando comprobó que los nombres marcados en la otra lista figuraban entre los nuevos compradores de Bancroft. Miley sumó mentalmente y se dio cuenta de que su marido poseía un enorme paquete de acciones, siempre bajo nombres distintos al de Intercorp.
–Es solo el principio –dijo Philip–. La lista no está actualizada y la investigación sobre Farrell aún no ha terminado. Dios sabe cuántas acciones habrá comprado o bajo qué nombres. Cuando los precios subieron, Farrell decidió poner unas bombas en nuestros almacenes para hacerlos bajar. Bien –concluyó apoyando las manos en el escritorio–. ¿Admites ahora que ese hombre está detrás de lo que nos está ocurriendo?
–¡No! –replicó Miley con voz pétrea, aunque no sabía si negaba los hechos o su propia capacidad para asumirlos–. Todo lo que prueba eso es que Nick decidió comprar acciones de nuestra compañía. Puede haber varias razones que lo expliquen. Tal vez considere que somos una buena inversión a largo plazo y, además, le divirtió la idea de ganar dinero con nosotros. –Se levantó con las piernas temblorosas y miró a ambos hombres–. Eso no tiene nada que ver con las bombas y el asesinato.
–¿Por qué habré llegado a creer que tenías sentido común? –profirió Philip con frustración–. Ese hijo de pu/ta posee ya el terreno de Houston que tanto deseamos y Dios sabe qué otros bienes. En sus manos tiene un paquete de acciones suficiente para otorgarle un asiento en nuestro directorio...
–Es tarde –le interrumpió Miley con voz tensa, y empezó a meter papeles en su portafolios–. Me voy a casa e intentaré trabajar allí. Tú y Mark podéis continuar esta caza de brujas sin mí.
–¡Apártate de él, Miley! –le advirtió su padre cuando ella ya se acercaba a la puerta–. Si no lo haces, terminarás por parecer su cómplice. El viernes a más tardar tendremos pruebas suficientes para poner el asunto en manos de las autoridades...
Miley se volvió e hizo un esfuerzo tar con sarcasmo.
–¿Qué autoridades?
–Para empezar, la Comisión Controladora de Acciones y Valores. Si Farrell ha adquirido el cinco por ciento de nuestras acciones, y tengo la absoluta certeza de que lo ha hecho, está violando las normas de ese organismo, porque no ha enviado la notificación correspondiente. Y si ha violado esa ley, la policía lo considerará más sucio que la nieve pisoteada en lo referente a las amenazas de bomba y la muerte de ese abogado.
Miley salió dando un portazo. Como pudo, las arregló para sonreír y dar las buenas noches a ejecutivos que le salían al paso, pero cuando estuvo sentada en el Jaguar, apoyó la cabeza en el volante, desolada y descompuesta. El cuerpo le temblaba de un modo incontrolable. Se dijo que no existía razón alguna para aquel pánico, que Nick podría explicarlo todo de manera lógica y convincente. Ella no iba a condenarlo basándose en unos datos poco concluyentes. Se lo repitió una y otra vez, como una letanía. O como una oración. Poco a poco se calmó y logró poner en marcha el vehículo. Nick era inocente, tenía que serlo. No lo deshonraría con la duda. Ni un solo momento más.
Sin embargo, contra esta noble resolución se estrellaban sus temores y sus recelos. Ya en su casa, se sentía tan turbada que no podía pensar en otra cosa que no fuera Nick y la evidencia acusadora. Abrió el portafolios y sacó el presupuesto para publicidad, consciente de que sería incapaz de concentrarse en nada salvo el problema que amenazaba con destruir su vida. Si pudiera ver a Nick, si solo pudiera mirar aquel rostro amado, aquellos ojos, oír su voz, se tranquilizaría, asumiría la certeza de que era inocente de las acusaciones de Philip.
Enfrascada en tales pensamientos llamó a la puerta de Nick. Este le había conseguido un pase en portería que le daba libre acceso al edificio, por lo que no estaba al corriente de su imprevista llegada.
Le abrió Spencer O’Hara, un rostro ya familiar que ahora exhibía una amplia sonrisa ante la agradable visión.
–Eh, señora Farrell. Nick estará muy contento de verla. Nada lo haría más feliz –profetizó, y al ver que no llevaba equipaje, añadió en voz más baja–: Salvo que viniera con sus maletas.
–Me temo que no las traigo –repuso Miley, incapaz de evitar sonreír ante la frescura de Spencer. En aquella casa de soltero de Nick, Spencer se encargaba de todo cuando no estaba ejerciendo de chófer y de guardaespaldas. Contestaba el teléfono, abría la puerta, incluso se metía de vez en cuando en la cocina. Ahora que Miley estaba acostumbrada a su imponente presencia, coronada por una cara siniestra, Spencer le recordaba a un oso de peluche, aunque eso sí, letal.
–Nick está en la biblioteca –informó Spencer al tiempo que cerraba la puerta–. Ha traído mucho trabajo de la oficina, pero no le importará esta interrupción. ¿Quiere que la acompañe?
–No, gracias –respondió ella, sonriéndole–. Conozco el camino.
–Voy a salir un par de horas –comentó Spencer, y Miley reprimió un absurdo sentimiento de vergüenza al imaginar lo que pensaba aquel apéndice de Nick: que ella había venido para acostarse con su marido.
Se detuvo en el umbral de la biblioteca, sintiéndose fortalecida y alegre ante la visión que le ofrecían sus ojos: Nick. Sentado en un sofá de cuero, con las piernas cruzadas, leía un documento y hacía anotaciones en los márgenes. La mesita que tenía enfrente estaba cubierta de papeles de trabajo. En un momento dado, Nick levantó la vista, vio a su mujer y en su rostro se dibujó una lenta y cálida sonrisa.
–Debe de ser mi día de suerte –dijo él, poniéndose de pie saliendo al encuentro de su mujer–. Creí que no podrías venir esta noche porque estarías cansada después de tanto trabájo. Supongo que es esperar demasiado –añadió ampliando la sonrisa– que hayas venido con maletas.
Miley rió, pero incluso a ella la risa sonaba vacía.
–Spencer me comentó lo mismo.
–Debería despedirlo por impertinente –bromeó Nick, y la atrajo hacia sí para besarla. Ella le respondió sin el entusiasmo de siempre y su marido lo notó casi instantáneamente. Se quedó mirándola desconcertado–. ¿Por qué presiento que tu mente está en otra parte? –le preguntó.
–Obviamente, tu intuición es más profunda que la mía.
Nick se separó un paso de ella, las cejas arqueadas.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Que yo soy incapaz de adivinar lo que pasa por tu mente tan bien como tú adivinas lo que pasa por la mía –le respondió Miley con más vigor del necesario, y sobresaltada, recordó que no había ido para que la presencia de Nick la tranquilizase, sino para buscar respuestas.
–¿Por qué no vamos al salón? Allí estaremos más comodos. Vamos, quiero que me expliques eso.
Miley asintió y lo siguió,pero una vez allí se sintió demasiado inquieta para sentarse y desafiarlo con sus tácitas acusaciones. Nerviosa ante el escrutinio a que ahora la sometía Nick, dejó vagar la mirada... Vio la colección de viejas fotografías de Julie, de Patrick, de la madre muerta, todas enmarcadas y expuestas en una mesa espléndidamente tallada, el álbum encuadernado en piel...
Nick presintió que su mujer estaba tensa, y cuando habló lo hizo con una mezcla de confusión y brusquedad.
–¿Qué pasa por tu cabeza?
Sorprendida, lo miró y le dijo lo que estaba pensando en aquel momento.
–Anoche no me informaste de que la policia te interrogó acerca de la muerte de Spyzhalski. ¿Por qué? ¿Cómo pudiste pasar casi toda la noche conmigo sin decirme que eres... un sospechoso?
–No te dije nada porque ya tenías bastantes problemas. Además, la policía está interrogando a muchos de los clientes de ese farsante. Yo no soy un sospechoso. –Advirtió que Miley trataba de ocultar el alivio y la duda que la embargaba y apretó los dientes y luego inquirió–: ¿O lo soy?
–¿Qué?
–¿Me consideras sospechoso de asesinato?
–¡Por supuesto que no! –Retirándose el pelo de la frente en un gesto de nerviosa confusión, miró a otro lado, incapaz de no seguir odiándose por el sentimiento de desconfianza que la inducía a insistir en el asunto–. Lo siento, Nick. Ha sido un día horroroso. –Observó su reacción mientras pronunciaba las siguientes palabras–. Mi padre está convencido de que alguien está a punto de lanzar una compra hostil contra nosotros. –El rostro de Nick no se alteró en lo más mínimo. Inescrutable. ¿Tal vez en guardia?–. Cree que quien ha puesto las bombas en nuestras instalaciones es la misma persona o grupo que intenta controlamos.
–Es posible que tenga razón –convino Nick. Por el tono frío y cortante de su voz, Miley supo que Nick estaba empezando a pensar que no solo su padre, sino también ella sospechaba de él. La despreciaría por ello. Profundamente afligida, desvió la mirada y contempló la foto de los padres de Nick el día de su boda. Había visto una fotografía igual en uno de los álbumes de la casa de Edmunton. Las fotos, los nombres al pie... ¡Los nombres! El nombre de soltera de la madre de Nick era Collier. Y Collier Trust había comprado los créditos de Bancroft. De no haber estado asediada por tantos problemas, habría establecido la conexión cuando Parker se refirió por primera vez al Collier Trust.
Miró a Nick acusadoramente, mientras que el sentimiento de la traición crecía en su interior.
–El apellido de tu madre era Collier, ¿verdad? –preguntó con voz devastada por la angustia–. Tú eres Collier Trust, ¿no es así?
–Sí –admitió él, observándola como si no entendiera por qué Miley reaccionaba así.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó la joven dando un paso atrás–. Estás adquiriendo nuestras acciones y has comprado nuestros créditos. ¿Qué intentas hacer, hipotecar y lanzar una compra hostil sinos retrasamos en un pago?
–¡Eso es ridículo! –replicó Nick, con voz llena de ansiedad. Avanzó hacia ella–. Miley, intentaba ayudarte.
–¿Cómo? –gritó cruzando los brazos sobre el pecho y apartándose de su marido–. ¿Comprando nuestros créditos o nuestras acciones?
–De las dos maneras...
–¡Mientes! –le espetó ella, comprendiendo que por fin las piezas del rompecabezas encajaban. Su ciega obsesión dio paso a la agónica y lamentable realidad. Nick era su enemigo–. Empezaste a adquirir nuestras acciones al día siguiente de que almorzáramos juntos, es decir, cuando te enteraste de que mi padre había bloqueado tu demanda de recalificación. He visto las fechas. ¡No me estabas ayudando!
–No, entonces no te estaba ayudando –puntualizó Nick con desesperada sinceridad–. Compré las acciones con la intención de acumularlas hasta tener el número suficiente para hacerme acreedor a una silla en tu consejo directivo. Es más, si podía quería controlar la firma.
–Y desde entonces has seguido comprándolas –replicó Miley–. Solo que ahora te cuestan menos, porque las amenazas de bomba hacen bajar los precios. Nick –prosiguió con voz temblorosa–, por una vez, dime la verdad. ¿Ordenaste la muerte de Spyzhalski? ¿Tienes algo que ver con las bombas?
–¡Maldita sea! ¡No!
Temblando de angustia e ira, Miley ignoró las protestas airadas de su marido.
–La primera amenaza de bomba se produjo la misma semana en que almorzamos juntos y tú te enteraste de las maniobras de mi padre para echar por tierra tu proyecto de Southville. ¿No te parece demasiada coincidencia?
–No soy culpable de nada de eso –repuso Nick precipitadamente–. Escúchame. Si quieres saber toda la verdad, te la contaré. –Su voz se suavizó–. ¿Me escucharás, querida?
Sus amables palabras y su rostro estaban llenos de ternura, sin duda tratando desesperadamente de lograr que Miley se ablandara. Asintió, consciente de que nunca podría creerlo del todo, pues ya le había ocultado demasiadas cosas en el pasado.
–Ya he admitido que empecé a comprar las acciones en represalia contra tu padre. Pero después, cuando viniste a mi casa de Edmunton, me di cuenta de lo mucho que Bancroft significa para ti. Pero también sabía que cuando tu padre regresara de su crucero y nos encontrara juntos de nuevo, haría cualquier cosa con tal de separarte de mí. Supuse que tarde o temprano te pondría en la disyuntiva: o él o yo; Bancroft y la presidencia, o nada, si te quedabas conmigo. Por eso decidí seguir comprando acciones, para que tu padre no pudiera hacer eso. Estaba dispuesto a adquirir el número necesario para eliminar la amenaza de despojarte de la presidencia, puesto que yo sería quien controlara la empresa.
Miley lo miró fijamente. El secretismo con que Nick había llevado este y otros asuntos no era la mejor forma de cultivar la confianza.
–¿Y no podrías haber compartido conmigo esas nobles motivaciones? –inquirió con rencor.
–No sabía cómo reaccionarias.
–Y ayer permitiste que me comportara como una idi/ota contándote lo de los créditos, diciéndote que nuestro prestamista es ahora Collier Trust, cuando en realidad tú estás detrás de esa sociedad.
–Temía que lo interpretaras como... una obra de caridad.
–¡No soy tan est/úpida! –le espetó Miley, pero su voz temblaba, y las lágrimas pugnaban por llenarle los ojos–. No fue caridad, sino un brillante movimiento táctico. Le prometiste a mi padre que un día serías su dueño y ahora lo eres... con la ayuda de unas bombas y de mi colaboración inconsciente.
–Sé que parece así...
–¡Porque es así! –lo interrumpió–. Desde que fui a verte a Edmunton para contarte lo ocurrido hace once años has estado utilizando cruelmente todo lo que te he dicho para manipular el rumbo de los acontecimientos según tu conveniencia. Me has mentido...
–¡No! ¡No te he mentido!
–Con toda deliberación me has inducido al error y eso equivale a mentir. Tus métodos son deshonestos, pero pretendes que crea que tus motivos son nobles. Bueno, pues no puedo.
–No nos hagas esto –le advirtió él desolado, consciente de que estaba perdiendo a Miley–. Permites que once años de desconfianza afecten todo lo que has descubierto, desvirtuando así mis razones.
En un rincón de su ser Miley no estaba segura de sus propias conclusiones. Sin embargo, sabía que un falso abogado que se había interpuesto en el camino de Nick había muerto; y que su padre, otro molesto intruso, pronto se convertiría en una marioneta que tendría que bailar al son que le tocaran los hilos financieros de Nick. ¿Y qué sería ella? Otra marioneta.
–¡Demuéstramelo! –exigió la joven al borde de la histeria–. ¡Quiero pruebas!
Las facciones de Nick se endurecieron.
–Alguien tiene que demostrarte que no soy un incendiario ni un asesino, ¿no? Necesitas la prueba de que soy inocente, y si no puedo dártela, creerás lo peor.
Golpeada por la veracidad de sus palabras,Miley lo miró, sintiendo que el corazón se le hacía pedazos. Cuando Nick volvió a hablar, su voz estaba impregnada de emoción.
–Solo tienes que confiar en mí durante unas semanas, hasta que las autoridades despejen todas las incógnitas. –Le tendió la mano–. Confía en mí, querida.
Sintiendo el zarpazo de la más cruel incertidumbre, Miley observó la mano extendida de su marido, pero fue incapaz de aceptarla. Las amenazas de bomba eran tan oportunas... Además, la policía no estaba interrogando a todos los clientes de Spyzhalski, puesto que ella no había sido llamada.
–O me estrechas la mano –agregó Nick– o terminamos ahora mismo y nos libramos de tanta angustia.
Miley se esforzó por tenderle la mano y confiar en él, pero fue inútil.
–No puedo –murmuró con voz quebrada–. ¡Quiero, pero no puedo! –Nick retiró la mano y su rostro se volvió inexpresivo. Incapaz de sostenerle la mirada, ella se volvió para marcharse. Cuando al meter la mano en un bolsillo sus dedos tocaron las llaves del Jaguar, las sacó y se las tendió–. Lo siento –musitó con un gran esfuerzo para que su voz no temblara–, pero no me está permitido aceptar regalos de un valor superior a veinticinco dólares de alguien con quien mi empresa hace negocios.
Nick no se movió ni siquiera cogió las llaves. Solo el temblor de un músculo de su rostro delataba su emoción. Miley se sintió morir por dentro. Dejó las llaves sobre la mesa y huyó. Ya en la calle llamó un taxi.
Al día siguiente las ventas experimentaron un inesperado aumento en las sucursales de Dallas y Nueva Orleans, así como en la central de Chicago. En su despacho, Miley observó en las pantallas el baile de cifras y se sentía aliviada, pero no feliz. Lo que sintió once años atrás no podía compararse con sus sentimientos actuales. Entonces ella no había podido hacer nada para cambiar el curso de los acontecimientos. En cambio, ahora la elección había sido suya; y no podía quitarse de encima la agónica incertidumbre que la asediaba. ¿No habría cometido un terrible error? Cuando Sam Green le presentó una nueva lista que demostraba que Nick había adquirido un paquete de Bancroft mayor del que suponían, la posibilidad de haberse equivocado siguió atormentándola.
Durante el día, Mark tuvo que llamar dos veces a la policía de las tres ciudades afectadas por las amenazas de bomba contra Bancroft. A instancias de Miley, Mark llamó varias veces más, pero la policía no tenía pistas. Nada que justificara una llamada a Nick para disculparse.
Pasó el día sin hacer nada útil, como ausente. Le dolía la cabeza porque en toda la noche no había podido pegar ojo.
En el umbral de la puerta de su apartamento encontró el diario de la tarde, y Miley, sin quitarse el abrigo, lo recogió y lo repasó ávidamente, con la esperanza de leer la noticia de la detención del autor de la muerte de Spyzhalski. Nada. No tenían al asesino ni a un sospechoso. Encendió la televisión para escuchar las noticias de las seis. No hablaron del caso.
En un intento inútil de evadirse de su infortunio, Miley decidió decorar el árbol de Navidad. Cuando terminó y mientras estaba arreglando la escena del nacimiento al pie, empezaron a dar las noticias de las diez. Sintiendo los esperanzados latidos de su corazón, se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, la mirada fija en la pantalla.
Hablaron de la muerte de Spyzhalski y de las amenazas de bomba, pero no dijeron nada que exculpara a Nick.
Desesperada, apagó la televisión y se quedó allí sentada, contemplando embobada las luces centelleantes del árbol de Navidad. En su mente oía la voz de Nick, dolorosamente familiar, serena y profunda. «Tarde o temprano, Miley, tendrás que arriesgarte y confiar en mí ciegamente. Hasta entonces me engañas y te engañas a ti misma. No puedes burlar el destino quedándote en la platea viendo pasar la vida. O cruzas el río y lo arriesgas todo, o no lo haces y lo ves pasar desde la orilla. Si eso es lo que prefieres, bueno, no te ahogarás, pero tampoco obtendrás una victoria.» El que no arriesga no gana. Cuando llegó el momento de tomar una decisión, no fue capaz de arriesgarse.
Pensó en muchas otras cosas que Nick le había dicho. Cosas hermosas, dichas con solemnidad e impregnadas de ternura. «Si vienes a vivir conmigo, te entregaré el paraíso en bandeja de plata. Cualquier cosa que quieras, todo lo que quieras...» Con solo una condición: él estaba incluido en la oferta.
Palabras punzantes cuyo recuerdo atenazaba el pecho de Miley. Se preguntó qué estaría haciendo él en ese momento; si aguardaba esperanzado su llamada. Pero la respuesta a este interrogante estaba implícita en las palabras de despedida de Nick. De pronto, el significado completo de esas palabras se abrió paso en su mente: había sido un ultimátum. Él no esperaba su llamada, ni ahora ni nunca. La noche anterior la había obligado a tomar una decisión irreversible. «O me estrechas la mano o terminamos y nos libramos así de tanta angustia.»
Cuando lo dejó allí de pie, comprendió que su decisión era para él definitiva, que no tenía intención de concederle otra oportunidad cuando llegara el momento (si llegaba) en que se comprobara su inocencia. Ahora lo entendía. Debería haberlo comprendido la noche anterior. Pero aun así, no era capaz de confiar en él y tenderle la mano. Todo estaba contra Nick. Los hechos eran apabullantes.
Las figuritas de la escena del nacimiento oscilaban, borrosas, porque tenía los ojos llenos de lágrimas. Hundió la cabeza entre los brazos.
–Oh, Dios –sollozó–, no permitas que me ocurra esto. Por favor, no lo permitas.
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