miércoles, 23 de enero de 2013

Perfecta Cap:41

–¡No puedo creer que tengamos que pasar por esto para tener un poco de paz e intimidad! –exclamó Miley, exasperada, cuando esa tarde se vio obligada a salir de la casa de sus padres en el patrullero de Ted, con las luces titilantes y la sirena ululante, pero pese a todo perseguidos por los periodistas. Al cruzar la calle principal vio una pancarta que decía “Bienvenida a casa, Miley” –.¿Cómo voy a reanudar mis clases el lunes? Hoy, cuando fui a casa, los reporteros por poco me ahogaron. Cuando conseguí entrar, el teléfono no dejó de llamar ni un solo instante. Flossie y Ada Eldridge están en el séptimo cielo con tanta excitación y tantos chismes para contar sobre la casa vecina –agregó con cansancio.
–Hace doce horas que has vuelto y todavía no has hecho una declaración –dijo Ted, observando por el espejo retrovisor la fila de autos que los seguían.
Doce horas, pensó Miley. Doce horas sin un instante libre para pensar en Nick, para repasar sus recuerdos agridulces, para recuperar fuerzas, para tratar de poner en orden sus pensamientos. Había dormido mal, y cuando se levantó, los agentes del FBI ya la esperaban para seguir interrogándola, y el interrogatorio siguió hasta hacía dos horas. Katherine llamó para sugerir que Miley fuera a su casa, y hacia allí se dirigían, pero Miley tenía la incómoda sensación de que, en cuanto llegaran, Ted y Carl pensaban hacerle preguntas que no quisieron formular delante de sus padres.
–¿No puedes librarte de esos periodistas? –preguntó, enojada–. Deben de ser como cien, y supongo que estarán violando alguna ordenanza municipal.
–El mayor Addleson dice que, ahora que se ha corrido la voz de que estás de vuelta, llegan a tribunales en bandadas y exigen que hagas una declaración. Están aprovechando a fondo las libertades que les concede la primera enmienda, pero que yo sepa no están violando ninguna ordenanza municipal.
Miley miró hacia atrás y notó que casi todos los autos que los seguían se mantenían a una distancia constante con el patrullero de Ted.
–Estaciona el auto junto al cordón de la vereda y hazles multas por exceso de velocidad. Nosotros viajamos a ciento treinta y cinco kilómetros por hora, y ellos también. Ted –agregó, sintiéndose de repente muerta de cansancio–, no sé cómo voy a conservar la cordura si la gente no me deja un rato en paz para que pueda pensar y descansar.
–Ya que vas a pasar la noche en lo de Katherine, tendrás tiempo más que suficiente para dormir y descansar después de que Carl y yo hayamos oído lo que tengas que decirnos.
–Si lo que tú y Carl pretenden es hacerme otro interrogatorio, te advierto que no estoy en condiciones de soportarlo –aclaró, atemorizada ante esa indicación de que sus hermanos querían más respuestas que las que habían oído la noche anterior.
–¡Estás metida hasta las orejas en esto! –dijo Ted en un tono que jamás había usado con ella–. Yo lo sé y Carl también. Y posiblemente también Ingram y Richardson. Decidí que conversáramos en lo de Katherine, porque vive en la única casa de Keaton con verjas eléctricas, y un muro alto que mantendrá a raya a los periodistas.
Mientras hablaba, dobló abruptamente y se internó en el camino de entrada de la mansión de los Cahill, cuyas verjas eléctricas controladas desde la casa por una cámara de control remoto, ya se estaban abriendo para darles paso. Detrás de ellos, los autos cargados de periodistas siguieron derecho, pero Miley estaba demasiado angustiada por la actitud de Ted como para sentirse aliviada. El Blazer de Carl ya estaba estacionado frente a la puerta de la casa. Cuando Miley se disponía a bajar del auto, Ted la contuvo con un brazo.
–Creo que será mejor que conversemos un poco en privado. –Se volvió hacia ella y apoyó un brazo sobre el respaldo del asiento–. Como tu abogado, no pueden obligarme a repetir nada de lo que me digas. Carl no posee esa inmunidad, y Katherine menos.
–¿Abogado? ¿Ya te recibiste?
–Todavía no sé si aprobé el último examen –contestó Ted, cortante–. Pero supongamos que sí, y por ahora consideremos que la falta de notificación no es más que un tecnicismo.
Miley sintió un frío que no tenía ninguna relación con el hecho de que él hubiera apagado el motor del auto.
–No necesito un abogado.
–Creo que lo necesitarás.
–¿Por qué?
–Porque anoche no dijiste toda la verdad. No sabes mentir, Miley, sin duda por falta de experiencia. Y no sigas mirándome así. Estoy tratando de ayudarte.
Miley metió las manos dentro de las mangas de su abrigo y se quedó observando una motita de polvo que tenía en la falda.
–Bueno, adelante –ordenó Ted–. Cuéntame lo que no le dijiste al FBI.
Ella había querido tanto y durante tanto tiempo a ese hermano, que le espantaba la posibilidad de su desaprobación, pero levantó la barbilla y lo miró a los ojos.
–¿Me das tu palabra de honor de que jamás le repetirás a nadie lo que te voy a decir?
La insistencia de Miley en ese punto hizo que Ted maldijera en voz baja.
–Estás metida en esto más de lo que yo creía, ¿verdad?
–No sé qué creíste, Ted. ¿Tengo o no tu palabra de honor?
–¡Por supuesto que tienes mi palabra! –dijo con un tono casi salvaje–. ¡Yo cruzaría el infierno por ti, Miley, y lo sabes! ¡Y Carl también!
Miley trató de controlar el vuelco que dio su corazón al oír esas palabras, pero recordó su promesa de no volver a llorar y respiró hondo.
–Gracias.
–¡No me agradezcas, simplemente habíame! ¿En qué le mentiste anoche al FBI?
–No tenía los ojos vendados. Sabría encontrar esa casa de Colorado.
Notó el esfuerzo que hacía Ted para no demostrar ninguna reacción.
–¿Y qué más?
–Eso es todo.
–¿Qué?
–Es en lo único que mentí.
–¿Y en qué mentiste por omisión? ¿Qué dejaste de decir?
–Nada que no sea exclusivamente asunto mío.
–¡No juegues con tu abogado! ¿Qué fue lo que no dijiste? Tengo que saberlo para protegerte o buscar un abogado con experiencia para que lo haga, en el caso de que sea demasiado difícil para mí.
–¿Estás tratando de averiguar si me acosté con él? –retrucó Miley, y su cansancio y extenuación de repente se convirtieron en enojo–. Porque si es así, no me vengas con jueguitos, como lo hace Richardson. ¡Simplemente pregúntamelo!
–No ataques a Richardson –advirtió Ted–. Él es el único que ha impedido que Ingram te lea tus derechos antes de arrestarte. Ingram sabe que ocultas algo, tal vez mucho, pero Richardson está tan fascinado por ti que permite que lo envuelvas alrededor de tu dedo meñique.
–¡Richardson es un grosero!
–Se ve que no comprendes el efecto que tienes sobre los hombres. Richardson está frustrado –aseguró Ted–, y enamorado como un loco. ¡Pobre tipo!
–Gracias –dijo Miley.
–¿Vamos a seguir discutiendo como dos adolescentes, o me vas a decir qué otra cosa le ocultaste al FBI?
–¿Se te ha ocurrido que es posible que tenga derecho a cierta intimidad y dignidad... ?
–Si quieres tener dignidad, no te acuestes con convictos.
Miley tuvo la sensación de que Ted acababa de pegarle un puñ/etazo en la boca del estómago. Sin decir una sola palabra, bajó del auto y pegó un portazo. Cuando estaba por tocar el timbre, Ted la contuvo.
–¿Qué demonios crees que estás haciendo?
–Ya te he dicho lo único en que mentí y que, si se supiera, podría causarme un problema legal–dijo Miley, oprimiendo el timbre con fuerza–. Ahora les diré al mismo tiempo a Carl y a ti lo que te mueres por saber. Después de eso, ya no hay más que decir.
Carl les abrió la puerta y Miley pasó a su lado, rumbo al vestíbulo, y enseguida se volvió. Sin prestar la menor atención a Katherine que se acercaba por la escalera, miró a su sorprendido hermano mayor y dijo con amargura:
–Ted me ha dicho que ustedes dos suponen que he mentido acerca de todo. Me ha dicho que si quiero tener dignidad e intimidad no debería “acostarme” con convictos, ¡y estoy segura de que tiene razón! Así que aquí tienen toda la verdad: le dije al FBI que Nick no abusó físicamente de mí de ninguna manera, ¡y no lo hizo! Arriesgó su vida por salvar la mía, y ni siquiera ustedes dos, que obviamente lo desprecian a pesar de todo lo que he dicho, pueden convertir eso en un “abuso”. No me lastimó. No me violó. Yo me acosté con él. ¡Me acosté con él, y lo hubiera seguido haciendo durante el resto de mi vida si él lo hubiera querido! ¿Ahora están satisfechos? ¿Eso les basta? Espero que sí, ¡porque era lo único que me faltaba decirles! ¡No sé dónde está Nick! ¡Ignoro hacia dónde se dirige! ¡Ojalá lo supiera... !
Carl la tomó en sus brazos y miró a Ted con furia.
–¿Qué diablos te pasa, para haberla angustiado de esta manera?
Ted estaba tan sorprendido, que hasta miró a su ex mujer en busca de apoyo, pero Katherine sólo meneó la cabeza.
–La especialidad de Ted es hacer llorar a las mujeres que lo quieren. No lo hace a propósito; lo que pasa es que no nos puede perdonar si quebrantamos sus reglas. Justamente por eso es policía, y por eso será abogado. Le gustan las reglas. ¡Adora las reglas! –Tomó a Miley del brazo–. Ven conmigo a la biblioteca, Miley. Estás extenuada, cosa que ninguno de tus dos hermanos parece comprender.
Mientras caminaban tras ellas, Ted miró furioso a Carl.
–No quise angustiarla, ¡sólo le dije que no me ocultara nada!
–¡Podrías haberlo hecho con un poco de tacto, en lugar de interrogarla y hacerla sentir una perdida! –contestó Carl, también furioso.
Miley se desplomó en un sillón y miró con sorpresa y un poco de sensación de culpa esa reunión familiar sin precedentes que de repente tenía a su amiga como líder.
–¡Ustedes dos son unos caraduras al tratar de inmiscuirse en la vida privada de Miley y pretender juzgarla! –informó Katherine con enojo mientras marchaba hacia el bar de caoba y servía cuatro vasos de vino–. ¡Que hipocresía tan monumental! Ella tal vez suponga que los dos son unos santos, porque es lo que siempre le hicieron creer, pero yo sé que no es así. –Tomó el vaso de Miley y el suyo y dejó los otros dos sobre el bar–. Ted: tú me desnudaste en este mismo cuarto antes de que hubiéramos tenido una sola cita juntos, ¡y en esa época yo sólo tenía diecinueve años!

De manera automática Miley aceptó el vaso de vino que su ex cuñada le ofrecía, mientras Katherine señalaba el sofá y agregaba furiosa:
–¡Me desnudaste y me hiciste el amor en ese sofá! Y creo recordar que te sorprendiste y te alegraste al descubrir que todavía era virgen. Una hora después me volviste a hacer el amor en la piscina, y después...
–Lo recuerdo –interrumpió Ted, acercándose al bar para tomar los otros dos vasos de vino. Le entregó uno a Carl–. A menos que me equivoque, en menos de diez segundos vas a necesitar esto. –Katherine confirmó su vaticinio y se volvió hacia el hermano mayor de Miley.
–En cuanto a ti, Carl, ¡estás lejos de ser un santo!
–Deja a mi mujer fuera de esto –advirtió él.
–Ni siquiera pensaba mencionar a Sara –contestó Katherine con frialdad–. Estaba pensando en Ellen Richter y en Liza Bartiesman, cuando estabas en el último año del secundario. Y después, cuando tenías diecinueve años, fue Kaye Summerfield y...

La risa horrorizada y suplicante de Miley los obligó a volverse a mirarla.
–¡Basta! ¡Por favor! –agregó, entre divertida y extenuada–. No sigan. Esta noche ya hemos arruinado demasiadas ilusiones de unos con respecto a los otros.
Ted se volvió hacia Katherine y levantó su vaso en un irónico brindis.
–Como siempre, Katherine, has conseguido criticar y avergonzar a todos los demás, mientras tú te conservas limpia de culpa y cargo.
Katherine perdió por completo su actitud de antagonismo.
–En realidad, yo soy la que debería estar más avergonzada.
–¿Por haberte rebajado a acostarte conmigo, supongo? –preguntó Ted con aburrida indiferencia.
–No –contestó ella en voz baja.
–¿Entonces por qué? –preguntó Ted.
–Tú conoces la respuesta.
–¿Supongo que no será porque nuestro matrimonio haya fracasado?
–No, porque yo fui la causante de que fracasara.
Ted apretó la mandíbula mientras rechazaba con enojo esa suave y sorprendente admisión.
–Y de todos modos, ¿qué estás haciendo en Keaton? –preguntó.
Katherine se acercó al bar y empezó a descorchar una segunda botella de Chardonnay.
–Spencer dice que tengo una necesidad subconsciente de estar un tiempo aquí antes de casarme con él, y que necesito enfrentar toda la censura que desperté al huir cuando nuestro matrimonio se fue al diablo. Dice que es la única manera en que podré recuperar el respeto por mí misma.
Para sorpresa de Ted, su tempestuosa ex mujer lanzó una carcajada contagiosa en el momento de volverse y levantar su vaso para brindar con él.
–¿Qué te hace tanta gracia? –preguntó Ted.
–Spencer –contestó Katherine–. Siempre me ha hecho acordar de ti...
Miley hizo a un lado el vaso de vino que no había tocado y se puso de pie.
–Tendrán que continuar la discusión sin tenerme como referte. Me voy a la cama. Tengo que dormir un poco.

Miley se puso la bata de cama que Katherine le había prestado y bajó silenciosamente la escalera. Encontró a su amiga en la biblioteca, viendo el noticiario de las diez.
–No esperaba verte hasta mañana –dijo Katherine con una sonrisa, poniéndose de pie–. Pero, por si acaso, te preparé una bandeja con comida. Iré a traerla.
–¿Hubo algo importante en las noticias? –preguntó Miley incapaz de disimular el miedo que se le notaba en la voz.
–Nada acerca de Nicholas Jonas –la tranquilizó Katherine–. Pero te advierto que tú eres el tema principal tanto en los boletines locales como en los nacionales. Me refiero a la noticia de que has regresado del cautiverio, aparentemente a salvo y sin haber sufrido daño.
Cuando Miley le quitó importancia, encogiéndose de hombros, Katherine puso las manos en jarras y la miró sonriente.
–¿Tienes idea de lo famosa que te has vuelto?
–Yo diría más bien que me he vuelto notoria –corrigió Miley, con su habitual tono amistoso y sintiéndose mejor que en ningún otro momento de los últimos dos días.
Katherine señaló con la cabeza la pila de diarios y revistas que había sobre una mesa, cerca del sillón que ocupaba Miley.
–Los guardé para ti, por si querías recortarlos y hacer un álbum o algo por el estilo. Míralos mientras yo voy a buscar la bandeja. ¿O ya los has visto?
–Hace una semana que no veo un diario ni una revista –confesó Miley, tomando un semanario que estaba sobre la pila y volviéndola para ver la tapa–. ¡Oh, Dios! –exclamó entre enojada y risueña al ver su rostro en la tapa de Newsweek debajo de un titular que decía: “Miley Mathison, ¿socia o rehén?”. La hizo a un lado y revisó el resto, sorprendida al ver su fotografía en la primera plana de diarios y revistas de todo el país.
Katherine regresó con una bandeja que depositó frente a ella, en una mesita.
–Toda la ciudad no hace más que hablar de ti –aseguró Katherine–. El mayor Addleson escribió un editorial para el Keaton Crier en el que nos recuerda que a pesar de todo lo que puedan llegar a decir de ti los grandes diarios, aquí nosotros te conocemos y sabemos que nunca te “enredarías” con un criminal como Nicholas Jonas. Creo que ésas fueron sus exactas palabras.

Miley sonrió e hizo a un lado el diario.
–Pero tú sabes que no es así. Como me oíste decirles a Ted y a Carl, me “enredé” con él.
–En ese momento, Addieson refutaba la declaración del camionero que afirmaba que estabas colaborando en la huida de Jonas... jugueteando en la nieve y todo eso. Miley –dijo, vacilante– ¿quieres hablarme sobre... él?
Al mirar a su amiga, Miley recordó las confidencias que habían intercambiado a lo largo de los años. Tenían la misma edad y se hicieron íntimas casi desde el momento en que Ted las presentó. Cuando el matrimonio de Katherine y Ted se disolvió, Katherine volvió a la universidad y luego se fue a vivir a Dallas. Hasta ese momento, se había negado terminantemente a regresar a Keaton, pero ante su insistencia, Miley la había ido a visitar con frecuencia a Dallas. Y esa amistad tan especial que había entre ambas de alguna manera sobrevivió al tiempo y a la separación, y seguía siendo tan vital y natural como siempre.
–Creo que necesito hablar de él –confesó Miley, después de un momento de silencio–. Tal vez así consiga sacármelo de adentro y vuelva a poder pensar en el futuro. –Y habiendo dicho eso, alzó las manos en un gesto indefenso y admitió–: Ni siquiera sé cómo empezar.
Katherine se instaló en el sofá, como si tuviera toda la vida por delante, y le sugirió un punto de partida.
–¿Cómo es Nicholas Jonas en la vida real?
–¿Cómo es? –repitió Miley. Permaneció algunos instantes pensativa, tratando de encontrar una manera de definirlo–. Es duro, Katherine. Muy duro. Pero también es tierno. A veces me dolía la dulzura de las cosas que hacía y decía. –Trató de aclarar con ejemplos lo que decía–. Durante los primeros dos días, creí que sería capaz de matarme si lo desafiaba. Al tercer día conseguí huir en un snowcat que encontré en el garaje...
Tres horas después Miley terminó su historia, habiéndole contado casi todo a Katherine, con excepción de los momentos íntimos, que no trató de ocultar, pero de los que tampoco habló en detalle.
Katherine la escuchó absorta, interrumpiendo sólo para hacer preguntas que le clarificarían la situación. Rió de las cosas divertidas, quedó estupefacta de los celos de Nick por Patrick Swayze, y en otros momentos frunció el entrecejo, a veces en actitud comprensiva, otras con desaprobación.
–¡Que historia! –exclamó cuando Miley terminó de hablar–. Si no fueras tú la que me la cuenta, no creería una sola palabra. ¿Alguna vez te comenté que tuve un feroz enamoramiento de Nicholas Jonas? Después sólo pensé en él como en un asesino. Pero ahora... –Se interrumpió como si no pudiera expresar sus ideas con palabras–. No me sorprende que no puedas dejar de pensar en él. Quiero decir que es una historia que no tiene final, que de alguna manera ha quedado allí colgando, sin terminar. Si Nick es inocente, se supone que la historia tendrá un final feliz y que el verdadero asesino irá a la cárcel. El bueno de la historia no debe pasar el resto de su vida perseguido como un animal salvaje.
–Por desgracia ésta es una historia de la vida real, no una película –aclaró Miley con tono sombrío–. Y así terminará esta historia.
–Sigue siendo un mal final –insistió Katherine–. ¿Y en eso acaba? –Refiriéndose a lo último que Miley le había contado, resumió–: Ayer, al amanecer, se levantaron, él te acompañó al auto y te fuiste. ¿Eso es todo?

lunes, 21 de enero de 2013

Perfecta Cap:40

El motor del Blazer estaba en marcha, y del caño de escape surgía un vapor espeso que se perdía en el aire gélido del amanecer. Miley y Nick estaban de pie junto al auto.
–El informe meteorológico no anuncia nevadas –dijo Nick, levantando la mirada para observar el leve rosado que teñía el cielo. Colocó un termo lleno de café sobre el asiento del pasajero. Miró a Miley con expresión seria–. Creo que tendrás el camino libre de nieve hasta Texas.
Miley conocía las reglas de esa separación, porque él se las había aclarado esa mañana –nada de lágrimas ni de lamentos– y hacía enormes esfuerzos por conservar una aparente compostura.
–Manejaré con cuidado.
–No corras –recomendó él. Extendió la mano, le subió más el cierre de la campera y después le levantó el cuello hasta el mentón. Ese simple gesto estuvo a punto de hacerla llorar–. Manejas demasiado rápido.
–Te prometo que no correré.
–Trata de alejarte todo lo posible de aquí sin que te reconozcan –le volvió a recordar Nick. Enseguida le quitó de la mano los anteojos oscuros y se los puso–. Una vez que hayas cruzado la frontera de Oklahoma, entra en la primera playa de estacionamiento que encuentres. Permanece fuera de la vista de todo el mundo durante quince minutos, y después encamínate al teléfono público y llama a tu familia. Los federales estarán escuchando la conversación, de manera que trata de simular que estás nerviosa y confusa. Diles que te dejé en la playa de estacionamiento, acostada en el piso del auto, con los ojos vendados, que desaparecí y que por lo tanto estás libre. Diles que te diriges a tu casa. Y cuando llegues, no te apartes de la verdad.
Él había llevado una bufanda de la casa, anudada como si hubiera estado atada alrededor de la cabeza de Miley, y la echó dentro del auto. Miley asintió y tragó con fuerza porque ya no quedaba nada que hacer o decir... por lo menos nada que Nick quisiera oír.
–¿Alguna pregunta? –dijo él. Miley meneó la cabeza–. Muy bien, ahora dame un beso de despedida.
Miley se puso en puntas de pie para besarlo y se sorprendió cuando Nick la abrazó con fuerza inusitada, pero su beso fue breve. Luego la alejó de sí.
–Ya es hora.
Miley asintió, pero no se pudo mover y claudicó en su resolución de no hacer ninguna escena desagradable.
–Me escribirás, ¿verdad?
–No.
–Pero por lo menos podrías hacerme saber cómo estás –insistió ella con desesperación–, aunque no puedas decirme dónde te encuentras. ¡Tengo que saber si estás a salvo! Tú mismo dijiste que no vigilarán mucho tiempo mi correspondencia.
–Si me apresan, te enterarás enseguida por los noticiarios. Si no, sabrás que estoy a salvo.
–¿Pero por qué no puedes escribirme? –explotó ella, y de inmediato lo lamentó al ver la cara pétrea de Nick.
–¡Nada de cartas, Miley Hoy, en el instante en que te vayas de aquí, todo habrá terminado. Lo nuestro habrá terminado. –Las palabras le dolieron como latigazos, aunque no había maldad alguna en el tono de Nick–. Mañana por la mañana, reanudarás tu antigua vida en el punto en que la dejaste. Simula que nada de esto sucedió, y lo olvidarás en pocas semanas.
––Tal vez tú puedas olvidar, pero yo no –dijo Miley, odiando el tono plañidero y lacrimógeno de su voz. Meneó la cabeza como para negar lo que acababa de decir y se volvió hacia el auto, secándose con furia las lágrimas–. Me voy antes de seguir comportándome como una tonta –dijo con voz ahogada.
–¡No! –exclamó él, y le tomó un brazo para detenerla–. ¡Así no! –Miley lo miró a los ojos y por primera vez no estuvo tan segura de que a él le resultara fácil esa despedida. Nick apoyó una mano contra la mejilla de ella, le apartó un mechón de pelo de la cara y habló con tono solemne–. Lo único tonto que has hecho durante la última semana es... quererme demasiado. Todo lo demás que hiciste y dijiste estuvo... bien. Fue perfecto.
Miley cerró los ojos, luchó contra las lágrimas, enterró la cara en la mano de Nick y le besó la palma como él había besado una vez la suya.
–¡Te amo tanto! –susurró. Nick retiró la mano de un tirón y le contestó con voz condescendiente y divertida.
–Tú no me amas, Miley. Eres candida e inexperta y no conoces la diferencia entre el sexo y el verdadero amor. Y ahora sé buena, vete a tu casa, que es donde debes estar, y olvídame. Eso es exactamente lo que quiero que hagas.

Ella tuvo la sensación de que acababa de pegarle una cachetada, pero su orgullo herido la obligó a alzar la barbilla.
–Tienes razón –dijo con tranquila dignidad mientras subía al auto–. Es hora de volver a la realidad.
Nick observó el auto mientras se alejaba y desaparecía en la primera curva del camino. Permaneció como clavado en el mismo lugar mucho después de que Miley se hubo ido, hasta que el viento helado por fin le recordó que estaba a la intemperie y sin abrigo. La acabo de herir, pensó, pero tuve que hacerlo, se recordó mientras se encaminaba a la casa. No podía permitir que ella desperdiciara un solo instante de su preciosa vida amándolo o extrañándolo o esperándolo. Al ridiculizar su amor había hecho lo único correcto y noble.
Entró en la cocina, tomó la cafetera y se acercó a un armario en busca de un jarro. En ese momento vio sobre la mesada el que había usado Miley esa mañana. Estiró la mano con lentitud, lo tomó, y apretó el borde contra su mejilla.

Dos horas después de abandonar la casa de la montaña, Miley detuvo el auto en la banquina de la ruta desierta y tomó el termo de café. Le dolían la garganta y los ojos a causa de las lágrimas que se negaba a derramar, y estaba aturdida por el esfuerzo inútil de borrar de su mente el recuerdo de las palabras de despedida de Nick:
«Tú no me amas, Miley. Eres candida e inexperta y no conoces la diferencia entre el sexo y el verdadero amor. Ahora sé buena, vuelve a tu casa, que es donde te corresponde estar, y olvídate de mí. Eso es exactamente lo que quiero que hagas».
Su angustia era tan grande que le temblaba la mano cuando vertió café en la tapa del termo. Qué crueldad inútil la de Nick al haberla ridiculizado de esa manera, sobre todo cuando sabía que en cuanto llegara a su pueblo tendría que enfrentar a la policía y al periodismo. ¿Por qué no ignoró lo que ella acababa de decir, o le mintió y le dijo que él también la quería, simplemente para darle algo de que aferrarse durante la dura prueba que le esperaba? Una prueba que le hubiese sido mucho más fácil afrontar si Nick tan sólo le hubiera dicho que la amaba.
«Tú no me amas, Miley... Ahora sé buena, vuelve a tu casa que es donde te corresponde estar, y olvídate de mí... »
Miley trató de tragar el café, pero era como si tuviera la garganta completamente cerrada. En ese momento la golpeó otra realidad, que la dejó más desolada que antes: aparte de haberse burlado de sus sentimientos, Nick debía de saber de memoria que ella lo amaba. En realidad, estaba tan seguro que supo que la podía tratar así, dejarla volver a su casa, con la convicción de que no lo traicionaría ante la policía. Y tenía razón. Por muy herida que estuviera por su dureza, jamás le devolvería el golpe. Lo quería demasiado para herirlo y su convicción de que era inocente y sus ganas de protegerlo eran tan grandes en ese momento como el día anterior.
Una furgoneta pasó rugiendo a su lado y le cubrió de barro un costado del auto. Entonces Miley recordó la advertencia de Nick: debía alejarse todo lo posible sin atraer la atención. Se enderezó con cansancio y reanudó la marcha, pero en ningún momento superó los cien kilómetros por hora. Porque él le había recomendado que no corriera. Y porque el hecho de que la detuvieran por exceso de velocidad cabía dentro de la definición de atraer la atención.
Miley llegó a la frontera entre Colorado y Oklahoma en mucho menos tiempo que el que demoró en medio de la tormenta de nieve. Siguiendo las instrucciones de Nick, detuvo el auto en la primera salida de la ruta que encontró e hizo el llamado telefónico. Su padre atendió al primer llamado.
–Soy Miley, papá –dijo ella–. Estoy libre. Voy para casa.
–¡Gracias a Dios! –explotó él–. ¡Oh, gracias a Dios!

En todos esos años nunca había oído tanta angustia en la voz de su padre, y Miley se sintió enferma de remordimientos por lo que lo había hecho sufrir. Antes de que ninguno de los dos pudiera hablar, los interrumpió una voz desconocida.
–Soy el agente Ingram, del FBI, señorita Mathison. ¿Dónde se encuentra?
–Estoy en Oklahoma, en una parada para automovilistas. Estoy libre. Él... me dejó en el auto, con las llaves puestas y los ojos vendados. Pero se ha ido. Estoy segura de que se ha ido. No sé a donde.
–Escuche cuidadosamente –dijo la voz–. Vuelva al auto, cierre las puertas con llave y salga de allí enseguida. No se quede cerca de donde lo vio por última vez. Diríjase a la primera zona poblada que encuentre y llámenos desde allí. Nosotros notificaremos a las autoridades locales e irán a buscarla. ¡Ahora salga de allí enseguida, señorita Mathison!
–¡Quiero ir a casa! –advirtió Miley con genuina desesperación–. ¡Quiero ver a mi familia! ¡No quiero quedarme esperando en Oklahoma! ¡No puedo! Sólo llamé para advertirles que estoy en camino. –Cortó la comunicación, se encaminó al auto y no llamó desde la siguiente zona poblada.
Dos horas más tarde, un helicóptero, que sin duda había estado buscando a la angustiada rehén que iba camino de su casa, de alguna manera consiguió localizarla en la ruta interestatal y se mantuvo en el aire, sobrevolándola. Instantes después, una serie de autos patrulleros con luces rojas y azules comenzaron a entrar en la ruta, colocándose delante a su compañero, como si tratara de tranquilizarlo. Miley no lo notó, pero Ted y Carl, sí.
–Muy bien, señorita Mathison –dijo el agente Ingram, tomando la palabra en cuanto estuvieron sentados–. Empecemos por el principio. –Miley sintió un aguijonazo de miedo cuando vio que el agente Richardson sacaba un grabador del bolsillo y lo colocaba sobre la mesa, pero se recordó lo que Nick le había advertido que debía esperar.
–¿Por dónde quieren que empiece? –preguntó, sonriéndole agradecida a su madre que en ese momento le alcanzaba un vaso de leche.
–Ya sabemos que supuestamente viajó a Amarillo para reunirse con el abuelo de uno de sus alumnos –empezó diciendo Richardson.
Miley lo miró con la rapidez del relámpago.
–¿Qué quiere decir con eso de supuestamente?
–No es necesario que se ponga a la defensiva –intervino Ingram, tratando de calmarla–. Díganos usted misma lo que sucedió. Empecemos por su primer encuentro con Nicholas Jonas.
Miley cruzó los brazos sobre la mesa y trató de no sentir emoción alguna.
–Me había detenido en un restaurante de la interestatal para tomar un poco de café. No recuerdo el nombre del lugar, pero lo reconocería si lo viera. Cuando salí, estaba nevando y vi a un hombre alto y de pelo oscuro agazapado cerca de una de las gomas del auto. Estaba en llantas. Se ofreció a cambiarla...
–¿En ese momento se dio cuenta de que estaba armado?
–Si hubiera notado que tenía un arma, le aseguro que no le habría ofrecido acercarlo adonde iba.
–¿Cómo estaba vestido? –A partir de ese momento, las preguntas se sucedieron con rapidez, y continuaron interrogándola, hora tras hora...
–Señorita Mathison, ¡debe poder recordar algo más sobre esa casa que estaba utilizando como escondite! –exclamó Paúl Richardson, que la había estado estudiando como si se tratara de un insecto bajo su microscopio, y que le hablaba con un tono autoritario que le recordaba un poco al de Nick cuando se enojaba. En el estado de extenuación en que se encontraba, eso le pareció más agradable que chocante.
–Ya le dije, tenía los ojos vendados. Y por favor, llámeme Miley. Es más corto y nos hará perder menos tiempo que con tanto “señorita Mathison”.
–¿En algún momento, durante el tiempo que estuvo con Jonas, pudo descubrir hacia dónde pensaba dirigirse?
Miley meneó la cabeza. Ya habían hablado de eso.
–Me dijo que cuanto menos supiera, más seguro estaría él.
–¿Alguna vez trató de descubrir hacia dónde se dirigiría?
Miley volvió a menear la cabeza. Ésa era una pregunta nueva.
–Por favor, conteste en voz alta para que el grabador capte sus respuestas.
–¡Está bien! –contestó Miley, y de repente decidió que ese hombre no se parecía en nada a Nick... Era más joven, y más buen mozo, pero no tenía la calidez de Nick–. No le pregunté adonde pensaba ir, porque él ya me había dicho que cuanto menos supiera, más seguro estaría él.
–Y usted quiere que Jonas esté a salvo, ¿verdad? –preguntó él en el acto–. No quiere que lo capturemos, ¿no es cierto?
Había llegado el momento de la verdad. Richardson esperaba, golpeando con impaciencia la punta de su birome sobre la mesa y, por la ventana, Miley alcanzó a ver a la multitud de periodistas que se arracimaban en el jardín y en la calle. Entonces el cansancio se desplomó sobre ella en oleadas.
–Ya le he dicho que trató de salvarme la vida.
–No comprendo qué tiene que ver eso con el hecho de que sea un asesino convicto, que además la tomó como rehén.
Miley se recostó contra el respaldo de la silla y lo miró con una mezcla de desdén y de frustración.
–No creo ni por un minuto que haya sido capaz de matar a nadie. Y ahora, permítame que yo le haga una pregunta a usted, señor Richardson. –Ignoró que Ted le apretaba la rodilla para tranquilizarla, y no le importó darse cuenta de que hablaba con tono combativo–. Póngase en mi lugar, y simplemente por una cuestión de retórica, suponga que yo lo tomé como rehén y que usted logró escapar. Usted se oculta de mi vista, pero yo creo que ha caído en un arroyo profundo y helado. Desde su escondite, me ve correr hacia el arroyo y zambullirme en las aguas gélidas. Me zambulló una y otra vez llamándolo, y cuando comprendo que no puedo encontrarlo, me ve salir tambaleante del arroyo y desmoronarme sobre la nieve. Pero no monto el snowcat para volver a la casa. En vez de eso, me doy por vencida. Me abro la camisa empapada para que el frío me mate con más rapidez, apoyo la cabeza sobre la nieve, cierro los ojos y me quedo allí, dejando que la nevada me cubra la cabeza y la cara...
Al ver que Miley quedaba en silencio, Richardson alzó las cejas.
–¿Y adonde quiere llegar con eso?
–Quiero llegar a que, después de haber visto eso, ¿usted me creería capaz de asesinar a alguien a sangre fría? ¿Trataría de extraerme información para lograr que me bajen a balazos antes de que tenga tiempo de demostrar mi inocencia?
–¿Es eso lo que pretende hacer Jonas? –preguntó Richardson, inclinándose hacia adelante.
–Eso es lo que haría yo –contestó ella, evasiva–, y usted no contestó mi pregunta. Sabiendo que traté de salvarle la vida y que quise morir cuando creí haber fracasado, ¿trataría de sonsacarme información para lograr que me capturaran y que posiblemente me mataran al hacerlo?
–Me sentiría obligado a cumplir con mi deber –retrucó Richardson–, y a ayudar a que se hiciera justicia con un asesino convicto que ahora, además, es un secuestrador.
En silencio, Miley le dirigió una larga mirada y luego le contestó en voz baja.
–En ese caso, sólo espero que encuentre alguien que le done un corazón, porque es obvio que usted no tiene uno propio.
–Creo que ya basta por hoy –intervino el agente Ingram con una voz tan agradable como su sonrisa–. Todos estamos levantados desde anoche, cuando usted llamó.
La familia Mathison se puso de pie en distintos estados de cansancio.
–Miley –dijo la señora Mathison, ahogando un bostezo–, esta noche dormirás aquí, en tu antiguo cuarto. Ustedes también, Carl y Ted –agregó–. No tiene sentido que vuelvan a pasar entre todos esos periodistas. Además, tal vez Miley los necesite después.

Los agentes Ingram y Richardson vivían en el mismo complejo habitacional de Dallas, y además de compañeros de trabajo eran amigos. Enfrascados en sus pensamientos, viajaron en silencio hasta un motel de las afueras de la ciudad donde se alojaban desde hacía más de una semana. Recién cuando David Ingram detuvo el sedán frente a sus habitaciones, se animó a aventurar una opinión. Lo dijo en el mismo tono agradable con que había engañado a Miley, convenciéndola de que creía en sus palabras.
–Esa mujer está encubriendo algo, Paúl. –Paúl Richardson frunció el entrecejo y meneó la cabeza.
–No. Es honesta. No creo que oculte nada.
–Entonces tal vez –respondió Ingram con sarcasmo– convendría que empezaras a pensar con la cabeza en lugar de utilizar para ello ese órgano que tomó posesión de ti en cuanto Miley Mathison te miró con sus grandes ojos azules.
Richardson se volvió a mirarlo con rapidez.
–¿Qué diablos quieres decir?
–Quiero decir –aclaró Ingram, disgustado– que desde que llegamos y empezaste a investigarla y a interrogar a la gente que la conocía, estás obsesionado con esa mujer. Cada vez que te enterabas de alguna buena obra que había hecho, te suavizabas; al hablar con alguno de sus alumnos o con los padres de esos chicos con incapacidades físicas a quienes enseña, te fascinabas más. ¡Mie/rda! Cuando descubriste que también enseña a leer a mujeres analfabetas y que canta en el coro de la iglesia, ya estabas dispuesto a nominarla para la santidad. Esta noche, cada vez que te miraba con desaprobación, por el tono de tu voz o por lo que le preguntabas, te noté vacilar. Con sólo ver su fotografía ya estabas a su favor, pero cuando te topaste con ella en carne y hueso, tu objetividad se fue al diablo.
–¡Eso no es cierto!
–¿No? Entonces explícame por qué estás tan desesperado por saber si se acostó con Jonas. Ella te dijo dos veces que él no la violó ni la obligó de ninguna manera a tener sexo con él, pero eso no te bastó. ¿Por qué demonios no le preguntaste directamente si le permitió que la llevara a la cama? ¡Dios! –exclamó con disgusto–. ¡No lo podía creer cuando te oí pedirle que describiera las sábanas de la cama de Jonas para que pudiéramos rastrear el género y localizar así su escondrijo!
Richardson le dirigió una mirada de incomodidad.
–¿Fue tan obvio? –preguntó mientras abría la puerta del auto y bajaba–. Es decir, ¿crees que la familia se dio cuenta?
Ingram también bajó del auto.
–¡Por supuesto que se dieron cuenta! –bufó–. La pequeña señora Mathison fantaseaba con la posibilidad de ahogarte con algunas de sus masas. Usa la cabeza. Paúl. Miley Mathison no es ningún ángel. Hay constancias de que fue arrestada como delincuente juvenil...
–Cosa de la que no nos habríamos enterado si las autoridades de adopción de Illinois no hubieran dejado su legajo en el archivo, en lugar de haberlo destruido hace años, como correspondía –interrumpió Paúl–. Más aún, si quieres enterarte de la verdad que hay tras el prontuario de Miley, llama a la doctora Theresa Wilmer, de Chicago, como lo hice yo, y entérate de la verdad. Ella consideró, y sigue considerando, que Miley es una de las personas más derechas que ha conocido. Te pregunto francamente, Dave –dijo cuando se acercaban a sus respectivos cuartos–, ¿alguna vez en la vida has visto un par de ojos como los de Miley Mathison?
–Sí –contestó Ingram con desprecio–. Bambi los tenía.
–Bambi era un venado. Y tenía ojos marrones. Los de ella son azules... Parecen cristales azules, oscuros y traslúcidos. Una vez mi hermana menor tuvo una muñeca con ojos parecidos a los de ella.
–¡Esta conversación es increíble! –explotó Ingram–. ¡Escúchate, por amor de Dios!
–Tranquilízate –dijo Paúl, pasándose las manos por el pelo–. Si tienes razón, si ella ayudó a Jonas en su plan de huida original o si nos da algún motivo para creer que oculta información acerca de él, seré el primero en leerle sus derechos y arrestarla... y lo sabes.
–Ya sé –dijo Ingram metiendo la llave en la cerradura de su cuarto y abriendo la puerta–. Pero, ¿Paúl?
Paúl se apoyó contra el marco de la puerta de su cuarto.
–¿Sí?
–¿Qué vas a hacer si su única culpa es haberse acostado con Jonas?
–Buscar a ese cretino y bajarlo a tiros por haberla seducido.
–¿Y si es inocente de eso y de ser cómplice de Jonas?
Una lenta sonrisa apareció en los labios de Richardson.
–En ese caso, será mejor que me busque un corazón que le guste, o que me haga hacer un transplante. ¿Notaste la manera en que me miró esta noche, Dave? Fue casi como si de alguna manera me conociera, como si nos conociéramos. Y nos gustáramos.

Perfecta Cap:39

Sentada en el piso junto a la mesa baja, lápiz en mano, y con un grupo de fichas que había encontrado en el escritorio a su lado, Miley estudió la lista redactada por Nick de todos los que se encontraban en el set de Destino el día del asesinato de su mujer. Junto al nombre de cada persona, había anotado el trabajo que hacía dentro del equipo de filmación. Miley copiaba cada nombre y ocupación en una ficha individual, para poder hacer anotaciones cuando Nick empezara a hablar.
Nick, instalado en el sofá, la miraba sofocando una sonrisa ante la absurda idea de que Miley pudiera lograr el éxito allí donde había fracasado su equipo de abogados e investigadores privados.
De repente Miley interrumpió su trabajo para decir:
–Yo vi Destino, aunque habían vuelto a filmar las escenas finales con extras. De alguna manera supuse que para filmar una producción tan importante haría falta mucha más gente que la que has anotado en esta lista.
–Había docenas de otras personas, pero no estaban en Dallas –dijo Nick, volviendo a regañadientes su atención al asunto que iban a tratar–. Cuando una película importante se va a filmar en varios lugares distintos, resulta más eficaz dividir el equipo en distintas unidades y asignar una a cada lugar de filmación. De esa manera, antes de que lleguen el elenco y los técnicos más importantes, ellos ya han tenido tiempo de hacer todos los preparativos necesarios. La gente de esa lista formaba parte de la unidad de Dallas. Hubo otros que estuvieron en Dallas durante la primera parte de la filmación. No figuran en la lista porque yo ya los había enviado de vuelta a sus casas.
–¿Y por qué hiciste eso?
–Porque ya habíamos superado en varios millones el presupuesto de la película y estaba tratando de ahorrar gastos. Ya casi habíamos terminado la filmación y no supuse que hiciera falta tener ayuda extra, de modo que sólo conservé conmigo el equipo indispensable.
Ella lo escuchaba con una expresión de fascinación tan grande que Nick no pudo menos que sonreír.
–¿Alguna otra pregunta de orden general antes de que te cuente lo que sucedió ese día?
–Varias preguntas. ¿Exactamente qué es un productor?
–Un estorbo.
La risa de Miley le resultó maravillosa y Nick mismo no pudo menos que sonreír.
–¿El director de fotografía también es camarógrafo, o sólo un supervisor?
–Puede ser cualquiera de las dos cosas. Un buen director de fotografía está al tanto de todos los elementos del decorado. Él, junto con el escenógrafo, hacen realidad las ideas que el director tiene sobre una escena, y con frecuencia mejoran las ideas originales.
Miley recorrió la lista con la mirada, encontró el nombre del director de fotografía de Destino y se embarcó en preguntas concretas.
–¿Sam Hudgins era un buen director de fotografía?
–Uno de los mejores. Habíamos trabajado juntos en varios filmes, y yo lo pedí para Destino. En realidad elegí a todos los integrantes del equipo técnico porque habíamos trabajado juntos en oportunidades anteriores y sabía que podía contar con ellos. –Notó que Miley fruncía el entrecejo–. ¿Qué pasa?
–Simplemente me preguntaba qué sentido tiene que alguien con quien habías trabajado antes de repente fuera capaz de tildarte de asesino.
–No parece lógico –dijo Nick un poco sorprendido, e impresionado, de que Miley hubiera llegado a la misma conclusión a la que llegaron sus investigadores privados y abogados.
–¿Es posible que hayas dicho o hecho algo, poco antes del asesinato para que alguno de ellos te odiara tanto que quisiera vengarse?
–¿Exactamente qué tiene que hacer uno para merecer una venganza semejante? –contestó Nick con sequedad.
–Tienes razón –contestó Miley, asintiendo.
–Además no olvides que la víctima no era yo, sino Austin o Rachel. Yo fui simplemente el imb/écil que fue a la cárcel en lugar del verdadero culpable.
Miley respiró hondo y dijo en voz baja:
–Dime lo que ocurrió ese día. No, empieza por el día en que descubriste que... –Vaciló y volvió a hacer la pregunta, tratando de formularla con más delicadeza–. Como te dije, cuando sucedió todo esto yo estaba en Europa, pero recuerdo haber visto los titulares de una revista que decían...
Al comprobar que Miley volvía a quedar en silencio, Nick terminó la frase por ella.
–Los titulares decían que mi mujer estaba acostada con su coprotagonista y que yo me presenté en plena escena.
Miley hizo una mueca al pensarlo, pero no apartó la mirada.
–Dime todo lo que puedas recordar, y habla despacio para que pueda tomar notas.
En base a experiencias anteriores, Nick esperaba que la conversación fuera difícil y degradante en el mejor de los casos, y enfurecedora en el peor; pero siempre había sido interrogado por personas que dudaban de él o lo hacían por simple curiosidad. Narrarle los detalles del asesinato de Rachel a Miley, que creía en él y en la verdad de lo que decía, resultó una experiencia nueva y hasta una catarsis, y al terminar experimentó la extraña sensación de haberse sacado un peso de encima.
–¿No es posible que haya sido un simple accidente... un error? –preguntó Miley cuando él termino de contarle todo lo sucedido–. Es decir, ¿y si Andy Stemple, el hombre que se suponía debía cargar el arma con balas de fogueo, por error la hubiera cargado con balas de punta hueca y fuese demasiado cobarde para reconocerlo? –Nick apoyó los codos sobre las rodillas y meneó la cabeza.
–Stemple no pudo cometer un error; era especialista en armas de fuego. Después del desastre que ocurrió en la filmación de uno de los episodios de Twilight Zone, el gremio de directores exigió que personas especialmente entrenadas en pirotecnia, como Stemple, estuvieran a cargo de todas las armas de fuego que se utilizaran en una película. Stemple era un hombre calificado para su trabajo y estaba a cargo del arma, pero como nos hacía falta gente, también se ocupaba de otros trabajos. Esa mañana, él mismo había revisado el arma y la cargó con balas de fogueo. Además, esas balas de punta hueca no llegaron allí por accidente. Antes de colocar el arma sobre la mesa, la limpiaron prolijamente para borrar todas las impresiones digitales –le recordó Nick–. Ese pequeño detalle es una de las cosas que me mandó a la cárcel.
–Pero si tú hubieras limpiado el arma no habrías sido tan tonto como para dejar en ella una huella digital.
–No era una huella completa, sino la huella borrosa de parte de mi pulgar en el extremo de la culata. El fiscal convenció al jurado de que al limpiar el arma yo había pasado por alto esa parte.
–Pero –dijo ella, pensativa– la huella la dejaste cuando empujaste el arma que estaba sobre la mesa para que no quedara visible a la cámara.
No era una pregunta, sino que Miley repetía lo que él le acababa de decir, como si se tratara de una verdad del Evangelio, y Nick la adoró por su confianza.
–No habría importado que no hubieran limpiado el arma, ni que no encontraran mis huellas digitales en ella. Hubieran dicho que usé guantes. Y si yo no hubiera cambiado de idea durante esa última escena y el muerto hubiera sido Austin en lugar de Rachel, habrían seguido acusándome de haberlo hecho. Porque la realidad era, y es, que sólo yo tenía motivos suficientes para matar a Austin o a Rachel. –Nick notó que Miley luchaba por impedir que se traslucieran la compasión y la ira que sentía, y le sonrió para tranquilizarla–. ¿Te parece que ha sido bastante frustración para un solo día? ¿No crees que ahora podríamos parar y disfrutar del tiempo que nos queda? Ya son más de las cinco.
–Ya lo sé –contestó Miley con voz preocupada. Extendió todas las fichas sobre la mesa baja, pero eran las cuatro de la última fila, las más cercanas a ella, las que identificaban a la gente que todavía le interesaba, o de quienes sospechaba.
–¿Y si seguimos unos minutos más? –preguntó. Al ver que él abría la boca para oponerse, insistió con desesperación–: Nick, una de las fichas que hay sobre esta mesa pertenece a la persona que cometió el crimen y que después se calló la boca mientras tú ibas a la cárcel.
Nick lo sabía de memoria, pero no se animó a desilusionarla, así que contuvo su frustración y esperó con paciencia que ella terminara.
–Diana Copeland me resulta extraña –empezó a decir Miley, enfrascada en sus pensamientos–. Creo que estaba enamorada de ti.
–¡Por amor de Dios! ¿Qué te metió esa idea en la cabeza? –respondió él, entre divertido y exasperado.
–Es bastante evidente. –Apoyó un codo sobre la mesa y la barbilla en la mano, y se apresuró a explicarlo–. Dijiste que se suponía que ella partiría rumbo a Los Ángeles la mañana del asesinato, pero en lugar de hacerlo se quedó en Dallas y fue al set. Ella misma te explicó que se había quedado porque se enteró de lo sucedido la noche anterior en tu cuarto del hotel y que quería estar allí por si necesitabas apoyo moral. Creo que estaba enamorada de ti, y por eso decidió matar a Rachel.
–¿Y dejar que el hombre a quien supuestamente amaba cargara con toda la culpa? ¡No me parece! –se burló él–. Además, no hay posibilidades de que Diana supiera que tal vez yo decidiera modificar el guión, y que en ese caso el primer disparo lo haría Tony en lugar de Rachel. Más aún –agregó–, tienes un concepto muy candido de lo que es el amor entre la gente de Hollywood. La verdad es que las actrices tienen una desesperada necesidad de que las convenzan constantemente de que todo el mundo las ama. Ellas no se enamoran y dejan todo por un hombre, y mucho menos cometen por él un asesinato. Lo que les interesa es lo que una determinada relación puede proporcionarles a ellas. Son seres emocionalmente necesitados, salvajemente ambiciosos y totalmente egocéntricos.
–Debe de haber excepciones.
–Por experiencia personal, te aseguro que no he encontrado ninguna –aseguró Nick, cortante.
–¡Qué gran mundo debe de haber sido ése donde vivías, si pudo convertirte en un cínico tan grande con respecto a la gente y especialmente con respecto a las mujeres!
–No soy un cínico –retrucó Nick, irracionalmente herido por la evidente desaprobación de Miley–. ¡Soy realista! Y tú, por otra parte, eres absurdamente cándida en lo que se refiere a las relaciones entre los sexos.
En lugar de enojarse, Miley lo estudió con ojos que parecían profundos cristales azules.
–¿Realmente crees que lo soy, Nick? –preguntó.
Cada vez que ella pronunciaba su nombre, el corazón de Nick aceleraba sus latidos y, para aumentar su incomodidad, estaba descubriendo que esa muchacha “absurdamente cándida” que estaba sentada a sus pies podía lograr que se arrepintiera y se retractara con sólo mirarlo a través de sus densas pestañas, como en ese momento.
–Uno de nosotros lo es –dijo con irritación, y cuando ella siguió mirándolo, cedió aún más–. Posiblemente yo ya fuera un cínico antes de filmar mi primera película. –Con una sonrisa exasperada por su falta de capacidad para soportar la dulce y silenciosa presión a que ella lo estaba sometiendo, agregó–: Y ahora, por favor deja de mirarme como si quisieras que admitiera que hablé como un imb/écil, y haz tu próxima pregunta. ¿Quién es tu siguiente sospechoso?
La sonrisa contagiosa de Miley fue su premio y ella, obediente, cumplió con su orden de continuar.
–Tommy Newton –dijo, después de mirar una de las fichas.
–¿Por qué diablos iba a querer Tommy matar a Rachel o a Austin?
–Tal vez quería librarse de ti de una manera definitiva, y el asesinato no fue más que un medio para lograr un fin. Tú mismo comentaste que había trabajado contigo como asistente de dirección en varias películas. Tal vez estuviera harto de ser plato de segunda mano y de vivir a la sombra del gran Nicholas Jonas.
–Miley –dijo Nick con mucha paciencia–, en primer lugar Tommy tenía por delante una brillante carrera como director, y lo sabía. Yo también lo sabía. Y él estaba ansioso por trabajar conmigo en Destino.
–Pero...
–En segundo lugar –terminó diciendo Nick con sequedad–, él también estaba enamorado de la víctima potencial de ese disparo, así que jamás habría cambiado las balas de la pistola.
–¡Pero eso podría ser importante! ¡Nunca me dijiste que estuviera enamorado de Rachel... !
–Porque no lo estaba.
–Pero acabas de decir que...
–Estaba enamorado de Austin.
–¿Cómo?
–Tommy es gay.
Ella se quedó mirándolo unos instantes y luego, sin hacer comentario alguno, tomó la ficha de su tercer sospechoso.
–Emily McDaniels. Dijiste que se sentía en deuda contigo por haber sacado a flote su carrera y, más adelante, por darle un papel en Destino. Hacía años que te conocía, y tú mismo dijiste que pasaban mucho tiempo juntos cada vez que trabajaban en una película. Los chicos, sobre todo las adolescentes, suelen tener un cariño poco común por la figura que encarna la autoridad. Es posible que hasta se haya imaginado enamorada de ti. Tal vez creyó que si lograba librarse de Rachel, tú le corresponderías.
Nick lanzó un bufido, pero al hablar de la jovencita su tono de voz se suavizó.
–Emily tenía dieciséis años y era muy dulce. Después de ti, es la persona de tu sexo más íntegra y agradable que he conocido. Es absolutamente imposible que esa criatura pudiera haber hecho algo para perjudicarme. Pero digamos que tienes razón... que se creía enamorada de mí y tenía celos de Rachel. En ese caso no necesitaba molestarse en matar a mi mujer, porque en el set todo el mundo sabía que Rachel se iba a divorciar de mí para casarse con Austin.
–¿Y si odiaba tanto a Rachel por la humillación que te hizo sufrir la noche anterior, que se sintió obligada a vengarse de ella por ti?
–Esa teoría no funciona. Para Emily, Rachel sería la primera en disparar el arma, de acuerdo con lo que exigía el libreto.
–¿Entonces por qué no partimos de la suposición de que Tony Austin era la presunta víctima para el asesino?
–No podemos partir de esa base porque, como ya te dije, había hecho anotaciones en mi guión sobre la posibilidad de modificar el orden de los disparos, y muchas personas pudieron leer esas anotaciones cada vez que yo dejaba mi guión tirado por ahí. Sin embargo, antes del juicio mis abogados tomaron declaración a todo el elenco y al equipo técnico, y todos negaron saber que yo planeaba modificar esa escena.
–Pero supongamos que Tony Austin era en realidad la víctima. En ese caso, sigue siendo posible que la asesina sea Emily. Quiero decir, ¿y si estaba tan obsesionada por ti, que despreciaba a Austin por tener una aventura con tu mujer y por haberte humillado... ?
Nick la interrumpió con un tono que no admitía réplica.
–Emily McDaniels no mató a nadie. Y punto. No pudo haberlo hecho. Lo mismo que no pudiste hacerlo tú. –En ese momento Nick recién se dio cuenta de que las fichas inferiores eran las de los principales sospechosos de Miley, y al ver que sólo quedaba una, sonrió aliviado porque la conversación ya llegaba a su fin–. ¿Qué nombre has escrito en esa última ficha?
Miley le dirigió una mirada sufrida y contestó a regañadientes.
–El de Tony Austin.
La expresión divertida se borró del rostro de Nick, quien se pasó las manos por la cara, como si de alguna manera tratara de borrar el odio violento que explotaba en su interior cada vez que se permitía pensar en Austin como el asesino.
–Sí, creo que Austin lo hizo. –Miró a Miley, pero seguía inmerso en sus propios pensamientos–. No, sé que ese cretino lo hizo y después, con toda deliberación, me dejó cargar con la culpa. Algún día, si vivo lo suficiente...
Miley retrocedió ante el tono salvaje de su voz.
–¡Pero dijiste que Austin no tenía un centavo! –lo interrumpió con rapidez–. Al matar a Rachel, quien posiblemente te hubiera sacado una cantidad de dinero en el divorcio, habría perdido la oportunidad de quedarse con esa suma cuando se casara con ella.
–Era un drogadicto. ¿Quién puede saber lo que pasa por la mente de un drogadicto?
–Dijiste que las drogas son un vicio muy caro. ¿No crees que su primera preocupación hubiera sido tratar de apoderarse de tu dinero para pagar sus malos hábitos?
–¡Ya no puedo más! –exclamó Nick–. ¡Te lo digo en serio! –Al ver que Miley palidecía, de inmediato lamentó su exabrupto. Suavizó el tono de voz, se puso de pie y le tendió la mano para ayudarla a pararse–. Dejemos todo esto y decidamos qué vamos a hacer durante el resto de la noche.
Miley luchó contra su reacción instintiva ante el exabrupto de Nick, y se recordó que lo que había sucedido la noche anterior nunca, pero nunca, debía volver a suceder. Diez minutos más tarde, estaba sentada en un banco, junto a la mesada de la cocina, completamente relajada y riendo porque no lograban decidir lo que harían durante el resto de la velada.
–Haré una lista –bromeó, acercando un bloc de papel y un lápiz–. Hasta ahora, tú has sugerido que hagamos el amor. –Lo escribió mientras él se inclinaba sobre ella y la observaba sonriente, con una mano apoyada sobre su hombro–. Y que hagamos el amor. Y que hagamos el amor.
–¿Sólo lo propuse tres veces? –preguntó Nick en broma cuando ella terminó de escribir.
–Sí, y yo acepté las tres veces, pero se suponía que debíamos presentar ideas para la primera parte de la velada.
Incapaz de estar sin tocarla, Nick le apoyó una mano sobre el hombro y le tironeó la oreja. Miley rió e inclinó la cabeza para frotar la mejillas contra la palma de la mano de Nick.
Ese gesto sencillo y cariñoso hizo que el ánimo de Nick se fuera al piso, porque recordó que después de esa noche ya no habría más gestos de ninguna clase. Debía haberla dejado ir esa mañana, pero no pudo. No pudo soportar la idea de que lo odiara definitivamente, pero cuanto más tiempo la retuviera a su lado, más difícil le resultaría permitirle marcharse. Si Miley se iba al día siguiente, existía la posibilidad de que cediera ante los interrogatorios, y eso significaba que él tendría que adelantar casi una semana su partida de los Estados Unidos, pero el riesgo valía la pena con tal de saber que ella estaría libre de cualquier otra invasión de helicópteros que la vez siguiente podría no ser falsa.
Luchó contra su estado de ánimo tan negro y dijo:
–Sea lo que fuere lo que hagamos esta noche, te pido que sea algo especial. Festivo. –Tuvo que apelar a toda su capacidad de actor para seguir sonriendo y que ella no se diera cuenta de que a la mañana siguiente le pediría que se fuera.
Miley permaneció un instante pensativa, y de repente sonrió.
–¿Que te parece comer a la luz de las velas y después bailar? Como si tuviéramos una cita, sólo que será aquí mismo. Yo me arreglaré y todo –agregó para convencerlo, antes de darse cuenta de que Nick no necesitaba que lo convencieran: sonreía aliviado con una alegría que a Miley le pareció excesiva ante la modesta idea que acababa de sugerir.
–¡Bárbaro! –exclamó Nick, mirando su reloj–. Yo usaré el baño de tu cuarto y te “pasaré a buscar” dentro de una hora y media. ¿Eso te dará bastante tiempo?
Miley lanzó una carcajada.
–Creo que una hora será tiempo más que suficiente para cualquier transformación que pueda intentar.
Después de haber sugerido la idea, de repente Miley decidió fascinar a Nick y dedicó más de una hora a arreglarse. Su pelo era una cualidad que poseía en abundancia y como Nick sin duda le prestaba especial atención, se lo lavó, lo secó y luego lo peinó en forma tal que le enmarcara el rostro y le cayera en ondas naturales sobre los hombros y la espalda. Satisfecha de haber hecho con eso todo lo posible, se quitó la bata y se puso un vestido tejido de un tono azul cobalto que, en la percha, parecía un suéter largo hasta el piso, de falda angosta, blusa amplia y mangas anchas con puños de satín y resplandecientes botones de cristal azul. Recién cuando se lo puso y se llevó las manos a la espalda para abrocharlo, se dio cuenta de que no tenía cierre. A pesar de tener un amplio cuello en el frente, ese cuello caía en drapeados sobre los hombros dejando al descubierto la espalda. La engañosa sencillez del diseño, junto con la modestia del frente y la espalda descubierta, confería al modelo una belleza irresistible que a Miley la hacía sentir realmente hermosa. Pero se alejó del espejo, vacilante, sin saber si debía usar un modelo tan caro... que era de otra.
Pero comprendió que no tenía alternativa. Debía ponerse un vestido largo, porque no tenía medias y se negaba a usar la ropa interior de otra mujer. Con excepción de ese vestido, todos los demás que había en el armario eran excesivamente elegantes, pantalones. Además, la dueña de esa ropa era decididamente más alta que ella, cosa que limitaba sus posibilidades de elección. En vista de la situación, Miley se mordió los labios, decidió usar ese maravilloso vestido azul, y en silencio pidió disculpas a la desconocida dueña de ese espléndido guardarropa.
Una segunda requisa del armario le proporcionó un par de zapatillas de baile azules que eran medio número más grandes que lo que ella calzaba, pero que le quedaban perfectamente cómodas. Satisfecha de haber hecho todo lo posible con lo que tenía a su alcance, se retocó el pelo y dirigió una última mirada a su imagen en el espejo. Había demorado más en vestirse para la “cita” de esa noche de lo que tardó en arreglarse para el casamiento de sus dos hermanos, en los que fue dama de honor. Pero decidió que había valido la pena. Los cosméticos de nombre extranjero que se había puesto esa noche eran muy distintos de los baratos que ella compraba en la farmacia de Keaton. La sombra y el rimmel realzaban sus ojos, y el toque de rubor con que coloreó sus mejillas hacía que sus pómulos parecieran más altos y prominentes. Además la perspectiva de pasar una noche agradable con Nick le iluminaba los ojos, que estaban resplandecientes. Se inclinó para aplicarse un poco de su propio lápiz labial; luego retrocedió, le sonrió a su propia imagen en el espejo y se encaminó a la puerta del dormitorio. Decidió que de alguna manera encontraría la dirección de esa casa y que enviaría un cheque para cubrir los gastos de los cosméticos que usó y la limpieza en tintorería de la ropa que había tomado prestada.
Cuando hizo su entrada en el living, las velas ya estaban encendidas sobre la mesa baja. El fuego chisporroteaba en la chimenea y Nick estaba ocupado abriendo una botella de champaña. Miley contuvo el aliento al ver lo apuesto que estaba, con un traje azul marino, camisa blanca y corbata de varios colores. Estaba por hacer un comentario cuando recordó que ya lo había visto vestido así antes –sólo que esa vez la ropa que usaba era suya– y sintió una punzada de dolor al pensar en todo lo que él había perdido. La vez anterior lo había visto por televisión, durante la entrega de premios de la Academia Cinematográfica, cuando entregó un Oscar y luego volvió a subir al escenario para recibir el que le habían acordado como Mejor Actor. En esa oportunidad lucía un esmoquin negro con camisa blanca plisada y corbata moñito negra, y Miley recordó haber pensado lo maravilloso que lucía tan alto y elegante.
Al pensar que en ese momento debía ocultarse como un animal perseguido y ponerse ropa ajena, tuvo ganas de llorar. Pero mientras lo pensaba, Miley se dio cuenta de que Nick nunca se quejaba de eso y que no agradecería su compasión ni su lástima. Como se suponía que ésa sería una velada alegre y despreocupada, Miley decidió hacer todo lo posible para que lo fuera. Ya decidida, se adelantó con cierta timidez.
–¡Hola! –saludó con una brillante sonrisa. Nick levantó la mirada y, al verla, el champaña que servía empezó a derramarse sobre el borde de la copa.
–¡Mi Dios! –exclamó en un susurro ronco y admirado, recorriendo con los ojos el rostro, el pelo y el cuerpo de Miley–. ¿Cómo es posible que hayas tenido celos de Glenn Clóse?
Hasta ese momento Miley no se había dado cuenta cabal del motivo que la había llevado a ponerse un vestido elegante, a maquillarse y a peinarse de una manera distinta. Pero en ese momento lo supo: quería competir con las mujeres que él había conocido en su vida anterior.
–Estás volcando la champaña –dijo con suavidad, tan contenta que no sabía cómo comportarse.
Nick maldijo en voz baja, enderezó la botella y buscó un trapo rejilla para secar el mueble mojado.
–¿Nick?
–¿Qué? –preguntó él sobre el hombro, mientras tomaba las copas.
–¿Cómo es posible que hayas tenido celos de Patrick Swayze? –Su repentina sonrisa le demostró que él estaba tan contento por el cumplido como lo había estado ella por el suyo.
–Con franqueza, no lo sé –bromeó.
–¿Qué cantantes elegiste? –preguntó Miley después de comer, al ver que él ponía discos en la bandeja–. Porque si te decidiste por el ratón Mickey, me negaré a bailar contigo.
–¡Por supuesto que bailarás!
–¿Por qué estás tan seguro?
–Porque sé que te gusta bailar conmigo.
A pesar del diálogo juguetón, Miley se había dado cuenta de que a medida que transcurría la comida Nick estaba cada vez más deprimido. Aunque le pidió con claridad que tratara de convertir esa velada en una ocasión festiva, había una tensión indefinible en sus facciones que se marcaba más a medida que transcurría la noche. Miley se dijo que la conversación de la tarde sobre el asesinato debía de ser la causa de ese extraño estado de ánimo de Nick, porque la única otra explicación posible que se le ocurría era que estuviera pensando en enviarla de regreso a su casa, y eso era algo que le resultaba intolerable. A pesar de sus deseos de permanecer con él, Miley sabía que la decisión no sería suya. Y pese a estar enamorada de Nick, no tenía la menor idea de lo que él sentía hacia ella, aparte de que le gustaba tenerla cerca. Por lo menos allí.
Desde el estéreo, la voz de Barbra Streisand inició los primeros acordes de una canción intensamente romántica, y Miley volvió a tratar de sacudir sus temores al ver que Nick le abría los brazos.
–Decididamente ésa no es la voz del ratón Mickey –señaló–. ¿Barbra te parece bien? –Miley asintió.
–Es mi cantante favorita.
–La mía también –dijo Nick, tomándola de la cintura y acercándola a sí.
–Si yo tuviera una voz como la suya –dijo Miley, tratando de olvidar sus temores–, cantaría nada más que para escucharme. Cantaría al atender la puerta y al contestar el teléfono.
–Es fenomenal –coincidió Nick–. Hay docenas de sopranos de ópera, pero Barbra es... única, incomparable.
De repente Miley se dio cuenta de que la mano de Nick le recorría la espalda; notó que sus ojos se encendían y en su interior sintió que volvía a arder el deseo... la necesidad de la dulzura atormentadora del contacto con su cuerpo, de la tormentosa insistencia de sus besos, y del júbilo que le producía que Nick la poseyera. Era emocionante saber que tendría todo eso antes de que la noche llegara a su fin, y poder saborear y prolongar el momento. Sabía que él estaba haciendo lo mismo. Pero, ¿seguiré teniendo todo esto la noche de mañana y la de pasado mañana?, se preguntó, tratando de contener el pánico que le provocaba el estado de ánimo sombrío de Nick.
Miley escuchó las palabras de la canción y se preguntó si él también las estaría escuchando o si, como la mayoría de los hombres, escuchaba la música e ignoraba la letra.
–Es una bonita canción –dijo, porque quería desesperadamente que él escuchara la letra como si se la estuviera diciendo ella.
–Tiene una letra preciosa –confirmó Nick, tratando de calmarse, diciéndose que lo que sentía en ese momento se borraría muy pronto, en cuanto estuviera lejos de Miley. De repente la miró y sintió que la letra de esa canción se le clavaba en el corazón;
Esos mañanas que esperan en lo profundo de tus ojos...
En el mundo de amor que guardas en tus ojos...
Yo despertaré lo que duerme en tus ojos.
Tal vez te robe un beso o dos.
A lo largo de toda mi vida...
Verano, invierno, primavera y otoño de mi vida...
Lo único que recordaré de mi vida, es toda mi vida.
Contigo.

Nick se sintió aliviado cuando la voz de Streisand se apagó y comenzó a resonar el dúo Whitney Houston/Jermaine Jackson. Pero Miley eligió ese momento para apartar la mejilla de su cuerpo y mirarlo, y cuando la miró a los ojos y escuchó la letra de la canción, Nick sintió una opresión en el pecho.
Como vela que arde brillante...
El amor resplandece en tus ojos.
Una llama para iluminarnos el camino
que arde cada día más luminosa.
Yo era palabras sin música,
Yo era una canción todavía no entonada,
Un poema sin rima, un bailarín a destiempo...
Pero ahora estás tú.
Y nadie me ama como me amas tú.

Cuando terminó la canción, Miley lanzó un suspiro tembloroso, y él se dio cuenta de que trataba de romper el hechizo de la música hablando de temas triviales.
–¿Cuál es tu deporte favorito, Nick? –Nick le levantó la barbilla.
–Mi deporte favorito –dijo en una voz tan ronca que él apenas reconoció como propia– es hacerte el amor.
Los ojos de Miley se oscurecieron, con un amor que ya no trataba de ocultarle.
–¿Cuál es tu comida favorita? –preguntó, temblorosa.
Como respuesta, Nick inclinó la cabeza y le tocó los labios en un beso suave.
–Tú.
En ese momento se dio cuenta de que sacarla de su vida al día siguiente le resultaría más difícil de lo que le fue oír que se cerraban tras de sí las puertas de la cárcel. Sin darse cuenta de lo que hacía, la rodeó con sus brazos, enterró la cara en su pelo y cerró los ojos.
Ella le acarició la cara con una mano y preguntó desfalleciente:
–Piensas enviarme a casa mañana, ¿verdad?
–Sí.
Al percibir su tono decidido, Miley, que ya lo conocía tan bien, supo que sería inútil discutir, pero de todos modos lo intentó.
–¡Yo no quiero irme!
Nick levantó la cabeza, y aunque habló con suavidad, Miley notó que su voz era muy firme y decidida.
–No lo hagas más difícil de lo que ya es.
Desolada,Miley  se preguntó cómo era posible que fuera más difícil, pero se tragó la protesta inútil y, por el momento, hizo lo que él pedía. Se acostó con él cuando Nick se lo pidió, y trató de sonreír cuando se lo pidió. Después de que ambos tuvieron un orgasmo tremendo, ella se volvió en sus brazos y susurró:
–Te amo. Te...
Él le cubrió la boca con la punta de los dedos, silenciándola cuando trató de volver a decirlo.
–No lo digas.
Miley apartó la mirada y bajó la cabeza, clavando la vista en el pecho de Nick. Deseó que también él se lo dijera, aunque no lo sintiera. Quería oírle pronunciar esas palabras, pero no se lo pidió porque sabía que él se negaría.

Perfecta Cap.38

Y comprendía... Acababa de darse cuenta de que lo único que le interesaba a Nick era su cuerpo. Se suponía que no debía pensar; se suponía que no debía sentir, sólo se suponía que debía entretenerlo cuando estaba aburrido y abrir las piernas cada vez que a él se le daba la gana.
En ese momento Nick apoyó las manos sobre sus brazos y la atrajo hacia sí.
–¡Quítame las manos de encima! –siseó Miley, alejándose. Temblando de furia y angustia, se rodeó el cuerpo con los brazos y retrocedió hasta tener libre el paso hasta su dormitorio.
–¿Qué demonios estás tratando de conseguir?
–No trato de conseguir nada. ¡Acabo de darme cuenta de que eres un cretino insensible! –La mirada gélida de Nick al verla alejársele no fue nada comparada con la furia de Miley–. Cuando te vayas de aquí, piensas huir, ¿verdad? No tienes la menor intención de tratar de encontrar al verdadero asesino, ¿no?
–¡No! –exclamó él, furioso.
–¡Debes de ser el cobarde más grande del mundo! –exclamó Miley, demasiado enfurecida para atemorizarse ante la mirada asesina de Nick–. ¡Eso o quizá la hayas matado tú! –Abrió la puerta de su cuarto, se volvió y agregó–: ¡Me iré de aquí mañana por la mañana, y si intentas detenerme, será mejor que te prepares para utilizar esa arma!
Él le dirigió una mirada de total desprecio.
–¿Detenerte? –se burló–. ¡Gustosamente te llevaré la valija hasta el auto!
En cuanto terminó de decirlo, Miley se encerró en su cuarto, dando un portazo. Mientras luchaba contra las lágrimas, lo oyó entrar en su dormitorio. Se quitó los pantalones y se puso una remera que sacó de la cómoda. Recién después de acostarse y apagar la luz perdió el control. Levantó las frazadas hasta la altura de la barbilla, se colocó boca abajo y enterró la cara en la almohada. Lloró de vergüenza y de enojo ante su estupidez, su credulidad, y su humillación. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas y se sintió extenuada. Después se acostó de lado y miró sin ver el paisaje invernal que se veía desde la ventana.
Mientras, en su dormitorio, Nick se sacó el suéter e hizo un esfuerzo por tranquilizarse y olvidar la escena del living, pero fue un esfuerzo inútil. Las palabras de Miley le repicaban en la cabeza, más dolorosas cada vez que recordaba su mirada de desprecio cuando lo llamó cobarde y asesino. Durante el juicio y los años de cárcel, se endureció a propósito, decidido a no volver a sentir nada, pero de alguna manera ella había conseguido hacerlo bajar la guardia. La odiaba por ello, y se odiaba por haber permitido que sucediera.
Arrojó el suéter sobre la cama y se sacó los pantalones. En ese momento se le ocurrió la única explicación posible para la reacción ridicula y volátil de Miley ante lo que él le dijo en el living... y quedó como petrificado cuando iba a arrojar los pantalones sobre la cama. Miley se creía enamorada de él. Por eso consideraba que tenía “derechos” en lo que a él se refería.
Posiblemente también creyera que él estaba enamorado de ella. Y que la necesitaba.
–¡Hijo de pu/ta! –exclamó arrojando los pantalones sobre la cama.
Él no necesitaba a Miley Mathison y muchos menos necesitaba la agregada sensación de culpa y la responsabilidad de una maestra cándida de pueblo chico que no conocía la diferencia entre deseo sexual y esa emoción nebulosa llamada amor. Sería mejor para ella que lo odiara. Y para él también. Mucho mejor. No había nada entre ambos, aparte de sexo, que los dos querían y que ella le negaba por una infantil necesidad de desquitarse.
Con la idea oscura y poco clara de demostrarle todo eso a Miley y de demostrárselo también a sí mismo, se encaminó hacia la puerta de su dormitorio y la abrió de un tirón.
Miley pensaba con angustia qué debía hacer al día siguiente si Nick se arrepentía de su intención de dejarla ir; en eso la puerta del dormitorio se abrió y Nick entró, desnudo.
–¿Qué quieres? –preguntó ella.
–Esa pregunta es casi tan est/úpida como tu decisión de dormir en esta cama porque yo no cedo a tus caprichos –se burló Nick.
Enfurecida por su obvia intención de dormir con ella, Miley se arrojó hacia el lado opuesto de la cama y se levantó, tratando de dirigirse hacia la puerta. Cuando llegó a los pies de la cama, él la retuvo y la apretó contra su pecho desnudo.
–¡Suéltame, maldito seas!
–Lo que yo quiero –informó él, respondiendo tardíamente a la pregunta de Miley– es lo mismo que tú quieres cada vez que nos miramos.
Miley echó atrás la cabeza y dejó de luchar, reuniendo fuerzas para el próximo paso que iba a dar.
–¡Cretino! ¡Si intentas violarme, te asesinaré con tu propia arma!
–¡Violarte! –repitió él con helado desprecio–. No soñaría con violarte. Dentro de tres minutos estarás suplicándome que te haga el amor.
Ella lo deseaba; deseaba con tanta fuerza el orgasmo que sabía que Nick le provocaría, que creyó morir.
–¡Vete al infierno! –jadeó.
–Estoy en el infierno –susurró él, y la besó, obligándola a abrir los labios. Abruptamente el beso de Nick fue más suave, y sus labios se movieron sobre los de ella, hambrientos, y empezó a mover lentamente las caderas para que Miley percibiera su erección–. Dime que me deseas –la urgió.
Atrapada entre la exquisita promesa del cuerpo excitado de Nick y la insistencia de su boca, Miley empezó a temblar con una necesidad incontrolable, y de su boca surgió un sollozo atormentado.
–Te deseo...
En cuanto ella capituló, él la penetró, moviendo las caderas con fuerza y en pocos instantes le provocó un orgasmo. Se retiró mientras Miley todavía se estremecía en medio de estertores y se levantó, liberándose de su abrazo.
–No demoré más de tres minutos –informó. El ruido de la puerta al cerrarse a sus espaldas fue como el sonido de campanas tocando a muerto.
Miley quedó tendida, físicamente expuesta, desnuda, temblando por la impresión, incapaz de creer que Nick fuese lo suficientemente vil como para demostrar sus palabras de esa manera. Emocionalmente agotada, se arrastró hasta la cabecera de la cama, levantó las frazadas del suelo y cerró los ojos. Pero no lloró. Nunca volvería a derramar una sola lágrima por ese hombre. Jamás.
Sentado en la oscuridad, junto a la chimenea encendida de su dormitorio, Nick se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza entre las manos, tratando de no pensar ni sentir. Había hecho lo que se propuso, y más; les había demostrado, a ella y a sí mismo, que no la necesitaba, ni siquiera sexualmente. Y le había demostrado a Miley que no era digno de ser amado ni de que volviera a preocuparse por él después de que se fuera, a la mañana siguiente.
Había cumplido sus metas de una manera brillante, elocuente, indeleble.
Jamás se había sentido más desolado ni más avergonzado.
Sabía que, después de esa noche, Miley nunca se creería enamorada de él. Lo odiaría. Pero no tanto como se odiaba él mismo. Se despreciaba por lo que acababa de hacerle y por la debilidad sin precedentes que lo instaba a volver a su lado y suplicarle que lo perdonara. Se irguió en la silla, miró la cama que habían compartido, pero supo que no podría dormir en ella, ahora que Miley estaba acostada en el cuarto contiguo, odiándolo.
Al amanecer del día siguiente, cuando Miley se levantó, las llaves del Blazer estaban sobre la cómoda y en la casa reinaba un silencio casi espectral. El dolor de la noche anterior se había convertido en una especie de insensibilidad, y se vistió casi sin darse cuenta de lo que hacía. Lo único que quería era irse de allí y no volver a mirar atrás, nunca mirar hacia atrás. Olvidarlo todo. Toda su atención estaba centrada en eso, en olvidar que había conocido a Nick y que fue lo suficientemente tonta como para enamorarse de él. Si el amor significaba convertirse en un ser tan vulnerable, no quería volver a enamorarse nunca. Sacó su bolso del armario, metió en él sus cosas y lo cerró.
Al llegar a la puerta del dormitorio se detuvo y miró alrededor, para asegurarse de no haber olvidado nada. Luego apagó la luz. Abrió la puerta en silencio y salió al living oscuro. Entonces se detuvo en seco, paralizada de impresión y de miedo. En la acuosa luz gris del amanecer alcanzó a ver la silueta de Nick contra el ventanal, de espaldas a ella, con la mano izquierda dentro del bolsillo del pantalón. Miley apañó la mirada y observó en silencio la puerta de salida, pero antes de que pudiera dar otro paso, Nick habló sin volverse.
–La lista de todos los que estaban en el set el día del asesinato está sobre la mesa baja.
Miley ignoró el repentino nudo que se le había formado en el pecho al darse cuenta de que después de todo Nick había cedido, y se obligó a seguir caminando hacia la puerta.
–¡No te vayas! –suplicó él con voz ronca–. ¡Por favor!
Ante el tono desesperado de Nick, a Miley se le retorció el corazón, pero su orgullo herido le gritó que sólo una tonta, insensata y sin dignidad permitiría que él se le acercara después de lo que había hecho la noche anterior, y siguió caminando. Cuando estiró el brazo para tomar el picaporte de la puerta trasera, la voz de Nick le llegó desde muy cerca. Estaba ahogado de emoción.
–¡Miley! ¡No, por favor!
La mano de Miley se negó a hacer girar el picaporte, sus hombros empezaron a ser sacudidos por violentos sollozos y tuvo que apoyar la cabeza contra la puerta, con la cara bañada en lágrimas. El bolso se le deslizó de las manos. Lloraba de vergüenza por su falta de fuerza de voluntad, y por miedo a un amor que no lograba controlar. Y mientras lloraba por sí misma, permitió que él la abrazara y la apoyara contra su pecho.
–Lo siento –susurró Nick, mientras hacía desesperados esfuerzos por consolarla, acariciándole la espalda, sosteniéndola con fuerza–. ¡Te pido que me perdones! ¡Por favor, perdóname!
–¡Cómo pudiste hacerme eso anoche! –sollozó ella–. ¡Cómo pudiste!
Nick tragó con fuerza y levantó la cara de Miley hacia la suya, porque quería que lo mirara. Consideraba que no merecía la protección del anonimato cuando admitiera su culpa.
–Lo hice porque me llamaste asesino y cobarde, y no lo pude soportar... me resultó insoportable, viniendo de ti. Y lo hice porque, tal como dijiste, soy un cretino insensible.
–¡Es cierto, lo eres! –exclamó ella, ahogándose con las palabras–. ¡Y lo horrible es que te amo a pesar de todo!
Nick la volvió a tomar en sus brazos y luchó por contener las palabras que ella quería oír, las palabras que expresaban lo que sentía. Pero en lugar de pronunciarlas la estrujó contra sí, le besó la frente y las mejillas, apoyó el mentón contra su pelo fragante y permitió que las palabras de Miley lo bañaran con su dulzura.
A los treinta y cinco años acababa de descubrir lo que era ser amado por sí mismo y no por razones ajenas... lo que era ser amado cuando no podía corresponder ofreciendo fortuna ni fama, ni siquiera respetabilidad... lo que era ser amado de una manera incondicional, por una mujer de extraordinario coraje y lealtad. En ese momento lo sabía, con tanta seguridad como sabía que si le llegaba a decir lo que él sentía por ella, ésas serían las cualidades que la harían esperarlo durante años después de que desapareciera. Pero aun así, no podía permitir que su dulce confesión pasara sin un solo comentario, así que refregó la mejilla contra el pelo de Miley y, con infinita ternura, le dijo otra verdad.
–Yo no lo merezco, mi amor.
–Ya sé que no lo mereces –bromeó Miley, llorosa, negándose a dejarse deprimir porque él no hubiera dicho que también la amaba.
Acababa de percibir en su voz una enorme emoción y el tormento que le causaba que ella se fuera. Había sentido cómo la apretaba entre sus brazos, y cómo le palpitaba el corazón dentro del pecho cuando ella le dijo que lo amaba. Y eso le bastaba. Tenía que bastarle. Cerró los ojos cuando Nick le acarició la nuca en un gesto sensual, pero cuando por fin habló, su voz tenía un tono de tremendo cansancio.
–¿Considerarías la posibilidad de volver a la cama conmigo durante algunas horas, y posponer nuestra conversación sobre el asesinato hasta que haya dormido un poco? Me pasé toda la noche en vela.
Miley asintió y se encaminó con él al dormitorio que nunca creyó volver a ver. Nick se quedó dormido en sus brazos y con la mejilla apoyada contra su pecho.
Sin poder dormir, Miley permaneció mirándolo, mientras jugueteaba con el pelo suave de su sien. Notó que el sueño no le suavizaba las facciones, posiblemente porque ni dormido encontraba paz. Tenía cejas oscuras y gruesas, y de repente se dio cuenta de que también sus pestañas eran espesas y muy oscuras. Cuando Miley cambió de posición para que él estuviera más cómodo, Nick apretó instantáneamente los brazos a su alrededor... sin duda para impedir que se fuera. El gesto posesivo inconsciente la hizo sonreír por lo innecesario. No tenía la menor intención de huir de allí.
Amaba a Nick con una feroz necesidad de protegerlo que la hacía sentir fuerte y sabia y maternal; lo amaba con una desesperación que la llevaba a sentirse indefensa y frágil y por completo sujeta a su control.
Y amaba todos esos sentimientos, por tensionantes que fuesen. El futuro era un sendero que no figuraba en los mapas, lleno de peligros y censuras. Miley se sentía en paz y en perfecta armonía con todo el universo.
Apoyó una mano contra la cara de Nick y lo meció con gesto protector. Después apoyó los labios contra el pelo oscuro de él.
–Te amo –susurró.