lunes, 11 de febrero de 2013

Perfecta Cap: 59


Liam y Demi intercambiaron sonrisas de profundo placer cuando Nick llegó al living con una valija. Liam se recostó contra el sillón, estiró las piernas y estudió con mirada sobradora el traje azul que Nick se había puesto.
–En California nadie se pone traje para asistir a una fiesta, Nick. Es algo que no se hace.
–¡Me olvidé de esa maldita fiesta! –exclamó él, mirando a sus invitados por la ventana–. Por favor, les pido que los atiendan en mi nombre... ¿Lo harán? Expliquen que se me presentó algo urgente. ¿Puedo disponer de tu piloto? –agregó, depositando distraído la valija en el piso mientras se anudaba la corbata.
–¿Sólo el piloto? –preguntó Liam, mirando a Demi que se había sentado en el brazo del sofá, con una mano sobre el hombro de su marido.
Nick se volvió cuando entró presurosa su ama de llaves para entregarle dos portafolios que él le había pedido que le preparara.
–Tu avión y tu piloto –aclaró Nick con impaciencia.
–Depende de adonde pienses ir.
Seguro de que tenía todo lo que necesitaría durante los días siguientes, Nick por fin prestó atención a su amigo.
–¿Adonde demonios creen que voy a ir?
–¿Cómo quieres que lo sepa? Si es a Keaton, Texas, ¿no crees que antes deberías llamar a Miley?
–No, porque no sé cómo reaccionará. No quiero que se vaya a alguna parte para no tener que encontrarse conmigo. Y si tomo un vuelo comercial, demoraré horas en llegar.
–¿Y qué apuro tienes? Ya la has dejado seis semanas esperando, mientras Richardson le tenía la mano, sin duda, y le ofrecía sus anchos hombros para que llorara sobre ellos. Además, los aviones privados son juguetes muy caros...
–No tengo tiempo para estas b... –Nick contuvo la mala palabra por Demi, se adelantó para despedirse de ella con un beso y se detuvo cuando en la puerta apareció Spencer O’Hara.
–Tengo el auto en la puerta, Liam. Y hablé con Steve por teléfono. Dice que el avión está lleno de combustible y listo para despegar. ¿Cuándo quiere partir, Nick?
–Creo que ahora mismo –bromeó Liam con sequedad.
Después de dirigir una mirada de disgusto a su amigo, Nick abrazó a Demi.
–Gracias –dijo en voz baja y con tono de enorme sinceridad.
–De nada –contestó ella, muy sonriente–. Dale cariños a Miley.
–Y transmítele mis sinceras disculpas –agregó Liam, poniéndose de pie con aire serio, mientras estrechaba la mano de Nick–. Buena suerte.
Lo miraron dirigirse a la puerta. Entonces Demi miró a su marido y su sonrisa se hizo más amplia.
–Ese hombre la quiere tanto que no le importa que mucha gente crea que es un imb/écil por buscarla después de lo que ella le hizo en la ciudad de México. Lo único que le importa es que ella también lo ame.
–Ya sé –contestó  Liam, mirando los ojos empañados de lágrimas de su mujer–. Es un sentimiento que conozco bien.
–Ajústese el cinturón y rece –bromeó el piloto por el intercomunicador, y el Lear comenzó el descenso en pleno anochecer, rumbo a la pista de cemento–. Si esa pista tuviera quince centímetros menos no podríamos aterrizar, y si estuviera más oscuro tendríamos que aterrizar en Dallas. Por lo visto, de noche no iluminan esta vereda. A propósito, su taxi lo espera.

Sin apartar la mirada de los videos de Miley, que había llevado consigo para volver a verlos en el avión, Nick se puso el cinturón de seguridad. Pero pocos instantes después levantó la vista sobresaltado cuando el piloto clavó los frenos en el momento en que el avión tocó la pista y el elegante avión carreteó con un chirrido de neumáticos. Por fin se detuvo a pocos centímetros del final de la pista.
–Después de dos aterrizajes en esta pista, el señor Farrell necesitará nuevos frenos –dijo el piloto, con voz algo temblorosa y un tono de profundo alivio–. ¿Qué planes tiene para esta noche, señor Jonas? ¿Quiere que me registre en un motel o que regrese a la Costa Oeste?
Nick estiró la mano hacia el botón del intercomunicador, situado en la consola entre ambos asientos, pero de repente vaciló y enfrentó la realidad que había tratado de ignorar durante todo el viaje. Ignoraba si ahora Miley no lo odiaría más de lo que en una época lo había amado. No sabía cómo lo iba a recibir ni cuánto tardaría en convencerla de que regresara con él a California, si es que lograba convencerla.
–Regístrese en un motel por esta noche, Steve. Enviaré el taxi de regreso a buscarlo.

El piloto todavía estaba apagando los motores cuando Nick bajó presuroso por la escalerilla del avión. El conductor del taxi se hallaba de pie junto a la puerta abierta del vehículo, luciendo un ridículo y poco auténtico uniforme de la Guerra Civil, suponiendo que fuera eso lo que pretendía ser.
–¿Sabe dónde vive Miley Mathison? –preguntó al subir al auto–. Si no lo sabe tengo que encontrar una guía. Olvidé traer la dirección.
–¡Por supuesto que sé dónde vive! –contestó el conductor, mirando a Nick con los ojos entrecerrados. Al reconocerlo, su expresión se tornó feroz. Subió al auto y cerró la puerta con fuerza innecesaria–. ¿Por casualidad usted se llama Jonas? –preguntó algunos minutos después, mientras pasaban frente a la escuela primaria y se internaban en un distrito agradable que se erigía alrededor del edificio de tribunales, con tiendas y restaurantes alrededor de una plaza.
Nick estaba distraído mirando el pueblo donde había crecido Miley.
–Sí.
A un kilómetro de distancia, el taxi se detuvo frente a una prolija casa de una planta con un jardín inmaculado y grandes árboles de copa, y Nick sintió que su corazón comenzaba a latir con nerviosa expectativa mientras metía la mano en el bolsillo en busca de dinero.
–¿Cuánto le debo?
–Cincuenta dólares.
–¡Usted debe estar bromeando!
–Para cualquier otro, este viaje vale cinco dólares. A un desgraciado como usted le cuesta cincuenta. Y ahora, si quiere que lo lleve adonde está Miley, en lugar de dejarlo aquí, donde no está, le costará setenta y cinco.
Presa de una mezcla de enojo, sorpresa y tensión, Nick ignoró la opinión que el individuo tenía de él y volvió a subir al taxi.
–¿Dónde está?
–En la escuela secundaria, donde se encarga del ensayo de una obra de teatro.
Nick recordó que había pasado frente a la escuela secundaria cuya plaza de estacionamiento estaba atestada de automóviles. Vaciló, desesperado por verla, por aclarar las cosas, por abrazarla, si ella se lo permitía.
–¿Por casualidad también sabe cuánto tiempo estará allí? –preguntó con sarcasmo.
–El ensayo puede durar toda la noche –dijo por puro rencor Hermán, el chofer.
–En ese caso, lléveme hasta allí. –El chofer asintió y arrancó el auto.
–No veo por qué tiene tanto apuro por verla ahora –dijo, dirigiendo una mirada asesina a Nick por el espejo retrovisor–. Después de haberla secuestrado y llevado a Colorado, la dejó sola durante todo este tiempo para que enfrentara sin ayuda a los periodistas y a la policía. Y cuando salió de la cárcel tampoco vino a verla. Ha estado demasiado ocupado con sus mujeres elegantes y sus fiestas para pensar en una chica dulce como Miley, que en su vida ha hecho mal a nadie. ¡La avergonzó delante de todo el mundo, delante de todo este pueblo! La gente que no es de Keaton la odia porque hizo lo correcto allá en México, aunque después resultó que era lo incorrecto. ¡Espero –dijo con tono vengativo en el momento en que detenía el auto frente a las puertas de la escuela secundaria– que le pinche un ojo cuando lo vea! Si yo fuera el padre de Miley, en cuanto me enterara de que usted está en el pueblo, tomaría la escopeta y saldría a buscarlo. Y espero que el reverendo Mathison lo haga.
–Tal vez se cumplan todos sus deseos –dijo Nick en voz baja, sacando un billete de cien dólares del bolsillo y entregándoselo–. Vuelva al aeropuerto a buscar a mi piloto. Como él no es ningún desgraciado, supongo que otros veinticinco dólares bastarán para pagar el viaje.
Algo en la voz de Nick hizo vacilar a Hermán, quien se volvió a mirarlo.
–¿Piensa hacer las paces con Miley? ¿Por eso ha venido?
–Lo voy a intentar. –Toda la hostilidad de Hermán se desvaneció.
–Su piloto tendrá que esperar unos minutos. No me puedo perder esto. Además, quizás usted necesite un amigo en medio de esa multitud.
Nick no lo oyó porque ya caminaba hacia el colegio. Al entrar siguió la dirección del ruido que llegaba desde el otro lado de las puertas dobles, en el extremo del corredor.

Antes de que las puertas del gimnasio se cerraran tras él, Nick alcanzó a ver a Miley en medio del gentío. Estaba en el escenario, dirigiendo un coro de niños, algunos de ellos en sillas de ruedas, que lucían distintos disfraces, mientras una pianista los acompañaba.
Permaneció inmóvil, como hipnotizado, escuchando el dulce sonido de su voz, observando si sonrisa increíble, y era tanta la ternura que sentía que le dolió el pecho. Vestida con jeans y una remera con el pelo atado en cola de caballo, Miley estaba adorable... y delgada. Sus pómulos y sus ojos se destacaban más que antes, y la sensación de culpa le formó un nudo en la garganta a Nick cuando se dió cuenta de la cantidad de kilos que debía de haber perdido. A causa de él. El chofer del taxi dijo que le había avergonzado delante de todo el pueblo; eso era algo que trataría de reparar. Ignoró las miradas de sorpresa y los susurros que empezaban a circular por el salón a medida que la gente lo veía y lo reconocía, y se encaminó hacia el escenario.
–Bueno, chicos, ¿qué pasa? –preguntó Miley cuando algunos de los chicos mayores dejaron de cantar y empezaron a hablar en susurros y a señalar. Tuvo conciencia de que a sus espaldas se hacía un profundo silencio y oyó el eco de unos pasos de hombre sobre el piso de madera, pero lo que la preocupaba era que se hacía tarde y sus alumnos estaban distraídos–. Willie, si de veras quieres cantar, tienes que prestar atención –advirtió, pero Willie señalaba algo entre el público y les susurraba furiosamente a dos compañeros–. ¡Señorita Timmons! –dijo Miley, mirando a la pianista, que también se había quedado mirando con la boca abierta algo a espaldas de Miley–. Por favor, señorita Timmons, vuelva a tocar eso. –Pero ante la sorpresa de Miley, una parte de los niños del coro se adelantaba formando un pequeño grupo–. ¿Adonde creen que van? –preguntó Miley, a punto de perder la paciencia.
Giró sobre sus talones. Y quedó petrificada.
Nick estaba parado a cuatro metros de distancia, con las manos a los costados.
«Por fin debe de haber leído mi última carta, –pensó–, y ha venido a buscar su auto». Permaneció donde estaba, con miedo de hablar, con miedo de moverse, mirando fijo ese rostro adusto y apuesto que la acosaba en sueños y atormentaba sus días.

Uno de los alumnos predilectos de Miley, Willie Jenkins, se adelantó y habló con tono serio y beligerante.
–¿Usted es Nick Jonas? –preguntó.
Nick asintió en silencio y varios otros chicos se adelantaron, tres de ellos en sillas de ruedas, para formar una especie de abanico alrededor de Miley. Nick se dio cuenta de que se preparaban para defenderla del monstruo que acababa de aparecer.
–Entonces será mejor que dé media vuelta y salga de aquí –advirtió otro de los chicos, adelantando el mentón–. Usted hizo llorar a la señorita Mathison.
La mirada de Nick no se apartó del rostro pálido de Miley.
–Ella también me hizo llorar.
–¡Los hombres no lloran! –exclamó uno de los pequeños.
–A veces lloran... si alguien muy querido los hiere.
Willie levantó la vista para mirar a su querida maestra y vio que tenía las mejillas bañadas en lágrimas.
–¡Mire! ¡La está haciendo llorar de nuevo! –advirtió con una mirada furibunda–. ¿Para eso vino?
–No, vine porque no puedo vivir sin ella –contestó Nick.
Todos los presentes quedaron estupefactos al ver al famoso actor rudo del cine que se humillaba y admitía eso delante de ellos, pero Miley ni siquiera notó las miradas de los demás. Se adelantó presurosa, primero caminando, después corriendo... corriendo para arrojarse a los brazos que se abrían para recibirla.
Nick la abrazó con fuerza inusitada, acunó con las manos su cara llorosa contra el pecho, la protegió de la vista del público, inclinó la cabeza y susurró con voz ronca:
–Te amo.
Con el cuerpo estremecido por los sollozos, Miley le rodeó el cuello con las manos, enterró la cara contra su pecho y se colgó de él. En la parte trasera del auditorio, Ted rodeó con un brazo los hombros de Katherine y la acercó a sí.
–¿Cómo adivinaste lo que sucedería? –preguntó.
Hermán, el chofer, tenía una mente más práctica, aunque igualmente romántica.
–¡El ensayo ha terminado! –gritó mientras apagaba las llaves de luz, sumergiendo el auditorio en una total oscuridad. Enseguida salió trotando en dirección a su taxi.
Cuando por fin alguien encontró las llaves de luz, Nick y Miley se habían ido.
–Entren –invitó Hermán con un floreo de su sombrero cuando los vio salir corriendo de la escuela, tomados de la mano–. Siempre quise manejar el auto de una pareja que se fugaba –agregó mientras apretaba a fondo el acelerador y el auto saltaba hacia adelante, alejándose del edificio–. ¿Adonde vamos?
En ese momento a Miley le resultaba imposible pensar.
–¿A tu casa? –preguntó Nick.
–No, si quieren estar tranquilos –opinó Hermán–. Todo el pueblo los llamará y pasará por ahí a saludarlos.
–¿Dónde queda el hotel o motel más cercano? –Miley lo miró inquieta, pero Hermán fue más directo.
–¿Qué trata de hacer? ¿Arruinar por completo la reputación de Miley, o restaurarla?
Nick miró a Miley y se sintió incapaz de hablar, indefenso y desesperado por estar a solas con ella. Los ojos de Miley le decían que ella sentía lo mismo.
–A mi casa –decidió ella–. Si es necesario descolgaremos el teléfono y desconectaremos el timbre de la puerta de calle.
Instantes después, Hermán detuvo el auto frente a la casa de Miley, y Nick metió la mano en el bolsillo en busca de más dinero.
–¿Cuánto le debo esta vez? –preguntó con sequedad.
El hombre se volvió con aire de dignidad ofendida y le devolvió el billete de cien dólares.
–Cinco dólares por el viaje completo, incluyendo la ida al aeropuerto para buscar a su piloto. Ésa es una tarifa especial para el hombre que no tiene miedo de confesar delante de todo el pueblo que está enamorado de Miley –agregó con una sonrisa juvenil. Extrañamente emocionado, Nick le entregó el billete de cien dólares.
–En el avión dejé una valija y otro portafolio. ¿Le molestaría traérmelos hasta acá después de haber dejado al piloto en el motel?
–¿Cómo me va a molestar? Los dejaré en la puerta trasera de la casa de Miley, para que no tengan necesidad de atender el timbre.

Miley entró en el living y prendió una lámpara, pero cuando Nick le tomó la mano se arrojó en silencio en sus brazos y lo besó con una silenciosa desesperación que era idéntica a la de él. Lo abrazó con fuerza, apretó la boca contra la suya y le recorrió el cuerpo con las manos. Los labios de Nick devastaban los suyos mientras memorizaba con las manos la forma de ese cuerpo tan querido.
El sonido de la campanilla del teléfono junto a ellos los sobresaltó a los dos. Miley tendió una mano temblorosa para tomar el tubo. Nick la observó llevárselo al oído y no pudo menos que sonreír al notar que bajaba los ojos cuando él empezó a sacarse la chaqueta.
–Sí, es verdad, señora Addleson –dijo Miley–, está realmente aquí. –Permaneció un minuto escuchando y luego dijo–: No sé. Se lo preguntaré, –cubrió el tubo con la mano y le dirigió a Nick una mirada de impotencia–. El mayor y la señora Addieson preguntan si tú, nosotros, estamos libres y si queremos comer con ellos esta noche.
Nick se quitó la corbata y empezó a desabrocharse la camisa. Meneó la cabeza con lentitud, y notó que al percibir el motivo de su negativa el rubor empezaba a cubrir la cara de Miley.
–Me temo que nos será imposible. No, no sé con seguridad cuáles son sus planes inmediatos ni futuros. Sí, se lo preguntaré y les avisaré.
Miley cortó, luego descolgó el tubo y colocó el teléfono debajo de un almohadón del sofá; se enderezó y se pasó las manos por los muslos, nerviosa. Mientras permanecía allí, mirando a Nick, en su mente se atrepellaban miles de preguntas, dudas, incertidumbres y esperanzas. Pero sobre todas las cosas, la embargaba una sensación de jubilosa irrealidad al verlo allí, en su living, mirándola con expresión suave, divertida y sexy.
–No puedo creer que estés aquí –susurró en voz alta–. Hace unas horas todo parecía tan...
–¿Vacío? –propuso él en esa voz profunda y apremiante que tanto había deseado volver a oír–. ¿Y sin sentido? –agregó Nick, acercándosele.
Miley asintió.
–Y sin esperanzas. Nick, ¡tengo tanto que explicarte, si me lo permites! Pero yo... –Se interrumpió cuando él la tomó en sus brazos. Entonces le acarició la cara con dedos temblorosos–. ¡Oh, Dios! ¡Te he extrañado tanto!
Nick le contestó con la boca, separándole los labios con los suyos; le quitó el pañuelo que tenía atado en el pelo; metió los dedos en su cabellera lujuriosa y Miley se apretó contra él, retribuyendo su pasión con el mismo ardor salvaje y provocativo que lo había acosado en sueños en Sudamérica y que lo despertaba cubierto de sudor en la cárcel. De repente Nick apartó la boca de la de ella.
–Muéstrame tu casa –dijo con una voz tan ronca que él mismo casi no la reconoció. Lo que en realidad había querido decir era «muéstrame tu dormitorio».
Miley asintió, comprendiendo el significado de sus palabras, y lo condujo directamente al lugar adonde Nick quería ir. Pero cuando vio los muebles blancos, de caña, las macetas con plantas muy verdes, los blancos volados del cubrecamas, el dosel y la mesa vestida, el cuarto era tan idéntico a lo que él imaginaba que se detuvo en seco. Como si le leyera los pensamientos, ella preguntó:
–¿Lo imaginabas así?
–Sí, lo pensaba idéntico cuando... –Al ver la tensión que se pintaba en la cara de Nick, Miley terminó la frase por él, con voz sombría.
–Cuando estabas tendido en la cucheta de tu barco, y me imaginabas en este cuarto porque yo te pedí por teléfono que lo hicieras. Cuando –agregó con brutal franqueza–, cuando todavía creías que estaría allí contigo... cuando ni siquiera se te había pasado por la cabeza la posibilidad de que te traicionara, de que te entregara al FBI y que te golpearan y te volvieran a encarcelar.
Nick la miró con una sonrisa algo sombría.
–Cuando todo eso era cierto. –Miley se sentó en la cama y le dirigió una mirada honesta e interrogante–. ¿Podríamos quedarnos un rato tendidos, y conversar primero?
Nick vaciló. Por una parte estaba deseando dejar atrás el pasado y dedicar el presente a hacerle el amor en esa cama con dosel, llena de volados, de un blanco virginal, que le resultaba excitante. Pero, por otra parte, era evidente que ella estaba angustiada y no era lógico que volvieran a empezar hasta haber aclarado todo.
–Pero siempre que sea un rato corto –aceptó.
Ella colocó una serie de almohadas contra la cabecera de la cama y en cuanto se le acercó, Nick extendió un brazo y lo pasó sobre sus hombros. Cuando Miley se le arrimó y colocó una mano sobre su pecho, Nick recordó las mañanas que habían vivido en Colorado, sentados exactamente así, y sonrió.
–Había olvidado lo bien que te adaptas a mi cuerpo.
–Estás pensando en las mañanas de Colorado, ¿verdad?
En realidad no era una pregunta, sino una afirmación, y Nick sonrió.
–También había olvidado lo perceptiva que eres.
–En realidad, yo no diría que sea una cuestión de percepción. Lo que pasa es que estábamos pensando en lo mismo. –Sonrió y enseguida hizo un intento vacilante de iniciar la peligrosa conversación acerca del pasado reciente–. No sé por dónde empezar –dijo–. Y casi... casi tengo miedo de empezar. Ni siquiera sé que te trajo hoy por aquí.
Nick alzó las cejas, sorprendido.
–Lo que me trajo hoy por aquí fue Richardson. ¿No sabías que pensaba ir a verme? –Miley se quedó mirándolo, estupefacta–. Esta mañana apareció en mi casa de California, de traje formal, corbata Armani y un auténtico distintivo del FBI
–¿Paúl fue a verte? –preguntó Miley sin poder creerlo–. ¿Paúl Richardson? ¡No es posible que te refieras a mi Paúl!
Nick se puso tieso.
–¡Por supuesto que me refiero a tu Paúl. –En ese momento se le ocurrió que, aunque él le había dicho que la amaba, ella sólo dijo que lo había extrañado–. No sé de dónde saqué la idea de que no sólo querías que viniera para hacer las paces contigo –dijo en un tono de voz cuidadosamente inexpresivo–. Ahora que lo pienso, no fue más que una conclusión que saqué al ver esos videos. Creo –agregó, haciendo un esfuerzo por retirar su brazo– que sería mejor que mantuviéramos esta conversación en el living. O tal vez mañana, en el vestíbulo de mi hotel, que todavía no sé cuál será.
–Nick –dijo ella, temblorosa, aferrándole el brazo–, ¡no te atrevas de abandonar esta cama!, Si alguna vez me vuelves a sacar de tu vida sin permitirme la oportunidad de darte una explicación, nunca te lo perdonaré. Paúl es mi amigo. Estuvo aquí y me acompañó cuando yo me sentía infeliz y sola.
Nick dejó caer la cabeza sobre la almohada y abrazó a Miley con fuerza, aliviado.
–¿Cómo te las arreglas para derrumbar mi seguridad? En Colorado me hiciste sentir como un yo-yo emocional, y ahora está sucediendo lo mismo. –Ya más tranquilo, decidió seguir con el tema original–. Vine hoy a Keaton porque está mañana Richardson se metió en mi casa, mostrando su insignia, y me dejó sobre el escritorio un sobre que contenía dos videos y una carta. –Los celos que todavía sentía por la amistad de Miley con Richardson y su propia sensación de culpa lo llevaron a continuar hablando con tono sarcástico–. Aparte de expresar dudas acerca de mi honorabilidad y de provocarme para tratar de iniciar conmigo una pelea a golpes de puño, también consiguió decirme que, al contrario de lo que Hadley trató de hacerme creer en México, no me habías propuesto la idea de reunirte conmigo para tenderme una trampa y entregarme. También me explicó que la visita que le hiciste a Margareth Stanhope, combinada con el asesinato de Tony Austin, fueron lo que por fin te decidió a entregarme.
–¿Pero qué eran esos videos y esa carta?
–Uno de los videos es la conferencia de prensa que ofreciste al volver de Colorado. La carta es la que les escribiste a tus padres cuando planeaba reunirte conmigo. El otro video fue tomado por un aficionado y pertenece a los archivos del FBI. En el aparecemos tú y yo en el aeropuerto de la ciudad de México, y muestra todo lo que sucedió.
Ante la mención del aeropuerto, Miley se estremeció en sus brazos.
–Lo siento –dijo con voz entrecortada, enterrando la cara en el pecho de Nick–. ¡Si supieras cuánto lo siento! No sé cómo vamos a poder olvidar y superar lo que pasó ese día.
Nick registró su reacción y tomó una decisión, pero decidió demorar algunos minutos en ponerla en práctica. Antes le tomó la barbilla y le levantó la cara, para poder mirarla.
–¡Por amor de Dios! ¿Cómo se te ocurrió la loca idea de ir a ver a Margareth Stanhope?
Sonó el timbre de la puerta de calle, pero ambos lo ignoraron.
–En tu carta decías que ojalá te hubieras reconciliado con ella mucho tiempo antes. Hasta sugerías que yo le entregara a nuestro hijo para que lo criara. Y por teléfono me dijiste que estábamos invitando a una maldición al dejar tras nosotros tanta infelicidad. Así que decidí ir a verla para explicarle que la querías y que lamentabas el alejamiento que había entre ustedes.
–Y ella se te rió en la cara.
–Peor. De alguna manera salió el tema de Justin, y en el momento menos pensado ella me estaba diciendo que lo habías asesinado después de haber discutido con él por una chica. Enseguida me entregó un sobre lleno de recortes de diarios donde tú admitías haber disparado contra tu hermano. Y yo... –respiró hondo, porque le resultaba odioso acusarlo–, yo comprendí que me habías engañado, Nick. Traté de convencerme de que le habías mentido a ella, no a mí, pero cuando asesinaron a Tony Austin, fueron tres las personas con quienes habías discutido y todos encontraron la muerte en tus manos, o por lo menos eso era lo que parecía. Yo creí... empece a creer, lo mismo que creía tu abuela... que estabas loco. Te traicioné. Creí que era por tu propio bien.
–Yo no te mentí acerca de Justin, Miley –aseguró Nick suspirando–. Le mentí a la policía de Ridgemont.
–¿Pero por qué?
–Mi abuelo me pidió que lo hiciera, porque todo suicidio exige una investigación sobre sus posibles causas, y mi abuelo y yo queríamos proteger a esa vieja maligna y evitar que tuviera que enfrentar la homosexualidad de Justin cuando la policía la descubriera. No debí haberme molestado –agregó, muy tenso–. Debí permitir que se revolcara en lo que para ella hubiera sido algo vergonzoso. A Justin no le habría hecho ninguna diferencia.
–Pero sabiendo lo que sentía por ti, ¿cómo creíste que se haría cargo de un hijo nuestro?
Nick alzó las cejas en un gesto de divertido desafío.
–¿Qué hijo, Miley?
Esa sonrisa contagiosa que alegraba la vida de Nick en Colorado, iluminó la cara de Miley, y la leve culpabilidad que demostraba aumentó su atractivo.
–El hijo que inventé para que me dejaras reunirme contigo.
–¡Ah, ese hijo!
Ella le abrió otro botón de la camisa y le besó el cuello.
–Contesta mi pregunta.
–Si sigues haciendo eso es más probable que te dé un hijo real antes que una respuesta a tu pregunta.
Miley lanzó una carcajada y lo miró con ternura.
–Soy terriblemente voraz, Nick. Quiero las dos cosas.
Con ternura, Nick le tomó la cara entre las manos y le acarició las mejillas con sus pulgares.
–¿En serio, querida? ¿Quieres un hijo mío?
–Desesperadamente.
–Si estás en condiciones, pondremos manos a la obra esta misma noche.
Miley se mordió los labios y la risa estremeció sus hombros.
–Si me guío por un recuerdo ya algo borroso, creo que más bien depende de que seas tú el que esté en condiciones.
–¿En condiciones? –preguntó Nick, disfrutando de la broma y de esa combinación increíble de risa y amor que ella siempre le proporcionaba. Miley asintió–. En realidad, desde esta mañana, cuando leí tu carta, he estado casi todo el tiempo “en condiciones”. Las pruebas están a tu alcance.
Volvió a sonar el timbre de la puerta de calle y volvieron a ignorarlo, pero la interrupción logró que Miley apartara con gesto culpable la mano con la que Nick esperaba que buscara las “pruebas”.
–¿Vas a terminar de contestar mi pregunta? –insistió ella.
–Sí –suspiró Nick–. Si piensas en la carta que te escribí, recordarás que yo aclaraba específicamente que le escribiría a mi abuela antes de enviarte allí con nuestro hijo. En realidad, ante todo le hubiera escrito a Foster, no a ella.
–¿Foster? ¿Te refieres al viejo criado?
Nick asintió.
–Mi abuelo y yo lo obligamos a jurar que guardaría el secreto, pero él sabe lo que en realidad sucedió. Foster estaba en el vestíbulo cuando sonó el disparo en el cuarto de Justin, y me vio correr de mi dormitorio al de mi hermano. Así que, en el caso de haber tenido que llevar allí a nuestro hijo, habría liberado a Foster de su juramento y le hubiera pedido que hablara con su empleadora y le dijera la verdad.
–Es tu abuela, Nick. No sigas dando vueltas para evitar llamarla así. Yo creo que ella te quiso más de lo que imaginas. Si la vieras ahora, si le hablaras, te darías cuenta del castigo que todo esto ha sido para ella...
–Esa mujer ha muerto para mí, Miley –interrumpió Nick con amargura–. A partir de esta noche, no quiero que me la vuelvas a mencionar, ni que te refieras a ella.
Miley abrió la boca para discutir, pero enseguida tomó una decisión distinta y por el momento se contuvo.
–No le das una segunda oportunidad a nadie, ¿verdad?
–Es verdad –contestó él, implacable.
–Excepto a mí.
Nick pasó los nudillos por la mejilla tersa de Miley.
–Excepto tú –aprobó.
–¿Y yo, cuántas oportunidades tendré?
–¿Cuántas necesitas?
–Me temo que muchas –contestó Miley, con un suspiro tan explosivo que Nick lanzó una carcajada y la tomó en sus brazos. Al soltarla, notó la delgada cadena que llevaba alrededor del cuello y que asomaba debajo de la remera.
–¿Qué es eso? –preguntó. Miley bajó la barbilla, apoyándola contra su pecho.
–¿A qué te refieres?
–A esto –contestó Nick, introduciendo un dedo debajo de la cadena.
Temerosa de que el anillo le recordara toda la fealdad de lo sucedido en la ciudad de México, Miley se apoyó presurosa una mano sobre el pecho, para disimular el anillo.
–No es nada. ¡Por favor no preguntes! –Al notar su ansiedad, Nick entrecerró, los ojos y lo embargó una extraña sensación de desconfianza.
–¿Qué es? –inquirió, cuidando de mantener un tono de voz razonable–. ¿El regalo de un antiguo novio?
–Algo así. No volveré a ponérmelo.
–Quiero verlo –dijo Nick.
–No.
–Un hombre tiene derecho a conocer el gusto de sus predecesores.
–Éste tenía un gusto maravilloso. Lo aprobarías. Pero deja eso en paz.
–Eres una pésima mentirosa, Miley –advirtió él–. ¿Qué cuelga de esa cadena? –Y sin darle oportunidad de impedirlo, apartó las manos de Miley y sacó la cadena.
En su mano brilló una alianza de platino rodeada de deslumbrantes diamantes. Al verla, a Nick lo invadió una enorme ternura y la colocó contra su pecho.
–¿Por qué tenías miedo de que la viera?
–Me da miedo cualquier cosa que pueda recordarte lo sucedido en Ciudad de México. Creo que nunca olvidaré la manera en que me miraste cuando te diste cuenta de que no los había conducido hasta ti por accidente... –Le temblaba la voz–. Ni cómo cambió tu expresión cuando comprendiste que había sido deliberado. Sé que jamás lo olvidaré. Nunca. Siempre tendré miedo de volver a ver esa expresión.
Nick lamentó tener que postergar el momento de hacerle el amor, pero eso era demasiado importante. La apartó para poder sentarse en la cama.
–Vamos a superar esto de una vez por todas.
–¿Qué? –preguntó Miley, presa del pánico–. ¿Qué haces?.
–¿Tienes una videograbadora?
El miedo de Miley se trocó en intriga.
–Sí, en el living.
–¿Qué estás haciendo? –le preguntó Miley a Nick cuando él se sentó a su lado después de haber puesto en marcha la videograbadora– Espero que no pretendas que veamos una película porno o una escena de sexo de alguna de tus películas.
Él la rodeó con sus brazos.
–Es un video que hoy he visto varias veces –explicó en voz baja–, el que el FBI confiscó en Méx...
Miley sacudió la cabeza como enloquecida, mientras trataba de apoderarse del control remoto.
–¡No quiero ver eso! ¡Ni esta noche ni nunca! –exclamó temblando, cuando en el cuarto empezó a resonar el griterío del aeropuerto–. ¡No lo puedo soportar!
–Mira esa pantalla –dijo él, implacable–. Estuvimos allí juntos, pero hasta hoy, nunca supe lo que hacías tú mientras me arrestaban, y tengo la impresión de que tú tampoco tienes un recuerdo demasiado claro de lo que hiciste.
–¡Por supuesto que sí! ¡Recuerdo con exactitud lo que te estaban haciendo! ¡Recuerdo que fue todo por mi culpa!
Nick la obligó a volverse y a mirar la pantalla.
–Quiero que te mires a ti misma. Mira y verás lo que yo vi: una mujer que sufría más de lo que estaba sufriendo yo.

A regañadientes, Miley se decidió a mirar la pantalla, donde aparecía la imagen de lo que ella quería olvidar. Se vio gritándoles a todos que no lo lastimaran, que Paúl la obligaba a retroceder diciéndole a los gritos que «ya todo había terminado», vio que Hadley se le acercaba con una sonrisa malvada y que dejaba caer en su mano el anillo. Que ella aferraba el anillo y se lo llevaba al pecho, llorando.
–Miley –susurró Nick con enorme ternura–, mírate, querida, para que veas lo que veo yo. No era más que un anillo, un trozo de metal con piedras. Pero mira lo que significaba para ti.
–¡Era el anillo de boda que habías elegido para mí! –exclamó ella con fiereza–. ¡Por eso lloraba!
–¿En serio? –bromeó Nick–. Yo creí que llorabas porque los diamantes era demasiado chicos.
Ella abrió la boca y dejó escapar una risa histérica, al tiempo que parpadeaba para contener las lágrimas que llenaban sus ojos maravillosos.
–Y ahora mira lo que viene –pidió Nick, abrazándola con más fuerza–. Ésta es mi parte favorita. No te fijes en lo que me están haciendo a mí –agregó enseguida, al notar que Miley se sobresaltaba y clavaba la vista en las varas que esgrimían los Federales–. Observa lo que le estás haciendo a Hadley a la derecha de la pantalla. Eso demuestra –agregó con admiración–, que tienes un maravilloso gancho de derecha, muchacha.

Miley se obligó a mirar y se sorprendió y alegró al ver que atacaba a ese maldito.
–En realidad, no recuerdo mucho de eso –reconoció en un susurro.
–No, pero apuesto a que Hadley nunca olvidará lo que viene ahora. Cuando Richardson te arrastró hacia atrás y ya no pudiste alcanzar a Hadley con las uñas ni las manos...
–¡Le di un puntapié! –dijo Miley, observando la escena con sorpresa.
–¡Justo en la entrepierna! –dijo Nick con orgullo. Lanzó una carcajada al ver que Hadley se doblaba en dos llevándose las manos a la entrepierna–. ¿Tienes idea de la cantidad de hombres de este mundo que se hubieran muerto de ganas de hacer eso?

Miley meneó la cabeza en silencio, mientras observaba la última parte del video donde un médico le daba una inyección en el brazo y Paúl la sostenía. Nick dejó que el video siguiera corriendo y la miró con expresión seria.
–Estoy decidido a hacer pedazos a Hadley ante un tribunal. Dentro de dos semanas tengo una audiencia con la Junta de Justicia Criminal de Texas. Cuando haya terminado con Hadley, ese tipo estará ocupando una de sus propias celdas.
–¡Es un maldito!
–Y tú –dijo Nick, levantándole la barbilla– eres un ángel. ¿Tienes idea de lo que sentí cada vez que proyecté ese video? –Miley hizo un movimiento negativo con la cabeza–. Me sentí amado. Increíblemente amado, de manera completa e incondicional. A pesar de creer que era un asesino, luchabas y llorabas por mí. –Apoyó la boca sobre la de Miley y susurró–: Nunca he conocido una mujer con tanto coraje como tú... –Le besó los bordes de los ojos y deslizó la boca por su cara hasta apoyarla en la comisura de sus labios–. Ni con tanto amor para dar. –Le deslizó las manos debajo de la remera–. Dámelo, querida –susurró–, dame todo tu amor... ahora mismo.

Le abrió la boca con sus labios, mientras le acariciaba con las manos la piel desnuda y metía la lengua en su boca. Y cuando ella le desabrochó la camisa con dedos temblorosos y le acarició el pecho, el quejido que Nick oyó había sido lanzado por él. Pero el campanilleo que resonaba en sus oídos era el del timbre de la puerta de calle, y los golpes que repiqueteaban dentro de su cabeza eran el sonido de puños que golpeaban la puerta. Nick se irguió, lanzando una maldición. Le tendió la mano a Miley con la intención de conducirla al dormitorio.
–¡Miley! –La voz de Ted acompañó la segunda serie de golpes en la puerta.
–¡Es mi hermano! –dijo Miley.
–¿No puedes sugerirle que se vaya y vuelva mañana?
Miley estaba por asentir cuando Ted agregó, muerto de risa:
–Por tu propio bien, te pido que me abras. Yo sé que estás allí. –Al oír las palabras de su hermano, Miley hizo un movimiento negativo con la cabeza, se alisó la remera y se ordenó un poco el pelo.
–Será mejor que vea qué quiere –dijo.
–Te esperaré en la cocina –dijo Nick, alisándose el pelo con las manos.
–Pero ya que está aquí, quiero que se conozcan.
–¿Quieres que lo conozca en este momento? –Bajó la mirada y luego miró a Miley, divertido–. ¿Así?
–Pensándolo bien –dijo Miley, sonrojada–, será mejor que esperes en la cocina.
Entonces se encaminó hacia la puerta, mientras Nick se alejaba en dirección contraria. Miley abrió la puerta en el momento en que Ted levantaba la mano para volver a golpear. Sometió a su hermana a un divertido escrutinio.
–Siento interrumpir. ¿Dónde está Jonas?
–En la cocina.
–¡Muy comprensible! –rió Ted.
–¿Qué quieres? –preguntó Miley, exasperada, avergonzada y feliz a la vez, porque acababa de darse cuenta de que sin duda había sido él quien le dio su carta a Paúl.
–Será mejor que se los diga a los dos juntos –dijo Ted, mientras cruzaba el vestíbulo y se asomaba al dormitorio, sin lugar a dudas divertidísimo.
Nick estaba bebiendo un vaso de agua junto al fregadero de la cocina cuando oyó la voz de Miley a sus espaldas.
–Nick, éste es mi hermano Ted.
Sobresaltado por la silenciosa llegada de ambos, Nick se volvió y se topó con otra cara que le resultaba familiar.
Ted asintió.
–Tienes razón. Yo estaba con Miley en el aeropuerto de México.
Recuperándose de la sorpresa, Nick le tendió la mano.
–Me alegro de conocerte en circunstancias más agradables.
–Pero no en este momento en particular –bromeó Ted, mientras le estrechaba la mano. Nick experimentó una instantánea simpatía hacia el hermano de Miley–. Si yo estuviera en tu lugar –agregó Ted, mirando sonriente a Nick–, me prepararía algo más fuerte que agua para beber. –Y al ver la confusión de Miley, explicó–: Papá quiere verlos a ambos en casa. Inmediatamente –enfatizó en un tono cómico–. En este momento Katherine está allá con mamá, ayudándola a convencer a papá de que todo será más agradable si los espera allí tranquilo, en lugar de venir hasta acá, que era lo que estaba decidido a hacer al ver que no podía comunicarse contigo por teléfono.
–¿Y por qué está tan ansioso por vernos? –preguntó Miley.
Ted se apoyó contra la pared, metió las manos en los bolsillos, alzó las cejas y miró a Nick.
–¿Se te ocurre por qué puede estar el padre de Miley un poco... digamos... decidido a hablar contigo en vista de tu llegada inesperada al pueblo?
Nick tragó el agua que quedaba en el vaso y lo volvió a llenar.
–Creo que lo adivino.
–Miley, ve a peinarte y trata de no tener un aspecto tan... este... deliciosamente desgreñado. Mientras, llamaré a papá y le diré que enseguida vamos.

Miley giró sobre sus talones y huyó a su cuarto, mientras sobre el hombro le advertía a su hermano que el teléfono estaba descolgado y debajo de uno de los almohadones del sofá. Después de llamar a su padre, Ted volvió a la cocina. Nick estaba en el baño, afeitándose. Pocos minutos después salió, peinado y con una camisa limpia y se encaminó a la cocina. Ted estaba buscando algo en los armarios, y al verlo se detuvo.
–¿Supongo que no sabrás dónde puede haber puesto Miley el vodka esta vez?
–¿Esta vez? –preguntó Nick, tratando de no pensar en la inminente reunión con su futuro suegro.
–Miley tiene una costumbre muy peculiar –explicó Ted, inclinándose para buscar debajo de la piscina–. Cuando está preocupada por algo, vuelve a arreglar todas las cosas... te diría que las pone en orden.
Nick sonrió con ternura al recordar que la había visto hacerlo en Colorado.
–Ya lo sé.
–Entonces no te sorprenderá que te diga que desde que saliste de la cárcel ha reordenado todos los armarios y cajones de la casa, y ha pintado el garaje. Dos veces. –Ante el fracaso de su búsqueda, Ted abrió la heladera–. Por ejemplo, mira la heladera –dijo señalando los estantes–. Notarás que las botellas y los jarros han sido colocados por tamaño, en orden descendente, con los más altos a la izquierda. En el estante siguiente, por motivos artísticos, ha invertido el orden para que los más altos estén a la derecha. La semana pasada todo estaba arreglado por colores. Valía la pena verlo.

Dividido entre la gracia que le hacía la costumbre de Miley y la pena que le provocaba pensar que él había sido el causante de tanta inquietud, Nick contestó:
–No me cabe duda.
–Eso no es nada –continuó diciendo Ted–. Mira un poco lo que es esto. –Abrió un armario y señaló las latas y cajas que se alineaban en los estantes–. Ha guardado sus provisiones en orden alfabético.
Nick se ahogó de risa.
–¿Qué?
–Compruébalo tú mismo.
Nick espió sobre los hombros de Ted. Las latas, botellas y cajas estaban mezcladas, pero formando precisas hileras.
–Anís, azúcar, bacalao... –murmuró con divertida incredulidad–, coliflor, dátiles, estragón, arvejas... –Miró a Ted–. Se equivocó con las arvejas.
–¡Ni pienso haberme equivocado! –exclamó Miley, entrando a la cocina con aire indiferente, al ver que Nick y Ted la miraban divertidos–. Las arvejas están en la L.
–¿En la L? –preguntó Nick, haciendo esfuerzos enormes por no estallar en carcajadas.
Avergonzada, Miley bajó la mirada hasta una invisible motita de polvo que parecía haberse instalado en su suéter.
–En la L... de legumbres –informó. Nick se ahogó de risa, la tomó en sus brazos, hundió la cara en su pelo y se solazó en la alegría que le proporcionaba.
–¿Dónde está la vodka? –le susurró al oído–. Ted la estuvo buscando.
Miley echó atrás la cabeza y fijó en él su mirada risueña.
–Está detrás de las legumbres.
–¿Qué demonios hace aquí? –preguntó Ted, apartando las latas de arvejas para sacar la botella.
Con los hombros temblorosos de risa contenida, Nick consiguió darle una explicación.
–Están bajo la L... de licor. Es lógico.
–Naturalmente –confirmó Miley, tentada de risa.
–Es una lástima que no tengamos tiempo de beber un trago –se lamentó Ted.
–Yo no quiero beber nada –dijo Nick.
–Lo lamentarás –le advirtió Ted.
El patrullero de Ted lo esperaba en la puerta. Nick subió con renuencia y se puso tenso.
–¿Qué pasa? –preguntó Miley, tan pendiente de él que instantáneamente percibía cualquier cambio en su actitud o en su estado de ánimo.
–Éste no es uno de mis medios de transporte favoritos, eso es todo.
Nick notó que los ojos de Miley se oscurecían de pena, pero de inmediato se sobrepuso y convirtió el asunto en una broma para levantarle el ánimo.
–Ted –dijo sin dejar de mirar sonriente a Nick–, debiste haber traído el Blazer de Carl. Nick lo considera mucho más... atractivo.
Los hizo reír a ambos.






Perfecta Cap: 58


–¡Eso confirma lo que yo creía! –exclamó Demi poniéndose de pie de un salto en el living donde ella, Liam y Spencer acababan de ver los videos que el agente del FBI le había entregado a Nick. Se secó las lágrimas y metió las “evidencias” dentro del sobre–. ¡Obligaré a Nicholas Jonas a ver estos videos, aunque para eso tenga que atarlo!
–Demi –dijo Liam con suavidad, tomándola por la muñeca–. Comprendo que tenías razón con respecto a Miley, pero yo conozco a Nick. No podrás conseguir que mire esos videos a menos que esté dispuesto a hacerlo.
Ella permaneció unos instantes pensativa, y luego una sonrisa le iluminó el rostro resuelto.
–Sí, claro que podré... ¡y sé cómo lograrlo!
Liam se puso de pie.
–Si estás decidida a intentarlo, te acompañaré y lo sujetaré mientras tú lo atas.
–Eso no daría resultado –dijo Demi–. Acabarías poniéndote furioso. En cambio, si no estás allí creo que podré utilizarte para obligarlo.
–Lo dudo.
–Déjame intentarlo –dijo ella, inclinándose para besar la frente de su marido. Si necesito ayuda, vendré a buscarte.
Antes de que Liam pudiera oponerse, cosa que estaba a punto de hacer, Demi (apoco liam no es una amor con Demi) abrió las puertas del patio y se encaminó al parque. Vio a Nick parado al borde de la piscina. Estaba rodeado por un grupo de actores, actrices y directivos de estudios. Demi alzó la cabeza y hacia allí se encaminó, decidida.

Nick reía, festejando una broma, cuando vio a Demi que cruzaba el parque con un sobre en la mano; su sonrisa desapareció.
–Discúlpame un momento –le dijo a Barbra, entrecerrando los ojos y mirando fijo ese maldito sobre. Cuando estuvo junto a Demi, le dirigió su sonrisa más seductora, evitando mirar el sobre–. Me preguntaba dónde estarían tú y Liam. Veo que todavía no te has cambiado.
–Estábamos en el living, viendo algo en el televisor –contestó ella, y Nick se dio cuenta de que tenía los ojos irritados y que parecía haber llorado–. ¿Puedo hablar contigo a solas ?
–Estamos en plena fiesta –puntualizó él con tono evasivo–. Ven conmigo y te presentaré a Kevin Costner. Anoche me dijo que quería conocerte.
–Más tarde –insistió ella con tozudez–. Esto no puede esperar.
Sin otra alternativa, Nick asintió y la siguió hasta la biblioteca.
–¿Qué estás tramando? –preguntó Nick, sentándose en el borde del escritorio y encendiendo una lámpara, mientras Demi corría las cortinas y oscurecía el cuarto.
Ella se volvió y se paró frente a él.
–Estoy pensando en el contenido de ese sobre.
–Te pedí que lo destruyeras.
–Sí, es cierto –retrucó ella, enfrentándolo con toda la sangre fría–. Y ahora tengo algo que preguntarte.
–¿Qué?
–¿Sientes alguna obligación moral hacia mi marido por todo lo que hizo por tí mientras estabas preso? –Nick asintió con aire de desconfianza–. Muy bien. Liam se niega a imponerse, pidiéndote un favor a cambio de eso.
–Y en cambio tú estás decidida a hacerlo –dijo él, cortante.
–Así es. A cambio de los años de ayuda y de lealtad de Liam, te voy a pedir un favor en su nombre. Queremos que te sientes, mires estos videos y leas la carta que contiene este sobre.
Nick apretó los dientes, pero asintió y empezó a ponerse de pie.
–Lo haré más tarde.
–No, ahora.
Él la miró echando chispas por los ojos, pero sin ningún resultado.
–No creo que sea mucho pedirte –señaló Demi con tono irrefutable–. Media hora de tu tiempo.
–Muy bien –decidió Nick–. ¿Me permitirás que lo haga a solas o quieres vigilarme para estar segura de que cumplo con mi palabra?
Feliz por el éxito obtenido, ella le dedicó una dulce sonrisa.
–Acepto tu palabra. Gracias. –Se acercó a la videograbadora, deslizó en su lugar el primer casette, prendió el equipo y le entregó el control remoto–. El primer video contiene una conferencia de prensa que Miley concedió uno o dos días después de haberte dejado en Colorado. ¿Ya la has visto?
–No –contestó Nick.
–Muy bien. Entonces te espera un triple impacto. El segundo video fue filmado por un aficionado mientras tú eras arrestado en la ciudad de México. Cuando lo mires, no apartes tu mirada de Miley.

Cuando Demi salió, Nick oprimió el botón para empezar a proyectar el primer video, pero se levantó y se acercó al bar. La sola mención de Miley Mathison, y el recuerdo de lo tonto y crédulo que había sido, lo hacía querer ahogarse en alcohol. La sola idea de tener que verla en ese cuarto, en su casa, lo hizo lanzar abundantes maldiciones mientras echaba cubitos de hielo en su vaso y lo llenaba con la primera bebida que encontró a mano. A sus espaldas, el intendente de ese pueblo de porquería donde ella vivía estaba anunciando que Miley Mathison ofrecería una conferencia de prensa y que todos debían tratarla con respeto.

Con una sonrisa presuntuosa y llena de desprecio, Nick caminó de regreso a su escritorio, se apoyó contra el borde y cruzó los brazos sobre el pecho. A pesar de estar preparado para verla y oírla, hizo una mueca cuando el rostro inolvidable de Miley lo miró desde la pantalla, el negro pelo sujeto con un moño a la altura de la nuca. Cuando ella empezó a hablar, la primera reacción de Nick fue de sorpresa al verla tan tranquila frente a lo que parecía una multitud de por lo menos doscientos periodistas.

Instantes después, Nick depositó lentamente su vaso sobre el escritorio, frunciendo el entrecejo de incredulidad ante lo que oía. Pese a que la había despedido de Colorado con toda la intención de destrozar cualquier sentimiento que tuviera hacia él, Miley miraba la cámara y trataba, con éxito, de pintar su cautiverio en Colorado como una broma o una travesura, y a Nick como un héroe ingenioso que de una manera divertida hizo fracasar su intento de huir en la playa de estacionamiento y luego arriesgó su vida en un esfuerzo por rescatarla del arroyo helado durante su segundo intento de huida.

Terminada su declaración, cuando desde todas partes empezaron a lloverle preguntas a los gritos, Miley mantuvo su sonrisa y su tranquilidad, mientras evitaba incriminar a Nick, dando explicaciones que él sabía eran veraces pero incompletas. Cuando un reportero le preguntó si él la había amenazado con un arma, cosa que Nick sabía que hizo, ella se evadió con una broma:
«Sabía que tenía un arma, porque la vi, y eso bastó para convencerme, por lo menos al principio, de que no me convenía discutir con él, ni criticar sus viejas películas».

Nick hizo un esfuerzo por no sonreír ante la agudeza de Miley, y se recordó con severidad que lo más probable era que ella hubiera dicho todo eso porque pensaba que tal vez él vería la conferencia de prensa y eso lo sacaría con más rapidez de su escondrijo. Sin embargo, instantes después, cuando le preguntaron si pensaba presentar cargos contra él por haberla secuestrado, Nick la vio sonreír con alegría y evadir el tema de un crimen federal con otra broma inteligente.
«No creo que lograra que lo condenaran. Es decir, creo que si hubiera mujeres en el jurado, lo declararían inocente en el acto en cuanto se enteraran de que, la mitad de las veces, él se encargó de preparar la comida y de limpiar la cocina».
Nick tomó su vaso, pero un momento después la respuesta de Miley a otra pregunta lo obligó a dejarlo, mientras fruncía el entrecejo con incredulidad.
«Señorita Mathison, ¿le gustaría que capturaran a Nicholas Jonas?»
«¿Cómo es posible que alguien quiera que vuelvan a encarcelar a un hombre que fue injustamente condenado y enviado a prisión? No sé cómo es posible que un jurado lo haya condenado por asesinato, pero en cambio sé que no es más capaz que yo de matar a alguien. Si fuera capaz de cometer un asesinato, yo no estaría aquí en este momento, porque, como les expliqué hace algunos minutos, hice todo lo posible por poner en peligro su huida. También me gustaría que recordaran que cuando creyó que habíamos sido encontrados por un helicóptero, su primera preocupación fue mi seguridad, y no la suya. Lo que me gustaría sería que detuvieran esta cacería mientras alguien revisa su caso».
Nick tomó el control remoto, con intenciones de rebobinar la cinta y volver a escuchar la última respuesta de Miley, mientras buscaba en su rostro alguna señal de engaño o de mentira, pero la siguiente pregunta petrificó su dedo sobre el botón.
«Señorita Mathison, ¿está enamorada de Nicholas Jonas?»
La vio vacilar, pero Miley enseguida miró la cámara y respondió con una sonrisa suave.
«En un momento u otro, casi todas las integrantes de la población femenina de este país posiblemente se imaginaron enamoradas de Nicholas Jonas. Ahora que lo conozco, creo que demostraron un juicio excelente. Él... –vaciló un instante y luego terminó con voz entrecortada por la emoción–. Es un hombre muy fácil de amar».
Nick oprimió el botón de rebobinado y volvió a escuchar las últimas dos respuestas de Miley, con la mirada clavada en la pantalla, estudiando su rostro y su entonación, mientras buscaba rastros del engaño que sabía debía de haber en alguna parte. No lo pudo encontrar. Lo que vio y oyó era coraje y serenidad y todo lo que él había amado de ella en Colorado.
Se dijo que debía de estar pasando algo por alto, algún ardid, algún motivo oculto que la llevaba a comportarse así delante de millones de personas. Entonces sacó el otro video de la caja, se levantó y lo colocó en la videograbadora. Esta vez se instaló en el sillón detrás del escritorio, preparándose para ver una escena que jamás olvidaría; una situación que lo puso de rodillas y lo humilló ante el mundo, y todo porque se había vuelto loco por una mentirosa... Que había admitido ante el mundo que lo amaba. Aunque él la hubiera secuestrado. Y enviado de vuelta a su casa después de decirle que desconocía la diferencia entre el sexo y el amor.
Nick estaba tan enfrascado en sus pensamientos que demoró un momento en darse cuenta de lo que sucedía en la pantalla del televisor, y apretó los dientes al verse arrojado contra una pared y esposado por los Federales. Todo el mundo gritaba y el que filmaba la escena no hacía más que mover la cámara de un lado para el otro, tratando de ubicar a una mujer que gritaba algo acerca de que estaban lastimando a alguien.

Entonces Nick se inclinó hacia adelante, mirando con incredulidad a Miley, quien luchaba por abrirse paso entre los policías, mientras gritaba: «¡No lo lastimen!» Vio que Richardson la tomaba de los brazos y la obligaba a retroceder, y que ella lloraba al ver lo que le hacían a él.
La cámara volvió a enfocar a Nick y a Hadley, y después de algunos segundos, Nick se dio cuenta de que Hadley acababa de apoderarse del anillo que él tenía en el bolsillo. La cámara siguió a Hadley, que en ese momento se acercaba a Miley, quien extendió la mano en respuesta a algo que Hadley acababa de decirle, y cuando miró lo que tenía en la mano empezó a llorar como una histérica, mientras se llevaba el anillo al pecho.
Nick se levantó a medias de la silla al ver el rostro atormentado de Miley, pero enseguida se obligó a volver a sentarse y ver lo que él sabía que vendría. Sucedió tal como lo recordaba... los Federales que lo empujaban hacia la salida, y luego Hadley que los obligaba a detenerse casi junto a Miley. El que filmaba la escena se mostraba más atrevido y se animó a acercarse, porque hasta el sonido era más claro. Pero Nick no necesitaba escuchar lo que se decía. Las palabras de Hadley habían quedado grabadas en su memoria.
«Señorita Mathison, he sido muy grosero. Todavía no le he agradecido su cooperación. Si usted no nos hubiera ayudado a preparar esta trampa, es posible que nunca hubiéramos atrapado a Jonas»
Nick recordaba el impacto helado que rugió por su cuerpo al oír esas palabras, y se vio en la película, mirando a Miley en una agonía de furia, antes de levantar los brazos para tratar de obligarlos a llevárselo de allí...

Y entonces en la película se desencadenó el infierno, lo mismo que había sucedido en el aeropuerto. De repente él estaba de rodillas y le pegaban... Sólo que también se había iniciado otro tumulto. Nick alcanzó a verlo en el costado derecho de la pantalla y se levantó para acercarse al televisor y observarlo con mayor claridad. Era evidente que Miley había enloquecido cuando empezaron a castigarlo, y estaba atacando a Hadley. Sollozaba y le arañaba la cara, le golpeaba el pecho con los puños cerrados y, cuando Richardson la obligó a alejarse, alcanzó a lanzarle dos fuertes puntapiés en la entrepierna. Entonces Miley se desmayó y Richardson empezó a pedir a gritos la presencia de un médico mientras la policía sacaba a Nick a la rastra del aeropuerto.
Con el corazón latiendo con fuerza, Nick rebobinó el video y lo volvió a ver. Sólo que esa vez no apartó la mirada del rostro de Miley y lo que vio le formó un nudo en la boca del estómago. Le temblaba la mano cuando sacó la carta y se dispuso a leerla.
«Queridos mamá y papá, y queridos Carl y Ted:
Cuando lean esta carta, ya sabrán que me he ido, para reunirme con Nick. No espero que perdonen lo que me dispongo a hacer, pero quiero explicarlo para que por lo menos algún día puedan comprenderme.
Lo amo.
Me gustaría poder darles más y mejores motivos, en lugar de ése único, y los he buscado, pero no encuentro ninguno. Tal vez sea porque eso es lo único que realmente importa...
Después de que me vaya, todos ustedes oirán cosas sobre Nick, rumores espantosos y malignas conjeturas desparramadas por periodistas, por policías y por gente que ni siquiera lo conoce. ¡No saben lo que me hubiera gustado que lo conocieran! Pero ya que eso no es posible, les dejo algo, algo que recibí de él y que les permitirá vislumbrar el hombre que es en realidad. Es la copia de una carta, una carta muy personal, que Nick me mandó. He omitido un pequeño párrafo, no porque sea algo que podría hacerlos cambiar de opinión, sino porque se refiere a otra persona y a un favor muy especial que esa persona nos hizo a ambos. Cuando lean la carta de Nick, creo que sabrán que el hombre que la escribió me amará y protegerá en todo lo que esté a su alcance. Nos casaremos en cuanto estemos juntos... »

Nick se echó atrás y cerró los ojos, presa del tormento y la ternura que le provocaban lo que acababa de leer. Volvió a ver el rostro angustiado de Miley cuando vio que lo esposaban y escuchó su voz suave durante la única conversación telefónica que mantuvieron:
«Te amo tanto... No puedo dejar de amarte... Reserva tus oraciones para después, querido. Cuando llegue a tu lado te gastarás las rodillas... pidiendo que te deje dormir por la noche, rogando que deje de darte hijos...»
Hacía semanas que Nick imaginaba que ella había mentido al decir que estaba embarazada, pero supuso que era para hacerlo caer en la trampa.
Todo lo demás había sido verdad...
Miley en Colorado, arrastrándolo por la nieve hacia el snowcat... tendida en sus brazos por la noche, entregándose con un ardor tan poco egoísta que lo volvía loco de deseo y lo obligó a tratar de satisfacerla tanto como ella lo satisfacía a él. Miley con sus ojos resplandecientes, su risa musical, su vocabulario decoroso, su sonrisa desenvuelta.
Le parecía sentirla tendida en sus brazos esa última noche, con una mano apoyada sobre su corazón mientras le decía que lo amaba... le parecía ver sus ojos que se oscurecían de pena cuando él le contó esa tonta historia de la maestra que se negó a bailar con él... «Yo nunca te habría rechazado, Nick...» Recordó cómo se le iluminaba la cara cuando le contó que enseñaba a leer a mujeres adultas... «Oh, Nick... ¡Es como tener un milagro en las manos!»
Nick se dio cuenta de que si no se le hubiera ocurrido la loca idea de visitar a la traidora de su abuela, es posible que Miley ni siquiera habría cedido bajo la presión de la muerte de Tony Austin. Richardson aseguró que recibió el primer golpe sin perder su resolución. Cedió bajo el segundo.

Miley había sido real. Y suya. Lo amó cuando él no tenía nada que ofrecerle, aparte de una vida oculta con un fugitivo. Había aferrado ese anillo, se lo llevó al pecho y lloró como si se le partiera el corazón... Hizo y fue todas esas cosas.
De repente a Nick se le ocurrió que Richardson no había dicho que Miley siguiera enamorada de él, sino sólo que estaba llena de culpa por lo sucedido en México. También empezaron a ocurrírsele otras cosas: por lo visto, durante los últimos tres meses, Richardson había estado con Miley el tiempo suficiente para enamorarse de ella. En cambio Miley sólo conoció a Nick durante una semana y él, por otra parte, le convirtió la vida en un infierno. Paralizado por una mezcla de urgencia y temor, Nick se puso de pie.

Perfecta Cap: 57


Sentado en el solario, Nick revisaba con cuidado los documentos que Liam le había proporcionado para que se pusiera al tanto de su estado financiero. Afuera, más allá de las paredes de vidrio tonalizado que impedían que desde afuera se viera el interior del solario, alguien pronunció el nombre de Nick y él levantó la mirada, no para contestar, sino por el puro placer de estar en su casa y de solazarse con la vista tan familiar. Del otro lado del vidrio, un parque de césped bien cortado descendía hasta una enorme piscina curva con graciosas columnas románicas y estatuas de mármol. En el otro extremo del parque se levantaban los pabellones de huéspedes, construidos en el mismo estilo arquitectónico románico que la casa principal... que en ese momento se hallaban todos llenos de gente.
El grueso vidrio que rodeaba el solario apagaba el sonido de la fiesta que estaba en todo su apogeo. Un centenar de personas se bañaban en la piscina de Nick, o utilizaban sus canchas de tenis o tomaban sol. Los trescientos invitados restantes regresarían esa noche para la segunda velada de festividades, y los mozos ya empezaban a preparar la carpa blanca en el costado este del parque.
–¿Dónde está Nick Jonas? –preguntó una mujer de bikini verde (demi en bikini dahsfhskdajfchsdcvxknvjkeifia), sin darse cuenta de que Nick la veía y escuchaba sus palabras–. He estado aquí todo el día y todavía no lo he visto. Estoy empezando a creer que es una leyenda y que no existe.
No era extraño que no lo hubiera visto, porque esa ala de la casa estaba exclusivamente reservada para Nick y para Liam y Demi Farrell. Ellos eran los únicos huéspedes de Nick. Los únicos que estaban autorizados a entrar en su santuario. Por eso Nick frunció el entrecejo al oír que otra mujer decía:
–¿Alguien ha visto a Nick? –Era evidente que no tendría más remedio que aparecer, o esa cantinela que se había repetido a lo largo de la última hora crecería hasta que alguien fuera a buscarlo.
–¿Has visto tú a Nick Jonas? –preguntó a sus espaldas la voz melodiosa y culta de Demi Farrell, que estaba muerta de risa.
–No, me temo que no –bromeó Nick, poniéndose de pie para recibirla.
–Todo el mundo parece estar buscándote –dijo Demi, colocando una mano en la que le extendía Nick.

Nick se inclinó y la besó en la mejilla, un poco sobresaltado por el afecto instantáneo que le inspiraba la mujer de Liam. Hasta dos días antes, cuando la conoció, Nick creía que las alabanzas que hacía Liam cuando se refería a ella eran motivadas por el amor, pero al conocerla también él quedó muy impresionado. Demi Bancroft Farrell poseía el aplomo y la belleza que le atribuían las notas sociales, pero carecía de la fría altanería que Nick esperaba encontrar en ella. En cambio, poseía una suavidad, una nobleza y una calidez carente de toda afectación que lo desarmaban y emocionaban.
–Se comenta –dijo Nick– que ese Jonas es un bic/ho antisocial a quien no le gustan las grandes fiestas, pero lo que es seguro es que no le gusta ésta.
Ella se puso seria y lo miró a los ojos.
–¿En serio? ¿Y a qué lo atribuyes? –Nick sonrió y se encogió de hombros.
–Supongo que en este momento no estoy en el estado de ánimo indicado.
Demi consideró la posibilidad de mencionar a Miley Mathison, cosa en la que había pensado mucho en esos días, pero Liam no sólo le pidió, sino que le rogó que no lo hiciera.
–¿Estoy interrumpiendo tu trabajo? –preguntó Demi, mirando las gruesas carpetas que Nick estudiaba.
–No, y me encanta tu compañía. –Nick miró a su alrededor, buscando a la encantadora hija de los Farrell. En realidad esperaba verla aparecer con su habitual exigencia de un abrazo–.¿Dónde está Marissa?
–Está tomando el té con Spencer, antes de su siesta.
–¡Qué infidelidad! –exclamó Nick, mirando el juego de té de Sevres que había pedido a su ama de llaves que tuviera preparado–. ¡Me había prometido que tomaría el té conmigo!
–¡Ni se te ocurra permitir que Marissa toque estas tazas exquisitas! Últimamente parece convencida de que cuando uno termina el té, lo que corresponde es dejar caer la taza al piso.
En ese momento entró Liam, que parecía descansado, relajado y divertido.
–Sin duda lo hace porque yo le he dicho que es una princesa. Lo cual es cierto. ¿Donde está Spencer? –preguntó–. Necesito mandarlo a...
Como si la mención de su nombre hubiera conjurado su presencia, en ese momento entró en el solario Spencer O’Hara; su expresión era adusta.
–Nick –dijo–. Acaba de pararme su ama de llaves en el vestíbulo. Parece que tiene una visita, un hombre que le mostró su identificación y la dejó aterrorizada. Es alguien del FBI. Se llama Paúl Richardson. Ella le pidió que esperara en la biblioteca.
Ante la necesidad de tener que conversar con un agente del FBI, Nick maldijo en voz baja y se volvió para salir.
–¡Nick! –lo llamó Liam. Nick se volvió–. ¿Vas a verlo a solas? ¿O con testigos?
Nick vaciló.
–Con testigos, si no te importa.
–¿Estás en condiciones de acompañarnos? –le preguntó Liam a su mujer.

Ella asintió y los tres se encaminaron a la biblioteca revestida de paneles de caoba. Ignorando groseramente al hombre alto y morocho que miraba los libros de los estantes, Nick esperó hasta que Liam y Demi se sentaran, después se ubicó detrás de su escritorio y dijo, cortante:
–Muéstreme su identificación. –El agente del FBI, a quien Nick ya había reconocido por haberlo visto en el aeropuerto de la ciudad de México, sacó la identificación del bolsillo dla chaqueta y se la tendió. Nick la miró y luego miró a Richardson–. Es una pésima fotografía, pero se le parece en algo.
–No vale la pena que perdamos tiempo con jueguitos –contestó Paúl con idéntica falta de cortesía, buscando la mejor manera de encarar a ese adversario–. Usted supo quién era yo en cuanto me vio. Me reconoció porque estuve en el aeropuerto de México.
Jonas le quitó importancia y se encogió de hombros.
–De todos modos, no tengo la menor intención de hablar con usted ni con ningún otro del FBI a menos que sea en presencia de mis abogados.
–Ésta no es una visita oficial, sino personal. Además, no es necesario que usted diga una sola palabra. Hablaré yo.

En lugar de invitarlo formalmente a sentarse, Jonas señaló con una leve inclinación de cabeza la silla que había frente a su escritorio. Paúl contuvo su enojo por el tono que ya había adquirido la reunión, se sentó, puso el portafolio a su lado en el piso y lo abrió.
–En realidad, preferiría hablar de esto en privado... –dijo, mirando de soslayo al hombre y la mujer que lo observaban desde el sofá, y a quienes reconoció enseguida– ...sin la presencia del señor Farrell y su señora.
–No me interesa en absoluto lo que usted “prefiera” –replicó Jonas. Se reclinó contra el respaldo de su sillón de cuero, tomó la lapicera de oro que tenía sobre el escritorio y empezó a hacerla rodar entre sus dedos–. Escuchemos lo que tenga que decir.
Paúl hizo un esfuerzo por ocultar su enojo tras una fachada de fría amabilidad.
–Empezaré por recordarle que se encuentra en una posición muy vulnerable con respecto al secuestro de Miley Mathison. Si ella decidiera acusarlo, es muy probable que usted acabara entre rejas por lo que le hizo. Por razones personales –agregó con tono amable–, yo disfrutaría enormemente si se me encargara ese caso.
Observó la cara inexpresiva de Jonas y al no ver la menor reacción ante su amenaza, Paúl decidió que le convenía más emplear un tono cortés.
–Mire, a cambio de mi garantía personal de que ella no presentará cargos en su contra, lo único que le pido es que me conceda cinco minutos y que escuche lo que tengo que decirle.
–¿Me equivoco, o acaba de hacerme un pedido amable?
Paúl contuvo sus ganas de pegarle una trompada.
–Lo fue.
–En ese caso, le quedan cuatro minutos y cincuenta segundos.
–¿Tengo su palabra de que me dejará terminar?
–Siempre que pueda hacerlo en cuatro minutos y cuarenta segundos. –Empezó a golpear el escritorio con la lapicera de oro, en un gesto de clara impaciencia.
 –Para que no dude de la credibilidad ni de la validez de mi información, quiero que entienda que estuve a cargo de su caso –dijo Paúl, cortante–. Yo estuve en Keaton mientras Miley estaba en Colorado con usted, y estaba allí cuando regresó, y soy el que la puso bajo constante vigilancia cuando abandonamos Keaton, porque tenía el presentimiento de que ella trataría de ponerse en contacto con usted, o usted con ella. También soy la persona a quien ella llamó la noche antes del día en que debía reunirse con usted en la ciudad de México. –La voz de Paúl se ponía más enfática a medida que se acercaba al punto que deseaba aclarar–. A pesar de todo lo que usted crea, y de la forma en que lo han presentado los medios, también sé, más allá de toda duda, que Miley no aceptó reunirse con usted en México para tenderle una trampa y entregarlo. La verdad es que mi oficina ignoraba por completo su intención de reunírsele hasta la noche antes de la fecha en que debía tener lugar ese encuentro. Ella por fin se dejó llevar por el pánico y me llamó por dos motivos. Tres días antes había ido a visitar a su abuela, Margareth Stanhope, porque se le ocurrió la loca idea de que, por su bien, quería cicatrizar las heridas familiares. En lugar de lograrlo, su abuela le mostró pruebas de que usted había confesado haber matado accidentalmente a su hermano, y además le informó que ella creía que usted lo había asesinado con toda deliberación, como después asesinó a su esposa.
Paúl esperaba que esas bombas verbales produjeran alguna clase de reacción, pero con excepción de que un músculo empezó a palpitar en la mandíbula de Jonas ante la mención de la abuela, no hubo ninguna.
–Miley regresó de Ridgemont –continuó Paúl con tenacidad–, y esa noche se enteró de que los integrantes del elenco y el equipo técnico de Destino estaban recibiendo llamadas amenazadoras, presuntamente realizadas por usted, pero a pesar de eso, ella siguió sin entregarlo. Recién la noche antes de su partida, cuando supo que Tony Austin había sido asesinado, por fin decidió notificarnos que usted pensaba encontrarse con ella en la ciudad de México. –Hizo una pausa y al ver que Jonas seguía allí sentado, mirándolo con expresión de desprecio, Paúl se enfureció–. ¿Me escuchó, maldito sea? ¡Miley no le tendió una trampa desde el principio! ¿Está claro eso?

La cara de Jonas se puso tensa, pero su voz era ominosamente suave.
–Si vuelve a usar ese tono de voz una sola vez más, yo en personarlo sacaré a patadas de aquí, a pesar de mi promesa de escuchar lo que tenía que decir. ¿Está claro eso para usted? –preguntó con sarcasmo.
Paúl se recordó que, por el bien de Miley, debía tener éxito, y continuó hablando con cierta mansedumbre.
–Suspendamos los escarceos adolescentes. Nosotros no nos tenemos simpatía, así que dejémoslo ahí. El asunto es que no vine para provocarlo, sino para proporcionarle pruebas de que Miley nunca pensó tenderle una trampa en México. La verdad es que lo que ella vio que sucedía en el aeropuerto, además de su negativa a permitir que le diera explicaciones, y que ni siquiera abriera sus cartas, la han herido hasta un punto difícil de imaginar. Su familia está preocupada por ella, y yo también.
–¿Usted? –preguntó Nick con divertida insolencia–. Me pregunto por qué.
–Porque, a diferencia de usted, me siento responsable por el papel que desempeñé en la ciudad de México y por el daño que eso le causó. –Tomó el portafolio, del que sacó un sobre grande; luego se puso de pie, como dando el caso por cerrado–. Y porque estoy enamorado de ella –agregó, arrojando el sobre con desdén sobre el escritorio de su adversario.
Jonas no lo tomó, ni siquiera lo miró.
–¿Por qué será que ese anuncio no me sorprende? –preguntó con tono burlón.
–Tal vez sea clarividente –retrucó Paúl–. De todos modos allí tiene las pruebas: dos videos y una carta. No acepte mi palabra, Jonas, véalo usted mismo. Y luego, si le queda algo de decencia, alivie el sufrimiento de esa chica.
–¿Cuánto cree que costará “aliviar su sufrimiento”? –preguntó Nick con sarcasmo–. ¿Un millón de dólares? ¿Dos millones? ¿El doble, dado que usted piensa compartir con ella el botín?
Paúl plantó las manos sobre el escritorio de Jonas, se inclinó hacia adelante y dijo con furia salvaje:
–¡Debí haber dejado que los Federales le rompieran el alma durante todo el camino hasta la frontera!
–¿Ah, sí? ¿Y por qué no lo hizo? –Paúl se enderezó y le dirigió una mirada de desprecio.
–Porque antes de entregarlo, Miley me obligó a prometerle que no permitiría que nadie le hiciera daño. En lo único que le mintió fue cuando le dijo que estaba embarazada. Lo hizo para que le permitiera reunirse con usted. Debe de haber estado loca para creer que estaba enamorada de usted, ¡cretino insensible y arrogante!
Al oír esas palabras, Nick se puso de pie, rodeó el escritorio y se le acercó con aire amenazador.
–¡Inténtelo! –invitó Paúl, con las manos a los costados–. ¡Por favor, le pido que lo intente, actor de cine! ¡Pegúeme la primera trompada para que yo pueda darme el gusto!
–¡Basta! –atronó la voz de Liam Farrell, quien tomó a Nick por un brazo–. Richardson, ya han pasado sus cinco minutos. ¡O'Hara! –gritó–. Acompañe al señor Richardson hasta la puerta.
Spencer O'Hara apareció al instante en el cuarto desde la puerta donde había estado escuchando.
–¡Justo ahora que empezaba a ponerse bueno! –exclamó. Miró a Paúl Richardson con respeto, señaló la puerta con un ademán grandilocuente y dijo–: Hasta ahora nunca había conocido a un agente de civil que estuviera dispuesto a no ampararse tras su insignia y que en cambio amenazara con los puños. Permítame que lo acompañe hasta su coche.

Su muestra de buen humor no hizo nada por disipar la tensión que reinaba en el cuarto cuando ambos salieron.
–Creo que debemos irnos –dijo Liam.
–En cambio, yo creo que debemos esperar mientras Nick mira las pruebas que hay en ese sobre –contradijo Demi, provocando una mirada de sorpresa de los dos hombres. Se volvió a mirar a Nick–. Creo que también ha llegado la hora de que te diga que estoy absolutamente segura de que Miley te amaba. También estoy convencida de que todo lo que dijo Richardson es cierto.
–Si eso es lo que crees –retrucó Nick con sarcasmo–, te sugiero que te lleves las “evidencias” y las veas, Demi. Después puedes quemarlas.
Liam se puso blanco de furia.
–¡Te doy cinco segundos para disculparte ante mi mujer!
–Sólo me hacen falta dos –contestó Nick con tono cortante, y Demi sonrió antes de que lo hiciera Liam porque había escuchado las palabras y no el tono. Nick le tendió la mano y dijo con una sonrisa sombría–: Te pido que me disculpes el tono. Fui inexcusablemente grosero.
–Inexcusablemente, no –contestó ella, mientras lo miraba a los ojos, como buscando algo–. Pero, si no te importa, aceptaré tu ofrecimiento y me llevaré el sobre.
–Como veo que tu marido todavía se debate en la duda y no sabe si pegarme una trompada o no, y como sé que me la he ganado, no creo que deba tentar más mi suerte, negándotelo –dijo Nick con sequedad.
–Creo que has estado muy prudente –dijo ella mientras miraba con expresión risueña a su marido. Tomó el sobre del escritorio y enlazó su brazo con el de Liam–. No olvides que en una época, la sola mención de mi nombre te provocaba una furia igual a la de Nick –le recordó con suavidad, haciendo un esfuerzo por impedir que ambos siguieran tensos.

El ceño de Liam se trocó en una sonrisa.
–¿Era yo tan tonto como Nick? –Liam lanzó una carcajada.
–Ésa es una pregunta que me meterá a mí en un brete con alguno de los dos.
Liam la despeinó con gesto afectuoso.
–Te veremos en la fiesta después de que nos hayamos cambiado –se despidió ella de Nick.
–Muy bien –dijo Nick y se quedó mirándolos alejarse, maravillado ante lo unidos que eran y ante el cambio que Demi había logrado en Liam. No hacía mucho imaginó que Miley y él... Furioso por haber permitido que ella entrara en sus pensamientos, se acercó a los ventanales y abrió los cortinados. No sabía qué despreciaba más, sí la traición de Miley o su propia credulidad. A los treinta y cinco años ella lo había convertido en un pelele que volcaba su corazón en cartas de amor y se pasaba noches enteras mirando su fotografía, para no hablar de que arriesgó su cuello para comprarle el anillo indicado en la joyería más exclusiva de Sudamérica. La vergüenza y el disgusto que le provocaban esas cosas eran casi peores que la humillación que significó ser golpeado y puesto de rodillas delante de medio mundo. Y ella también era responsable de eso. Y todo el que tuviera un televisor lo sabía... sabía que él se dejó embaucar ciegamente por una maestra de pueblo chico y que arriesgó su vida por estar con ella.
Nick hizo un esfuerzo para sacarse a Miley de la cabeza y miró a la multitud creciente que se reunía para las festividades de esa noche. Glenn Close conversaba con Julia Roberts. Levantó la vista, lo vio parado junto a la ventana y lo saludó con la mano.

Nick le devolvió el saludo. Por su jardín se paseaban casi todas las mujeres más hermosas del mundo y la mayoría de ellas correría hacia él con que sólo les hiciera una seña. Nick las estudió, buscando alguna que se destacara entre las demás y lo atrajera... alguna que tuviera ojos particularmente lindos, una boca romántica, una cabellera atractiva, pelo sano... una mujer cálida e ingeniosa, con metas y con ideales... alguien capaz de derretir el hielo que tenía en su interior. Se alejó de la ventana y se encaminó a su suite para cambiarse. No existía en el mundo entero una antorcha con fuerza suficiente para derretir ese hielo, y para hacerle sentir lo que había sentido en Colorado. Y aunque fuera posible, no volvería a permitir que le sucediera. Comportarse como un tonto enamorado no era su estilo. Debía de haber estado loco en Colorado. Sin duda se debió a una combinación de tiempo y lugar. En circunstancias normales, jamás habría sentido eso por ninguna mujer.
Se prometió que sería más atento con sus invitados. Ignoraba por qué, pero después de sólo seis semanas, parte de la fascinación que le provocaba la renovación de su carrera empezaba a desaparecer. Decidió que estaba extenuado y empezó a desabrocharse la camisa. En apenas seis semanas, además de reunirse con seis productores, cinco directores de estudios e incontables hombres de negocios, había leído docenas de guiones y conseguido recuperar las dos casas que tenía alquiladas. Además contrató nuevo personal, recuperó parte del anterior, compró dos coches y encargó un avión. Le hacía falta relajarse y disfrutar del gusto del éxito, ahora que volvía a ser suyo, decidió, arrojando la camisa sobre la cama. Oyó que se abría la puerta del dormitorio, y se volvió con las manos en la cintura.
–He estado buscándote por todas partes, Nick –dijo la pelirroja con una sonrisa invitante mientras se adelantaba, meneando las caderas. En sus muñecas y sus dedos resplandecían las alhajas. –Y vengo a encontrarte justo cuando empiezas a desvestirte. ¿No te parece una coincidencia sorprendente?
–Sorprendente –mintió Nick, mientras trataba de recordar quién demonios sería esa mujer–. Pero para eso son los dormitorios, ¿verdad?
–No sólo para eso –susurró ella, deslizando las manos por el pecho de Nick.
Con suavidad, él las tomó entre las suyas.
–Más tarde –dijo, haciéndola girar sobre sí misma y conduciéndola con firmeza hacia la puerta–. Necesito una ducha y luego tengo que salir a interpretar el papel de dueño de casa.
–Es una fiesta espléndida, Nick –le susurró al oído una voz inconfundible–, ¿pero dónde encontraste tantos monos dispuestos a disfrazarse? –Sonriente, Nick se alejó del grupo con quien conversaba cerca de la piscina y le pasó un brazo sobre los hombros, acercándola a sí.
–Tenía la esperanza de que vinieras.
–¿Para qué? ¿Para aliviar tu monotonía? –preguntó ella, estudiando la fiesta, que estaba en todo su apogeo a la una de la tarde.
Cuando ella empezó a alejarse, él la retuvo.
–¡No me abandones! –pidió en broma–. Se nos acerca Irwin Levine y empezará a hablarme sobre la película que Empire quiere que filme. Quédate a mi lado durante el resto del día.
–¡Cobarde! Yo te enseñaré a manejar estas cosas. –Ignorando el apretón de advertencia de las manos de Nick, ella tendió sus largos dedos de uñas laqueadas–. ¡Irwin querido! –ronroneó, besándolo en la mejilla–. Nick quiere que te alejes y lo dejes gozar de su fiesta en paz.
–¡Maldita como siempre! ¿No, Barbra? –contestó él, furioso.
–¡Buen trabajo! –comentó Nick con sequedad, observando al otro que se alejaba ofendido–. En la actualidad, mi representante tiene ese mismo efecto sobre la gente, cuando empieza a hablar de dinero.
–No me interesa tu agente. ¿Por qué no contestaste mis cartas, pedazo de tonto? Supongo que sabrás que no suelo mandar paquetes a la cárcel por cualquiera, ¿no?
–Porque estaba avergonzado y no quería caridad. Y ahora cállate la boca y tararea algo bonito mientras circulamos.
Riendo, Barbra rodeó con un brazo la cintura de Nick y empezó a cantar en voz baja:
–Gente... gente que necesita a la gente es la gente más afortunada...