martes, 4 de marzo de 2014

Paraíso Robado - Cap: 55



–¿Está enamorado de tu qué?

–Joel es hijo de mi abuela política, pero como somos más o menos de la misma edad, acordamos considerarnos medio hermanos. El nombre del otro hilo es Jason.

Nick apretó los labios.

–Supongo –dijo con voz burlona– que Joel es homosexual.

A Miley no le gustó el tono de Nick, y su cara lo delató.

–Sí, lo es. ¡Pero no te atrevas a criticarlo! Es el hombre más gentil y amable que he conocido en mi vida. Jason, su hermano, no es homosexual, pero si un auténtico cerdo.

Nick dulcificó la expresión ante aquella encendida defensa del hermanastro homosexual. Luego levantó la mano, incapaz de reprimir el deseo de tocar a 
Miley.

–Quién hubiera dicho –comentó con la mirada fija en los iracundos ojos de la joven mientras le rozaba el brazo con los nudillos– que la orgullosa y correcta debutante que conocí hace años tenía también sus manchas familiares.

Olvidando a Patrick Farrell, que se había detenido en el primer peldaño y desde allí escuchaba fascinado la discusión, 
Miley apartó el brazo que Nick le acariciaba.

–Por lo menos yo no me he pasado la vida revolcándome por ahí. Y por supuesto no me acostaría con nadie con el pelo teñido de rosa –concluyó acaloradamente.

–¿Quién tiene el pelo teñido de rosa? –preguntó Patrick con voz ahogada y risueña, mientras subía los peldaños.

Nick miró distraídamente alrededor y vio que en aquel momento la cocinera colocaba una bandeja sobre la mesa del comedor.

–Es demasiado pronto para cenar –objetó frunciendo el entrecejo.

–Culpa mía –aclaró Patrick–. Pensé que el avión salía a medianoche, pero cuando fuiste a buscar a 
Miley me acordé de que el vuelo es a las once. Entonces le pedí a la señora Wilson que adelantara la cena una hora.
Miley se alegró del equívoco. La velada sería más corta y podría pedirle a Patrick que la dejara en su casa. Animada, se sentó a la mesa y comió con relativa comodidad. Patrick también la ayudó al introducir uno tras otro temas de conversación impersonales; ella participaba cuando no lo hacía Nick. En realidad, aunque Nick se sentaba a la cabecera de la mesa y ella a su derecha, se las arregló para no mirarlo a la cara, por lo menos hasta concluida la comida. El final de la comida fue también el principio de un nuevo rumbo en la velada.
Miley creía que Patrick no tenía idea de hasta qué extremos de inmoralidad había llegado su hijo, pero al levantarse de la mesa descubrió que su presunta ignorancia y neutralidad no eran más que una quimera.

–
Miley –le censuró el padre de Nick–, no le has dirigido la palabra a Nick desde que nos sentamos a la mesa. El silencio no te llevará a ninguna parte. Lo que vosotros dos necesitáis es una buena pelea para que todo salga a la superficie y se despeje la atmósfera. –Miró a su hijo, sonriéndole significativamente–. Podéis empezar tan pronto como le dé a Miley un beso de despedida. Spencer me espera en la puerta.
Miley se apresuró a intervenir:

–No va a haber ninguna pelea. De hecho, tengo que marcharme. ¿Puede dejarme en casa camino al aeropuerto?

La voz de Patrick sonó tan implacable como paternal y cariñosa:

–No seas tonta, 
Miley  Te quedarás aquí con Nick y él te llevará a casa más tarde.

–¡No soy tonta! Señor Farrell...

–Papá...

–Lo siento... papá –se corrigió, y comprendiendo que era su única ocasión para ganarse el apoyo de Patrick, puso manos a la obra–. Creo que usted no sabe por qué estoy aquí. Estoy aquí porque su hijo me ha chantajeado y coaccionado para que salga con él durante un período de once semanas.

Esperaba sorprenderlo y que se enfrentara con su hijo, pero en lugar de eso, Patrick la miró fijamente, sin el menor signo de vacilación. Cuando habló, lo hizo para apoyar a Nick.

–Nick hizo lo que era necesario para impedir que obres de un modo que luego ambos lamentaríais durante el resto de vuestras vidas.
Miley dio un paso atrás, como si la hubieran abofeteado. Tras unos segundos de asombrado silencio, pasó decididamente al ataque.

–No debería haberles contado a ninguno de los dos lo que sucedió entonces. Esta noche he pensado que usted no sabía por qué estoy aquí... –Desalentada por su propia ingenuidad, negó con la cabeza y añadió–: Tenía la intención de contárselo y pedirle que intercediera.

Patrick Farrell alzó la mano en un gesto desvalido. Quería que 
Miley lo comprendiera. Miró a Nick, que contemplaba impasible la escena.

–Tengo que marcharme –anunció Patrick, y después agregó con voz serena–: 
Miley, ¿quieres que le diga algo a Julie de tu parte?

–Puede ofrecerle mis condolencias –replicó ella en voz baja, volviéndose en busca de su bolso y su abrigo– por haber sido criada en una familia de desalmados. –No se dio cuenta de que Nick apretaba los dientes, pero sintió la mano de Patrick sobre su hombro. Se detuvo, pero sin volverse. Entonces él la soltó.

Cuando la puerta se cerró tras Patrick, en el ambiente se produjo un denso silencio... 
Miley dio un paso adelante para recoger sus cosas, pero Nick la tomó de un brazo y la obligó a volverse.

–Quiero recoger mi bolso y mi abrigo y marcharme.

–Tenemos que hablar, 
Miley –le respondió Nick con el tono frío y autoritario que ella tanto odiaba.

–Tendrás que retenerme por la fuerza –le espetó ella–. Y si lo haces, mañana serás arrestado con una orden judicial. Te lo juro. Después ya veremos qué pasa.

Entre frustrado y divertido, Nick le recordó:



–Dijiste que querías que nuestros encuentros fueran privados.

–¡Dije secretos!

Nick advirtió que aquello no conducía a nada y que la animosidad de 
Miley crecía por momentos. Entonces tomó un camino que hubiera deseado evitar: la amenaza.

–¡Llegamos a un acuerdo! ¿O es que ya no te importa lo que le ocurra a tu padre? –Por respuesta, 
Miley le lanzó una mirada de tal desprecio que Nick se preguntó si estaría equivocado al afirmar que la joven era incapaz de odiar–. Vamos a hablar esta noche –dijo él, suavizando el tono–, aquí o en tu casa, si lo prefieres. Decide.

–En mi casa –afirmó ella con resentimiento.

El cuarto de hora de viaje lo hicieron en completo silencio. Cuando ella abrió la puerta de su apartamento, la tensión entre ambos era evidente.
Miley encendió una lámpara y se dirigió al hogar, pues era el lugar más alejado de donde él estaba.

–Has dicho que querías hablar –le recordó con acritud. Cruzó los brazos sobre el pecho y esperó a que Nick iniciara su nuevo intento de coaccionarla, que sin duda era lo que iba a hacer. Apoyada en la repisa de la chimenea esperó un comentario, pero como no se produjo la ira fue dando paso al desconcierto. Nick se limitó a meter las manos en los bolsillos y, de pie en el centro del salón, paseó la mirada alrededor, deteniéndose como fascinado en todos los detalles, en el mobiliario, en los objetos más triviales.

Sumida en el desconcierto, 
Miley vio cómo él cogía una fotografía de Parker, colocada en un mareo antiguo y labrado. Miró un momento la fotografía, después la dejó en su sitio. Observó atentamente el secreter –una pieza de anticuario–, que Miley utilizaba como escritorio; luego contempló la mesa del comedor, con sus candelabros de plata, y después los sillones tapizados de algodón que había frente al hogar.

–¿Qué haces? –le preguntó por fin 
Miley, recelosa.

Nick se volvió y el regocijo de su mirada fue casi tan asombroso como sus palabras.

–Estoy satisfaciendo años de curiosidad.

–¿Qué curiosidad?

–La que tú me inspiras –respondió, y de no haber sabido que era imposible, ella habría jurado que en el rostro de Nick había una enorme ternura–. La que me inspiran los objetos que te rodean.

Deseando haber permanecido en campo abierto en lugar de buscar el refugio del hogar, 
Miley lo vio acercarse y detenerse frente a ella. Se había vuelto a meter las manos en los bolsillos.

–Te gusta el algodón –comentó Nick con una cálida sonrisa–. No sé, nunca lo hubiera imaginado. Aunque va contigo... las antigüedades, las flores vivas. Cálido y acogedor. Me gusta mucho.

–Bien, ya puedo morirme feliz –replicó 
Miley  recelando del calor de su sonrisa y su mirada–. Ahora dime lo que tengas que decir.

–Por una parte me gustaría saber por qué estás más enojada hoy que ayer.

–Te lo diré –aseguró ella con voz temblorosa por el esfuerzo que hacía para no dar rienda suelta al resentimiento–. Ayer me rendí a tu chantaje y accedí a que nos viéramos durante once semanas, pero no participaré, no participaré –recalcó repitiendo las palabras– en esta farsa que tu quieres poner en escena.

–¿Qué farsa?

–Pretender que deseas una reconciliación, como hiciste ante tus abogados el martes y ante tu padre esta noche. Lo que buscas es la venganza, y la has encontrado de una manera más sutil y barata que llevando a mi padre ante los tribunales.

–En primer lugar –apuntó Nick–, podría haber originado un desastre público ante un juez con el dinero que voy a darte si todo esto no sale bien. Lo que pretendo no tiene nada que ver con la venganza, 
Miley –prosiguió con voz enérgica–. En la reunión te dije cuál era mi propósito. Existe algo entre nosotros, siempre ha existido y ni siquiera once años de separación han podido destruirlo. Quiero darnos una oportunidad.
Miley se quedó perpleja y con los ojos abiertos desorbitadamente. Estaba dividida entre la ira por tan ultrajante embuste y el regocijo que le causaba pensar que él pudiera creerla tan est/úpida como para morder el anzuelo.

–¿Tengo que pensar que durante todos estos años has estado más o menos enamorado de mí o algo así...? –Se interrumpió, reprimiendo una carcajada histérica e iracunda.

–¿Me creerías si te contesto que sí?

–Tendría que ser muy imb/écil para creerte. Ya te he dicho que, como cualquier lector de periódicos y revistas, sé que te has acostado con cientos de mujeres.

–Es una exageración ultrajante y tú lo sabes. –
Miley arqueó las cejas, pero no rompió su escéptico silencio–. ¡Maldita sea! –exclamó Nick, mesándose con enojo el cabello–. No esperaba esto. No, no esto. –Se separó de ella, se volvió y habló con amarga ironía–. ¿Resultará más creíble si te convenzo de que durante años después de nuestro divorcio tu imagen me persiguió a todas partes y en todo momento? ¡Pues es cierto! ¿Te gustaría saber por qué trabajé como un imb/écil y me arriesgué como un loco con el fin de doblar y triplicar cada centavo que ganaba? ¿Quieres que te diga qué hice cuando amasé el primer millón de dólares?

Turbada e incrédula, 
Miley hizo un ligero e inconsciente gesto de asentimiento.

–Ese dinero lo gané llevado por mi obsesión de demostrarte que era capaz de hacerlo. Y aquella noche brindé por ti con champán. No fue un brindis amistoso, pero sí elocuente a su manera. Dije: «por ti, esposa mercenaria, que lamentes durante mucho tiempo el día en que me volviste la espalda»... –Nick hizo una pausa y luego prosiguió su amargo discurso–: ¿Quieres que te cuente cómo me sentía al descubrir que todas las mujeres que arrastraba a la cama eran rubias como tú, tenían ojos azules como tú... y que por eso me acostaba con ellas? Inconscientemente, era a ti a quien hacía el amor.

–Eso es repugnante –susurró 
Miley con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

–¡Lo mismo sentí yo! –Se situó frente a ella y dulcificó el tono de voz–. Y puesto que es la hora de confesar, te toca a ti.

–¿Qué quieres decir? –inquirió 
Miley  incapaz de creerlo que él le había contado, aunque convencida de que de algún modo Nick pensaba que estaba diciendo la verdad...

–Empecemos con tu escéptica reacción a mis palabras cuando afirmé que siempre ha existido algo entre nosotros.



–¡No hay nada entre nosotros!

–¿No te parece extraño que los dos hayamos permanecido solteros durante todos estos años?

–No.

–Y en la casa de Edmunton, cuando me pediste una tregua, ¿no sentías nada por mí en aquel momento?

–¡No! –afirmó 
Miley, mintiendo conscientemente.

–O en mi despacho... cuando fui yo quien te pidió la tregua. –Lanzaba las preguntas como un inquisidor.

–Nunca sentí nada, excepto tal vez... qué sé yo, una especie de amistad –declaró 
Miley con cierta desesperación.

–¿Y amas a Reynolds?

–Sí.

–Entonces, ¿qué diablos hacías en la cama conmigo el pasado fin de semana?
Miley respiró temblorosamente.

–Fue algo que... sucedió. No tenía significado alguno. Tratábamos de consolarnos mutuamente, eso es todo. Fue... agradable, no lo niego, pero nada más.

–¡No me mientas! Gozamos el uno del otro hasta un punto increíble. ¡Lo sabes! –
Miley guardó silencio y él siguió presionándola. –Y como es natural, no sientes deseo alguno de volver a hacer el amor conmigo...

–Así es.

–¿Me concedes cinco minutos para demostrarte que estás completamente equivocada?

–¡Por supuesto que no!

–¿Crees de veras que soy tan ingenuo como para no saber que aquel día en la cama me deseabas tanto como yo a ti? –preguntó Nick, recuperando la calma.

–Estoy segura de que tienes la experiencia necesaria para adivinar los sentimientos de una mujer –replicó ella, demasiado enojada para percatarse de lo que admitía–. Pero a riesgo de herir tu censurable confianza, te diré con exactitud cómo me sentí aquel día en la cama contigo. Me sentí ingenua, torpe y desmañada.

–¿Qué?

–Ya me has oído –respondió ella, sintiéndose decepcionada al comprobar que, en lugar de enojarse, Nick se apoyó en la repisa de la chimenea y soltó una carcajada. Rió hasta que 
Miley se puso tan furiosa que deseé huir de allí. Entonces él recuperó la compostura.

–Lo siento –se disculpó con mirada amable. Levantó la mano y rozó la suave mejilla de 
Miley  asombrado y feliz al descubrir que a pesar de su belleza, ella no se había pasado la vida de cama en cama. De haberlo hecho, en lugar de sentirse torpe haciendo el amor con él habría sabido con certeza que con una sencilla caricia encendía la llama de su pasión–. ¡Dios mío, eres adorable! –susurró Nick–. Por dentro y por fuera. –Se inclinó para besarla, pero ella apartó la cara y la besó en la oreja–. Si me besas –susurró Nick con voz ronca, al tiempo que le rozaba con los labios la mandíbula–, subiré la cifra a seis millones. Si te acuestas conmigo esta noche –prosiguió, perdiéndose en la esencia de su perfume y en la dulzura de su piel–, te daré el mundo. Pero si accedes a vivir conmigo –musitó rozándole la mejilla y la comisura de los labios con la boca–, te daré mucho más que eso.
Miley no podía escapar, pues el cuerpo de Nick le cerraba el paso. Intentó hablar con desdén, tratando de ignorar la excitación que le producían los roces de la boca de su enemigo.

–¡Seis millones de dólares y el mundo entero! –exclamó con voz ligeramente temblorosa–. ¿Qué más podrías darme si me voy a vivir contigo?

–El paraíso. –Levantando la cabeza, Nick le tomó la barbilla entre los dedos y la obligó a mirarlo. Su voz sonó solemne–. Te entregaré el paraíso en bandeja de plata. Cualquier cosa que quieras, todo lo que quieras. Pero yo voy con ello. Es un lote completo. –
Miley trago saliva, intimidada por la mirada de sus ojos grises y su voz profunda–. Formaremos una familia –continuó Nick, describiendo el paraíso que le ofrecía, mientras se inclinaba de nuevo hacia ella–. Tendremos hijos... Yo quisiera seis –bromeó rozándole las sienes con los labios–, pero me contentaré con uno. No tienes que decidirlo enseguida. –La joven respiró hondo y él decidió que ya había llegado bastante lejos aquella noche. Se irguió con brusquedad y le dio a Miley  un golpecito bajo el mentón–, Piénsalo –sugirió con una sonrisa.
Miley se quedó estupefacta al ver que Nick se volvía y se dirigía a la puerta en silencio. Cuando salió, Miley no pudo apartar la vista de allí, sin moverse. Su mente intentaba digerir todo cuanto Nick había dicho. Por fin, se aferró al respaldo de un sillón y, rodeándolo, se hundió en él. No sabía si reír o llorar. Él mentía, tenía que estar mintiendo. O estaba loco. Esta última posibilidad explicaría su firme determinación de perseguir un objetivo inalcanzable, un objetivo que se había propuesto hacia once años: demostrar que era lo bastante bueno para casarse con ella, con una Bancroft. Miley había leído artículos que describían los enfrentamientos de Nick en el mundo de los negocios. Luchas encarnizadas con la competencia o con las víctimas de una fusión de compañías. En tales artículos se daba a entender que era un hombre casi inhumanamente obsesivo. Si se fijaba una meta, no se detenía hasta llegar a ella.
Miley lanzó una risa histérica, de pánico, al darse cuenta de que ella era la siguiente adquisición de Nick Farrell, su más reciente compra hostil. No estaba dispuesta a creer que él había pasado años colgado de su recuerdo después del divorcio. Si ni siquiera le había dicho nunca que la amaba. No se lo había dicho durante una noche de pasión, ni después de saciado su apetito.

Sin embargo, sí creía algunas de las cosas que él le acababa de decir. Era probable que Nick se hubiera pasado los primeros años, después de la separación, trabajando duro para demostrarle a ella, y sin duda a su padre, que era capaz de amasar una fortuna. Él era así, pensó 
Miley  esbozando una sonrisa irónica. También coincidía con su personalidad aquel brindis con el que festejó su primer millón de dólares. Vengativo hasta el final, siguió pensando la joven, divertida. No tenía nada de extraño que se hubiera convertido en una fuerza con la que había que contar en el mundo de los negocios. Se le ocurrió que sus pensamientos eran demasiado blandos, dadas las circunstancias, y a regañadientes reconoció el motivo. Nick había dicho otra verdad: siempre hubo algo entre ellos. Desde el primer encuentro, tan lejano. En cuanto se conocieron, surgió de inmediato una atracción mutua, inexplicable. Y aquel lazo se fue estrechando durante los días que ella pasó en su casa de Edmunton. Sí, lo había sentido, y ahora que Nick admitía sentir lo mismo, ella estaba impresionada. Y esta atracción había pugnado por aflorar a la superficie el día del almuerzo, de tan triste final. Finalmente, en su casa de Edmunton floreció cuando ella le estrechó la mano sellando la paz. Después se hizo más fuerte, más vibrante, cuando sentados en el comedor, aquella misma noche, hablaron de negocios. En cierto modo, era como si ambos hubieran nacido siendo amigos. A ella le resultaba imposible odiar de veras a Nick, hiciera lo que hiciese.

Con un suspiro de desconcierto se levantó de la silla, apagó la luz y se dirigió a su dormitorio. Se estaba desabrochando la blusa, de pie al lado de la cama, cuando el resto de las palabras de Nick, las que ella se resistía inflexiblemente a recordar, le golpearon la mente: «Si te acuestas conmigo esta noche te daré el mundo. Pero si accedes a vivir conmigo... te entregaré el paraíso en bandeja de plata. Cualquier cosa que quieras, todo lo que quieras. Pero yo voy con ello. Es un lote completo».

Agitada por el recuerdo, 
Miley se quedó quieta durante largos instantes, luego sacudió con energía la cabeza como queriendo desprenderse de aquel acoso. Terminó de desabrocharse la blusa. Aquel hombre era letal. No tenía nada de extraño que las mujeres se le rindieran sin condiciones. ¡El mero recuerdo de su voz susurrándole esas cosas al oído la hacía temblar! Miley sonrió pensando en ello, pero de pronto su sonrisa desapareció al ocurrírsele que Nick le habría ofrecido el mismo paraíso a docenas de mujeres. Sin embargo, la prensa sensacionalista nunca dio a entender que el temido financiero viviera con alguien. Miley se sintió mucho mejor al recordar este detalle, pero estaba tan exhausta que no se preguntó el motivo.

Ya en la cama, se acordé de Parker y se le cayó el alma a los pies. A pesar de la manera en que se habían separado, la joven sabía que, en el fondo de sus corazones, ninguno de los dos deseaba la ruptura. Pero no la había llamado en todo día. ¿Tal vez esperaba que fuera ella quien tomara la iniciativa? Le llamaría... por la mañana, y le haría comprender.

Esta noche, no. Por la mañana.

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Paraíso Robado - Cap: 54



–¿Cómo te fue con Farrell? –preguntó Parker en cuanto entró en el apartamento de Miley. Venía dispuesto a salir con ella para celebrar lo que suponía era el inminente divorcio, pero su sonrisa se desvaneció al ver que 
Miley meneaba la cabeza con pesimismo–. Miley  ¿qué ha ocurrido? –preguntó Parker, asiéndola de los brazos.

–Creo que será mejor que te sientes –le advirtió ella.

–Estoy bien –replicó él, turbado.

Diez minutos después, cuando 
Miley terminó de contarle toda la historia, Parker ya no parecía turbado, sino furioso... con ella.

–¿Y has cedido?

–¡Qué remedio! –exclamó 
Miley- . Tenía todas las cartas en la mano, yo ninguna. Y me lanzó un ultimátum. Bueno, la cosa no es tan trágica –añadió esforzándose por sonreír para tranquilizarlo–. He tenido un par de horas para pensarlo y he llegado a la conclusión de que más que un inconveniente, es un gran enojo. Sobretodo, si miramos las cosas con objetividad.

–Yo soy completamente objetivo y no estoy de acuerdo –repuso Parker con dureza.

Por desgracia, 
Miley se sentía demasiado fatigada y dominada por la culpa, lo que le impidió advertir que a Parker lo ayudaría que ella se sintiera peor ante la perspectiva de salir con Nick durante once semanas.

–Mira –le dijo lanzándole otra sonrisa de aliento–, incluso si yo hubiera podido ir a cualquier parte para divorciarme, todavía quedaría el problema de los acuerdos económicos, porque hay que tratar ambas cosas por separado. En cambio, ahora todo quedará resuelto en un plazo de seis meses.

–Así es –replicó Parker con rabia–. ¡Y tres de esos seis meses los pasarás con Farrell!

–Ya te he dicho que, según él mismo aclaró, el contrato no incluye relaciones íntimas. Lo que significa que nos quedará la mitad de la semana para nosotros.

–Muy generoso por parte de ese hijo de pu/ta.

–Pierdes la perspectiva –le advirtió 
Miley  asombrándose de que cada cosa que decía irritaba aún mas a su prometido–. Nick hace todo esto para vengarse de mi padre, no porque me desee.

–¡Una mie/rda, 
Miley! Farrell no es homosexual ni está ciego, y está decidido a tenerte, cómo y cuando pueda. Como tú misma me has dicho al contarme lo ocurrido en la reunión, los abogados de ese bastardo afirmaron una y otra vez que Farrell se considera tu marido. ¿Y sabes lo que más me enfurece de todo esto?

–No –respondió 
Miley con lágrimas de frustración–. Supongamos que me lo dices tú, si es que eres capaz de hacerlo sin resultar vulgar y autoritario...

–¿Qué? –masculló Parker, furioso–, Así que soy vulgar y autoritario. Farrell te hace una proposición obscena, pero el vulgar y el autoritario soy yo. Bueno, te diré lo que me resulta más doloroso y repulsivo de todo este asunto ¿Sabes qué es? Pues que a ti no parece molestarte demasiado. Míralo bien. Farrell te ofrece cinco millones de dólares por revolcarte con él cuatro veces a la semana. Pero el vulgar soy yo. ¿A cuánto sale la transacción? ¿A unos cien mil dólares más o menos cada vez?

–Si quieres que te hable con toda claridad, si quieres cálculos y datos, Nick es técnicamente mi marido. –El cansancio y la frustración de 
Miley habían dado paso a la ira.

–¿Y qué diablos soy yo técnicamente? ¿Una verruga?

–No, tú eres mi novio.

–¿Cuánto me harás pagar?

–Vete, Parker –ordenó con voz serena, hablando totalmente en serio.

–Está bien. –Parker se dispuso a obedecer. Cogió el abrigo, que había colocado en el respaldo del sillón, mientras 
Miley se quitaba el anillo de compromiso, luchando por contener las lágrimas.

–Toma esto –dijo tendiéndole el anillo a Parker, y añadió–: Llévatelo contigo.

Parker clavó la mirada en el anillo que su novia le devolvía y sintió que se disipaba parte de su ira.

–Por el momento puedes guardarlo –susurró. Se produjo un momento de silencio–. Estamos demasiado enojados para ver las cosas con claridad –prosiguió finalmente Parker–. Pero este asunto no me gusta, y eso es lo que me molesta. Yo estoy furioso y tú... ¿qué haces? Intentar que parezca una anécdota, una broma sin importancia.

–¡Maldita sea! Lo que he intentado hacer es suavizar las cosas para calmarte.

Parker vaciló inseguro, después tendió una mano y apretó la de 
Miley , con el anillo dentro.

–¿Eso es lo que hacías, 
Miley , o eso es lo que creías estar haciendo? Yo me siento como si el mundo se derrumbara y tú, que eres la que tiene que soportar a ese tipo durante tres meses, lo tomas mejor que yo. Creo que lo más conveniente sería que yo desapareciera de la escena hasta que sepas hasta qué punto soy importante para ti.
Miley replicó con voz tensa:

–Pues yo creo que deberías pasar parte de ese tiempo preguntándote por qué no has podido ofrecerme un poco de comprensión y simpatía en lugar de ver en todo este asunto un reto sexual a tu propiedad privada.

Parker salió dando un portazo y 
Miley se hundió en el sofá. Hacía solo unos días el mundo le había parecido brillante y prometedor. Ahora la tierra cedía bajo sus pies.

Como sucedía siempre que Nick Farrell merodeaba cerca de ella.



–Lo siento, señor, no puede aparcar aquí –le advirtió el portero cuando Nick bajó de su coche frente a la entrada principal del edificio de 
Miley.

Nick, con la mente puesta en su primera cita con ella, le puso al portero un billete de cien dólares en la mano enguantada y sin detenerse se dirigió a la entrada.

–Cuidaré de su coche, señor–le aseguró el portero.

La desmesurada propina era un adelanto para posibles favores futuros. Nick no se molestó en explicárselo, a sabiendas de que tampoco era necesario. Todos los porteros del mundo son maestros en diplomacia y saben lo que significa una propina del calibre de cien dólares. En aquel momento Nick no estaba seguro de qué servicios podría prestarle aquel hombre, pero lo lógico era tener de su lado al portero de 
Miley.

En la mesa del vestíbulo el guardia de seguridad repasó la lista, vio el nombre de Nick y le hizo una seña cortés.

–Señorita Bancroft. Apartamento 505. La llamaré por el intercomunicador para decirle que va hacia allí. –Luego indicó a Nick dónde estaban los ascensores.
Miley estaba tan tensa que las manos le temblaban mientras se arreglaba el pelo con los dedos, ahuecándolo. Le caía sobre los hombros como si estuviese alborotado por el viento. Ante el espejo, dio un paso atrás para mirarse mejor. Llevaba puesta una camisa de seda de un verde vivo, y se ajustó el fino cinturón dorado. La falda, de lana, hacía juego con la camisa. Se puso unos grandes pendientes y una pulsera, todo de oro. Como estaba pálida, añadió un poco más de colorete a sus mejillas, y se disponía a darse otro toque de pintura en los labios cuando sonó el portero automático y del sobresalto se le cayó el pintalabios. Lo recogió, pero cambió de opinión, le puso la tapa y lo guardó en el bolso. Era innecesario presentar un buen aspecto ante Nicholas Farrell, que ni siquiera había tenido la cortesía de notificarle adónde iban para que ella pudiera vestirse adecuadamente. Además, si él pensaba seducirla, cuanto menos seductora se presentase, mejor.

Se encaminó a la puerta ignorando sus piernas temblorosas. Abrió y evitó mirar a Nick a la cara.

–Tenía la esperanza de que llegaras tarde –le dijo con sinceridad.

Nick no esperaba otro recibimiento. Además, 
Miley estaba tan hermosa vestida de verde esmeralda, con su brillante cabellera descuidadamente suelta sobre los hombros, que tuvo que reprimir el impulso de reír y abrazarla.

–¿Muy tarde?

–En realidad, tres meses.

Por fin Nick se echó a reír y ella elevó un poco la cabeza, aún incapaz de mirarlo a los ojos.

–¿Ya te estás divirtiendo? –preguntó la joven, observando sus anchos hombros enfundados en una chaqueta de sport. La camisa clara, con el cuello abierto, parecía brillar en contraste con la piel bronceada.

–Estás maravillosa –musitó él, como si no hubiera oído el comentario de 
Miley.

Todavía sin mirarlo, ella se volvió y se dirigió al armario para buscar el abrigo.

–Como no has tenido la gentileza de decirme adónde vamos –dijo mientras descolgaba la prenda–, no sabía cómo vestirme.

Nick no respondió, consciente de que ella se resistiría cuando supiera adónde iban.

–Estás perfectamente vestida –aseguró.

–Gracias, ahora ya estoy más tranquila –ironizó 
Miley.  Con el abrigo en la mano se volvió y tropezo con el pecho de Nick–. ¿Te importaría moverte?

–Te ayudaré a ponerte el abrigo.

–¡No me ayudes! –le espetó ella, haciéndose a un lado–. ¡No me ayudes con nada! ¡No vuelvas a ayudarme!

Él la tomó de un brazo con suavidad, pero la obligó a volverse.

–¿Va a ser así toda la noche? –susurró.

–No –le respondió 
Miley con rencor–. Esto es lo mejor de la velada.

–Sé lo enojada que estas...
Miley perdió el miedo a mirarlo.

–¡No, no lo sabes! –lo interrumpió con voz airada–. Crees que lo sabes y ni siquiera te lo imaginas. –Había planeado matarlo de aburrimiento, pero solo con verlo arrojó el plan por la borda. No se mostraría distante y silenciosa–. En tu despacho me pediste que confiara en ti, y luego utilizaste en mi contra todo lo que te había contado de lo ocurrido hace once años. ¿Crees de veras que puedes arruinarme la vida un martes y luego presentarte aquí el miércoles con la esperanza de que todo sea de color de rosa? ¡Hipócrita, desalmado!

Nick clavó la mirada en aquellos ojos atormentados y por un momento pensó seriamente en confesarle que estaba enamorado de ella. Desistió por dos razones: una que ella no le creería después de lo sucedido el día anterior; otra que, aunque lo creyera, no iba a servir de nada, sino al contrario, ya que le daría un pretexto para romper el acuerdo firmado. Ese era un lujo que Nick no podía permitirse. La joven había dicho que entre ambos no había más que el recuerdo de un pasado horrible; él quería demostrarle lo contrario, demostrarle que el futuro, juntos, podía depararles algo muy positivo y novedoso, no una repetición del pasado. Pero Nick necesitaba tiempo, el tiempo acordado. En ese punto no podía ceder, pues de lo contrario sería imposible romper la barrera defensiva de 
Miley.  De modo que en lugar de dialogar o discutir, se embarcó en la primera fase de la campaña psicológica que tenía planeada para derribar sus defensas, cuyo objetivo era hacerle comprender que no todo lo ocurrido en el pasado era culpa suya.

Tomó el abrigo de manos de 
Miley y le ayudó a ponérselo.

–Sé que ahora te parezco un hipócrita desalmado, y no te culpo. Pero por lo menos hazme el favor de recordar que hace once años no fui yo el villano.

Ignorándolo, 
Miley echó a andar sin decir palabra, pero tuvo que detenerse cuando él le puso las manos sobre los hombros. Nick la obligó a volverse gentilmente, y luego esperó a que ella levantara la mirada.

–Ódiame por lo que hago ahora –dijo él con firmeza–, puedo aceptarlo, pero no me odies por el pasado. Fui víctima de las maquinaciones de tu padre tanto como lo fuiste tú.

–¡Entonces tú ya eras un desalmado! –exclamó 
Miley al tiempo que se libraba de él y cogía el bolso–. Apenas te molestaste en escribir desde Venezuela.

–Te escribí docenas de cartas –le aseguró Nick, abriendo la puerta y cediéndole el paso–. Incluso eché la mitad de ellas al buzón –añadió con una sonrisa irónica–. Y tú no eres quién para censurarme por eso. ¡Solo me escribiste seis cartas en todos esos meses!

Frente a los ascensores, 
Miley lo observó pulsar el botón de llamada. Pensó que Nick decía lo de las cartas para descargarse de culpa, porque ya no había manera de probar nada. Sin embargo, de pronto la asaltó el recuerdo de una frase... Sí, fue durante una conversación telefónica con Nick. En aquel momento ella había interpretado sus palabras como una crítica a su estilo literario. «No eres una gran corresponsal...» Tal vez Nick se refería a que ella no escribía muy a menudo.

Hasta que el médico restringió su actividad física, 
Miley tuvo por costumbre salir al camino de entrada y depositar las cartas en el buzón de la familia. ¡Qué fácil para un sirviente, qué fácil para su... padre sacar las cartas del buzón! De hecho, las únicas cinco cartas que había recibido de Nick fueron las que el cartero le había entregado en mano, cuando ella lo esperaba en la puerta. Y quizá las únicas cartas recibidas por Nick fueron las que ella le dio en mano al cartero.

En su interior tomaba cuerpo la horrible sospecha. Sin querer, miró a Nick, pero luego reprimió el impulso de preguntarle sobre las cartas. Tras abandonar el vestíbulo, él la condujo a su lujoso Rolls–Royce, estacionado frente a la puerta de entrada. A la luz de un farol el vehículo resplandecía como una joya pulida.
Miley se deslizó en el interior, lujosamente tapizado de cuero. La joven se quedó mirando fijamente el parabrisas, mientras Nick arrancaba y se internaban en el tráfico. El automóvil era hermoso, pero ella pensó que antes se dejaría matar que admitir que todavía estaba pensando en el asunto de las cartas.

Al parecer, también Nick pensaba en lo mismo, porque al detenerse en un semáforo preguntó:

–¿Cuántas cartas mías recibiste?
Miley trató de no contestar, se esforzó honestamente por ignorar su existencia, pero era incapaz de sumirse en un sombrío silencio durante horas. En un enfrentamiento abierto se sentía más a sus anchas.

–Cinco –contestó con tono categórico.

–¿Y cuántas escribiste?



La joven vaciló, después se encogió de hombros y dijo:

–Al principio te escribía dos veces por semana como mínimo. Más tarde, en vista de que no contestabas, me limité a escribir una carta semanal.

–Te escribí docenas de cartas –repitió Nick, ahora, con más énfasis–. Estoy seguro de que tu padre interceptaba nuestras cartas, aunque se le escaparon las cinco que recibiste.

–Ahora ya no importa.

–¿No? –exclamó Nick con ironía–. Dios mío, cuando pienso con qué ansiedad esperaba el correo y cómo me sentía al comprobar día tras día que no llegaba...

La intensidad de su voz asombró a 
Miley casi tanto como las palabras mismas. Miró a Nick pensando que en realidad él nunca había mostrado el menor indicio de que ella significase nada, excepto como compañera de cama. Como persona, había sido un cero a la izquierda para ese hombre.

Al cabo de unos minutos, 
Miley rompió el silencio en que se habían sumido.

–¿Es pedir mucho que me digas adónde vamos?

Lo vio sonreír porque había sido ella quien había hablado.

–Aquí mismo –contestó, justo cuando el coche enfilaba la rampa del aparcamiento subterráneo situado junto al edificio en que vivía.

–¡Debería haberme figurado que intentarías una cosa así! –estalló 
Miley  dispuesta a salir del vehículo y escapar tan pronto como se detuviera.

–Mi padre quiere verte –dijo Nick con voz queda mientras aparcaba frente al ascensor, entre una limusina con matrícula de California y un Jaguar azul oscuro descapotable, tan nuevo que su matrícula era todavía provisional.

Dispuesta a subir si el padre de Nick estaba en la casa y deseoso de verla, 
Miley bajó del coche. Spencer, el fornido chófer de Nick, abrió la puerta. Tras él, Patrick Farrell subía ya los peldaños del vestíbulo con el rostro radiante.

–Aquí la tienes –dijo Nick con humor negro–. Te la traigo como te prometí que lo haría, sana y salva. Y terriblemente enojada conmigo.

Patrick extendió los brazos, sonriente, y 
Miley se refugió en ellos, apartando el rostro para que no la viera Nick.



Con un brazo todavía sobre los hombros de la joven, Patrick se volvió hacia el chófer.

–
Miley –dijo–, este es Spencer O’Hara. Creo que no os han presentado oficialmente.
Miley logró sonreír, aunque se sentía avergonzada, pues tenía presente que el chófer había presenciado las dos escenas que había montado.

–¿Cómo está usted, señor O’Hara?

–Es un placer conocerla, señora Farrell.

–Mi nombre es Bancroft –corrigió ella con firmeza.

–Claro –dijo él al tiempo que sonreía a Nick irónicamente–. Pat –prosiguió encaminándose a la puerta–, te recogeré más tarde abajo.

La última vez que estuvo allí 
Miley no había tenido el ánimo suficiente para observar el lugar. Ahora tampoco, pero se sentía demasiado tensa para mirar a nadie, de modo que paseó la mirada alrededor y quedó impresionada, aunque le costaba admitirlo. El apartamento de Nick ocupaba el último piso del edificio, las paredes exteriores eran de cristal, ofreciendo así una vista espectacular de las luces de la ciudad. Tres suaves peldaños frente al vestíbulo de mármol conducían a las distintas secciones del apartamento, que no estaba dividido por paredes, sino por parejas de columnas de mármol, ofreciendo así una impresionante perspectiva. Primero se descendía a un salón tan espacioso que había varios sofás y numerosos sillones y mesas. A la derecha había un comedor, elevado como el vestíbulo, y más arriba, otro cuarto de estar más pequeño, cómodo, con un bar delicadamente labrado. En general el lugar estaba diseñado y amueblado para celebrar fiestas y reuniones; llamativo, impresionante y opulento, con sus distintos niveles y suelos de mármol. Sin duda era el polo opuesto del apartamento de Miley  a la que no obstante le gustó muchísimo.

–Bien –dijo Patrick, risueño–, ¿te gusta?

–Es muy bonito –admitió la joven, y se dio cuenta de que la presencia de Patrick podía ser la respuesta a su oración. Ni por un momento se le ocurrió pensar que el padre podría estar al corriente de las infames tácticas de su hijo. Se prometió hablarle, de ser posible en privado, para rogarle que interviniera en su favor.

–A Nick le gusta el mármol, pero a mí me resulta incómodo –bromeó Patrick sin dejar de sonreír–. Hace que me sienta como si estuviera muerto y enterrado.

–Pues no quiero ni pensar cómo se sentirá usted en esos baños de mármol negro –comentó 
Miley, dedicándole una ligera sonrisa.

–Sepultado –confirmó Patrick de inmediato, y ambos cruzaron el salón y el comedor y se dirigieron al cuarto de estar más pequeño.
Miley se sentó y Patrick se quedó de pie. Nick, por su parte, se situó detrás del bar.

–¿Qué queréis beber?

–Para mí un ginger ale –contestó Patrick.

–Lo mismo –musitó 
Miley.

–Para ti un jerez –contradijo Nick arbitrariamente.

–Tiene razón –terció Patrick–. No me molesta ver a otra persona beber alcohol. –Cambiando de tema, preguntó a 
Miley- : ¿De modo que ya sabes lo de los cuartos de baño de Nick?

La joven deseó no haberlo comentado.

–Vi... vi unas fotografías del apartamento en el suplemento dominical.

–¡Lo sabia! –declaró Patrick, guiñándole un ojo a 
Miley –. Todos estos años, cuando la foto de Nick salía en una revista o en alguna otra parte, yo me decía: espero que Miley Bancroft la vea. Le seguías la pista. ¿No es cierto?

–Claro que no –repuso 
Miley, poniéndose a la defensiva.

Curiosamente fue Nick quien la rescató de aquella embarazosa conversación. Desde el bar, habló dirigiéndose a ella:

–Bien, ahora que hablamos de notoriedad podrías decirme cómo esperas que nuestros encuentros se mantengan en secreto, como tu abogado me ha dicho que deseas.

–¿En secreto? –intervino Patrick–. ¿Por qué quieres mantenerlo en secreto? –le preguntó a la joven.
Miley tenía al menos media docena de iracundas y muy descriptivas razones, pero no podía decirlas delante del padre de Nick sin herirlo. De todos modos, Nick se adelantó.

–Porque 
Miley todavía está comprometida con otro –le explicó a su padre, y después la miró–. Hace años que eres noticia en esta ciudad y la gente te reconocerá dondequiera que estemos.

–Voy a ver cómo va la comida –intervino Patrick. 
Miley  tuvo la impresión de que quería dejarlos solos.

La joven esperó hasta que Patrick no pudiera oírla. Después, con una mezcla de enojo y satisfacción, se dirigió a Nick:

–A mí no me reconocerán, pero a ti sí. Tú eres el symbol del mundo financiero americano. Tú eres el que tiene por lema «si se mueve, a la cama». Te acuestas con estrellas del rock y luego seduces a sus criadas. ¿Qué pasa? ¿Te estás riendo de mí? –inquirió al ver que a Nick le temblaban los hombros.

El destapó la botella de ginger ale al tiempo que le dedicaba a 
Miley una sonrisa.

–¿De dónde sacas toda esa basura de mis enredos con las criadas?

–Entre las secretarias de Bancroft tienes muchas admiradoras –replicó 
Miley con desdén–. Leen todo lo que se dice de ti en el Tattler.

–¿El Tattler? –profirió Nick, intentando reprimir la risa y en fingir preocupación–. ¿Te refieres al periódico sensacionalista que publicó una vez que los extraterrestres me habían metido en un platillo volante para revelarme cuáles iban a ser los negocios más rentables?

–No, no. Eso fue en el The World Star –puntualizó 
Miley, cada vez más frustrada por la divertida indiferencia con que él tomaba el asunto–. Lo vi en el supermercado.

El regocijo desapareció de la voz de Nick, que añadió con cierta ironía:

–Creo haber leído en alguna parte que tenías una aventura con un autor teatral.

–Eso fue en el Chicago Tribune, Pero no se mencionaba ninguna aventura con Joshua Hamilton. Decía que nos veíamos con frecuencia.

Nick cogió los vasos y se dirigió hacia 
Miley.

–¿Estabas ligada a él? –insistió.

–Difícilmente. Verás, Joshua Hamilton está enamorado de mi hermanastro, Joel.

Comprobó satisfecha que Nick parecía atónito.

Paraíso Robado - Cap: 53



–Iba a prepararme otra copa –comentó sin mostrar ninguna urgencia por revisar los papeles–. ¿Quiere tomar algo o prefiere que vayamos directamente al grano?

Parecía no importarle la decisión de Stuart, pero este se aferró a la oportunidad de intentar descubrir una clave que descifrara los sentimientos reales del financiero hacia Miley.

–No hay mucho que discutir –aclaró Stuart, siguiéndole–. Pero sí me gustaría tomar algo.

–¿Perrier otra vez? –le ofreció Nick.

–Whisky –contestó Stuart–. Solo.

Nick le dirigió una mirada de duda.

–¿De veras?

–¿Le mentiría a un astuto tiburón sin conciencia como usted? –replicó Stuart.

Farrell lo miró con sarcasmo y tomó la botella.

–Por un cliente usted le mentiría al mismo diablo.

Sorprendido y enojado ante la verdad, parcial al menos, que Farrell le había dicho a la cara, Stuart dejé el portafolios y colocó el documento sobre la barra.

–En eso tiene razón –admitió–. 
Miley y yo somos amigos. En realidad –prosiguió–, hubo un tiempo en que ella me gustaba mucho.

–Lo sé.

Sorprendido de nuevo y medio convencido de que Farrell mentía, Stuart replicó:

–Considerando que no creo que 
Miley lo haya sabido, debo decir que está usted muy bien informado. ¿Qué más sabe?

–¿De usted? –preguntó Farrell con tono indiferente.

Stuart hizo un gesto de asentimiento. Entonces Nick empezó a preparar su propia copa. Mientras ponía cubitos de hielo en el vaso, comenzó a recitar una serie de datos referentes al abogado. Habló con frialdad, como si estuviera refiriéndose a un ser abstracto. Stuart estaba atónito y un poco asustado.

–Es usted el hermano mayor de una familia de cinco hijos. Su abuelo fundó, junto con dos hermanos, el bufete del que ahora usted es el socio más antiguo. De este modo perpetúa la tradición familiar, que es la práctica del derecho. A los veintitrés años fue número uno de su promoción en la facultad de derecho de Harvard, lo que también es una tradición familiar. En la universidad se había distinguido por ostentar la presidencia de su clase y por ser el editor de la revista Late Revíew. Ya licenciado, quiso trabajar para el fiscal del distrito, especializándose en casos de abuso de los propietarios de casas alquiladas, pero tuvo que rendirse a la presión familiar y se unió a la firma. Se ocupa de clientes ricos del mundo de la empresa y de las finanzas, la mayor parte de los cuales proceden de su mismo círculo social.

»Odia las leyes corporativas y sin embargo posee un gran talento para las mismas. Es un negociador duro, un estratega brillante y un buen diplomático. Es decir, a menos que sus sentimientos personales estén en juego, como hoy. Es concienzudo y minucioso, pero con los jurados no tiene nada que hacer, porque trata de abrumarlos con hechos desnudos en lugar de apelar a la retórica emotiva. Por eso, en general usted prepara el caso, pero si hay jurado entonces es otro socio de la firma quien lo defiende, bajo su supervisión... –Farrell hizo una pausa, miró a Stuart y le tendió el vaso–. ¿Quiere que siga?

–Adelante, si es que todavía no ha terminado –le respondió Stuart con voz un poco tensa.

Nick cogió su vaso, bebió un sorbo y esperó a que el abogado hiciera lo mismo.

–Tiene treinta y tres años y es heterosexual. Le gusta la velocidad y los coches deportivos, pero se contiene. Le gusta también el deporte de la vela y a esta inclinación no le pone freno. A los veintidós años creyó estar enamorado de una chica de Melrose Park, a la que conoció en la playa. Pero ella pertenecía a una familia italiana de trabajadores, de modo que la brecha cultural fue un abismo insalvable. Lo dejaron. Siete años después se enamoró de 
Miley  pero los sentimientos no eran recíprocos y la cosa terminó en amistad. Hace un par de años su familia quiso casarlo con Georgina Gibbons, cuyo padre es también abogado de la alta sociedad. Se comprometieron, pero usted rompió el noviazgo. En estos momentos posee dieciocho millones de dólares, invertidos, en su mayor parte, en acciones muy seguras y de buenos rendimientos. Cuando muera su abuelo, heredará otros quince millones... a menos que el viejo no pierda hasta la camisa en Montecarlo, donde casi siempre pierde.

Se detuvo e indicó con un gesto los sofás próximos a los ventanales. Stuart tomó los documentos y el bolígrafo y lo siguió, con una mezcla de asombro y furia. Sentados frente a frente, Farrell inquirió, ecuánime:

–¿Se me ha escapado algún dato importante?

–Sí –respondió Stuart con una sonrisa irónica, al tiempo que levantaba el vaso en un brindis fingido–. ¿Cuál es mi color favorito?

Farrell lo miró a los ojos y respondió impertérrito:

–El rojo.

Stuart lanzó una risa ahogada.

–Está usted en lo cierto en todo, excepto que no soy tan concienzudo como cree. Es evidente que se ha preparado mejor que yo, porque todavía no he recibido el informe que pedí sobre su vida y milagros. Estoy seguro, por otra parte, de que no será ni por asomo tan completo como el que usted acaba de exponer. Debo admitir que me ha dejado impresionado.

Farrell se encogió de hombros. Luego comentó:

–No debería estarlo. Intercorp posee una oficina de información crediticia y una gran agencia de detectives especializada en las grandes multinacionales.

A Stuart le llamó la atención que Farrell dijera «Intercorp posee» y no «yo poseo», como si no tuviera el menor deseo de verse asociado con el imperio financiero que había creado. Según la experiencia del abogado, los nuevos ricos eran en su mayoría fanfarrones y orgullosos de sus logros, siempre dispuestos a mostrarlos al mundo de una manera descarada. Stuart esperaba algo así de Farrell, sobre todo porque los medios de comunicación lo presentaban como un ostentoso conquistador internacional, además de tiburón de las finanzas. Un hombre que llevaba la vida de un sultán de los tiempos modernos.

No obstante, Stuart intuía que la verdad de Nicholas Farrell era muy distinta. Que en el mejor de los casos se trataba de un hombre retraído y solitario a quien era difícil llegar a conocer; y en el peor, un tipo frío y calculador, impasible, con una veta de crueldad y control férreo que ponía la carne de gallina. Esto era sin duda lo que sus adversarios del mundo de los negocios pensaban de él.

–¿Cómo sabe lo de mi color favorito? –preguntó por fin Stuart, siempre atento a aprender algo nuevo sobre el financiero–. Ese dato no se lo dieron sus agencias de investigación.

–Fue una hipótesis –admitió Nick con tono burlón–. Su maletín es marrón, y también su corbata. Además, a casi todos los hombres les gusta el rojo; a las mujeres, el azul. –Por primera vez Farrell aludió al documento que Stuart había dejado encima de la mesa–: Hablando de mujeres –añadió como por casualidad–, supongo que 
Miley ha firmado.

–Pero también ha añadido algunos detalles –replicó Stuart sin dejar de observar a Nick y adviniendo que tensaba ligeramente la mandíbula–. Quiere que los días que usted mencionó se estipulen en el documento, y también dejar aclarado que si usted pierde una cita, ese día no es recuperable.

Al oír su respuesta, Nick se relajó; incluso a la tenue luz de la estancia Stuart reparó en que la mirada de aquellos ojos grises reflejaba regocijo y... ¿orgullo? No tuvo tiempo de resolver el misterio porque Farrell se levantó, se dirigió a la mesa de conferencias y regresó con un bolígrafo de oro. Cuando ya se disponía a firmar, Stuart añadió:

–
Miley también desea que acceda a no dar publicidad al matrimonio entre ustedes ni a todo este asunto de las once semanas.

Farrell lo miró fijamente, pero cuando Stuart se disponía a defender la cláusula, aquel se inclinó sobre el documento y rubricó con rapidez las tres estipulaciones, estampando su firma al pie. Tendió los papeles al abogado de 
Miley.

–Esa obligación de secreto –preguntó Nick– ¿es fruto de su consejo o iniciativa propia de 
Miley?

–Iniciativa de 
Miley –respondió, y como solo estaba pendiente de las reacciones de Farrell, añadió con ecuanimidad.–: Si por mí fuera, mi clienta habría arrojado ese documento a la papelera.

Farrell se reclinó en el asiento y clavó una viva mirada en Stuart.

–En ese caso, 
Miley habría arriesgado la salud y el buen nombre de su padre.

Stuart le salió al paso.

–No habría arriesgado nada. Usted estaba fanfarroneando. –Como Farrell no dijo nada, el abogado prosiguió–: Lo que usted hace no es ético. Usted es un hijo de pu/ta de primerísima clase, o está loco o... simplemente enamorado de 
Miley. ¿Cuál de las tres cosas?

–Sin duda la primera –contestó Farrell enseguida–. Tal vez la segunda. Quizá las tres. Decida usted.

–Ya lo he decidido –respondió Stuart.

–¿Y bien?

–La primera y la tercera –respondió Stuart, satisfecho al comprobar que Nick esbozaba una sonrisita ante sus poco halagadoras conclusiones–. ¿Qué sabe usted de 
Miley?  –preguntó Stuart después de beber otro sorbo de su vaso. Pretendía reforzar su opinión de que, en efecto, Nicholas Farrell estaba enamorado de la joven.

–Solo lo que he leído en revistas y periódicos en los últimos once años. El resto preferiría averiguarlo por mis propios medios.

Para ser un hombre que conocía hasta la forma del ombligo del abogado de 
Miley resultaba significativo que Farrell, al parecer interesado únicamente en la venganza, no hubiera investigado del mismo modo a la joven.



–Entonces ignora los «detalles» de su vida –comentó Stuart sin dejar de mirar a su interlocutor por encima del marco de sus gafas–. Por ejemplo, que durante el verano posterior a su primer curso universitario corrió el rumor de que había tenido un amor trágico y que por eso no quería salir con ningún hombre. Naturalmente, fue usted, sin pretenderlo, la causa de todo. –Hizo una pausa, al observar el repentino interés que asomó en el rostro de Nick y que trató de ocultar levantando el vaso y bebiendo un sorbo–. Y por supuesto –prosiguió Stuart– no sabrá usted que en su tercer año universitario un chico del club de estudiantes, rechazado por 
Miley , dijo que ella era lesbiana o frígida. Si algo evitó que la etiqueta de lesbiana quedara prendida para siempre de la solapa de Miley fue la intervención de su amiga Demi Pontini. Demi era entonces amiga del presidente del club de estudiantes, y estaba tan lejos de ser lesbiana y era tan leal a Miley  que se ensañó con el joven, y con la ayuda de su amigo lo convirtió en el hazmerreír de toda la universidad. Pero la fama de frígida sí acompañó a Miley.  En la Noroeste la apodaron la reina del hielo. Cuando se graduó y regresó aquí, el apodo la siguió; pero ella era tan hermosa que aquello no hizo más que aumentar la atracción que ejercía sobre los hombres. Constituía un reto. Además, aparecer con Miley Bancroft colgada del brazo, estar sentado frente a ella en un restaurante, suponía, y supone, tal estímulo para el ego que a nadie le importaba demasiado que luego no hubiera sexo.

Stuart esperó, por si Farrell mordía el anzuelo y se lanzaba a hacer preguntas, lo que habría delatado, al menos en parte, sus verdaderos sentimientos. Sin embargo, o bien el financiero no sentía nada por ella o era demasiado hábil para dejar entrever algo que indujera al abogado a contarle a 
Miley que su marido estaba enamorado de ella y que, por lo tanto, podía tirar el documento a la basura, sin arriesgarse a su ira. Convencido de que realmente era así, Stuart inquirió hablando parsimoniosamente:

–¿Me contestará una pregunta?

–Inténtelo.

–¿Por qué la enfrentó hoy con dos abogados, sobre todo sabiendo que tienen fama de mano dura?

Por un instante, Stuart pensó que Farrell no iba contestarle, pero entonces Nick sonrió con ironía y confesó:

–Fue un error táctico por mi parte. Con las prisas por preparar el documento para la reunión, me olvidé de advertirles a Pearson y a Levinson que lo que quería era la firma de 
Miley, no que la atacaran. –Nick dejó el vaso sobre la mesa, sugiriendo así que conversación había terminado.

Así pues, Stuart hizo lo mismo, pero al inclinarse para recoger el documento, dijo algo que no deseaba callar:

–Fue más que un error táctico, fue el beso de la muerte. Además de coaccionarla y acorralarla, la traicionó y la humilló al permitir que Levinson nos contara a todos que ella se había acostado con usted el fin de semana pasado. 
Miley lo odiará durante mucho mas tiempo que las once semanas. Si la conociera mejor de lo que la conoce, lo sabría.

– 
Miley es incapaz de odiar durante mucho tiempo –objetó Farrell con un tono de voz implacable y teñido de orgullo. Stuart trató de ocultar el impacto que le producían las palabras de Nick, que al salir en defensa de ella confirmaba sus sospechas–. De lo contrario, si pudiera odiar, odiaría a su padre por haberle arruinado la niñez y por desmerecer su éxito profesional. Lo odiaría ahora por haber descubierto lo que nos hizo a ambos once años atrás. Sin embargo, en lugar de eso, intenta protegerlo de mi furia. Más que odiar, Miley busca siempre el modo de justificar a las personas que quiere, de excusar lo inexcusable. Mire qué hizo conmigo. Con tal de no condenarme se convenció de que yo tuve razón al abandonarla, puesto que ella creyó que realmente la había abandonado, porque para empezar me había visto obligado a casarme con ella. –Ignorando la mirada de fascinación que Stuart ya era incapaz de ocultar, Farrell siguió hablando–: Miley no soporta que la gente sufra. Envía flores a bebés muertos con notas que dicen «te quisimos»; llora en brazos de un anciano porque durante once años este ha vivido creyendo que ella abortó a su nieto, y después desafía una tormenta de nieve y conduce durante cuatro horas porque siente la imperiosa necesidad de sacarme del error enseguida. Tiene un corazón de oro, pero también es demasiado precavida, además de inteligente, astuta e intuitiva, cualidades que la han llevado a convertirse en una alta ejecutiva sin ser devorada en el camino por colegas que son más bien tiburones, y sin convertirse ella misma en otro tiburón. –Se inclinó, cogió el bolígrafo y retó a Stuart con la mirada–. ¿Qué más quiere que sepa de ella?

Stuart también le miró, pero con expresión triunfal.

–Que me ahorquen si no estaba en lo cierto –dijo Stuart, y profirió una sonora carcajada. Usted está enamorado de ella. Y como lo está no haría nada que la perjudicara, lo que significa que dejaría en paz a su padre.

Nick metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, como si no le importara la conclusión a que había llegado el abogado, lo que en parte estropeó la satisfacción de Stuart.

–Usted cree en lo que ha dicho, pero no está lo bastante seguro como para aconsejar a 
Miley que me ponga a prueba. Ni siquiera está seguro de sentirse capaz devolver a abordar el asunto con ella, y si lo estuviera, vacilaría a pesar de todo.

–¿De veras? –replicó Stuart con aire burlón, y mientras se encaminaba al bar para recoger su maletín estaba ya pensando en lo que le diría a la joven y en cómo hacerlo. ¿Por qué cree eso?

–Porque –le respondió Farrell, tranquilo– desde el momento en que descubrió que nos acostamos juntos el fin de semana pasado ha perdido toda seguridad. Además, también duda de lo que 
Miley siente por mí. –Nick acompañó cortésmente a Stuart hasta la salida.

Stuart recordó de pronto la indescriptible mirada de 
Miley cuando estrechaba la mano de Nick en el bar. Ocultando su creciente incertidumbre tras un convincente encogimiento de hombros, comentó:

–Mi trabajo consiste, entre otras cosas, en contarle lo que pienso, aunque sea una corazonada. Soy su abogado.

–También es su amigo y estuvo enamorado de ella. Está implicado personalmente y por eso vacilará, y al final dejará que las cosas sigan su curso. Después de todo, si todo queda en agua de borrajas, ella no pierde nada por hacer lo que se le pide. En realidad, gana cinco millones de dólares.

Ya en el despacho, Nick se situó tras su escritorio, pero se quedó gentilmente de pie. Furioso por la probable veracidad del análisis psicológico de Farrell, Stuart miró alrededor, en busca de algo que pudiera darle pie para sacudir la seguridad del financiero. Su mirada tropezó con la fotografía enmarcada de una joven, encima de la mesa.

–¿Va a mantener esa foto donde está mientras intenta seducir a su mujer?

–Por supuesto.

Algo en el tono de Nick obligó al abogado a dudar de su primera impresión, que la joven era su amiga o su amante.

–¿Quién es? –preguntó sin rodeos.

–Mi hermana.

Farrell lo observaba con una tranquilidad insultante, por lo que Stuart, con la deliberada intención de resultar ofensivo, comentó:

–Bonita sonrisa. Y bonito cuerpo.

–Fingiré no haber oído la segunda observación y le sugeriré amablemente que los cuatro comamos juntos cuando Julie venga a Chicago. Dígale a 
Miley que pasaré a buscarla mañana a las siete y media. Puede llamar a mi secretaria por la mañana y darle la dirección.

Terminada la conversación, el abogado se marchó, cerrando la puerta al salir. Fuera del despacho, empezó a preguntarse si le hacía un favor a 
Miley al no advertirle que saliera corriendo, que anulara el acuerdo amara o no a su marido. Aquel hombre era un ser inflexible y distante, incapaz de hacer concesiones. Completamente desprovisto de debilidades humanas. Ni siquiera una observación obscena dirigida a su propia hermana podía sacarle de quicio.

Al otro lado de la puerta, Nick Farrell se dejó caer pesadamente en su sillón, reclinó la cabeza y cerró los ojos.

–Dios –murmuró exhalando un profundo suspiro de alivio–. Gracias.

Era lo más parecido a una oración en boca de Nick Farrell desde hacía once años, que, por primera vez en las dos últimas horas, respiró tranquilo.

Paraíso Robado - Cap: 52



Miley sentía un nudo de pánico en el estómago, aunque otro sentimiento más fuerte lo eclipsaba: la traición. Había desafiado una tormenta para presentarse en la casa de Nick, en Edmunton, para contarle la verdad sobre el bebé y el telegrama de su padre; ahora Nick esgrimía eso como una amenaza contra ella. Sin embargo, las siguientes palabras de Pearson le levantaron el ánimo.

–He mencionado todo esto, señorita Bancroft, no para alarmarla ni alterarla, sino para recordarle los hechos y darle a conocer nuestro punto de vista. Pese a todo, el señor Farrell está dispuesto a olvidarlo todo, incluso por escrito. Y a cambio solo le pide una pequeña concesión. –Se dirigió a Stuart y le entregó un documento de dos páginas; luego le pasó a 
Miley una copia–. La oferta verbal que voy a hacer está detallada en ese documento, y para despejar toda duda que pudiera existir acerca de las intenciones de mi cliente, este se ha ofrecido a firmar el documento en esta misma reunión. Sin embargo, hay una condición, a saber: la oferta deberá ser aceptada o rechazada antes de que nuestro cliente abandone hoy el edificio. Si es rechazada, el señor Farrell la considerará irreversible y procederemos a presentar la querella criminal contra Philip Bancroft a finales de esta semana. ¿Querrían echarle un vistazo antes de que yo les haga un resumen?

Stuart ni siquiera se dignó mirar el escrito, sino que lo apartó, se reclinó en el sillón y observó a su adversario con una sonrisa de desdén.

–Prefiero que me lo expliques tú, Bill. Hasta hoy nunca he apreciado del todo tus dotes teatrales. La única razón que me ha impedido enviarte al diablo y decirte que nos veremos las caras ante el juez es que no puedo arrancar mi cuerpo del asiento sin antes asistir al último acto de tu función. –A pesar de su aparente desenfado, se sentía furioso. A Stuart le parecía intolerable aquel intento de intimidar a 
Miley.

Obedeciendo a una seña de Nick, Levinson tomó las riendas, hablando con tono conciliador.

–Tal vez sería mejor que yo resumiera el contenido del documento.

–No lo sé –arguyó Stuart con insolencia–. ¿Quién eres tú, el actor secundario o el protagonista?

–El protagonista –replicó el más viejo de los tres abogados, imperturbable–. Yo he preparado el documento. –Miró a 
Miley con una amable sonrisa–. Señorita Bancroft, según le ha explicado mi socio, si usted acepta la petición de su marido, él está dispuesto a renunciar a toda acción jurídica contra su padre. Pero en realidad le ofrece mucho más de lo que dice ese documento. Le ofrece una generosa suma global de cinco millones de dólares en concepto de pensión alimenticia, si es que usted prefiere llamarlo así.

La alarma de 
Miley se mezcló con una enorme sorpresa. Miró a Stuart e inquirió:

–¿Mostrarme de acuerdo en qué? ¿Se puede saber qué está pasando aquí?

–Solo es un juego –intervino Stuart, intentando tranquilizarla–. Primero te amenazan con una serie de consecuencias si te niegas a seguir el juego, después te dicen todo lo que te van a dar si accedes a seguirlo.

–¿Un juego? –exclamó ella–. ¿Qué clase de juego?

–Eso se lo reservan para el final.

Mirando fijamente a Stuart, 
Miley asintió con la cabeza, reunió sus fuerzas y por fin miró a Levinson, evitando con cuidado los ojos de Nick.

–Prosiga, señor Levinson –pidió 
Miley  alzando la barbilla en un gesto de dignidad y coraje.

–Además de los cinco millones de dólares –declaró Levinson–, su marido le venderá a Bancroft & Company un terreno en Houston por la suma de veinte millones de dólares.
Miley sintió que la habitación daba vueltas alrededor, y entonces miró a Nick con una expresión que reflejaba confusión, gratitud y recelo. El ni siquiera pestañeó mientras Levinson proseguía:

–Por último, si usted acepta, su marido firmará la renuncia a los dos años de separación requeridos por la ley del estado para obtener el divorcio por motivos de diferencias irreconciliables. Eso reducirá el período de espera a seis meses.

Stuart se encogió de hombros despectivamente.

–No necesitamos la renuncia expresa de Farrell para que la ley conceda la reducción del período de espera. La ley dice con claridad meridiana que si una pareja no ha cohabitado durante los dos últimos años y existen diferencias irreconciliables, la espera puede ser reducida a seis meses. ¡Esta pareja no ha cohabitado durante los últimos once años!

Levinson respiró hondo y 
Miley supo lo que iba a decir antes de oír su voz serena:

–Pasaron juntos el fin de semana pasado.

–¿Y qué? –replicó Stuart. Ya no estaba enojado, sino asombrado ante la oferta de cinco millones de Farrell, y también preocupado por conocer las concesiones que Nick esperaba a cambio–. No cohabitaron en el sentido estricto de la palabra. En el sentido marital. Durmieron en la misma casa, eso es todo. Ningún juez vivo pensaría que este matrimonio puede ser preservado ni insistiría en un período de espera de dos años solo porque los cónyuges pasaron dos días bajo el mismo techo. Lo que hicieron no fue cohabitar, por supuesto que no.

Se produjo un silencio tenso.

Levinson arqueó una ceja y clavó la mirada en Stuart que, de nuevo enojado, miró a Farrell.

–Compartieron ustedes un techo, no una cama. –Nick guardó silencio. Tan solo desvió la mirada hacia 
Miley. Fue suficiente.

Stuart se dio cuenta de todo, incluso antes de mirar a 
Miley y ver en sus ojos brillantes el sentimiento de la traición; ver el rubor en sus mejillas cuando bajó la mirada hacia sus manos, muda. A pesar de los pensamientos inconexos que le bullían en la mente, Stuart se encogió de hombros y dijo con escasa convicción:

–Bueno, se acostaron juntos. ¿Y qué? Insisto, ¿por qué querría tu cliente negarse a firmar la renuncia a los dos años? ¿Por qué prolongar un divorcio inevitable?

–Porque –le respondió Levinson con calma– el señor Farrell no está convencido de que el divorcio sea inevitable.

Stuart lanzó una sincera carcajada.

–Eso es ridículo.

–El señor Farrell no lo cree así. De hecho, esta dispuesto a hacer todas las concesiones aquí enumeradas (los cinco millones, la venta del terreno de Houston, la renuncia a toda acción jurídica contra Philip Bancroft y a los dos años de período de espera) a cambio de una sola concesión.

–¿Que concesión?

–Quiere una semana por cada año de matrimonio que se le ha hurtado. Once semanas con su esposa, con el fin de llegar a conocerse mejor...
Miley casi saltó de la silla y miró a Nick con expresión furibunda.

–¿Qué? –vociferó.

–Define cómo el señor Farrell desea entablar esta relación con su esposa. ¿Qué entiende por conocerla mejor? –Stuart estaba convencido de que la cláusula encerraba intenciones sexuales.

–Creo que será mejor que eso lo discutan entre ellos –empezó a decir Levinson, pero la voz airada de 
Miley le interrumpió.

–¡De eso nada! No vamos a discutir nada entre nosotros. –Se puso de pie y sus ojos brillaban de ira al espetar a Nick–: ¡Me has sometido a todo en esta maldita reunión, desde el terrorismo a la humillación! Ahora no te detengas. Seamos específicos, de modo que podamos tomar nota de todo eso junto con el resto de tu oterta. Diles con exactitud cómo pretendes llegar a conocerme mejor. ¡Esto no es más que chantaje, así que procede a estipular tus condiciones, maldito hijo de pu/ta!

Nick miró a sus abogados.

–Déjennos solos.

Pero a 
Miley ya nada le importaba. ¡Que todo el mundo lo oyera y se enterara!

–¡Siéntense! –les ordenó a todos.

¿Qué más daba? Había caído en la trampa. Habia comprendido las condiciones. Solo que era incapaz de imaginar el grotesco pago que Nick quería de ella. O se acostaba con él durante las siguientes once semanas, o su padre se vería arrastrado de tribunal en tribunal, si es que no sucumbía antes al estrés.

Al levantar la mirada, 
Miley vio a una secretaria de pelo gris que acababa de entrar en la sala y, sentada en un sofá, anotaba todo lo que se decía. Miley se revolvió como un animal acorralado. Apoyó las manos sobre la mesa y clavó en Nick una mirada de desprecio y odio.

–¡Que todo el mundo se quede mientras tú haces la lista de tus obscenas condiciones! O matas a mi padre con tus querellas o te llevas tu libra de carne. A eso se reduce todo. ¿O no? ¡Diles con qué frecuencia y de qué modo, maldito seas! Pero me harás recibos, cretino, porque te obligaré a que los firmes. –Posó la mirada en la secretaria–. ¿Lo está escribiendo todo? Este monstruo para el que usted trabaja va a dictar cómo quiere sus placeres, con qué frecuencia...

De pronto todo el mundo se puso en movimiento. Nick se levantó de la silla y rodeó la mesa para aproximarse a 
Miley.  Levinson quiso agarrarlo por la manga pero no acertó, mientras que Stuart empujaba su silla e intentaba atrapar a Miley para que esta se situase a sus espaldas. La joven se deshizo de él.

–¡No te acerques! –le advirtió a su abogado, y se volvió para enfrentarse con Nick, los brazos en jarras–. ¡Bastardo! –profirió arrastrando las sílabas–, Empieza a dictar tus condiciones. ¿Con qué frecuencia quieres acostarte conmigo? ¿Cómo...?

Nick quiso agarrarla, pero antes de que pudiera hacerlo, la joven le asestó tal bofetada que el poderoso hombre de finanzas ladeó la cabeza.

–¡Basta! –ordenó él tomándole los brazos, aunque sin perder de vista a Stuart, que se acercaba con la intención de proteger a 
Miley,

–¡Bastardo! –sollozó ella, mirando a Nick–. Yo confié en ti.



Nick la atrajo hacia sí al tiempo que repelía la agresión de Stuart.

–¡Escúchame! –dijo con voz tensa–. No te estoy pidiendo que te acuestes conmigo, ¿lo entiendes? Solo te pido una oportunidad, maldita sea. Una oportunidad durante once semanas.

Todos estaban de pie, inmóviles. La propia 
Miley dejó de forcejear, aunque su cuerpo temblaba y se cubría la cara con las manos. Mirando a los demás, Nick ordenó:

–¡Todo el mundo fuera!

Levinson y Pearson recogieron presurosamente los papeles, mientras que Stuart no se movió, observando a 
Miley , que si por una parte no correspondía al abrazo de Nick, tampoco oponía resistencia.

–No me iré mientras usted no le quite las manos de encima y ella no me diga que me vaya.

Nick sabía que Stuart hablaba en serio, y como 
Miley no se resistía a su abrazo, la soltó, sacó un pañuelo del bolsillo y se lo ofreció.

–¿
Miley? –preguntó Stuart indeciso, a la espalda de su clienta y amiga–. ¿Te espero fuera o me quedo? Dime qué quieres que haga.

Sintiéndose humillada por haberse precipitado en sus conclusiones y a la vez furiosa consigo misma, le arrebató a Nick el pañuelo que él le ofrecía amablemente.

–Lo que ahora quiere –intervino Nick a Stuart, intentando suavizar la tensión– es darme otra bofetada.

–¡Puedo hablar por mí misma! –prorrumpió 
Miley al tiempo que se limpiaba la nariz y dando un paso atrás–. ¡Quédate aquí, Stuart! –Miró a Nick con desconfianza–. Querías que todo esto fuera legal y formal. Dile a mi abogado qué entiendes por tener una oportunidad, porque te juro que yo no lo entiendo.

–Preferiría hacerlo en privado.

–Bien –le replicó ella con mirada altiva y los ojos llenos de lágrimas–. Lo siento por ti. Eres tú quien ha insistido en reunirnos hoy y en presencia de tus abogados. Al parecer no podías haberme ahorrado esta escena y discutir conmigo tus pretensiones en privado, en cualquier otra ocasión.

–Te llamé ayer para hacer exactamente eso, pero tú ordenaste a tu secretaria que me informara de que si tenía algo que decirte lo hiciera a través de tu abogado.

–¡Podrías haberlo intentado de nuevo!

–¿Cuándo? ¿Después de tu regreso de México o de Reno o adondequiera que fueras este fin de semana para obtener el divorcio?

–¡Tenía mis razones! –contestó ella con enojo, y Nick tuvo que reprimir una sonrisa de orgullo. Estaba espléndida, la compostura recobrada y la barbilla alta. Aún no se atrevía a mirar a la cara a los abogados de Nick, así que lo hizo de soslayo. Pearson y Levinson salían con sus abrigos y sus maletines, pero Stuart se mantenía en su sitio, con los brazos cruzados. Observaba a Nick con una mezcla de antagonismo y curiosidad.

–
Miley –dijo Nick–. ¿Querrías por lo menos pedirle a tu abogado que espere en mi despacho? Desde allí puede vernos, pero no es necesario que escuche nada más.

–No tengo nada que ocultar –repuso 
Miley , iracunda–. Terminemos. ¿Qué es exactamente lo que quieres de mí?

–Está bien –contestó Nick sin importarle ya la presencia de Whitmore. Se sentó en el borde de la mesa de conferencias y cruzó los brazos sobre el pecho. Luego agregó–: Quiero que me des la oportunidad de conocernos. El plazo que te pido es de once semanas.

–¿Y cómo piensas hacerlo?

–Del modo habitual. Cenaremos juntos, iremos al teatro...

–¿Con qué frecuencia? –le interrumpió ella, al parecer más furiosa que nunca.

–No lo he pensado.

–No. Estarías muy ocupado perfeccionando tu chantaje y pensando en cómo arruinarme la vida...

–Cuatro veces por semana –dijo Nick–. Y no es mi intención arruinarte la vida.

–¿Qué días?

La ira de Nick pareció remitir y esbozó una sonrisa.

–Viernes, sábado, domingo y... miércoles –contestó tras un momento de reflexión.

–¿Se te ha ocurrido pensar que tengo un trabajo y un novio?

–No voy a interferir en tu trabajo. En cuanto al novio, tendrá que desaparecer durante ese tiempo.

–Eso no es justo para él –dijo 
Miley.

–¡Qué lástima!

El desdén, su tono frío, sus facciones implacables, le recordaron a 
Miley que se hallaba ante un ser despótico. Nada de lo que ella dijera o hiciera impediría que Nick ejecutara su plan. La joven comprendió que era el objetivo de la más reciente conquista de su tremendo adversario.

–Todas esas cosas que se cuentan de ti son ciertas. ¿O acaso me equivoco?

–No demasiado –confirmó él como si 
Miley le hubiera dado otra bofetada.

–No importa a quién hieras, no importan los medios. Caiga quien caiga, tú siempre te sales con la tuya, ¿no?

El rostro de Nick se endureció.

–En este caso concreto te equivocas.

La actitud altiva de 
Miley fue cediendo paulatinamente.

–¿Por qué me haces esto? ¿Crees que he sido consciente del daño que te he hecho para que quieras destrozarme la vida?

Nick fue incapaz de pensar en una respuesta que ella aceptara sin enfurecerse o sin echarse a reír.

–Digamos que existe entre nosotros algo especial, una especie de atracción... y quiero saber hasta dónde llega.

–¡Dios mío, no puedo creerlo! –exclamó 
Miley  llevándose las manos al estómago–. ¡No hay nada entre nosotros! Nada, excepto un horrible pasado.

–Y el último fin de semana –agregó él con brutal franqueza.
Miley disfrazó de ira su tristeza.

–¡Eso fue... sexo!

–Tú lo sabrás mejor –replicó ella, recordando de pronto un detalle que había olvidado–. Si la mitad de lo que se cuenta de ti es cierto, bates la marca mundial de aventuras vulgares y flirteos insignificantes. Dios mío, ¿cómo pudiste acostarte con esa estrella del rock de cabello rosado?

–¿Marianna Tighbell?

–Sí. No te molestes en negarlo. Ocupaba la primera página del National Tattler.

Nick reprimió un acceso de risa y observó cómo 
Miley se paseaba nerviosa por la sala. Admiraba su manera de moverse, de acentuar las palabras cuando estaba furiosa, amaba la forma en que le abrazaba cuando estaba a punto de tener un orgasmo, como si no estuviera segura de que fuera a producirse. Pensó que quizá con sus otros amantes no siempre era igual... Miley era encantadora y apasionada por naturaleza. Sin duda se habría acostado con docenas de hombres y Nick se consoló con la esperanza de que hubieran sido todos egoístas, ineptos o aburridos. Preferiblemente, todas estas cosas juntas, además de impotentes.

–¿Y bien? –insistió ella–. ¿Cómo fuiste capaz de... acostarte con esa mujer?

–Asistí a una fiesta en su casa. Nunca me acosté con ella.

–¿Tengo que creerte?

–Al parecer, no.

–No importa –masculló 
Miley  sacudiéndose la idea de la cabeza–. Nick, por favor –imploró, tratando por un momento de hacerle abandonar aquel plan de locura–. Amo a otra persona.

–No la amabas el domingo, cuando estábamos en la cama.

–¡Deja de hablar así! Te juro que estoy enamorada de Parker Reynolds. He estado enamorada de él desde que era una chiquilla. ¡Le amaba antes de conocerte!

Nick consideraba esta declaración como algo muy improbable, por la misma razón que resultaba improbable ahora. Pero 
Miley añadió:

–Solo que él se comprometió con otra y yo renuncié a mis esperanzas.

Nick se sintió tan herido que se levantó bruscamente y dijo con acritud:

–Ya conoces mi oferta, 
Miley. Tómala o déjala.
Miley clavó en él la mirada, consciente de que de pronto él se mostraba duro y distante. Hablaba en serio, la discusión había llegado a su fin. También lo supo Stuart, porque ya se ponía el abrigo y se dirigía al despacho de Nick. Se detuvo en el umbral de la puerta a esperar a Miley. Ella volvió deliberadamente la espalda a Nick y dio unos pasos para recoger su bolso, satisfecha de hacerle creer que se burlaba de su oferta, aunque al mismo tiempo sacudida por el pánico. Con el bolso en la mano se encamino al sofá en busca del abrigo. Caminaba con paso firme, sintiendo en todo momento la penetrante mirada de Nick.

La voz de él, fría y ominosa, la detuvo en seco.

–¿Es esa tu respuesta, 
Miley?



La joven hizo un esfuerzo para no contestar. Pensó por última vez en la posibilidad de llegar al corazón de aquel hombre, de conmoverlo. Pero Nick Farrell no tenía corazón, solo pasión. Pasión, egoísmo, venganza, de esos materiales estaba hecho. 
Miley se colocó el abrigo sobre el brazo y salió de la sala sin ni siquiera mirarle.

–Vamos –le dijo a Stuart, deseando que Nick creyera, al menos durante unos minutos, que su ultimátum había sido arrojado a la basura... esperando contra toda esperanza que él la llamara y le dijera que solo estaba fanfarroneando, que no actuaría contra ella ni contra su padre.

Pero Nick permaneció en silencio.

La secretaria de Nick ya se había marchado, y cuando Stuart cerró la puerta que conectaba los dos despachos, 
Miley se detuvo y preguntó:

–¿Puede hacer lo que dice?

Enojado por varias razones, entre las que figuraba la intolerable presión a la que 
Miley había sido sometida, Stuart suspiró y dijo:

–No podemos impedirle que entable pleitos criminales y que tu padre termine ante el juez. No creo que personalmente obtuviera otro beneficio que la venganza. Que gane o pierda es lo de menos. Lo malo es que el nombre de tu padre saldrá en los titulares. ¿Cómo va su salud?

–Mal. En el mejor de los casos, no lo bastante bien para obligarlo a sufrir la tensión de esa clase de publicidad. –Miró los documentos que Stuart tenía en la mano. Después le lanzó una mirada implorante y preguntó–: ¿Algún error de redacción? ¿Algo de dónde agarrarse?

–Nada. Tampoco hay trampas, si eso te sirve de consuelo. Es bastante sencillo y directo, y apenas dice más de lo que declararon Pearson y Levinson. –Dejó los pliegos en la mesa de la secretaria para que 
Miley los leyera, pero ella negó con la cabeza. No quería ni ver las palabras. Tomó un bolígrafo y firmó al pie del documento.

–Dáselo y que lo firme –dijo, arrojando el bolígrafo como si fuera un objeto sucio o maldito–. Y haz que ese... maníaco agregue los días de la semana que mencioné y lo rubrique. Y que quede constancia de que si pierde un día, es irrecuperable.

Stuart casi sonrió al oír aquel comentario, pero meneó la cabeza cuando 
Miley le devolvió los papeles.

–A menos que quieras los cinco millones y el terreno de Houston más de lo que has dado a entender no creo necesario que pases por esto. Nick solo fanfarronea.

El rostro de 
Miley se iluminó.

–¿Por qué crees eso?

–Un presentimiento. Un presentimiento muy fuerte.

–¿Basado en qué?

Stuart pensó en la solemne ternura del rostro de Farrell cuando estrechaba la mano de 
Miley,  en la mirada de sus ojos cuando ella lo abofeteó, y en la serenidad con que luego la contuvo. Y aunque al principio se dijo que Nick solo buscaba aprovecharse de ella, había demostrado verdadera sorpresa ante la acusación. Sin embargo, no eran más que divagaciones, por lo que el abogado le ofreció a Miley un argumento mas concreto:

–Si es cruel hasta el punto de hacerle eso a tu padre, ¿por qué se muestra tan generoso contigo? ¿Por qué no amenazarte simplemente con denunciar a Philip para arrancarte esa concesión?

–Supongo que piensa que será tanto más divertido cuanto más indefensa me vea. Además, el hecho de desprenderse de esos millones como quien da una propina es algo que debe de causarle una enorme satisfacción. Mi padre lo humilló de un modo terrible hace once años y aún sigue humillándolo. Puedo imaginarme los sentimientos de Nick hacia Philip Bancroft. Supongo que mejor que tú.

–Aun así apostaría a que Nicholas Farrell no moverá un dedo contra tu padre, firmes o no firmes este documento.

–Quisiera creerte –contestó 
Miley , ya más tranquila–. Si me ofreces una razón sólida, arrojamos estos papeles a la basura y nos largamos de aquí.

–Te parecerá extraño, dado lo que he visto hoy de Farrell y la reputación que tiene, pero la verdad es que no creo que hiciera nada que te perjudicara.
Miley lanzó una risa breve y amarga.

–¿Cómo explicas esta intimidación, esta humillación y este chantaje? ¿Cómo llamarías tú la experiencia por la que me ha hecho pasar ahí dentro?

Stuart se encogió desvalidamente de hombros.

–Chantaje, no. Te ofrece dinero, no al revés. Yo lo llamaría poner toda la carne en el asador, utilizar todos los medios a su alcance para conseguir lo que quiere, lo que quiere con toda su alma. También creo que la situación se fue de las manos gracias a la táctica de mano dura de Pearson y a su histrionismo. Estuve observando a Farrell la mayor parte del tiempo y cada vez que Pearson te apretaba las tuercas, Nick parecía enojado. Creo que eligió mal sus abogados para lo que, por su parte, solo pretendía ser un acercamiento amable. Levinson y Pearson únicamente saben actuar de un modo, atrapando a la presa por el cuello. Van a ganar, caiga quien caiga.

Las esperanzas de 
Miley se hundieron ante el tenue razonamiento de Stuart.

–No puedo arriesgar la vida de mi padre basándome en una hipótesis tan frágil. Te diré algo más –añadió con tristeza–. Nick ha elegido unos abogados que piensan lo mismo que él. Es posible que estés en lo cierto al suponer que no quiere herirme personalmente, pero eso se debe a que no soy el objetivo de este asunto. Lo vi claro cuando salimos de ahí. –Respiró hondo–. No, a Nick yo no le intereso. En realidad, ni siquiera me conoce. Lo que quiere es vengarse de mi padre y ha ideado dos modos para lograrlo: o lo lleva ante los tribunales o emprende un camino mejor, más dulce, para la venganza. Es decir, me utiliza. Soy la más dulce de las venganzas. Obligar a mi padre a vernos juntos después de tantos años, hacerle pensar que existe la posibilidad de que permanezcamos unidos... Para Nick, esa es la venganza. –Puso una mano en la manga de Stuart–. ¿Me harás un favor cuando le entregues esto?

Stuart asintió, al tiempo que cubría con su mano la de 
Miley.

–Intenta arrancarle el compromiso de que todo este asunto no se divulgue. Es probable que no acceda, porque eso le robará parte del placer que busca, pero inténtalo.

–Lo intentaré.
Miley se marchó y Stuart escribió en la segunda página las condiciones que ella establecía, con la esperanza de que Nick no se negara a aceptarlas. Se dirigió al despacho de Nick y no se molestó en llamar a la puerta, sino que entró directamente. Su hombre no estaba allí. Salió a la sala de conferencias con cierto sigilo. Si lo sorprendía, tal vez detectara en su rostro... una expresión que reflejara los verdaderos sentimientos de aquel tipo enigmático.

Nick había descorrido las cortinas y estaba de pie junto a los ventanales, con un vaso en la mano. Tenía la mirada perdida en el paisaie urbano. Con cierta satisfacción, Stuart pensó que tenía el aspecto de alguien que acaba de sufrir un tremendo revés y trata de adaptarse a la nueva situación. De hecho, aquel hombre, de pie allí en el amplio recinto, rodeado de todos los objetos de su exito, de su riquéza y su poder, parecía solo, desvalido, a juzgar por su manera de inclinar la cabeza y de mirar el vaso que tenía en la mano. En aquel momento se lo llevó a los labios y bebió el contenido de un sorbo, como si intentara quitarse un sabor amargo.

–¿Debí haber llamado? –preguntó Stuart.

Nick volvió la cabeza bruscamente, pero incluso sorprendido Stuart no supo con seguridad si lo que vio en sus ojos fue un alivio inmenso o una gran satisfacción, puesto que se puso en guardia de inmediato. Durante la reunión, ante la presencia de 
Miley,  Stuart había estudiado el rostro de Farrell, pero ahora estaban los dos solos. El abogado vio una expresión distante e inescrutable mientras Nick lanzaba una fugaz mirada a los documentos que él llevaba en la mano. Luego Nick se encaminó hacia el bar.