martes, 16 de octubre de 2012

Perfecta Cap: 14

Las mellizas Eldridge, ancianas vecinas de Miley, estaban sentadas en la hamaca del porche delantero de su casa, la ubicación favorita de ambas, desde donde podían observar los movimientos y actividades de todos sus vecinos a lo largo de las cuatro cuadras de la calle Elm. En ese momento, ambas solteronas observaban a Miley que colocaba su valija en el asiento trasero del Blazer.
–Buenos días, Miley –saludó Flossie Eldridge, y Miley se volvió sobresaltada al comprobar que las dos ancianas de pelo blanco ya estaban levantadas a las 6 de la mañana.
–Buenos días, señorita Flossie –contestó, encaminándose hacia ellas para saludarlas con mayor respeto–. Buenos días, señorita Ada.

Pese a tener más de setenta anos, las ancianas seguían siendo parecidas, un parecido que reforzaba la costumbre de toda una vida de usar vestidos idénticos. Sin embargo allí terminaba la semejanza entre ellas, porque Flossie era regordeta, dulce, dócil y alegre, mientras su hermana era flaca, amargada, dominante y entrometida.
–Es una hermosa mañana –agregó la señorita Flossie, envolviéndose en su chai para defenderse del aire frío de enero–. Estos días tibios que se presentan de vez en cuando decididamente logran que el invierno parezca más corto y más tolerable, ¿no es cierto, Miley?
Pero antes de que Miley pudiera contestar, Ada Eldridge fue directamente al tema que le interesaba.
–¿Te vas de nuevo, Miley? ¡Pero si apenas hace unas semanas que has vuelto!
–Sólo estaré ausente dos días.
–¿Otro viaje de negocios, o esta vez se trata de un viaje de placer? –insistió Ada.
–Más bien diría que es un viaje de negocios.
Ada levantó las cejas, exigiendo información adicional, y Miley decidió ceder para no ser grosera.
–Voy hasta Amarillo, donde trataré de conseguir una donación para mi programa de lucha contra el analfabetismo.
Ada asintió, digiriendo la información.
–Me he enterado de que tu hermano tiene problemas para terminar la casa del mayor Addleson.
–Carl es el mejor constructor de la zona. Justamente por eso lo eligió el arquitecto del mayor Addleson. En esa casa todo está hecho a medida. Y eso requiere tiempo y paciencia. –Ada abrió la boca para continuar con su inquisición, pero Miley le ganó de mano. Miró su reloj y dijo con rapidez–: Será mejor que me ponga en marcha. Tengo un largo viaje por delante. Adiós, señorita Flossie. Señorita Ada.
–Ten cuidado –advirtió la señorita Flossie–. Dicen que avanza un frente frío desde Amarillo, que llegará aquí mañana o pasado. Allá nieva mucho. Supongo que no querrás quedar atrapada en una tormenta de nieve.

Miley le dedicó una cariñosa sonrisa a la melliza regordeta.
–No se preocupe. Voy en el Blazer de Carl. Además el pronóstico meteorológico anuncia sólo un veinte por ciento de probabilidades de que nieve aquí.
Las dos ancianas se quedaron observando el Blazer que retrocedía por el camino de entrada. Luego la señorita Flossie lanzó un suspiro.
–¡Miley vive una vida tan aventurera! El verano pasado viajó a París, Francia, con ese grupo de maestras, y el año anterior fue a conocer el Gran Cañón. Decididamente no hace más que viajar.
–También lo hacen los vagabundos –contestó la señorita Ada con tono ácido–. Si me lo preguntas, te diré que creo que debería quedarse en su casa y casarse con ese pastor asistente que la pretende, mientras todavía tenga posibilidades de hacerlo.
En lugar de someterse a una inútil y desagradable confrontación con su melliza, Flossie hizo lo que hacía siempre: simplemente cambió de tema.
–El reverendo Mathison y su señora deben de estar muy orgullosos de todos sus hijos.
–No lo estarían si supieran que Ted pasa la mitad de sus noches con esa chica con quien anda ahora. Irma Bauder me comentó que hace dos noches oyó arrancar su coche después de las cuatro de la madrugada.
La expresión de Flossie se tornó soñadora.
–¡Ah, pero Ada! Considera que tal vez tengan mucho de que hablar. ¡Apuesto a que ya están enamorados!
–¡Están calientes! –retrucó Ada–. Y tú sigues siendo una tonta romántica, igual que tu madre. Papá siempre lo decía.
–También tú eres hija de mamá, Ada –señaló Flossie con cautela.
–Pero yo me parezco a papá. No tengo ningún parecido con ella.
–Mamá murió cuando éramos bebitas, así que no puedes estar tan segura.
–Estoy segura porque papá siempre lo decía. Decía que tú eras una tonta, igual que mamá, y que yo era fuerte, igual que él. Si recuerdas, fue por ese motivo que me dejó el control de su fortuna... porque no se puede confiar en que tú sepas cuidarte. Así que yo he tenido que cuidar de las dos.
Flossie se miró las manos regordetas que tenía entrelazadas sobre la falda. No contestó.
******

Nick estaba parado ante el pequeño espejo que había sobre los lavatorios, mirando sin ver su reflejo, y diciéndose que ese día Hadley no volvería a cambiar de planes. En ese momento entró apresuradamente Sandini con expresión de contenida excitación, y miró con cautela sobre el hombro para ver si había alguien en el vestíbulo. Satisfecho de que nadie pudiera oírlos, se acercó a Nick y dijo en un susurro:
–Hadley mandó avisar que quería salir hacia Amarillo a las tres en punto. ¡Éste es el día!
Hacía tanto que la tensión y la impaciencia carcomían a Nick, que no podía convencerse de que había llegado el momento tan esperado. Dos largos años de simular que aceptaba el sistema, de convertirse en un prisionero modelo para que confiaran en él y le concedieran una serie de prerrogativas, tantos meses de planear y pensar... por fin fructificaban. Dentro de pocas horas, y siempre que la demora no hubiera causado daños irreparables a sus arreglos, estaría en camino en un auto alquilado y con una nueva identidad, siguiendo un itinerario minuciosamente planeado, y con pasajes de avión que llevarían a las autoridades a buscar una aguja en un pajar.
Ubicándose en el lavatorio vecino, Sandini dijo:
–¡Dios, ojalá pudiera ir contigo! Me encantaría poder asistir al casamiento de Gina.
Nick se inclinó a lavarse la cara con agua fría, pero percibió el tono de excitación de la voz de Sandini y se aterró.
–¡Ni lo sueñes! Tú saldrás de aquí dentro de cuatro semanas –agregó tomando una toalla del toallero.
–Sí –concedió Sandini–. Tienes razón. Mira, toma esto –agregó extendiendo la mano.
–¿Qué es? –preguntó Nick mientras se secaba la, cara. Soltó la toalla y tomó el trozo de papel que le ofrecía Sandini.
–Es la dirección y el número de teléfono de mamá. Si las cosas no te llegaran a salir como las has planeado, recurre enseguida a mamá, y ella te pondrá en contacto con mi tío. Él tiene conexiones en todas partes –fanfarroneó–. Ya sé que dudas que cumpla con todo lo que le has pedido, pero dentro de algunas horas comprobarás que todo lo que necesitas te espera en Amarillo. Mi tío es un gran tipo –agregó con orgullo.
Nick se bajó distraídamente las mangas de la tosca camisa de algodón de presidiario, tratando de no pensar en nada en ese momento, pero cuando intentó abotonarse los puños, notó que le temblaban las manos. Pensó que debía tranquilizarse.
En ese momento Sandini cambió de tema.
–Es una gran cosa que a Hadley le guste que la gente te reconozca cuando conduces su auto. Si tuvieras el pelo tan corto como el resto de los convictos, resultarías mucho más conspicuo. Ese pelo un poco más largo logrará que...
Ambos se sobresaltaron cuando otro convicto entró en las duchas y les señaló el camino de salida con el pulgar.
–¡Muévete, Sandini! –dijo de mal modo–. ¡Y tú también, Jonas! El director quiere que su auto esté listo dentro de cinco minutos.

–Buenos días, Jonas –dijo Hadley cuando Nick llamó a la puerta de la residencia del director de la cárcel, ubicada cerca de los portones de entrada de los terrenos de la penitenciaría–. Veo que su aspecto es tan sombrío y desagradable como siempre. Antes de irnos –agregó–, lleve a Hitler a hacer su caminata por el patio. –Mientras hablaba le entregó a Nick la correa a la que estaba atado un enorme perro Doberman.
–Yo no soy su maldito criado –retrucó Nick, y una lenta sonrisa se extendió por la cara de Hadley.
–¿Así que se está cansando de gozar de mis bondades y de la libertad que se le concede por su buena conducta? ¿Tiene ganas de pasar un tiempo en mi sala de conferencias, Jonas?
Nick se maldijo interiormente por permitir que justamente ese día en que tenía tanto que perder, se notara el odio que le inspiraba ese hombre. Se encogió de hombros y tomó la correa.
–No especialmente –contestó.
Aunque Hadley medía poco más de un metro sesenta, tenía un ego gigantesco y modales amables que ocultaban una maldad sádica y psicópata que todo el mundo conocía, tal vez con la excepción de los integrantes de la Comisión Estatal de Correcciones, que ignoraban o no tenían en cuenta la alta tasa de mortalidad atribuida a “peleas entre convictos” o “intentos de fuga” dentro de la prisión a su cargo. La “sala de conferencias” era su manera de denominar el cuarto a prueba de sonidos, vecino a la oficina de Hadley. Los prisioneros que le causaban algún desagrado eran arrastrados allí, pataleando y sudando de terror; al salir los llevaban a la enfermería, a encarcelamiento solitario o a la morgue.
A Hadley le producía un placer sádico ver a un hombre retorciéndose y aullando de dolor; en realidad no fue el buen comportamiento de Nick lo que lo decidió a nombrarlo su chofer; fue su vanidad. Le fascinaba que Nicholas Jonas tuviera que estar a su servicio, y que hiciera todo lo que le ordenara. Nick consideraba que era algo agradablemente irónico que en definitiva fuera la vanidad de Hadley lo que le proporcionaría la posibilidad de huir.
Se abotonó la chaqueta y miró hacia arriba. Hacía mucho frío y el cielo estaba plomizo. Iba a nevar.

Instalado en el asiento trasero del auto, Wayne Hadley metió las notas de su conferencia en el portafolio, se aflojó la corbata, estiró las piernas y exhaló un suspiro de satisfacción al ver a los dos presidiarios que iban en el asiento delantero. Sandini no era más que un ladronzuelo, un tipo que no valía nada. El único motivo de que lo tuviera a su servicio era que alguno de sus parientes debía de tener conocidos dentro del sistema, y le había llegado la orden de que Dominic Sandini debía recibir un trato especial. Sandini no le proporcionaba diversión ni prestigio; no obtenía el menor placer atacándolo. ¡Ah, pero Jonas era otra historia! Jonas era un actor de cine, un símbolo sexual, un magnate que antes tenía avión propio y limusinas conducidas por chofer. Jonas había sido un tipo importante y ahora lo servía a él.
Existe justicia en este mundo, pensó Hadley. Verdadera justicia. Y lo que era más importante, aunque Jonas tratara de ocultarlo, a veces Hadley conseguía traspasar su gruesa piel, haciéndolo retorcerse y sufrir por lo que ya no podía tener, pero no era fácil. Ni siquiera estaba seguro de infligirle un dolor cuando lo obligaba a ver videos de las ultimas películas o de las entregas de premios de la Academia.
Con ese placentero pensamiento en la mente, Hadley buscó el tema indicado y decidió hablar de sexo. Cuando antes de llegar a destino el auto se detuvo ante un semáforo, preguntó con tono amable:
–Apuesto a que cuando era rico y famoso, las mujeres le rogaban que se acostara con ellas, ¿no es cierto Jonas? ¿Alguna vez piensa en mujeres, en lo que se siente al tocarlas, al olerlas? Pero es probable que a usted no le guste tanto el sexo. Si fuera bueno en la cama, la rubia con quien estaba casado no hubiera andado con ese tipo Austin, ¿verdad?
Por el espejo retrovisor pudo ver que Jonas endurecía el mentón y supuso que lo había afectado el tema del sexo, no el nombre de Austin.
–Si alguna vez le conmutaran la pena... y en su caso yo no contaría con que yo lo recomendara... cuando salga tendrá que conformarse con prostitutas. Las mujeres son todas pu/tas, pero hasta las pu/tas tienes escrúpulos y no les gusta acostarse con sucios ex convictos, ¿lo sabía? –A pesar de sus deseos de mantener una fachada de urbanidad en todo momento ante la porquería que eran los presidiarios, a Hadley siempre le resultaba difícil contener su temperamento, y en ese momento lo sintió surgir–. ¡Conteste mis preguntas, hijo de pu/ta, si no quiere pasar el resto del mes en confinamiento solitario! –Entonces se dio cuenta de que se había extralimitado, y prosiguió con tono casi amable–. Apuesto a que en sus buenas épocas hasta tenía chofer propio, ¿verdad? Y ahora mírese: usted es mi chofer. Es una prueba de que Dios existe. –Al ver el edificio de vidrio al que se dirigían, Hadley se irguió en su asiento y se ajustó la corbata–. ¿Alguna vez se ha preguntado lo que sucedió con todo su dinero, es decir, lo que quedaba después de pagar a los abogados?
En respuesta, Nick clavó los frenos y detuvo el auto con un chirrido frente al edificio. Lanzando maldiciones en voz baja, Hadley juntó los papeles que se habían deslizado al piso y esperó en vano que Nick se bajara para abrirle la puerta.
–¡Hijo de pu/ta insolente! No sé qué le pasa hoy, pero ya me encargaré de usted a la vuelta. ¡Y ahora, saque su **** de ese asiento y ábrame la puerta de una vez!
Nick se apeó del auto, sin prestar atención al viento gélido que le hacía flamear la liviana chaqueta blanca, pero preocupado por la nieve que había empezado a caer con fuerza. Cinco minutos más e iniciaría la huida. Abrió la puerta del auto con un floreo burlón.
–¿Puede bajar por sus propios medios o necesita que lo alce?
–Le aseguro que es la última vez que me provoca –advirtió Hadley, bajando del auto y tomando el portafolio–. A la vuelta aprenderá una lección. –Contuvo su mal humor y miró a Sandini, que tenía la vista clavada en el vacío, en un intento por parecer dócil y sordo–. Usted tiene su lista de mandados, Sandini. Hágalos de una vez y vuelva enseguida. Y usted –ordenó dirigiéndose a Nick–, vaya hasta ese almacén de la vereda de enfrente y cómpreme un rico queso importado y un poco de fruta fresca. Después espere en el auto. Terminaré dentro de una hora y media. ¡Y tenga el motor caliente y en marcha!
Sin esperar respuesta, Hadley se alejó por la vereda. A sus espaldas, los dos convictos lo miraron, esperando que entrara en el edificio.
–¡Qué hijo de pu/ta! –dijo Sandini en voz baja. Enseguida se volvió hacia Nick–. Llegó el momento. Buena suerte. –Levantó la vista para mirar las nubes cargadas de nieve–. Esto tiene todo el aspecto de un verdadero temporal de nieve.
Ignorando el problema del tiempo, Nick le habló con rapidez.
–Ya sabes lo que tienes que hacer. No te apartes del plan, ¡y por amor de Dios, no modifiques una palabra de tu versión! Si haces exactamente todo lo que te dije, terminarán considerándote un héroe en lugar dé un cómplice.
Algo en la sonrisa perezosa de Sandini y en su postura inquieta alarmó a Nick. Con claridad y en pocas palabras repitió el plan del que antes sólo podían hablar en susurros.
–Dom, te pido que hagas exactamente lo que decidimos. Deja la lista de compras de Hadley en el piso del auto. Haz tus mandados durante una hora, y luego dile a la empleada de la tienda que te olvidaste la lista en el auto y no estás seguro de si has comprado todo lo que te encargaron. Dile que vas a buscarla, y vuelve al auto. Lo encontrarás cerrado con llave. –Mientras hablaba, Nick le sacó a Sandini la lista de las manos y la arrojó dentro del auto; después cerró la puerta y le echó llave. Con una calma que interiormente no sentía, tomó a Sandini del brazo y lo empujó con firmeza hacia la esquina.
Cuando tuvieron luz verde, cruzaron la calle sin apuro; eran dos hombres como tantos, sólo que vestían pantalones blancos y chaquetas blancas con las letras PEA escritas en la espalda. Cuando se acercaban a la vereda, Nick continuó hablando en voz baja.
–Cuando llegues al auto y descubras que la puerta está cerrada, ve al almacén de la vereda de enfrente, busca un rato y después pregúntale al empleado si ha visto a alguien parecido a mí. Cuando te digan que no, dirígete a la librería y a la farmacia y haz la misma pregunta. Cuando te vuelvan a decir que no, dirígete directamente al edificio donde entró el director del penal y pregunta dónde se realiza la reunión en la que él debe dictar una conferencia. Dile a todo el mundo que debes informar de un posible intento de huida. Los empleados de todos los negocios en los que entraste antes, verificarán tu historia, y dado que le avisas al director que no estoy media hora antes de que él salga y lo descubra por sí mismo, se convencerá de que eres tan inocente como un recién nacido. Hasta es probable que te deje salir antes para asistir al casamiento de Gina.
En lugar de un apretón de manos, Sandini le sonrió y levantó ambos pulgares.
–Deja de preocuparte por mí y ponte en marcha. Nick asintió y empezó a alejarse. De repente se volvió.
–¿Sandini? –dijo con tono solemne.
–¿Sí, Nick?
–Te voy a extrañar.
–Sí, lo sé.

Perfecta Cap:13

Con la cadera apoyada contra el escritorio, Miley les sonrió a las siete mujeres de entre veinte y sesenta años a quienes estaba enseñando a leer. A pesar de que recién las conocía, ya la habían conquistado con su determinación, su coraje y su intensidad. Faltaban apenas veinte minutos para la hora en que debía estar en la casa de sus padres, donde comería, pero no tenía ganas de terminar esa clase. A regañadientes, miró su reloj.
–Bueno, creo que con eso basta por esta noche. ¿Alguien quiere preguntar algo acerca de los deberes para la semana que viene, o hay algo que quieran decir?
Siete pares de ojos de expresión sincera se clavaron en ella. Rosalie Silmet, de veinticinco años y madre soltera, levantó la mano y habló con timidez.
–Bueno, todas queremos decirle lo mucho que significa para nosotras lo que está haciendo. Me eligieron para que se lo dijera, porque hasta ahora soy la que mejor lee. Queremos que sepa hasta qué punto nos ha cambiado la vida que usted crea en nosotras. Algunas –miró a Pauline Perkins que acababa de unirse a la clase a instancias de Rosalind– no creen que pueda llegar a enseñarnos a leer, pero estamos dispuestas a darle la posibilidad de que lo logre.
Siguiendo la dirección de la mirada de Rosalind, Miley observó a la mujer morocha, de aire solemne, de alrededor de cuarenta años, y le habló con suavidad.
–¿Por qué cree que no podrá aprender a leer, Pauline?
La mujer se puso de pie, como si estuviera por dirigirse a una persona de gran importancia, y admitió con dolorosa dignidad:
–Mi marido dice que si no fuese est/úpida habría aprendido a leer cuando era chica. Mis hijos dicen lo mismo. Dicen que estoy haciéndole perder tiempo. Vine porque Rosalind dice que está aprendiendo a leer con mucha rapidez y que ella tampoco se creía capaz de conseguirlo. Entonces me dije que haría la prueba durante algunas semanas.
El resto de las mujeres presentes asintió, y Miley cerró los ojos antes de admitir algo que había conservado en secreto durante tantos años.
–Yo sé que todas pueden aprender a leer. Tengo pruebas de que no saber leer no quiere decir que una sea tonta. Y lo puedo demostrar.
–¿Cómo? –preguntó directamente Pauline. Miley respiró hondo antes de hablar.
–Lo sé porque cuando llegué a Keaton estaba en cuarto grado y no sabía leer tan bien como lee Rosalind después de unas semanas de clase. Yo sé lo que una siente cuando cree que es demasiado tonta para aprender. Sé lo que se siente cuando uno recorre un pasillo sin poder leer los nombres de los baños escritos en las puertas. Y sé cómo trata uno de ocultárselo al resto de la gente, para que no se rían. Yo no me río de ustedes. Nunca me reiré de ustedes. Porque sé algo más... sé el coraje que tiene que tener cada una de ustedes para venir aquí dos veces por semana.
Las mujeres la miraban con la boca abierta.
–¿Es cierto eso? –preguntó Pauline–. ¿Usted no sabía leer?
–Es absolutamente cierto –afirmó Miley, manteniéndole la mirada–. Por eso quiero enseñarles a ustedes. Por eso estoy decidida a conseguir todos los nuevos elementos que existen en la actualidad para ayudar a leer a los adultos. Confíen en mí –pidió, enderezándose–. Encontraré la manera de conseguirles todas esas cosas. Para eso viajo mañana a Amarillo. En este momento, lo único que les pido es que tengan un poco de fe en mí. Y en ustedes mismas.
–Yo tengo mucha fe en usted –bromeó Peggy Listrom, poniéndose de pie y recogiendo sus útiles–. Pero todavía no sé si tengo fe en mí misma.
–¡No puedo creer que haya dicho eso! –contestó Miley–. ¿Al principio de la clase no la oí fanfarronear diciendo que esta semana pudo leer algunos nombres de calles?

Cuando Peggy sonrió y levantó al bebé que dormía en una silla a su lado, Miley decidió que en esa etapa tan temprana les hacía falta que les reforzara el entusiasmo.
–Antes de que se vayan, me gustaría que recordaran por qué querían aprender a leer. ¿Qué me dice, Rosalie?
–Eso es fácil. Quiero ir a la ciudad, donde hay trabajo de sobra, pero no consigo empleo porque no sé llenar una solicitud. Y aunque ideara una manera de salvar ese escollo, sin saber leer no conseguiría un trabajo que valiera la pena.
Otras dos mujeres asintieron, y Miley miró a Pauline.
–Y usted, Pauline, ¿por qué quiere aprender a leer? La mujer sonrió avergonzada.
–Me gustaría demostrarle a mi marido que está equivocado. Me gustaría enfrentarlo una vez en la vida, y demostrarle que no soy imb/écil. Y después... –no terminó la frase.
–¿Y después? –preguntó Miley con dulzura.
–Y después –continuó diciendo la mujer–, me gustaría poder sentarme a ayudar a mis hijos con sus deberes.

Miley miró a Debby Sue Cassidy, una mujer de treinta años, pelo castaño lacio y aire tranquilo, a quien sus padres itinerantes habían sacado repetidamente de distintas escuelas, hasta que por fin, al llegar a quinto grado, dejó de asistir de manera definitiva. Impresionaba a Miley como una persona particularmente inteligente y, por lo poco que había dicho en clase, daba la sensación de ser una persona creativa y que sabía expresarse. Trabajaba como criada; tenía aspecto de bibliotecaria. Debby vaciló antes de hablar.
–Si después de aprender a leer pudiera hacer lo que quisiera, sólo una cosa me interesaría.
–¿Y qué es? –preguntó Miley.
–No se ría, pero me gustaría escribir un libro.
–No me río –contestó Miley con suavidad.
–Creo que algún día podré hacerlo. Es decir, tengo buenas ideas y sé contar historias en voz alta, sólo que no sé escribirlas. Escucho libros grabados, usted sabe, los que se graban para los ciegos, aunque yo no sea ciega. Y sin embargo, a veces siento que lo soy. Tengo la sensación de estar dentro de un túnel oscuro, sin salida, pero ahora creo que la haya. Si realmente logro aprender a leer.

Esas confesiones trajeron una lluvia de otras confesiones, y Miley empezó a comprender la vida que esas mujeres se veían obligadas a vivir. Ninguna de ellas tenía la menor autoestima, era evidente que sus maridos o los hombres con quienes vivían se burlaban de ellas y las maltrataban, y lo peor era que ellas mismas no creían merecer nada mejor. Cuando Miley cerró la puerta del aula a sus espaldas, llevaba diez minutos de atraso para la comida en casa de sus padres, y estaba más resuelta que nunca a conseguir el dinero necesario para que esas mujeres tuvieran a su alcance todos los elementos para aprender a leer con más rapidez.

El patrullero de Ted estaba estacionado frente a la casa de sus padres, y Carl caminaba hacia la casa, conversando con él. El Blazer azul de Carl, que insistía que ella debía llevar a Amarillo en lugar de su propio coche, menos confiable, se hallaba estacionado en el camino de entrada y Miley detuvo el suyo a su lado. Ted y Carl se volvieron a esperarla, y aun después de tantos años, ella todavía volvió a sentir un orgullo profundo y una sensación de asombro al ver lo altos y apuestos que eran sus hermanos y lo cálidos y cariñosos que seguían siendo con ella.
–¡Hola, hermana! –exclamó Ted, envolviéndola en un abrazo.
–¡Hola! –contestó ella, devolviendo el abrazo–. ¿Cómo anda el derecho? –Ted era sheriff asistente de Keaton, pero acababa de recibirse de abogado y esperaba que aprobaran su tesis para comenzar a ejercer.
–¡Progresando! –contestó él en broma–. Hoy le entregué una citación a la señora Herkowitz. Con eso me gané el día.
A pesar de su intento de humor, en su voz se notaba ese dejo de cinismo que tenía desde hacía tres años, desde el fracaso de su matrimonio con la hija del ciudadano más rico de Keaton. La experiencia le dolió y lo endureció. La familia lo sabía y lo lamentaba profundamente. Por su parte, Carl llevaba seis meses de casado, y era todo sonrisas y optimismo. Él también la abrazó.
–Esta noche Sara no puede venir a comer, todavía no se ha repuesto del resfriado –explicó.
La luz del porche estaba encendida y Mary Mathison apareció en la puerta, con un delantal atado a la cintura. Aparte de algunas hebras grises en el pelo y el hecho de que, desde que tuvo un infarto, se tomaba la vida con más tranquilidad, seguía tan bonita, vital y cálida como siempre.
–¡Apúrense, chicos! –exclamó–. La comida se enfría.
Detrás de ella estaba el reverendo Mathison, alto y erguido; ahora usaba anteojos permanentes y tenía el pelo casi completamente gris.
–¡Apúrense! –los urgió, mientras palmeaba a los varones en la espalda y abrazaba a Miley.
A lo largo de los años, lo único que había cambiado en las comidas de la familia Mathison era que ahora Mary Mathison prefería usar el comedor y tratar esas comidas como ocasiones especiales, porque sus tres hijos eran adultos y cada uno tenía su propia casa. Pero las comidas en sí no habían cambiado; seguían siendo una ocasión para compartir risas y experiencias, un momento para mencionar problemas y ofrecer soluciones.
–¿Cómo anda la construcción de la casa de Addleson? –le preguntó el padre de Miley a Carl.
–No muy bien. Si quieres que te confiese la verdad, me está volviendo loco. El plomero conectó el agua caliente a las canillas de agua fría, el electricista conectó la luz del porche a la instalación evacuadora, así que cuando uno decide eliminar la basura se prende la luz del porche.
Por lo general Miley era comprensiva con los problemas y tribulaciones del negocio de la construcción de su hermano, pero en ese momento la preocupación de Carl le pareció más divertida que angustiosa.
–Tranquilízate. El mayor Addleson no te hará juicio por haberte atrasado unos días en la construcción de su casa –lo calmó el reverendo Mathison– Es un hombre justo. Sabe que eres el mejor constructor de este lado de Dallas.
–Tienes razón –aceptó Carl–. Hablemos de algo más alegre. Hace semanas que andas con evasivas, Miley. Dinos: ¿te vas a casar con Greg o no?
–¡Oh! –exclamó ella–. Bueno yo... nosotros...
Toda la familia la contempló divertida mientras ella arreglaba los cubiertos a ambos lados de su plato y después movía la fuente del puré para que el dibujo quedara en el centro. Ted lanzó una carcajada y Miley se detuvo, ruborizada. Desde la infancia, cada vez que se sentía indecisa o preocupada, tenía una repentina y compulsiva necesidad de enderezar objetos y colocarlos en un orden perfecto, ya fuera el armario de su dormitorio, los armarios de la cocina o los cubiertos en la mesa. Dirigió una mirada tímida a sus hermanos.
–Supongo que sí. Algún día.
Todavía seguía pensando en el asunto cuando se separaron para regresar a sus respectivas casas. Después de despedirse de sus padres, se encaminaron hacia el Blazer de Carl.
–Sopla viento norte hacia Texas –comunicó Ted, estremeciéndose de frío–. Si llega a nevar allá arriba, te alegrarás de tener un vehículo con tracción en las cuatro ruedas. Ojalá Carl no necesitara su teléfono en la furgoneta. Me sentiría más tranquilo si hubiera podido dejarlo en el Blazer.
–No te preocupes por mí, estaré perfectamente bien –lo tranquilizó Miley, besándole la mejilla.

Mientras se alejaba, lo miró por el espejo retrovisor. Ted estaba parado en la vereda, con las manos en los bolsillos; un hombre rubio, alto, delgado, atractivo, con una expresión fría y desesperanzada. Era la misma expresión que le había visto muchas veces desde su divorcio de Katherine Cahill. Katherine había sido la mejor amiga de Miley, y todavía seguía siéndolo, a pesar de haberse mudado a Dallas. Ni Katherine ni Ted hablaban mal uno del otro con ella, y le costaba comprender cómo dos personas a quienes quería tanto no pudieran amarse. Miley hizo a un lado ese pensamiento deprimente y consideró su viaje a Amarillo del día siguiente. Esperaba que no nevara.

 ******

–Oye, Nick –el murmullo era apenas audible–. ¿Qué vas a hacer si pasado mañana empieza a nevar, como anuncia el pronóstico del tiempo? –Dominic Sandini se inclinó desde la cama de arriba y miró al hombre tendido en la cama inferior, que tenía la mirada clavada en el cielo raso–. ¿Me oíste, Nick? –agregó en un susurro algo más fuerte.
Nick dejó de pensar en su inminente huida y en los riesgos que entrañaba, volvió lentamente la cabeza y miró a su compañero de celda de la Penitenciaría Estatal de Amarillo, un hombre delgado, de piel color oliva y unos treinta años, que conocía sus planes de huida porque participaba en ellos. El tío de Dominic jugaba una parte importantísima en esos planes. Era un levantador de apuestas retirado, de acuerdo con la información de la biblioteca de la cárcel, con supuestas conexiones en la Mafia de Las Vegas. Nick le había pagado una verdadera fortuna a Enrico Sandini para que le allanara el camino una vez que lograra huir. Y lo hizo basándose en la recomendación de Dominic, quien aseguraba que su tío era “un hombre honorable”. Sin embargo, trascurrirían algunas horas antes de que supiera si el dinero que le pidió a Matt Farrell que transfiriera a la cuenta bancaria de Sandini en Suiza le serviría para algo.
–No te preocupes. Yo me encargaré de todo –dijo, en respuesta a la pregunta de Dominic.
–Bueno, cuando te “encargues de todo” no te olvides que me debes diez dólares. ¿Lo recuerdas?
–Te lo pagaré cuando salga de aquí –aseguró Nick. Y por si alguien escuchaba, agregó–: Algún día.

Con una sonrisa conspiradora, Sandini se recostó en su camastro y comenzó a leer la carta que acababa de recibir ese día.
Diez malditos dólares... pensó Nick sombríamente, recordando los tiempos en que daba propinas de diez dólares a botones y a mensajeros con tanta indiferencia como si se tratara de dinero falso. Pero en ese infierno donde había vivido los últimos cinco años, la gente asesinaba por diez dólares. Allí con diez dólares se podía comprar todo lo que estuviera disponible, desde un paquete de cigarrillos de marihuana o un puñado de sedantes o excitantes, hasta revistas dedicadas a toda clase de perversidades. Ésos eran algunos de los pequeños “lujos” que se podían comprar allí.

Por lo general, Nick trataba de no pensar en su forma de vida anterior; si lo hacía, esa celda de tres metros por cuatro con un lavatorio, un inodoro y dos camastros superpuestos le resultaba aún más insoportable, pero en ese momento, después de haber decidido que huiría o moriría en el intento, quería recordar. Esos recuerdos reforzarían su resolución, a pesar de los riesgos y el costo que implicaba. Quería recordar la furia que sintió el primer día cuando la puerta de la celda se cerró tras él, y al día siguiente cuando una pandilla de hombrones lo rodearon en el patio de la prisión y se burlaron de él.
«Ven, actorcito de cine, enséñanos cómo ganaste todas esas peleas en las películas».

Una furia ciega e irracional lo impulsó a atacar al más grandote del grupo; furia y un oscuro deseo de terminar allí mismo y ahora con su vida, lo más rápido posible, pero no antes de infligirle dolor a ese hombre que pretendía atormentarlo. Y así lo hizo. Nick estaba en buen estado físico, y los movimientos que había aprendido para sus falsas peleas en los, papeles de “malo” del cine no fueron en vano. Cuando la pelea terminó, Nick tenía tres costillas rotas y un riñon afectado, pero su oponente estaba muchísimo peor.
Su triunfo le valió una semana de encarcelamiento solitario, pero después de eso nadie volvió a burlarse de él. Se corrió la voz de que era un loco, y nadie se interponía en su camino. 

Después de todo, era un asesino convicto, no un ladronzuelo cualquiera. Y eso también le valió que lo trataran con cierto respeto. Demoró tres años en comprender que el camino más fácil era el buen comportamiento, que implicaba aceptar el juego como un buen soldadito. Y lo hizo, y hasta llegó a tomarles cierta simpatía a algunos convictos, pero en todos esos años nunca conoció un instante de paz. Sólo hubiera tenido paz aceptando su destino, pero nunca, ni por un instante en tantos años de encarcelamiento, pudo hacer lo que los demás le aconsejaban: aceptar su confinamiento. Eso era algo que no haría jamás. Aprendió a plegarse al juego y simular que se había “adaptado”, pero la verdad era justamente lo contrario. La verdad era que cada mañana, cuando abría los ojos, comenzaba su batalla interior y continuaba hasta que por fin se volvía a quedar dormido. Tenía que salir de allí antes de volverse loco. Su plan era sólido: todos los miércoles, Hadley, el director de la cárcel que la manejaría como si se tratara de algo propio, asistía a una reunión comunitaria en Amarillo; Nick era su chofer, y Sandini su mandadero. Ese día era miércoles y todo lo que Nick necesitaba para huir lo estaba esperando en Amarillo, pero a último momento Hadley le comunicó que la reunión se había suspendido hasta el viernes. Nick apretó los dientes. Si no fuera por esa demora, ya estaría en libertad. O muerto. Ahora tendría que esperar dos días más para llevar a Cabo su intento de huida, y no sabía si sería capaz de soportar tanta tensión.

Cerró los ojos y repasó el plan. Estaba lleno de escollos, pero Dominic Sandini era confiable, de manera que contaba con ayuda dentro de la cárcel. Se suponía que todo lo del exterior había sido cubierto por Enrico Sandini: dinero, transporte y una nueva identidad. A partir de allí, el resto dependía de Nick. En ese momento lo que más le preocupaba era todo lo que no podía predecir con exactitud, como el estado del tiempo y la ubicación de las posibles barricadas de los caminos. A pesar de sus cuidadosos planes, podían suceder mil cosas pequeñas, provocando un efecto dominó capaz de producir el colapso de todo el plan de huida. 

El riesgo era enorme, pero no importaba. No, en realidad no importaba. Sólo tenía dos opciones: quedarse en ese agujero infernal y permitir que destruyeran lo que quedaba de su mente y su cordura, o huir, arriesgándose a que lo balearan al tratar de capturarlo. En lo que a él se refería, era mil veces preferible morir que pudrirse allí dentro.
Aun en el caso de que lograra escapar, sabía que nunca dejarían de perseguirlo. Durante el resto de su vida –una vida probablemente muy corta– jamás podría relajarse ni dejar de mirar sobre el hombro, en cualquier parte del mundo donde estuviera. ¿Valía la pena? ¡Vaya si valía la pena!
–¡Dios Santo! –La exuberante exclamación de Sandini sacó a Nick de los pensamientos de su huida–. ¡Se casa Gina! –Agitó la carta que había estado leyendo, y cuando Nick lo miró con cara inexpresiva, lo repitió en voz más alta–. ¿Oíste lo que dije, Nick? ¡Mi hermana Gina se casa dentro de dos semanas! Se casa con Guido Dorelli.
–Me parece una elección acertada –contestó Nick–, considerando que fue quien la embarazó.
–Sí, pero como ya te dije, mamá no estaba dispuesta a permitir que se casara con él.
–Porque Guido es un tiburón solitario –supuso Nick después de recordar durante algunos instantes lo que sabía del novio.
–¡No! Es decir, un tipo tiene que ganarse la vida. Eso mamá lo comprende. Guido le presta dinero a gente que lo necesita, eso es todo.
–Y si no se lo pueden devolver les rompe las piernas.
Al ver la expresión de Sandini, Nick lamentó de inmediato su sarcasmo. A pesar de que Sandini había robado veintiséis automóviles y sufrido dieciséis arrestos antes de cumplir veintiocho años, había algo muy querible e infantil en ese pequeño italiano flaco. Lo mismo que Nick, gozaba de algunas prerrogativas por buen comportamiento, pero sólo faltaban cuatro semanas para que finalizara su condena. Sandini era un verdadero gallito, siempre dispuesto a pelear, y sentía una intensa lealtad hacia Nick, cuyas películas le encantaban.

Tenía una familia enorme y muy particular que lo visitaba con regularidad en la cárcel. Cuando se enteraron de que Nick era su compañero de celda, al principio quedaron intimidados, pero al descubrir que nunca recibía visitas, olvidaron quién era y lo adoptaron como si fuera un pariente más. Nick prefería que lo dejaran solo y en paz, y lo demostró con claridad ignorándolos por completo. Fue un esfuerzo inútil. Cuanto más intentaba evadirlos, con más insistencia lo rodeaban formando un grupo cariñoso y alegre. Antes de que Nick se diera cuenta de lo que había sucedido, empezó a recibir besos rotundos de mamá Sandini y de las hermanas y primas de Dominic. Chiquitos de manos pegajosas y sonrisas llenas de amor se le sentaban en las rodillas, mientras las madres conversaban sobre los asuntos de la enorme familia de Dominic, y Nick hacía esfuerzos sobrehumanos por recordar los nombres de todos mientras mantenía la mirada alerta para tratar de esquivar los caramelos que los chiquitos tenían en las manos y que de todos modos siempre terminaban pegados a su pelo. Sentado en un banco del patio atestado de la cárcel, vio a un bebito regordete de la familia Sandini que daba sus primeros pasos, y que le tendió las manos en busca de ayuda, en lugar de recurrir para ello a alguno de sus múltiples parientes.
La familia de Dominic lo envolvía en su calidez, y cuando se iban, dos veces por mes, le mandaban salames grasosos envueltos en papel marrón, lo mismo que a Dominic. 

Y aunque el salame le resultaba indigesto, Nick siempre comía un poco, y cuando las primas Sandini empezaron a escribirle y a pedirle autógrafos, Nick siempre les contestaba. Mamá Sandini le enviaba tarjetas para sus cumpleaños, y lo retaba por ser demasiado flaco. Y en las pocas ocasiones en que Nick tuvo ganas de reír, invariablemente la causa fue Sandini. De alguna extraña manera, se sentía más cerca de Sandini y de su familia de lo que jamás se había sentido de la suya.
Tratando de arreglar el comentario duro que acababa de hacer acerca del futuro cuñado de Sandini, Nick dijo con aire solemne.
–Pensándolo bien, los bancos hacen lo mismo. Cuando la gente no puede pagar, arrojan a la calle a las viudas y a los huérfanos.
–¡Exactamente! –exclamó Sandini, asintiendo y recuperando su buen humor.
Nick comprendió que era un alivio poder hacer a un lado sus angustiosas preocupaciones sobre las eventualidades que podían presentarse en su plan de huida y que eran imposibles de controlar, así que decidió continuar con el tema de la noticia que Sandini acababa de recibir.
–Si tu madre no objetaba la profesión de Guido ni sus entradas en la cárcel, ¿por qué se oponía a que Gina se casara con él?
–Ya te lo dije, Nick –contestó Sandini–. Guido ya ha estado casado, por la iglesia, y ahora está divorciado, así que está excomulgado,
–Tienes razón, me había olvidado –dijo Nick haciendo un esfuerzo por no sonreír. Sandini volvió a enfrascarse en su carta.
–Gina te manda cariños. Mamá también. Mamá dice que no le escribes bastante y que no comes bastante.
Nick miró el reloj de pulsera de plástico que le permitían usar y se puso de pie.
–Vamos, Sandini. Es hora de otro recuento de prisioneros.

Perfecta Cap:12

Cuando durante el juicio saltó a relucir que Nick era dueño de una importante colección de armas y que estaba familiarizado con distintos tipos de pistolas y balas, Handler trató de señalar que dado que eso era así, Nick debió ser capaz de cambiar las balas sin dejar, con torpeza increíble, sus impresiones digitales en el arma.
La idea de tratar de huir a Sudamérica y después desaparecer rondaba la mente de Nick, pero no era una buena idea, y lo sabía. Para empezar, si huía, aunque el jurado hubiera decidido dejarlo en libertad, lo consideraría culpable. En segundo lugar, su rostro era tan conocido, sobre todo después de la cobertura periodística del juicio, que fuera adonde fuese lo descubrirían a los pocos minutos. Lo único bueno que había surgido de todo el asunto era que Tony Austin nunca volvería a trabajar en cine, ahora que sus vicios y perversiones habían salido a la luz.
A la mañana siguiente, cuando llamaron a su puerta, la tensión y la frustración le habían anudado todos los músculos del cuerpo. Abrió la puerta de un tirón y frunció el entrecejo al encontrarse con el único amigo en quien confiaba implícitamente. Nick no había querido que Liam Farrell asistiera al juicio, en parte porque se sentía humillado, y en parte porque no quería que la culpa que se le atribuía manchara al famoso industrial. Dado que Liam había estado en Europa hasta el día anterior, negociando la compra de una empresa, a Nick no le resultó difícil mostrarse optimista cada vez que lo llamaba por teléfono. Pero en ese momento la expresión sombría de su amigo le indicó que sabía la verdad y que por ese motivo había volado a Dallas.
–No demuestres tanta alegría de verme –dijo Liam con sequedad, entrando en la suite.
–Te dije que no había motivo para que vinieras –contestó Nick, cerrando la puerta–. En este momento el jurado está deliberando. Todo saldrá bien.
–En cuyo caso –contestó Liam sin inmutarse por el poco entusiasta recibimiento–, podemos entretenernos jugando un poco de poker. Tienes un aspecto terrible –agregó, tomando el teléfono para ordenar un inmenso desayuno para dos–. Esto es como en los viejos tiempos de Carmel, cuando jugábamos a cada rato. Sólo que allí siempre jugábamos de noche... –dijo Liam mientras mezclaba las cartas.

Sólo que entonces la vida, de Nick no pendía de un hilo... El pensamiento flotó en el pesado silencio, que quebró el sonido agudo de la campanilla del teléfono. Nick atendió, escuchó y se puso de pie.
–El jurado ha llegado a un veredicto. Tengo que irme.
–Te acompañaré –dijo Liam.
–No es necesario –contestó Nick, luchando contra el pánico que amenazaba con invadirlo–. Me pasarán a buscar mis abogados. –Miró a Liam y fue hasta su escritorio–. Tengo que pedirte un favor. –Sacó un documento de un cajón y se lo entregó–. Lo preparé por si algo llega a salir mal. Es un poder general que te otorga el derecho de actuar por mí en cualquier asunto que se refiera a mis finanzas o a mis bienes.

Liam Farrell miró el documento y se puso pálido ante esa prueba de que obviamente Nick no creía tener demasiadas posibilidades de ser declarado inocente.
–No es mas que una formalidad, estoy seguro de que nunca tendrás necesidad de usarlo –mintió Nick.
–Yo también –contestó Liam con idéntica falta de veracidad.
Ambos se miraron. Eran casi de la misma altura, contextura física y color de tez, y mostraban la misma falsa expresión de confianza. Cuando Nick tomó su sobretodo, Liam se aclaró la garganta y dijo a regañadientes:
–Si... si tuviera que utilizar este poder, ¿qué quieres que haga?
Nick se anudó la corbata frente al espejo, se encogió de hombros y contestó con un frustrado intento de humor.
–Trata de no hundirme, nada más.
Una hora más tarde, en la sala del juzgado, de pie junto a sus abogados, Nick observó al alguacil que en ese momento le entregaba al juez el veredicto del jurado. Como si las palabras hubieran sido pronunciadas en un túnel lejano, oyó decir al juez:
–... culpable de asesinato en primer grado... –Luego Nick escuchó otro veredicto, más terrible que el primero– El castigo será de cuarenta y cinco años de cárcel, a ser cumplidos en el Departamento de Justicia Criminal de Texas, situado en Amarillo... Como se trata de una sentencia de más de quince años de cárcel, queda denegada toda posibilidad de excarcelación por fianza... El prisionero queda en custodia...
Nick se negó a hacer un solo gesto. Se negó a hacer nada que pudiera revelar la verdad: que aullaba por dentro. Permaneció rígido y erguido, aun cuando alguien le tomó las muñecas, se las colocó detrás de la espalda y le puso las esposas.

******

–¡Cuidado, señorita Mathison! –La aguda advertencia lanzada por el chico de la silla de ruedas llegó demasiado tarde; Miley llevaba la pelota de básquet por el centro de la cancha, riendo mientras se preparaba para arrojarla al cesto, cuando un pie se le enredó con el posapiés de una silla de ruedas y voló por el aire, para caer luego ignominiosamente de traste en el piso.
–¡Señorita Mathison! ¡Señorita Mathison! –En el gimnasio retumbaban los gritos de los niños inválidos de las sesiones de gimnasia que Miley supervisaba después de las horas de clase, cuando terminaban sus tareas de maestra. De repente estuvo rodeada de chicos en sillas de ruedas o que se apoyaban en muletas.
–¿Está bien, señorita Mathison? –preguntaban a coro–. ¿Se lastimó, señorita Mathison?
–¡Por supuesto que me lastimé! –contestó Miley en broma, apoyándose sobre los codos y apartándose el pelo de los ojos–. Tengo el orgullo muy, muy lastimado.
En el momento en que rodaba sobre sí misma para ponerse de pie, en su campo de visión entraron unos zapatos muy lustrados, medias marrones y un par de pantalones de poliéster.
–¡Señorita Mathison! –ladró el director de la escuela, mirando con aire feroz las marcas sobre el reluciente piso de su gimnasio–. Esto no se parece en nada a un partido de básquet. ¿A qué juega?

A pesar de que en ese momento Miley era maestra de tercer grado en la Escuela Elemental de Keaton, sus relaciones con el director, señor Duncan, no habían mejorado demasiado desde que quince, años antes él la acusó de robar el dinero para los almuerzos de su clase. Aunque el señor Duncan ya no ponía en duda la integridad de Miley, su manera constante de transgredir las reglas de la escuela le resultaban una perpetua molestia. No sólo eso, sino que vivía molestándolo con ideas novedosas y, cuando él las vetaba, ella obtenía el apoyo moral del resto del pueblo y, si era necesario, el apoyo financiero de distintos ciudadanos. Como resultado de una de sus ideas, la escuela contaba ahora con un programa atlético especial para niños con incapacidades físicas, que Miley había creado y que modificaba constantemente con lo que el señor Duncan consideraba un frívolo desinterés por sus procedimientos preestablecidos. No bien puso en marcha su programa para niños incapacitados, el año anterior, la señorita Mathison inventó otro movimiento y no había modo de detenerla. Ahora impulsaba una campaña para desarraigar el analfabetismo entre las mujeres de Keaton y sus alrededores. Lo único que hizo falta para que iniciara esa cruzada fue que descubriera que la esposa del portero de la escuela no sabía leer. 

Miley Mathison la invitó a su propia casa, donde comenzó a darle clases, pero resultó que la mujer del portero conocía a otra mujer que no sabía leer, y ésa conocía a otra más, que a su vez conocía a otra, y ésa a otra. Al poco tiempo había que enseñar a leer a ocho mujeres y la señorita Mathison le pidió que, para enseñar a sus nuevas alumnas, le permitiera utilizar su aula dos veces por semana, después del horario de clases.

Cuando el señor Duncan protestó por el incremento de los costos que suponía mantener las aulas en funcionamiento en horas de la noche, ella respondió que en ese caso hablaría con el director de la escuela secundaria del pueblo. Antes de quedar como un ogro cuando el director de la escuela secundaria cediera ante los ojos azules y la brillante sonrisa de la señorita Mathison, el señor Duncan le permitió utilizar su aula de tercer grado para esos fines. Poco después de su capitulación, ella decidió que necesitaba material especial para acelerar el proceso de aprendizaje de sus adultos. Y como descubrió el señor Duncan en su constante frustración, una vez que a Miley Mathison se le metía una idea en la cabeza, no se detenía hasta convertirla en realidad. Cuando estaba convencida de que tenía razón, de que había algo importante en juego, Miley Mathison poseía una tozudez poco común, junto con un optimismo enérgico e ilimitado, que al señor Duncan le resultaba enojoso.

En ese momento estaba decidida a conseguir el material especial que le hacía falta y él estaba seguro de que su pedido de dos días de licencia para viajar a Amarillo de alguna manera se relacionaba con ese dinero que necesitaba obtener. Sabía que Miley había convencido al opulento abuelo de uno de sus alumnos minusválidos –un hombre que casualmente vivía en Amarillo– de que donara fondos para la compra de parte del equipo que hacía falta para el programa de gimnasia. Ahora el señor Duncan sospechaba que intentaba caer sobre el desprevenido ciudadano para instarlo a que donara fondos para su programa contra el analfabetismo de mujeres adultas.
Con la cara lavada como la tenía en ese momento, y su pelo castaño que le caía hasta los hombros sujeto en una cola de caballo, Miley Mathison tenía un aire de integridad y de juvenil vitalidad que engañó al señor Duncan cuando la contrató, haciéndole creer que se trataba de una jovencita dulce, bonita y poco complicada. De poco más de un metro sesenta de estatura, tenía huesos finos y piernas largas, nariz elegante, pómulos clásicos y una boca generosa y suave. Sin embargo, como para su desgracia había comprobado, el único rasgo de ese rostro delicado que hacía sospechar lo que era su poseedora, era esa mandíbula obcecada con su hoyuelo pequeño y muy poco femenino.

Ocultando su impaciencia interior, el señor Duncan esperó hasta que su joven maestra terminara con su “equipo”, alisara su traje de gimnasia y se pasara las manos por el pelo antes de dignarse explicar los motivos de su poco habitual visita al gimnasio a esa hora.
–Llamó su hermano Ted. Yo era el único que estaba arriba y atendí el teléfono –explicó con irritación–. Me pidió que le dijera que su madre quiere que vaya a comer a las ocho, y que su hermano Carl le prestará su auto para el viaje. Él... este... mencionó que usted piensa viajar a Amarillo. No me lo había comentado cuando me pidió los días de licencia por motivos personales.
–Sí, Amarillo –dijo Miley con una sonrisa de inocencia que no hizo más que poner en guardia al director.
–¿Tiene amigos en Amarillo? –preguntó él, levantando las cejas, en un gesto inquisitivo.
Miley se dirigía a Amarillo a ver al opulento pariente de uno de sus niños minusválidos, con la esperanza de convencerlo de que donara una suma de dinero para su programa contra el analfabetismo de las mujeres adultas... pero tenía el horrible presentimiento de que el señor Duncan ya lo sospechaba.
–Sólo faltaré dos días –dijo, evasiva–. Ya he arreglado que una suplente tome mis clases.
–Amarillo queda a varios cientos de kilómetros de distancia. Debe de tener cosas importantes que hacer allí.
En lugar de responder a la apenas velada pregunta acerca del propósito de su viaje, Miley se levantó la manga del traje de gimnasia, miró su reloj de pulsera y exclamó:
–¡Dios mío! ¡Ya son las cuatro y media! Será mejor que me apure... Debo ir a casa, ducharme y estar de vuelta para mi clase de las seis de la tarde.


El camino hasta su casa la obligó a cruzar el centro comercial de Keaton, cuatro manzanas de tiendas y negocios que rodeaban el viejo juzgado. Al llegar a Keaton de niña, la pequeña ciudad tejana sin avenidas ni rascacielos –ni villas miseria– le pareció extraña y desconocida, pero muy pronto aprendió a amar sus calles tranquilas y su atmósfera amistosa. En los últimos quince años, el pueblo no había cambiado demasiado. Estaba igual que siempre, pintoresco y bonito, con su hermoso pabellón blanco en el centro del parque municipal y sus calles de adoquines rodeadas de negocios y de casas inmaculadamente cuidadas. Aunque la población había crecido de tres mil a cinco mil almas, Keaton absorbió a sus nuevos ciudadanos dentro de su propio estilo de vida, en lugar de permitir que lo alteraran. La mayor parte de sus habitantes seguía asistiendo a la iglesia los domingos, los hombres se seguían reuniendo en el Elk Club los primeros viernes de cada mes, y las vacaciones de verano se seguían celebrando de la misma manera tradicional. Los residentes originales de Keaton llegaban a esas festividades a caballo o en carros. Ahora llegaban en pickups o en autos, pero la música y las risas todavía resonaban en el aire del verano, lo mismo que antes. Era un lugar donde la gente se aferraba con fuerza a las viejas amistades, a las viejas tradiciones, a los viejos recuerdos. Era también un lugar donde todo el mundo lo sabía todo acerca de todos los demás.

Ahora Miley formaba parte de todo eso; amaba la sensación de seguridad, de pertenencia que le daba, y desde los once años había evitado todo lo que pudiera provocar la censura de los comentarios. Durante la adolescencia, sólo salía con los escasos chicos que merecían la aprobación de sus padres y de toda la ciudad, y sólo asistía con ellos a actividades del colegio o a castas actividades de la iglesia. Jamás violó un reglamento de tránsito o una regla preestablecida. Vivió en casa de sus padres mientras estudiaba, hasta el año anterior, cuando por fin alquiló su propia casita en el lado norte de la ciudad. Mantenía esa casa prolija, y después del anochecer nunca permitía la entrada a hombres que no formaran parte de su familia. En la década de 1980, otras jóvenes de su edad habrían protestado contra esas restricciones, autoimpuestas o no, pero ése no era el caso de Miley. Ella había encontrado un verdadero hogar, una familia que la quería, la respetaba y le brindaba toda su confianza, y estaba decidida a ser digna de ellos. Tan eficaces fueron sus esfuerzos que, ya adulta, Miley Mathison era el modelo ciudadano de Keaton. Aparte de enseñar en la escuela y de entregar voluntariamente su tiempo al programa de gimnasia para niños con incapacidades físicas, y de enseñar a leer a mujeres adultas, también enseñaba en la escuela dominical, cantaba en el coro, cocinaba tortas para las ferias de la iglesia, y tejía para ayudar a reunir fondos para una nueva sede para los bomberos.
Con absoluta decisión había erradicado todo rastro de la temeraria e impulsiva chiquita de la calle que fue en una época. Y sin embargo, todos los sacrificios que hacía la recompensaban hasta tal punto que siempre tenía la sensación de ser ella la que salía ganando. Le encantaba trabajar con niños, y le fascinaba enseñar a adultos. Había logrado forjarse una vida perfecta. Sólo que algunas veces, de noche y cuando estaba sola, no podía evitar la sensación de que todo eso no era perfecto. Había algo falso, faltaba algo, o existía algo que estaba fuera de lugar. Tenía la sensación de haberse inventado un papel que debía interpretar, y no estaba segura de lo que se suponía que debía hacer en el futuro.

El año anterior, cuando llegó el nuevo pastor asistente para ayudar al padre de Miley, se dio cuenta de algo que debió haber considerado mucho antes: necesitaba un marido y una familia propia a quienes amar. Y Greg también. Hablaron de la posibilidad de casarse, pero Miley quiso esperar hasta estar segura, y ahora Greg estaba en Florida con su propia congregación, todavía esperando que ella se decidiera. Los chismosos del pueblo, que aprobaban por completo al joven pastor como marido de Miley, sufrieron una fuerte desilusión cuando el mes anterior Greg se alejó sin comprometerse oficialmente con Miley. Objetivamente, Miley también aprobaba a Greg. Sólo que a veces, tarde, a la noche, la perseguían esas dudas vagas e inexplicables...

Perfecta Cap: 11

 FELIZ CUMPLE DANI TE QUIERO MUCHO ESPERO TE GUSTE EL MARATON :D


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Durante el día siguiente, todo el elenco y el equipo técnico permanecieron en cuarentena dentro del hotel para ser interrogados por la policía. Nick era presa de un estupor inquieto; la policía se negaba a suministrarle información, mientras que los medios periodísticos no hacían más que difundir noticias a todo el país con respecto al acontecimiento. Según el programa de la NBC que Nick vio al mediodía, el arma que mató a Rachel estaba cargada con una bala de punta hueca, diseñada para abrirse en el momento del impacto, infligiendo una destrucción total en una amplia zona del cuerpo, en lugar de atravesarlo simplemente. Ése era el motivo de que la muerte hubiese sido instantánea. El noticiario de la tarde de la CBS presentó a un experto en balística quien, con un puntero y un diagrama del cuerpo de Rachel, explicó al país el daño exacto que la bala había causado y el lugar donde se había alojado el proyectil. Nick apagó el televisor, fue al baño y vomitó. Rachel estaba muerta, y pese a que en el matrimonio de ambos no había verdadero amor, a pesar de que ella pensaba divorciarse de él para casarse con Tony, él no conseguía convencerse de que estaba muerta, ni aceptar la forma horrible de esa muerte. Las noticias de las diez de la noche propaladas por la cadena ABC fueron una bomba verbal para él al anunciar que, de acuerdo con los resultados de la autopsia que acababa de ser dada a publicidad, Rachel Evans Jonas estaba embarazada de seis semanas.

Nick se hundió en el sofá y cerró los ojos, tragando bilis, con la sensación de que se encontraba en el ojo de un huracán que lo hacía girar despiadadamente. Rachel estaba embarazada. Pero él no era el padre de la criatura. Hacía meses que no se acostaba con ella.
Sin afeitarse, y sin poder comer, se paseó por la suite preguntándose si todos los demás estarían encerrados en sus respectivas habitaciones y, en caso contrario, por qué ninguno de ellos había ido a conversar con él, a darle el pésame, o simplemente a pasar el tiempo en su compañía. El telefonista del hotel no daba abasto para contestar las llamadas de gente de Hollywood, más interesada en averiguar detalles que en expresar su pésame, por la muerte de Rachel. De manera que Nick se negó a recibir llamados, con excepción de Matt Farrell, y pasaba el tiempo preguntándose quién podía haber odiado a Rachel hasta el punto de querer verla muerta. A medida que transcurrían las horas, empezó a sospechar de cada una de las personas presentes en el set, por un motivo absurdo o por otro, y sin embargo, cada vez descartaba a ese sospechoso y buscaba a otro, porque las causas de su anterior sospecha eran absolutamente increíbles.
En el fondo de su ser tenía conciencia de que tal vez la policía creyera que él tenía fuertes motivos para asesinar a su mujer, y sin embargo los consideraba tan ridículos que se convenció de que la policía también lo vería así.
Dos días después de la muerte de Rachel, Nick contestó una llamada a la puerta de la suite y se topó con los dos detectives que lo habían interrogado el día anterior.
–Señor Jonas –empezó a decir uno de ellos, pero la paciencia de Nick había llegado a su límite.
–¿Por qué mie/rda pierden el tiempo conmigo? –explotó–. ¡Exijo saber qué progresos han hecho en la búsqueda del asesino de mi mujer!
Estaba tan furioso que se sorprendió cuando uno de los hombres, que había entrado en el cuarto colocándose a sus espaldas, de repente lo empujó hacia la pared, le aferró las muñecas y Nick sintió el contacto frío de las esposas al tiempo que el otro decía:
–Nicholas Jonas, está arrestado por el asesinato de Rachel Evans. Tiene derecho a guardar silencio, tiene derecho a llamar a un abogado. En el caso de que no pudiera pagar a un abogado...

–Señoras y señores del jurado, han escuchado el escandalizante testimonio y visto las pruebas incontrovertibles de... –Altón Peterson, el fiscal, permaneció perfectamente inmóvil, mirando con sus ojos penetrantes a cada uno de los doce jurados del Condado de Dallas, quienes debían decidir el resultado de ese juicio que había logrado atraer la atención de todo el país con sus escandalosas revelaciones de adulterio y asesinato cometidos por superestrellas de Hollywood.
Fuera de la sala de la corte, bullían reporteros de todas partes del mundo, a la espera de conocer el menor detalle del juicio contra Nicholas Jonas. En una época lo habían cubierto de alabanzas y de halagos; ahora informaban con una satisfacción aún mayor acerca de cada detalle de su caída, para fascinar a un público que los digería junto con sus comidas a la hora de los noticiarios.
–Han oído las pruebas –recordó Peterson al jurado con tono enfático, continuando con su resumen final–, el testimonio intachable de docenas de testigos, algunos de los cuales eran amigos de Jonas. Saben que la noche antes de que Rachel Evans fuera asesinada, Nicholas Jonas la descubrió desnuda en brazos de Tony Austin. Saben que Jonas se enfureció hasta el punto de que varios integrantes de su equipo debieron contenerlo y alejarlo de Austin. Han escuchado los testimonios de huéspedes del hotel que se encontraban en el vestíbulo, fuera de la suite de Jonas, y que oyeron la fuerte discusión que siguió. Por el testimonio de esos testigos están enterados de que Rachel Evans le dijo a Jonas que pensaba divorciarse de él para casarse con Anthony Austin y que en ese divorcio pensaba quedarse con la mitad de su fortuna. Esos mismos testigos afirman que Jonas le advirtió a su mujer, y cito textualmente sus palabras... –Peterson hizo una pausa para consultar sus anotaciones, pero fue un golpe de efecto, porque dentro de la sala nadie podía olvidar la amenaza. Alzando la voz para lograr un énfasis mayor, Peterson dijo–: ¡Te mataré antes de permitir que tú y Austin se queden con la mitad de nada!
El fiscal se inclinó para apoyarse en la baranda del palco del jurado y los miró, uno por uno.
–Y efectivamente la mató, señoras y señores. ¡La mató a sangre fría junto con la criatura inocente que ella llevaba en su seno! Ustedes saben que lo hizo, y yo sé que lo hizo. Pero la forma en que lo hizo convierte a este crimen en algo aún más asqueante, más odioso, porque demuestra la clase de monstruo que es Nicholas Jonas.
Se volvió y comenzó a pasearse. Recapituló el crimen y la forma en que fue cometido. Luego llegó a su conclusión.
–Nicholas Jonas no asesinó a su mujer sin premeditación, en un ataque de furia y pasión, como podía haberlo hecho un asesino común. ¡No, él no! Esperó veinticuatro horas para poder terminar primero su preciosa película, y entonces eligió un método de venganza tan fuera de lo común, concebido con tanta sangre fría, que da ganas de vomitar. Cargó un arma con balas de punta hueca, y a último momento, cuando filmaban la escena final de la película, modificó el guión para que fuera su esposa y no Anthony Austin el que recibiera el balazo durante la falsa lucha. Altón hizo otra pausa y volvió a apoyarse en la baranda del palco del jurado. Éstas no son conjeturas mías. Han escuchado testimonios que demuestran cada palabra de lo que acabo de decir. En la tarde del crimen, mientras el resto del elenco y el equipo se tomaban un descanso para comer, Nicholas Jonas entró solo en la caballeriza, ostensiblemente para arreglar algunos detalles del set. Varias personas lo vieron entrar, él mismo admitió haber entrado, y sin embargo nadie pudo notar un cambio posterior en el set. ¿Qué hacía allí adentro Jonas? ¡Ustedes saben lo que hacía! 

Cambiaba las inofensivas balas de fogueo con las que un asistente declaró haber cargado el arma, por mortíferas balas de punta hueca. Les recuerdo una vez más que en el arma se encontraron las huellas digitales de Jonas. Las suyas, y sólo las suyas, que dejó allí sin duda por error, después de haber limpiado el arma. Y una vez que acabó con sus preparativos, ¿terminó de una buena vez con sus malvados designios, como lo hubiera hecho un criminal común? No, él no. –Altón se volvió a mirar al acusado y no tuvo necesidad de fingir odio ni asco cuando agregó: –Nicholas Jonas permaneció de pie junto a un camarógrafo en esa caballeriza, observando las caricias que se prodigaban su mujer y el amante, y los obligó a hacerlo ¡una y otra vez! Los detuvo cada vez que su esposa estaba por tomar el arma. Y luego, cuando ya se había “divertido” bastante, cuando ya consideró que había vengado sus celos enfermizos, cuando ya no pudo prolongar el instante que el guión exigía... el momento en que su mujer debía tomar el arma y dispararla contra Tony Austin... Nicholas Jonas ¡modificó el guión!

Peterson giró y señaló a Nick con un dedo, mientras su voz resonaba llena de odio.
–Nicholas Jonas es un hombre que ha sido hasta tal punto corrompido por el dinero y por la fama, que se creyó por encima y más allá de las leyes que se aplican a ustedes y a mí. ¡Creyó que ustedes le permitirían salirse con la suya! Mírenlo, señoras y señores del jurado...
Movidos por la resonante voz de barítono de Peterson, todos los rostros de la sala atestada se volvieron a mirar a Nick, que estaba sentado ante la mesa del acusado. A su lado, el abogado defensor le habló sin mover los labios.
–¡Maldito sea, Nick! ¡Mira al jurado!
Nick levantó la cabeza y obedeció automáticamente, pero dudaba que nada de lo que hiciera pudiera tener efecto en las mentes del jurado. Si la misma Rachel hubiera decidido tenderle una celada para que lo acusaran de su asesinato, no podría haberlo hecho mejor. Todas las “evidencias” lo acusaban.
–¡Mírenlo! –ordenó Altón Peterson con renovada furia y energía–, y verán lo que es: ¡un hombre culpable de asesinato en primer grado! ¡Ése es el veredicto, el único veredicto que ustedes pueden dictar en este caso si quieren que se haga justicia!
A la mañana siguiente, el jurado se retiró para debatir el veredicto, y Nick, que se encontraba en libertad después de pagar una fianza de un millón de dólares, regresó a su suite del Crescent, donde consideró seriamente la posibilidad de tratar de huir a Sudamérica o de tratar de asesinar a Austin. 

Tony le parecía el sospechoso más lógico, pero ni sus propios abogados ni los detectives privados que habían contratado pudieron encontrar ninguna prueba que lo incriminara, salvo el hecho de que continuaba con su costoso hábito de consumir drogas, un hábito que hubiera estado en mejores condiciones de continuar si Rachel se hubiera casado con él después de divorciarse de Nick. Además, si a último momento Nick no hubiera decidido modificar el guión, Tony, y no Rachel, hubiera recibido el disparo. Nick trató de recordar si alguna vez le mencionó a Tony que no le gustaba el final y que estaba pensando en la posibilidad de cambiarlo. A veces pensaba en voz alta y largaba ideas delante de otros, y después no lo recordaba. Había hecho anotaciones sobre el posible cambio en su ejemplar del guión, que en muchas ocasiones dejó en distintas partes, pero todos los testigos negaron saber nada al respecto.
Se paseaba por la suite como un tigre enjaulado, maldiciendo al destino, a Rachel y a sí mismo. Repasó una y otra vez el discurso final de su abogado, tratando de convencerse de que Arthur Handler había conseguido persuadir al jurado de que no debía condenarlo. La única defensa plausible que pudo esgrimir Handler fue que Nick tenía que ser un completo idi/ota para cometer un crimen tan evidente, cuando sabía que todas las pruebas lo incriminarían directamente. 



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jueves, 11 de octubre de 2012

Perfecta Cap: 10

–La primera vez lo haremos tal como está escrito. Después, si es necesario, improvisaremos. –Miró al elenco y al equipo técnico–.¿Alguna pregunta? –dijo en tono cortante. Esperó algunos instantes y al ver que nadie hablaba, le hizo una seña a Tommy.
–Adelante –dijo.
–Corten el aire acondicionado –ordenó Tommy. El sonidista se puso los auriculares, ambos camarógrafos se inclinaron hacia adelante y Nick se colocó entre la cámara y los monitores para poder ver al mismo tiempo los monitores y a los actores.
–Luz roja, por favor –pidió, para que las luces rojas se encendieran fuera de la caballeriza indicando que estaban filmando–. Cámara. –Esperó la confirmación de que las cámaras y el sonido estuvieran rodando a la velocidad indicada.
–¡Rodando! –exclamó el camarógrafo de la grúa.
–¡Rodando! –exclamó Sam Hudgins.
–¡Sonido! –dijo el sonidista.
–¡Márquenla! –ordenó Nick y la asistente de producción se adelantó con rapidez para colocar frente a la cámara de Sam la claqueta que marcaba el número de toma y de secuencia.
–Escena 126, toma 1 –anunció, repitiendo lo que estaba escrito en la claqueta. Golpeó ambas partes de la claqueta para que los editores de la película pudieran sincronizar el sonido con la acción y se hizo a un lado con rapidez.
–¡Acción! –ordenó Nick.
Rachel entró en la caballeriza desde un costado, moviéndose nerviosamente. Miró de un lado a otro, con el rostro convertido en una máscara de terror, aprensión y excitación.
–¿Rick? –preguntó con voz temblorosa, y cuando el amante oculto extendió una mano hacia ella, su grito ahogado fue perfecto.
Parado junto a la cámara, con los brazos cruzados sobre el pecho, Nick lo observaba todo con ojos entrecerrados y mirada impersonal, pero cuando Austin empezó a besar á Rachel y la arrastró hacia los fardos de pasto, todo empezó a andar mal. Austin estaba incómodo y su actuación era poco natural.
–¡Corten! –gritó Nick, furioso al comprender que a ese paso posiblemente se vería obligado a observar a Austin manoseando y besando repetidas veces a su mujer. Se adelantó a la luz y dirigió al actor una glacial mirada de desprecio–. En mi cuarto de hotel no la estabas besando como un chiquilín inepto, Austin. ¿Por qué no repites esa escena en lugar de esta actuación de aficionado que nos estás ofreciendo?
Austin se puso colorado como la grana.
–¡Dios, Nick! ¿Por qué no actúas como un adulto en este asunto...?
Ignorándolo, Nick se volvió hacia Rachel, quien lo miraba echando chispas por los ojos, y le habló con una crudeza poco común.
–Y en cuanto a ti, se supone que también estás caliente, y no soñando con arreglarte las uñas mientras él te manosea.

Las dos tomas siguientes fueron buenas, y todo el equipo lo supo, pero en ambas oportunidades Nick las detuvo antes de que Rachel pudiera tomar el arma, y los obligó a repetirla. En parte lo hizo porque de repente le producía una perversa satisfacción obligarlos a repetir en público los actos adúlteros que lo habían hecho quedar como un imb/écil, pero sobre todo porque sentía que la escena todavía no era perfecta.
–¡Corten! –gritó, interrumpiendo la cuarta toma y adelantándose.
Austin se levantó del fardo de pasto, furioso y dispuesto a pelear, abrazando a Rachel, en quien por fin había surgido la sensibilidad suficiente como para que también ella se sintiera avergonzada y furiosa.
–¡Mira, sádico hijo de pu/ta, en esas últimas dos tomas no hubo nada de malo! Fueron perfectas –gritó Austin, pero Nick lo ignoró y decidió probar la escena con los cambios que había considerado el día anterior.
–¡Cállense la boca y escuchen! –ordenó de mal modo–. Vamos a probar esto de otra manera. A pesar de lo que pensó el autor al escribir esta escena, la realidad es que cuando Johanna dispara contra su amante, aunque sea accidental, pierde toda nuestra simpatía. El hombre ha estado sexual y emocionalmente obsesionado con ella, y ella lo ha usado para colmar sus propias necesidades, pero nunca tuvo la menor intención de abandonar a su marido por él. Así que Johanna tiene que ser herida antes que él, porque si no Rick se convierte en la única víctima en esta película, y en el fondo lo que nos está diciendo el argumento es que todos somos víctimas.
Nick oyó el murmullo de sorpresa y aprobación que surgía de todos los presentes, pero no lo necesitaba para reforzar su decisión. Ahora sabía que tenía razón. 

Lo sabía con el mismo instinto visceral que le había permitido ganar la Nominación de la Academia por una película que parecía de segunda clase hasta que él se encargó de dirigirla. Se volvió hacia Rachel y Tony, que, a pesar de sí mismos, parecían impresionados por el cambio, y les habló con tono cortante.
–Una vez más y creo que lo tendremos. Lo único que tienen que hacer es invertir el final de la lucha por el arma, para que la primera en resultar herida sea Johanna.
–¿Y después qué? –preguntó Tony–. ¿Qué hago al darme cuenta de que la he herido?
Nick se detuvo un instante a pensar y enseguida contestó con decisión:
–Entonces deja que ella se apodere del arma. No fue tu intención herirla, pero ella no lo sabe. Retrocedes, pero ella tiene el arma y te apunta, llorando... por sí misma y por ti. Sigues retrocediendo. Rachel –dijo, volviéndose hacia ella, enfrascado en sus pensamientos–, quiero verte sollozar, después cierra los ojos y aprieta el gatillo. –Enseguida Nick volvió a su posición inicial–. Márquenla...
La asistente se colocó frente a la cámara con la claqueta.
–¡Escena 126, toma 5!
–¡Acción!
Ésa sería la última toma, una toma perfecta...
Nick lo supo al ver a Austin aferrando a Rachel y obligándola a recostarse contra los fardos de pasto, devorándola con las manos y los labios. En ese momento no había diálogo, pero después se grabaría el sonido, de modo que cuando Rachel tomó el arma y la esgrimió entre ambos, Nick la urgió a luchar con más fuerza.
–¡Lucha! –ladró. Y en un arranque de ironía agregó–: ¡Imagina que soy yo!
La frase dio resultado, porque Rachel se retorció y golpeó con furia los hombros de Tony, hasta apoderarse del arma.
Más tarde se incluiría un verdadero disparo en la banda de sonido, en lugar del suave pop de la bala de fogueo que había en el arma, y Nick observó a Tony que se la quitaba de las manos y esperó el momento ideal de la lucha para ordenar el disparo. En ese instante Tony apretaría el gatillo, y Rachel caería hacia atrás y apretaría el paquete de sangre falsa que llevaba oculto en el hombro. ¡Ése era el momento!
–¡Disparo! –gritó Nick y el cuerpo de Rachel se estremeció con violencia cuando el tiro explotó con fuerza en la caballeriza, resonando contra el techo de chapas metálicas.

Todo el mundo quedó petrificado, momentáneamente inmovilizados por el sonido inesperado del tiro cuando sólo debió haberse oído el pop del disparo de fogueo. Rachel se deslizó lentamente de los brazos de Tony y se desplomó al piso, pero la falsa mancha de sangre no se extendió por su hombro.
–¿Qué mie/rda...? –empezó a decir Nick, adelantándose velozmente. Tony ya se inclinaba sobre ella, pero Nick lo alejó de un empujón–. ¿Rachel? –dijo, volviéndola.

Tenía un pequeño orificio en el pecho del que apenas comenzaba a manar un hilo de sangre. El primer pensamiento coherente de Nick, mientras pedía a gritos que alguien fuera en busca de la ambulancia y de los médicos, mientras le buscaba el pulso inexistente, fue que esa herida no podía ser fatal. Rachel apenas sangraba, la herida estaba más cerca de la clavícula que del corazón, y además había médicos a pocos pasos de distancia, como lo requería la ley. Se había desatado un pandemónium; se oían aullidos de mujeres, gritos de hombres, y el equipo se acercaba formando una sofocante multitud.
–¡Atrás! –gritó Nick, y como no podía encontrarle el pulso a Rachel, empezó a hacerle respiración boca a boca.
Transcurrió una hora mientras Nick permanecía junto a las puertas de la caballeriza, algo alejado de los demás, esperando noticias de la horda de médicos y policías que rodeaban a Rachel. Había autos patrulleros y ambulancias estacionados por todo el parque, y sus atemorizantes luces rojas y azules giraban en la noche silenciosa y húmeda.
Rachel estaba muerta. Lo presentía, lo sabía. Ya se había enfrentado una vez con la muerte, conocía su rostro. Pero a pesar de todo, no podía creerlo.
La policía ya había interrogado a Tony y a los camarógrafos. Ahora empezaban a interrogar a todos los que se hallaban presentes cuando sucedió. Pero no le preguntaban a Nick lo que él había visto. Y, con la escasa capacidad que le quedaba para pensar, a Nick le resultó muy extraño que no quisieran hablar con él.

Entonces vio algo que le heló la sangre. Los policías que habían acordonado toda la zona, se abrían para dar paso a un auto oscuro. Nick alcanzó a leer el emblema que tenía inscripto en la puerta: “Investigador del Condado”.
Todos los demás también lo vieron. Emily empezó a sollozar en brazos de su padre y Nick oyó la salvaje maldición que lanzó Austin, seguida por un reconfortante murmullo de palabras pronunciadas por Tommy. Diana miraba fijo el auto del investigador, con el rostro pálido y tenso, y todos los demás simplemente... se miraban unos a otros.
Pero nadie lo miraba a él ni trataba de acercársele. A pesar de que lo prefería, y pese a su estado de confusión total, a Nick eso le resultó un poco extraño.