domingo, 22 de septiembre de 2013

Paraíso Robado - Cap: 13


–En realidad –contestó él con voz serena–, estoy esperando que tú empieces.
–Ya. –El acceso de ira de Miley dio paso a un sentimiento de tristeza e incertidumbre. Observó a Nick, que seguía aparentemente tranquilo. Contra lo que había pensado momentos antes, decidió pedirle consejo. ¡Necesitaba hablar con alguien! Cruzó los brazos sobre el pecho, como protegiéndose de la reacción de Nick, y echó la cabeza hacia atrás, tragando con fuerza.
–En realidad, he venido por un motivo concreto.
–Lo supuse.
Ella lo miró tratando de adivinar si también habría dado por descontadas otras cosas, pero la expresión de Nick seguía siendo impasible. Miley elevó de nuevo mirada y los ojos se le llenaron de lágrimas.
–Estoy aquí porque... –Se interrumpió, incapaz pronunciar la deshonrosa palabra.
–Porque estás embarazada –concluyó él con voz queda.
–¿Cómo lo has adivinado? –preguntó Miley amargamente.
–Solo dos cosas podían haberte traído aquí. Esa noticia era una de ellas.

Ahogándose en su dolor, Miley le hizo la pregunta lógica.
–¿Cuál es la otra?
–¿Mis aptitudes de bailarín?

Bromeaba, y para Miley fue tan inesperado que pudo evitar echarse a llorar. Se cubrió la cara y sollozó amargamente. De pronto notó que las manos de Nick se posaban sobre sus hombros, y consintió en que la atrajera hacia sí en un fuerte abrazo.
–¿Cómo puedes bromear en una situación como esta? –masculló finalmente Miley , la cabeza sobre el pecho de Nick, sintiéndose algo reconfortada con su abrazo. El joven le puso un pañuelo en la mano y, temblorosa, ella trató desesperadamente de recuperar el control–. ¡Adelante, dilo! –le espetó a Nick, secándose los ojos con el pañuelo–. Fui una est/úpida al permitir que ocurriera algo así.
–Eso no voy a discutírtelo.
–Gracias –repuso Miley con tono sarcástico. Se sonó la nariz–. Ahora me siento mucho mejor. –Pensó que Nick mostraba una calma admirable, mientras que ella no hacía más que empeorar las cosas.
–¿Estás segura de que estás embarazada?
Miley hizo un gesto de asentimiento.
–Esta mañana fui a una clínica y me dijeron que de seis semanas. Y por si lo preguntas, también puedo asegurarte que el niño es tuyo.
–No lo dudo –respondió él sardónicamente. Los llorosos ojos verdes de Miley lo miraron ofendidos. Era un malentendido, y Nick meneó la cabeza y añadió para aclarar el asunto–: No es la cortesía lo que me impidió preguntarte, sino un conocimiento elemental de la biología. No tengo ninguna duda de que soy el padre.

Ella esperaba recriminaciones, palabras de disgusto y enojo. El hecho de que Nick hubiera reaccionado con tanta calma, con una lógica tan fría, le resultaba increíblemente tranquilizador y a la vez desconcertante. Clavó la mirada en el botón de la camisa azul de Nick, y le oyó lanzar con voz serena la terrible pregunta que ella se había planteado desde el principio.
–¿Qué deseas hacer?
–¡Matarme! –contestó ella con desesperación.
–¿Y como segunda alternativa?
Ella negó con la cabeza al detectar en su voz un atisbo de ironía. Arqueó las cejas, lo miró y se asombró una vez más de la fuerza indomable reflejada en aquel rostro enérgico, consolándose al percibir una sorprendente comprensión en su mirada. Miley dio un paso atrás, pensativa, y sintió una punzada de decepción cuando él bajó enseguida los brazos. Pero aun así, le había contagiado su tranquila aceptación de los hechos y se sentía más dueña de sí misma, de sus propias ideas.
–Todas mis opciones son horribles. Los de la clínica me aconsejaron que abortara... –Esperó un instante, pensando que Nick apoyaría la propuesta sin más preámbulos. Sin embargo, advirtió que él apretaba los dientes forma casi imperceptible. Miley ya no sabía qué pensar. Desvió la mirada y añadió con voz trémula–: No creo que pueda enfrentarme al aborto, y desde luego, no sola. Y si pudiera, después mi conciencia no me dejaría vivir. –Tragó saliva e intentó dar mayor firmeza su voz–. Podría tener el niño y entregarlo en adopción, pero ¡Dios mío, eso no resolvería nada! Para mí no. De todos modos tendría que contarle a mi padre que soy una madre soltera, y eso le rompería el corazón. Nunca me perdonaría, lo sé. Además.., no dejo de pensar en lo que sentiría mi hijo, preguntándose por que me deshice de él. Sé que pasaría el resto de mi vida mirando a los niños, preguntándome cuál de ellos es el mío y si él vaga por la vida buscando a su madre en el rostro de todas las mujeres. –Se secó otra lágrima–. No seré capaz de vivir con la duda y la culpa. –Miró el rostro inescrutable de Nick–. ¿No vas a decir nada? –imploró.
–Solo cuando oiga algo con lo que no esté de acuerdo –declaró él con tono autoritario–. Entonces te interrumpiré.

Desalentada por su voz pero consolada por sus palabras, Miley exclamó:
–¡Dios mío! –Frotó nerviosamente las manos contra su pantalón castaño y prosiguió–: Mi padre se divorció de mi madre porque ella se acostaba con todos. Si ahora le digo que estoy embarazada, me echará a la calle. No tengo dinero, aunque heredaré algo al cumplir los treinta años. Hasta entonces, puedo intentar salir adelante con mi hijo...
–Nuestro hijo –la interrumpió Nick con firmeza.
Miley asintió temblorosamente, aliviada por la matización de Nick.
–La última posibilidad es... Bueno, no te va a gustar. A mí tampoco me gusta. Es obscena... –Se le quebró la voz a causa de la angustia y la humillación; después hizo acopio de coraje y agregó–: Nick, si estuvieras dispuesto a ayudarme a convencer a mi padre de que nos enamoramos y hemos decidido casarnos... Al cabo de unas semanas le diríamos que estoy embarazada. Naturalmente, cuando nazca el niño, nos divorciaremos. ¿Estarías de acuerdo con una solución así?
–Con grandes reservas –respondió él, tras una larga pausa.
Humillada por la vacilación de Nick y su insultante conformidad, Miley apartó la mirada.
–Gracias por tu galantería –ironizó–. Estoy dispuesta a poner por escrito que no te pediré nada para el niño y que te prometo el divorcio. Tengo un lápiz en la cartera. –Se dirigió al coche con la idea de escribir el documento allí mismo.

Al pasar por delante de Nick, este la agarró del brazo, obligándola a detenerse.
–¿Cómo diablos quieres que reaccione? –preguntó con acritud–. ¿ No crees que es muy poco romántico por tu parte decir que encuentras «obscena» la idea de casarnos? ¿Y de empezar a hablar de divorcio en cuanto mencionas el matrimonio?
–¿Poco romántico? –repitió Miley mirando sus facciones duras, sin saber si echarse a reír ante su falta de tacto o abandonarse a la ira. Pero entonces resonaron en su mente las palabras de Nick y se sintió como una niña irreflexiva–. Lo siento –se disculpó mirando fijamente aquellos enigmáticos ojos grises–. Lo siento de veras. No quise decir que sea obsceno que te cases conmigo. Me refería al hecho de casarnos porque estoy embarazada. Se supone que el matrimonio es... para personas que se quieren.

Aliviada, observó que la expresión de Nick se dulcificaba.
–Si llegamos al juzgado antes de las cinco –dijo Nick, incorporándose con decisión–, sacaremos la licencia hoy mismo y nos casaremos el sábado.
La obtención de una licencia matrimonial le resultó a Miley un acto asombrosamente sencillo y carente de sentindo. De pie al lado de Nick, facilitó la documentación necesaria para demostrar su edad y su identidad. Nick estampó su firma y ella hizo lo mismo debajo. Después salieron del viejo edificio, que se hallaba en el centro de la ciudad, y tras ellos un conserje se apresuró a cerrar las puertas. Un compromiso matrimonial. Así de sencillo, carente de toda emoción.
–Llegamos en el último minuto –comentó Miley con una alegre y frágil sonrisa, pero sintiendo un nudo en el estómago–. ¿Adónde vamos ahora? –preguntó ya dentro del coche, dejándolo conducir a él sin poner objeción alguna.
–Voy a llevarte a casa.
–¿A casa? –repitió ella, al advertir que Nick no parecía más feliz que ella por lo que habían hecho–. No puedo ir a casa hasta después de casada.
–No me refería a tu fortaleza de Chicago –bromeó él, sentándose al volante–. Me refería a mi casa.
Cansada y perpleja, la descripción que Nick hizo de casa la hizo sonreír un poco, porque empezaba a comprender que a Nicholas Farrell no lo intimidaba nada ni nadie. En ese momento Nick puso un brazo en el respaldo del asiento de Miley y la sonrisa de la joven desapareció en cuanto él empezó a hablar.
–Accedí a sacar la licencia, pero antes de dar el paso final tenemos que llegar a un acuerdo sobre ciertas cosas.
–¿Qué cosas?
–Todavía no lo sé. Hablaremos cuando lleguemos.
Casi una hora después, Nick dobló por una carretera comarcal flanqueada de prolijos maizales, y muy pronto enfiló un camino lleno de baches. El automóvil traqueteó al cruzar un puentecito de tablones que abrazaba un arroyo; luego tomó una curva, y Miley vislumbró por primera vez el lugar que Nick llamaba su casa. En marcado contraste con los trabajados campos que se divisaban en la distancia, la pintoresca casa rural, de madera, parecía desierta. Sin duda necesitaba una buena mano de pintura. En el jardín la maleza le estaba ganando la batalla al pasto; y en el granero, que se hallaba a la izquierda de la casa, una puerta colgaba precariamente de un solo gozne. A pesar de todo, se notaba que en el pasado alguien había querido y cuidado ese lugar. Las rosas florecían en un enrejado, al lado del porche, y un viejo columpio de madera pendía de la rama de un roble gigantesco que se erguía en el patio.

Durante el camino, Nick le contó a Miley que su madre había muerto siete años antes tras una larga lucha contra el cáncer, y que ahora vivía con su padre y con su hermana de dieciséis años. Abrumada por los nervios ante la idea de conocer a la familia de Nick, Miley ladeó la cabeza hacia la derecha y miró a un campesino que trabajaba el campo con un tractor.
–¿Es tu padre?
Nick se inclinó para abrirle la puerta, luego siguió la mirada de ella y respondió:
–Es un campesino. Vendimos hace años casi toda la tierra que poseíamos y la que nos quedó se la arrendarnos a él. Después de la muerte de mi madre, mi padre perdió todo interés por la tierra, que tampoco era mucha.

Al subir los peldaños que conducían al porche, Nick observó que Miley estaba muy tensa. Le puso una mano en el brazo.
–¿Ocurre algo malo?
–Estoy muerta de miedo. Tu familia...
–No hay nada que temer. Mi hermana creerá que eres excitante y sofisticada porque vienes de la gran ciudad. –Después de una pausa vacilante, añadió–: Mi padre bebe, Miley . Empezó cuando supo que la enfermedad de mi madre era incurable. Ahora tiene un empleo fijo y nunca abusa. Te lo digo para que lo comprendas y, si fuera necesario, pases por alto algunos detalles. Hace un par de meses que no se emborracha, pero eso puede cambiar en cualquier momento. –Nick no pedía excusas, solo exponía un hecho; y lo hacía con voz tranquila e imparcial.
–Lo comprendo –mintió Miley , que nunca había conocido a ningún alcohólico.

No tuvo que seguir preocupándose, porque en ese momento se abrió la puerta de tela metálica y de ella salió presurosamente una muchacha esbelta, con el mismo pelo negro de Nick e idénticos ojos grises. La joven clavó la mirada en el Porsche de Miley.
–¡Eh, Nick, es un Porsche! –Llevaba el pelo casi corto como el de su hermano, lo que destacaba aún sus bonitas facciones. Se volvió hacia Miley y la miró con reverente asombro– ¿Es tuyo?
Miley asintió, sorprendida por la inmediata simpatía que le inspiró aquella adolescente que tanto se parecía a Nick, aunque su carácter era el polo opuesto: todo lo que el tenía de reservado lo tenía ella de extrovertida.
–Debes de ser muy rica –prosiguió la muchacha ingenuamente–. Me refiero a que Laura Frederickson es muy rica, pero nunca ha tenido un Porsche.
Miley se quedó perpleja al oír la referencia al dinero. También sintió curiosidad. ¿Quién sería Laura Frederickson? Nick parecía muy enojado por las palabras de su hermana.
–¡Basta, Julie! –le advirtió.
–Oh, lo siento –se disculpó ella, sonriéndole, y se volvió hacia Miley –. ¡Hola! Soy la increíblemente maleducada hermana de Nick. Me llamo Julie. ¿Vas a pasar? –Abrió la puerta–. Papá subió hace un ratito –le dijo a Nick–. Esta semana tiene el turno de las once, así que cenaremos a las siete y media. ¿Te parece bien?
–Sí, claro –respondió Nick, y colocando una mano en la espalda de Miley , la invitó a entrar. La joven miró alrededor mientras el corazón le latía con fuerza, esperando la inevitable llegada del padre. El interior de la casa era parecido a su aspecto exterior, con evidentes muestras de decadencia por todas partes, eclipsando el encanto de un estilo antiguo. Los suelos de madera estaban deteriorados; las alfombras, gastadas. Frente a una chimenea de ladrillo con estanterías empotradas en la pared, había un par de sillones verdes junto a un sofá tapizado con una tela estampada con dibujos, que tiempo atrás habían parecido hojas de otoño. Detrás del salón se hallaba el comedor, con muebles de arce, y más allá una puerta abierta dejaba entrever la cocina. A la derecha, una escalera conducía desde el  comedor al primer piso.

Miley vio que por la escalera bajaba un hombre muy alto y delgado, de pelo ya grisáceo y rostro ajado. En una mano llevaba un diario plegado; en la otra, un vaso que contenía un líquido de color ámbar oscuro. Por desgracia, Miley no vio al hombre hasta el último momento, y la inquietud que la abrumaba mientras paseaba la vista por la casa aún se reflejaba en su rostro cuando clavó la mirada en el vaso que sostenía el  padre de Nick.
–¿Qué pasa aquí? –preguntó el hombre al entrar en el salón. Primero miró a Miley y a Nick y finalmente a Julie, que deambulaba en torno de la chimenea, admirando con disimulo los pantalones de Miley , sus sandalias italianas y su camisa de safari ocre.

En respuesta a su padre, Nick hizo las presentaciones de rigor.
–Miley y yo nos conocimos durante mi estancia en Chicago el mes pasado –informó Nick–. Nos casaremos el sábado.
–¡Qué...! –exclamó el padre.
–¡Fantástico! –gritó Julie, atrayendo la atención todos–. Siempre he querido tener una hermana mayor, pero nunca imaginé que se presentara con su propio Porsche.
–Su propio ¿qué? –inquirió Patrick Farrell a su incontenible hija.
–Porsche –repitió Julie extáticamente, y dirigiéndose a la ventana corrió la cortina para que su padre viera de qué estaba hablando. El coche de Miley centelleaba bajo el sol, blanco, elegante y lujoso, tan fuera de lugar como la propia Miley. Así debió de pensarlo Patrick, porque cuando su mirada se apartó del vehículo para clavarse en Miley , frunció de tal modo su poblado entrecejo que las arrugas entre sus desvaídos ojos azules se convirtieron en profundos surcos.
–¿Chicago? –masculló–. Solo estuviste unos pocos días en Chicago.
–¡Amor a primera vista! –declaró Julie, rompiendo el tenso silencio–. ¡Qué romántico!

Patrick Farrell había reparado en la inquietud de Miley cuando esta miraba la casa momentos antes, y la atribuyó al desdén que le inspiraba no solo la vivienda, sino también él mismo. Sin embargo, en el rostro de la joven no se reflejaba más que el miedo que le inspiraba su propio e incierto futuro.
Patrick Farrell miró a Miley a los ojos.
–Amor a primera vista –dijo, parafraseando a su hija y estudiando a Miley con evidente desconfianza–. ¿Eso es lo que pasó?
–Claro –intervino Nick, dispuesto a cambiar de tema. Sin esperar respuesta, rescató a Miley preguntándole si deseaba descansar antes de la cena. Ella se habría aferrado a un clavo ardiente para escapar de aquella situación. Jamás había sufrido una humillación mayor, salvo cuando le confesó a Nick que estaba embarazada. Así pues, asintió y Julie sugirió que fuera a su propia habitación. Nick salió y sacó del coche el equipaje de Miley.

Ya en el dormitorio, la joven se desplomó en el lecho de cuatro columnas de Julie. Nick dejó la maleta en una silla.
–Lo peor ya ha pasado –susurró.
Sin mirarlo, Miley meneó la cabeza y se retorció las manos.
–No lo creo. Esto es solo el principio. –Eligió el menor de los problemas que vislumbraba en su horizonte–: Tu padre me ha odiado en cuanto me vio.
–Eso no hubiese sucedido si no hubieras mirado el vaso de té que llevaba en la mano como si fuera una serpiente enroscada –ironizó Nick.
Tumbada en la cama, Miley dirigió la mirada al techo y tragó saliva, avergonzada y desconcertada.
–¿Eso hice? –preguntó con voz ronca, cerrando los ojos como para desterrar la imagen.
Nick se quedó mirando aquella desolada beldad echada sobre la cama como una flor marchita. La recordó seis semanas atrás, en el club de campo, riendo maliciosamente y haciendo todo lo posible para distraerlo. Notó los cambios producidos en la joven, y un sentimiento extraño y desconocido le atravesó el corazón. Pensó en lo absurdo de la situación actual de ambos: dos perfectos desconocidos que, no obstante, se conocían íntimamente.

En comparación con cualquier otra mujer con la que hubiese tenido relaciones sexuales, Miley era de una inocencia evidente. Y sin embargo, estaba embarazada de su hijo.
Además, los separaba un inmenso abismo social. Un abismo que salvarían por medio del matrimonio para luego ampliarlo con el divorcio.
No tenían nada en común, excepto una asombrosa noche de amor. Amor dulce y cálido, cuando la seductora muchacha se había convertido en sus brazos en una virgen asustada y después en un lacerante placer. Una inolvidable noche de amor que lo había perseguido desde entonces, una noche en la que fue víctima de la seducción de Miley , para luego convertirse en persistente seductor, desesperado como nunca en su vida por crear un clima que nunca olvidarían.

Y sin duda lo había conseguido. Fruto de todo ello, se había convertido en padre.
Una esposa y un hijo no formaban parte de la vida que Nick se había trazado. Por otra parte siempre había sabido, desde que forjara sus planes hacía diez años, que tarde o temprano ocurriría algo y él tendría que adaptarse a las nuevas circunstancias. La responsabilidad hacia Miley y el niño llegaba en un momento muy inoportuno, pero él estaba acostumbrado a cargar con grandes responsabilidades. No, aquella carga no le molestaba tanto como otras cosas, la más importante de las cuales era la ausencia de esperanza y alegría en el rostro de Miley Bancroft. La posibilidad de que a causa de lo ocurrido seis semanas antes nunca más se iluminara aquel rostro fascinante era algo que a Nick le dolía más de lo que habría creído posible. 

Con este sentimiento, se inclinó hacia ella y, tomándola por los hombros, le susurró unas palabras que más que una broma, sonaron como una orden.
–¡Levanta ese ánimo, bella durmiente!
Miley abrió los ojos y vio la sonrisa de Nick. Se sentía miserablemente confusa.
–No puedo –musitó con voz ronca–. Vamos a cometer una locura. Casándonos, solo empeoraremos las cosas, para nosotros y para el niño.
–¿Por qué dices eso?
–¿Por qué? –replicó ella, enrojeciendo de humillación–. ¿Cómo puedes preguntarme por qué? ¡Dios mío, desde aquella noche no has querido saber nada de mí! Ni siquiera me has telefoneado. ¿Cómo puedes...?
–Pensaba llamarte –interrumpió Nick. Miley abrió desorbitadamente los ojos al oír las increíbles palabras–. Al volver de Venezuela dentro de un par de años –prosiguió él. De no haberse sentido tan mal, Miley se habría echado a reír, pero lo que oyó a continuación la llenó de asombro–. Si hubiera tenido la más remota esperanza de que deseabas verme, te habría llamado mucho antes.
Dividida entre la incredulidad y una dolorosa esperanza, Miley cerró los ojos, tratando inútilmente de afrontar su situación emocional. Era excesivo en todos los sentidos: demasiada desesperación, demasiado alivio, demasiada esperanza y demasiado gozo.
–¡Levanta ese ánimo! –insistió Nick, súbitamente feliz al comprender que ella sí deseaba verlo de nuevo. Después de aquella noche, Nick había dado por sentado, entre otras cosas, que a la dura luz del día Miley vería las cosas más claras y se impondría la realidad. Él no tenía dinero ni pertenecía a la alta sociedad. Obstáculos ambos insalvables. Pero al parecer, estaba equivocado.

Miley respiró hondo, con cierta dificultad, y hasta que la oyó hablar Nick no se dio cuenta que intentaba valerosamente seguir su consejo: animarse. Con sonrisa trémula, la muchacha murmuró, sombría:
–¿Vas a ser un marido protestón?
–Supongo que mi papel es el opuesto.
–¿De veras?
–Bueno, son las esposas las que protestan.
–¿Qué hacen los maridos?
Nick le lanzó una fingida mirada de superioridad y respondió:
–Los maridos mandan.
En contraste con sus palabras, la sonrisa y la voz de Miley fueron de una dulzura angelical:
–¿Qué quieres apostar?
Nick desvió la mirada de los labios de la muchacha y la clavó en sus ojos, brillantes como joyas. Hipnotizado, contestó con toda honestidad:
–Nada.
Y entonces ocurrió algo inesperado para Nick. En lugar de alegrarse, Miley se echó a llorar. De inmediato él se sintió culpable, pero Miley le echó los brazos al cuello y lo atrajo hacia sí, refugiándose en su brazo e invitándolo a que se tendiera a su lado en la cama. Temblorosa y entre sollozos, cuando por fin habló sus palabras eran casi ininteligibles.
–Dime. La prometida de un granjero, ¿tiene que preparar conservas de frutas y verduras?
Nick reprimió la risa y le acarició la exuberante cabellera.
–No.


Paraíso Robado - Cap: 12


–¿Tienes idea de lo excitante y receptiva que eres? –le preguntó Nick con voz ronca y teblorosa, rozando la mejilla de Miley con los labios.
Ella no contestó, porque la realidad de lo que había hecho empezaba a infiltraese en su conciencia, quería rechazarla. Ahora no. Todavía no. Nada debía estropear aquel momento. Cerró los ojos y escuchó las dulces palabras que Nick seguía susurrándole, mientras con un dedo le rozaba la mejilla.
Y entonces él hizo una pregunta que exigía respuesta.
–¿Por qué? –inquirió con voz suave–. ¿Por qué ahora? ¿Por qué conmigo?

Miley se puso tensa ante aquella pregunta. Suspiró con un sentimiento de pérdida y, tendiendo los brazos, tomó la colcha de lana que había en un extremo del sofá y se envolvió en ella. Había conocido la intimidad física del sexo, pero nadie le había advertido del extraño e incómodo sentimiento que sobrevenía después. Se sentía emocionalmente desnuda, al descubierto, indefensa, torpe.
–Creo que será mejor que nos vistamos –dijo con nerviosismo–. Después responderé a tus preguntas. Enseguida vuelvo.

En su habitación Miley se puso una bata azul y blanca y se la sujetó con un cinturón. Bajó por las escaleras, todavía descalza. En el pasillo miró el reloj. Su padre no tardaría más de una hora en volver.
Encontró a Nick hablando por teléfono en el estudio, completamente vestido a excepción de la corbata, que se había metido en un bolsillo.
–¿Qué dirección es esta? –le preguntó a Miley. Ella se la dio y Nick informó a la agencia de taxis–. Les he dicho que vengan dentro de media hora. –Se dirigió a la mesa de té y cogió la copa de coñac.
–¿Puedo servirte alguna otra cosa? –preguntó Miley,  puesto que era lo propio de una buena anfitriona cuando la velada se acercaba a su fin. ¿O era el recibimiento propio de una camarera?, pensó con nerviosismo.
–Me gustaría que contestaras mi pregunta –dijo él. –Quiero saber qué te decidió a hacer lo que has hecho esta noche.

Miley creyó advertir cierta tensión en su voz, aunque su rostro no reflejaba emoción alguna. La joven suspiró, apartó la mirada y la fijó tímidamente en las incrustaciones de la madera del escritorio.
–Durante años mi padre me ha tratado como a una ninfómana y nunca he hecho nada para merecerlo. Cuando esta noche insististe en que tenía que haber una razón para que él me «vigilara», en mi interior se encendió una luz. Creo que llegué a la conclusión de que si de todos modos iban a tratarme como a una ramera, no estaría mal saber lo que es acostarse con un hombre. Al mismo tiempo tenía la loca idea de castigarte a ti... y a él. Quería demostraros que estabais equivocados.

Un ominoso silencio siguió a estas palabras. Por fin, Nick lo interrumpió bruscamente.
–Podrías haberme sacado de mi error con solo de decir que tu padre es un cretino tiránico y receloso. Te habría creído.
Miley sabía que él estaba en lo cierto. Le dirigió una mirada inquieta, preguntándose si la frustración y la ira la habían inducido a acostarse con él o si en realidad le habían servido de excusa para hacer lo que deseaba desde el momento en que conoció a Nick y cayó víctima de su magnetismo sexual. Lo había utilizado. Sí, de un modo extraño había utilizado a una persona por la que sentía gran simpatía para castigar a su padre.

Se produjo otro silencio, más prolongado, durante el cual Nick parecía considerar sus palabras y lo que no había dicho. Fueran cuales fuesen las conclusiones a que llegó, no debieron de gustarle mucho, pues de pronto dejó el vaso en la mesa y miró su reloj. Luego dijo:
–No es necesario que me acompañes.
–Te enseñaré el camino.
Frases amables entre dos extraños que una hora antes se habían entregado a la pasión. Miley se puso de pie pensando en ello. En aquel momento, Nick reparó primero en sus pies descalzos, después en el rostro y en la cabellera suelta. Vestida con una simple bata, Miley no era la misma joven del club, con su vestido sin tirantes y su esmerado peinado. Antes de que él hablara, Miley supo lo que le preguntaría.
–¿Cuántos años tienes?
–No tantos... como crees.
–¿Cuántos? –insistió él.
–Dieciocho.

Miley esperaba una reacción más o menos temible, pero él se quedó mirándola durante un largo instante y después hizo algo que a ella le pareció absurdo. Se volvió, se inclinó sobre el escritorio y anotó algo en un pedazo de papel.
–Es mi número de teléfono en Edmunton –dijo con calma, tendiéndole la nota a Miley –. Permaneceré allí otras seis semanas. Después Sommers sabrá el modo de ponerse en contacto conmigo.

Cuando Nick se fue, Miley se quedó pensativa. Aquel número de teléfono... Si al dárselo trataba de sugerirle que lo llamara alguna vez, era una acción arrome, grosera y completamente odiosa. Y por supuesto, humillante.

Durante casi toda la semana siguiente Miley se sobresaltaba cada vez que sonaba el teléfono, temerosa que fuera Nick. El recuerdo de lo que habían hecho le causaba una enorme vergüenza, y quería olvidarlo y olvidar aquel hombre.
Pero pasó otra semana y se dio cuenta de que en realidad no quería olvidar a Nick. Tras librarse del sentimiento de culpa y el miedo a ser descubierta, se descuidó pensando constantemente en Nick y reviviendo aquellos momentos que días antes quería olvidar. Por la noche, tendida en la cama con la cara apretada contra almohada, sentía el sabor de los labios de Nick en las mejillas y en el cuello, y recordaba cada palabra que él le había susurrado con un ligero temblor en la voz. Pensó también en otras cosas, como el placer que le había producido pasear con él por el parque de Glenmoor y la manera en que se había reído con las anécdotas que ella contaba. Miley se preguntaba si también Nick pensaría en ella; y si lo hacía, por qué no llamaba.
Tras otra semana sin que Nick diera señales de vida, Miley concluyó que ella debía de ser «prescindible» y que sin duda no le parecía lo bastante «excitante» ni «receptiva». Trató de recordar todo lo que ella le había dicho. ¿Pudo haberlo ofendido inconscientemente? Por ejemplo, cuando le contó la razón por la que se había acostado con él, ¿no lo habría herido en su orgullo? Resultaba difícil de creer. Nicholas Farrell no dudaba su virilidad y del atractivo que ejercía sobre las mujeres. Le había seguido el juego solo minutos después de haberla conocido, en cuanto empezaron a bailar. Así pues, lo más probable era que no hubiese llamado debido a su edad. Miley era demasiado joven para que Nick se molestara por ella.

A la semana siguiente Miley decidió olvidarlo. Llevaba un retraso en su menstruación de dos semanas y la joven deseaba de todo corazón no haber conocido nunca a ese hombre. Con el paso de los días, Miley no podía pensar en otra cosa que no fuera la posibilidad de un embarazo. Una posibilidad aterradora. Demi estaba en Europa y no tenía a nadie a quien recurrir en busca de apoyo. Esperó y rezó, prometiendo fervientemente a Dios que si no estaba embarazada no volvería a hacer el amor hasta después de casarse.

Pero o bien Dios no escuchaba sus oraciones o era inmune al soborno. De hecho, la única persona que parecía advertir que Miley se debatía en silenciosa agonía era su padre.
–¿Qué te pasa, Miley? –le preguntaba una y otra vez.
–No me pasa nada.
Hasta hacía poco el mayor problema de su vida era a qué universidad ir. Ahora eso carecía de importancia y ella estaba demasiado preocupada para discutir con su padre sobre lo ocurrido con Nick en Glenmoor, demasiado ausente para seguir pugnando con él, dominada por aquella terrible ansiedad.

Habían transcurrido seis semanas y ya llevaba dos faltas en su período. Miley se sentía aterrorizada. Trataba de infundirse ánimos pensando que no se sentía mal por las mañanas ni en ningún otro momento del día, pero de todos modos concertó una cita con el médico.
Acababa de hacerlo cuando su padre llamó a la puerta de la habitación. Entró esgrimiendo un gran sobre que le entregó a su hija. En el remitente se leía «Universidad del Noroeste».
–Tú ganas –dijo Philip sin más retórica–. No puedo soportar verte así por más tiempo. Quieres ir a esa universidad, pues ve. Pero los fines de semana vendrás a pasarlos aquí, y eso no es negociable.
Miley abrió el sobre, en el que le notificaban que había sido aceptada para el semestre de otoño. La joven hizo un esfuerzo por sonreír.

Miley no acudió a su propio médico, porque era un un viejo amigo de su padre. Había concertado la cita muy lejos de su casa y su ambiente, en la zona sur de Chicago, para tener la seguridad de no encontrar alguna cara conocida. En una sórdida clínica de planificación familiar el atareado médico que la atendió confirmó los peores temores de la joven: estaba embarazada.
Miley escuchó el diagnóstico con mortal tranquilidad, pero durante el viaje de regreso a casa empezó sentirse aturdida, y ya en su habitación se vio poseída por el pánico. No podía afrontar la idea del aborto, ni estaba dispuesta a entregar a su hijo en adopción. Tampoco se sentía capaz de decirle a su padre que iba a convertirse en madre soltera y, en consecuencia, en el nuevo escándalo de la familia Bancroft. Solo le quedaba una alternativa. Llamó al número que Nick le había dado. Al no obtener repuesta, telefoneó a Jonathan Sommers y, con el pretexto de que Nick había olvidado un objeto personal, le pidió la dirección. Sommers se la dio y le comentó que Farell aún no había salido hacia Venezuela.

Philip no se encontraba ese día en la ciudad, circunstancia que Miley aprovechó. Metió lo imprescindible en una pequeña maleta, dejó una nota informando de que estaba con unos amigos y subió al coche para dirigirse a Indiana.
En su desesperado estado mental, Edmunton le pareció una ciudad sombría: un cúmulo de chimeneas, fábricas y acererías. La dirección de Nick la llevó a una distante zona rural que le produjo la misma triste impresión que la ciudad. Después de media hora de viajar por una carretera rural y luego por otra, Miley tuvo que renunciar a encontrar la calle de Nick, y se detuvo para preguntar en una ruinosa estación de servicio.

Un mecánico obeso, de mediana edad, se quedó mirando primero el Porsche de Miley y después a ella, de un modo que hizo que la joven se estremeciera. Le indicó la dirección que buscaba y entonces el hombre se volvió y gritó:
–Eh, Nick. ¿No es esta tu calle?
Miley abrió los ojos desorbitadamente cuando el hombre que estaba reparando un camión viejo sacó la cabeza de debajo del capó. Era Nick. Tenía las manos llenas de grasa, vestía unos vaqueros viejos y raídos y poseía el aspecto del mecánico de un pueblo remoto y semiabandonado. Miley quedó tan asombrada y estaba tan asustada de su embarazo, que fue incapaz de ocultar sus sentimientos mientras se dirigía hacia él. Nick se dio cuenta y dejó de sonreír. Sus facciones se endurecieron y cuando habló, sus palabras carecían de toda emoción.
–Miley –dijo con un breve gesto de asentimiento–. ¿Qué te trae por aquí?

No la miró, sino que se concentró en limpiarse las manos con un trapo que se sacó del bolsillo trasero del pantalón. Miley tuvo la opresiva sensación de que él sabía la causa de su presencia allí, lo que explicaba la repentina frialdad de su acogida. Deseó morir, con la misma convicción que deseó no haber acudido a aquel lugar. Sin duda cualquier ayuda que Nick le prestara sería forzada.
–En realidad... nada –mintió Miley , acompañando sus palabras de una sonrisa vacía. Volvió al coche y tenía ya una mano en la palanca de cambios cuando añadió–: Salí a pasear y sin darme cuenta me metí por esta zona. Supongo que será mejor que me vaya y...

Nick levantó la mirada y ella se interrumpió. Aquella mirada parecía conocer todos los secretos de su corazón.
Nick abrió la portezuela del Porsche.
–Yo conduciré –dijo, y Miley obedeció de inmediato. Bajó del coche para cederle el asiento del conductor y, rodeando el vehículo, se sentó a su lado. Por su parte, Nick se dirigió al tipo rollizo que permanecía junto al Porsche, observando la escena con la repulsiva fascinación de una persona más educada–. Volveré dentro de una hora.
–Diablos, Nick, ya son las tres y media –le recordó el hombre, y al sonreír dejó al descubierto una dentadura mellada–. Tómate el resto del día. Una mujer con tanta clase como esa merece pasar más de una hora contigo.


Miley se sintió totalmente humillada y, por si fuera poco, Nick pareció furioso al arrancar el coche y ir a toda velocidad por la tortuosa carretera rural, levantando una nube de polvo.
–¿Te importaría ir más despacio? –rogó Miley con voz temblorosa. Para su sorpresa y alivio, Nick obedeció. Tratando de romper el hielo, ella tomó la iniciativa–. Creí que trabajabas en una fundición –fue lo primero que se le ocurrió decir.
–Y así es. Pero los fines de semana me saco unos dólares como mecánico.
–¡Oh! –musitó ella, incómoda. Poco después tomaron una curva y Nick dirigió el coche al claro de un pequeño bosque. Había una vieja mesa para picnic. Al lado de una destartalada parrilla de ladrillo se veía una angosta tabla de madera caída, con la inscripción «Terreno de esparcimiento para automovilistas. Cortesía del club de Leones de Edmunton».

Nick apagó el motor y, en el silencio que siguió, Miley miró hacia delante, sintiendo en los oídos los frenéticos latidos de su corazón. Intentaba adaptarse al hecho de que aquel extraño que estaba a su lado era la misma persona con la que había reído y hecho el amor apenas seis semanas antes. El dilema que la había llevado hasta allí pendía sobre su cabeza como una espada de Damocles, y se sentía presa de la indecisión. Trataba de reprimir el llanto. Él hizo un movimiento y Miley dio un respingo, mirándolo fijamente. Nick bajó del coche, se acercó a la portezuela de Miley y la abrió para que ella saliera. La muchacha miró alrededor con falso interés.
–Bonito paisaje –dijo con voz tensa–. Pero de veras, tengo que volver a casa. Se me ha hecho tarde.
Nick se apoyó en la mesa para picnic y arqueó las cejas, como quien espera algo más. Miley pensó que deseaba una explicación verosímil de su visita. De todos modos, el incómodo silencio de Nick y su mirada fija amenazaban con destruir el precario control que ella se esforzaba en mantener. Los pensamientos que durante aquel día la habían torturado la mortificaban de forma más descarnada que nunca. Estaba embarazada y a punto de convertirse en madre soltera; su padre enloquecería de ira y dolor. ¡Estaba embarazada! Y el responsable de su angustia se hallaba sentado frente a ella. La observaba retorcerse como si no importara, con la indiferencia del científico que ve con el microscopio los frenéticos movimientos de un insecto. 

Súbitamente furiosa, Miley se volvió contra su verdugo e inquirió:
–¿Estás enojado por algo, o con tu silencio pretendes demostrar tu perversidad?