domingo, 10 de febrero de 2013

Perfecta Cap: 54


Todavía algo desorientada por las drogas que le habían administrado veinticuatro horas antes, Miley se llevó una mano a la cabeza dolorida y salió tambaleante del dormitorio en dirección a la cocina. Al llegar se detuvo en seco ante el espectáculo increíble que tenía ante la vista: junto a la piscina, Ted y Katherine estaban abrazados en una actitud decididamente apasionada. En ese momento Miley vivía en un estado de confusión, y sonrió ante la escena tan doméstica y acogedora.
–Han dejado la canilla abierta –comentó, y los tres se sobresaltaron al oír su voz, que parecía un graznido.
Ted levantó la cabeza y le sonrió, pero Katherine saltó como si la hubiesen sorprendido haciendo algo pecaminoso, y se apartó de Ted.
–¡Lo siento, Miley! –exclamó.
–¿Por qué? –preguntó Miley, dirigiéndose a un armario para sacar un vaso y servirse un poco de agua. La bebió, tratando de calmar su extraña sed.
–Siento que nos hayas encontrado así.
–¿Por qué? –volvió a preguntar Miley mientras volvía a llenar el vaso con agua, pero se le estaba empezando a aclarar la mente y los recuerdos pugnaban por surgir.
–Porque no deberíamos estar así delante de tí –balbuceó Katherine, incómoda–, cuando se supone que estamos aquí para ayudarte a afrontar lo que sucedió en México... –Sé interrumpió, horrorizada, al ver que el vaso se deslizaba de los dedos de Miley e iba a estrellarse contra el piso.
–¡No! –explotó Miley, apoyándose contra la mesada y haciendo un esfuerzo sobrehumano para borrar el recuerdo del rostro furioso de Nick justo antes de que la policía mexicana empezara a pegarle y luego del ruido que hizo su cuerpo al caer sobre el piso del aeropuerto. Se estremeció una y otra vez, cerró los ojos para tratar de no ver la escena, y después de un minuto, logró erguirse–. No vuelvas a hablar nunca de eso –pidió–. Yo estoy bien –agregó, con más decisión que verdad–. Ya terminó todo. Estaré bien si ustedes no hablan del asunto. Tengo que hacer un llamado –agregó, mirando el reloj de pared.

Y sin darse cuenta de que estaba haciendo lo contrario de lo que acababa de pedirles, tomó el teléfono, llamó a la oficina de Paúl Richardson y dio su nombre a la secretaria. Su última explosión emotiva la había dejado llena de miedo y como vacía. Al mirar sus manos y verlas temblorosas, se dio cuenta de que estaba tensa hasta el punto del colapso nervioso, y eso debía terminar de una vez por todas. Se recordó que la vida era dura para mucha gente, y que debía dejar de flaquear ante cada golpe. Ya. Enseguida. Tenía dos opciones: pedir la receta de un sedante y convertirse en una zombie, o enfrentar el futuro de una manera tranquila y racional. El remedio del tiempo curaría lo demás. No más lágrimas, se prometió. No más exabruptos. No más dolor. Había gente que dependía de ella, sus alumnos regulares y las mujeres a quienes enseñaba a leer por las noches. Sobre todo ellas, que la admiraban y a quienes debía demostrar cómo enfrentar la adversidad. 

Tenía que proseguir con sus clases. Tendría que empezar a trabajar y mantenerse ocupada. No debía desfallecer.
–Paúl –dijo, sólo con un leve temblor en la voz cuando él atendió–. Tengo que ver a Nick, tengo que explicarle...
Paúl le contestó con un tono comprensivo y bondadoso pero que no admitía discusión.
–Por el momento no será posible. Durante un tiempo no podrá recibir visitas en Amarillo.
–¿Amarillo? ¡Me prometiste que lo internarían en un instituto psiquiátrico para que fuera evaluado y recibiera tratamiento!
–Dije que trataría de lograrlo, y lo intentaré, pero esas cosas toman tiempo, y...
–No me vengas a decir ahora que “necesitas tiempo” –advirtió Miley, pero consiguió no perder la compostura–. El director de la cárcel es un monstruo. Es un sádico y pudiste comprobarlo en México. Hará azotar a Nick hasta que...
–Hadley no le pondrá una mano encima –interrumpió Paúl con suavidad–. Por lo menos eso es algo que te puedo prometer.
–¿Cómo lo sabes? ¡Yo necesito estar segura!
–Lo sé porque le advertí que tendríamos que interrogar a Jonas con respecto a la acusación de secuestro, y que esperábamos encontrarlo en perfectas condiciones físicas. Hadley sabe que me resulta desagradable y sabe que hablo en serio. No hará tonterías conmigo ni con el FBI, sobre todo cuando las autoridades carcelarias ya lo están investigando a raíz del levantamiento que se produjo el mes pasado en la prisión. Su trabajo y su piel le importan demasiado, y no va a arriesgarlos.
–Pero yo te advierto que no estoy dispuesta a permitir que se me utilice para acusar a Nick de secuestro –le recordó Miley con tono seguro.
–Ya lo sé –contestó Paúl, conciliador–. Es una manera de mantener controlado a Hadley, a pesar de que no creo que sea realmente necesario. Como te dije, el hombre ya sabe que las autoridades carcelarias están investigando su conducta y lo observan de cerca. –Oyó que Miley lanzaba un suspiro de alivio–. Tengo la impresión de que hoy estás un poquito mejor. Trata de descansar. Iré a verte este fin de semana.
–No creo que ésa sea una buena idea...
–Iré aunque no quieras verme –interrumpió él con firmeza–. Tú puedes preocuparte por Jonas, pero yo me preocupo por ti. Ese hombre es un asesino y tú hiciste lo que debías hacer, por el bien de Jonas y por el de todos. Jamás lo dudes.
Miley asintió, diciéndose con firmeza que Paúl tenía razón.
–Estaré bien –aseguró–. Te lo digo en serio. –Cuando cortó, miró a Katherine y a Ted–. Les aseguro que estaré bien –les prometió–. Ya lo verán. –En su rostro apareció una sonrisa trémula–. Es agradable saber que de esta pesadilla salió algo bueno... lo de ustedes dos.
Después de tomar el desayuno, obligada por Ted y Katherine, se levantó para hacer un segundo llamado telefónico. Con la firme intención de convencer a Liam Farrell de que pusiera en juego sus considerables influencias para lograr que internaran a Nick en un instituto psiquiátrico, Miley marcó su número privado de Chicago. La secretaria le pasó el llamado, pero cuando Farrell tomó el teléfono, su reacción fue mucho peor de lo que Miley hubiera podido imaginar.
–¡Per/ra maldita! –dijo con voz sibilante de furia–. ¡Debía haber sido actriz! ¡No puedo creer que fui lo suficientemente imb/écil para tragarme su actuación y permitir que me utilizara para atrapar a Nick!– Y con esas palabras cortó la comunicación.

Miley se quedó mirando el tubo que tenía en la mano y se dio cuenta de que el amigo de Nick no creía que él fuera culpable del asesinato de Tony Austin. Entonces, la necesidad de obtener lo que se proponía y al mismo tiempo explicar su posición se convirtió en una compulsión. Llamó a Chicago, obtuvo el número de teléfono de Bancroft & Compañía y pidió hablar con Demi Bancroft. Cuando la secretaria de Demi insistió en saber quién llamaba antes de comunicarla, Miley supuso que Demi se negaría a atenderla.
Sin embargo, a los pocos instantes se oyó la voz una voz fría y reservada, pero por lo menos estaba dispuesta a hablar con ella.
–No entiendo qué puedes querer conversar conmigo, Miley –fueron sus primeras palabras.
–¡Por favor, sólo te pido que me escuches! –dije Miley, sin poder evitar un tono de súplica–. Hace unos minutos llamé a tu marido para preguntarles si tenía alguna influencia para poder conseguir que internaran a Nick en algún instituto psiquiátrico pero cortó antes de que se lo pudiera decir.
–No me sorprende. Te odia con toda el alma.
–¿Y tú? –preguntó Miley, tragando con fuerza para tratar de tranquilizarse–. ¿Crees, como él, que la noche que estuvieron en casa tramé un plan para atrapar a Nick y entregarlo, y que los usé a ustedes?
–¿No fue eso lo que hiciste? –preguntó Demi, pero Miley notó cierta vacilación en su voz y se aferró a eso.
–¡No es posible que creas eso! –farfulló, desesperada–. ¡Por favor, te pido por favor que no lo creas! Después de que ustedes estuvieron en casa, fui a ver a la abuela de Nick y ella me contó la verdad acerca de la forma en que murió Justin, el hermano de Nick. ¡Demi, Nick lo mató de un tiro! Tres personas han muerto por haberse cruzado en su camino. Tienes que comprender que no pude permitir que siguiera matando más gente. ¡Por favor, créeme!
A cientos de kilómetros de distancia, Demi se recostó contra el respaldo de su sillón y se refregó la sien, recordando las risas y el amor vividos en el living de Miley.
–Te... te creo –dijo por fin–. Lo que viviste la noche en que Liam y yo estuvimos en tu casa no pudo ser una actuación. Amabas perdidamente a Nick y nada más lejos de tus pensamientos que la posibilidad de permitir que lo atraparan.
–Gracias –susurró Miley con sencillez–. Adiós.
–¿Estarás bien? –preguntó Demi.
–Ya no recuerdo lo que es “estar bien” –contestó Miley con una risa entrecortada. Pero enseguida se sacudió su autocompasión–. Lo soportaré. Estaré bien –dijo con tono amable.
Durante las semanas siguientes, Miley consiguió sobrevivir de la única manera que sabía: desterró por completo de su vida el televisor y la radio, se enfrascó en el trabajo y en una docena de actividades cívicas y religiosas, y se mantuvo en permanente actividad hasta que, por la noche, caía extenuada en la cama. En Keaton nadie dudaba de los motivos que la llevaban a desarrollar una actividad tan frenética, pero a medida que transcurrían los días, las miradas subrepticias y compasivas eran cada vez menos frecuentes y nadie fue nunca lo bastante tonto o desalmado como para felicitarla por su valentía de haber entregado a la policía al hombre a quien amaba.

Los días se convirtieron en semanas que transcurrían confusas, en medio de una actividad febril, pero lentamente, muy lentamente, Miley empezó a recuperar otra vez el equilibrio. Algunos días llegaban a pasar cuatro o cinco horas sin que pensara en Nick, había noches en que antes de dormirse no releía la única carta que le había escrito, y amaneceres en que no permanecía despierta, con la mirada fija en el cielo raso, recordando lo que él le decía mientras le hacía el amor.
Paúl pasaba todos los fines de semana en Keaton. Al principio se alojaba en el motel del pueblo, y luego, por invitación del matrimonio Mathison, en la casa de ellos. En vista de eso, todo el pueblo empezó a comentar que el agente del FBI que había llegado a Keaton para arrestar a Miley Mathison se había enamorado de ella. Pero Miley se negaba a considerar esa posibilidad. Lo hacía porque enfrentarla la obligaría a decirle a Paúl que estaba perdiendo el tiempo, y quería seguir viéndolo. Tenía que seguir viéndolo, porque Paúl la hacía reír. Y porque al verlo, recordaba a Nick. Así que empezaron a salir los cuatro, ellos dos y Ted y Katherine, y a la noche él la acompañaba hasta su casa y se despedía con un beso, cada vez más ardiente. Durante el sexto fin de semana que pasó en Keaton, la paciencia de Paúl empezó a flaquear. Habían ido los cuatro a un cine, y después Miley los invitó a tomar café en su casa. Cuando Ted y Katherine se fueron, Paúl tomó las manos de Miley y la obligó a ponerse de pie.
–He pasado un fin de semana maravilloso –dijo. Ella sonrió y su rostro se suavizó–. Me encanta que me sonrías –susurró Paúl–. Y para asegurarme que sonreirás cada vez que me recuerdes, te traje algo.
Metió la mano en el bolsillo, del que sacó una cajita chata, forrada en terciopelo. Se la entregó y se quedó mirándola mientras la abría. Era un pequeño payaso de oro con ojos de zafiros, que colgaba de una cadena hermosa y larga. Cuando Miley movió la cadena, notó que los brazos y piernas del payaso se movían, y rió.
–Es precioso –dijo–, y cómico.
–Muy bien. Te propongo que te saques esa cadena que tienes puesta y te lo pruebes –dijo Paúl refiriéndose a la delgada cadena que Miley usaba debajo de la blusa.
Miley levantó una mano para cubrirla, pero era demasiado tarde. Paúl ya la había sacado, poniendo al descubierto el anillo que Nick tenía en el bolsillo en el aeropuerto de ciudad de México.
Paúl lanzó una maldición en voz baja y la tomó de los hombros.
–¿Por qué? –preguntó, haciendo un esfuerzo evidente para no zamarrearla–. ¿Por qué te torturas usando esto? ¡Hiciste lo correcto al entregarlo!
–Lo sé –contestó Miley.
–Entonces no sigas pensando en él, ¡maldito sea! Está en la cárcel y allí seguirá durante el resto de su vida. Tú tienes tu propia vida, una vida que debería ser plena, con un marido e hijos. Lo que te hace falta –dijo, y su voz se suavizó mientras deslizaba las manos por los brazos de Miley– es acostarte con un hombre que te haga olvidar lo que viviste con él. Yo sé que se acostaron, Miley –dijo al ver que ella lo miraba sobresaltada–. Y no me importa.
Ella levantó el mentón y contestó con tranquila dignidad.
–Cuando deje de importarme a mí, estaré lista para alguien más. Pero no antes.
Entre frustrado y divertido. Paúl le acarició el mentón con el pulgar.
–¡Dios, qué cabeza dura eres! ¿Qué harías –dijo en tono de broma– si yo me fuera a Dallas y no volviera?
–Te extrañaría muchísimo.
–Y supongo que crees que por ahora me conformaré con eso –comentó irritado, porque sabía que era así.
Antes de contestar, Miley sonrió y asintió.
–Sí, porque te enloquece como cocina mamá.
Riendo, Paúl la tomó en sus brazos.
–Me enloqueces. Nos veremos el fin de semana que viene.

******


–Tiene que haber un error –dijo Emily, mirando alternativamente a su marido y al contador– Mi padre jamás hubiera comprado acciones ni invertido dinero en nada que tuviera alguna relación con Tony Austin.
–Los hechos demuestran lo contrario, señorita McDaniels –dijo con tranquilidad Edwin Fairchild–. A lo largo de los últimos cuatro años, ha invertido más de cuatro millones de su fondo fiduciario en Producciones TA, de propiedad del señor Austin Le aseguro que fue todo legal, aunque ciertamente no haya sido rentable, y debo agregar que su padre cometió un error, puesto que por lo visto Austin utilizaba el dinero exclusivamente para pagar su gastos. No implicó que hubiera mala fe por parte de señor McDaniels –aseguró al notar que Emily fruncí, el entrecejo–. Su padre compró las acciones de T para usted y están a su nombre. El único motivo por el que saco este tema, en mi calidad de nuevo consejero financiero, es porque creo que conviene vender las acciones a los herederos de Austin, siempre que quieran comprarlas, o cedérselas a cualquier precio, para que en la próxima declaración conjunta de réditos que hagan ustedes, podamos ponerlas en el rubro de pérdidas.
Emily luchó por ordenar sus pensamientos.
–¿Qué dijo mi padre acerca de esta pésima inversión en Producciones TA?
–No me corresponde a mí conversarlo con él, ni cuestionar sus criterios de inversión. Entiendo que su padre se ha encargado del manejo de su fondo fiduciario desde que usted era niña, y la forma en que haya decidido invertir para usted ese dinero es de exclusiva competencia suya. Todo eso es algo entre usted y él. El único motivo por el que yo estoy ahora involucrado es que hace muchos años que manejo los asuntos financieros de su marido y dado que ahora están casados, hay ciertos asuntos que les conciernen a ambos, como el impuesto a los réditos conjunto y demás.
–Mi padre no debe de haber sabido que Producciones TA era de Tony Austin –declaró Emily con firmeza.
Fairchild levantó las blancas cejas, como para demostrar que lo ponía en duda.
–Si eso es lo que prefiere creer...
–No se trata de lo que yo prefiera creer –contestó Emily, riendo–, sino que el hecho de que mi padre haya sido engañado hasta el punto de haber comprado acciones de la compañía de Tony Austin me parece algo... maquiavélico. Papá despreciaba a ese hombre.
–No comprendo cómo pudieron haberlo engañado –dijo el marido de Emily con tono cuidadosamente neutral, pues sabía lo sensible que era ella cuando se trataba de su padre–. Edwin y yo conversamos del asunto hoy, por teléfono, y es evidente que tu padre tuvo que comprarle las acciones directamente a Austin.
–¿Qué te hace pensar eso?
–Porque TA no cotiza en la bolsa. Como dijo Edwin hace algunos instantes, es una compañía privada y la única manera de comprar acciones sería a través de Austin o su representante.
Emily miró a su marido y al contador.
–¿Y Tony tenía representantes? –Edwin Fairchild se puso los anteojos y empezó a buscar un documento.
–Decididamente nunca le pagó a nadie para que lo representara. Según los informes corporativos de TA, que se pueden obtener en Sacramento, Austin era el único director, ejecutivo y accionista de la empresa. Al investigar el asunto por mi cuenta, averigüé que era también el único empleado de la firma. –Se sacó los anteojos y miró su reloj de pulsera de oro–. Ya son más de las seis. No era mi intención retenerlos tanto tiempo, pero creo que hemos tratado todos los puntos necesarios. Si deciden vender las acciones de TA a los herederos de Austin, será mejor que lo hagan cuanto antes, porque lo más probable es que más adelante ellos estén envueltos en procedimientos judiciales. En cuanto me avisen si van a vender o conservar esas acciones, estaré en condiciones de terminar las proyecciones impositivas del año próximo. *beep* asintió y Fairchild se volvió hacia Emily con tono conciliatorio.
–No se angustie, señorita McDaniels. Aun en el caso de que su padre haya perdido cuatro millones de su dinero en la compañía de Austin, podremos tomarlo como pérdidas contra las ganancias de sus otras inversiones. En ese caso los beneficios impositivos reducirán la pérdida a menos de tres millones.
–Yo no entiendo nada de finanzas ni de impuestos –les dijo Emily a ambos–. Mi padre siempre se ha encargado de eso en mi nombre.
–Entonces convendría que hablara con él del asunto de las acciones de TA. A lo largo de los últimos cinco años, él hizo cerca de veinte compras distintas, y debe de haber tenido en cuenta algún posible beneficio que nosotros desconocemos. Tal vez el señor McDaniels pueda darle alguna razón por la que convenga conservar esas acciones algún tiempo más.
–Gracias, señor Fairchild, eso es lo que haré.
–Antes de que se vayan –dijo el contador cuando Emily tomó el brazo de su marido-–, quiero que quede claro que, en todo lo demás, el manejo que ha hecho su padre de su fortuna es irreprochable. Ha invertido sabiamente su dinero y anotado cada centavo que gastó durante los últimos quince años, incluyendo el dinero invertido en Producciones TA.
Emily se puso tensa.
–No necesito que usted ni nadie me diga que mi padre ha hecho lo mejor para mis intereses. Siempre ha procedido así.
Una vez en el auto, Emily se arrepintió de sus palabras.
–Fui grosera con Fairchild, ¿verdad? –le preguntó a su marido.
En ese momento los detuvo la luz roja de un semáforo y *beep* aprovechó para mirarla.
–No estuviste grosera, te pusiste a la defensiva. Pero cuando se trata de tu padre, siempre te pones a la defensiva.
–Ya sé –suspiró ella–, pero hay un motivo.
–Que lo quieres y que él te dedicó su vida –recitó *beep*.
Emily lo miró a los ojos.
–Además hay otro motivo. Es bien sabido que, antiguamente, una cantidad de padres de niños actores malgastaron y hasta robaron el dinero que ganaban sus hijos. Aunque ahora hay leyes que impiden que eso suceda, mucha gente ha tratado a papá como si viviera de mi dinero.
–Es evidente que no conocen su departamento, porque de ser así no lo hubieran hecho –comentó *beep*–. Hace diez años que no lo hace pintar, y tendría que renovar todos los muebles. El barrio en que vive está en plena decadencia, y dentro de unos años allí ni siquiera será seguro salir a la calle.
–Ya sé todo eso, pero no le gusta gastar. –Volvió a referirse al tema anterior–. No te imaginas lo humillante que le ha resultado a veces ser mi padre. Todavía recuerdo lo que sucedió hace cinco años, cuando decidió comprar un auto. El vendedor estaba dispuesto a venderle un Chevrolet, hasta que yo acompañé a papá para ayudarlo a elegir el color. En cuanto el tipo me vio y se dio cuenta de quién era papá, le dijo con voz presuntuosa: «¡Esto cambia el asunto, señor McDaniels! Estoy seguro de que su hija preferiría mil veces que usted comprara ese elegante Seville que le gustaba, ¿no es cierto, querida?».
–Si a tu padre le preocupaba tanto lo que pensaba la gente –dijo *beep*, olvidando por un instante de disimular el disgusto que le provocaba su suegro–, bien podría haberse buscado un trabajo agradable y respetable, aparte de cuidar a su pequeña Emily. Entonces tal vez ahora tendría algo que hacer, aparte de emborracharse y compadecerse porque su hijita creció y se casó. –Miró de reojo a su mujer y al notar su expresión de desaliento le pasó la mano sobre el hombro–. Lo siento –dijo–. Es evidente que soy un celoso de porquería y que me desespera la relación increíblemente estrecha que existe entre mi mujer y su padre. ¿Me perdonas?
Emily asintió y llevó la mano de *beep* hasta su mejilla, pero él notó que seguía pensativa.
–No, veo que no me has perdonado –insistió él tratando de sacarla de ese estado de ánimo infrecuente y sombrío–. Una disculpa no basta. Merezco que me pegues un puntapié en el trasero. Merezco –agregó después de permanecer un instante pensativo– que me obligues a invitarte a comer a Anthony esta noche, a brindarte la comida más cara de Los Ángeles, y a quedarme allí sentado mientras todo el mundo mira a mi mujer con la boca abierta. –Ella le sonrió y sus famosos hoyuelos se marcaron en sus mejillas. *beep* le acarició la cara y dijo en voz baja–: Te quiero, Emily.
Ella lo miró, pero la sonrisa de *beep* se esfumó cuando lo desafió.
–¿Me quieres bastante para llevarme a la casa de papá antes de comer?
–¿Por qué? –preguntó él, irritado.
–Porque quiero aclarar con él ese asunto del dinero que invirtió en la empresa de Tony. No lo comprendo y me está volviendo loca.
–Supongo –dijo *beep*, encendiendo las luces de giro para indicar que iba a doblar para dirigirse a la casa del padre de Emily– que te quiero tanto que hasta estoy dispuesto a hacer eso.
Emily oprimió el timbre del departamento de su padre y después de una larga espera él mismo abrió la puerta, con un vaso de whisky en la mano.
–¡Emily, mi chiquita! –dijo, arrastrando las palabras y mirándola con los ojos inyectados en sangre en su rostro con una barba de tres días–. No sabía que vendrías.
Ignorando por completo al marido, pasó un brazo sobre los hombros de su hija y la hizo entrar. Con una punzada de frustración y pena, Emily se dio cuenta de que estaba borracho. No borracho perdido, pero trastabillante. En una época había sido un completo abstemio, pero durante los últimos años sus borracheras eran cada vez más frecuentes.
–¿Por que no prendes un poco de luz? –sugirió, encendiendo una lámpara.
–Me gusta la oscuridad –contestó él, apagándola–. Es dulce y segura.
–Yo prefiero que haya un poco de luz para que Emily no tropiece contra algo y se mate en la caída –dijo *beep* con firmeza, volviendo a encender la lámpara.
–¿Por qué decidiste venir? –le preguntó McDaniels a Emily, como si *beep* no existiera–. Ya nunca vienes a verme –se quejó.
–La semana pasada estuve aquí dos veces –le recordó Emily–. Pero para contestar tu pregunta, te diré que vine a hablar de negocios, si es que estás en condiciones de hacerlo. El contador de *beep* tiene algunas preguntas que debo contestar para que prepare la liquidación conjunta de réditos o algo por el estilo.
–Por supuesto, por supuesto. No hay problema, querida. Ven a mi estudio, donde guardo todos tus archivos.
–Yo tengo que hacer algunos llamados –le dijo *beep* a Emily–. Conversa con tu padre mientras hablo por teléfono.
Emily siguió a su padre hasta el piso de arriba, donde él había convertido un dormitorio en estudio, y McDaniels se instaló detrás del escritorio, que era la única superficie no abarrotada de cosas de la casa. Los archivos que se alineaban a sus espaldas, contra la pared, estaban cubiertos de fotografías enmarcadas de Emily... Emily cuando era bebita, cuando empezaba a gatear, a los cuatro años; Emily con su tutu de bailarina, con su disfraz del día de Todos los Santos, luciendo el traje que usó en su primer papel estelar;
Emily a los trece años con el pelo recogido en una cola de caballo, a los quince con el primer “corsage” que le mandó un chico. Y al mirar las fotografías, Emily se dio cuenta por primera vez de que su padre estaba con ella en casi todas. Y después notó otra cosa: la luz de la lámpara ubicada sobre el polvoriento escritorio resplandecía sobre los vidrios y los marcos de las fotografías, como si recién acabaran de limpiarlos.
–¿Qué necesitas saber, querida? –preguntó McDaniels, después de beber un trago de whisky.
Emily consideró la posibilidad de hablarle sobre la necesidad de que se sometiera a alguna clase de tratamiento para lo que claramente se había convertido en una adicción alcohólica, pero en las dos oportunidades anteriores en que había abordado el tema, su padre primero se mostró ofendido y después se enfureció. De manera que reunió coraje e inició con el mayor tacto posible el tema que la preocupaba.
–Papá, ya sabes lo agradecida que estoy por la manera en que has cuidado y administrado mi dinero durante todos estos años. Lo sabes, ¿verdad? –insistió al ver que él cruzaba los brazos sobre el pecho y la miraba sin ver.
–¡Por supuesto que lo sé! He guardado cada centavo que ganaste y lo he cuidado con mi vida. Nunca tomé nada para mí con excepción de un sueldo de veinte dólares la hora, y eso sólo cuando insististe en que debía hacerlo. ¡Estuviste tan divina ese día! –exclamó emocionado–. Tenías dieciséis años y enfrentaste a tu viejo padre como una mujer madura, y me dijiste que si no me adjudicaba un sueldo mayor me despedirías.
–Es cierto –dijo Emily, distraída–. Así que ni por un minuto quiero que creas que dudo de tu integridad por la pregunta que te voy a hacer. Sólo trato de entender tus razonamientos. No me quejo por el dinero que perdí.
–¿Por el dinero que perdiste? –preguntó él, enojado–. ¿A qué diablos te refieres?
–Me refiero a los cuatro millones que invertiste en Producciones Tony Austin a lo largo de los últimos cinco años. Esas acciones no tienen ningún valor. ¿Por qué lo hiciste, papá? Te consta que yo lo odiaba, y tenía la sensación de que tú lo despreciabas tanto o más que yo.
Durante un instante él permaneció inmóvil; después levantó la cabeza con lentitud, con los ojos hundidos brillantes como dos carbones ardientes y, sin darse cuenta, Emily se echó atrás en su sillón.
–Austin –dijo McDaniels, y su sonrisa fue al principio maliciosa, luego tranquilizadora.–. Ya no tienes que preocuparte más por él, querida. Yo me encargué de eso. Ya no tendremos necesidad de seguir comprando sus acciones ficticias. Lo mantendremos como un secreto entre tú y yo.
–¿Pero por qué tuvimos que comprar sus acciones? –preguntó Emily, increíblemente nerviosa por la expresión y la voz de su padre y por el ambiente de ese cuarto en penumbras.
–Él me obligó a hacerlo. Yo no quería. Ahora está muerto y no tengo que seguir comprando.
–¿Pero cómo es posible que te haya obligado a invertir cuatro millones de mi dinero en su compañía, si no querías hacerlo? –preguntó ella con voz más aguda de lo necesario.
–¡No me hables en ese tono! –retrucó él, repentinamente furioso–. Si no quieres que te pegue unas buenas palmadas.
Emily estaba tan sobresaltada por esa amenaza sin precedentes por parte de un hombre que en la vida le había levantado la mano, que se puso de pie.
–Hablaremos de esto en algún otro momento, cuando estés en condiciones de razonar.
–¡Espera! –Con sorprendente rapidez, él se inclinó sobre el escritorio y le aferró un brazo–. No me dejes, querida. Estoy asustado. Eso es todo. Estoy tan asustado que hace días que no duermo. Yo jamás te lastimaría, y lo sabes.

De repente parecía en verdad aterrorizado, y eso impresionó a Emily. Le palmeó la mano, con la sensación de ser la madre y no la hija de ese hombre, y le habló con suavidad.
–No me iré, papá. No tengas miedo. Dime lo que sucede. Yo comprenderé.
–¿Lo mantendrás en secreto? ¿Me lo juras? –Ella asintió, sorprendida ante la súplica tan infantil.
–Austin me obligó a comprar esas acciones. Nos estaba... chantajeando. Durante cinco largos años ese cretino nos ha estado extorsionando.
–¿Dices que nos chantajeó? –preguntó ella con una mezcla de incredulidad e impaciencia.
–Tú y yo somos un equipo. Lo que le sucede a uno le sucede al otro, ¿no es cierto?
–Supongo... supongo que sí –contestó Emily, cautelosa, tratando de que su temblor interior no se le notara en la voz–. ¿Por qué... nos chantajeaba Tony Austin?
Su padre bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.
–Porque sabía que nosotros matamos a Rachel. –Emily se levantó de un salto y se quedó mirándolo, petrificada.
–¡Eso es una locura! ¡Estás tan borracho que sufres alucinaciones! ¿Qué motivo pudiste tener para matar a la mujer de Nick?
–Ninguno.
Emily apoyó las manos sobre el escritorio.
–¿Por qué hablas así? ¡Es una locura!
–¡Nunca me digas eso! ¡Es lo que me dijo él, y no es cierto! Yo no estoy loco. Estoy asustado, ¿no lo entiendes? –dijo, con la voz convertida en un lloriqueo.
–¿Quién dijo que estás loco, papá? ¿Y qué es lo que temes? –preguntó Emily con paciencia, como si se estuviera dirigiendo a un octogenario confuso.
–La noche que lo maté, Austin dijo que yo estaba loco.
–¡Nicholas Jonas asesinó a Tony Austin! –afirmó ella–. Es lo que todos creen.
En los ojos de McDaniels apareció una expresión de completo terror y bebió de un trago el whisky que quedaba en su vaso.
–¡No todo el mundo lo cree! –exclamó, apoyando el vaso con fuerza contra la mesa–. Desde esa noche han venido a verme dos veces unos hombres, unos investigadores privados. Quieren que demuestre dónde estaba cuando ocurrió el crimen. Están trabajando para alguien... tiene que ser así, pero se niegan a decirme quién los contrató. Alguien sospecha de mí, querida, ¿no lo ves? Han deducido que Austin me estaba chantajeando y muy pronto se imaginarán por qué, y entonces sabrán que yo maté a Rachel y a Austin.
Emily trató de contestar con tono escéptico, a pesar de, que todas las fibras de su ser vibraban, enloquecidas de alarma.
–¿Y por qué ibas a matar a Rachel? McDaniels se pasó las manos por el pelo.
–No seas obtusa... ¡Yo quería matar a Austin! Quería que ese hombre muriera, pero el imb/écil de Jonas cambió de idea acerca de quién debía disparar el primer tiro.
Emily hizo un esfuerzo por respirar.
–¿Y por qué querías matar a Tony?
–¡Tú lo sabes! –dijo él, desplomándose sobre la silla y comenzando a llorar–. Le dio drogas a mi chiquita y la dejó embarazada. Tú creíste que yo no lo sabía, pero lo supe. –Cerró los ojos–. Empezaste a sentirte mal por las mañanas, y cuando llamé al consultorio de ese médico de Dallas para averiguar lo que tenías, la enfermera me lo dijo. Al oír mi apellido, creyó que era tu marido. –Se pasó las manos por los ojos y sollozó–. Tú sólo tenías dieciséis años y te dejó embarazada y después permitió que fueras sola a hacerte un aborto. Y mientras tanto, andaba con esa pu/ta de Rachel y se reían de ti a tus espaldas. Desde que te casaste, Austin me ha estado amenazando con contarle a tu marido que te embarazó... y que tú abortaste.
Emily tuvo que aclararse dos veces la garganta antes de poder hablar, y las palabras que pronunció no tenían nada que ver con la furia que rugía en su interior.
–*beep* está enterado de todo lo que me sucedió. Hace unas semanas hasta le dije que fue Tony. Y en su momento no te dije lo que me pasaba, porque no quería herirte ni que te avergonzaras de mí.
–Alguien está enterado de lo que hice –dijo McDaniels, enterrando la cabeza entre las manos mientras los sollozos le sacudían los hombros–. Cuando me entere quién es, lo mataré... –amenazó, levantando la cabeza. Entonces miró hacia la puerta y su mano se deslizó hacia el cajón del escritorio.
–Entonces será mejor que empiece por mí –dijo desde la puerta el marido de Emily, entrando en el cuarto y levantando a su mujer del sillón–, porque yo también estoy enterado.
En lugar de aterrorizarse, George McDaniels miró a su hija y le habló en tono conspirador.
–*beep* tiene razón, Emily. Me temo que tendremos que matar a tu marido. –Se puso de pie y Emily vio que la luz de la lámpara brillaba sobre el arma que tenía en la mano.
–¡No! –gritó, tratando de escudar a su marido con su cuerpo mientras él intentaba hacerla a un lado.
–¡Apártate, querida! –ordenó el padre–. No le dolerá. No sentirá nada. Estará muerto antes de tocar el piso.
–¡Papá! –gritó Emily, empujando a *beep* hacia la puerta–. Para herirlo a él, tendrás que dispararle a través de mi cuerpo. No... no quieres hacer eso, ¿verdad?
La voz de *beep* sonó tranquila, a pesar de que le clavaba los dedos en los brazos para obligarla a ponerse a salvo.
–Baje esa arma, George. Si me mata, tendrá que matar a Emily para impedir que ella se lo diga a la policía, y yo sé que sería incapaz de dañarla. Lo único que ha hecho ha sido tratar de protegerla.
El hombre del arma vaciló, y *beep* siguió hablando con suavidad.
–Baje el arma. Lo ayudaremos a explicar que sólo lo hizo para proteger a su hija.
–Estoy cansado de tener miedo –gimoteó él mientras Emily corría hacia el dormitorio de su padre, donde tomó el teléfono y marcó el 911–. No puedo dormir.
*beep* se adelantó con lentitud, extendiendo una mano.
–Ya no tendrá nada que temer. Los médicos le darán pastillas para ayudarlo a dormir.
–¡Usted está tratando de hacerme caer en una trampa, cretino! –gritó McDaniels, y *beep* saltó hacia el arma en el preciso momento en que su suegro le apuntaba con ella.
Desde el dormitorio Emily oyó la explosión sorda del disparo, el golpe de un cuerpo pesado que daba sobre el piso. Dejó caer el teléfono, giró sobre sus talones y cuando corría hacia el escritorio, chocó con su marido.
–¡No entres! –le advirtió *beep*. La abrazó y la volvió a llevar al dormitorio, donde tomó el teléfono.
–¡Papá! –gritó Emily.
–Tu padre estará bien –la tranquilizó *beep*, tratando de sujetarla mientras llamaba una ambulancia–. Al caer, se golpeó la cabeza contra el escritorio y está sangrando como un cerdo.




Perfecta Cap: 53


El doctor Delorik salió del dormitorio de su paciente y sonrió a la familia de Miley con expresión alentadora.
––Es una joven muy fuerte. En veinticuatro horas estará físicamente bien –prometió–. Si quieren, pueden entrar a desearle buenas noches. Está bajo el efecto de sedantes, de manera que es posible que no sabrá que no es de noche sino de mañana, y tal vez no responda y ni siquiera se dé cuenta de que ustedes estuvieron allí, pero de todos modos quizá la presencia de su familia la ayude a descansar mejor. Transcurrirán un par de días hasta que se sienta con ganas de volver a trabajar.
–Llamaré al director de la escuela para explicárselo –dijo enseguida la señora Mathison, y se puso de pie, mirando con ansiedad la puerta del dormitorio de Miley.
–No tendrá que darle demasiadas explicaciones a él o a ningún otro –respondió el médico–. Por si todavía no han prendido el televisor, les diré que lo que sucedió anoche en el aeropuerto de Ciudad de México está en todos los programas de noticias, completo, con videotapes proporcionados por los turistas que tenían minicámaras en el aeropuerto. La buena noticia es que, a pesar de los golpes que los policías mexicanos le dieron a Jonas, la prensa está presentando a Miley como una heroína que colaboró con la policía en una trampa inteligente para atrapar a un asesino.

Todos lo miraron sin dar muestras de placer ante la “buena noticia”, de manera que el médico se puso el sobretodo y continuó diciendo:
–Alguien debería quedarse con ella durante las próximas veinticuatro horas, sólo para vigilarla y para que no esté sola cuando despierte.
–Nos quedaremos nosotros –dijo James Mathison, rodeando con un brazo los hombros de su esposa.
–Si quieren que les dé un consejo médico, ustedes dos deben volver a su casa y descansar un poco –dijo el doctor Delorik con firmeza–. Usted está extenuada, Mary, y no quiero tener que internarla por un problema cardíaco a causa de todo este alboroto.
–El doctor tiene razón –dijo Ted, completamente decidido–. Ustedes dos vuelvan a casa a descansar un poco. Carl, tú y Sara vayan a trabajar y si quieren, vuelvan esta noche. De todos modos yo tengo dos días francos, de manera que me quedaré aquí.
–¡De ninguna manera! –lo contradijo Carl–. Hace dos días que no duermes, Ted, y además, cuando te quedas dormido, nada te despierta. Jamás oirás a Miley si llega a necesitarte.
Ted abrió la boca para discutir, pero de repente se le ocurrió una solución mejor.
–Katherine –preguntó–, ¿te quedarías aquí conmigo? Porque en caso contrario Carl y Sara perderán medio día de trabajo discutiendo conmigo. ¿O tienes algo especial que hacer?
–Quiero quedarme –contestó Katherine con sencillez.
–Entonces está decidido –dijo el reverendo Mathison, y toda la familia se encaminó hacia el dormitorio de Miley, mientras Katherine entraba en la cocina a prepararle el desayuno a Ted.
–Miley, querida, soy yo, papá. Mamá está conmigo.
En su sueño drogado, Miley sintió que algo le tocaba la frente y que la voz de su padre le hablaba en susurros, desde muy, muy lejos.
–Te queremos. Todo saldrá bien. Debes dormir.
Después oyó la voz de su madre, llorosa y suave.
–Eres muy valiente, querida. Siempre has sido valiente. Que duermas bien.
Algo áspero rozó su mejilla y Miley hizo una mueca y alejó la cabeza.
–Ésa no es manera de tratar a tu hermano preferido... sólo porque todavía no me haya afeitado... Te quiero, querida –dijo la voz de Carl.
Después le habló Ted, con su habitual tono de broma.
–Carl es un engreído. ¡Yo soy tu hermano preferido! Katherine y yo nos quedaremos aquí. Si te despiertas, llámanos enseguida y te serviremos como esclavos.
Y luego las voces se perdieron, se hundieron en la oscuridad para mezclarse con los otros sonidos extraños y con las imágenes angustiantes de gente que corría y gritaba, pistolas y luces giratorias y un par de ojos helados que se clavaban en ella y la herían como dagas doradas, y el ruido de aviones que rugían y rugían y rugían.
Katherine oyó que se cerraba la puerta de calle cuando estaba colocando tostadas, dulce y un vaso de jugo de frutas sobre una bandeja. Tal como se lo había prometido el día anterior, Ted la llamó en cuanto llegó de regreso con Miley y, como cuando ella llegó la familia ya estaba reunida, lo único que sabía sobre lo ocurrido en México era la breve y sin duda suavizada versión que Ted les contó a sus padres.

Se encaminó al living con la bandeja en la mano, y en la puerta se detuvo al ver a Ted hundido en el sofá, agachado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Era una postura de tanta desesperanza, que Katherine enseguida se dio cuenta de que no sólo era provocada por el cansancio.
–Fue terrible lo de México, ¿verdad? –preguntó en voz baja.
–Peor que eso. Fue una pesadilla. La única bendición es que desde antes de que todo empezara, Miley estaba tan histérica, tan sobrepasada, tan tensa, que creo que no registró ni la mitad de lo que sucedía. Además, Paúl Richardson consiguió mantenerla alejada y donde no pudiera ver demasiado. Pero yo –agregó con tono sombrío– tuve una ubicación de ringside, y no estaba histérico. Dios, fue peor que todo lo que pude haber imaginado...
Al ver que Ted no sabía cómo empezar a explicarle lo sucedido, Katherine preguntó:
–¿Quieres decir que Jonas se puso violento? ¿Que trató de agredir a Miley?
–¿Violento? –repitió Ted con tono amargo–. ¿Que si trató de agredirla? Casi quisiera que lo hubiera intentado. Habría sido muchísimo más fácil para ella.
–No comprendo.
Ted lanzó un suspiro, se recostó contra el respaldo del sofá, miró el cielo raso y lanzó una carcajada sombría.
–No, no se puso violento. En el instante en que se dio cuenta de que lo habían identificado, quedó como petrificado, no trató de moverse ni de correr, sólo se quedó parado y se entregó sin luchar. Miró fijo a Miley y meneó la cabeza, advirtiéndole que se apartara y se ocultara... No retrocedió ni dijo una sola palabra, ni siquiera cuando lo esposaron y lo empujaron contra la pared para palparlo de armas. La policía de México no tiene problemas en utilizar lo que nosotros llamamos “fuerza injustificada”, y con el pretexto de palparlo lo empezaron a maltratar. Uno le golpeó los ríñones con la varita, otro detrás de las rodillas, y él no luchó, ni se defendió, ni emitió un sonido. Dios, en mi vida he visto actuar así a un hombre cuando lo apresan y las cosas se ponen violentas. Era como si estuviera tan desesperado por mantener las cosas en calma, que no le importaba lo que hicieran con él. Miley no alcanzaba a ver lo que estaba sucediendo, y sin embargo no hacía más que gritar, pidiendo que no lo lastimaran.
–Bebe esto antes de seguir contándome –dijo Katherine, alcanzándole un vaso de jugo de naranja. Ted se irguió y lo tomó con una sonrisa de agradecimiento–. ¿Y cómo terminó todo? –preguntó ella cuando Ted hubo terminado de beber el jugo.
Él meneó la cabeza y volvió a su postura anterior.
–Mira –dijo con tono cáustico–, lo que te conté hasta ahora fue la parte buena del asunto.
–¿Y la mala? –preguntó Katherine, atemorizada.
–Eso vino un poco después, cuando sacaban a Jonas a la rastra. Hadley, el director de la Penitenciaría de Amarillo, que además de hijo de pu/ta es un sádico, se detuvo a felicitar a Miley delante de Jonas.
–¿Y eso por qué lo convierte en un sádico?
–Para comprenderlo, tendrías que haber visto su sonrisa. Ante Jonas, que se hallaba allí parado, Hadley deliberadamente dio a entender que Miley había tramado todo el encuentro en México para poder atraparlo y entregarlo a la policía.
Katherine se llevó una mano al cuello y Ted asintió, como aprobando su inconsciente gesto defensivo.
–Acabas de ver el cuadro, y Jonas también lo vio. ¡Dios! ¡Hubieras visto su expresión! Era una expresión... asesina. Es la única palabra que se me ocurre, y ni siquiera alcanza a describirla. Entonces trató de llegar hasta Miley, o quizás haya tratado de alejarse, no sé, pero de cualquier manera los Federales utilizaron eso como excusa para empezar a castigarlo delante de Miley. Entonces ella se volvió loca y atacó a Hadley. Después se desmayó, gracias a Dios.
–¿Y por qué no hizo algo Paúl Richardson para impedir que sucediera todo eso?
Ted frunció el entrecejo y depositó el vaso sobre una mesa.
–Paúl tenía las manos atadas. Mientras estuviéramos del otro lado de la frontera, tenía que proceder de acuerdo con el sistema de ellos. El único motivo por el que estaba involucrado el FBI era porque había un cargo federal de secuestro contra Jonas. El gobierno mexicano accedió a cooperar con velocidad, pero los Federales tenían completa jurisdicción sobre Jonas hasta que lo hubieran entregado en territorio estadounidense.
–¿Y cuánto demorarán en hacerlo?
–En este caso, nada. En lugar de llevarlo en auto hasta la frontera, que es lo que normalmente hubieran hecho. Paúl los convenció de que lo trasladaran hasta allí en un pequeño avión privado. El avión que llevaba a Jonas despegó al mismo tiempo que el nuestro. Pero antes de que abandonáramos el aeropuerto, los Federales tuvieron un tardío ataque de conciencia social –agregó con sarcasmo–. Confiscaron las películas de todos los turistas que tenían consigo una cámara. Paúl pudo conseguir un par de videotapes que ellos pasaron por alto, no por cariño a los Federales, sino para impedir que Miley fuera vista aquí en películas. En el televisor del aeropuerto pude ver uno de los videos que algún turista logró tomar, pero casi todo el tiempo la cámara enfocaba a Jonas. Por lo menos eso es una bendición.
–Yo creí que Paúl volvería aquí con Miley.
Ted meneó la cabeza.
–Tenía que estar en la frontera para recibir a Jonas de manos de los Federales y luego entregárselo a Hadley.
Katherine lo estudió durante algunos instantes.
–¿Y eso es todo lo que sucedió?
–No –confesó él–. Hubo un detalle más, un golpe de muerte para Miley que no te conté.
–¿Qué fue?
–Esto –dijo Ted, metiendo la mano en el bolsillo de la camisa–. Jonas tenía esto y Hadley se lo entregó a Miley, gozoso.
Abrió la mano y dejó caer el anillo sin ceremonia alguna en la palma de la mano de Katherine, que lo miró con incredulidad. Luego se le llenaron los ojos de lágrimas.
–¡Dios mío! –susurró, mirando el resplandeciente círculo de diamantes–. Es evidente que quería darle algo muy especial. Este anillo es exquisito.
–No te pongas sentimental –advirtió Ted, pero su propia voz estaba ronca–. Ese hombre es un maníaco, un asesino...
Katherine tragó con fuerza y asintió.
–Ya sé.
Ted miró alternativamente el anillo que ella sostenía en la mano derecha y el enorme diamante que lucía en la izquierda.
–Es pequeño, comparado con el cascote que usas tú.
Ella rió.
–El tamaño no lo es todo, y además, Miley no hubiera podido usar un anillo como éste porque habría llamado la atención en todas partes. Así que le compró uno más lógico.
–Que no es más que una alianza con diamantes. Katherine negó con la cabeza.
–Este anillo no tiene nada de ordinario. El engarce no es de oro sino de platino, y la circunferencia completa está rodeada de diamantes.
–Sí, pero no son grandes –insistió Ted, tan aliviado como ella de no seguir hablando del tema anterior.
–El tamaño de las piedras tampoco es lo más importante –afirmó Katherine, haciendo girar el anillo entre sus dedos–. Estos diamantes son excepcionales y tienen un corte muy caro.
–Son cuadrados.
–Oblongos. El corte que tienen se llama “radiante”. Jonas tiene un gusto exquisito.
–Es un loco y un asesino.
–Tienes razón –dijo Katherine dejando el anillo sobre una mesa. Entonces levantó la mirada y Ted contempló ese rostro hermoso que antes lo hipnotizaba. Ahora Katherine estaba tan distinta... más madura, más suave, más dulce... preocupada por los demás en lugar de vivir pensando en sí misma. Y mil veces más deseable–. No empieces a culparte por lo que le sucedió a Miley–dijo con suavidad–. La salvaste de una vida infernal, y ella lo sabe.
–Gracias –dijo Ted en voz baja. Después estiró un brazo sobre el respaldo del sofá, echó atrás la cabeza y cerró los ojos–. ¡Estoy tan cansado, Kathy!
Como si en su cuerpo renaciera un recuerdo sin la aprobación de su mente extenuada, la mano de Ted se curvó sobre el hombro de Katherine y la atrajo hacia sí. Recién cuando la mejilla de ella descansó contra su pecho y Kathy apoyó una mano sobre su brazo, Ted se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Pero le pareció bastante inofensivo.
–Tú y yo tuvimos suerte –susurró ella–. Nos vimos, nos enamoramos, nos casamos. Y después lo arrojamos todo al tache de basura.
–Ya sé. –La pena que percibió en su propia voz lo obligó a abrir los ojos sorprendido y enojado a la vez, y bajó la cabeza para mirarla. Katherine quería que la besara, lo tenía escrito en su rostro–. No –dijo Ted, cerrando los ojos. Ella frotó la mejilla contra su pecho y Ted sintió que su resistencia comenzaba a flaquear–. ¡No sigas! –advirtió–. Porque si no, iré a acostarme al cuarto de al lado. –Katherine se detuvo en el acto, pero no retrocedió enojada ni lo atacó, como él casi hubiera deseado. Minutos antes estaba muerto de cansancio, extenuado; pero en ese momento su cuerpo volvía a la vida y su voz parecía tener voluntad propia–. O te levantas –advirtió sin abrir los ojos–, o te sacas ese anillo que llevas puesto.
–¿Por qué? –preguntó ella en un susurro.
–¡Porque maldito sea si estoy dispuesto a hacerte el amor mientras uses el anillo de otro hombre!
Un diamante de un millón de años, valuado en un cuarto de millón de dólares, rebotó sobre una mesa baja. La voz de Ted fue una mezcla de risa y quejido.
–Kathy, eres la única mujer en el mundo capaz de hacer eso con ese anillo.
–Soy la única mujer en el mundo para ti.
Ted volvió a echar atrás la cabeza y cerró los ojos, tratando de ignorar la verdad de ese comentario, pero su mano ya se curvaba alrededor del cuello de Kathy, sus dedos le levantaban la cara. Abrió los ojos y la miró, recordando el infierno que había sido estar casado con ella... y el vacío que había sido su vida sin ella. También vio una lágrima que temblaba en las pestañas de Katherine.
–Ya sé que lo eres –susurró. Inclinó la cabeza y tocó con la lengua esa lágrima salada.
–Si me das otra oportunidad, te lo demostraré –prometió ella.
–Ya sé que lo harás –susurró Ted, besando una segunda lágrima.
–¿Me darás otra oportunidad?
Ted le levantó la barbilla, la miró a los ojos, y supo que estaba perdido.
–Sí

viernes, 8 de febrero de 2013

Perfecta Cap:52


–En nombre de la tripulación del vuelo 614, queremos agradecerles por haber volado en Aero-México –dijo la azafata–. No olviden –agregó con voz alegre– que es la compañía aérea que los llevó a destino con veinte minutos de adelanto. –Luego su voz se tornó más seria–. Por favor, permanezcan en sus asientos con el cinturón de seguridad ajustado hasta que el avión se haya detenido. Sentada entre Ted y Paúl Richardson, en una de las filas de atrás del avión atestado, Miley aferró con fuerza la mano de su hermano y sintió que se le formaba un nudo en la boca del estómago cuando el avión se detuvo y un ómnibus salió a buscar a los pasajeros desde la terminal. Su corazón empezaba a gritarle que eso no estaba bien, su conciencia le gritaba que había hecho lo correcto y que estaba atrapada sin remedio entre dos fuegos. A su lado, Paúl Richardson notó que empezaba a respirar agitadamente y le tomó la otra mano en una de las suyas.
–Tómalo con calma, querida –dijo en voz baja y tranquilizadora–. Ya casi ha terminado todo. Todas las salidas del aeropuerto están vigiladas.
Miley apartó la mirada de los pasajeros que comenzaban a ponerse de pie y a reunir sus cosas.
–¡No lo puedo hacer! ¡No puedo! ¡Me voy a descomponer!
Paúl le apretó la mano con más fuerza.
–Te falta el aire. Respira hondo.
Miley se obligó a obedecer.
–¡No permitas que nadie lo lastime! –susurró con fiereza–. Me prometiste que no permitirías que nadie lo lastimara.
Paúl se puso de pie y urgió con suavidad a Miley para que lo imitara. Ella apartó el brazo que Paúl trataba de tomarle.
–¡Quiero que me vuelvas a prometer que no permitirás que nadie lo lastime!
–Nadie quiere hacerle daño, Miley –contestó él, como si se dirigiera a una niñita asustada–. Por eso estás aquí. Quisiste asegurarte que nadie le haría daño y yo te dije que habría menos posibilidades de violencia si Jonas te ve y cree que quedarás atrapada en medio de un tumulto. ¿Recuerdas?
Al ver que ella asentía, empezó a avanzar, colocando una mano debajo del codo de Miley.
–Bueno, ya vamos –dijo–. De ahora en adelante, Ted y yo nos quedaremos unos pasos detrás de ti. No tengas miedo. Mi gente está diseminada por toda la terminal y fuera de ella, y tu seguridad es nuestra primera prioridad. Si Jonas empieza a disparar, arriesgarán sus vidas por protegerte.
–Nick jamás me haría daño –aseguró ella con desdén.
–No está bien de la cabeza. Es imposible saber lo que hará si llega a darse cuenta de que lo vendiste. Por eso, suceda lo que suceda, simularás estar de su lado hasta que nos hayamos apoderado de él. ¿Recuerdas que ya conversamos acerca de todo esto? –Se echó atrás cuando estaban por llegar a la puerta del avión–. ¿Lo tienes todo claro?
Miley tuvo ganas de gritar que nada estaba claro, pero se clavó las uñas en las palmas de las manos y de alguna manera logró asentir.
–Muy bien, ahora todo depende de ti –dijo Paúl. La detuvo al llegar a la puerta del avión, le quitó el tapado que llevaba sobre los hombros y se lo colocó sobre el brazo–. Dentro de cinco minutos, todo habrá terminado. No pienses más que en eso... sólo faltan cinco minutos. Y recuerda: no lo busques, deja que él te encuentre a ti.
La observó caminar con lentitud delante de ellos, y cuando se les hubo adelantado algunos metros, él también avanzó, con Ted a su lado. En cuanto se alejaron de la tripulación del avión y estuvo seguro de que no escucharían sus palabras, Ted se volvió con furia hacia él.
–¡No tenías ningún derecho de someterla a todo esto! Tú mismo dijiste que el aeropuerto entero es un hervidero de agentes del FBI y de policías mexicanos. ¡No te hacía falta Miley para poner a descubierto a Jonas!
Paúl se desabrochó la chaqueta y se aflojó la corbata; era la perfecta imagen de un empresario vestido de manera informal, que llegaba a Ciudad de México con un amigo para pasar unos días en los que combinarían negocios y placer. Metió las manos en los bolsillos y le contestó a Ted con una sonrisa tensa.
–-Te consta que ella misma insistió en venir para asegurarse de que nadie le haría daño a Jonas. Le pedí al piloto que ordenara que hubiera un médico en el aeropuerto. El doctor estará a mano para darle un sedante en cuanto todo esto haya pasado.
–Si fueras la mitad de lo inteligente que crees ser, tu gente ya habría apresado a Jonas, y no lo lograron, ¿no es así? Lo averiguaste cuando fuiste a la cabina de control para hablar por radio, ¿no?
La sonrisa de Paúl se hizo más amplia, pero sus palabras fueron ominosas.
–Tienes razón. De alguna manera logró esquivar a mis hombres, o tal vez ni siquiera haya venido. El FBI no tiene jurisdicción en México. Hasta que consigamos tener a Jonas del otro lado de la frontera, lo único que podemos hacer es “cooperar” con la policía mexicana en este operativo, y te aseguro que ellos no son demasiado hábiles para este tipo de cosas.

Temblando desde los dedos de los pies hasta las uñas de las manos, Miley se encaminó, trastabillante, hasta la puerta donde los viajeros eran recibidos por sus familiares y amigos. Buscaba como loca con la mirada a un hombre alto y morocho que suponía debía esperarla cerca de algún grupo de gente alegre. Al no verlo, avanzó algunos pasos hacia la terminal y vaciló, paralizada por una conflictiva mezcla de alivio y de pánico.
–¡Perdón, señorita! –exclamó un mexicano que pasó a su lado con un niño de una mano y una valija en la otra.
–¡Perdón! –dijo otro hombre, después de empujarla con grosería; era muy alto y morocho y tenía la cara vuelta hacia el otro lado.
–¡Nick! –susurró Miley, aterrorizada. Se volvió con rapidez y lo vio correr hacia una verja rodeada de pasajeros que se aprestaban a abordar un avión. Tres mexicanos, que estaban apoyados contra un poste, la miraron fijo, después miraron al hombre, y luego nuevamente a ella. En ese momento Miley vio la cara del morocho alto. No era Nick.

El sistema de altoparlantes del aeropuerto resonaba con fuerza en sus oídos y la ensordecía. «Anunciamos la llegada del vuelo 620, procedente de Los Ángeles en la puerta A-64. El vuelo 1162, procedente de Phoenix llega a la puerta A-2 3. El vuelo...»
Cada vez más temblorosa, Miley levantó una mano para apartarse un mechón de pelo de la cara y empezó a caminar como ciega por la terminal. En ese momento quería que todo sucediera sin que ella tuviera que presenciarlo. Cuatro minutos más. «Si camino rápido, –pensó–, si no miro hacia derecha o izquierda, Nick surgirá desde detrás de un pilar, o en una puerta, y lo arrestarán y todo habrá terminado. Por favor. Dios, te pido que suceda rápido», rogaba en una especie de letanía que pronunciaba al mismo ritmo de sus pasos largos. En la aduana no la habían detenido. No permitas que le hagan daño. Que suceda rápido, continuaba rogando.

Siguió caminando con rapidez, se abrió paso por entre los pasajeros que salían de la atestada puerta de seguridad y, sin acortar el paso, miró la flecha que señalaba la salida de la terminal, hacia donde se dirigió. No permitas que le hagan daño... No permitas que le hagan daño... Por favor, que Nick no esté aquí... rogaba mientras caminaba. Dos minutos más. Delante de sí vio las puertas que conducían a la zona muy iluminada donde esperaban taxis y automóviles particulares, con las luces prendidas. Permite que no esté aquí. Permite que no esté aquí. Permite que no esté aquí. Permite que no esté... aquí.
No estaba allí.
Miley se detuvo en seco, ignorando que la gente la empujaba, ignorando a la multitud que la rodeaba riendo y conversando a los gritos, y que trataba de adelantársele para llegar a la salida. Se volvió con lentitud y miró más allá de Paúl Richardson, que se había detenido y parecía estar conversando con Ted... más allá del grupo de mexicanos alegres que se dirigían hacia ella, más alla. del anciano alto, agachado, de pelo gris que llevaba una valija, y tenía la cabeza inclinada... más allá de la madre con... ¡El anciano! Miley volvió a mirarlo en el preciso instante en que él levantaba la vista y fijaba en ella... sus cálidos y sonrientes ojos dorados.
Lanzando una silenciosa advertencia, Miley dio un paso adelante, dos, y empezó a correr, a abrirse paso entre la multitud, tratando de colocarse entre él y el peligro, en el momento en que una voz de hombre gritaba:
–¡No se mueva, Jonas!
Nick quedó como petrificado. Los hombres lo aferraron y lo arrojaron contra la pared, pero él mantuvo la mirada clavada en Miley, como para advertirle que no se acercara. Entonces se desató un pandemónium. Los pasajeros gritaban, tratando de apartarse del camino de los Federales Mexicanos que corrían hacia adelante, esgrimiendo sus armas. Y en medio de la batahola, Miley se oyó gritar como enloquecida.
–¡No le hagan daño! ¡No le hagan daño! –Paúl Richardson la tomó de un brazo y la obligó a retroceder.
–¡Lo están lastimando! –aulló Miley, haciendo esfuerzos desesperados por ver lo que sucedía más allá de las espaldas de los hombres que se interponían entre ella y Nick–. ¡Lo están lastimando!
–¡Ya pasó todo! –le gritó Paúl al oído, mientras trataba de contenerla y calmarla–. ¡Está bien! ¡Ya pasó todo!
Miley por fin registró las palabras y quedó como petrificada. Incapaz de liberarse ni de apartar la mirada, observó, paralizada de angustia, que Nick estaba rodeado, que lo palpaban de armas bajo la supervisión de un hombre bajo, impecablemente vestido, y de pelo escaso, que parecía haberse hecho cargo del operativo. Sonreía al ver que Nick era zamarreado por los Federales Mexicanos, y Miley lo escuchó decir:
–Ahora iremos a casa, Jonas. Y estaremos juntos durante mucho, mucho tiempo... –Se interrumpió cuando uno de los Federales sacó algo del bolsillo de Nick y se lo tendió–. ¿Qué es eso? –preguntó.
El Federal dejó caer el objeto en la palma de la mano del individuo de baja estatura y Miley se puso tensa al ver la maldad con que él miraba alternadamente lo que tenía en la mano y el rostro de Nick.
–¡Qué tierno! –se burló. De repente se volvió y se acercó a Miley–. Soy Hadley, el director de la Penitenciaría de Amarillo –se presentó. Enseguida le tendió el objeto que tenía en la mano–. Apuesto a que esto era para usted.
Miley no reaccionó, no podía moverse, porque en ese momento Nick la miró y al ver la expresión de sus ojos, tuvo ganas de morir. En silencio, le estaba diciendo que la amaba. Le decía que lo lamentaba. Le decía adiós. Porque todavía creía que los había llevado hasta él accidentalmente.
–¡Tómelo! –ordenó Hadley en un tono horripilante.
Sorprendida, Miley extendió una mano. El objeto que Hadley dejó caer en ella era un delgado anillo de diamantes.
–¡Oh, no! –gimió ella apretándolo contra su pecho mientras las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas–. ¡No, no, no...!
Ignorándola, Hadley se volvió hacia los policías mexicanos.
–Sáquenlo de aquí –ordenó señalando con la cabeza las puertas donde acababan de aparecer docenas de patrulleros. Pero en el momento en que los Federales lo empezaban a sacar a los empujones, Hadley los detuvo–. ¡Un momento! –ordenó. Entonces se dirigió hacia Miley, se detuvo junto a ella y le habló con una sonrisa malvada–. Señorita Mathison, he sido muy grosero. Todavía no le he agradecido su cooperación. Si usted no nos hubiera ayudado a armar toda esta escena, tal vez nunca hubiéramos podido apoderarnos de Jonas.
Nick levantó la cabeza y clavó la mirada en el rostro culpable de Miley. Espantada, ella vio que al principio la miraba con incredulidad. Y luego con odio. Un odio tan profundo que todos los músculos de su rostro se apretaron para formar una máscara de ira. Presa de una explosión de furia, se retorció entre las manos de los policías y se lanzó hacia la puerta.
–¡Sostengan a ese hijo de pu/ta! –gritó Hadley, y su tono de alarma hizo que los Federales empezaran a castigar a Nick con sus varas reglamentarias.
Miley oyó el ruido del golpe de madera contra hueso, vio que Nick caía de rodillas al piso, y cuando los Federales volvieron a levantar las varas para seguir golpeándolo, se volvió loca. Se liberó de las manos de Paúl y se lanzó contra Hadley. Llorando, enloquecida de dolor por el hombre tendido en el piso, rasguñó la cara de Hadley y lo pateó presa de un terrible frenesí, mientras Paúl trataba de impedírselo. Hadley levantó el puño para pegarle, pero lo detuvo la furiosa advertencia de Paúl:
–¡Si la llega a tocar, le arrancaré la laringe, sádico de mie/rda! –Enseguida Paúl levantó la cabeza y le gritó a uno de sus hombres–: ¡Traigan a ese maldito médico de una vez! –luego se volvió hacia Hadley para agregar–: ¡Y usted saque a ese hombre de aquí!
Pero no había ninguna necesidad de que le preocupara la posibilidad de tener que interrumpir otra pelea... Miley se deslizaba lentamente en sus brazos, desmayada.

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Perfecta Cap:51


–Has tenido una idea maravillosa al invitarnos a todos a comer –le dijo la señora Mathison a Miley mientras se ponía de pie para ayudarla a levantar la mesa–. No deberíamos esperar que se presenten ocasiones especiales para comer todos juntos, como hacemos por lo general –agregó.
Miley levantó los vasos y le sonrió a su madre. Era una ocasión especial: la última noche que pasaría con ellos en toda su vida, porque a la mañana siguiente iría a reunirse con Nick.
–¿Estás segura de que no quieres que Carl y yo nos quedemos a ayudarte a poner todo en orden? –preguntó Sara mientras Carl la ayudaba a ponerse el abrigo–. Carl tiene que trabajar un poco en el proyecto del centro recreativo, pero eso podría esperar otra media hora.
–No, no puede esperar –contestó Miley, abrazando primero a Sara y luego a Carl. Los sostuvo a ambos un poco más de lo necesario y luego les besó las mejillas. Porque ése era el adiós definitivo.
–Cuídense –les recomendó a ambos en un susurro.
–Sólo vivimos a dos kilómetros de aquí –señaló Carl con sequedad. Miley los observó alejarse caminando por la vereda, y trató de grabar ese momento en su memoria; luego se volvió y cerró la puerta. Ted y su padre se habían instalado en el living para ver el noticiario y Katherine ayudaba a levantar la mesa.
–¡Sara es una chica tan dulce! –comentó la señora Mathison cuando quedó a solas con Miley en la cocina–. Ella y Carl hacen una buena pareja y son muy felices. –Entonces miró sobre el hombro hacia el comedor, donde Katherine estaba juntando los platos sucios y comentó en un susurro–: Creo que Ted y Katherine han vuelto a encontrarse, ¿no te parece? Cuando se casaron, Katherine era demasiado joven, pero ahora ha madurado. Ted estaba muy enamorado de ella; creo que nunca ha superado ese sentimiento.
Miley sonrió con expresión sombría mientras cargaba los platos en el lavavajilla.
–No te ilusiones demasiado. Esta noche no fue Ted quien invitó a Katherine, sino yo. Él todavía sigue saliendo con Grace Halvers... Supongo que es su manera de luchar contra lo que siente por Katherine.
–¿Te pasa algo, Miley? Esta noche estás rara. Pareces preocupada.
Miley tomó un trapo rejilla, fijó en su rostro una sonrisa brillante y empezó a lavar la piscina.
–¿Por qué lo dices?
–Para empezar, porque has dejado la canilla abierta, los platos todavía no están lavados y te has puesto a limpiar las mesadas y el fregadero. Siempre fuiste una chica prolija, Miley –bromeó, mientras Miley dejaba el trapo rejilla y volvía a su tarea anterior–. Todavía sigues pensando en Nicholas Jonas, ¿no es cierto?
Era una oportunidad maravillosa para preparar a su madre para lo que leería en la carta que les dejaba, y Miley decidió aprovecharla.
–¿Qué dirías si te confesara que me enamoré de él en Colorado?
–Diría que es una cosa insensata, dolorosa y tonta y que no te aconsejaría dar alas a ese sentimiento.
–¿Y si no lo puedo evitar?
–Te recomendaría el remedio del tiempo, mi amor. Eso cura cualquier cosa. Después de todo, sólo lo conociste por una semana. ¿Por qué en cambio no te enamoras de Paúl Richardson? –propuso medio en broma–. Él tiene un buen trabajo y está loco por tí... Hasta tu padre se ha dado cuenta.

Miley comprendió que tanto la conversación acerca de Paúl como la tarea de lavar los platos significaban perder el poco tiempo que le quedaba con su familia. Hizo a un lado el trapo rejilla.
–¿Por qué no vamos al living? –propuso guiando hacia allí a su madre–. Más tarde terminaré de limpiar la cocina. ¿Alguien quiere algo más? –preguntó en voz alta.
–Sí –contestó Ted–. Café.
Katherine, que acababa de entrar en la cocina para ayudar a lavar la vajilla, abrió un armario para sacar tazas y platos, pero Miley la miró y meneó la cabeza.
–Ve a conversar con Ted. En cuanto esté listo, yo serviré el café.
En el momento en que se encaminaba al living con una bandeja cargada de tazas, oyó que su padre decía con voz sibilante:
–Apaga ese televisor, Ted. ¡No tiene ningún sentido que Miley oiga eso!
–¿Qué es lo que no quieren que oiga? –preguntó Miley, deteniéndose aterrorizada mientras Ted corría hacia el televisor–. ¡No lo apagues, Ted! –advirtió, instintivamente convencida de que debía tratarse de algo referente a Nick–. Han apresado a Nick, ¿verdad? –preguntó, temblando tanto que las tazas comenzaron a entrechocarse–. ¡Contéstenme! –exclamó, mirando las caras horrorizadas de sus familiares.
–No, no lo apresaron –dijo Ted con tono sarcástico–, pero él acaba de conseguirse otra víctima.
–Mientras Ted hablaba terminó el aviso de televisión y Miley vio que sacaban una camilla de una casa, con el cuerpo cubierto por una sábana blanca, mientras la voz del locutor resonaba amenazante en el cuarto.
«Repetimos la noticia de último momento: Tony Austin, quien protagonizó la película Destino, justo con Nicholas Jonas y Rachel Evans, fue hallado muerto en el día de hoy en su casa de Los Ángeles, a raíz de un disparo que recibió en el pecho. Los informes preliminares indican que la bala que le causó el deceso era de punta hueca, similar a la que mató a Rachel Evans, la esposa de Nicholas Jonas. El médico forense ha fijado la hora de la muerte aproximadamente a las veintidós de anoche. Oficiales de policía de Orange County han confirmado que Austin informó haber recibido anoche un llamado amenazador de Nicholas Jonas, y que se cree que Jonas fue visto más temprano en los alrededores de la casa del crimen. Otros integrantes del elenco y del equipo técnico de Destino también recibieron llamados amenazadores de Jonas y se les ha advertido que tomen extremadas precauciones...»

Las siguientes palabras del locutor fueron ahogadas por el ruido ensordecedor de tazas y platos de porcelana al romperse. Miley acababa de dejar caer la bandeja y se cubría la cara con las manos, en un intento de borrar de su memoria la imagen de ese cuerpo cubierto por una sábana y de la voz fría de Nick cuando le dijo:
«Deja a Austin por mi cuenta. Hay otras maneras de encargarse de él».

–¡Miley! –exclamaron todos, pero ella retrocedió mirando ciegamente a su madre y a Katherine, que se inclinaban a recoger la vajilla rota, y a Ted y su padre, quienes la miraban consternados y con expresión de alarma.
–¡Por favor! –dijo con voz ahogada–. En este momento necesito estar sola. Papá, por favor lleva a mamá a casa. –Hacía un esfuerzo enorme por controlar su histeria–. No conviene que se angustie por mí. Le subirá la presión.
Se volvió para encaminarse a su dormitorio, cerró la puerta tras ella y se sentó en la oscuridad. Oyó que en alguna parte de la casa sonaba la campanilla del teléfono, pero lo que resonaba en el interior de su cabeza era la voz de la señora Stanhope.
«Nicholas mató a su propio hermano, y mató a su esposa. En sus películas, interpretaba a hombres que asesinaban sin necesidad y luego escapaban a las consecuencias porque eran “héroes”... Él ya no puede distinguir la realidad de la fantasía... Nicholas está loco».
«Si hubiera recibido ayuda psiquiátrica, Rachel Evans no estaría en su tumba... Entregúelo por su propio bien. En caso contrario, algún día habrá otra víctima y, durante el resto de su existencia, usted cargará con el mismo peso de culpa que yo debo soportar...»
El rostro famoso y carismático de Tony Austin flotaba ante los ojos de Miley, con su sonrisa querible y fascinante. No volvería a sonreír. Estaba muerto, lo mismo que Rachel Evans y Justin Stanhope. Asesinado.
Escuchó la advertencia de Matt Farrell:
«También descubrimos pruebas que señalan a Diana Copeland... a Emily McDaniels... a Tommy Newton».

Miley abrió el cajón de la mesa de luz y sacó la carta de Nick. La apretó contra su pecho, pero no era necesario que la leyera, se la sabía de memoria, palabra por palabra. Se envolvió el vientre con los brazos, se inclinó y empezó a mecerse hacia atrás y hacia adelante, con la carta apretada contra el corazón, en una agonía sin lágrimas, mientras en silencio pronunciaba el nombre de Nick en la oscuridad.
Las voces ahogadas que llegaban del living poco a poco la arrancaron del abismo en que se encontraba, donde no existía nada para ella, salvo el tormento de ese momento. Voces que la obligaron a ponerse lentamente de pie. Voces de gente que debía saber... ayudar... decirle...
En el momento en que Miley entró en el living, con el cuerpo tieso como si fuera de madera y aferrando en la mano la carta que pensaba dejarles, el reverendo Mathison interrumpió la conversación que mantenía con Ted y Katherine.
–Envié a mamá a casa –explicó su padre. Miley asintió, muy tensa, y se aclaró la garganta.
–Me alegro –contestó. Durante algunos instantes permaneció retorciendo entre sus manos la carta que les había escrito. Después se la tendió. El reverendo Mathison la tomó y la abrió para leerla–. Yo... mañana pensaba reunirme con él.
Ted le clavó la mirada, entrecerrando los ojos con furiosa desaprobación.
–Es la verdad –dijo Miley antes de que él pudiera hablar. Notó que su hermano se le acercaba, pero dio un paso atrás para esquivarlo–. ¡No me toques! –advirtió histérica, aferrando el respaldo de una silla–. ¡No me toques! –Apartó la mirada para clavarla en el rostro sombrío y dolido de su padre. Lo vio terminar de leer la carta, dejarla sobre la mesa y ponerse de pie–. ¡Ayúdame! –le suplicó con voz entrecortada–. ¡Por favor, ayúdame! Tú siempre sabes lo que está bien. Yo tengo que hacer lo correcto. ¡Por favor, que alguien me ayude! –suplicó mirando a Katherine, que parpadeaba para contener las lágrimas, y luego a Ted.
De repente sintió que su padre la abrazaba y se aferró a él con fuerza. El reverendo Mathison le acarició la espalda como solía hacer cuando era chica y lloraba porque se había lastimado.
–Ya sabes lo que tienes que hacer –dijo con voz áspera–. Ese hombre debe ser apresado y detenido. Ted –dijo, no pudiendo ocultar el impacto que acababa de recibir–, tú eres el abogado. ¿Cuál es la mejor manera de manejar este asunto sin seguir incriminando a Miley?
Ted permaneció algunos instantes pensativo.
–Nuestro mejor recurso es Paúl Richardson. Podría llamarlo e intentar hacer un trato con él. Miley le entrega a Jonas a cambio de que él no la acuse. De que no se hagan preguntas.
La palabra preguntas sacó a Miley de su torturado estupor. Con voz alarmada, advirtió:
–¡Dile a Paúl que me niego a contestar preguntas acerca de la manera en que me enteré del paradero de Nick! –Pensó en Liam y en Demi Farrell y en el alegre hombrecito que le había traído el auto... todos leales a un hombre que había traicionado la confianza que depositaron en él, porque estaba enfermo. Porque no lo podía evitar–. Si lo llamas –dijo, tratando de hablar con tranquilidad–, es necesario que acepte que le diga exclusivamente dónde estará Nick mañana a la noche. No estoy dispuesta a involucrar a nadie más en esto. ¡Y lo digo en serio!
–¡Estás hundida hasta el cuello en una intriga ilegal y te preocupas por proteger a algún otro! –ladró Ted–. ¿Te das cuenta de lo que podría hacerte Richardson? ¡Podría sacarte de aquí esposada esta misma noche!
Miley iba a contestarle, pero comprendió que ya prácticamente no se podía contener, de manera que en lugar de hablar con su hermano, giró sobre sus talones. Entró en la cocina y se dejó caer en una silla, lo más lejos posible de ese teléfono por el que harían el llamado que traicionaría a su amante. Estremecida por sollozos silenciosos, se cubrió la cara con las manos, y las lágrimas contra las que luchaba empezaron a correr a torrentes por sus mejillas.
–¡Lo siento, querido! –sollozó con voz entrecortada–. ¡Lo siento tanto...!
Instantes después, Katherine le puso un pañuelo en las manos y se sentó a su lado, para brindarle un apoyo silencioso.
Para cuando Ted entró en la cocina, Miley había conseguido recuperar en parte su control.
–Richardson está dispuesto a hacer el trato –informó–. Estará aquí dentro de tres horas. –Se volvió cuando empezó a sonar el teléfono de la cocina y arrancó el tubo de su horquilla–. Sí –dijo–, está aquí, pero no atiende llamados... –Frunció el entrecejo, hizo una pausa, tapó con la mano el tubo y le dijo a Miley–: Es una persona que dice llamarse Margareth Stanhope. Asegura que es urgente.
Miley asintió, tragó con fuerza y extendió la mano para que Ted le pasara el tubo.
–¿Ha llamado para regodearse, señora Stanhope? –preguntó con amargura.
–No –contestó la abuela de Nick–. He llamado para pedirle, para suplicarle, que si sabe dónde está, lo entregue antes de que asesine a otro inocente.
–¡Se llama Nick! –exclamó Miley con furia–. ¡No siga evitando pronunciar el nombre de su propio nieto!
La anciana respiró con fuerza y cuando habló, su voz era casi tan atormentada como la de Miley.
–Si sabe dónde está Nick –suplicó–, si sabe dónde está mi nieto –agregó–, ¡por favor, por amor de Dios, deténgalo!
La animosidad de Miley se esfumó al oír el tono angustiado de esa voz orgullosa.
–Lo haré –susurró.