jueves, 17 de octubre de 2013

Paraíso Robado- Cap: 23


Confusa, Miley vaciló.
–¿Insinúa que dona las cosas que hurta? ¿Cosas como estos pendientes?
–¡Qué graciosa! –replicó la anciana alzando su cara de muñeca china con expresión escandalizada–. ¿Qué caridad sería esa? Estos pendientes son horribles. Los cogí para dárselos a mi doncella. Tiene un gusto detestable y la harán feliz. Aunque en mi opinión deberías decirle a quien los compró para Bancroft que artículos así no favorecen en nada la imagen del negocio. Están bien para Goldblatt, pero...
–Señora Fiorenza –le interrumpió Miley sin hacer caso de las absurdas palabras de la señora–, el mes pasado le advertí que si volvíamos a sorprenderla llevándose algo no tendría más remedio que prohibirle entrada.
–No hablas en serio.
–Muy en serio.
–¿Vas a prohibirme la entrada?
–Sí.
–¡Es un ultraje!
–Lo siento.
–Mí marido lo sabrá –declaró la anciana, con voz más bien tímida y patética.
–Se enterará si usted se lo dice –puntualizó Miley  intuyendo que la dama sentía más miedo que ira.

La señora Fiorenza irguió la cabeza y habló, pero su tono desmentía el desdén de sus palabras:
–No tengo el menor deseo de volver a hacer compras aquí. En lo sucesivo, lo haré en I. Magnin. Allí no se les ocurriría, ni remotamente, tener en el mostrador unos pendientes tan horrorosos como estos.

Cogió el bolso que momentos antes había dejado sobre el escritorio, se arregló el suave y blanco pelo con las manos y salió con aire altivo. Apoyada contra la pared, Miley miró a los dos empleados de seguridad y bebió un sorbo de café. Se sentía triste e incómoda como si hubiera abofeteado a una anciana. Después de todo, el marido de la señora Fiorenza desembolsaba el valor de los robos de su mujer. En consecuencia, Bancroft no perdía dinero... excepto cuando la ladrona escapaba impune.
Al cabo de unos segundos Miley se dirigió a Mark.
–¿No te parece que tenía un aspecto... patético? A mí me dio esa impresión.
–A mí no.
–Es por su propio bien, supongo –prosiguió Miley al tiempo que escrutaba la extraña mirada del jefe de seguridad–. Tal vez al castigarla en lugar de hacer la vista gorda le hayamos dado una lección. ¿De acuerdo?

Braden sonrió con lentitud, como si estuviera divirtiéndose. Luego, sin responder a Miley, tomó el teléfono y apretó cuatro botones.
–Dan –dijo a uno de los agentes de seguridad de la planta principal–, la señora Fiorenza va a salir. Detenla e insiste en que te entregue el cinturón Lieber que lleva en el bolso. Exacto –prosiguió sonriendo ante la sorprendida expresión de Miley -, el mismo cinturón por cuyo robo la has detenido antes. Se lo acaba de llevar de mi escritorio.

Cuando colgó, Miley se había sacudido su asombrada pesadumbre. Miró su reloj y pensó en la reunión de directivos.
–Te veré más tarde en la reunión. ¿Tienes listo tu informe?
–Sí. Mi departamento marcha bien. Hemos reducido las pérdidas aproximadamente en un ocho por ciento en relación con el año pasado.

–Eso es maravilloso –comentó Miley con sinceridad.
Ahora más que nunca, Miley deseaba que su división resplandeciera. El cardiólogo de su padre insistía en que este debería retirarse de Bancroft o, en el peor de los casos, tomarse seis meses de vacaciones. Philip se había decidido por la última opción y, el día anterior, se había entrevistado con el directorio para discutir quién lo sustituiría en la presidencia mientras él estaba ausente. Más allá de eso, Miley solo sabía que aspiraba ardientemente a ser ella la presidenta en funciones. Al menos cuatro de los otros vicepresidentes votarían a su favor. Había trabajado muy duro, más que nadie, y aunque no durante tanto tiempo como dos de los vicepresidentes, lo había hecho con una diligencia feroz y con un éxito que nadie podía negarle.

Además, la presidencia de la compañía la había ostentado siempre un Bancroft y, de no ser ella una mujer, sin duda habría sustituido inmediatamente a su padre, con el beneplácito de todos. Su abuelo era más joven que ella cuando se hizo cargo de la presidencia, pero no había tenido que luchar contra el prejuicio paterno según el cual las mujeres estaban descartadas, ni tampoco contra un consejo de administración todopoderoso.

El poder del consejo era, en parte, producto de la política de la propia Miley que, con arduos esfuerzos, consiguió su objetivo de expansión. Se había necesitado mucho capital para instalar sucursales en otras ciudades, y tanto dinero solo se obtuvo cotizando en bolsa. Hubo que vender acciones del paquete de Bancroft, y ahora cualquiera podía tener una participación, equivalente a un voto. Como resultado, los integrantes de la junta eran elegidos por los accionistas –a los que tenían que rendir cuentas de su gestión–, en lugar de ser títeres escogidos y controlados por Philip Bancroft. Lo peor para Miley era que todos los miembros de la junta poseían grandes paquetes de acciones, lo que les otorgaba mayor poder de voto. No obstante, había un aspecto positivo, y era que muchos de ellos habían figurado entre los doce miembros del antiguo consejo; eran viejos amigos o conocidos del mundo de los negocios del padre y del abuelo de Miley.  Estos tendían a obrar todavía según las indicaciones de Philip Bancroft.

Miley necesitaba la presidencia interina para demostrarle a su padre y al directorio que, cuando él se jubilara, ella podía sustituirlo con toda solvencia.
Si su padre la recomendaba como presidenta interina, sin duda los miembros de la junta la aceptarían. Sin embargo, Philip no se había mostrado entusiasmado ante la idea de que Miley lo sustituyera. En realidad no había dicho nada en un sentido ni en otro, lo que a su hija le resultaba indignante. De la reunión de Philip con la junta no había trascendido nada, ni siquiera la fecha del nombramiento de un presidente interino.


Miley dejó la taza de café sobre la mesa de Mark y observó el pequeño traje de invierno hurtado por la joven que estaba sentada en la sala de espera. La prenda le recordó que nunca podría ser madre y sintió la punzada de tristeza que este pensamiento solía provocarle. No obstante, hacía tiempo que había aprendido a ocultar sus emociones en el trabajo. Sonrió con normalidad y, dirigiéndose a la puerta, dijo:
–Hablaré con la mujer ahí fuera. ¿Cómo se llama?
Mark le dio el nombre y Miley salió de la oficina.
–Soy Miley Bancroft, señora Jordan.
La ladrona, una joven madre de tez pálida, se puso de pie.
–He visto su fotografía en los diarios –musitó Sandra Jordan–. Sé quién es usted. ¿Y qué?
–Bueno, si usted sigue negando haber cometido estos robos, la empresa no tendrá más alternativas que acusarla judicialmente.

Tan hostil era la actitud de la señora Jordan, que si Miley no hubiera sabido lo que se había llevado y no hubiera advertido el brillo de las lágrimas en sus ojos, habría renunciado a ayudarla.
–Escúcheme con atención, señora Jordan, porque quiero ayudarla. Si no sigue mi consejo tendrá que cargar con las consecuencias. Supongamos que usted se empeña en negar el robo y que la dejamos ir sin denunciarla y sin demostrar su culpabilidad. En tal caso, usted podría acusarnos de detención y retención ilegal. La empresa no puede arriesgarse a ser objeto de una querella judicial de esta índole, por lo que si usted insiste en su actitud, nos obligará a pasar por todo el proceso jurídico, puesto que la hemos detenido. ¿Me he explicado bien? Hay un vídeo en que se la ve hurtando prendas de niño. Fue filmado por una de las cámaras de seguridad. Se lo mostraremos al tribunal, no solo para probar que usted es culpable, sino sobre todo para probar que nosotros somos inocentes del delito de acusarla sin razón. ¿Comprende?

Miley hizo una pausa y miró fijamente el rostro rígido de la joven, incapaz de adivinar si esta se daba cuenta de que le estaba tendiendo un cable.
–¿Debo creer que ustedes sueltan a los ladrones de tiendas con tal que admitan su culpabilidad? –inquirió entre incrédula y desdeñosa.
–¿Es usted una ladrona, señora Jordan? –le replicó Miley- . ¿Una vulgar ladrona? –Antes de que la mujer contestara, añadió–: Las ladronas de su edad suelen llevarse vestidos para ellas, o joyas y perfumes. Usted ha robado ropa de niño. Prefiero pensar que es una madre desesperada, que actúa por la necesidad de que su niño no pase frío.

La joven, más acostumbrada a enfrentarse con un mundo cruel que con uno amable, se derrumbó ante Miley. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
–He visto en la tele que nunca se debe admitir nada sin la presencia de un abogado.
–¿Tiene abogado?
–No.
–Si no admite el robo necesitará uno.
Sandra Jordan tragó saliva y dijo:
–Antes de confesar, ¿firmaría usted un escrito... un papel legal, renunciando a acusarme ante la policía?
Aquella propuesta era nueva para Miley.  Sin consultar con los abogados de la empresa no podía estar segura de que tan inusual procedimiento no acarreara luego complicaciones jurídicas como por ejemplo un soborno o algo parecido. Así pues, meneó la cabeza.
–Complica usted las cosas innecesariamente, señora Jordan.

La joven madre se estremeció entre el miedo y la duda. Exhaló un hondo y tembloroso suspiro y luego preguntó a Miley:
–Si confieso haber robado esas prendas, ¿me da usted al menos su palabra de que luego no me echará a la policía encima?
–¿Aceptaría mi palabra? –inquirió Miley a su vez.
La señora Jordan contempló un instante el rostro de Miley.
–¿Debería hacerlo? –preguntó por fin, con voz temblorosa a causa del miedo.
–Sí –respondió. Miley asintió con una expresión dulce en el rostro

Tras vacilar de nuevo un instante, volvió a suspirar y finalmente susurró, asintiendo con la cabeza.
–Sí. Yo... robé esas cosas.
Mark Braden había salido del despacho y Miley le miró de reojo.
–La señora Jordan admite los hechos.
–Está bien –dijo Mark con tono inexpresivo. Llevaba en la mano un impreso, que le tendió a la triste mujer junto con un bolígrafo.
–Usted no mencionó –dijo Sandra, mirando a Miley-  que tendría que firmar una confesión.
–Cuando la haya firmado, podrá marcharse –le aclaró Miley con voz amable, y la mujer volvió a mirarla fijamente. Luego, con mano temblorosa, firmó y le devolvió el papel impreso a Mark Braden.
–Puede marcharse, señora Jordan –dijo Braden. La joven se agarró al respaldo de la silla, apunto de sufrir un desmayo de alivio. Clavó la mirada en Miley.
–Gracias, señorita Bancroft.
–De nada.
Miley caminaba ya por el pasillo y estaba a punto de llegar a la sección de juguetería cuando la alcanzó Sandra Jordan.
–¿Señorita Bancroft? –Miley se volvió y la joven siguió hablando–. La he visto... en las noticias de la tele varias veces, aunque en sitios lujosos, vestida con pieles y trajes a medida. Bueno, quiero decirle que en persona es aún más bonita.
–Gracias –le contestó Miley, sonriendo con cierta timidez.
–Y... quiero que sepa que nunca hasta hoy había robado nada. –Sus ojos parecían suplicar a Miley que la creyera–. Mire –dijo sacando una billetera de la cartera y mostrándole una fotografía. Era el rostro de un bebé de enormes ojos azules y una encantadora sonrisa desdentada–. Es mi hija Jenny –anunció Sandra con voz sombría y tierna–. Enfermó gravemente la semana pasada. Según el médico, necesita más calor, pero no puedo pagar la electricidad. Pensé que si tenía prendas de abrigo... –Se le llenaron los ojos de lágrimas–. Cuando quedé embarazada el padre me abandonó, pero no importa porque Jenny y yo estamos juntas y es todo lo que necesitamos. Pero si perdiera a Jenny... no podría resistirlo.

Abrió la boca como para añadir algo, pero luego echó a correr por el pasillo entre cientos de osos de peluche. Miley la siguió con la mirada, pero en su mente solo había sitio para el bebe de la fotografía, con su moño rosa en el pelo y su sonrisa de querubín.
Poco después, un agente de seguridad detenía a Sandra Jordan cuando esta alcanzaba la puerta del establecimiento.
–Señora Jordan, espere un momento al señor Braden –le ordenó el agente
Sandra se echó a temblar al comprender que le habían tendido una trampa al firmar la confesión. Sin duda sería detenida por la policía. Vio venir a Braden, que llevaba una gran bolsa transparente de Bancroft en la mano. Sandra clavó la mirada en el trajecito de invierno, en los suéteres, en todo cuanto había robado. Por si fuera poco, habían añadido un osito de peluche, algo que ella no intentó llevarse.
–¡Me han mentido! –exclamó con voz estrangulada cuando Mark Braden le tendió la bolsa.
–Estas cosas son para usted, señora Jordan –le informó el jefe de seguridad, con una sonrisa impersonal y con el tono de quien está lanzando un discurso y cumpliendo órdenes. Inmersa en una bruma de gratitud e incredulidad, Sandra cogió la bolsa y se la llevó protectoramente al pecho–. Feliz Navidad de parte de Bancroft –añadió Mark con voz queda.

Pero Sandra sabía que aquellos regalos no procedían de él ni de la empresa. Elevó la mirada al techo y, con los ojos llenos de lágrimas, trató de encontrar a la hermosa joven que había contemplado la foto de Jenny con sonrisa tan cariñosa. Creyó verla, a Miley Bancroft, de pie, con su abrigo blanco, allá arriba, sonriéndole. Creyó verla, pero no estaba segura porque la emoción la cegaba.
–Dígale –susurró con voz ahogada a Braden– que Jenny y yo le damos las gracias.

sábado, 12 de octubre de 2013

Paraíso Robado - Cap:22


Noviembre de 1989
En Chicago una multitud deambulaba por la avenida Michigan. Caminaban lentamente, debido en parte a la suavidad de aquel día de noviembre, pero también a gran cantidad de compradores arremolinados ante escaparates de los grandes almacenes Bancroft & Company, espectacularmente adornados para las fiestas navideñas.

Desde su inauguración en 1891, Bancroft había pasado de un pintoresco edificio de dos plantas, con marquesinas abovedadas de color amarillo en las ventanas, a una estructura de catorce pisos de mármol y cristal que ocupaba toda una manzana. Un detalle había permanecido inalterable desde el principio: los dos porteros uniformados hacían guardia a ambos hados de la entrada principal. Este pequeño toque de lujosa elegancia constituía el símbolo visible de la insistencia de Bancroft en ofrecer dignidad y gracia a sus clientes.

Los dos ancianos porteros, en tan fiera competencia que apenas se habían hablado durante los treinta años que llevaban trabajando juntos, observaron la llegada de un BMW negro. Ambos hombres estaban deseando que el chófer detuviera el vehículo en su respectiva zona.
El coche pareció detenerse en la curva, ante Leon, que contuvo el aliento; pero cuando el BMW se deslizó hasta el otro extremo de la puerta, el viejo portero lanzó un suspiro de irritación. Su adversario le ganaba la partida.. «Viejo miserable», se dijo Leon, pensando en Ernest.
–Buenos días, señorita Bancroft –saludó Ernest solícito, abriendo la portezuela del coche con una reverencia. Veinticinco años atrás había abierto la del coche del padre de Miley, había visto a la joven por primera vez y le había dicho exactamente las mismas palabras y con la misma reverencia.
–Buenos días, Ernest –le contestó Miley con una sonrisa. Al salir del vehículo, tendió las llaves al portero–. ¿Quiere rogarle a Carl que me aparque coche? Hoy tenía que cargar muchas cosas y no habría podido llevarlas en brazos desde el aparcamiento. –Esta clase de servicio era otro detalle con que Bancroft obsequiaba a su clientela.
–Por supuesto, señorita Bancroft.
–Transmítale mis saludos a Amelia –añadió la joven, refiriéndose a la esposa del portero. Miley conocía bien a muchos de los antiguos empleados de casa, que eran ya como de la familia para ella. En cuanto a los almacenes (el establecimiento principal de una cadena de la que formaban parte otras siete tiendas repartidas en varias ciudades del país), para Miley era como si estuviera en la mansión en que había crecido o en su propio apartamento.

De pie en la acera, Miley contempló el gentío agolpado frente a los escaparates. En su rostro apareció una sonrisa y su corazón se inundó de calor. Era un sentimiento que surgía cada vez que miraba la elegante fachada de Bancroft; un sentimiento de orgullo, de entusiasmo y furiosa protección. Sin embargo, hoy su felicidad era mucho mayor, ilimitada, pues la noche anterior Parker la había tomado entre sus brazos y le había dichocon tierna solemnidad que la amaba y quería casarse con ella. Después le deslizó en el dedo el anillo de compromiso.
–Este año los escaparates están mejor que nunca –comentó a Ernest, admirando entre la multitud los asombrosos resultados del talento y la destreza de Demi. Gracias a su trabajo en Bancroft, Demi Pontini era ya conocida y aclamada en su profesión. Estaba previsto que dentro de un año se jubilara el jefe del departamento de diseño, la joven ocupara su puesto.

Ansiosa por encontrar a Demi y contarle la noticia de su compromiso, Miley abrió la portezuela trasera del coche, sacó dos maletas y varios montones de carpetas llenas de documentos. Luego se dirigió al interior del edificio. En cuanto cruzó la puerta, un guardia de seguridad acudió en su auxilio.
–¿Puedo ayudarla, señorita Bancroft?
Miley se dispuso a rechazar el ofrecimiento, pero lo cierto es que ya le dolían los brazos. Además sentía el vivo deseo de pasear un poco por los almacenes antes de ir a ver a Demi y gozar de lo que al parecer iba a convertirse en un día cuyo volumen de ventas marcaría un nuevo hito, ante la multitud de compradores que se agolpaba en los pasillos y frente los mostradores.
–Gracias, Dan, se lo agradeceré –aceptó por fin, mientras se desprendía de su carga.

Al dirigirse hacia los ascensores, se alisó instintivamente la bufanda de seda que cruzaba las solapas de su abrigo blanco, se metió las manos en los bolsillos y pasó por la sección de cosméticos. Sufrió los empujones de la numerosa clientela, que se encaminaba hacia el centro de la nave en busca de los ascensores. Sin embargo, el gentío y la algarabía le complacieron.

Inclinó la cabeza y miró los árboles blancos de Navidad, de una altura de diez metros. Estaban decorados con brillantes luces rojas, grandes lazos de terciopelo y enormes adornos de cristal del mismo color. Alegres guirnaldas decoradas con trineos y campanas pendían de los pilares espejados que sostenían las naves, y el sistema de megafonía desgranaba alegremente las notas de Deck the Halles. Una mujer, de pie ante una cristalera de carteras, vio a Miley y propinó un codazo a su acompañante. Luego musitó:
–¿No es esa Miley Bancroft?
La otra mujer miró a su vez hacia donde le indicaba y confirmó:
–Sí que lo es Y el periodista que dijo que se parecía a Grace Kelly de joven estaba en lo cierto.
Miley las oyó, aunque apenas escuchó. En los últimos años se había acostumbrado a ser foco de atención de la gente y de los medios de comunicación. La revista Women’s Wear Daily la había definido como «la personificación de la elegancia serena» y Cosmopolitan como «totalmente chic». En cuanto al Wall Street Journal se refería a ella como a «la princesa reinante de Bancroft». Por el contrario, los miembros del consejo de administración solían llamarla «el dolor de muelas».

Esta última opinión era la única que le importaba a Miley. Lo que revistas y periódicos dijeran de ella le era indiferente, a menos que tuviera relación con los grandes almacenes. Sin embargo, lo que pensaran los miembros del directorio era harina de otro costal, ya que podían cerrarle el paso y cortar las alas de su sueño: la continua expansión de Bancroft por otras ciudades. En cuanto al presidente, su padre, no la trataba con mayor entusiasmo o afecto que los directores.
Pero aquel día, ni siquiera la batalla con su padre y el resto del equipo directivo podían ensombrecer su dicha. Era tan feliz que le resultó difícil contenerse y no ponerse a tararear el villancico que sonaba por los altavoces. En lugar de eso, hizo una travesura que de niña le encantaba. Se acercó a una de las columnas de espejos y, mirándose, fingió remeterse detrás de la oreja un mechón de pelo, después sonrió e hizo una mueca al agente de seguridad que sabía estaba dentro, en el hueco, al acecho de rateros.

Se volvió y se encaminó hacia las escaleras mecánicas. Demi había tenido la idea de decorar cada planta con un color distinto y de armonizar los matices en función del género a la venta. En opinión de Miley era una idea muy efectiva, como comprobó al llegar a la segunda planta, donde estaba la sección de peletería y de los modelos exclusivos. Allí todos los árboles de Navidad estaban ornamentados con un malva suave y relucientes lazos de oro. Frente a las escaleras mecánicas, sentado ante una reproducción de su casa, estaba un Papá Noel vestido en blanco y oro. Tenía un maniquí sobre la rodilla: una hermosa mujer envuelta en un magnífico camisón francés, que con un dedo apuntaba a un abrigo de armiño forrado a malva, cuyo precio era de veinticinco mil dólares.

Miley sonrió al admirar la atmósfera de lujo desbordante, una provocación para los compradores que se aventuraran en aquella sección. A juzgar por el gran número de hombres que estaban mirando las pieles y de las mujeres que se estaban probando los vestidos de grandes diseñadores, el señuelo era acertado. En aquella sección, todo diseñador que trabajara para la empresa tenía su propio salón para despliegue de sus colecciones. Miley recorrió el pasillo principal saludando aquí y allá con una inclinación de la cabeza a empleados conocidos. En el salón de Geoffrey Beene dos rollizas mujeres, luciendo abrigos de armiño, admiraban un ceñido vestido adornado con abalorios azules. La etiqueta del precio marcaba siete mil dólares.
–Con ese vestido parecerás una bolsa de patatas, Margaret –advertía una a la otra.
Haciendo caso omiso, la mujer se volvió hacia la vendedora y preguntó:
–Supongo que no tendrá la talla veinte de este vestido, ¿verdad?

En el salón contiguo una señora apremiaba a su hija, una adolescente de unos dieciocho años, para que se probara un traje de terciopelo de Valentino, mientras una vendedora permanecía discretamente atenta unos pasos más allá, esperando ser útil.
–Si te gusta –protestaba la chica, dejándose caer en el sofá–, póntelo tú. No voy a ir a tu est/úpida fiesta. Ya te dije que quería pasar la Navidad en Suiza.
–Ya lo sé, querida –le replicó la madre con expresión culpable y arrepentida–, pero pensamos que esta vez sería agradable que pasáramos juntos las fiestas. –La malhumorada adolescente no parecía dispuesta a dar su brazo a torcer.
Miley miró su reloj y advirtió que ya era la una y se dirigió a los ascensores, ansiosa por encontrar a Demi y darle la buena noticia. Se había pasado la mañana en la oficina del arquitecto revisando los planos del edificio de Houston. Y le esperaba una tarde muy ocupada.

El cuarto de diseño era, en realidad, un enorme almacén situado en el sótano. El lugar estaba atestado de mesas de dibujo, maniquíes desmembrados, gigantescas piezas de tela y los accesorios de todo tipo utilizados en los escaparates de exhibición durante la última década.
Miley se abrió paso en aquel caos que le resultaba tan familiar. Como parte de su primer aprendizaje había trabajado en todos los departamentos de los almacenes.
–Demi –llamó, y una docena de ayudantes de su amiga levantaron la cabeza–. ¿Demi?
–¡Aquí! –respondió una voz amortiguada. Una de las mesas fue desplazada y de debajo emergió la cabeza de Demi–. ¿Qué pasa ahora? –preguntó irritada, clavando la mirada en las piernas de Miley- . ¿Cómo se puede trabajar con tantas interrupciones?
–Eso digo yo –convino Miley al tiempo que se sentaba sobre la mesa y sonreía ante el sorprendido rostro de su amiga–. Nunca he sabido cómo encuentras aquí las cosas, y menos todavía cómo eres capaz de crearlas.
–¡Hola! –saludó Demi, arrastrándose por debajo de la mesa–. He estado intentando instalar unos alambres aquí abajo para tener la lista para la representación de la cena de Navidad que llevaremos a cabo en la sección de muebles. ¿Cómo te fue anoche con Parker?
–Oh, bien. Más o menos como de costumbre. –mintió Miley , y con la mano izquierda empezó a juguetear con la solapa de su abrigo, moviéndola ostensiblemente. Llevaba puesto el anillo de compromiso, un zafiro. El día anterior, le había dicho a Demi que tenía el presentimiento de que Parker iba a declararse.
Demi puso los brazos en jarras.
–¿Cómo de costumbre...? Por dios, Miley, se divorció hace dos años y has estado saliendo con él desde hace nueve meses. Pasas con sus hijas tanto tiempo como con él. Eres hermosa e inteligente, los hombres se enamoran de ti en cuanto te ven, pero Parker ha estado frecuentándote durante mucho tiempo y muy de cerca. Me parece que pierdes el tiempo con ese hombre. Si el muy idi/ota quisiera casarse contigo, hace tiempo que lo habría dicho.
–Me lo ha dicho –confirmó Miley con una sonrisa triunfal, pero Demi había iniciado su crítica habitual y tardó un poco en reaccionar.
–De todos modos, no es tu tipo. Lo que tú necesitas es un hombre que te saque de esa corteza conservadora en que vives encerrada. Alguien que te obligue a hacer cosas impulsivas, locuras, como votar a un demócrata una vez o ir a la Ópera los viernes en lugar de los sábados. Parker se parece demasiado a ti, es demasiado metódico, demasiado estable, demasiado prudente, demasiado... ¿Bromeas? ¿Se te ha declarado?

Miley asintió, y la mirada de Demi reparó por fin en el zafiro negro engastado en su anticuada montura.
–¿Tu anillo de compromiso? –preguntó cogiéndole la mano, y al examinar el anillo dejó de sonreír y frunció el entrecejo–. ¿Qué es esto?
–Es un zafiro –le contestó Miley , impasible ante la falta de entusiasmo de su amiga. En primer lugar, siempre le había gustado la franqueza de Demi, pero además, ni siquiera ella, que amaba a Parker, podía convencerse de que el anillo era deslumbrantemente hermoso. Se trataba de una bonita reliquia familiar. La complacía, eso era todo.
–Supuse que era un zafiro, pero ¿qué son esas piedras más pequeñas? No brillan como los buenos diamantes.
–Tienen un corte antiguo, sin muchas facetas. El anillo también es antiguo. Perteneció a la bisabuela de Parker.
–No podía permitirse uno nuevo, ¿eh? –bromeó Demi, y agregó–: ¿Sabes, Miley?  Hasta que te conocí creía que los ricos compraban cosas magníficas sin mirar el precio.
–Eso hacen los nuevos ricos –puntualizó Miley – El dinero viejo es dinero tranquilo.
–Bueno, pues, entonces el dinero viejo podría aprender algo del nuevo. Vosotros, guardáis las cosas hasta que se estropean. Si me comprometo alguna vez y el tipo intenta regalarme el viejo anillo de su bisabuela, lo mando al diablo. ¿Y de qué está hecho el engarce? No es que reluzca mucho –concluyó con voz escandalizada.
–Es platino –le replicó Miley, sofocando la risa.
–Lo sabía. Supongo que ese material no se gasta y por eso alguien lo encargó de platino, hace un par de siglos.
–Así es –confirmó Miley, y por fin se echó a reír.
–De veras, Miley –añadió Demi, riendo con su amiga–, si no fuera porque te sientes obligada a ser un anuncio viviente de Bancroft, todavía vestirías las prendas de la universidad.
–Solo si fueran muy resistentes. –Sin fingir más, Demi abrazó a su amiga.
–No te llega a la suela de los zapatos. Nadie te llega a la suela de los zapatos.
–Es perfecto para mí –aseguró Miley- . Mañana por la noche se celebra el baile a beneficio de la ópera. Te daré dos entradas, una para ti y otra para Phil. –Miley se refería al fotógrafo comercial con quien salía Demi–. Después habrá una fiesta en que anunciaremos nuestro compromiso.
–Phil está en Nueva York, pero yo iré igualmente. Después de todo, si Parker va a formar parte de nuestra familia, tengo que aprender a quererlo. –Con una sonrisa incontenible, añadió–: Aunque sonría a las viudas...
–Demi –dijo Miley con tono más serio–, a Parker no le gustan tus bromas sobre banqueros y tú lo sabes. Ahora que estamos comprometidos, ¿me harás el favor de dejar de incordiarlo?
–Lo intentaré –prometió Demi–. No más peleas ni chistes de banqueros.
–¿También dejarás de llamarlo señor Drysdale?
–Dejaré de ver las reposiciones de Beverly Hillbillies –aseguró Demi.
–Gracias –le contestó Miley, y se puso de pie. Demi se apartó de pronto, muy preocupada por las arrugas de una gran pieza de terciopelo rojo.
–¿Pasa algo?
–¿Que si pasa algo? –replicó Demi volviendo el rostro, en el que lucía una sonrisa demasiado amplia–. ¿Qué iba a pasar? Mi mejor amiga se ha comprometido con el hombre de sus sueños. ¿Qué vas a ponerte mañana por la noche? –preguntó súbitamente para cambiar de tema.
–Todavía no lo sé. Mañana pasaré por la segunda planta y elegiré algo impactante. Aprovecharé para mirar también los vestidos de novia. Parker quiere un casamiento importante, sin que le falte un solo detalle. Por el hecho de que ya pasó por una boda formal a lo grande, no quiere dejarme a mí sin ella.
–¿Sabe lo de tu otro...? Me refiero a lo de tu otro matrimonio.
–Lo sabe –contestó Miley con voz más bien sombría–. Se mostró muy amable y comprensivo... –Se interrumpió cuando por el sistema de megafonía sonaron insistentemente unas campanadas. Los clientes estaban acostumbrados y no hacían caso, pero los jefes de departamento sabían que se trataba de un código y se detenían a escuchar por si se trataba del suyo, en cuyo caso se apresuraban a responder. Miley oyó dos campanadas cortas seguida de otra tras una breve pausa.
–Es mi código –dijo suspirando y poniéndose de pie–. Tengo que ir enseguida. Dentro de una hora hay una reunión de directivos y todavía tengo que leer unas notas.
–¡No les facilites nada! –dijo Demi, mientras se agachaba para meterse de nuevo debajo de la mesa.

A Miley le recordó a una niña pelirroja y desgreñada que jugaba en una tienda improvisada en el comedor familiar. Miley se dirigió al teléfono colgado de la pared, cerca de la puerta, y llamó a la operadora de los almacenes.
–Miley Bancroft –dijo–. Acaba de tocar mi código.
–Sí, señorita Bancroft –confirmó la operadora–. El señor Braden, del departamento de seguridad, pregunta si puede usted acudir a la oficina con urgencia. Se trata de algo importante.

Las oficinas de seguridad estaban situadas en la planta sexta, discretamente escondidas tras una falsa pared. Como vicepresidenta de operaciones, el departamento de seguridad estaba bajo la jurisdicción de Miley.
Rodeada de trenes eléctricos y victorianas casas de muñecas, abriéndose paso entre el gentío, Miley avanzó pensando en quién habían atrapado esta vez. Si requerían su presencia, debía de tratarse de alguien importante, pues por un simple ratero no la llamarían. Tal vez se tratara de un empleado. Desde los ejecutivos hasta los vendedores eran sometidos a la más estricta vigilancia. Aunque los rateros cometían el ochenta por ciento de los hurtos, los mayores perjuicios económicos los causaba el otro veinte por ciento. A diferencia de aquellos, que solo podían robar lo que lograban esconder, los empleados tenían muchas oportunidades y métodos para saquear diariamente las tiendas. El mes anterior, el departamento de seguridad había atrapado a un vendedor que había estado extendiendo créditos falsos a amigos, por inexistentes devoluciones de mercancía. Y dos meses atrás un comprador de joyería fue despedido por aceptar sobornos, hasta una suma de diez mil dólares, para adquirir artículos de inferior calidad, cosa que hizo en connivencia con tres proveedores. 

Miley siempre creyó que había algo muy sórdido y enfermizo en un empleado ladrón o estafador de la empresa en que prestaba sus servicios. A ella le resultaba difícil no sentirse traicionada. Tensa, se detuvo ante una puerta sobre la que se leía: «Mark Braden, Director de Seguridad y Prevención de Pérdidas». Entró en la sala de espera anexa a la oficina de Mark.
Dos mujeres se hallaban sentadas en sendas sillas de vinilo y aluminio, pegadas a la pared. Una era joven, de poco más de veinte años; la otra, una anciana de más de setenta. Ambas estaban vigiladas por un guardia de seguridad uniformado. La joven se acurrucaba en la silla, con los brazos cruzados sobre el pecho y rastros de lágrimas en sus mejillas. Parecía pobre y asustada, una ruina humana. En agudo contraste, la anciana era el vivo retrato de la alegría y la elegancia: una muñeca antigua de porcelana, vestida con un traje Chanel rojo y negro. Se sentaba muy erguida, con el bolso de mano pegado a las rodillas.
––Buenos días, querida –gorjeó con voz aguda al ver a Miley–. ¿Cómo te encuentras hoy?
–Muy bien, señora Fiorenza –contestó Miley  ahogando su sentimiento de frustración al reconocer a la dama. El marido de Agnes Fiorenza no solo era un respetado pilar de la comunidad, padre de un senador del estado, sino también miembro del equipo directivo de Bancroft. Esto último hacía que la situación fuera muy delicada, razón por la cual Miley había sido convocada por el jefe de seguridad–. ¿Cómo está usted? –le preguntó Miley espontáneamente.
–Muy desdichada. Hace media hora que me tienen aquí, aunque le he dicho al señor Braden que se me está haciendo tarde. Dentro de media hora tengo que asistir a un almuerzo en honor del senador Fiorenza, que se sentirá contrariado sino me ve. 
Después tengo que hablar ante la Junior League. ¿Crees que podrías instar al señor Braden?
–Veré qué puedo hacer –le contestó Miley  pero en su rostro no se reflejaba más que la indiferencia cuando abrió la puerta de Mark. Lo encontró bebiendo café, inclinado sobre su escritorio y hablando con el agente que había sorprendido a la joven ladronzuela.

Mark Braden eran un hombre atractivo, de cuarenta y cinco años, pelo rojizo y ojos castaños. Había sido especialista de seguridad en las fuerzas aéreas, y ahora, en Bancroft, se tomaba el trabajo tan a pecho como en su antiguo empleo. Miley lo respetaba y confiaba en él, además de resultarle simpático.
–He visto a Agnes Fiorenza en la sala de espera. Quiere que te diga que por tu culpa va a llegar tarde a un almuerzo muy importante –comentó con tono irónico.
Braden levantó una mano con gesto de desesperanzado disgusto; luego la dejó caer y repuso:
–Mis instrucciones son que te las arregles tú con ese viejo murciélago.
–¿Qué ha robado esta vez?
–Un cinturón Lieber, un bolso Givenchy y esto. –Le mostró a Miley unos grandes pendientes de cristal azul. Habrían quedado ridículos colgando de las orejas de la diminuta y anciana mujer.
–¿Cuánto crédito le queda? –preguntó Miley  refiriéndose a la cuenta que el resignado marido de la dama mantenía abierta en los grandes almacenes para cubrir los hurtos de su mujer.
–Cuatrocientos dólares. No cubren lo robado.
–Hablaré con ella, pero primero me gustaría que me ofrecieras una taza de café. –Miley estaba harta de pasar por alto la actitud de la anciana, mientras que otros, como la joven sentada a su lado, sentía sobre sus hombros todo el peso de la ley–. Le diré a los porteros que no dejen entrar a la señora Fiorenza –decidió Miley conciente de que podría despertar las iras del marido de la mujer–. ¿Qué se llevaba la joven?
–Un traje de esquí de niño, mitones y un par de suéteres. Lo niega –añadió encogiéndose de hombros un gesto fatalista, al tiempo que le tendía a Miley la taza de café–. La hemos grabado en vídeo. El valor total es de doscientos dólares.
Miley asintió y bebió un sorbo de café. Le habría gustado de todo corazón que la pobre mujer hubiera confesado. Negando el hurto, obligaba a Bancroft a probarlo y a llevarla a los tribunales. De lo contrario, la empresa corría el riesgo de enfrentarse a una querella por detención injusta.
–¿Tiene antecedentes penales?
–Según mi contacto en el departamento de policía, no.
–¿La dejarías ir sin cargos si firma una confesión?
–¿Para qué?
–Llevarla ante el juez es caro, y además no está fichada. Por otra parte, me parece muy desagradable que una vez más, la señora Fiorenza salga de esta con una simple reprimenda por robar artículos de lujo que muy bien puede pagar, mientras que una pobre mujer es denunciada por hurtar ropa para su hijo.
–Te propongo un trato. Tú destierras a Fiorenza y yo dejo ir a la otra con tal que confiese su hurto. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –aceptó Miley enfáticamente.
–Que entre la anciana –ordenó Mark al agente de seguridad.

La señora hizo su entrada envuelta en una nube de perfume Joy, sonriendo pero con una ligera expresión de turbación.
–Dios mío, cuánto me ha hecho esperar, señor Braden.
–Señora Fiorenza –dijo Miley, tomando las riendas del asunto–, ya son muchas las veces que nos pone usted en un compromiso a causa de su insistencia de llevarse cosas sin pagar por ellas.
–Oh, Miley  se que puedo resultar fastidiosa, pero eso no justifica tu tono de censura.
–¡Señora Fiorenza! –exclamó Miley irritada, al ver que la mujer le hablaba como si se estuviera dirigiendo a un niño mal educado–. Hay gente que se pasa años en la cárcel por robar cosas de menor valor que esas. –Señaló el cinturón, el bolso y los pendientes–. Ahí fuera hay una joven que ha robado ropa de abrigo para un niño, y corre el peligro de terminar en la cárcel. En cambio usted... usted roba tonterías que no necesita...

–Por el amor de Dios, Miley –interrumpió la señora Fiorenza, asombrada–, No irás a pensar que tomé esos pendientes para mi uso personal. No soy tan egoísta, lo sabes muy bien. También hago obras de caridad.

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:c siguen sin comentar eso no me hace sentir mejor pero gracias a Dany y Male por hacerlo