jueves, 16 de enero de 2014

Paraíso Robado - Cap: 47



A medianoche Nick todavía estaba despierto, con los ojos cerrados y obsesionado con el hecho de que Miley dormía al otro extremo del pasillo. A las doce y media se levantó de la cama, cogió el frasco de pastillas y se tragó una de las que causaban somnolencia como efecto secundario. A la una y cuarto de la madrugada volvió a tomar el frasco y engulló otro comprimido.

Las pastillas lo hicieron dormir, pero de inmediato empezó a soñar. Soñó con 
Miley ... desnuda. Le acariciaba ansiosamente el cuerpo, haciéndola gemir de placer. Él la penetraba y le provocaba un orgasmo tras otro, hasta que por fin ella se asustaba al ver que él no parecía capaz de detenerse.

–¡Nick, basta, me estás asustando!

Seguía penetrándola mientras ella le rogaba que se detuviera...

–¡Nick, por favor, basta!

Mientras le decía que estaba durmiendo...

–¡Basta, estás soñando!

Y lo amenazaba con llamar al médico...

–¡Si no te despiertas, voy a llamar a un médico!

Él no quería a un médico, quería a 
Miley . Intentó ponerse encima de ella, pero la joven lo inmovilizó y colocó una mano sobre su frente... Le ofreció café...

–¡Por favor, despierta! Te he traído café...

–¿Café?

–¡Maldita sea, estás soñando! –le susurró al oído–. Y sonríes al soñar. Ya está bien, ¡despierta!

Fue la maldición lo que sacó a Nick de su sopor. 
Miley nunca decía improperios, por lo que algo andaba mal en su sueño. Había un error...

Se obligó a abrir los ojos y su mirada tropezó con el hermoso rostro que tenía muy cerca. Se esforzó en volver a la realidad. 
Miley se inclinaba sobre él y lo sostenía por los hombros. Parecía preocupada.

–¿Qué pasa? –le preguntó Nick.
Miley lo soltó y se sentó a su lado en la cama, dejando escapar un suspiro de alivio.

–Te agitabas en la cama, y hablabas en voz tan alta que te oí desde mi habitación. No podía despertarte y me asusté, pero no tenías fiebre. Te he traído café –concluyó, y con un gesto señaló la mesita de noche. Nick se incorporó obedientemente. Se apoyó contra el respaldo de la cama y hundió una mano en el pelo, como intentando desprenderse de los últimos vestigios del sueño.

–Son esas pastillas –explicó–. En dos de ellas debe de haber la fuerza de una cabeza nuclear.
Miley tomó el frasco y leyó la inscripción.

–Aquí dice que solo debes tomar una.

Nick no replicó. Tendió el brazo y cogió la taza de calé, que bebió con placer. Después reclinó la cabeza y cerró los ojos, y así permaneció durante unos minutos, permitiendo que el calor y la cafeína obraran el pequeño milagro.
Miley recordaba los despertares de Nick. Sabía que durante los primeros minutos no pronunciaba palabra, así que se puso de pie y con aire distraído se dedicó a ordenar la mesita de noche, después puso el albornoz de Nick al pie de la cama. Cuando acabó, se topó con la mirada de Nick, ya más alerta; su rostro parecía relajado, casi juvenil, y muy apuesto.

–¿Te sientes mejor? –le preguntó 
Miley, sonriendo.

–Mucho mejor. Preparas un gran café.

–Se supone que toda mujer posee una especialidad culinaria, para lucirla cuando se presenta la ocasión.

Nick reparó en el brillo divertido de los ojos de la joven y sonrió perezosamente.

–¿Quién dijo eso? –quiso saber.

–Lo leí en una revista en el consultorio del dentista –aseguró ella, reprimiendo la risa–. Mi gran especialidad es el café. Bien, ¿quieres desayunar?

–Depende. Si vas a servirlo en botellas y frascos como ayer, no –bromeó Nick.

–Yo en tu lugar lo pensaría mejor antes de insultar a la cocinera. Bajo la pileta hay un detergente que parecería azúcar si lo pusiera en el tazón de cereales.

Nick se echó a reír y luego apuró el resto del café.

–En serio –le dijo 
Miley , sonriéndole desde el pie de la cama. Era una diosa dorada vestida con pantalones vaqueros; un ángel de pícara mirada–. ¿Qué quieres desayunar?

Te quiero a ti, pensó Nick mientras una oleada de deseo se adueñaba de su cuerpo. La quería a ella de desayuno. Anhelaba arrastrarla a la cama, hundir las manos en su sedosa cabellera y gozar de su cuerpo atormentado por el deseo. Quería sentir las manos de 
Miley, quería poseerla y hacerla gemir, pidiendo más y más.

–Cualquier cosa que hagas –musitó Nick, tapándose con las mantas para que 
Miley no viera que estaba excitado–, lo tomaré en la cocina, después de ducharme.

Cuando 
Miley salió, Nick cerró los ojos y apretó los dientes, atrapado entre la rabia y la incredulidad. A pesar de todo lo ocurrido en el pasado, ella aún ejercía el mismo poder sobre él. ¡Y si solo se tratara de lujuria! Eso podría perdonárselo, pero en cambio, aquel repentino deseo de fundirse en ella una vez más, de ser... amado por ella.

En los últimos diez años se había acostado con docenas de mujeres, todas más experimentadas de lo que era 
Miley cuando la dejó embarazada. Sin embargo, con todas ellas el acto sexual no había sido más que un simple placer físico compartido. En cambio, con Miley fue un acto de profunda y mortificante belleza. Así lo había sentido él entonces, tal vez porque estaba tan loco por ella que no fue capaz de establecer la diferencia entre la imaginación y la realidad. A los dieciocho años Miley lo había cautivado, pero ahora, a los veintinueve, era una amenaza aún mayor para su equilibrio mental, porque los cambios que se habían producido en ella lo intrigaban y atraían. A la sofisticación juvenil de Miley se añadía ahora un toque de elegancia, aunque en sus ojos aun brillaba la misma dulce vulnerabilidad. Su sonrisa pasaba de provocativa a luminosa, según su humor. En su adolescencia Miley poseía un candor que a él le encantó y sorprendió; ahora era una brillante mujer de negocios que no obstante todavía parecía tan natural como siempre. Y lo más sorprendente era que no daba importancia a su belleza, o si lo hacía, nadie podría adivinarlo. Nick la había observado el día anterior y no la había visto mirarse al espejo del comedor ni siquiera un instante. La belleza de Miley había madurado y su figura había adquirido un exuberante esplendor, que le permitía resultar tan atractiva vestida con vaqueros y jersey como con el abrigo de piel y el vestido negro que luciera el día del almuerzo.

A Nick le ardía la sangre, poseído por el deseo de explorar y acariciar las nuevas curvas que la joven había adquirido. De pronto, su mente traicionera le presentó una tentadora solución: si la poseía una vez más, solo una vez, tal vez se apagara aquella sed, aquel deseo ardiente que ella le inspiraba. Y por fin 
Miley saldría para siempre de su vida. Maldiciendo en silencio, Nick saltó de la cama y se puso el albornoz. Era una locura pensar en acostarse con ella... aunque solo fuera una vez.

¿Acostarse con ella de nuevo? Se detuvo en seco. Por primera vez desde que 
Miley llegara se sentía capaz de pensar con lucidez, sin la interferencia de las pastillas y de la enfermedad, ¿Para qué diablos había ido Miley hasta allí?



La joven había respondido a esta pregunta: «Quiero una tregua...».

Bien, se la había concedido. Así pues, ¿por qué no se había marchado? Sin duda no había viajado hasta allí para jugar al ama de casa. De modo que debía de haber alguna otra razón para quedarse y traerle el café a la cama, cuidarlo y hacer todo lo posible para desarmarlo una vez mas.

De pronto, la respuesta cayó sobre él como un jarro de agua fría. Su propia estu/pidez por no haberse dado cuenta antes lo dejó perplejo. ¿Acaso no había dicho 
Miley que deseaba el terreno de Houston y que Bancroft no podía permitirse el lujo de pagar treinta millones de dólares por él?

¡Ahí estaba! Esa mujer era una droga. Le había anestesiado la mente. Quería arrancarle el terreno de Houston por el precio de veinte millones, lo pagado por Intercorp. Y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por conseguir su propósito. Su abyecta disculpa, el presunto deseo de una tregua, su comportamiento de dulce esposa... Todo había sido urdido con el propósito de bajar sus defensas, de barrerlas y hacerle capitular. Asqueado por la hipocresía de la mujer, y también por su propia estu/pidez, Nick se dirigió a la ventana, descorrió la cortina y vio que la nieve cubría el camino de salida de la casa. Lo perseguía la imagen de 
Miley sentada a su lado en la cama, mansamente. «Lo aceptaré como penitencia», creyó recordar que había dicho ella.

¿Penitencia?, pensó Nick, furioso. ¿Mansedumbre? 
Miley no tenía en todo su ser el menor asomo de mansedumbre. Ella y su padre pisotearían sin remordimiento alguno a todo el que se interpusiera en su camino, y lo harían convencidos de que era su derecho divino. Miley había aprendido a ser tenaz, ese era su único cambio. Sin duda se metería en la cama con él si con ello conseguía el terreno de Houston. Al pensarlo, Nick sintió repugnancia, no lujuria.

Volviéndose, cogió del suelo su maleta, la abrió y sacó el teléfono móvil que siempre llevaba consigo. Cuando en la casa vecina Sue O’Donell contestó la llamada, Nick la informó breve e impacientemente del estado de la familia y después añadió:

–Mi casa está bloqueada por la nieve. ¿Quieres pedirle a Dale que limpie el camino de entrada?

–Claro que sí –le respondió enseguida la mujer–. Regresará esta tarde y te lo enviaré de inmediato.

Furioso por este aplazamiento, pero sin otra alternativa, Nick colgó y luego se metió en el cuarto de baño. Antes de que su lujuria lo indujera a hacer algo que luego lamentaría, algo que le costaría el poco orgullo que le quedaba, era necesario sacar a 
Miley de la casa. Ahora solo tenía que encontrar las llaves del BMW. Recordaba vagamente la noche en que ella llegó. Se había agachado cerca de la rueda delantera, la del asiento del conductor. Por allí debían de estar las dichosas llaves. La idea de tener que sumergirse y escarbar en la nieve le resultaba menos desagradable que tener a Miley bajo su mismo techo durante otro día entero con su correspondiente noche. Si no encontraba las llaves, le haría un puente al coche. Cuando abrió el grifo de la ducha se preguntó si el coche tendría una alarma electrónica que lo desconectaría si le hacía el puente. En ese caso intentaría otra cosa, todo menos permitir que Miley se quedara. En cuanto el camino estuviera despejado, le concedería cinco minutos para recoger sus cosas y largarse de allí.



Todavía abotonándose la camisa, Nick bajó con decisión por la escalera. 
Miley se volvió al verlo cruzar el umbral de la cocina mientras se ponía una chaqueta de cuero. Luego observó cómo se dirigía a la puerta de la casa.

–¿Adónde vas?

–A buscar tus llaves. ¿Recuerdas dónde te cayeron?

Sorprendida, 
Miley se disponía a responder cuando vio la expresión crispada de la cara de Nick.

–Se me cayeron al pasar por delante del capó, pero no hay razón para que salgas a buscarlas ahora...

–Sí que la hay –repuso él con acritud–. Esta farsa ya ha durado bastante. Y no pongas esa cara de sorpresa, 
Miley.  Estás tan aburrida como yo de esta comedia de felicidad conyugal. –La joven se estremeció al oír estas palabras. Era como si la hubieran abofeteado. Pero Nick no había acabado–. Admiro tu tenacidad, Miley.  Quieres el terreno de Houston por veinte millones y además un divorcio rápido y amistoso, sin publicidad. Te has pasado dos días cuidándome y engatusándome para conseguir ambas cosas. Bueno, tu intento ha fracasado. Ahora vuelve a la ciudad y compórtate como la buena ejecutiva que eres. Llévarne a los tribunales por el asunto de Houston y pide el divorcio, pero déjate de farsas ridículas. El papel de esposa humilde y enamorada no te sienta bien, y debes de estar tan harta de él como lo estoy yo.

Giró sobre los talones y abriendo la puerta, salió. 
Miley permaneció con la mirada fija, sintiendo una mezcla de pánico y decepción. ¡Nick había dicho que aquellos dos días habían sido una farsa aburrida! Secándose unas lágrimas de frustración, se mordió un labio e intentó concentrarse en el guiso que estaba preparando. Era obvio que había dejado pasar las mejores oportunidades para contarle a Nick que no había abortado voluntariamente, y por otra parte, no tenía la más remota idea de lo que lo había puesto de tan malhumor. ¡Cómo le disgustaba que Nick fuera tan voluble! Siempre había sido así. Una nunca sabía qué estaba pensando o qué iba a hacer. Antes de salir de su casa de Chicago, ella estaba decidida a contarle la verdad de lo ocurrido hacía once años, pero ahora dudaba que a él le importara, aun en el caso de que la creyera. Cogió un huevo y lo rompió con tanta fuerza contra un lado de la sartén que la yema se derramó fuera del recipiente.

Nick estuvo buscando las llaves durante diez minutos, pero su esfuerzo resultó inútil. Cuando la humedad traspasó los guantes, renunció. Mirando por la ventanilla del vehículo, comprobó el sistema de alarma y le pareció que solo podía desconectarse con la propia llave del coche. Aunque forzara la portezuela con una ganzúa y entrara para hacerle el puente al maldito automóvil, su sistema de alarma lo dejaría paralizado.

–El desayuno está listo –anunció 
Miley , inquieta, entrando en el salón después de haber oído el portazo que dio Nick al volver al interior de la casa–. ¿Has encontrado las llaves?

–No –dijo él, esforzándose por mantener la calma–. Hay un cerrajero en la ciudad, pero los domingos no está.
Miley sirvió el desayuno, huevos revueltos, y se sentó frente a él. Intentando desesperadamente restaurar siquiera la sombra de la relación del día anterior, preguntó en voz baja.

–¿Te importaría decirme por qué de pronto has decidido que este fin de semana ha sido un aburrido complot que yo he urdido?

–Digamos que con la salud he recuperado también el buen juicio –se limitó a responder Nick.

Durante los diez minutos del desayuno ella trató de entablar conversación, pero Nick siempre le contestó con monosílabos. Apenas terminó de comer, se puso en pie y anunció que se iba al salón a embalar las cosas.
Miley lo observó salir de la cocina. El corazón se le contrajo, pero empezó a limpiar cacerolas y a poner las cosas en su sitio corno un autómata. Cuando terminó, se dirigió al salón.

–Hay mucho que guardar –comentó, decidida a encontrar el modo de recuperar a Nick–. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

Nick percibió el ruego que encerraban esas palabras y una nueva oleada de lujuria volvió a poseerlo. Se irguió y se quedó mirándola. Podrías subir conmigo y ofrecerme tu cuerpo, pensó.

–Haz lo que quieras.
Miley se preguntó por qué de pronto él la consideraba aburrida e irritante. Patrick había dicho que su hijo había enloquecido de dolor al descubrir lo del presunto aborto, y que casi le costó la vida su negativa de recibirlo en el hospital. Miley pensó que su suegro exageraba, pero ahora estaba segura de que no era así, y esa certeza la hizo sentirse desesperada. Sin embargo, no la sorprendió. Nick siempre había sido un hombre capaz de asumir grandes responsabilidades, pero era imposible saber qué pensaba y qué sentía. Confiando contra toda esperanza que mejoraría su humor si lo dejaba solo, Miley se pasó la mañana guardando ropa de cama y el contenido de los armarios. Nick le había dicho durante el desayuno que donarían la ropa a una organización de caridad. Los recuerdos familiares, en cambio, había que conservarlos.

A mediodía bajó a la planta baja. Almorzaron sándwiches; y aunque Nick no se mostró amistoso, por lo menos contestó siempre que ella le hizo alguna pregunta. 
Miley supuso que estaba de mejor humor.

Cuando terminó de limpiar la cocina, lanzó una mirada de satisfacción al resultado de su obra, se dirigió al salón, donde Nick estaba metiendo en cajas libros y una cantidad de objetos más o menos triviales pero sin duda de gran valor sentimental. 
Miley se detuvo en el umbral de la puerta, viendo cómo la camisa que llevaba Nick se ajustaba a su cuerpo con el movimiento de sus músculos. Él se había cambiado los pantalones vaqueros después de buscar las llaves en la nieve, y en su lugar se había puesto unos grises que se ceñían a sus caderas y a lo largo de sus piernas musculosas.
Miley tuvo la tentación de rodearle por detrás la cintura con los brazos y apoyar la mejilla contra su espalda. Se preguntó cómo reaccionaría él. Lo más probable era que se la sacara de encima con rudeza.

Mentalizada para el rechazo, avanzó hacia Nick, pero después de haber soportado durante horas su imprevisible temperamento, ella también estaba nerviosa y a punto de estallar. Observó cómo él ponía cinta adhesiva a la última caja de libros.

–¿Puedo hacer algo para ayudarte? –preguntó.

–No lo creo, porque he terminado –contestó él sin molestarse en volver la cabeza.
Miley se puso rígida y sus mejillas enrojecieron de ira. Hizo un último esfuerzo para ser cortés.

–Voy al cuarto de Julie a empaquetar unas cosas que dejó. ¿Quieres que antes te prepare una taza de café?

–No –repuso Nick.

–¿Alguna otra cosa?

–¡Por el amor de Dios! –estalló él, volviéndose–. Deja de actuar como una esposa paciente y lárgate de aquí.

La ira asomó a los ojos de 
Miley , que apretó los puños y luchó contra el deseo de llorar y abofetear a Nick.

–Está bien –replicó, tratando de mantener en lo posible la dignidad–. Puedes preparar tu maldita comida y comértela solo. –Se encaminó hacia la escalera.

–¿Qué diablos quieres decir con eso? –le exigió Nick.

Ella estaba ya en el rellano. Se volvió y lo miró como una diosa altiva y enfadada, la cabellera cubriéndole los hombros.

Paraíso Robado - Cap: 46



A mediodía los efectos del medicamento se habían disipado y Nick se sentía muchísimo mejor, si bien se sorprendió al encontrarse tan débil. Ducharse y ponerse unos vaqueros le supuso un esfuerzo agotador. La cama era una tentación que debía ignorar. Abajo, Miley parecía entregada a la tarea de preparar el almuerzo, pues se la oía ir y venir por la cocina. Nick sacó de su maleta la maquinilla eléctrica que se había comprado en Alemania y la enchufó al transformador de corriente. Afeitándose ante el espejo, pensó en 
Miley, pensó que estaba abajo.

Imposible. Y sin embargo, era verdad. Ahora que estaba despierto y alerta, las razones de 
Miley para encontrarse allí y su aceptación de la pérdida del terreno de Houston eran cosas que, en el mejor de los casos, parecían improbables. Nick lo sabía, pero por el momento decidió que era mejor no obsesionarse demasiado, no pensar en los motivos de su ex esposa. Estaba nevando otra vez y hacía mucho frío. Pero allí dentro la temperatura era agradable y tenía una compañía inesperada. Además, no se sentía capaz de seguir embalando cosas y tampoco estaba tan mal como para tumbarse en la cama o en el sofá y quedarse todo el día mirando al techo. La presencia de Miley  aunque no reconfortante, sería mejor que la soledad.

En la cocina 
Miley lo oyó y sonrió al tiempo que colocaba en un bol la sopa enlatada que había preparado. Luego puso en un plato el sándwich de carne.

Desde el momento en que Nick le estrechó la mano para sellar la paz, un extraño sentimiento de calma inundaba su ser. Se dio cuenta de que nunca había conocido a Nick Farrell y se preguntó si alguien lo conocía a fondo. Según lo que había leído y oído, sus adversarios del mundo de los negocios lo odiaban y le temían; sus ejecutivos lo admiraban y estaban deslumbrados por él. Los banqueros lo halagaban y la Comisión Controladora de Acciones y Valores, que presidía la bolsa, lo consideraba un halcón.

Con escasas excepciones, incluso los admiradores de Nick parecían ver en él a un depredador al que había que tratar con cuidado, sin dar pie a que se sintiera ofendido. 
Miley llegó a esta conclusión repasando en la memoria todo lo que sabía sobre Nick.

Y sin embargo, postrado en la cama, la escuchó y consintió en hacer las paces con ella, aun creyendo que años atrás lo había abandonado... al asesinar al hijo de ambos. 
Miley sonrió al pensar en ello. Años atrás Nick se había sentido humillado, como si fuera un mendigo insignificante. Ahora estaba dispuesto a perdonarla. El recuerdo de aquel apretón de manos, de la dulzura del mismo, le resultaba profundamente conmovedor.

Concluyó que los que hablaban de Nick con temor no lo conocían en absoluto, porque de lo contrario comprenderían que era un ser comprensivo y lleno de piedad.

Tomó la bandeja y se dirigió al piso superior. Por la noche, tal vez al día siguiente por la mañana, le contaría lo que realmente había ocurrido años atrás. De esta forma, el divorcio sería uno más entre tantos actos amistosos.

Sin embargo, aunque 
Miley. deseaba ardientemente confesárselo todo, temía hacerlo como nunca había temido ninguna otra cosa. Era verdad que Nick se había mostrado dispuesto a olvidar, pero ¿cuál sería su reacci6n al descubrir hasta qué punto Philip era hipócrita y traidor?

Por ahora, 
Miley se contentaría con dejar a Nick en su bendita ignorancia. Así, ella se concedería también un descanso, porque las últimas veinticuatro horas habían sido extenuantes. De repente Miley cayó en la cuenta de que la idea de pasar una velada en paz con Nick le resultaba sumamente agradable. Se dijo que eso no tenía por qué alarmarla. No significaba nada. Después de todo, Nick y ella eran, en cierto modo, viejos amigos que merecían la oportunidad de recuperar su amistad.

Se detuvo ante la puerta de Nick y dio unos golpecitos.

–¿Estás visible?

Con divertido terror, Nick presintió que ella le traía otra bandeja.

–Sí. Pasa.
Miley abrió la puerta y lo vio de pie frente al espejo, sin camisa, afeitándose. De inmediato la asaltó el recuerdo de su breve pero intensa relación de hacía once años. Su fornida espalda, aquellos músculos fuertes... Desvió la mirada y Nick se dio cuenta de ello por el espejo.

–Nada que no hayas visto antes –comentó con cierta sequedad.

Lamentando haberse comportado como una est/úpida inexperta, 
Miley intentó decir algo atrevido y soltó lo primero que le pasó por la cabeza.

–Es verdad, pero ahora estoy comprometida.

La mano de Nick se detuvo.

–Tienes un problema –dijo después de una brevísima pausa–. Un marido y un novio.

–De joven apenas salía de casa –bromeó 
Miley al tiempo que depositaba la bandeja sobre la mesita de noche–. Ahora, para compensar, colecciono hombres. –Se volvió hacia él y, moderando el tono de voz, prosiguió–: Por lo que me dijo tu padre, parece ser que no soy la única que tiene ese problema. Creo que quieres casarte con la chica de la foto de tu oficina.

Nick fingió indiferencia y aplomo y, ladeando la cabeza, deslizó la máquina de afeitar desde el cuello a la mandíbula.

–¿Eso dijo mi padre?

–Sí. ¿Es cierto?

–¿Te importa?
Miley vaciló, extrañamente infeliz por el giro que tomaba la conversación. Sin embargo, respondió con franqueza.

–No.

Nick desenchufó la máquina. Se sentía débil y en ese momento no tenía ganas de hablar del futuro.

–¿Puedo pedirte un favor?

–Claro.

–Estas dos últimas semanas han sido agotadoras. Me ilusionaba la idea de venir aquí y descansar un poco...
Miley tuvo la impresión de que él la había abofeteado.

–Siento haber interrumpido tu paz.

En los labios de Nick apareció una sonrisa cálida y divertida.

–Siempre me has arrebatado la paz, 
Miley.  Cada vez que nos encontramos el cielo parece desplomarse. No he querido decir que lamente tu presencia, sino que me gustaría pasar una velada agradable y tranquila contigo, sin tener que hablar de nada serio.

–En realidad, eso es lo que yo también deseo.

De completo acuerdo, se miraron mutuamente durante un largo instante. Después 
Miley cogió el grueso albornoz azul marino; etiqueta Neiman–Marcus, que él había dejado en el respaldo de una silla.

–Ahora podrías ponerte esto y empezar a comer.

Nick aceptó la sugerencia. Se anudó el albornoz y se sentó dispuesto a enfrentarse con la comida de 
Miley . Esta se dio cuenta de la inquieta mirada que él lanzó a los platos.

–¿Qué hay en ese bol? –preguntó, receloso.

–Una ristra de ajos –mintió ella con fingida serenidad–. Para que te la cuelgues del cuello. –Nick todavía reía cuando 
Miley destapó el recipiente–. Incluso yo puedo calentar una lata de sopa y meter carne entre dos rebanadas de pan –dijo sonriendo.

–Gracias –susurró Nick sinceramente– Eres muy amable.

Cuando terminó de comer, ambos se dirigieron a la planta baja y se sentaron frente al fuego que él se empeñó en prender. Durante un rato hablaron plácidamente de cosas triviales, como el tiempo, el libro que él había estado leyendo; y también de Julie. Era obvio que Nick poseía una enorme fortaleza física que le permitía recuperarse con rapidez, pensó 
Miley , aunque desde luego debía de estar cansado.

–¿No quieres acostarte un rato? –le preguntó.

–No, prefiero estar aquí –contestó él, pero se tendió en el sofá y apoyó la cabeza en el almohadón.

Cuando despertó una hora después, pensó lo mismo que por la mañana. Había soñado que 
Miley estaba allí. Pero al volver la cabeza vio a la joven sentada en la misma silla que ocupaba antes. No había sido un sueño. Miley seguía allí y en estos momentos hacía anotaciones en un bloc amarillo que sostenía sobre la falda. Tenía las piernas dobladas sobre la silla. Nick se quedó observándola, pensando que parecía una colegiala haciendo los deberes en lugar de la presidenta interina de una gran cadena nacional de tiendas. En realidad, cuanto más la observaba, más imposible parecía.

–¿Qué haces? –preguntó.

En lugar de responder algo así como «álgebra» o «geometría», la mujer de la silla sonrió y se dispuso a dar explicaciones.

–Escribo un resumen de tendencias del mercado para presentarlo en la próxima reunión de nuestro consejo. Espero conseguir que me permitan aumentar la mercancía con nuestra propia marca. Los grandes almacenes –añadió al advertir que él la escuchaba con verdadero interés–, en particular los que son como Bancroft, logran beneficios comercializando sus propias marcas, pero no le estamos sacando todo el partido posible a esto, a diferencia de Neiman, Bloomingdale y algunos otros.

Como la semana anterior durante la comida, Nick se sintió intrigado por esta dimensión de la personalidad de 
Miley , la de mujer de negocios. Era una faceta de la joven completamente opuesta a lo que sabía de ella.

–¿Por qué no ha explotado Bancroft esa posibilidad? –le preguntó Nick.



Al cabo de unas horas, 
Miley se lo había explicado todo: desde el sistema de comercialización de Bancroft a sus operaciones financieras, los problemas derivados de la fiabilidad de los productos, sus planes de expansión... Nick no estaba solo intrigado, sino también impresionado por la capacidad de Miley . En cierto modo, y aun sabiendo que era ridículo, se sentía muy orgulloso de ella.

Sentada frente a él, 
Miley tenía la vaga conciencia de haber pasado el examen, pero se hallaba tan inmersa en la conversación, tan impresionada porque Nick captaba de inmediato los conceptos más complicados, que había perdido la conciencia del tiempo. La página de su bloc estaba llena de anotaciones aportadas por las sugerencias del brillante financiero. Tendría que meditar sobre ellas detenidamente, aunque la última estaba fuera de lugar.

–Nunca lo conseguiremos –le explicó a Nick cuando él la instó a adquirir sus propias plantas de producción en Taiwan o Corea.

–¿Por qué no? Si fuerais dueños de las fábricas, se acabarían vuestros problemas de control de calidad y pérdida de confianza de los consumidores.

–Cierto, pero no creo poder permitírmelo. Por lo menos ahora y en un futuro próximo.

Nick frunció el entrecejo ante lo que creyó una falta de percepción.

–¡No te estoy sugiriendo que utilices tu propio dinero! Pide un préstamo bancario. Para eso están. Los banqueros te prestan tu propio dinero cuando están seguros de que vas a emplearlo en un negocio rentable, después te cargan intereses por hacerlo y cuando les devuelves los préstamos, te felicitan por la suerte que has tenido de poder contar con ellos, que se arriesgaron al prestártelo. Bueno, supongo que todo eso ya lo sabes bien.
Miley se echó a reir,

–Me recuerdas a mi amiga Demi, a quien no le entusiasma la profesión de mi novio. Según ella, Parker debería darme el dinero siempre que lo necesito, sin pedir garantías subsidiarias.

La sonrisa de Nick se desvaneció al recordar que existía un novio de por medio. Poco después pareció sorprendido al oír lo que decía 
Miley.

–Créeme, me estoy convirtiendo en una experta en préstamos comerciales. Bancroft lo debe todo, y también yo.

–¿Qué significa eso de «también yo»?

–Hemos crecido con mucha rapidez. Si nos metemos en un complejo comercial que otra firma está poniendo en marcha, los costos son más bajos, pero también los beneficios. Por eso solemos construir nosotros mismos el complejo y después alquilamos una parte a otros comerciantes. Cuesta una fortuna hacerlo y por eso hemos tenido que recurrir a los créditos bancarios.

–Lo comprendo. Lo que no entiendo es qué tiene que ver eso contigo personalmente.

–Para que te den el crédito se necesitan garantías subsidiarias –le recordó ella–. Bancroft & Company ya ha utilizado todas las disponibles, aparte de las tiendas mismas. Cuando construimos en Phoenix agotamos nuestra capacidad de ofrecer garantías subsidiarias. Y como yo estaba deseando meterme en Nueva Orleans y en Houston, he entregado como garantía mis propias acciones y mi herencia personal, de la que podré disponer muy pronto, al cumplir treinta años. –
Miley vio que Nick fruncía el entrecejo y se apresuró a añadir–: No hay razón para preocuparse. Los almacenes de Nueva Orleans han pagado a tiempo y fácilmente todos los plazos de su deuda, tal como yo tenía previsto. Por lo tanto, mientras una nueva sucursal pueda hacer frente a sus vencimientos bancarios, puedo vivir tranquila.

Nick estaba atónito.

–No me estarás diciendo que aparte de poner tus bienes como garantía subsidiaria has garantizado personalmente el crédito para los almacenes de Nueva Orleans.

–Tuve que hacerlo –confirmó ella con voz serena.

Nick intentó no hablar como un profesor que trata de inculcar algo a sus desdichados estudiantes.

–Nunca vuelvas a hacerlo –le advirtió–, Nunca, nunca comprometas tu propio dinero en un negocio. Ya te he dicho que para eso están los bancos. Y el banco solo tiene derecho a pedirte que garantices personalmente un préstamo o entregues una garantía subsidiaria cuando eres para ellos una incógnita, sin antecedentes de haber cumplido con los plazos. –
Miley abrió la boca para hacer una objeción, pero Nick levantó la mano y añadió–: Sé que intentarán que firmes personalmente. Si pudieran tener cincuenta codeudores para la simple hipoteca de una vivienda los tendrían, porque así eliminan todo riesgo. Si los bancos ganan dinero con los intereses de sus préstamos, que asuman los riesgos. Si algo marchara mal en Nueva Orleans y Bancroft no pudiera hacer frente a los plazos, tendrías que responder tú y te dejarían en la calle.

–No había otra solución.

–Nunca vuelvas a hacerte responsable de un préstamo de Bancroft. ¿Crees por un momento que a los ejecutivos de la General Motors les piden que firmen créditos corporativos en favor de la empresa?

–No, claro que no. Pero nuestro caso es diferente.

–Eso es lo que los bancos siempre tratan de decirte. Por cierto, ¿quién diablos es el banquero de Bancroft?

–Mi novio... Es decir, el Reynolds Mercantile Trust –le aclaró ella, y notó la impresión de disgusto que la noticia causó a Nick.

–¡Pues menuda manera de hacer negocios con su novia! –comentó con sarcasmo.
Miley se preguntó si la observación tendría algo que ver con la rivalidad entre hombres.

–Debes ser más razonable –declaró 
Miley sin alterarse–. Olvidas algo. Existen los auditores y ellos analizan los créditos bancarios. En este caso los analizan con lupa, porque son muchos los bancos en quiebra. Fruncen el entrecejo si uno de ellos concede grandes préstamos a una sola persona o empresa, y nosotros le debemos cientos de millones de dólares al Reynolds Mercantile. Parker no podría seguir prestándonos dinero sin que se le echaran encima, y menos ahora que él y yo estamos comprometidos. Es decir, a menos que nosotros pongamos suficiente garantía subsidiaria.

–Debe de existir otra clase de garantía que hubieras podido utilizar. ¿Qué hay de tu paquete de acciones en Bancroft?

Ella se rió y meneó la cabeza. Luego comentó:

–Ya he utilizado ese recurso. Y también mi padre. Solo hay una gran accionista en la familia que no ha comprometido su paquete.

–¿Quién es?
Miley deseaba llevar la conversación a otro terreno y aprovechó la oportunidad.

–Mi madre –respondió.

–¿Tu madre?

–Yo también tengo una, ¿sabes? –bromeó ella–. Mi madre recibió un gran paquete de acciones a cambio del divorcio.

–¿Por qué no contribuye ahora? No tendría nada de extraño, puesto que obtendrá beneficios. Las acciones de tu empresa suben como la espuma, y estáis creciendo y prosperando.
Miley dejó a un lado su bloc de notas y miró a Nick a los ojos.

–No lo hizo porque no se le ha pedido que lo hiciera.

–¿Te resultaría incómodo decirme por qué? –preguntó Nick, confiando en que ella no lo considerara un entrometido.

–No se le pidió porque vive en algún lugar de Italia, y ni mi padre ni yo hemos tenido contacto alguno con ella desde que yo tenía un año de edad. –Al observar que Nick no mostraba reacción alguna, 
Miley decidió contarle algo que, normalmente, prefería obviar. Al hablar, observaba su expresión–. Mi madre es... Caroline Edwards.



Él arqueó las cejas, confuso, y 
Miley trató de ayudarle a recordar.

–Piensa en una vieja película de Cary Grant. Transcurre en la Riviera, y allí el héroe persigue a la princesa de un reino mítico...

Por la sonrisa de Nick, adivinó el momento en que él había recordado la película y a su protagonista femenina. Nick se reclinó en el sofá, sonriendo sorprendido.

–¿La princesa de la película es tu madre?
Miley asintió.

En silencio, Nick comparó la elegante perfección de las facciones de 
Miley con el recuerdo que tenía de la actriz. La madre de Miley había sido una mujer muy hermosa, pero su hija lo era todavía más. Poseía una elegancia natural, no adquirida en ninguna escuela de actores. Su nariz delicada, sus pómulos exquisitos y una boca que invitaba al beso, parecían advertir a cualquier osado que guardara las distancias...

Incluso si el osado era el propio marido...

Nick desechó de inmediato ese pensamiento. Estaban casados solo sobre el papel, debido a un tecnicismo; en realidad eran dos extraños. Aun así, tuvo que esforzarse para no mirar el escote de 
Miley ; De hecho, no necesitaba hacerlo. Una vez había explorado cada centímetro de aquellos pechos que ahora llenaban el suéter. Recordaba con exactitud los senos de Miley en sus manos, la suavidad de la piel, la rigidez de los pezones, el aroma... Enojado por la lujuria de sus pensamientos, intentó convencerse de que solo se trataba de la reacción natural de cualquier hombre frente a una mujer seductora e inocente a la vez, pese a estar vestida con un par de pantalones vaqueros y un jersey. Al darse cuenta de que se había quedado mirándola extasiado y mudo, Nick comentó:

–Siempre me he preguntado de dónde habrías sacado ese hermoso rostro. Bien sabe Dios que no ha sido de tu padre.

Asombrada por el cumplido, tan inusual en él, y complacida de que la considerara hermosa incluso ahora que estaba a punto de cumplir los treinta, 
Miley se lo agradeció con una sonrisa y un ligero encogimiento de hombros, porque en realidad no encontraba palabras.

–¿Cómo es que nunca hasta ahora he sabido quién era tu madre?

–No tuvimos mucho tiempo de hablar.

Porque estábamos demasiado ocupados haciendo el amor, pensó Nick, recordando aquellas noches interminables, con ella en sus brazos, intentando saciar su necesidad de satisfacerla y estar cerca de ella.

Confiando plenamente en él, 
Miley le contó otra historia.

–¿Te suena el nombre de Industrias Consolidadas Seabord?

Nick repasó mentalmente una serie de nombres y hechos incoherentes que había acumulado en la memoria durante el transcurso de los años.

–En algún lugar del sudeste existen unas Industrias Consolidadas Seabord. En Florida, sí. Es una sociedad que al principio se componía de un par de grandes empresas químicas y que luego se diversificó abordando la minería, la industria aeroespacial, la manufacturación de componentes electrónicos y una cadena de farmacias.

–De supermercados –corrigió 
Miley con aquella sonrisa que a él le despertaba el deseo de abrazarla y besarla–. Seabord fue fundada por mi abuelo.

–¿Y ahora es tuya? –le preguntó Nick, recordando de pronto que la presidenta de la firma era una mujer.

–No. Es de la mujer de mi abuelo y de sus dos hijos. Siete años antes de morir, mi abuelo se casó con su secretaria, y poco después adoptó a los hijos de esta. A su muerte, les dejó Seabord.

Nick se mostró impresionado.

–Debe de ser una gran mujer de negocios, puesto que ha convertido a Seabord en un conglomerado enorme y muy rentable.

La antipatía que 
Miley sentía por aquella mujer la impulsó a negar sus supuestas dotes empresarias y financieras. Al hacerlo, dijo más de lo que pretendía en principio.

–Charlotte ha expandido la firma, pero cuando Seabord cayó en sus manos ya estaba diversificada. En realidad, poseía todo lo que la familia Bancroft había adquirido durante generaciones. Bancroft & Company, es decir, los grandes almacenes, constituía algo menos de la cuarta parte del valor total de nuestros bienes. Así que no es que ella haya levantado Seabord de la nada.
Miley observó la expresión de sorpresa de Nick y comprendió que estaba pensando que el abuelo no había sido ecuánime en la redacción del testamento.

En otra ocasión, y bajo otras circunstancias, 
Miley no habría desvelado tantas intimidades familiares, pero aquel era un día muy especial. En primer lugar, el placer de sentarse frente a Nick después de tantos años, y de hacerlo de una manera tan amistosa; luego, la satisfacción de estar reanudando una relación que nunca debió haber terminado mal. A todo eso había que añadir el hecho halagador de que Nick parecía sumamente interesado en escucharla. Sin olvidar el ambiente: fuera, la nieve se acumulaba en las ventanas, mientras allí dentro ellos estaban sentados frente al fuego de un hogar. Era una atmósfera propicia para las confidencias.

Como Nick se abstuvo cortésmente de hacer más preguntas, para no parecer demasiado curioso, 
Miley siguió hablando:

–Charlotte y mi padre se detestaban, y cuando mi abuelo se casó con ella se produjo una ruptura tan profunda entre padre e hijo que nunca volvió a soldarse. Más tarde, y tal vez en represalia por la actitud airada de mi padre, el abuelo adoptó a los dos hijos de Charlotte. No supimos que lo había hecho hasta que se leyó el testamento. Mi abuelo dividió su fortuna en cuatro partes iguales, de las cuales una fue a parar a mi padre y las tres restantes a Charlotte y sus hijos. Ella controla las tres partes, claro.

–¿Hay cierto cinismo en tu voz cada vez que nombras a esa mujer?

–Es probable.

–Porque puso sus garras sobre tres cuartas partes de la fortuna de tu abuelo, y no sobre la mitad, que habría sido lo lógico –especuló Nick.
Miley miró la hora, y al advertir que se hacía tarde para cenar se apresuró a añadir:

–La razón no es esa. Charlotte es la mujer más fría y dura que he conocido en mi vida. Creo que ensanchó a propósito el abismo que existía entre mi padre y mi abuelo, lo que en realidad no debió de costarle mucho. –Esbozó una sonrisa amarga–. Ambos, mi padre y mi abuelo, eran muy testarudos y de un genio imposible, es decir, que se parecían demasiado para que sus relaciones fueran pacíficas. Una vez los oí discutir por la forma en que mi padre dirigía Bancroft y mi abuelo le gritó que la única cosa inteligente que había hecho en su vida era casarse con Caroline, pero que incluso eso estaba echando a perder, al igual que estaba haciendo con el negocio. –
Miley miró el reloj como disculpándose–. Se ha hecho tarde y debes de estar hambriento. Prepararé algo para comer.

Nick cayó en la cuenta de que en efecto tenía hambre y también se levantó.

–¿Y estaba tu padre arruinando el negocio? –preguntó siguiéndola hasta la cocina.
Miley rió y meneó la cabeza.

–No, estoy segura de que no. Mi abuelo tenía debilidad por las mujeres hermosas. Estaba loco por Caroline y se enfureció cuando Philip se divorció de ella. Fue él quien le dio a Caroline el paquete de acciones de Bancroft. Dijo que así su hijo recibía su merecido, porque sabría que por cada dólar de beneficio de los grandes almacenes una parte iría a parar a manos de mi madre.

–Parece un gran tipo –comentó Nick con sarcasmo.

La mente de 
Miley estaba ya concentrada en la cena. Abrió el armario de la cocina buscando algo que pudiera sentarle bien a Nick. Este le resolvió el problema dirigiéndose a la nevera y sacando los bistecs.

–¿Qué te parece esto?

–¿Quieres comer algo tan pesado?

–Creo que sí. Hace días que no como como la gente normal. –A pesar de su interés por la cena, Nick se sentía extrañamente remiso a concluir aquella conversación, tal vez porque una charla tranquila entre ellos era una novedad. Una novedad, sí, aunque no tan increíble como tener allí a 
Miley desempeñando el papel de la esposa devota y atenta a su marido convaleciente. Al quitarle el papel de aluminio a la carne, miró a Miley de soslayo. Se estaba anudando una toalla a la cintura en lugar de un delantal. Con la esperanza de que siguiera hablándole, Nick bromeó acerca de una de las cosas que ella le había confiado.

–¿Te dice tu padre que estás arruinando los grandes almacenes?
Miley puso el pan encima de la mesa y sonrió con gesto amargo.

–Solo cuando está de buen humor, que no es muy a menudo.

La joven se dio cuenta del sentimiento de compasión reflejado en los ojos de Nick, y de inmediato se propuso tranquilizarlo, convenciéndolo de que la cosa no era tan terrible.

–Resulta incómodo que me grite en las reuniones, pero los otros ejecutivos ya están acostumbrados a estas escenas. Además, todos pasan por lo mismo cuando les toca el turno, aunque no con la misma frecuencia. Mira, los ejecutivos se dan cuenta de que mi padre es la clase de hombre que detesta que alguien le demuestre su capacidad para hacer algo sin su consejo y sin sus intromisiones. Mi padre contrata a profesionales competentes y con buenas ideas, después los obliga a someterse a las suyas. Si una idea funciona, el mérito es suyo; si falla, tiene a un cabeza de turco. Los que lo desafían y no ceden obtienen ascensos y aumentos de sueldo, pero ninguna muestra de reconocimiento, ni siquiera las gracias. Y cuando de nuevo pretenden introducir una innovación, tienen que prepararse para la misma lucha de siempre.



–¿Y tú? –se interesó Nick, apoyándose contra la pared–. ¿Cómo llevas las cosas ahora que tienes las riendas en las manos?
Miley se detuvo en su tarea de sacar cubiertos del cajón y clavó la mirada en Nick, recordando la reunión de este con sus ejecutivos, y de la que se había hecho una idea el día en que fue a visitarlo a su despacho. De repente distinguió el pecho desnudo de Nick entre las solapas del albornoz. Sus fuertes músculos, la piel bronceada, con abundante vello de pelo negro, le causó un efecto inesperado y perturbador. Exhaló una especie de suspiro y luego las miradas de ambos se encontraron.

–Llevo las cosas igual que tú –dijo, sin importarle que él hubiera advertido su sobresalto.

Nick arqueó las cejas.

–¿Cómo sabes cómo trato a mis ejecutivos?

–Te observé el día que fui a tu despacho. Siempre he sabido que hay un modo mejor de tratar a los ejecutivos que el que utiliza mi padre. Sin embargo, no estaba segura, temía parecer débil, femenina, si ensayaba un diálogo más abierto con el equipo el día que me hiciera cargo de la presidencia.

–¿Y qué? –la estimuló Nick, sonriendo.

–Y eso es lo que estabas haciendo con tu equipo el día que te vi. Sin embargo, nadie te acusaría nunca de ser débil o afeminado. Así que –concluyó apresuradamente– decidí que sería igual que tú cuando creciera. En la cocina se produjo un silencio muy revelador. 
Miley se sentía inquietamente tímida; Nick, mucho más complacido de lo que hubiera deseado admitir.

–Eso es muy halagador –dijo casi ceremoniosamente–. Gracias.

–De nada. Ahora siéntate mientras preparo la cena.





Cuando terminaron de comer, volvieron al salón y 
Miley se dirigió a la librería y se puso a repasar libros y juegos. Había sido un día hermoso e inolvidable, y eso la hacía sentirse culpable ante Parker y vagamente inquieta por... algo que no sabía nombrar. En realidad se confesó con franqueza que sí sabía nombrarlo, aunque ignoraba por qué la afectaba tanto. En aquella casa se respiraba una masculinidad abrumadora que resultaba excesiva para su paz mental, un desmesurado encanto varonil y muchos recuerdos que despertaban de su letargo. No había previsto nada de eso cuando decidió acudir allí. No había esperado ver el pecho desnudo de Nick tan cerca de ella, o mejor dicho, no esperaba que esa visión le despertara recuerdos de otros tiempos. Tiempos en que Nick había estado encima de ella, dentro de ella...

Deslizó un dedo por los lomos de polvorientas novelas sin ni siquiera leer los títulos. Se preguntó ociosamente cuántas mujeres guardarían la memoria del cuerpo de Nick penetrándolas. Docenas, se dijo; no, centenares. Llena de curiosidad, dejó de condenarlo por sus hazañas sexuales y se percató de que no podía despreciar a esas mujeres que le habían ofrecido a Nick su cuerpo. Ya, como mujer adulta, reconocía lo que en su adolescencia solo entendía en parte, que Nick Farrell exudaba una audaz sexualidad y una poderosa masculinidad. Estas cualidades, por sí solas, constituían una atracción letal, pero si se les añadía que Nick poseía una gran fortuna y esgrimía un enorme poder, el cóctel resultante tenía que ser irresistible para la mayoría de las mujeres.

Sin embargo, para ella no. ¡En absoluto! Lo último que hubiera deseado era un imprevisible atleta sexual que llevaba tras él un ejército de mujeres jadeantes. Sin duda prefería un hombre seguro y de gran rectitud moral. Como Parker. No obstante, tuvo que admitir que gozaba con la compañía de Nick; quizá gozaba demasiado.

Sentado en el sofá, Nick la observaba con la esperanza de que no encontrara un libro para sumirse en la lectura durante el resto de la velada: Cuando vio que se quedaba contemplando los diversos juegos antiguos, pensó que tal vez se había fijado en el Monopoly... recordando aquella vez que jugaron con Julie.

–¿Te gustaría jugar? –preguntó Nick.

Ella volvió la cabeza y en su rostro había reflejada una inexplicable alarma.

–¿Jugar a qué?

–Creí que mirabas uno de los juegos... el que está encima de los otros.
Miley reparó en el Monopoly y de su mente desaparecieron todas las preocupaciones Sería estupendo pasar las horas siguientes haciendo algo tan frívolo como jugar al Monopoly con Nick. Sonriéndole, estiró un brazo hacia el juego.

–¿Tú quieres?

De repente Nick tuvo tantas ganas de jugar como al parecer ella tenía.

–Supongo que sí –contestó, al tiempo que retiraba la manta del sofá para que los dos pudieran sentarse frente a frente con el tablero de por medio.

Al cabo de dos horas, Nick había arrasado con todo: las fichas verdes, las amarillas, las rojas, los cuatro ferrocarriles, las dos plantas industriales... El tablero estaba cubierto de casas y hoteles de su propiedad, y 
Miley tenía que pagar alquiler cada vez que una de sus fichas aterrizaba en una de estas posesiones.

–Ese último movimiento te cuesta dos mil dólares –declaró Nick, encantado con la mujer que podía convertir una partida de Monopoly en uno de los mejores ratos de su vida–. ¡Suelta la pasta!
Miley le lanzó una mirada límpida que hizo reír a Nick incluso antes de que ella abriera la boca.

–Solo me quedan quinientos. ¿Me concedes un préstamo?

–Ni hablar. He ganado. La pasta.

–Los grandes propietarios no tienen corazón –repuso al tiempo que depositaba el dinero en la mano abierta de Nick. Intentó fruncir el entrecejo y terminó sonriendo con él–. La primera vez que jugué contigo al Monopoly, cuando te adueñaste de todo lo mío y lo de Julie, debí haber comprendido que un día serías un famoso y rico tiburón de las finanzas.

En lugar de reír, Nick la miró un momento, antes de preguntar en voz baja:

–¿Habrían cambiado las cosas si lo hubieras sabido?
Miley dio un respingo ante lo inesperado de una pregunta tan importante. Trató frenéticamente de encontrar una respuesta ingeniosa y evasiva. Optó por adoptar la actitud de una dama agraviada y ofendida y, mientras recogía el juego, dijo:

–Señor Farrell, le agradeceré que no dé a entender que en mi adolescencia fui una mercenaria. Ya me ha humillado bastante esta noche adueñándose de mis propiedades.

–Es verdad ––convino Nick, asombrado de haber exteriorizado sus sentimientos en un momento tan inoportuno. Además, se sentía furioso consigo mismo por preguntarse qué habría llevado a 
Miley a desear casarse con él. Se levantó, se dirigió a la hoguera y apagó las brasas para evitar que el fuego se avivara durante la noche. Al terminar, se sentía de nuevo dueño de la situación.

–Hablando de dinero –musitó dejando el juego en su sitio–, si alguna vez vuelves a garantizar personalmente un crédito otorgado a tu compañía, insiste por lo menos en que el banco de tu novio te libere de la garantía dos o tres años más tarde. Es un período lo bastante largo para probarles que su préstamo es sólido..

Aliviada por el cambio de tema, 
Miley se volvió hacia él e inquirió:

–¿Los bancos hacen eso?

–Pregúntaselo a tu novio. –De inmediato advirtió que su voz estaba impregnada de sarcasmo y se aborreció por la punzada de celos que sentía. Y aunque lamentaba lo que había dicho, sin quererlo añadió leña al fuego–: Si no está de acuerdo, te aconsejo que busques otro banquero.
Miley se dio cuenta de que pisaba terreno resbaladizo, aunque no comprendía cómo se había metido en él.

–El Reynolds Mercantile –le explicó a Nick con paciencia– ha sido el banco de Bancroft durante casi un siglo. Estoy segura de que si conocieras el estado de nuestras finanzas estarías de acuerdo en que Parker se ha comportado de un modo más que razonable.

Irracionalmente enojado por la continua defensa de Parker, Nick dijo algo que había estado deseando preguntar durante toda la velada:

–¿Parker es responsable de esa cosa que llevas puesta en la mano izquierda?
Miley asintió con la cabeza. Luego clavó en Nick una mirada cauta.

–Bueno, tiene un gusto horrible. Ese anillo es la prueba irrefutable.

Habló con tanto desdén acerca del anillo, que 
Miley sintió que en su interior crecía la risa.

Nick arqueó las cejas con gesto desafiante, retándola a que negara lo que para él era evidente. 
Miley tuvo que morderse un labio para no soltar una carcajada.

–Es una herencia de familia.

–Es horrible.

–Bueno, una joya familiar es...

–Es un objeto –concluyó Nick, interrumpiéndola–. Es un objeto que posee un profundo valor sentimental y es demasiado feo para poder ser vendido y a la vez demasiado valioso para arrojarlo al cubo de la basura.

Si Nick esperaba que 
Miley se mostrara airada y ofendida, se llevó una decepción, porque la joven rió tanto que tuvo que apoyarse contra la pared.

–Tienes razón –dijo.

Observándola, Nick tuvo que repetirse que aquella mujer ya no significaba nada para él. Por fin consiguió apartar la mirada de su rostro encantador, y miró la hora en el reloj que había sobre la hoguera.

–Son las once –dijo–. Creo que será mejor que nos vayamos a la cama.

Sorprendida por su tono de voz, breve e imperativo, 
Miley se apresuró a apagar la luz que había al lado del sofá.

–Lo siento. No debí haberte mantenido despierto hasta tan tarde. En realidad, no me había dado cuenta de la hora.

Como el carruaje mágico de Cenicienta que al final de la noche se convierte en una calabaza, el buen humor de ambos se desintegró en cuanto subían por la escalera camino de los dormitorios. 
Miley presentía el cambio, pero no sabía a qué atribuirlo, mientras que Nick si sabía a qué se debía. Con frialdad la escoltó a la habitación de Julie y se despidió murmurando un cortés «buenas noches».



Paraíso Robado - Cap: 45



Ella volvió a sorprenderlo al menear la cabeza y admitir serenamente:

–Ayer me enteré de que habías comprado ese terreno de Houston y estás en lo cierto, fue lo que me impulsó a ir a tu casa.

–Y después aquí, a toda velocidad –agregó él con sarcasmo–. Y ahora estás dispuesta a hacer o decir lo que sea con tal que yo acceda a venderte el terreno por el precio de compra. ¿Hasta dónde piensas llegar?

–No te entiendo.

–Tus pobres concesiones no serán lo mejor que puedas ofrecerme.

Ella se disponía a replicar, pero Nick estaba harto de esa farsa.

–Te ahorraré la respuesta –dijo con acritud–. Nada de lo que puedas decir o hacer, ahora o en el futuro, cambiará un ápice mi postura. Puedes merodear alrededor de mi cama, ofrecerte a meterte en ella, pero el terreno de Houston seguirá costándote treinta millones si quieres comprarlo. ¿Está claro?

La reacción de Miley lo tenía atónito. La había martilleado con cada una de sus frases, amenazándola con querellas judiciales de dominio público y el consiguiente escándalo social, insultándola hasta rebajarla. La había sometido al mismo hostigamiento que hacía sudar o enfurecerse a sus adversarios del mundo de las finanzas, pero no había conseguido hacerle perder el control. De hecho, 
Miley lo miraba de un modo que, de no haber sabido que era imposible en ella, le habría parecido casi tierno y contrito.

–Está muy claro –contestó la joven, incorporándose parsimoniosamente.

–Doy por sentado que te marchas.

Ella meneó la cabeza y sonrió con timidez.

–Voy a destapar el plato de tu desayuno y merodear alrededor de tu cama.

–¡Por el amor de Dios! –estalló Nick, temiendo perder el control de la situación–. ¿Es que no has entendido lo que acabo de decirte? Nada de lo que hagas me hará cambiar de opinión con respecto al terreno de Houston.

El rostro de 
Miley recuperó su expresión habitual, aunque sus ojos no dejaron de reflejar dulzura al mirar a Nick.

–Te creo –musitó.

–¿Y bien? –exigió él. Su ira había dado paso a un desconcierto total, que atribuyó al efecto del medicamento. Con tanto sopor resultaba difícil concentrarse.

–Acepto tu decisión como una especie de... penitencia por desmanes pasados. –Hizo una pausa y añadió–: No podías haber encontrado un castigo más duro, Nick –admitió sin rencor–. Deseaba con toda mi alma esos terrenos y va a dolerme mucho verlos en manos de otros. No podemos permitirnos el lujo de pagar treinta millones. –Nick la miró invadido por un sentimiento de incredulidad y ella siguió hablando con una sonrisa sombría–: Me has quitado algo que deseaba con verdadera desesperación. Bueno, ahora que lo has hecho, ¿podemos decir que estamos en paz y concedernos una tregua indefinida?

El primer impulso de Nick fue mandarla al diablo, pero él no se dejaba llevar por los impulsos cuando había un trato de por medio. En realidad, hacía tiempo que había aprendido a postergar sus emociones en favor de la razón y la lógica. Esto le recordó que él mismo había deseado mantener con 
Miley una especie de acuerdo civilizado y que, de hecho, lo había intentado en sus dos últimos encuentros. Ahora ella se lo ofrecía, admitiendo al mismo tiempo su derrota. Sí, Miley le concedía la victoria y lo hacía con una elegancia asombrosa, casi irresistible. De pie frente a él, esperando sus palabras, con la hermosa cabellera cubriéndole los hombros y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, Miley Bancroft parecía más una colegiala azorada en el despacho del director que una alta ejecutiva. Al mismo tiempo, seguía presente en ella el aspecto de la joven orgullosa de alta sociedad que era.

Al mirarla, Nick comprendió la obsesión que había sentido por ella. 
Miley Bancroft era la quinta esencia de lo femenino: inconstante e imprevisible, dulce y altiva, seria y graciosa, serena y voluble, increíblemente correcta... y provocativa.

Nick se preguntó qué sentido tenía continuar aquella guerra con ella. Si accedía a sellar la paz, ambos podrían seguir sus respectivos caminos sin nada de qué arrepentirse ni lamentarse. El pasado debía haber sido enterrado años atrás; por lo que, sin duda, había llegado la hora de enterrarlo en la actualidad. Él había consumado su venganza, diez millones de dólares, porque estaba seguro de que Bancroft compraría. Conseguirían los treinta millones. Mientras pensaba en ello, de pronto se acordó de la bandeja que le había traído 
Miley y tuvo que ahogar el impulso de reír. Ella notó el cambio de expresión de Nick y lo interpretó como un signo de capitulación. La tensión de los hombros de la joven se aflojó un poco y en sus ojos apareció una luz de alivio. El hecho de que ella pudiera adivinar lo que sentía molestó a Nick, que decidió prolongar el misterio.

Cruzó los brazos sobre el pecho.

–No hago tratos en la cama.

No la engañó.

–¿Quizá un desayuno puede hacerte cambiar de humor? –le preguntó con una sonrisa.

–Lo dudo –replicó Nick, pero la sonrisa de la joven era tan contagiosa que también sonrió.

–También yo –bromeó 
Miley, tendiéndole la mano–. ¿Tregua?

Nick reaccionó instintivamente y le tendió la mano, pero antes de que las estrecharan, 
Miley retiró la suya y con una sonrisa seductora dijo:

–Antes de que sellemos el pacto quiero advertirte algo.

–¿Qué?

–Estaba pensando en entablar una querella judicial contra ti con respecto al terreno de Houston –comentó medio en broma–. No quiero que lo que te dije antes te lleve a creer que acepto la pérdida del terreno como una penitencia voluntaria. Me refería a que si el tribunal no te obliga a vender al precio actual de mercado no solo aceptaré el veredicto, sino que no te guardaré ningún rencor. Espero que comprendas que sea cual sea el desenlace se trata de un asunto de negocios y no de algo personal.

Los ojos de Nick brillaron con una expresión divertida.

–Admiro tu honestidad y tenacidad –dijo con sinceridad–. No obstante, te sugiero que reconsideres tu decisión de llevarme a los tribunales. Te costará una fortuna entablar un juicio por fraude o lo que sea, y además perderás.
Miley sabía que probablemente estaba en lo cierto, pero en ese momento la pérdida del terreno de Houston no le importaba demasiado. Se sentía feliz porque había ganado algo más importante que un pleito. De algún modo, había conseguido que la furia de aquel hombre orgulloso se transformara en risa, arrancándole una tregua.

Ambos sonrieron, y en aquel momento de calor y comprensión la muralla de odio que los había separado empezó a resquebrajarse. Lentamente 
Miley levantó la mano y se la tendió a Nick en un gesto de amistad conciliadora. Abrumada por la intensidad del momento, observó cómo él también tendía la mano y luego sintió el contacto de sus dedos.

–Gracias –susurró ella, buscando la mirada de Nick.

–De nada–dijo él, prolongando el contacto. Luego las manos se separaron. Y desapareció el pasado.

–No sabía cómo te sentirías esta mañana. Supuse que no tendrías mucho apetito, pero de todos modos decidí prepararte un desayuno.

–Tiene muy buen aspecto –mintió Nick con la mirada fija en el contenido de la bandeja–. El aceite de castor es uno de mis manjares preferidos. Como aperitivo, claro. Y la nariz me indica que ese pegamento del frasco azul es el plato principal.
Miley lanzó una carcajada y cogió un plato sobre el que había un bol.

–Te doy mi palabra de que lo del aceite de castor fue una broma.

Ahora que la batalla de los sentimientos hostiles había concluido, Nick advirtió que estaba a punto de perder otra batalla, la del sueño. Le invadían oleadas de somnolencia y le pesaban los párpados. Ya no se sentía enfermo, sino exhausto. Era obvio que, al menos en parte, las malditas pastillas eran responsables de este estado.



–Aprecio el gesto, pero no tengo hambre –se excusó.

–Lo suponía –contestó ella, mirándolo con la misma dulzura con que lo había hecho durante toda la mañana–. Pero a pesar de eso, tienes que comer.

–¿Por qué? –replicó él con cierto malhumor, y pensó que once años atrás, la misma 
Miley que le había preparado el desayuno no sabía ni encender el horno y no tenía el menor interés en aprenderlo. Conmovido por su solicitud, se incorporó con dificultad, dispuesto a devorar cualquier cosa que ella hubiera preparado.
Miley se sentó en la cama, a su lado.

–Tienes que comer para recuperar las fuerzas –comentó, y le entregó el vaso de la bandeja, que contenía un líquido blanco.

Nick cogió el vaso y lo miró con cautela.

–¿Qué es esto?

–Encontré una lata en la despensa. Es leche caliente.

Nick hizo un gesto, pero se llevó obedientemente el vaso a los labios y bebió un sorbo.

–Con crema –precisó 
Miley al verlo atragantarse.

Nick le devolvió el vaso, se reclinó y cerró los ojos.

–¿Por qué con crema? –murmuró con voz ronca.

–No lo sé. Porque mi niñera me daba la leche así cuando yo estaba enferma.

Nick abrió los ojos y en su mirada gris apareció un destello de humor.

–Y pensar que de pequeño envidiaba a los niños ricos...
Miley rió y empezó a quitar la cubierta del plato del desayuno.

–¿Qué hay ahí? –preguntó él, presa de pánico.
Miley puso al descubierto dos tostadas frías, y Nick suspiró con una mezcla de alivio y cansancio. Pensó que no podría mantenerse despierto el tiempo necesario para masticarlas.

–Me lo comeré más tarde, te lo prometo –dijo tratando de mantener los ojos abiertos–. Ahora lo que quiero es dormir.

Parecía tan agotado que 
Miley accedió.

–Está bien, pero al menos tómate un par de aspirinas. Si las tragas con leche, es menos probable que te perjudiquen el estómago. –Le dio las aspirinas y el vaso de la leche con crema. Nick hizo una mueca y obedeció.

Satisfecha, 
Miley se puso de pie y preguntó:

–¿Necesitas alguna otra cosa?

Nick tembló convulsivamente.

–Un cura –jadeó.

Ella se echó a reír. El sonido musical de su risa quedó flotando en la habitación, mientras Nick, ya solo, se hundía en un sueño soporífero.

Paraíso Robado - Cap:44



A la mañana siguiente aún nevaba cuando Miley entró en el dormitorio de Nick para ver cómo estaba. Todavía tenía un poco de fiebre, pero ya no le ardía la frente.

A la luz grisácea del día, después de un sueño reparador y de una ducha caliente, el inesperado recibimiento que había tenido en la casa la noche anterior parecía más cómico que perturbador.

Se puso unos pantalones azules y un suéter del mismo color combinado con amarillo brillante. Ante el espejo se cepilló el pelo y sonrió. No podía evitarlo, cuanto más pensaba en la noche anterior, más divertidos le parecían los acontecimientos vividos. Después de tantos nervios, de un viaje atroz en medio de una tormenta de nieve, se habían dicho media docena de frases antes de que Nick prácticamente se derrumbara a sus pies. ¡Y luego ambos se durmieron en sus respectivas camas! La joven reprimió una risita.

En cierto modo, el hecho de que él hubiera estado demasiado enfermo (y tal vez siguiera estándolo) para echarla había sido una bendición. Aunque ella no pudo contarle todo lo que quería, confiaba en que por la tarde Nick ya se encontrara lo bastante bien para hablar de un modo racional, pero no que tuviera fuerzas para negarse a escucharla. Si se equivocaba y él insistía en que se marchase, ganaría tiempo diciéndole una verdad a medias: que había perdido las llaves del coche en la nieve y no podía irse.

Decidió hacer algo útil para Nick, como buscar un termómetro y aspirinas. Se dirigió al cuarto de baño.

Se preguntó qué hacer con un paciente que tenía gripe y bronquitis a la vez. La gripe estaba causando estragos entre los empleados de Bancroft, y 
Miley trató de recordar la descripción que Phyllis le había hecho de sus propios síntomas (una terrible jaqueca, náuseas, músculos doloridos...). En cuanto a la bronquitis, era otra historia, pues por lo que sabía provocaba tos y congestión de las vías respiratorias.
Miley encontró en un botiquín el termómetro y una caja de aspirinas, lo único que le resultaba familiar. Después estiró la mano hacia un frasco, al azar: mercromina. La vieja etiqueta de color naranja aseguraba que el líquido era apropiado para los cortes. Miley dejó el frasco en su sitio.

Perpleja, siguió buscando en el interior del botiquín. El problema radicaba en que aquellos medicamentos eran tan antiguos que los nombres de las marcas no le sonaban.

Había una gran botella marrón, cuya etiqueta rezaba: «Aceite de castor Smith». Se estremeció de risa. Nick lo tendría bien merecido. Ignoraba qué propiedades curativas poseía el aceite de castor, pero por lo que había oído desprendía un olor horrible. Sumó la botella a su arsenal, pensando que le gastaría una broma y la pondría en la bandeja del desayuno.

De pronto se dio cuenta de que estaba demasiado alegre y con la moral muy alta para una mujer que, como ella, estaba «atrapada» en una casa de campo con un hombre enfermo que la odiaba. Atribuyó su estado de ánimo al hecho de que esperaba poner fin al odio de Nick. Además, deseaba ayudarlo a recuperar la salud. Se lo merecía, después de todo lo que había sufrido por su culpa. Otro factor también influía en el buen humor de 
Miley:  la nostalgia. Aquel lugar le recordaba su adolescencia, era como si de nuevo tuviera dieciocho años.

Vio un frasquito azul y reconoció la etiqueta. Se trataba de un producto para la bronquitis, y aunque no olía nada bien, podría ser útil para despejarle a Nick las vías respiratorias. Lo añadió a lo que ya tenía y miró el conjunto de su botín. Sabía que las aspirinas le aliviarían el dolor de cabeza, pero también podían producirle malestar al estómago. Necesitaba otra cosa. Hielo, se dijo. Una bolsa de hielo sería lo mejor para la jaqueca de Nick.

Bajó a la cocina con las medicinas, abrió la nevera y, aliviada, comprobó que había mucho hielo disponible. Pero después de revolver alacenas y cajones no encontró nada que sirviera de recipiente. Entonces se acordó de la bolsa roja de goma que había visto en el armario del cuarto de baño, debajo de la pila, mientras buscaba una toalla para secarse. Subió al lavabo y la encontró. Pero la bolsa no tenía tapón. 
Miley se arrodilló y lo buscó a tientas. Incluso metió la cabeza en el armario. Entonces, lo vio detrás de un tambor de detergente y tiró de él. Era inútil. El tapón estaba pegado a un tubo de goma de casi un metro de longitud. Llevaba una curiosa abrazadera de metal.

Incorporándose, 
Miley examinó el curioso artilugio. Luego trató de separar el tapón del tubo, pero por alguna razón que no lograba imaginar el fabricante había unido las dos piezas en una sola. Miley no vio otra alternativa. Comprobó la abrazadera, hizo un apretado nudo en el tubo y se llevó el artefacto a la cocina para llenarlo de agua y hielo.

Cuando acabó, solo le quedaba preparar el desayuno y no había mucho donde elegir. Tendría que ser algo ligero y fácil de digerir, lo que eliminaba casi todo el contenido de los armarios de la cocina, si bien sobre la mesa había un pan tierno. En la nevera encontró carne para el desayuno, tocino, manteca y huevos, además de dos bistecs. Evidentemente a Nick no le preocupaba el colesterol. Sacó la manteca y puso dos rebanadas de pan en la tostadora. Mientras se hacían las tostadas, buscó en los armarios algo adecuado para el almuerzo. Solo encontró unas latas de sopa, pues todo lo demás contenía especias o eran comidas demasiado pesadas para el estómago de un enfermo: guisos preparados, atún, tallarines y una lata de leche condensada. ¡Leche!

Aliviada, dio con un abrelatas y vertió un poco de leche en un vaso. Tenía un aspecto muy espeso. Leyó las instrucciones y descubrió que el producto podía ser consumido tal como se presentaba o diluido en agua. Puesto que no sabía cómo lo prefería Nick, lo probó y se estremeció de asco. Diluir aquella leche no mejoraría demasiado su sabor. Tras retirar el pan de la tostadora, 
Miley se dirigió al salón y cogió la tapa de una mesita para el televisor. La utilizaría como bandeja y de este modo podría llevarlo todo: las medicinas, la bolsa con el hielo y el desayuno.

El dolor de cabeza arrancó a Nick de un sueño profundo. Todavía medio dormido pensó que ya era de día. Abrió con dificultad los ojos y se quedó momentáneamente confuso al ver un viejo despertador de plástico blanco, con agujas negras que señalaban las ocho y media. Aquello nada tenía que ver con el reloj digital conectado a la radio que lo despertaba todos los días en su dormitorio. En su mente empezó entonces a hacerse la luz. Se encontraba en Indiana y había estado enfermo. En realidad, a juzgar por el enorme esfuerzo que tuvo que hacer para deslizarse en la cama hasta alcanzar los frascos de medicina que veía al lado del despertador, todavía estaba enfermo. Meneó la cabeza para aclarar las ideas y pestañeó varias veces a causa de los martillazos que le golpearon las sienes. Sin embargo, la fiebre había bajado porque tenía la camisa empapada de sudor. Mientras cogía el vaso de agua de la mesita de noche y tragaba las pastillas, pensó en la posibilidad de levantarse, tomar una ducha y vestirse, pero se sentía tan exhausto que decidió dormir otra hora e intentarlo después. En uno de los frascos la etiqueta advertía: «Precaución. Este medicamento causa somnolencia». Se preguntó si sería esa la razón de que no pudiera sacudirse aquel estupor. Apoyó de nuevo la cabeza en la almohada y cerró los ojos, pero un recuerdo borroso apareció en su mente. 
Miley . Había tenido un sueño absurdo, en el que ella aparecía en medio de una tormenta de nieve y lo ayudaba a meterse en la cama. Se preguntó cómo el subconsciente había hecho aflorar una imagen tan estrafalaria como aquella. Miley podía ayudarlo a tirarse de un puente o un precipicio, podía empujarlo a la bancarrota si lo creía posible, pero era ridículo esperar que hiciera algo menos destructivo que eso.

Cuando empezaba a conciliar el sueño oyó pasos cautelosos en la crujiente escalera. Aquello lo despejó y, asombrado, se incorporó en la cama, y el brusco cambio de postura le provocó un fuerte mareo. Mientras se tapaba con las mantas, el intruso llamó a la puerta.

–¿Nick? –Era una voz suave, única, musical.

La voz de 
Miley.

Se quedó rígido, observando la puerta. Por un momento se sintió perdido, totalmente desorientado.

–Nick, voy a entrar... –Vio girar el pomo y volvió a la realidad. No había sido una pesadilla. 
Miley estaba allí.

Ella abrió la puerta empujando con un hombro y entró de espaldas, con la bandeja en las manos. Avanzó lentamente, para darle tiempo a cubrirse en caso de que estuviera levantado. Con un falso sentimiento de seguridad por el razonable recibimiento que él le había dispensado la noche anterior, casi dejó caer la bandeja cuando lo oyó rugir desde la cama:

–¿Qué estás haciendo aquí?

–Te he traído el desayuno –respondió ella, volviéndose y dirigiéndose hacia la cama, sorprendida. Cuando al cabo de un momento Nick posó la mirada en la bolsa de goma, en su rostro apareció una expresión amenazadora.

–¿Qué diablos pretendes hacer con eso? –estalló.

Dispuesta a no dejarse intimidar, 
Miley levantó la barbilla y replicó con calma:

–Es para tu cabeza.

–¿Esa es la idea que tienes de una broma pesada? –le espetó Nick, lanzándole una mirada asesina.



Sumida en el más absoluto desconcierto, 
Miley colocó la bandeja en la cama, junto a la cadera de Nick. Con voz serena dijo:

–He puesto hielo para tu...

–No me extraña –la interrumpió él mordazmente–. Te doy cinco segundos, ni uno más, para salir de esta habitación y un minuto para abandonar esta casa sin que yo te eche –añadió furioso. Se inclinó y 
Miley se dio cuenta de que se disponía a sacudir las mantas para tirar la bandeja.

–¡No! –exclamó ella, pero más que una protesta era un ruego–. Es inútil que me amenaces porque no puedo marcharme. Perdí las llaves del coche en la nieve. Pero aunque no las hubiera perdido, no me iría hasta que oigas lo que he venido a decirte.

–No me interesa –replicó él, dispuesto a tirar la improvisada bandeja de la cama. Tuvo que detenerse acosado por un nuevo mareo, y se enfureció aún más.

–Anoche no te comportaste así –argumentó ella, casi cogiendo al vuelo la bandeja–. No creí que te molestara tanto que preparara una bolsa de hielo para tu jaqueca.

Al oír esto, Nick se detuvo y su rostro reflejó su indescriptible apabullamiento.

–¿Qué has hecho? –preguntó en un murmullo ahogado.

–Acabo de decírtelo. Una bolsa de hielo para tu dolor de cabeza.
Miley se alarmó al ver que él se cubría el rostro con las manos y dejaba caer la cabeza sobre la almohada, mientras le temblaban los hombros. Su cuerpo empezó a sacudirse cada vez más. Se retorció con tal violencia que la cabeza se deslizó fuera de la almohada y el somier de la cama crujió. Miley pensó que se trataba de un ataque de apoplejía o se había atragantado e iba a morir asfixiado.

–¿Qué te pasa? –inquirió horrorizada, pero su pregunta solo pareció exacerbar los síntomas del moribundo–. ¡Voy a llamar una ambulancia! –gritó 
Miley  dejando la bandeja en el suelo y encaminándose hacia la puerta–. Hay un teléfono en mi coche...

Mientras bajaba por la escalera oyó la risa de Nick, al parecer incontrolable.
Miley se detuvo, se volvió y escuchó atentamente. Comprobó que lo que había tomado por una apoplejía era en realidad un acceso incontenible de risa. Inquieta, pensó en las causas de esa risa. Quizá se debiera al largo tubo de goma... A ella le disgustó desde el principio, y si lo había usado fue como única alternativa.

Al llegar a la puerta de la habitación de Nick se detuvo, indecisa. Sentía una dolorosa timidez. Se le ocurrió pensar que su inquietud no dejaba de tener un lado positivo. Después de todo, gracias a su acceso de hilaridad, Nick todavía no la había echado de la casa. Incluso enfermo y en la cama, Nicholas Farrell era el más formidable enemigo con el que jamás se había enfrentado. Y cuando estaba furioso, resultaba aterrador. Sin embargo, no importaba lo que dijera o hiciera, no importaba lo irracional que se mostrara, había llegado la hora de intentar firmar la paz.

Con decisión, 
Miley se metió las manos en los bolsillos, entró en la habitación y avanzó adoptando una expresión confusa.

Cuando la vio, Nick tuvo que reprimir un nuevo acceso de risa. Pero de pronto Nick dejó de sonreír al pensar que 
Miley debía de haberse enterado de que Intercorp había adquirido el terreno de Houston tan anhelado por ella. Sin duda también sabría que si lo quería iba a costarle diez millones de dólares más de lo esperado. Por eso estaba allí, para tratar de engatusarlo y hacer lo que fuera necesario para arrancarle la propiedad del terreno por el mismo precio que él había pagado. Estaba dispuesta a todo, hasta prepararle y servirle el desayuno. Asqueado por el torpe intento de manipulación, esperó a que ella hablara, pero como no lo hizo, le preguntó con tono imperioso:

–¿Cómo supiste que estaba aquí?
Miley notó enseguida el alarmante cambio en el tono de voz de Nick.

–Anoche fui a tu apartamento –explicó–. En cuanto a la bandeja...

–Olvida eso –la interrumpió Nick, impaciente–. Te he preguntado cómo me encontraste.

–Tu padre estaba en el apartamento y tuvimos una conversación. Me dijo que estabas aquí.

–Debes de haberte mostrado muy convincente para engañar a mi padre y convencerle de que mereces su ayuda –replicó Nick con evidente desprecio–. Mi padre no te daría un minuto...
Miley deseaba tanto que él la escuchara y la creyera que sin darse cuenta de lo que hacía se sentó a su lado en la cama y lo interrumpió.

–Tu padre y yo estuvimos hablando y le expliqué algunas cosas. Me creyó, Nick. Después de... entendernos, me dijo dónde estabas para que pudiera venir y explicártelo también a ti.

–Pues empieza –la instó Nick, apoyando la cabeza en la almohada–. Pero sé breve.

Nick estaba atónito por el hecho de que 
Miley hubiera sido capaz de ganarse a un enemigo tan natural como el mayor de los Farrell. Sería curioso observarla representando tan magistralmente su papel.
Miley contempló aquel rostro frío y temible respiró hondo, obligándose a mirarlo a los ojos, los mismos que momentos antes parecían cálidos.

–¿Hablarás? –insistió Nick–. ¿O vas a quedarte ahí sentada mirándome?

Ella se sintió intimidada, pero no apartó la mirada.

–Hablaré –dijo al fin–. La explicación es un poco complicada...

–Y también convincente, espero –le espetó él con tono de burla.

En lugar de responderle con la ira que había utilizado contra él en el pasado, ella asintió con la cabeza y musitó:

–Así lo espero yo también.

–Pues empieza. Pero no te vayas por las ramas ni entres en detalles. Solo los puntos más importantes, es decir, qué quieres que crea, qué me ofreces y qué pretendes a cambio. En realidad, esta última parte puedes ahorrártela, pues sé qué quieres de mí. Pero me interesa conocer cómo piensas obtenerlo.

Las palabras de Nick eran como latigazos en la lacerada conciencia de 
Miley  pero siguió mirándolo y empezó a hablar con sinceridad.

–Quiero que creas lo que voy a contarte, porque es la verdad. Lo que te ofrezco es la paz, que es lo que quería hacer anoche cuando fui a tu casa. Y lo que pretendo a cambio –prosiguió obviando su intención inicial de ocultar aquella parte– es una tregua. Un entendimiento entre nosotros. Lo deseo de veras.

Al oír sus últimas palabras los labios de Nick se torcieron en una sonrisa irónica.

–¿Eso es lo que quieres? ¿Una tregua, un entendimiento? –La ironía de su voz sugirió a 
Miley la inquietante idea de que él se estaba refiriendo al terreno de Houston–. Te escucho –añadió Nick al verla vacilar–. Ahora que comprendo tus razones puramente altruistas, oigamos lo que ofreces a cambio.

Sus palabras estaban llenas de desconfianza, dudando incluso de que ella pudiera ofrecer algo que no fuera sórdido e insignificante. En vista de ello, 
Miley decidió presentarle su más importante concesión, una concesión que para él era de vital importancia.

–Te ofrezco la recalificación de tu terreno de Southville –dijo, y se dio cuenta de la momentánea sorpresa de Nick ante la franca admisión de que ella estaba al corriente de este asunto–. Sé que mi padre vetó tu petición y quiero que sepas que nunca he estado de acuerdo con eso. Discutí con él por ese motivo mucho antes de que tú y yo almorzáramos juntos.

–De pronto has adquirido un gran sentido de la justicia.
Miley sonrió.

–Sabía que reaccionarias así. Lo entiendo. Yo en tu lugar haría lo mismo. Sin embargo, debes creerme porque puedo probar lo que te estoy diciendo. En cuanto vuelvas a presentar tu petición, será aprobada. Mi padre me ha dado su palabra de que no solo no se interpondrá, sino que intercederá en tu favor. En cuanto a mí, te doy mi palabra de que él mantendrá la suya.

Nick soltó una risa breve y desagradable.

–¿Qué te hace pensar que me fío de tu palabra o de la suya en este o en cualquier otro asunto? Te propongo un trato –añadió con un velado tono de amenaza–. Si de aquí a las cinco de la tarde del martes mi petición se aprueba sin volver a someterla, suspenderé las querellas criminales que, de lo contrario, mis ahogados presentarán el miércoles contra tu padre y contra el senador Davies. Una querella por intento de influir ilegalmente en la acción de funcionarios públicos y otra contra los mejores intereses de su comunidad.

Miley le tembló el estómago. Nick no solo había planeado lo que decía, sino que lo había hecho con una rapidez inusitada. Había puesto en práctica de manera fulminante la estrategia de su venganza. Recordó lo que la revista Business Week había dicho de él: «Un hombre que representa un regreso a los días en que el ojo por ojo era considerado como justicia y no como venganza cruel e inhumana».

Reprimiendo un escalofrío de temor, 
Miley se recordó que a pesar de todo lo que se había escrito de Nick, a pesar de que tenía todas las razones del mundo para despreciarla, había intentado tratarla con cordialidad en el baile a beneficio de la ópera, y también el día en que almorzaron juntos. Solo al verse empujado más allá de todo límite dispuso su artillería pesada contra su padre y contra ella. Este hecho armó de valor a Miley , que de pronto sintió una gran ternura por aquel hombre dinámico y furioso, que no obstante había demostrado ser tan comedido.

–¿Qué más? –preguntó Nick con impaciencia, y se sorprendió ante la dulzura que reflejaba el rostro de 
Miley.

–No habrá más actos de venganza por parte de mi padre.

–¿Significa eso que puedo ser miembro de ese pequeño y elitista club de campo? –se mofó Nick.

Ruborizándose, la joven hizo un gesto de asentimiento.

–No me interesa. Nunca me ha interesado.¿Qué más tienes que ofrecerme? –Al verla vacilar y retorcerse los dedos Nick perdió la paciencia–. No me digas que eso es todo. ¿No me ofreces nada más? ¿Y ahora esperas que olvide, perdone y te dé lo que realmente deseas?

–¿Qué es lo que realmente deseo?

–¡Houston! –aclaró él con voz gélida–. Entre los generosos motivos de tu visita has olvidado el de los treinta millones que anoche te hizo correr hasta mi casa de Chicago. ¿O estoy juzgando injustamente la pureza de tus acciones, 
Miley?