sábado, 9 de noviembre de 2013

Paraíso Robado - Cap: 28


Nick vaciló y finalmente asintió. Miley y él tendrían que coincidir muchas veces en reuniones sociales como aquella. Cuanto antes superaran el primer enfrentamiento, mejor. Por lo menos esta vez, cuando le presentaran a Miley  él no tendría que sentirse como un leproso.
Buscando a Parker entre la multitud, Miley acabó de bajar las escaleras y luego se detuvo al oír la voz alegre y cordial de Stanton Avery, justo a su lado.
–Quiero presentarte a alguien.
Miley sonreía y extendía la mano cuando su mirada se topó con el rostro de Nicholas Farrell. Miley sintió un acceso de vértigo. Oyó, como si procediera de un túnel, la voz lejana de Stanton Avery.
–Mi amigo Nick Farrell...
Vio al hombre que la había dejado sola en el hospital cuando ella perdió el bebé, el  mismo que le había enviado un telegrama para pedirle que obtuviera el divorcio. Ahora esbozaba la misma sonrisa íntima, inolvidable, encantadora y... despreciable que ella recordaba, mientras le tendía la mano. De pronto algo estalló en el corazón de Miley.  No le estrechó la mano. Miró a Nick con acritud y, volviéndose hacia Stanton Avery, le habló con la frialdad de un ser superior a quien se ha ofendido.
–Debería seleccionar mejor sus amistades, señor Avery. Ahora, discúlpeme. –Les volvió la espalda y se alejó de ellos.

Sally Mansfield se quedó sin habla, fascinada, mientras que Stanton Avery no salía de su asombro. Por su parte, Nicholas Farrell apenas podía contener la ira.


Eran las tres de la madrugada cuando se marchó el último invitado de Miley y Parker. En el apartamento de ella solo quedaron los dos y Philip.
–No deberías estar levantado tan tarde –le dijo Miley a su padre, dejándose caer en un sillón.
Incluso horas después de su encuentro con Nick Farrell, seguía temblorosa. Sin embargo, su ira se había vuelto contra sí misma. También la perseguía la furiosa mirada de Nick, cuando ella lo dejó en ridículo ante el  mundo.
–Sabes muy bien por qué no me he marchado todavía –musitó Philip, sirviéndose un jerez. No se había enterado del encuentro de Miley hasta hacía una hora, cuando Parker le dio la noticia escuetamente, porque todavía había invitados en la casa. Ahora, Philip quería conocer los detalles.
–No bebas eso. Los médicos te lo han prohibido.
–Al diablo con los médicos. Quiero saber qué te dijo Farrell. Según Parker, lo cortaste en seco.
–No tuvo ocasión de hablarme –aclaró Miley  y le contó lo ocurrido.

Cuando terminó, observó con frustración cómo Philip apuraba el vaso de jerez. Era una figura patética: un hombre avejentado, de cabello canoso y rostro cansado, embutido en su esmoquin hecho a medida. Había dominado a su hija, la había manipulado durante gran parte de su vida, hasta que ella encontró el valor y la fortaleza necesarios para oponerse a aquel carácter irascible. Y a pesar de todo, ella lo quería y se preocupaba por su estado. Era toda la familia que tenía y le resultaba penoso verlo agotado por la enfermedad y el cansancio. En cuanto arreglara el asunto de su ausencia, haría un prolongado crucero. El médico le había hecho prometer que durante sus vacaciones no pensaría en Bancroft, ni en la política mundial, ni en nada. Serían seis semanas en el mar, sin televisión, sin periódicos, sin nada que no fuera completamente frívolo y relajante.
Miley dejó de mirar a su padre y comentó a Parker:
–Habría preferido que no le hubieras dicho nada de lo ocurrido esta noche. No era necesario.
Parker se reclinó en el sillón exhalando un suspiro y, a regañadientes, le contó a Miley algo que ella ignoraba.
–Miley, Sally Mansfield vio la escena y es muy probable que oyera tus palabras. Tendremos suerte si mañana no es la noticia del día en su sección del periódico. Lo sabrá todo el  mundo.
–Espero que lo publique –intervino Philip.
–Yo preferiría que no lo hiciera –repuso Parker, sosteniendo la furiosa mirada de su futuro yerno con la calma que le caracterizaba–. No quiero que la gente se pregunte el motivo de la actitud de Miley.
Echando la cabeza atrás, Miley suspiró y cerró los ojos.
–De haber tenido tiempo para pensar no habría actuado como lo hice. Le habría hecho notar a ese hombre mi desagrado de una manera menos notoria.
–Algunos de nuestros amigos ya estaban haciendo preguntas esta noche –agregó Parker–. Tenemos que pensar algo, una explicación...
–Por favor –lo interrumpió Miley con voz cansada–. Ahora no. No puedo más y quiero irme a la cama.
–Tienes razón –asintió Parker y, poniéndose en pie, Philip no tuvo más remedio que marcharse con él.
Era casi mediodía cuando Miley acabó de ducharse. Se puso un jersey y unos pantalones de lana y se recogió el cabello en una coleta.

Ya en el salón, volvió a echar un vistazo al Tribune del domingo, y de nuevo le flaqueó el ánimo. Lo primero que mencionaba Sally Mansfield en su sección era el desplante de la noche anterior en el baile a beneficio de la ópera.
Mujeres de todo el mundo caen a los pies de Nicholas Farrell, se rinden a su legendario encanto. Pero nuestra Miley Bancroft es inmune a la atracción de este hombre. Ayer por la noche, en el baile a beneficio de la ópera, le hizo lo que en los viejos tiempos habríamos llamado un desplante. Nuestra adorable Miley  tan amable con todo el mundo, como es bien sabido, se negó a estrechar la mano de Farrell. Una se pregunta por que...

Demasiado tensa para ponerse a trabajar y demasiado cansada para salir, Miley se detuvo en el centro del salón, indecisa. Contempló aquellas mesas y aquellos sillones –piezas de anticuario–, pero le resultaron tan extraños como la tormenta que se agitaba en su alma. La alfombra persa bajo sus pies estaba estampada con dibujos rosa y verde pálido, sobre un fondo crema. Todo en el apartamento era como ella lo deseaba, desde las cortinas hasta el ornamentado escritorio francés que había comprado en una subasta en Nueva York. Aquel apartamento, con su vista de la ciudad, había sido su único lujo, aparte del BMW que había adquirido cinco años atrás. Hoy, la habitación le parecía tan desordenada y extraña como sus propios pensamientos.

Abandonando la idea de trabajar un rato, se dirigió a la cocina y se sirvió una taza de café. No quería pensar en lo sucedido la noche anterior hasta sentirse más tranquila. El cielo estaba encapotado, como ella. El café recién hecho, caliente, contribuía a disipar las nubes de su espíritu. Cuando Miley se sintió ya en plena posesión de sus facultades, apenas pudo soportar la furiosa vergüenza que le producía su comportamiento de la noche anterior. A diferencia de su padre y del propio Parker, no lamentaba lo sucedido por temor a las repercusiones de Sally Mansfield. La idea que le martilleaba la mente era que había perdido el control. Más aun, había perdido el juicio. Años atrás se había impuesto la obligación de no censurar más a Nick Farrell, y no por él, sino por ella misma; porque el dolor y la rabia que había sentido al ser víctima de la traición de aquel hombre fueron mayores de lo que era capaz de soportar. Un año después del aborto, se propuso pensar de nuevo en ello, pero esta vez con total imparcialidad. Luchó por alcanzar la objetividad y, cuando lo logró, se aferró a ella hasta que se convirtió en parte de su ser. O eso había creído.
La objetividad, más un psicólogo al que visitó durante sus tiempos de estudiante universitaria, le habían ayudado a comprender que lo ocurrido entre ella y Nick era inevitable. Las circunstancias los obligaron a casarse, pero excepto el niño que habían engendrado, no tenían una sola razón para seguir casados. Nada los unía y nada los uniría nunca. No tenían nada en común.

Nick se había mostrado insensible al ignorar su ruego de que fuese a verla cuando sufrió el aborto, y más insensible todavía al pedirle el divorcio. Pero bajo su encanto superficial, él siempre había sido un ser invulnerable y nada dispuesto a comprometerse. Había cumplido con su deber casándose con ella, aunque tal vez movido por la codicia, al menos en parte. Pronto se dio cuenta de que Miley no poseía dinero propio. Y cuando perdió al niño, no le quedó razón alguna para seguir casado. No compartían un sistema de valores, y de haber seguido juntos, él la habría destruido. Miley lo comprendió con el paso del tiempo; o al menos creyó que era así. Sin embargo, la noche anterior, por un instante horrible y turbulento, perdió la objetividad y la compostura. 

No debería haber ocurrido, de hecho no habría ocurrido de haber sabido unos minutos antes que iba a coincidir con él. O si Nick no hubiera esbozado aquella sonrisa cálida, íntima, familiar. Su sonrisa...
Miley le había dicho a Stanton lo que realmente sentía; lo que la perturbaba eran los sentimientos incontrolables, que la habían obligado a comportarse de aquel modo. Además, temía que volviera a ocurrir. De inmediato se dijo que no podía permitirlo. Aparte de su resentimiento por el hecho de que Nick estuviera más atractivo que nunca y su encanto hubiera aumentado más de lo que merecía cualquier hombre con tal falta de escrúpulos, trató de convencerse de que ella no sentía nada. Era obvio que lo de la noche anterior había sido la última y débil erupción de un volcán apagado.

Tras pensar en ello, Miley se sintió mucho mejor. Se sirvió otra taza de café, se la llevó al estudio y se sentó ante su escritorio. Su hermoso apartamento le resultaba de nuevo familiar, y volvía a estar ordenado y en calma. Como su mente. Miró el teléfono y por un momento tuvo el absurdo impulso de llamar a Nick y hacer lo que le dictaba la buena educación: pedirle disculpas por la escena. Pero se encogió de hombros y empezó a sacar del maletín los documentos relativos a Houston. A Nicholas Farrell no le había importado en absoluto lo que ella pensara o hiciera cuando estuvieron casados. ¿Acaso iba a importarle ahora lo sucedido la noche anterior? Claro que no, y menos teniendo en cuenta su egoísmo y su insensibilidad.
–La mejor propiedad de Thorp es un terreno de seis hectáreas situado a dos manzanas de The Galleria, un centro comercial enorme y lujoso que cuenta con sus propios hoteles. Cerca se hallan Saks Fith Avenue y numerosas boutiques muy caras de artículos de diseño. Neiman–Marcus está en el complejo de The Galleria. La autopista está a un paso. El terreno de Thorp se encuentra ubicado entre ambos centros comerciales y es el lugar perfecto para otras grandes tiendas, de calidad selecta, y un bonito paseo.
–He visto la zona. Estuve allí por asuntos de negocios.
–Entonces admitirá que por veinte millones el terreno de Thorp es una ganga. Podríamos urbanizarlo nosotros mismos o esperar a que vuelva a valer los cuarenta millones en que estaba tasado hace cinco años, antes de la crisis de Houston. Pronto alcanzará ese precio, si es que la economía de la ciudad continúa su marcha ascendente.
Nick tomaba notas en la carpeta de Thorp y esperaba a que Peter concluyese para decirle que prefería invertir en edificios comerciales cuando el joven añadió:
–Si está interesado tenemos que actuar con rapidez, porque Thorp y Collins me dijeron que esperan una oferta de un momento a otro. Creí que era un farol, pero me dieron nombres. Es obvio que Bancroft & Company, de Chicago, también quiere comprar. No es de extrañar. No hay otra ubicación como esa en todo Houston. Diablos, podríamos ofrecer de inmediato veinte millones y vendérselo luego a Bancroft por veinticinco o treinta, que es lo que vale en estos momentos.–La voz de Peter se quebró porque Nick había levantado vivamente la cabeza y lo miraba con una expresión extraña en el rostro.
–¿Qué has dicho? –preguntó con sumo interés.
–He dicho que Bancroft & Company quiere comprar ese terreno –contestó Peter con cautela ante la mirada fría y calculadora del jefe. Creyendo que Farell deseaba más información, añadió con voz presurosa–: Bancroft es como Bloomindale o Neitnan–Marcus. Ya sabe, tiendas antiguas, dignas, con una clientela en la que predomina la clase media alta. Están inmersos en un proceso de expansión...
–Estoy familiarizado con Bancroft –le interrumpió Nick con voz tensa. Clavó de nuevo la mirada en el expediente de Thorp y estudió con renovado interés la valoración de la parcela de Houston. Al repasar las cifras se dio cuenta de que realmente aquel terreno era una ganga con un gran potencial de beneficio. Sin embargo, ya no estaba pensando en el dinero, sino en la humillación de que había sido objeto el sábado durante el baile a beneficio de la ópera. Sintió que la ira se apoderaba de él.
–Compra ese terreno –dijo con voz queda.
–¿No quiere que le informe de las otras propiedades?
–Ahora no estoy interesado en nada salvo en el terreno que quiere Bancroft. Dile a los de la asesoría jurídica que extiendan una oferta, supeditada al acuerdo entre nuestro tasador y el de Thorp. Llévala mañana a Houston y allí tú mismo se la presentas a Thorp.
–¿Una oferta? –masculló Peter–. ¿Por cuánto?
–Ofrece quince millones y dales veinticuatro horas de plazo para pensarlo. De lo contrario, diles que no hay trato. Te responderán con una contraoferta de veinticinco millones. Ofrece veinte y comunícales que la propiedad tiene que estar en nuestras manos en un plazo máximo de tres semanas o anulamos la oferta.
–Realmente, no creo...
–Otra condición. Si Thorp acepta, la transacción será estrictamente confidencial. Nadie sabrá nada de la adquisición hasta que esté consumada. A nuestros abogados les comunicas que incluyan todo esto en el contrato, aparte de las condiciones habituales.
De pronto, Peter se sintió inquieto. En el pasado, cuando Farrell había invertido en una compañía o la había comprado, no lo había hecho basándose únicamente en su consejo. Por supuesto que no. Nick siempre realizaba un detenido estudio propio y tornaba precauciones. Pero en esta ocasión, si la cosa salía mal, la responsabilidad recaería por entero en el recomendador.
–Señor Farrell, no creo...
–Peter –le interrumpió Nick con voz suave pero decidida–. Compra ese maldito terreno.
Asintiendo con la cabeza, Peter se puso en pie. Su inquietud crecía por momentos.
–Llama a Art Simpson, de nuestro departamento jurídico de California. Comunícale nuestras intenciones y hazle saber que quiero tener aquí los contratos mañana mismo. Cuando lleguen, tráemelos de inmediato y discutiremos los pasos siguientes.

Cuando Peter se marchó, Nick hizo girar su sillón de cara a la ventana. Era obvio que Miley aún lo consideraba un ser de un estrato inferior, digno de desprecio. Bien, tenía derecho a pensar como quisiera. Y también a declarar sus opiniones a la prensa de Chicago, que era lo que había hecho. Pero el ejercicio de tales derechos le costaría diez millones de dólares, el precio adicional que tendría que pagar a Intercorp por el terreno que se disponía a adquirir en Houston.


Paraíso Robado - Cap: 27


Durante años, Nick había intentado ahuyentar aquellos recuerdos y la angustia que había sentido por el niño. Lo sepultó todo en lo más profundo de su conciencia, porque le producía una angustia y un dolor indecibles.
Ahora, al mirar las parpadeantes luces de los faros allá abajo, en Lake Shore Drive, se dio cuenta de que ya no necesitaba recurrir a ninguna argucia para no sufrir. Miley había dejado de existir para él.
Cuando tomó la decisión de pasar el año en Chicago, lo hizo con plena conciencia de que coincidiría con Miley pero no permitió que esta idea lo desviara de su trayectoria y perturbara sus planes. Ahora era consciente de que ni siquiera necesitaba molestarse pensando en ella, porque ya no le importaba. Ambos eran adultos, y el pasado, pasado estaba. Miley  sería de todo menos una persona descortés. Cuando se encontraran, se saludarían con los buenos modales propios de personas adultas.


Nick subió al Mercedes de Stanton y le tendió la mano a su amigo. Luego miró a Alicia, enfundada en un abrigo negro que le llegaba hasta los tobillos. El color de la prenda hacía juego con el de la brillante cabellera de la joven. Ella le tendió una mano y lo miró a los ojos, sonriente. Una mirada y una sonrisa directas, seductoras, atractivas.
–¡Cuánto tiempo! –exclamó Alicia con voz suave y sensual.
–Demasiado –replicó Nick sin mentir.
–Cinco meses –le recordó ella–. ¿Vas a darme un apretón de manos o vas a besarme como corresponde?
Nick lanzó una mirada entre desvalida y divertida al padre de la joven: una declaración de intenciones. Stanton respondió con una paternal e indulgente sonrisa. Entonces Nick tiró de la mano de Alicia y la ayudó a sentársele en su regazo.
–¿Cómo me corresponde besarte? –le preguntó.
Ella sonrió y dijo:
–Te lo mostraré.

Solo Alicia habría besado así a un hombre en presencia de su propio padre. Stanton sonrió y apartó la mirada, mientras su hija besaba a Nick de un modo sensual, con el propósito de excitarlo. Y lo consiguió. Ambos lo sabían.
–Creo que me has echado de menos –dijo ella.
–Y yo creo –comentó Nick– que uno de nosotros debería tener el buen gusto de ruborizarse.
–Eso es muy provinciano, querido –bromeó la joven sonriendo, al tiempo que, de mala gana, apartaba las manos de los hombros de su amigo–. Muy de clase media.
–Hubo un tiempo –le recordó Nick mordazmente– en que para mí pertenecer a la clase media habría significado una mejora.

–Estás orgulloso de eso, ¿no es cierto? –inquirió Alicia.
–Supongo que sí.
Ella se sentó al lado de Nick y cruzó las largas piernas. Se le abrió el abrigo y dejó al descubierto un largo corte en su estrecho vestido, que casi le llegaba hasta el muslo.
–¿Qué piensas? –le preguntó a Nick.
–Más tarde te dirá lo que piensa –intervino Stanton, impaciente por hablar con su amigo–. Nick, ¿qué sabes de esos rumores que dicen que Edmund Mining va a fusionarse con Ryerson Consolidated? Pero antes de que contestes, dime cómo está tu padre. ¿Todavía insiste en quedarse a vivir en el campo?
–Mi padre está bien –respondió Nick. Era cierto. Patrick Farrell no se había emborrachado una sola vez en los últimos once años–. Por fin logré convencerle de que debía vender la casa y venir a vivir a la ciudad. Pasará unas semanas conmigo y luego irá a visitar a mi hermana. A finales de este mes sacaré algunas cosas de la casa. A mi padre le falta valor para hacerlo personalmente.


El gran salón de baile del hotel, con sus imponentes columnas de mármol, los relucientes candelabros de metal y el magnífico techo abovedado, era siempre espléndido, pero en opinión de Miley  nunca tanto como esta noche.
Esa noche, el lujo habitual se veía aumentado por las sedas deslumbrantes y los terciopelos. Todos los patrocinadores de la ópera estaban presentes y hacían una pausa en sus alegres conversaciones para posar para la prensa o pasear por el enorme salón, saludando a los amigos. Miley  estaba con Parker, casi en el centro del salón. Él le había pasado un brazo por la cintura y ambos aceptaban los buenos deseos de amigos y conocidos que se habían enterado de su compromiso por la prensa. Miley  volvió la mirada hacia Parker, sonriente.
–¿Qué te resulta tan divertido? –le preguntó él, con una sonrisa tierna.
–La canción que está tocando la orquesta –respondió ella–. Es la misma que bailamos cuando yo tenía trece años. –Como Parker parecía desconcertado, la joven añadió–: En la fiesta de la señorita Eppingham, en el hotel Drake.
Parker lo recordó y sonrió con nostalgia.
–¡Ah! La obligatoria noche de fastidio con la señorita Eppingham.
–Fue peor que eso –puntualizó Miley- . Dejé caer mi bolso, nuestras cabezas chocaron y no hice más que pisarte durante todo nuestro baile.
–Se te cayó el bolso y nuestras cabezas chocaron –la corrigió él con la gentil sensibilidad que ella tanto amaba–, pero no me pisaste durante el baile. Estuviste adorable. De hecho, aquella fue la primera vez que me di cuenta de lo hermosos que son tus ojos. Me mirabas con la más extraña e intensa de las miradas...

Miley  se echó a reír. Luego comentó:
–Quizá estuviera pensando en la mejor manera de declararme.
Parker sonrió y la apretó con más fuerza.
–¿De veras?
–Ya lo creo. –De pronto, la sonrisa desapareció del rostro de Miley.  Una periodista de las columnas de chismes sociales andaba al acecho–. Parker –musitó la joven presurosamente, voy al tocador de señoras y regresaré dentro de unos minutos. Se nos acerca Sally Mansfield y no quiero hablar con ella hasta el lunes, cuando sepa quién le dijo en Bancroft ese disparate de las rebajas el día de nuestra boda.
–De acuerdo.
–El que se lo haya dicho tendrá que retractarse públicamente –afirmó Miley con seriedad, despidiéndose a regañadientes de su novio–. Entre otros motivos porque no habrá tales rebajas. Fíjate si ves llegar a Demi. –Se dirigió a la escalinata que conducía al entresuelo–. Hace rato que debería haber llegado.
–Hemos calculado bien el tiempo, Nick –observó Stanton mientras Nick ayudaba a Alicia a quitarse el abrigo de pieles. Luego se lo entregó a la empleada de guardarropía en la entrada del salón. Oyó las palabras de su amigo, pero lo cierto es que solo estaba pendiente del atrevido escote del vestido de la joven.
–¡Menudo vestido! –exclamó con expresión divertida.
Ella le sostuvo la mirada, inclinó la cabeza y esbozó una sonrisa de complicidad.
–Eres el único hombre –murmuró– capaz de convertir esa frase en una irresistible invitación a meterse en la cama durante una semana entera.
Nick soltó una risita ahogada mientras se encaminaban al centro de la estancia. A cierta distancia vio a dos fotógrafos en acción y a un equipo de televisión merodeando entre la multitud. Se preparó para el acoso inevitable de la prensa.
–¿Era eso? –le preguntó Alicia en cuanto su padre se detuvo a hablar con unos amigos.
–¿El qué? –inquirió Nick, al tiempo que cogía dos copas de champán de la bandeja de un camarero que pasaba por allí.
–Una invitación a una semana de glorioso sexo como la que pasamos hace dos meses.
–Alicia –susurró Nick con tono de suave reprimenda, saludando al mismo tiempo con la cabeza a dos conocidos–. ¡Pórtate bien! –Habría seguido caminando, pero ella se quedó inmóvil, observándolo cada vez con mayor intensidad.
–¿Por qué nunca te has casado?
–Lo discutiremos en otra ocasión.
–Lo intenté las dos últimas veces que estuvimos juntos, pero siempre te escapas por la tangente.
Enojado por su obstinación, por el propio asunto y por la inoportunidad del momento en que lo sacaba a relucir, Nick colocó una mano en un brazo de Alicia y la condujo a un lado.
–Supongo –dijo– que intentas discutirlo aquí y ahora.
–Sí –admitió ella, mirándolo fijamente y alzando la orgullosa barbilla.
–¿En qué estás pensando?
–En casarme.
Nick se detuvo y ella vio una frialdad repentina en su mirada. Sin embargo, las palabras que pronunció fueron aún más cortantes que la expresión de su rostro:
–¿Con quién?
Sintiéndose insultada y furiosa por su propia torpeza al querer forzar la situación, Alicia lo miró durante un largo instante. Nick no suavizó la expresión. Por fin, ella dijo:
–Supongo que lo tengo merecido –dijo.
–No –repuso Nick, enojado consigo mismo por su falta de tacto–. No te lo merecías.
Alicia lo miró, confusa y cautelosa. Luego sonrió y comentó:
–Al menos sabemos dónde estamos... por ahora.
Obtuvo por respuesta una sonrisa breve y fría, sin duda muy poco alentadora. Alicia suspiró y le puso una mano en el brazo.
–Eres –le dijo sin tapujos, al tiempo que él echaba a andar– el hombre más duro y difícil que he conocido en mi vida. –Trató de rebajar la tensión dirigiéndole una mirada seductora.

Demi llegaba en aquel momento al salón. Se detuvo en la entrada el tiempo necesario para dejar el abrigo y observar a la multitud, buscando a Parker o a Miley.  Al ver a Parker, cerca de la orquesta, se dirigió hacia allí. Rozó a Alicia Avery, que caminaba muy despacio junto a un hombre muy alto, de pelo negro y anchos hombros, cuyo perfil le resultó a Lisa vagamente familiar. Ella siguió andando hacia la orquesta, advirtiendo que los hombres se volvían a mirarla. De hecho, también las mujeres la miraban, porque Demi llevaba un modelo de lo más original. Vestía ondulantes pantalones de calle, de satén rojo, y una chaqueta de terciopelo negro. En la cabeza, envolviendo también la frente, lucía una cinta negra. Sin duda era una indumentaria incongruente, del todo inapropiada para aquel lugar y aquella ocasión, pero que de algún modo en Demi parecía muy bien.
Sin embargo, Parker no lo creyó así.
–Hola –lo saludó ella, situándose a su lado mientras el banquero se servía una copa de champán.
Parker alzó la mirada y al ver a Demi vestida de aquel modo hizo una mueca de desaprobación. Ante aquella muda crítica, la muchacha se indignó.
–¡Oh, no! –exclamó con voz afectada, mirando a Parker con fingida alarma–. No me digas que han vuelto a subir las acciones.

Enojado, Parker observó el escote de la chaqueta de Demi y luego su rostro provocativo.
–¿Por qué no te vistes como las demás? –le preguntó con acritud.
–No lo sé–se limitó a responder y, con una amplia sonrisa, añadió–: Probablemente por la misma clase de perversidad que te hace a ti exprimir a las viudas y los huérfanos. ¿Dónde está Miley?
–En el tocador.

Tras este intercambio de palabras, habitual en ellos desde hacía años –aun yendo en contra de la amable personalidad de ambos–, evitaron mirarse y centraron su atención en la multitud. Entonces se produjo una conmoción y los dos dirigieron la mirada hacia la derecha. Los chicos de la prensa y la televisión de pronto se pusieron en marcha a la vista de una buena presa. Demi estiró el cuello y alcanzó a ver a la «víctima» de los periodistas. Era el acompañante de Alicia Avery. Lo apuntaban las cámaras de la televisión, estallaban los flashes y una nube de reporteros le cerraban el paso, blandiendo micrófonos.
–¿Quién es? –preguntó Demi, mirando a Parker.
–No lo veo... –empezó a decir Parker, observando el tumulto sin demasiado interés. Pero finalmente distinguió el rostro de Nick–. Es Farrell –masculló con voz tensa.

El nombre y el rostro bronceado de Nick fueron datos suficientes para revelar a Demi que aquel hombre era el desleal y despiadado ex marido de su amiga Miley.  La muchacha sintió que una oleada de hostilidad se apoderaba de ella. Recordó el sufrimiento de Miley y tuvo el impulso de abrirse paso a codazos, detenerse ante aquel tipo e insultarlo delante de todo el mundo. Sin embargo, sabía que a Miley no le gustaría. Odiaba las escenas. Además, solo Demi y Parker sabían lo de ella y Nick. 

Ambos pensaron en Miley simultáneamente. El rostro de Parker, siempre apacible y civilizado, se descompuso al mirar a Farrell y pensar en su novia.
–¿Sabía Miley que Farrell vendría? –le preguntó Demi. Sin responder, Parker la tomó del brazo y le rogó:
–Encuéntrala y adviértele que Farrell está aquí.

Demi se lanzó hacia la escalinata. Entretanto, el nombre de Nicholas Farrell corría ya de boca en boca. El gran financiero se había librado de la prensa, excepto de Sally Mansfield, de pie a sus espaldas, y conversaba con Stanton Avery cerca del pie de la escalera. Demi lo vio y se apresuró para llegar a tiempo. Avanzaba entre el gentío, mirando a Farrell y tratando de localizar a Miley al mismo tiempo. Y de pronto apareció. Demi se detuvo, horrorizada. Demasiado tarde.

Como todo era inútil, Demi contempló a su amiga, que ya bajaba por la escalera. Por lo menos, pensó Demi, Miley era todo un espectáculo. Estaba más hermosa que nunca. Sí, ahora que el cretino de su ex marido iba a verla por primera vez desde hacía once años.
Desafiando la moda provocativa del momento, Miley llevaba un vestido sin tirantes, largo hasta los pies. Era de satén blanco, salpicado de brillantes lentejuelas y diminutos cristales. En el cuello lucía un collar de rubíes y diamantes, que quizá le había regalado Parker, cosa que Demi dudaba, o bien era un préstamo de la sección de joyería de Bancroft, lo que a Demi le pareció más verosímil.

A mitad de la escalera, Miley se detuvo para hablar con una pareja de ancianos. Demi contuvo el aliento. Parker, que la había seguido, se hallaba a su lado, y sus miradas iban de Farrell y Sally Mansfield a Miley. La inquietud se reflejaba en sus ojos.
Sin dejar de prestar atención a Stanton, Nick miró alrededor buscando a Alicia, que se había ido al tocador. Alguien lo llamó por su nombre. Al volverse Nick Farrell se quedó perplejo. La copa de champán que sostenía no llegó a rozar sus labios. La mujer de la escalera había sido una muchacha y su esposa la última vez que la vio. De inmediato comprendió por qué la prensa la comparaba con Grace Kelly de joven. Con el pelo recogido en un elegante moño sobre la nuca; entrelazado con pequeñas rosas blancas, Miley Bancroft era la viva imagen de la distinción, de la serenidad. Una imagen que quitaba el aliento. Con el paso de los años había perfeccionado su figura, y su rostro, delicado y hermoso, había adquirido un esplendor que hipnotizaba.
Impresionado, Nick se repuso enseguida. Se llevó la copa a los labios y asintió a lo que Stanton le estaba diciendo. Sin embargo, no pudo dejar de mirar a su ex mujer, aunque ahora lo hacía con el interés imparcial de un experto que examina una obra de arte cuyos defectos ya conoce.

Pero no podía engañarse. Era incapaz de inmunizarse por entero contra aquella figura que charlaba con una pareja de ancianos en mitad de la escalera. Nick recordó que Miley siempre se encontraba a gusto entre personas mucho mayores que ella. Pensó en la noche en que lo había tomado bajo su protección en Glenmoor, y su corazón se ablandó aún más. Buscó en ella señales de la personalidad del ejecutivo, pero lo que vio fue una sonrisa arrebatadora, unos ojos brillantes de color turquesa y un aura inesperada de... Buscó la palabra en su mente y solo encontró: inmaculada. Tal vez fuera el blanco virginal de su vestido, o el hecho de que las otras mujeres llevaban ropa provocativa, mientras que ella, mostrando solo los hombros, resultaba todavía más incitante que las demás. Provocativa, regia, inalcanzable.

Nick trató de serenarse. Cuando lo logró, se desvanecieron los últimos vestigios de amargura. Más que belleza, veía en Miley una dulzura que había olvidado, y que debió de ser aplastada por un gran terror para que ella accediese al aborto. Pensó que Miley era demasiado joven cuando se vio obligada a casarse con él, con un extraño. Sin duda aquella muchacha se vio viviendo en una pequeña y sucia ciudad como Edmunton, casada con un borracho –como lo era el padre de Nick– e intentando criar a su hijo. Philip se habría encargado de convencerla de que eso era lo que iba a ocurrir. 

Aquel hombre no se habría detenido ante nada para romper la unión de su hija con un don nadie, incluyendo el aborto. Nick se dio cuenta de ello poco después del divorcio. A diferencia de su padre, Miley nunca había sido una esnob; bien criada y educada, eso sí, pero nunca una esnob capaz de actuar así con él y con el hijo de ambos. Su juventud, el temor y la terrible presión paterna habían sido los causantes de todo. Nick lo comprendió de pronto. Después de once años, había tenido que verla para descubrir la verdad de lo ocurrido entonces, de lo que Miley fue... y de lo que todavía era.
–Hermosa, ¿verdad? –inquirió Stanton, dándole un codazo.
–Muy hermosa.
–Ven, te la presentaré. A ella y a su novio. Tengo que hablar con él de todos modos. Además, te conviene conocer a Parker, controla uno de los mayores bancos de Chicago.

Paraíso Robado - Cap: 26


–No es malo. En realidad es bastante bueno. El porcentaje de empleados de grupos minoritarios es un poco bajo, pero no lo bastante como para que la prensa nos dedique titulares o el gobierno no nos pase pedidos. Recursos humanos ha hecho un buen trabajo en lo que se refiere a la contratación de personal, a los ascensos y cosas así. Lloyd Waldrup, el vicepresidente de la división, es un hombre agudo y posee buenas credenciales para el cargo.
–Es un reaccionario aunque lo disimule –intervino Tom Anderson, inclinándose para servirse una taza de café del servicio de plata que había sobre la mesa.
–Es una acusación ridícula –objetó David Talbot, irritado–. Lloyd Waldrup me dio el fichero donde figura el número de mujeres y de empleados de los distintos grupos étnicos que prestan su servicio en todos los departamentos y en las distintas categorías. El número de personas de estos grupos que ostentan el cargo de director es justo.
–No creo en ese informe.
–Dios, ¿qué te pasa, Tom? –replicó David, volviéndose en la silla y encarándose indignado con Anderson, cuyas facciones no se alteraron en lo más mínimo–. Cada vez que adquirimos una compañía te metes con los encargados de recursos humanos. ¿Por qué razón los desdeñas casi siempre?
–Supongo que porque casi siempre son chupatintas hambrientos de poder.
–¿Incluido Waldrup?
–Especialmente Waldrup.
–¿Y cuál, entre tus aclamados instintos, te induce a pensar así de este hombre?
–Ponderó mi indumentaria durante dos días seguidos. No me fío de quienes alaban mi ropa, sobre todo si ellos mismos llevan puesto un clásico traje gris.
Risitas ahogadas rompieron la tensión surgida en la sala. El mismo David pareció relajarse.
–Aparte de esa intuición, ¿hay algún otro motivo que te lleve a creer que Waldrup miente con respecto a sus prácticas de contratación y ascenso?
–Sí, lo hay –respondió Tom, cuidando de que la manga de su chaqueta a cuadros no tocara el café cuando alargó la mano para coger la azucarera–. Hace ya un par de semanas que me paseo por su edificio mientras tú te ocupabas de tu trabajo en recursos humanos. Lo cierto es que no he podido evitar reparar en un pequeño detalle. –Hizo una pausa para remover el café, lo que enojó a todos excepto a Nick, que seguía mirándolo con tranquilo interés. Por fin, Tom se reclinó en el asiento, cogió la taza y cruzó las piernas.
–¡Tom! –exclamó David, malhumorado–. ¿Responderás de una vez para que podamos seguir con la reunión? ¿Qué notaste mientras rondabas por el edificio?
Imperturbable, Tom arqueó sus pobladas cejas y respondió:
–Vi hombres sentados en despachos privados.
–¿Y qué?
–No vi mujeres, excepto en contabilidad, donde siempre las ha habido. Y solo dos de esas mujeres con despacho propio tenían secretarias. Eso hace que me pregunte si tu amigo Waldrup está improvisando algunos títulos altisonantes para que las señoras se sientan felices... y para que él mismo dé una buena imagen en sus ficheros de empleo. Si esas mujeres tienen en realidad cargos directivos, ¿dónde están sus secretarias? ¿Dónde están sus oficinas?
–Lo comprobaré –aseguró David, y exhaló un suspiro de irritación–. Tarde o temprano lo habría descubierto, pero es mejor saberlo ahora. –Se volvió hacia Nick y prosiguió–: Algún día tendremos que situar la política de salarios y vacaciones de Haskell en línea con la de Intercorp. Haskell daba a sus empleados tres semanas de vacaciones después de tres años en la empresa, y cuatro semanas a los ocho años. Esta política le está costando a la empresa una fortuna en tiempo perdido y la constante necesidad de contratar empleados suplentes.
–¿Cómo se comparan los salarios?
–Son inferiores a los nuestros. La filosofía de Haskell es dar más tiempo libre y menos dinero. Me reuniré contigo cuando tenga más detalles. Haré números y escribiré mis recomendaciones.

Durante otras dos horas, Nick escuchó los informes del resto del equipo y debatió soluciones. Cuando terminaron de hablar de Haskell, Nick les puso al corriente de los acontecimientos de otras divisiones de InterCorp que podrían ser objeto de su preocupación inmediata o futura. Desde una amenaza de huelga en una factoría textil en Georgia hasta el diseño y la capacidad de la nueva instalación de Haskell en el amplio terreno que acababan de adquirir en Southville.

Durante toda la reunión, un hombre, Peter Vanderbilt, había permanecido en silencio y atento como un brillante y algo sorprendido graduado que conociera los elementos básicos, pero que estuviera aprendiendo las sutilezas de boca de un grupo de expertos. A sus veintiocho años, Peter era una antigua «promesa» de Harvard, con el coeficiente mental de un genio. Se especializaba en el examen de firmas, presumibles adquisiciones de Intercorp, analizando su potencial de beneficios para después hacerle a Nick las recomendaciones oportunas. Haskell Electronics había sido una de las elecciones de Peter, e iba a convertirse en su tercer triunfo consecutivo. Nick lo había enviado a Chicago con el equipo para que adquiriera experiencia de primera mano de lo que ocurría después de la compra. El jefe quería que aquel joven talento observara lo que no podía ser visto en los datos financieros sobre los que se apoyaba cuando hacía sus recomendaciones a favor o en contra de una nueva adquisición; como por ejemplo, interventores blandos a la hora de realizar los cobros o directores de recursos humanos reaccionarios.

Nick lo había traído para que observara y fuera observado. A pesar del indiscutible éxito de Peter hasta el momento, Nick sabía que el joven aún necesitaba ser guiado. Además, según las circunstancias, era engreído e hipersensible, insolente o tímido. Eso debía cambiar. Peter Vanderbilt poseía un enorme talento en bruto. Había que canalizarlo.
–¿Peter? –dijo Nick–. ¿Algo en tu jurisdicción que tengamos que saber?
–Tengo varias firmas que serían buenas adquisiciones –informó Peter–. No de la envergadura de Haskell, pero rentables. Una de ellas fabrica software en Silicon Valley.
–No quiero compañías de software –le interrumpió Nick.
–Pero JHL es...
–No quiero compañías de software, Peter –repuso Nick con firmeza–. Son un maldito riesgo en estos momentos. –Advirtió que Peter enrojecía. Al recordar que su misión era encauzar el gran talento del joven y no aplastar su entusiasmo, Nick refrenó su impaciencia–. No lo tomes como un juicio de tu capacidad, Peter. Nunca te había dicho lo que siento con respecto a los fabricantes de software. ¿Qué más quieres recomendar?
–Usted mencionó que deseaba ampliar nuestra división comercial de bienes inmobiliarios –dijo Peter con tono vacilante–. Hay una compañía en Atlanta, otra aquí en Chicago y una tercera en Houston. Las tres buscan comprador. Las dos primeras poseen edificios para oficinas de tamaño medio o grande. La tercera, es decir, la de Houston, posee sobre todo tierras. Se trata de una firma familiar, y los dos propietarios, los hermanos Thorp, que la administran, están en malas relaciones desde la muerte del padre, hace unos años. –Todavía acobardado por el inmediato rechazo de su primera recomendación, Peter se apresuró a poner sobre el tapete los inconvenientes que presentaba esta última recomendación–. Houston ha estado sumido en una prolongada crisis y supongo que no hay razones para dar por sentado que la reciente recuperación será duradera. Por otra parte, como los hermanos Thorp no parecen ponerse de acuerdo en nada, es probable que las negociaciones nos causen más problemas de lo que el asunto merece...
–Veamos. ¿Me estás diciendo que debemos comprar o que no debemos comprar? –le preguntó Nick, sonriendo para tratar de paliar su brusquedad anterior–. Tú limítate a elegir tus opciones, basándote en tu mejor juicio, y el resto déjamelo a mí. Se trata de mi trabajo, y si además del tuyo quieres hacer también el mío, me sentiré inútil.
Varios miembros del equipo volvieron a reír. Peter se puso de pie y le entregó a Nick una carpeta con la etiqueta «Adquisiciones recomendadas. Compañías de bienes inmuebles comerciales». En ella estaban los datos sobre las tres firmas que el joven había recomendado más otra docena de empresas de menor interés. Más relajado, Peter volvió a sentarse.
Nick abrió la carpeta. Los dossieres eran voluminosos y los análisis de Peter –lo comprobó con solo echar un vistazo–, de una extrema complejidad. Para no retener innecesariamente a sus hombres, Nick se dirigió a ellos.
–Caballeros –anunció–, Peter ha sido tan minucioso como de costumbre y su documentación me llevará largo tiempo de examen. Creo que por el momento hemos cubierto los puntos más urgentes. La semana que viene me reuniré individualmente con cada uno de ustedes. –Se volvió hacia Peter–. Vamos a mi despacho, y echaremos un vistazo a tus documentos.

Acababa de sentarse cuando por el intercomunicador la señorita Stern le anunció la llamada de Bruselas. Con el auricular apoyado en el hombro, Nick esperaba oír la voz al otro lado del Atlántico mientras leía el primer informe de la carpeta de Peter.
–¡Nick! –gritó Josef Hendrik para hacerse oír por encima de las interferencias–. La conexión es mala, pero mis buenas noticias no pueden esperar. Aquí mi gente está de acuerdo con la idea de sociedad limitada que te propuse el mes pasado. No se oponen a ninguna de tus estipulaciones.
–¡Magnífico, Josef! –exclamó Nick, pero su voz sonó un tanto apagada por el sueño que le provocaba el desajuste horario del viaje en avión, y también porque se dio cuenta de que era más tarde de lo que creía. Más allá de los ventanales de su oficina, las luces pestañeaban en los rascacielos mientras el firmamento se envolvía en tinieblas. Abajo, en la avenida Michigan, sonaban los cláxones. Era el cotidiano embotellamiento de la hora punta, cuando todo el mundo volvía a casa. Nick encendió la lámpara de su escritorio y Peter, respondiendo a una mirada, se levantó y encendió también las del techo.
–Es tarde –dijo Nick–. Y todavía tengo que hacer varias llamadas. Me llevaré a casa tu carpeta y la estudiaré durante el fin de semana. Ya hablaremos el lunes por la mañana, a las diez.
La sauna y la ducha lo hicieron sentirse como nuevo. Se envolvió una toalla a la cintura y tendió la mano hacia el reloj de pulsera que había dejado sobre la barra de mármol negro que rodeaba el cuarto de baño de forma circular. Sonó el teléfono.
–¿Estás desnudo? –le preguntó Alicia Avery con voz sensual e insinuante.
–¿A qué número llama? –respondió Nick, fingidamente confuso.
–Al tuyo, querido. ¿Estás desnudo?
–Casi –dijo él–. Se me hace tarde.
–Me alegro muchísimo de que finalmente estés en Chicago. ¿Cuándo llegaste?
–Ayer.
–¡Ahora te tengo en mis garras! –Se oyó su risa seductora, contagiosa–. No imaginas los pensamientos eróticos que he tenido para esta noche, cuando regresemos del baile a beneficio de la ópera. Te he echado de menos –añadió, tan franca y directa como de costumbre.
–Nos veremos dentro de una hora –le prometió Nick–. Es decir, si me permites vestirme.
–Está bien. En realidad, es papá quien ha llamado. Temía que te olvidaras de lo de esta noche. Desea verte casi tanto como yo... aunque por razones distintas, claro.
–Claro –bromeó Nick.
–Por cierto, será mejor que te diga que mi padre piensa proponerte como socio del club de campo de Glenmoor. El baile es el lugar perfecto para presentarte a algunos de los otros socios y ganarte su voto. Claro está que todo eso es innecesario –aclaró Alicia–. Será pan comido para ti. –Y antes de pasarle el auricular a su padre, se le ocurrió otra idea–: Ah, la prensa acudirá en masa esta noche, así que prepárate para ser zarandeado. ¡Qué humillación, señor Farrell! –bromeó–, saber que mi acompañante va a causar más sensación que yo...

La mención del club de campo de Glenmoor, donde hacía ya tanto tiempo había conocido a Miley, causó tal impacto a Nick que apenas oyó el resto de la perorata de Alicia. Ya era socio de dos clubes de campo, ambos de élite, tanto como Glenmoor. Pero, por supuesto, raramente frecuentaba esos lugares. Si se asociaba a un club de Chicago, y no sentía el menor deseo de hacerlo, no sería Glenmoor.
–Dile a tu padre que le agradezco su intención, pero que no se moleste. –Iba a añadir algo cuando sonó la voz del propio Stanton Avery.
–Nick –dijo con su voz franca y cordial–. No habrás olvidado la fiesta de esta noche a beneficio de la ópera.
–No la he olvidado, Stanton.
–Oh, bien. Pensé que podríamos pasar a buscarte a las nueve, parar en el Yatch Club a tomar unas copas y luego ir al hotel. De este modo no tendremos que soportar La Traviata antes de que empiece en serio la fiesta. ¿O acaso te gusta La Traviata?
–Odio la ópera –bromeó Nick, y Stanton respondió con una risita de complicidad. En los últimos años Nick había asistido a docenas de óperas y conciertos, porque en su posición, y siempre pensando en los negocios, el patrocinio y la asistencia a los actos culturales eran una necesidad. Ahora que conocía, contra su voluntad, las sinfonías y las óperas más importantes, su gusto musical no había experimentado cambio alguno. Le aburrían soberanamente y, sobre todo, le parecían demasiado largas–. A las nueve es buena hora –aceptó.
A pesar de que la ópera le aburría y de que la idea de ser acorralado por la prensa no le resultaba agradable, Nick deseaba asistir a la velada, como descubrió al empezar a afeitarse. Había conocido a Stanton Avery hacía cuatro años, en California, y siempre que iba a Chicago –o Stanton a Los Ángeles–, ambos hacían lo posible por verse. A diferencia de otros miembros pedantes de la alta sociedad, conocidos de Nick, Stanton era un hombre de negocios luchador y honesto, con los pies en el suelo. Por estas cualidades, a Nick le resultaba simpático. De poder elegir un suegro, Stanton Avery sería sin duda el ideal. Por su parte, Alicia se parecía mucho a su padre; era sofisticada y refinada, pero cuando quería alcanzar algo iba directo al grano. Ambos, padre e hija, habían querido que esa noche Nick los acompañase al baile a beneficio de la ópera, y se negaban a aceptar una negativa. Nick no solo había terminado por aceptar, sino que además había contribuido con cinco mil dólares a la obra patrocinadora.

Cuando dos meses antes Alicia se había reunido con él en California y su padre insinuó que ella y Nick deberían casarse, él sintió el impulso de aceptar, pero le duró poco. Le gustaba Alicia, en la cama y fuera de ella, y también le gustaba su estilo. Pero Nick arrastraba la triste experiencia de una unión desastrosa, el matrimonio con una rica y mimada hija de la alta sociedad de Chicago, y no quería repetir el episodio. Había huido de la posibilidad de un nuevo casamiento, porque nunca volvió a sentir lo mismo que por Miley (aquella pasión incontenible, la necesidad enfermiza de verla, de tocarla, de oír su risa; aquel sentimiento avasallador que lo convertía en un esclavo y que nunca se saciaba). Ninguna otra mujer lo había mirado y lo había hecho sentirse poderoso y humilde a la vez, ninguna le había inspirado el furioso deseo de ser más y mejor de lo que era. Casarse con alguien que no despertara en él los mismos sentimientos era contentarse con el segundo premio, con un sucedáneo. Y desde luego, en ninguna dimensión de la vida él era un hombre que se contentara con menos. Sin embargo, tampoco tenía deseos de pasar de nuevo por aquellas turbulentas y mortificantes emociones. Habían sido tan dolorosas como placenteras, y tras la ruptura del matrimonio, el recuerdo de la esposa traicionera lo había perseguido dolorosamente durante años, convirtiendo su vida en un verdadero infierno.

La verdad era que si Alicia hubiera calado tan hondo en su corazón como Miley,  Nick habría escapado lo antes posible. No estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo convirtiera una vez más en un ser vulnerable. Nunca. Sabía que ahora que estaba en Chicago Alicia lo presionaría. Si lo hacía, no tendría más remedio que aclararle que el matrimonio no entraba en sus planes, o tendría que poner fin a aquellas deliciosas relaciones.

Nick salió del cuarto de baño con la chaqueta del esmoquin puesta. Se encogió de hombros. Aún faltaban quince minutos para la llegada de Alicia y su padre, así que se encaminó al otro extremo del apartamento y subió a la plataforma donde estaba el bar junto a varios sofás. Era un espacio ideal para improvisar reuniones. Había elegido ese edificio y ese apartamento porque las paredes exteriores eran una sucesión de ventanales de vidrio curvado, que ofrecían una vista impresionante de Lake Shore Drive y del perfil de la ciudad. Se quedó mirando por un momento el paisaje, luego se volvió con la intención de servirse un coñac. Al hacerlo, rozó con la chaqueta un diario cuidadosamente doblado que la mujer de la limpieza había dejado sobre una mesita. El diario cayó al suelo, desparramándose.
Nick vio a Miley.

La fotografía de la que había sido su esposa lo contemplaba desde la última página de la primera sección. Como siempre, lucía una sonrisa perfecta, un pelo perfecto, una mirada perfecta. Típico de Miley  pensó Nick al tiempo que recogía el periódico y miraba con rabia el rostro antes adorado. Miley había sido una adolescente preciosa, pero el fotógrafo se desvivía, consiguiendo su propósito, para que la hermosa criatura se pareciera a Grace Kelly de joven.

La mirada de Nick pasó de la fotografía al texto del artículo. Se sorprendió. Según la periodista, Sally Mansfield, Miley se había comprometido en matrimonio con el «amor de su niñez», Parker Reynolds III; y Bancroft & Company celebraría la boda –en febrero– con unas grandes rebajas en Chicago y en todas las sucursales del país.
Nick arrojó el periódico y se dirigió al ventanal. En sus labios apareció una sonrisa irónica. Había estado casado con aquella pequeña zo/rra, pérfida y traidora, y ni siquiera se había enterado de que ella tenía un viejo amor, un amor de juventud. Tuvo que admitir que él y su mujer no habían llegado a conocerse. No obstante, lo que ahora sabía de ella, le resultaba despreciable.

Al pensar en eso Nick se dio cuenta de que sus ideas no estaban de acuerdo con sus sentimientos. Era evidente que reaccionaba así por costumbre, puesto que en realidad ya no despreciaba a Miley.  No sentía por ella más que un frío disgusto. Lo ocurrido entre ambos era historia, una historia tan lejana que el tiempo había erosionado toda emoción intensa, incluso el sentimiento de desprecio. En el vacío no había nada... nada, excepto desagrado y lástima. Miley había sido demasiado pusilánime para ser perversa; pusilánime y completamente dominada por su padre. A los seis meses de embarazo abortó y después le envió un telegrama para informarle de lo que había hecho, dándole la noticia del divorcio. Y a pesar de todo, él estaba tan locamente enamorado que tomó un avión para verla y persuadirla de que no pidiera el divorcio. Cuando llegó al hospital, en el vestíbulo del ala Bancroft lo detuvieron sin dejarlo pasar, obedeciendo órdenes de Miley.  Pensando que quizá fuera cosa de Philip, había vuelto al hospital el día siguiente, pero entonces se topó con un policía que le pasó por la cara un mandato judicial en que se decía que le quedaba prohibido aproximarse a Miley.