Un ruido de pasos en el pasto
arrancó a Nick de sus recuerdos. Al mirar sobre el hombro vio que, en el
crepúsculo, se le acercaba Tommy Newton.
–El equipo técnico está cenando, y en las caballerizas todo está listo –informó.
–Perfecto.
Iré a verificar todos los detalles –dijo Nick, poniéndose de pie. Ya lo
había hecho más temprano, pero no le gustaba dejar nada librado al
azar, y además eso le proporcionada una excusa para no tener que
departir con los demás durante otro rato–. Esta noche no ensayaremos la
escena –informó–. Trataremos de hacer la toma directamente.
–Muy bien, haré correr la voz –dijo Tommy, asintiendo.
Una
vez dentro de la caballeriza, Nick estudió el escenario donde se
filmaría la última escena importante de la película. En los últimos
meses, la historia había cobrado vida frente a las cámaras, más vibrante
y llena de suspenso de lo que él creía. Era la historia de una mujer
apresada entre el amor a su hija y el preocupado magnate que era su
marido, y su apasionado romance con un hombre apuesto e inútil, que la
necesitaba y sentía por ella una peligrosa obsesión. Nick interpretaba
el papel del marido poco cariñoso. Emily McDaniels era la hija
adolescente a quien no le interesaban los lujos que le proporcionaban
sus padres y que sólo deseaba que le prestaran más atención.
La
mayoría de las escenas habían sido filmadas fuera de secuencia, como
era habitual, pero, por una necesidad logística, las últimas dos escenas
que faltaba filmar eran las últimas de la película. En la que se estaba
por rodar, Rachel se encontraba con su amante en la caballeriza, donde
habían tenido lugar gran parte de sus encuentros amorosos. Obligada a
verlo “una sola vez más” porque en caso contrario él revelaría la
aventura al marido y a la hija, Rachel oculta un arma en la caballeriza,
con la que piensa atemorizarlo para que se aleje de allí. Cuando él
trata de obligarla a hacer el amor, ella lo amenaza con el arma, y en la
lucha subsiguiente, ambos resultan heridos. La escena debía ser
violentamente sexual y la tarea de Nick como director era lograr que
fuese muy sexual y muy violenta.
Recorrió
lentamente el pasillo que dividía en dos la caballeriza en penumbra,
mirando a su alrededor. Todo estaba exactamente como él lo deseaba: los
caballos, en los boxes que se alineaban a la izquierda, asomaban los
morros a su paso. Riendas, frenos y otros elementos de montar colgaban
en la pared opuesta; las monturas estaban colocadas en montureros de
madera; sobre una mesa contra la pared de un extremo se encontraban los
distintos elementos necesarios para cepillar, rasquetear y acicalar a
los caballos.
El
verdadero foco de la escena se centraba en esa mesa del extremo del
corredor, junto a algunos fardos de pasto, donde los dos protagonistas
lucharían. Los fardos de pasto estaban en su lugar, y el arma que se
utilizaría en la escena se encontraba sobre la mesa, oculta entre
botellas de linimentos y cepillos. Arriba, en los andamios, una segunda
cámara ya estaba enfocada hacia las puertas dobles para tomar a Emily
cuando entrara a caballo después de oír los disparos. Todos los
reflectores se hallaban también en su lugar.
Con
la rodilla, Nick empujó la mesa unos centímetros hacia la izquierda,
después cambió de lugar un par de botellas que había sobre ella y
desplazó apenas el arma para que estuviera dentro del radio de foco de
la cámara, pero lo hizo más porque estaba nervioso que por una verdadera
necesidad. Sam Hudgins, el director de fotografía, y Linda Tompkins, la
escenógrafa, ya habían realizado su impecable trabajo de trasladar las
ideas de Sam a un set completo en todos sus detalles y que creaba
exactamente el efecto deseado.
De repente Nick sintió necesidad de
empezar de una vez y pasar cuanto antes el mal trago. Se encaminó a la
puerta y sus pisadas resonaron sobre el piso de mosaicos.
Enormes
reflectores iluminaban el costado de las caballerizas, donde los
integrantes del equipo comían ante mesas de picnic o sentados en el
pasto. Tommy vio a Nick enseguida y ante un movimiento de cabeza del
director, anunció:
–¡Bueno, dentro de diez minutos empezamos!
Hubo
un movimiento general cuando los del equipo técnico se pusieron de pie
para dirigirse a su lugar de trabajo o para acercarse presurosos a la
mesa del buffet para servirse otra bebida fresca. En un esfuerzo por
recortar gastos innecesarios en un presupuesto ya excedido, Nick sólo
mantenía allí a la gente más imprescindible del equipo, y había enviado
de regreso a la Costa Oeste a todos los demás, incluyendo al segundo y
tercer asistentes de dirección y a varios asistentes de producción. Aun
sin contar con ayuda, Tommy Newton se las arreglaba para manejar a la
perfección todos los detalles.
Nick
lo vio enviar a su único asistente de producción a la casa rodante de
Austin, de la que instantes después emergieron Rachel y Tony, seguidos
por sus peluqueros y maquilladora. Tony parecía inquieto y levemente
enfermo; Nick esperaba que las costillas rotas lo estuvieran matando de
dolor. En cuanto a Rachel, pasó junto a Nick con la cabeza en alto y
gesto arrogante... una reina que no está dispuesta a rendirle cuentas a
nadie. Emily McDaniels sé paseaba de un lado para el otro frente a su
padre, ensayando sus parlamentos. En el momento en que Rachel pasó a su
lado, levantó la vista y en su rostro se pintó una expresión de profunda
antipatía, pero enseguida miró a su padre y siguió ensayando.
Considerando que al principio Emily le tenía simpatía a Rachel, Nick
atribuyó su actitud a la lealtad que sentía hacia él, y se emocionó. En
el momento en que estiraba la mano para tomar un sandwich de la mesa del
buffet, lo sobresaltó la voz suave y comprensiva de Diana Copeland.
–¿Nick?
Nick se volvió, levantando las cejas, sorprendido.
–¿Qué haces aquí? Yo creí que esta mañana viajabas a Los Ángeles. –Diana parecía inquieta.
–Eso pensaba, pero cuando me enteré de lo que sucedió anoche en el hotel, decidí quedarme para hacerte compañía esta noche.
–¿Por qué? –preguntó Nick, casi con rudeza.
–Por
dos motivos –contestó Diana, desesperada por hacerle entender que
hablaba con sinceridad–. En primer lugar, para darte apoyo moral, en el
caso de que te haga falta.
–No me hace falta –contestó amablemente Nick–. ¿Y cuál es el otro motivo?
Diana
miró las orgullosas facciones de Nick, los ojos color ámbar que la
miraban con frialdad desde debajo de las espesas pestañas, y comprendió
que con sus palabras había dado la impresión de que lo compadecía.
Nerviosa por la mirada fija de Nick y por el prolongado silencio, por
fin explotó.
–Mira, no
sé cómo decir esto... pero... ¡pero creo que Rachel es una imb/écil! Y
si yo pudiera hacer cualquier cosa por ayudarte, te pido por favor que
me lo permitas. Y, Nick –terminó con profundo sentimiento–, yo
trabajaría contigo en cualquier momento, en cualquier lugar, y en
cualquier papel. Quería que también supieras eso.
Notó
que la indescifrable expresión de Nick se convertía en una sonrisa
divertida y se dio cuenta de que sus palabras lo habían llevado a creer
que tras sus muestras de lealtad se ocultaba la ambición.
–Gracias,
Diana –dijo Nick con una cortesía que la hizo sentir aún más tonta–.
Que tu representante me llame dentro de algunos meses, cuando esté
armando el elenco de mi próxima película.
jueves, 11 de octubre de 2012
Perfecta Cap: 8
Nick lo sabía, pero nada lo
detuvo. Antes de iniciar la producción, dedicó semanas enteras a ver las
viejas películas en que habían actuado Emily y Rachel, y sabía que
había momentos –muy breves–en los que Rachel Evans demostraba poseer
cierta dosis de genuino talento. Momentos en que la “gracia” de Emily,
que había desaparecido con la adolescencia, era reemplazada por una
encantadora dulzura que se notaba en cámara pues era genuina.
A lo largo de las ocho semanas de filmación, Nick consiguió todo eso y mucho más de sus dos protagonistas femeninas. Logró transmitirles a ambas su propia decisión de triunfar; sin duda su sentido del momento preciso y de la iluminación fueron una ayuda, pero lo más importante fue su manera intuitiva de saber cómo utilizar mejor a Rachel y a Emily.
Al principio a Rachel la enfureció que la acicateara y la hiciera repetir innumerables veces cada toma, pero cuando él le mostró los copiones de la primera semana, lo miró con una nueva expresión de respeto en sus ojos verdes.
–Gracias, Nick –le dijo con suavidad–. Por primera vez en la vida tengo la sensación de haber sabido actuar.
–También es como si yo realmente, pero realmente, supiera dirigir –contestó él en broma, pero se sentía aliviado, y lo demostró.
Rachel se sorprendió.
–¿Quieres decir que dudabas? ¡Yo creí que estabas convencido de todo lo que nos has hecho hacer!
–Si quieres que te diga la verdad, no he dormido bien una sola noche desde que empezamos la filmación –confesó Nick.
Y era la primera vez en años que se animaba a admitir que tenía dudas acerca de su trabajo. Pero ese día era muy especial. Acababa de comprobar que poseía talento para dirigir. Más aún, ese talento recién descubierto iluminaría el futuro de una simpática criatura llamada Emily McDaniels cuando los críticos tuvieran ocasión de ver su espléndida actuación en Pesadilla. Nick le tenía tanto cariño a Emily, que el hecho de trabajar con ella lo llevó a desear tener un hijo propio. Al observar lo unida que era con su padre y la alegría que ambos compartían, de repente Nick se dio cuenta de que quería tener una familia. Eso era lo que le faltaba en la vida: una esposa e hijos que compartieran sus éxitos, una familia con la que pudiera reír y por la que pudiera luchar.
Rachel y él celebraron esa noche con una comida que les sirvió el criado de Nick. El estado de ánimo confidencial que se inició más temprano cuando ambos admitieron las dudas que habían tenido sobre sus respectivos talentos, los condujo a una intimidad tranquila que, en el caso de Nick, no tenía precedentes y resultaba terapéutica. Sentados en el living de su casa, frente a una pared de vidrio que daba al mar, conversaron durante horas, pero no sobre el “negocio”. Eso resultó un agradable cambio para Nick, que se desesperaba por conocer alguna actriz que pudiera hablar de otra cosa. Terminaron en la cama de Nick, donde se regodearon con una noche de amor placentero y con una enorme dosis de inventiva. La pasión de Rachel parecía auténtica, y no sólo una forma de agradecimiento por haber logrado su lucimiento en el filme, y eso también le gustó. En realidad, mientras permanecían tendidos en la cama, Nick se sentía contento con todo: sus copiones, la sensualidad de Rachel, su inteligencia y su ingenio.
De repente ella se apoyó sobre un codo y se alzó para mirarlo.
–¿Qué es lo que realmente quieres de la vida, Nick? –preguntó–. Me refiero a lo que quieres en serio.
Él permaneció unos instantes en silencio y luego, tal vez porque se sentía débil después de horas de hacer el amor, o quizá porque estaba harto de simular que la vida que se había forjado era lo que quería, contestó con un dejo de burla.
–Una casita en la llanura.
–¿Qué? ¿Me estás diciendo que te gustaría actuar en una segunda parte de la película Una casita en la llanura?
–No, quiero decir que eso es lo que me gustaría vivir. Aunque la casa no tiene por qué estar en una llanura. He estado pensando en comprar un rancho en las montañas.
–¡Un rancho! Todo el mundo sabe que odias los caballos y el ganado. –Se acostó de lado junto a él y le pasó un dedo acariciante por el cuerpo, desde el hombro al estómago–.¿De dónde eres, Nick? Y por favor, no me cuentes ninguna de esas mentiras inventadas por el estudio de que creciste solo, que formaste parte de un rodeo y después te uniste a una pandilla de motociclistas.
El estado de ánimo sincero de Nick no llegaba hasta el extremo de confesar su pasado. Nunca lo había hecho y jamás lo haría. Cuando, a los dieciocho años, el departamento de prensa del estudio empezó a interrogarlo, él les dijo con toda frialdad que le inventaran un pasado. Cosa que hicieron. Su verdadero pasado estaba enterrado y esa conversación tenía sus límites. Su tono evasivo no dio lugar a dudas.
–No vengo de ninguna parte en especial.
–Pero estoy convencida de que no eres un chico vagabundo que creció sin saber qué cubiertos usar en cada ocasión –insistió ella–. Tommy Newton me dijo que ya a los dieciocho años tenías mucha clase, un gran “barniz social”, como él lo llamó. Eso es todo lo que sabe acerca de tí, y ha trabajado contigo en varias películas. Y ninguna de las actrices con quienes has trabajado sabe nada de tí. Glenn Close y Goldie Hawn, Lauren Huttón y Meryl Streep... todas dicen que es maravilloso trabajar contigo, pero que eres muy reservado con respecto a tu vida privada. Lo sé porque les he preguntado.
–Te equivocas si crees que me halaga tu curiosidad. –Nick no intentó ocultar su desagrado.
–No puedo evitar mi curiosidad –rió ella, besándole la barbilla–. Eres el amante ideal de todas las mujeres, señor Jonas, y también eres el hombre misterioso de Hollywood. Es sabido que ninguna de las mujeres que me han precedido en esta cama ha conseguido hacerte hablar sobre algo personal. Y como sucede que estoy aquí, en la cama contigo, y que esta noche me has comentado una cantidad de cosas que son personales, supongo que te he atrapado en un momento de debilidad o que... simplemente tal vez... te gusto más que las otras. En cualquiera de los dos casos, debo tratar de descubrir algo acerca de ti que ninguna otra mujer sepa. Como comprenderás, aquí lo que está en juego es mi amor propio femenino.
Su franqueza y su desenvoltura convirtieron el enojo de Nick en una divertida exasperación.
–Si quieres seguir gustándome más que las otras –dijo con una mezcla de broma y advertencia–, no sigas tratando de averiguar y habla de algo más agradable.
–Agradable... –Se acostó sobre el pecho de Nick, lo miró sonriente a los ojos y enredó los dedos en la mata de vello de su pecho. Basándose en ese lenguaje corporal, Nick esperaba que dijera algo sugestivo, pero el tema que Rachel eligió no pudo menos que hacerle gracia–. Veamos... ya sé que odias a los caballos, pero que te gustan las motocicletas y los automóviles veloces. ¿Por qué?
–Porque –bromeó él, entrelazando sus dedos con los de ella– ellos no se reúnen en tropillas con sus amigos cuando uno los deja estacionados, ni te critican cuando les das la espalda, sino que van hacia donde tú quieres.
–Nick –susurró ella, apoyando la boca contra la de él–. Las motocicletas no son las únicas que van hacia donde tú quieres. Yo también.
Nick sabía a qué se refería. Señaló. Ella se deslizó hacia abajo e inclinó la cabeza. A la mañana siguiente, Rachel le preparó el desayuno.
A lo largo de las ocho semanas de filmación, Nick consiguió todo eso y mucho más de sus dos protagonistas femeninas. Logró transmitirles a ambas su propia decisión de triunfar; sin duda su sentido del momento preciso y de la iluminación fueron una ayuda, pero lo más importante fue su manera intuitiva de saber cómo utilizar mejor a Rachel y a Emily.
Al principio a Rachel la enfureció que la acicateara y la hiciera repetir innumerables veces cada toma, pero cuando él le mostró los copiones de la primera semana, lo miró con una nueva expresión de respeto en sus ojos verdes.
–Gracias, Nick –le dijo con suavidad–. Por primera vez en la vida tengo la sensación de haber sabido actuar.
–También es como si yo realmente, pero realmente, supiera dirigir –contestó él en broma, pero se sentía aliviado, y lo demostró.
Rachel se sorprendió.
–¿Quieres decir que dudabas? ¡Yo creí que estabas convencido de todo lo que nos has hecho hacer!
–Si quieres que te diga la verdad, no he dormido bien una sola noche desde que empezamos la filmación –confesó Nick.
Y era la primera vez en años que se animaba a admitir que tenía dudas acerca de su trabajo. Pero ese día era muy especial. Acababa de comprobar que poseía talento para dirigir. Más aún, ese talento recién descubierto iluminaría el futuro de una simpática criatura llamada Emily McDaniels cuando los críticos tuvieran ocasión de ver su espléndida actuación en Pesadilla. Nick le tenía tanto cariño a Emily, que el hecho de trabajar con ella lo llevó a desear tener un hijo propio. Al observar lo unida que era con su padre y la alegría que ambos compartían, de repente Nick se dio cuenta de que quería tener una familia. Eso era lo que le faltaba en la vida: una esposa e hijos que compartieran sus éxitos, una familia con la que pudiera reír y por la que pudiera luchar.
Rachel y él celebraron esa noche con una comida que les sirvió el criado de Nick. El estado de ánimo confidencial que se inició más temprano cuando ambos admitieron las dudas que habían tenido sobre sus respectivos talentos, los condujo a una intimidad tranquila que, en el caso de Nick, no tenía precedentes y resultaba terapéutica. Sentados en el living de su casa, frente a una pared de vidrio que daba al mar, conversaron durante horas, pero no sobre el “negocio”. Eso resultó un agradable cambio para Nick, que se desesperaba por conocer alguna actriz que pudiera hablar de otra cosa. Terminaron en la cama de Nick, donde se regodearon con una noche de amor placentero y con una enorme dosis de inventiva. La pasión de Rachel parecía auténtica, y no sólo una forma de agradecimiento por haber logrado su lucimiento en el filme, y eso también le gustó. En realidad, mientras permanecían tendidos en la cama, Nick se sentía contento con todo: sus copiones, la sensualidad de Rachel, su inteligencia y su ingenio.
De repente ella se apoyó sobre un codo y se alzó para mirarlo.
–¿Qué es lo que realmente quieres de la vida, Nick? –preguntó–. Me refiero a lo que quieres en serio.
Él permaneció unos instantes en silencio y luego, tal vez porque se sentía débil después de horas de hacer el amor, o quizá porque estaba harto de simular que la vida que se había forjado era lo que quería, contestó con un dejo de burla.
–Una casita en la llanura.
–¿Qué? ¿Me estás diciendo que te gustaría actuar en una segunda parte de la película Una casita en la llanura?
–No, quiero decir que eso es lo que me gustaría vivir. Aunque la casa no tiene por qué estar en una llanura. He estado pensando en comprar un rancho en las montañas.
–¡Un rancho! Todo el mundo sabe que odias los caballos y el ganado. –Se acostó de lado junto a él y le pasó un dedo acariciante por el cuerpo, desde el hombro al estómago–.¿De dónde eres, Nick? Y por favor, no me cuentes ninguna de esas mentiras inventadas por el estudio de que creciste solo, que formaste parte de un rodeo y después te uniste a una pandilla de motociclistas.
El estado de ánimo sincero de Nick no llegaba hasta el extremo de confesar su pasado. Nunca lo había hecho y jamás lo haría. Cuando, a los dieciocho años, el departamento de prensa del estudio empezó a interrogarlo, él les dijo con toda frialdad que le inventaran un pasado. Cosa que hicieron. Su verdadero pasado estaba enterrado y esa conversación tenía sus límites. Su tono evasivo no dio lugar a dudas.
–No vengo de ninguna parte en especial.
–Pero estoy convencida de que no eres un chico vagabundo que creció sin saber qué cubiertos usar en cada ocasión –insistió ella–. Tommy Newton me dijo que ya a los dieciocho años tenías mucha clase, un gran “barniz social”, como él lo llamó. Eso es todo lo que sabe acerca de tí, y ha trabajado contigo en varias películas. Y ninguna de las actrices con quienes has trabajado sabe nada de tí. Glenn Close y Goldie Hawn, Lauren Huttón y Meryl Streep... todas dicen que es maravilloso trabajar contigo, pero que eres muy reservado con respecto a tu vida privada. Lo sé porque les he preguntado.
–Te equivocas si crees que me halaga tu curiosidad. –Nick no intentó ocultar su desagrado.
–No puedo evitar mi curiosidad –rió ella, besándole la barbilla–. Eres el amante ideal de todas las mujeres, señor Jonas, y también eres el hombre misterioso de Hollywood. Es sabido que ninguna de las mujeres que me han precedido en esta cama ha conseguido hacerte hablar sobre algo personal. Y como sucede que estoy aquí, en la cama contigo, y que esta noche me has comentado una cantidad de cosas que son personales, supongo que te he atrapado en un momento de debilidad o que... simplemente tal vez... te gusto más que las otras. En cualquiera de los dos casos, debo tratar de descubrir algo acerca de ti que ninguna otra mujer sepa. Como comprenderás, aquí lo que está en juego es mi amor propio femenino.
Su franqueza y su desenvoltura convirtieron el enojo de Nick en una divertida exasperación.
–Si quieres seguir gustándome más que las otras –dijo con una mezcla de broma y advertencia–, no sigas tratando de averiguar y habla de algo más agradable.
–Agradable... –Se acostó sobre el pecho de Nick, lo miró sonriente a los ojos y enredó los dedos en la mata de vello de su pecho. Basándose en ese lenguaje corporal, Nick esperaba que dijera algo sugestivo, pero el tema que Rachel eligió no pudo menos que hacerle gracia–. Veamos... ya sé que odias a los caballos, pero que te gustan las motocicletas y los automóviles veloces. ¿Por qué?
–Porque –bromeó él, entrelazando sus dedos con los de ella– ellos no se reúnen en tropillas con sus amigos cuando uno los deja estacionados, ni te critican cuando les das la espalda, sino que van hacia donde tú quieres.
–Nick –susurró ella, apoyando la boca contra la de él–. Las motocicletas no son las únicas que van hacia donde tú quieres. Yo también.
Nick sabía a qué se refería. Señaló. Ella se deslizó hacia abajo e inclinó la cabeza. A la mañana siguiente, Rachel le preparó el desayuno.
–Me gustaría filmar una película
más, una película importante, para demostrarle al público que soy una
verdadera actriz –dijo mientras metía pastelitos en el horno.
Saciado y relajado, Nick la observó moverse por su cocina. Sin vestir ropa sexy ni lucir un extravagante maquillaje, le resultaba mucho más atractiva e infinitamente más hermosa. Y además ya había descubierto que también era inteligente, sensual e ingeniosa.
–¿Y después, qué? –preguntó.
–Después me gustaría retirarme. Tengo treinta años. Lo mismo que tú, quiero vivir una existencia verdadera, una vida con sentido, pensando en algo más que en mi figura y mis posibles arrugas. La vida es mucho más que esta tierra de fantasía, superficial y relumbrante, en la que vivimos y que le infligimos al resto del mundo.
Una declaración sin precedentes como ésa en boca de una actriz convirtió a Rachel en una bocanada de aire fresco para Nick. Además, si pensaba no seguir trabajando, por lo visto había conocido a una mujer a quien él le interesaba como persona, no en función de lo que pudiera hacer por su carrera. Estaba pensando en eso cuando Rachel se inclinó sobre la mesa de la cocina y preguntó con suavidad:
–¿Mis sueños se pueden comparar de alguna manera con los tuyos?
Nick se dio cuenta de que le estaba haciendo un ofrecimiento, y que lo hacía con tranquilo coraje y sin jueguitos. La estudió unos instantes en silencio y luego no hizo el menor intento de ocultar la importancia que atribuía a lo que estaba por preguntarle.
–¿Hay hijos en tus sueños, Rachel? –Ella contestó con dulzura y sin vacilar.
–¿Hijos tuyos?
–Hijos míos.
–¿Podemos empezar ahora mismo?
Ante la inesperada respuesta, Nick lanzó una carcajada. Entonces ella se le instaló en las rodillas y la risa se convirtió en ternura y en una esperanza vibrante, emociones que él creía muertas a los dieciocho años. Deslizó las manos bajo la camisa de Rachel y la ternura se trocó en pasión.
Se casaron cuatro meses después, en el gracioso mirador del parque de la propiedad de Nick en Carmel, en presencia de un millar de invitados, entre los que había varios gobernadores y senadores. Nick estaba sonriente. Era el día de su boda, y lo invadía una sensación de optimismo al imaginar cálidas veladas con hijos sobre las rodillas y la clase de familia que nunca había tenido. Esa fiesta importante era idea de Rachel y él cedió, aunque hubiera preferido una ceremonia sencilla con un par de amigos presentes.
El padrino de la boda fue el vecino de Nick en Carmel, el industrial Matthew Farrell. Se habían conocido tres años antes, cuando un grupo de admiradoras de Nick trepó la cerca que rodeaba la propiedad y en su huida hicieron sonar la alarma en ambas residencias. Esa noche, Nick y Matt descubrieron que compartían varios gustos, entre ellos el buen whisky, una tendencia a la brusquedad más despiadada, la intolerancia hacia las falsas pretensiones y, más adelante, una filosofía similar con respecto a las inversiones financieras. El resultado fue que, además de amigos, terminaron siendo socios en varias empresas.
Al estrenarse Pesadilla no ganó un Osear, ni siquiera recibió una nominación para el premio, pero logró abultadas ganancias, recibió excelentes críticas y revivió las tambaleantes carreras de Emily y Rachel. La gratitud de Emily y su padre fue inmensa. Sin embargo, Rachel descubrió que todavía no estaba dispuesta a renunciar a su carrera ni a tener el hijo que Nick tanto deseaba. En realidad, la carrera que antes aseguraba no interesarle se convirtió en una obsesión que la consumía. No soportaba faltar a una fiesta “importante” ni ignorar una posibilidad de recibir publicidad, por mínima que fuera, y mantenía en vilo a los empleados de Nick, su secretario, su jefe de relaciones públicas, para que respondieran a sus exigencias sociales y llevaran a cabo sus ambiciosos planes publicitarios. Le desesperaba hasta tal punto su necesidad de fama y de aplausos, que despreciaba a cualquier actriz más conocida que ella y era tan insegura con respecto a su talento, que le daba terror trabajar en una película que no estuviera dirigida por Nick.
El peso de la realidad demolió el optimismo que Nick experimentaba el día de su boda. Había sido embaucado por una actriz inteligente y ambiciosa que estaba convencida de que sólo él poseía la clave que la conduciría a la fama y la fortuna. Nick lo sabía, pero se culpaba a sí mismo más que a Rachel. La ambición la llevó a casarse con él y, aunque no le gustaran los métodos que ella había empleado, Nick comprendía los motivos que la impulsaron, porque en una época también él tuvo necesidad de demostrar lo que valía. Por otra parte, él se casó movido por una cándida ilusión que lo llevó a creer, aunque por corto tiempo, en la imagen de una pareja fiel, rodeada de niños felices de mejillas rosadas que les pedían que les contaran cuentos a la hora de dormir. Por su propia infancia y experiencia, él debió saber que esas familias eran mitos creados por poetas y productores cinematográficos. Y, ante esa realidad, la vida se volvía a extender ante él con una monotonía insoportable.
Entre los habitantes de Hollywood afligidos por un problema similar, la solución proscripta iba desde la cocaína a una variedad de drogas, legales o no, o al consumo de una botella de whisky por día. Pero Nick sentía el mismo desprecio que su abuela por la debilidad y no estaba dispuesto a aceptar muletas emocionales. Así que solucionó su problema de la única manera que se le ocurrió. Cada mañana se enfrascaba en su trabajo, y seguía trabajando hasta que, a la noche, volvía a caer rendido en la cama. En lugar de divorciarse de Rachel, pensó que, aunque su matrimonio no fuera idílico, era mucho mejor que el de sus abuelos, y no peor que otros que conocía. Y así le hizo una propuesta a su mujer: podía elegir entre divorciarse o bajar el nivel de sus ambiciones y tranquilizarse un poco, en cuyo caso él le concedería su deseo de dirigirla en otra película. Con sabiduría, y agradecida, Rachel aceptó esta segunda posibilidad.
Después del éxito de «Pesadilla» el estudio estaba ansioso por permitir que Nick protagonizara y dirigiera el filme que quisiera. A Nick le encantó el guión de una película de suspenso y acción llamada El ganador se queda con todo, que tenía papeles protagonistas para él y Rachel, y Empire invirtió el dinero para producirla. Poniendo en juego una combinación de paciencia, halagos, ácidas críticas y una ocasional demostración de gélido mal humor, Nick logró manipular a Rachel y al resto del elenco hasta que rindieron lo que él pretendía, y luego manejó las luces y los ángulos de cámaras para que lo captaran.
Los resultados fueron espectaculares. Rachel recibió una nominación de la Academia de Ciencias Cinematográficas por su interpretación. Nick ganó un Oscar como Mejor Actor, y otro como Mejor Director. Este último premio no hizo más que confirmar lo que los magnates de Hollywood ya sabían: que Nick era un genio como director.
Los dos Osear proporcionaron una tremenda satisfacción a Nick, pero ni la más mínima paz interior. Aunque él ni siquiera se dio cuenta de ello. Nick ya no esperaba esa paz interior, y con toda deliberación se mantenía demasiado ocupado, para no extrañarla. En su necesidad de desafíos, durante los dos años siguientes dirigió y protagonizó otras dos películas: un filme erótico de suspenso y acción que protagonizó con Glenn Close y una película de aventuras en la que trabajó con Kim Bassinger.
Andaba en busca de un nuevo desafío cuando voló a Carmel para concretar un negocio con Matt Farrell. Esa noche buscó algo para leer y se topó con un libro que debía de haber sido olvidado allí por algún invitado. Mucho antes de terminar de leerlo, Nick sabía ya que «Destino» sería su próxima película.
Al día siguiente entró en la oficina del presidente de los Estudios Empire y le entregó el libro.
–Aquí tienes mi nueva película, Irwin.
Irwin Levine leyó la solapa del libro, se apoyó contra el respaldo del sillón y suspiró.
–Está bien. Hablemos de negocios. ¿Cuándo quieres empezar a filmar «Destino»? ¿Has pensado en alguien para los papeles principales?
–Yo haré el papel del marido, y me gustaría que, si está disponible. Diana Coperland interprete el de la esposa. Rachel sería excelente para la amante. Emily McDaniels para la hija.
Irwin alzó las cejas.
–Rachel tendrá uno de sus ataques de nervios si no le ofrecemos el papel protagonista.
–De ella me encargaré yo –aseguró Nick. Rachel y Levine se detestaban mutuamente, aunque ninguno de los dos explicó jamás el motivo de tanto odio. Nick sospechaba que años antes debían de haber tenido una aventura que terminó mal.
–Si ya no te has decidido por alguien para el papel del segundo personaje masculino –continuó diciendo Levine, un tanto vacilante–, tengo que pedirte un favor. ¿Considerarías la posibilidad de dárselo a Tony Austin?
–¡Nunca! –contestó Nick directamente. La adicción de Austin al alcohol y las drogas era tan legendaria como sus otros vicios, y era un hombre en quien no se podía confiar. Su última sobredosis accidental, cuando comenzaba a filmar una película para Empire, lo obligó a aterrizar durante seis meses en un centro de rehabilitación, y otro actor tuvo que asumir su papel.
–Tony quiere volver a trabajar y ponerse a prueba –explicó Levine con paciencia–. Los médicos me aseguran que ha abandonado sus hábitos y que es un hombre nuevo. Esta vez me inclino a creerles.
Nick se encogió de hombros.
–¿Y en qué se diferencia esta vez de las demás?
–En que esta vez, cuando llegó al Cedars-Sinaí, ya estaba prácticamente muerto. Consiguieron volverlo a la vida, pero la experiencia lo ha aterrorizado y está dispuesto a madurar y empezar a trabajar en serio. Me gustaría darle una posibilidad, un nuevo principio. –En la voz de Levine apareció una nota piadosa–. Es lo único decente que podemos hacer, Nick. Estamos todos juntos en esta tierra. Debemos cuidar unos de los otros. Tenemos que darle trabajo a Tony porque está hundido y porque...
–Y porque te debe una pila de plata por esa película que nunca terminó de filmar –agregó Nick.
–Bueno, sí, nos debe una cantidad importante de dinero por esa película –admitió Levine a regañadientes–. Pero vino a verme y me pidió que le permitiera pagar su deuda con trabajo, para poder demostrar que ahora es confiable. Y ya que por lo visto eres invulnerable a un pedido piadoso, considera los motivos prácticos por los que nos conviene utilizarlo. Pese a toda la mala publicidad que se le ha hecho, el público sigue adorándolo. Sigue siendo el muchacho malo, equivocado y buen mozo, el que todas las mujeres quieren consolar.
Nick vaciló.
Si Austin realmente se había reformado, era perfecto para el papel. A los treinta y tres años, su apostura rubia y juvenil tenía las marcas de la disipación, cosa que de alguna manera lo hacía más fascinante para las mujeres de doce a noventa años. El nombre de Austin era particularmente taquillero.
El de Nick, también; juntos tendrían la posibilidad de establecer un verdadero récord de venta de entradas. Y dado que, como parte de su cachet por dirigir Destino, Nick intentaba obtener un importante porcentaje de las ganancias de la película, ése era un punto que influía en su decisión. También lo era el hecho de que, aun borracho, Austin era mejor actor que muchos otros, y pensándolo bien era perfecto para el papel. Por otra parte, el hecho de utilizar a Austin en esa película significaría hacerle un favor a Empire, y Nick estaba decidido a que, a cambio, ellos le hicieran concesiones. Por ese motivo decidió ocultar el entusiasmo que le producía la idea.
–Le permitiré hacer una prueba, pero te advierto que no me entusiasma pensar en convertirme en niñero de un drogadicto, reformado o no.
Levine se levantó para estrechar la mano de Nick. El proyecto ya estaba en marcha y ese apretón de manos iniciaba la rueda de negociaciones contractuales.
Diana Copeland no pudo aceptar el papel de esposa de Nick porque tenía un compromiso anterior, de modo que Nick le encomendó el papel a Rachel. Algunas semanas después, los planes de Diana se modificaron, pero para entonces Nick ya tenía la obligación moral y legal de permitir que Rachel conservara el papel protagonice. Para su sorpresa. Diana pidió el papel secundario de la amante. Emily McDaniels aceptó fascinada el papel de la hija adolescente, y a Tony Austin se le encomendó el del otro personaje masculino. Los papeles secundarios se distribuyeron sin dificultad y Nick reunió a todos sus técnicos predilectos para formar el plantel de la película.
Un mes después de iniciado el rodaje de Destino, se empezó a correr la voz de que, a pesar de que la filmación estaba plagada de accidentes y demoras, los copiones –las porciones de la película que se enviaban día a día al laboratorio para ser procesadas– eran fantásticos. Todo Hollywood comenzó a predecir que el filme ganaría varias nominaciones para los premios de la Academia.
Saciado y relajado, Nick la observó moverse por su cocina. Sin vestir ropa sexy ni lucir un extravagante maquillaje, le resultaba mucho más atractiva e infinitamente más hermosa. Y además ya había descubierto que también era inteligente, sensual e ingeniosa.
–¿Y después, qué? –preguntó.
–Después me gustaría retirarme. Tengo treinta años. Lo mismo que tú, quiero vivir una existencia verdadera, una vida con sentido, pensando en algo más que en mi figura y mis posibles arrugas. La vida es mucho más que esta tierra de fantasía, superficial y relumbrante, en la que vivimos y que le infligimos al resto del mundo.
Una declaración sin precedentes como ésa en boca de una actriz convirtió a Rachel en una bocanada de aire fresco para Nick. Además, si pensaba no seguir trabajando, por lo visto había conocido a una mujer a quien él le interesaba como persona, no en función de lo que pudiera hacer por su carrera. Estaba pensando en eso cuando Rachel se inclinó sobre la mesa de la cocina y preguntó con suavidad:
–¿Mis sueños se pueden comparar de alguna manera con los tuyos?
Nick se dio cuenta de que le estaba haciendo un ofrecimiento, y que lo hacía con tranquilo coraje y sin jueguitos. La estudió unos instantes en silencio y luego no hizo el menor intento de ocultar la importancia que atribuía a lo que estaba por preguntarle.
–¿Hay hijos en tus sueños, Rachel? –Ella contestó con dulzura y sin vacilar.
–¿Hijos tuyos?
–Hijos míos.
–¿Podemos empezar ahora mismo?
Ante la inesperada respuesta, Nick lanzó una carcajada. Entonces ella se le instaló en las rodillas y la risa se convirtió en ternura y en una esperanza vibrante, emociones que él creía muertas a los dieciocho años. Deslizó las manos bajo la camisa de Rachel y la ternura se trocó en pasión.
Se casaron cuatro meses después, en el gracioso mirador del parque de la propiedad de Nick en Carmel, en presencia de un millar de invitados, entre los que había varios gobernadores y senadores. Nick estaba sonriente. Era el día de su boda, y lo invadía una sensación de optimismo al imaginar cálidas veladas con hijos sobre las rodillas y la clase de familia que nunca había tenido. Esa fiesta importante era idea de Rachel y él cedió, aunque hubiera preferido una ceremonia sencilla con un par de amigos presentes.
El padrino de la boda fue el vecino de Nick en Carmel, el industrial Matthew Farrell. Se habían conocido tres años antes, cuando un grupo de admiradoras de Nick trepó la cerca que rodeaba la propiedad y en su huida hicieron sonar la alarma en ambas residencias. Esa noche, Nick y Matt descubrieron que compartían varios gustos, entre ellos el buen whisky, una tendencia a la brusquedad más despiadada, la intolerancia hacia las falsas pretensiones y, más adelante, una filosofía similar con respecto a las inversiones financieras. El resultado fue que, además de amigos, terminaron siendo socios en varias empresas.
Al estrenarse Pesadilla no ganó un Osear, ni siquiera recibió una nominación para el premio, pero logró abultadas ganancias, recibió excelentes críticas y revivió las tambaleantes carreras de Emily y Rachel. La gratitud de Emily y su padre fue inmensa. Sin embargo, Rachel descubrió que todavía no estaba dispuesta a renunciar a su carrera ni a tener el hijo que Nick tanto deseaba. En realidad, la carrera que antes aseguraba no interesarle se convirtió en una obsesión que la consumía. No soportaba faltar a una fiesta “importante” ni ignorar una posibilidad de recibir publicidad, por mínima que fuera, y mantenía en vilo a los empleados de Nick, su secretario, su jefe de relaciones públicas, para que respondieran a sus exigencias sociales y llevaran a cabo sus ambiciosos planes publicitarios. Le desesperaba hasta tal punto su necesidad de fama y de aplausos, que despreciaba a cualquier actriz más conocida que ella y era tan insegura con respecto a su talento, que le daba terror trabajar en una película que no estuviera dirigida por Nick.
El peso de la realidad demolió el optimismo que Nick experimentaba el día de su boda. Había sido embaucado por una actriz inteligente y ambiciosa que estaba convencida de que sólo él poseía la clave que la conduciría a la fama y la fortuna. Nick lo sabía, pero se culpaba a sí mismo más que a Rachel. La ambición la llevó a casarse con él y, aunque no le gustaran los métodos que ella había empleado, Nick comprendía los motivos que la impulsaron, porque en una época también él tuvo necesidad de demostrar lo que valía. Por otra parte, él se casó movido por una cándida ilusión que lo llevó a creer, aunque por corto tiempo, en la imagen de una pareja fiel, rodeada de niños felices de mejillas rosadas que les pedían que les contaran cuentos a la hora de dormir. Por su propia infancia y experiencia, él debió saber que esas familias eran mitos creados por poetas y productores cinematográficos. Y, ante esa realidad, la vida se volvía a extender ante él con una monotonía insoportable.
Entre los habitantes de Hollywood afligidos por un problema similar, la solución proscripta iba desde la cocaína a una variedad de drogas, legales o no, o al consumo de una botella de whisky por día. Pero Nick sentía el mismo desprecio que su abuela por la debilidad y no estaba dispuesto a aceptar muletas emocionales. Así que solucionó su problema de la única manera que se le ocurrió. Cada mañana se enfrascaba en su trabajo, y seguía trabajando hasta que, a la noche, volvía a caer rendido en la cama. En lugar de divorciarse de Rachel, pensó que, aunque su matrimonio no fuera idílico, era mucho mejor que el de sus abuelos, y no peor que otros que conocía. Y así le hizo una propuesta a su mujer: podía elegir entre divorciarse o bajar el nivel de sus ambiciones y tranquilizarse un poco, en cuyo caso él le concedería su deseo de dirigirla en otra película. Con sabiduría, y agradecida, Rachel aceptó esta segunda posibilidad.
Después del éxito de «Pesadilla» el estudio estaba ansioso por permitir que Nick protagonizara y dirigiera el filme que quisiera. A Nick le encantó el guión de una película de suspenso y acción llamada El ganador se queda con todo, que tenía papeles protagonistas para él y Rachel, y Empire invirtió el dinero para producirla. Poniendo en juego una combinación de paciencia, halagos, ácidas críticas y una ocasional demostración de gélido mal humor, Nick logró manipular a Rachel y al resto del elenco hasta que rindieron lo que él pretendía, y luego manejó las luces y los ángulos de cámaras para que lo captaran.
Los resultados fueron espectaculares. Rachel recibió una nominación de la Academia de Ciencias Cinematográficas por su interpretación. Nick ganó un Oscar como Mejor Actor, y otro como Mejor Director. Este último premio no hizo más que confirmar lo que los magnates de Hollywood ya sabían: que Nick era un genio como director.
Los dos Osear proporcionaron una tremenda satisfacción a Nick, pero ni la más mínima paz interior. Aunque él ni siquiera se dio cuenta de ello. Nick ya no esperaba esa paz interior, y con toda deliberación se mantenía demasiado ocupado, para no extrañarla. En su necesidad de desafíos, durante los dos años siguientes dirigió y protagonizó otras dos películas: un filme erótico de suspenso y acción que protagonizó con Glenn Close y una película de aventuras en la que trabajó con Kim Bassinger.
Andaba en busca de un nuevo desafío cuando voló a Carmel para concretar un negocio con Matt Farrell. Esa noche buscó algo para leer y se topó con un libro que debía de haber sido olvidado allí por algún invitado. Mucho antes de terminar de leerlo, Nick sabía ya que «Destino» sería su próxima película.
Al día siguiente entró en la oficina del presidente de los Estudios Empire y le entregó el libro.
–Aquí tienes mi nueva película, Irwin.
Irwin Levine leyó la solapa del libro, se apoyó contra el respaldo del sillón y suspiró.
–Está bien. Hablemos de negocios. ¿Cuándo quieres empezar a filmar «Destino»? ¿Has pensado en alguien para los papeles principales?
–Yo haré el papel del marido, y me gustaría que, si está disponible. Diana Coperland interprete el de la esposa. Rachel sería excelente para la amante. Emily McDaniels para la hija.
Irwin alzó las cejas.
–Rachel tendrá uno de sus ataques de nervios si no le ofrecemos el papel protagonista.
–De ella me encargaré yo –aseguró Nick. Rachel y Levine se detestaban mutuamente, aunque ninguno de los dos explicó jamás el motivo de tanto odio. Nick sospechaba que años antes debían de haber tenido una aventura que terminó mal.
–Si ya no te has decidido por alguien para el papel del segundo personaje masculino –continuó diciendo Levine, un tanto vacilante–, tengo que pedirte un favor. ¿Considerarías la posibilidad de dárselo a Tony Austin?
–¡Nunca! –contestó Nick directamente. La adicción de Austin al alcohol y las drogas era tan legendaria como sus otros vicios, y era un hombre en quien no se podía confiar. Su última sobredosis accidental, cuando comenzaba a filmar una película para Empire, lo obligó a aterrizar durante seis meses en un centro de rehabilitación, y otro actor tuvo que asumir su papel.
–Tony quiere volver a trabajar y ponerse a prueba –explicó Levine con paciencia–. Los médicos me aseguran que ha abandonado sus hábitos y que es un hombre nuevo. Esta vez me inclino a creerles.
Nick se encogió de hombros.
–¿Y en qué se diferencia esta vez de las demás?
–En que esta vez, cuando llegó al Cedars-Sinaí, ya estaba prácticamente muerto. Consiguieron volverlo a la vida, pero la experiencia lo ha aterrorizado y está dispuesto a madurar y empezar a trabajar en serio. Me gustaría darle una posibilidad, un nuevo principio. –En la voz de Levine apareció una nota piadosa–. Es lo único decente que podemos hacer, Nick. Estamos todos juntos en esta tierra. Debemos cuidar unos de los otros. Tenemos que darle trabajo a Tony porque está hundido y porque...
–Y porque te debe una pila de plata por esa película que nunca terminó de filmar –agregó Nick.
–Bueno, sí, nos debe una cantidad importante de dinero por esa película –admitió Levine a regañadientes–. Pero vino a verme y me pidió que le permitiera pagar su deuda con trabajo, para poder demostrar que ahora es confiable. Y ya que por lo visto eres invulnerable a un pedido piadoso, considera los motivos prácticos por los que nos conviene utilizarlo. Pese a toda la mala publicidad que se le ha hecho, el público sigue adorándolo. Sigue siendo el muchacho malo, equivocado y buen mozo, el que todas las mujeres quieren consolar.
Nick vaciló.
Si Austin realmente se había reformado, era perfecto para el papel. A los treinta y tres años, su apostura rubia y juvenil tenía las marcas de la disipación, cosa que de alguna manera lo hacía más fascinante para las mujeres de doce a noventa años. El nombre de Austin era particularmente taquillero.
El de Nick, también; juntos tendrían la posibilidad de establecer un verdadero récord de venta de entradas. Y dado que, como parte de su cachet por dirigir Destino, Nick intentaba obtener un importante porcentaje de las ganancias de la película, ése era un punto que influía en su decisión. También lo era el hecho de que, aun borracho, Austin era mejor actor que muchos otros, y pensándolo bien era perfecto para el papel. Por otra parte, el hecho de utilizar a Austin en esa película significaría hacerle un favor a Empire, y Nick estaba decidido a que, a cambio, ellos le hicieran concesiones. Por ese motivo decidió ocultar el entusiasmo que le producía la idea.
–Le permitiré hacer una prueba, pero te advierto que no me entusiasma pensar en convertirme en niñero de un drogadicto, reformado o no.
Levine se levantó para estrechar la mano de Nick. El proyecto ya estaba en marcha y ese apretón de manos iniciaba la rueda de negociaciones contractuales.
Diana Copeland no pudo aceptar el papel de esposa de Nick porque tenía un compromiso anterior, de modo que Nick le encomendó el papel a Rachel. Algunas semanas después, los planes de Diana se modificaron, pero para entonces Nick ya tenía la obligación moral y legal de permitir que Rachel conservara el papel protagonice. Para su sorpresa. Diana pidió el papel secundario de la amante. Emily McDaniels aceptó fascinada el papel de la hija adolescente, y a Tony Austin se le encomendó el del otro personaje masculino. Los papeles secundarios se distribuyeron sin dificultad y Nick reunió a todos sus técnicos predilectos para formar el plantel de la película.
Un mes después de iniciado el rodaje de Destino, se empezó a correr la voz de que, a pesar de que la filmación estaba plagada de accidentes y demoras, los copiones –las porciones de la película que se enviaban día a día al laboratorio para ser procesadas– eran fantásticos. Todo Hollywood comenzó a predecir que el filme ganaría varias nominaciones para los premios de la Academia.
Perfecta Cap: 7
Ese día, más temprano, le había
advertido que a ultima hora mantendría una reunión con los camarógrafos y
los asistentes de dirección para analizar algunas ideas nuevas, y que
pensaba quedarse a dormir en su casa rodante. Pero cuando estaba a punto
de comenzar la reunión, Nick se dio cuenta de que se había olvidado sus
notas en el hotel, y en lugar de mandarlas a buscar, decidió que
ganaría tiempo si los invitaba a todos a ir al Crescent con él. En un
estado de ánimo extrañamente animado, puesto que por fin se acercaba la
terminación del rodaje, los seis hombres entraron en la suite a oscuras,
y Nick encendió las luces.
–¡Nick! –gritó Rachel, deslizándose de encima del cuerpo del hombre desnudo con quien estaba acostada en el sofá, mientras aferraba con desesperación una bata y miraba a su marido con ojos enloquecidos por la sorpresa. Tony Austin, que coprotagonizaba Destino con ella y Nick, se sentó de un salto.
–¡Bueno, Nick, tranquilo! –suplicó, poniéndose de pie y refugiándose detrás del sofá al ver que Nick se adelantaba–. ¡No me pegues en la cara! –advirtió en un grito casi histérico, al ver que Nick saltaba sobre el respaldo del sofá–. Todavía tengo que filmar dos escenas y... –Hicieron falta cinco integrantes del equipo para contener a Nick.
–¡No seas loco, Nick! –gritó el jefe de sonido, mientras trataba de sujetarlo.
–¡Si le estropeas la cara no podrás terminar la maldita película! –jadeó Doug Furlough, aterrándole un brazo.
Nick se liberó de los dos hombres y, antes de que pudieran volver a sujetarlo, con un cálculo frío y deliberado le rompió dos costillas a Tony. Jadeando, más de furia que de cansancio, Nick los observó llevarse al desnudo Austin, que salió renqueando de la habitación, mientras los demás formaban un círculo a su alrededor. Más allá de la puerta abierta, media docena de huéspedes del hotel observaba la escena, sin duda atraídos por los gritos de Rachel, quien le suplicaba a Nick que no siguiera castigando a su amante. Al verlos, Nick se adelantó en dos zancadas y les cerró la puerta en las narices. Después se dirigió a Rachel, haciendo esfuerzos por controlar una terrible necesidad de pegarle también a ella.
–¡Fuera de mi vista! –advirtió, mientras ella retrocedía, asustada–. ¡Fuera de aquí, o no seré responsable de lo que te pase!
–¡No te atrevas a amenazarme, hijo de pu/ta arrogante! –retrucó ella con tanto triunfo y desprecio en la voz que él quedó como paralizado–. Si me llegas a poner una mano encima, mis abogados no se conformarán con la mitad de todo lo que tienes, ¡me quedaré con todo! ¿Me has comprendido, Nick? Me voy a divorciar de ti. Mañana mis abogados presentarán la demanda en el juzgado de Los Ángeles. ¡Tony y yo nos vamos a casar!
Al darse cuenta de que su mujer y Austin habían estado acostándose a sus espaldas mientras con toda calma planeaban vivir con el dinero que a él le había costado tanto ganar, Nick perdió el control. Tomó a Rachel del brazo y la empujó hacia la puerta del living.
–Antes de permitir que te quedes con la mitad de nada, te aseguro que te mataré. Y ahora, vete.
Ella cayó de rodillas, pero enseguida se puso de pie, apoyó una mano en el picaporte y lo miró con la cara convertida en una máscara de odio jubiloso.
–Si estás pensando en la posibilidad de mantenernos a Tony o a mí alejados del set mañana, ni te molestes en intentarlo. No eres más que el director de esta película. El estudio ha invertido en ella una fortuna. Te obligarán a terminarla, y te harán juicio si haces algo para demorarla o sabotearla. –Abrió la puerta y le dirigió una mirada llena de malicia–. De una manera o de otra, pierdes. Si no terminas la película, estarás arruinado. Y si la terminas, me tendrás que dar la mitad de lo que te paguen. –Y se fue, dando un portazo a sus espaldas.
Tenía razón con respecto a la necesidad de terminar de filmar Destino. A pesar de su furia, Nick sabía que era así. Sólo faltaba filmar dos escenas, y Rachel y Tony intervenían en una. No le quedaba otra opción que tolerar a su mujer adúltera y al amante mientras dirigía esa escena. Se acercó al bar, se sirvió un whisky puro, lo bebió de un trago y se sirvió otro. Se acercó a la ventana con el vaso en la mano y contempló el perfil luminoso de la ciudad, mientras su furia y su pena comenzaban a aquietarse. Decidió que a la mañana siguiente llamaría a sus abogados y les daría instrucciones para que iniciaran los procedimientos del divorcio de acuerdo con sus condiciones, no las de Rachel. Pese a haber amasado una considerable fortuna como actor, la multiplicó muchas veces gracias a astutas inversiones, que estaban ocultas por una serie de complicados fideicomisos y formas legales que las protegerían de la avaricia de Rachel. Nick aflojó la mano en que sostenía el vaso. Había logrado controlarse; sobreviviría y seguiría adelante. Se sabía capaz de hacerlo... y lo haría. Lo sabía porque mucho tiempo antes, a los dieciocho años, tuvo que enfrentar una traición mucho más dolorosa que la de Rachel, y entonces descubrió que poseía la capacidad de alejarse de cualquiera que lo traicionara, sin volver a mirar atrás. Nunca miraba hacia atrás.
Se encaminó al dormitorio, sacó las valijas de Rachel del armario y las llenó con su ropa. Después tomó el teléfono que había junto a la cama.
–Mande un botones a la Suite Real –le pidió al telefonista. Cuando instantes después llegó el botones, Nick le entregó las valijas de cuyos costados sobresalían pliegues de la ropa de Rachel–. Lleve estas valijas a la suite del señor Austin –ordenó.
En ese momento, si Rachel hubiera vuelto para suplicarle que la volviera a aceptar, si hubiera podido demostrarle que el motivo de lo que hizo era que estaba drogada, loca y que no sabía lo que hacía ni decía, habría sido demasiado tarde, aun en el caso de haberle creído.
Porque, para él, ya estaba muerta.
Tan muerta como la abuela, la hermana y el hermano a quienes una vez había amado. Tuvo que emplear toda su fuerza para erradicarlos de su corazón y de su mente, pero lo logró.
Nick hizo un esfuerzo por sacarse de la cabeza el recuerdo de lo sucedido la noche anterior y se instaló debajo de un árbol, desde donde veía todo lo que sucedía sin que nadie lo viera a él. Observó a Rachel entrar en la casa rodante de Tony Austin. Los noticiarios de la mañana habían abundado en detalles sensacionalistas de la escena de la suite y de la pelea subsiguiente, detalles que sin duda habían sido proporcionados por los huéspedes del hotel. Y ahora el periodismo había caído sobre el lugar de la filmación y la gente de seguridad del estudio luchaba por mantenerlos en la puerta de entrada del rancho, con promesas de una posterior conferencia de prensa. Rachel y Tony ya habían hecho declaraciones a los medios, pero Nick no tenía la menor intención de decirles una sola palabra.
El asedio periodístico le resultaba tan indiferente como la noticia que recibió esa mañana de que los abogados de Rachel ya habían presentado demanda de divorcio ante los tribunales de Los Ángeles. Lo único que lo angustiaba era tener que dirigir esa última escena entre Rachel y Tony antes de dar por terminado el rodaje. Se trataba de una escena de sensualidad violenta y no sabía cómo lograría digerir la situación, sobre todo delante de todo el equipo técnico.
Pero una vez que pasara ese mal trago, sacar a Rachel de su vida le iba a resultar mucho más fácil de lo que creyó la noche anterior, porque debía admitir que, fueran cuales fuesen los sentimientos que ella le inspiró tres años antes, cuando se casaron, esos sentimientos desaparecieron poco después. Desde entonces, el matrimonio no fue más que una conveniencia sexual y social para ambos. Sin Rachel, su vida no sería más vacía, ni más carente de sentido, ni más superficial que durante la mayor parte de los últimos diez años.
Ante ese pensamiento Nick frunció la frente y se preguntó que motivo habría para que con tanta frecuencia su vida le pareciera tan frustrante y carente de sentido, sin un propósito importante ni una gratificación profunda. Y sin embargo, recordó que no siempre fue así...
Cuando llegó a Los Ángeles en el camión de Charlie Murdock, la supervivencia misma era un desafío y el trabajo que consiguió con ayuda de Charlie, como peón de carga de los Estudios Empire, le pareció un triunfo enorme. Un mes después, el director de una película de segunda categoría decidió que necesitaba algunos extras más en una escena multitudinaria y reclutó a Nick.
El papel sólo exigía que Nick se apoyara contra una pared de ladrillos, con expresión dura e introvertida. El dinero que ganó ese día le pareció una fortuna. Varios días después el director lo mandó llamar.
–Nick, muchacho, tienes algo que nosotros llamamos presencia –dijo–. Fotografías muy bien. En celuloide eres una especie de James Deán moderno, sólo que más alto y más buen mozo que él. Te robaste esa escena, con sólo estar allí parado. Si sabes actuar, te incluiré en el reparto de una película del Oeste que empezaremos a filmar.
Lo que entusiasmó a Nick no tue la perspectiva de actuar en el cine, sino el sueldo que le ofrecieron. De manera que aprendió a actuar.
En realidad, no le resultó demasiado difícil. Para empezar, antes de abandonar la casa de su abuela, hacía años que “actuaba”, simulando que las cosas no le importaban cuando en realidad le importaban mucho; además había decidido lograr una meta; demostrarle a su abuela y a todos los habitantes de Ridgemont que era capaz de sobrevivir por sus propios medios y que prosperaría en gran escala. Con tal de lograr esa meta, prácticamente estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por difícil que fuera.
Ridgemont era una ciudad chica y no le cabía duda de que los detalles de su ignominiosa partida debían de ser conocidos por todos. Después del estreno de sus dos primeras películas, leyó todas las cartas que le enviaban sus admiradoras, con la esperanza de que alguien lo hubiera reconocido. Pero si así fue, nadie se molestó en escribirle.
Después, durante un tiempo fantaseó con la posibilidad de regresar a Ridgemont con dinero suficiente para comprar Industrias Stanhope y dirigirlas, pero a los veinticinco años, cuando ya había amasado la fortuna necesaria para hacerlo, también había madurado lo suficiente como para comprender que el hecho de comprar la maldita ciudad y todo lo que contenía no modificaría nada. Para entonces ya había ganado un Osear, lo proclamaban un verdadero prodigio y lo llamaban la “Leyenda del Futuro”. Podía elegir los papeles estelares que quisiera interpretar, tenía una fortuna en el banco y un futuro que todo hacía suponer sería espectacular.
Le había demostrado a todo el mundo que Nicholas Jonas era capaz de sobrevivir y prosperar en la escala más fabulosa. Ya no tenía nada por qué luchar, no le quedaba nada que demostrar y la falta de ambas cosas lo dejaba extrañamente desinflado y vacío. Privado de sus antiguas metas, Nick buscó otras gratificaciones. Construyó mansiones, compró yates y condujo autos de carrera; escoltó mujeres hermosas a resonantes reuniones sociales, y después se las llevó a la cama. Disfrutaba de sus cuerpos y muchas veces también de su compañía, pero nunca las tomó en serio, y ellas tampoco esperaban que lo hiciera. Nick se había convertido en un trofeo sexual, buscado tan sólo por el prestigio que otorgaba dormir con él y, en el caso de las actrices, muy buscado por las influencias y conexiones que poseía. Como todas las superestrellas y símbolos sexuales anteriores a él, fue también una víctima de su propio éxito. No podía entrar en un ascensor o comer en un restaurante sin que lo acosaran sus admiradoras; las mujeres le metían en la mano llaves de habitaciones de hotel y daban generosas propinas a los conserjes para que les permitieran la entrada a su suite. Las esposas de algunos productores lo invitaban a fiestas de fin de semana y se levantaban de la cama de sus maridos para meterse en la suya.
Aunque con frecuencia aprovechaba el banquete de oportunidades sexuales y sociales que se desplegaban ante él, una parte de su ser –su conciencia o una faceta latente de moralidad yanqui– se sentía asqueada ante tanta promiscuidad y superficialidad, ante tanto narcisismo y psicopatía, ante todo lo que convertía a Hollywood en un albañal, un albañal prolijamente desodorizado para proteger la sensibilidad del público.
Una mañana despertó y de repente ya no pudo seguir tolerando todo aquello. Estaba harto del sexo sin sentido, aburrido de fiestas estridentes, enfermo de codearse con actrices neuróticas y estrellitas ambiciosas, y completamente disgustado con la vida que estaba viviendo.
Empezó a buscar una manera distinta de llenar el vacío de sus días, un nuevo desafío y un motivo mejor para existir. Como actuar ya no le resultaba un desafío, empezó a pensar en dirigir. Si llegaba a fracasar como director, ese fracaso sería muy resonante, pero hasta el riesgo de poner en juego su reputación surtió en él un efecto estimulante. Dirigir una película se convirtió en su nueva meta, y se propuso lograrla con la misma decisión que lo llevó a triunfar en las anteriores. El presidente de Estudios Empire trató de convencerlo de que no lo intentara, pero pese a sus ruegos y sus razonamientos, en definitiva no tuvo más remedio que capitular, tal como Nick esperaba.
La película cuya dirección le encargaron era un filme de suspenso de bajo presupuesto llamado Pesadilla y tenía dos papeles protagonistas: uno para una niña de nueve años y otro para una mujer. Para el papel de la niña, Empire insistió en Emily McDaniels, una ex estrellita infantil que tenía los hoyuelos de Shirley Temple y casi trece años, pero que representaba nueve y estaba contratada por el estudio. La carrera de Emily ya se despeñaba, cuesta abajo; lo mismo sucedía con la de una rubia sugestiva llamada Rachel Evans, a quien le adjudicaron el otro papel. En sus filmes anteriores, Rachel Evans siempre había hecho papeles secundarios y nunca demostró demasiado talento.
El estudio le impuso a Nick esas actrices con el transparente propósito de darle una lección; para que aprendiera que su fuerte era actuar, no dirigir. Era casi seguro que la película apenas devolvería el dinero que costara, y los ejecutivos del estudio esperaban que con eso terminaran los devaneos de su actor más cotizado y que Nick renunciara a desperdiciar su talento detrás de las cámaras.
–¡Nick! –gritó Rachel, deslizándose de encima del cuerpo del hombre desnudo con quien estaba acostada en el sofá, mientras aferraba con desesperación una bata y miraba a su marido con ojos enloquecidos por la sorpresa. Tony Austin, que coprotagonizaba Destino con ella y Nick, se sentó de un salto.
–¡Bueno, Nick, tranquilo! –suplicó, poniéndose de pie y refugiándose detrás del sofá al ver que Nick se adelantaba–. ¡No me pegues en la cara! –advirtió en un grito casi histérico, al ver que Nick saltaba sobre el respaldo del sofá–. Todavía tengo que filmar dos escenas y... –Hicieron falta cinco integrantes del equipo para contener a Nick.
–¡No seas loco, Nick! –gritó el jefe de sonido, mientras trataba de sujetarlo.
–¡Si le estropeas la cara no podrás terminar la maldita película! –jadeó Doug Furlough, aterrándole un brazo.
Nick se liberó de los dos hombres y, antes de que pudieran volver a sujetarlo, con un cálculo frío y deliberado le rompió dos costillas a Tony. Jadeando, más de furia que de cansancio, Nick los observó llevarse al desnudo Austin, que salió renqueando de la habitación, mientras los demás formaban un círculo a su alrededor. Más allá de la puerta abierta, media docena de huéspedes del hotel observaba la escena, sin duda atraídos por los gritos de Rachel, quien le suplicaba a Nick que no siguiera castigando a su amante. Al verlos, Nick se adelantó en dos zancadas y les cerró la puerta en las narices. Después se dirigió a Rachel, haciendo esfuerzos por controlar una terrible necesidad de pegarle también a ella.
–¡Fuera de mi vista! –advirtió, mientras ella retrocedía, asustada–. ¡Fuera de aquí, o no seré responsable de lo que te pase!
–¡No te atrevas a amenazarme, hijo de pu/ta arrogante! –retrucó ella con tanto triunfo y desprecio en la voz que él quedó como paralizado–. Si me llegas a poner una mano encima, mis abogados no se conformarán con la mitad de todo lo que tienes, ¡me quedaré con todo! ¿Me has comprendido, Nick? Me voy a divorciar de ti. Mañana mis abogados presentarán la demanda en el juzgado de Los Ángeles. ¡Tony y yo nos vamos a casar!
Al darse cuenta de que su mujer y Austin habían estado acostándose a sus espaldas mientras con toda calma planeaban vivir con el dinero que a él le había costado tanto ganar, Nick perdió el control. Tomó a Rachel del brazo y la empujó hacia la puerta del living.
–Antes de permitir que te quedes con la mitad de nada, te aseguro que te mataré. Y ahora, vete.
Ella cayó de rodillas, pero enseguida se puso de pie, apoyó una mano en el picaporte y lo miró con la cara convertida en una máscara de odio jubiloso.
–Si estás pensando en la posibilidad de mantenernos a Tony o a mí alejados del set mañana, ni te molestes en intentarlo. No eres más que el director de esta película. El estudio ha invertido en ella una fortuna. Te obligarán a terminarla, y te harán juicio si haces algo para demorarla o sabotearla. –Abrió la puerta y le dirigió una mirada llena de malicia–. De una manera o de otra, pierdes. Si no terminas la película, estarás arruinado. Y si la terminas, me tendrás que dar la mitad de lo que te paguen. –Y se fue, dando un portazo a sus espaldas.
Tenía razón con respecto a la necesidad de terminar de filmar Destino. A pesar de su furia, Nick sabía que era así. Sólo faltaba filmar dos escenas, y Rachel y Tony intervenían en una. No le quedaba otra opción que tolerar a su mujer adúltera y al amante mientras dirigía esa escena. Se acercó al bar, se sirvió un whisky puro, lo bebió de un trago y se sirvió otro. Se acercó a la ventana con el vaso en la mano y contempló el perfil luminoso de la ciudad, mientras su furia y su pena comenzaban a aquietarse. Decidió que a la mañana siguiente llamaría a sus abogados y les daría instrucciones para que iniciaran los procedimientos del divorcio de acuerdo con sus condiciones, no las de Rachel. Pese a haber amasado una considerable fortuna como actor, la multiplicó muchas veces gracias a astutas inversiones, que estaban ocultas por una serie de complicados fideicomisos y formas legales que las protegerían de la avaricia de Rachel. Nick aflojó la mano en que sostenía el vaso. Había logrado controlarse; sobreviviría y seguiría adelante. Se sabía capaz de hacerlo... y lo haría. Lo sabía porque mucho tiempo antes, a los dieciocho años, tuvo que enfrentar una traición mucho más dolorosa que la de Rachel, y entonces descubrió que poseía la capacidad de alejarse de cualquiera que lo traicionara, sin volver a mirar atrás. Nunca miraba hacia atrás.
Se encaminó al dormitorio, sacó las valijas de Rachel del armario y las llenó con su ropa. Después tomó el teléfono que había junto a la cama.
–Mande un botones a la Suite Real –le pidió al telefonista. Cuando instantes después llegó el botones, Nick le entregó las valijas de cuyos costados sobresalían pliegues de la ropa de Rachel–. Lleve estas valijas a la suite del señor Austin –ordenó.
En ese momento, si Rachel hubiera vuelto para suplicarle que la volviera a aceptar, si hubiera podido demostrarle que el motivo de lo que hizo era que estaba drogada, loca y que no sabía lo que hacía ni decía, habría sido demasiado tarde, aun en el caso de haberle creído.
Porque, para él, ya estaba muerta.
Tan muerta como la abuela, la hermana y el hermano a quienes una vez había amado. Tuvo que emplear toda su fuerza para erradicarlos de su corazón y de su mente, pero lo logró.
Nick hizo un esfuerzo por sacarse de la cabeza el recuerdo de lo sucedido la noche anterior y se instaló debajo de un árbol, desde donde veía todo lo que sucedía sin que nadie lo viera a él. Observó a Rachel entrar en la casa rodante de Tony Austin. Los noticiarios de la mañana habían abundado en detalles sensacionalistas de la escena de la suite y de la pelea subsiguiente, detalles que sin duda habían sido proporcionados por los huéspedes del hotel. Y ahora el periodismo había caído sobre el lugar de la filmación y la gente de seguridad del estudio luchaba por mantenerlos en la puerta de entrada del rancho, con promesas de una posterior conferencia de prensa. Rachel y Tony ya habían hecho declaraciones a los medios, pero Nick no tenía la menor intención de decirles una sola palabra.
El asedio periodístico le resultaba tan indiferente como la noticia que recibió esa mañana de que los abogados de Rachel ya habían presentado demanda de divorcio ante los tribunales de Los Ángeles. Lo único que lo angustiaba era tener que dirigir esa última escena entre Rachel y Tony antes de dar por terminado el rodaje. Se trataba de una escena de sensualidad violenta y no sabía cómo lograría digerir la situación, sobre todo delante de todo el equipo técnico.
Pero una vez que pasara ese mal trago, sacar a Rachel de su vida le iba a resultar mucho más fácil de lo que creyó la noche anterior, porque debía admitir que, fueran cuales fuesen los sentimientos que ella le inspiró tres años antes, cuando se casaron, esos sentimientos desaparecieron poco después. Desde entonces, el matrimonio no fue más que una conveniencia sexual y social para ambos. Sin Rachel, su vida no sería más vacía, ni más carente de sentido, ni más superficial que durante la mayor parte de los últimos diez años.
Ante ese pensamiento Nick frunció la frente y se preguntó que motivo habría para que con tanta frecuencia su vida le pareciera tan frustrante y carente de sentido, sin un propósito importante ni una gratificación profunda. Y sin embargo, recordó que no siempre fue así...
Cuando llegó a Los Ángeles en el camión de Charlie Murdock, la supervivencia misma era un desafío y el trabajo que consiguió con ayuda de Charlie, como peón de carga de los Estudios Empire, le pareció un triunfo enorme. Un mes después, el director de una película de segunda categoría decidió que necesitaba algunos extras más en una escena multitudinaria y reclutó a Nick.
El papel sólo exigía que Nick se apoyara contra una pared de ladrillos, con expresión dura e introvertida. El dinero que ganó ese día le pareció una fortuna. Varios días después el director lo mandó llamar.
–Nick, muchacho, tienes algo que nosotros llamamos presencia –dijo–. Fotografías muy bien. En celuloide eres una especie de James Deán moderno, sólo que más alto y más buen mozo que él. Te robaste esa escena, con sólo estar allí parado. Si sabes actuar, te incluiré en el reparto de una película del Oeste que empezaremos a filmar.
Lo que entusiasmó a Nick no tue la perspectiva de actuar en el cine, sino el sueldo que le ofrecieron. De manera que aprendió a actuar.
En realidad, no le resultó demasiado difícil. Para empezar, antes de abandonar la casa de su abuela, hacía años que “actuaba”, simulando que las cosas no le importaban cuando en realidad le importaban mucho; además había decidido lograr una meta; demostrarle a su abuela y a todos los habitantes de Ridgemont que era capaz de sobrevivir por sus propios medios y que prosperaría en gran escala. Con tal de lograr esa meta, prácticamente estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, por difícil que fuera.
Ridgemont era una ciudad chica y no le cabía duda de que los detalles de su ignominiosa partida debían de ser conocidos por todos. Después del estreno de sus dos primeras películas, leyó todas las cartas que le enviaban sus admiradoras, con la esperanza de que alguien lo hubiera reconocido. Pero si así fue, nadie se molestó en escribirle.
Después, durante un tiempo fantaseó con la posibilidad de regresar a Ridgemont con dinero suficiente para comprar Industrias Stanhope y dirigirlas, pero a los veinticinco años, cuando ya había amasado la fortuna necesaria para hacerlo, también había madurado lo suficiente como para comprender que el hecho de comprar la maldita ciudad y todo lo que contenía no modificaría nada. Para entonces ya había ganado un Osear, lo proclamaban un verdadero prodigio y lo llamaban la “Leyenda del Futuro”. Podía elegir los papeles estelares que quisiera interpretar, tenía una fortuna en el banco y un futuro que todo hacía suponer sería espectacular.
Le había demostrado a todo el mundo que Nicholas Jonas era capaz de sobrevivir y prosperar en la escala más fabulosa. Ya no tenía nada por qué luchar, no le quedaba nada que demostrar y la falta de ambas cosas lo dejaba extrañamente desinflado y vacío. Privado de sus antiguas metas, Nick buscó otras gratificaciones. Construyó mansiones, compró yates y condujo autos de carrera; escoltó mujeres hermosas a resonantes reuniones sociales, y después se las llevó a la cama. Disfrutaba de sus cuerpos y muchas veces también de su compañía, pero nunca las tomó en serio, y ellas tampoco esperaban que lo hiciera. Nick se había convertido en un trofeo sexual, buscado tan sólo por el prestigio que otorgaba dormir con él y, en el caso de las actrices, muy buscado por las influencias y conexiones que poseía. Como todas las superestrellas y símbolos sexuales anteriores a él, fue también una víctima de su propio éxito. No podía entrar en un ascensor o comer en un restaurante sin que lo acosaran sus admiradoras; las mujeres le metían en la mano llaves de habitaciones de hotel y daban generosas propinas a los conserjes para que les permitieran la entrada a su suite. Las esposas de algunos productores lo invitaban a fiestas de fin de semana y se levantaban de la cama de sus maridos para meterse en la suya.
Aunque con frecuencia aprovechaba el banquete de oportunidades sexuales y sociales que se desplegaban ante él, una parte de su ser –su conciencia o una faceta latente de moralidad yanqui– se sentía asqueada ante tanta promiscuidad y superficialidad, ante tanto narcisismo y psicopatía, ante todo lo que convertía a Hollywood en un albañal, un albañal prolijamente desodorizado para proteger la sensibilidad del público.
Una mañana despertó y de repente ya no pudo seguir tolerando todo aquello. Estaba harto del sexo sin sentido, aburrido de fiestas estridentes, enfermo de codearse con actrices neuróticas y estrellitas ambiciosas, y completamente disgustado con la vida que estaba viviendo.
Empezó a buscar una manera distinta de llenar el vacío de sus días, un nuevo desafío y un motivo mejor para existir. Como actuar ya no le resultaba un desafío, empezó a pensar en dirigir. Si llegaba a fracasar como director, ese fracaso sería muy resonante, pero hasta el riesgo de poner en juego su reputación surtió en él un efecto estimulante. Dirigir una película se convirtió en su nueva meta, y se propuso lograrla con la misma decisión que lo llevó a triunfar en las anteriores. El presidente de Estudios Empire trató de convencerlo de que no lo intentara, pero pese a sus ruegos y sus razonamientos, en definitiva no tuvo más remedio que capitular, tal como Nick esperaba.
La película cuya dirección le encargaron era un filme de suspenso de bajo presupuesto llamado Pesadilla y tenía dos papeles protagonistas: uno para una niña de nueve años y otro para una mujer. Para el papel de la niña, Empire insistió en Emily McDaniels, una ex estrellita infantil que tenía los hoyuelos de Shirley Temple y casi trece años, pero que representaba nueve y estaba contratada por el estudio. La carrera de Emily ya se despeñaba, cuesta abajo; lo mismo sucedía con la de una rubia sugestiva llamada Rachel Evans, a quien le adjudicaron el otro papel. En sus filmes anteriores, Rachel Evans siempre había hecho papeles secundarios y nunca demostró demasiado talento.
El estudio le impuso a Nick esas actrices con el transparente propósito de darle una lección; para que aprendiera que su fuerte era actuar, no dirigir. Era casi seguro que la película apenas devolvería el dinero que costara, y los ejecutivos del estudio esperaban que con eso terminaran los devaneos de su actor más cotizado y que Nick renunciara a desperdiciar su talento detrás de las cámaras.
Perfecta Cap:6
1988
–¡Saquen de aquí esos malditos novillos! ¡Tienen un olor intolerable!
Sentado en una silla plegadiza de lona negra, con la palabra director escrita encima de su nombre, Nicholas Jonas ladró la orden y miró con furia el ganado que se movía en un corral provisorio, construido cerca de la casa de un rancho. Luego continuó haciendo anotaciones en su guión. El rancho se encontraba a sesenta kilómetros de Dallas, y se lo habían alquilado a un billonario para filmar parte de una película llamada «Destino» que, en opinión de Variety, posiblemente le reportara a Nick un Oscar como Mejor Actor y otro en calidad de Mejor Director... suponiendo que alguna vez consiguiera terminar de rodar ese filme que todo el mundo consideraba signado por la mala suerte.
Hasta la noche anterior, Nick creía que era imposible que las cosas empeoraran. Con un presupuesto acordado de 45 millones de dólares para cuatro meses de filmación Destino ya llevaba un mes de atraso en el rodaje y superaba en siete millones el presupuesto original, a causa de la enorme cantidad de problemas absurdos y de accidentes que persiguieron a la película prácticamente desde el día del comienzo de la filmación.
Y ahora, después de meses de demoras y desastres, sólo faltaba filmar dos escenas, pero la satisfacción que debía embargar a Nick había sido substituida por una furia desenfrenada que apenas lograba contener mientras hacía inútiles esfuerzos por concentrarse en los cambios que quería introducir en la escena siguiente.
A través de las puertas abiertas de la caballeriza, Nick alcanzaba a ver a algunos utileros colocando fardos de paja, y a los asistentes de iluminación que se trepaban a los andamies para colocar luces, mientras los camarógrafos les daban indicaciones. En un extremo del parque, bajo un monte de robles, las casas rodantes reservadas para los principales actores formaban un semicírculo, con las persianas bajas y los equipos de aire acondicionado encendidos, para luchar contra el calor del mes de julio. A su lado, los camiones de la firma que proveía comidas y bebidas distribuían refrescos a los sudorosos integrantes del equipo técnico y a los acalorados actores.
Tanto el elenco como el equipo técnico estaban integrados por profesionales acostumbrados a esperar horas enteras para estar listos para unos pocos minutos de filmación. Por lo general reinaba una atmósfera amistosa, y el día de las tomas finales era directamente alegre. Normalmente, esa misma gente, que permanecía parada en incómodos grupos cerca de los camiones, habría estado dando vueltas alrededor de Nick, haciendo bromas acerca de los tormentos que habían sufrido juntos, o conversando con entusiasmo sobre la fiesta con la que el día siguiente se celebraría el fin del rodaje. Sin embargo, después de lo sucedido la noche anterior, si podían evitarlo, nadie hablaba con Nick y nadie esperaba que se organizara una fiesta.
Ese día, los treinta y ocho integrantes del elenco y equipo técnico de Dallas temían lo que podía llegar a suceder en las horas siguientes. Por lo tanto, las órdenes que por lo general se impartían en tono razonable, ese día se gritaban con impaciencia, y las indicaciones que por lo general se cumplían con rapidez, ese día se realizaban con la torpeza de la gente que está nerviosa y deseando terminar con algo de una buena vez.
Nick prácticamente palpaba las emociones que emanaban de todos los que lo rodeaban; la comprensión de los que le tenían simpatía, la burla satisfecha de los que no se la profesaban o eran amigos de su mujer, la ávida curiosidad de aquellos a quienes ambos les resultaban indiferentes.
Al comprender que nadie había oído su orden de que sacaran de allí a los novillos, Nick miró alrededor en busca del asistente de dirección y lo vio parado en el césped, con los brazos en jarras y la cabeza echada hacia atrás, observando despegar al helicóptero que partía en un viaje de rutina al laboratorio de Dallas donde se procesaban los copiones del día.
–¡Tommy! –llamó con irritación.
Tommy Newton se volvió de inmediato y se le acercó al trote, sacudiéndose con las manos la tierra que se le había pegado a los shorts color caqui. De baja estatura, pelo castaño, ojos color de avellana, y anteojos con armazón de metal, el asistente de dirección de treinta y cinco años tenía una apariencia estudiosa que ocultaba un enorme sentido del humor y una energía infatigable. Ese día, sin embargo, ni siquiera Tommy pudo hablar en un tono ligero. Sacó la tablilla con sujetador que llevaba bajo el brazo, por si tenía que hacer alguna anotación, y preguntó:
–¿Me llamaste?
–Sí, que alguien se lleve esos novillos a otro lado, adonde el viento no traiga su olor hasta aquí –contestó Nick, sin molestarse en levantar la mirada.
–Por supuesto, Nick. –Subió el control de volumen del transmisor que llevaba en la cintura y le habló a Doug Furlough, el jefe de utileros, que supervisaba a los hombres que en ese momento construían un corral para la toma final del día siguiente–. Doug –dijo Tommy hablando por el micrófono.
–¿Sí, Tommy?
–Pídeles a los peones del rancho que lleven a los novillos a la pastura del sur.
–Creí que Nick los iba a necesitar para la próxima toma.
–Ha cambiado de idea.
–Está bien, me encargaré de eso. ¿Podemos empezar a desarmar el escenario de la casa, o prefieres que lo dejemos?
Tommy vaciló, miró a Nick y repitió la pregunta.
–Que lo dejen como está –contestó Nick con tono cortante–. No quiero que lo toquen hasta mañana, cuando haya visto los copiones. Si hay algún problema no quiero perder más de diez minutos en preparar otra toma.
Después de repetirle la respuesta a Doug Furlough, Tommy empezó a volverse, pero vaciló.
–Nick –dijo por fin con tono sombrío–, supongo que en este momento no estás de ánimo para oír esto, pero esta noche... las cosas van a ser bastante agitadas, y es posible que no tenga otra oportunidad para decírtelo.
Nick se obligó a demostrar un interés que no sentía, mientras Tommy seguía hablando, vacilante.
–Tú mereces otro par de Oscar por esta película. Varias de tus actuaciones, y algunas escenas que les has arrancado a Rachel y a Tony, han puesto piel de gallina a todo el equipo, y te aseguro que no exagero.
La sola mención de su mujer, sobre todo en relación con Tony Austin, hicieron hervir la sangre de Nick, quien se puso de pie de un salto, guión en mano.
–Te agradezco el cumplido –mintió–. Hasta dentro de una hora no habrá suficiente oscuridad como para filmar la próxima escena. Cuando todo esté listo en las caballerizas, dale un descanso al equipo para que coman algo.
Mientras, yo verificaré cómo ha quedado todo. Hasta entonces, buscaré algo de beber y un lugar donde poder concentrarme. –Señaló con la cabeza el monte que se alzaba a la orilla del parque–. Si me necesitas, estaré allí.
Se dirigió a los camiones que repartían refrescos y en el instante en que él pasaba se abrió la puerta de la casa rodante de Rachel y ella salió. Sus miradas se encontraron, todas las conversaciones se detuvieron, las cabezas se volvieron y la expectativa vibró en el aire como una descarga eléctrica, pero Nick simplemente dio un rodeo para evitar a su mujer y siguió su camino, deteniéndose unos instantes para hablar con el asistente de Tony Newton y para hacer algunos comentarios intrascendentes con un par de dobles. Fue una actuación estupenda de su parte, que le exigió un supremo esfuerzo de voluntad, porque le resultaba imposible ver a Rachel sin recordarla tal como la había visto la noche anterior, cuando volvió inesperadamente a la suite de ambos en el Hotel Crescent y la encontró con Tony Austin.
–¡Saquen de aquí esos malditos novillos! ¡Tienen un olor intolerable!
Sentado en una silla plegadiza de lona negra, con la palabra director escrita encima de su nombre, Nicholas Jonas ladró la orden y miró con furia el ganado que se movía en un corral provisorio, construido cerca de la casa de un rancho. Luego continuó haciendo anotaciones en su guión. El rancho se encontraba a sesenta kilómetros de Dallas, y se lo habían alquilado a un billonario para filmar parte de una película llamada «Destino» que, en opinión de Variety, posiblemente le reportara a Nick un Oscar como Mejor Actor y otro en calidad de Mejor Director... suponiendo que alguna vez consiguiera terminar de rodar ese filme que todo el mundo consideraba signado por la mala suerte.
Hasta la noche anterior, Nick creía que era imposible que las cosas empeoraran. Con un presupuesto acordado de 45 millones de dólares para cuatro meses de filmación Destino ya llevaba un mes de atraso en el rodaje y superaba en siete millones el presupuesto original, a causa de la enorme cantidad de problemas absurdos y de accidentes que persiguieron a la película prácticamente desde el día del comienzo de la filmación.
Y ahora, después de meses de demoras y desastres, sólo faltaba filmar dos escenas, pero la satisfacción que debía embargar a Nick había sido substituida por una furia desenfrenada que apenas lograba contener mientras hacía inútiles esfuerzos por concentrarse en los cambios que quería introducir en la escena siguiente.
A través de las puertas abiertas de la caballeriza, Nick alcanzaba a ver a algunos utileros colocando fardos de paja, y a los asistentes de iluminación que se trepaban a los andamies para colocar luces, mientras los camarógrafos les daban indicaciones. En un extremo del parque, bajo un monte de robles, las casas rodantes reservadas para los principales actores formaban un semicírculo, con las persianas bajas y los equipos de aire acondicionado encendidos, para luchar contra el calor del mes de julio. A su lado, los camiones de la firma que proveía comidas y bebidas distribuían refrescos a los sudorosos integrantes del equipo técnico y a los acalorados actores.
Tanto el elenco como el equipo técnico estaban integrados por profesionales acostumbrados a esperar horas enteras para estar listos para unos pocos minutos de filmación. Por lo general reinaba una atmósfera amistosa, y el día de las tomas finales era directamente alegre. Normalmente, esa misma gente, que permanecía parada en incómodos grupos cerca de los camiones, habría estado dando vueltas alrededor de Nick, haciendo bromas acerca de los tormentos que habían sufrido juntos, o conversando con entusiasmo sobre la fiesta con la que el día siguiente se celebraría el fin del rodaje. Sin embargo, después de lo sucedido la noche anterior, si podían evitarlo, nadie hablaba con Nick y nadie esperaba que se organizara una fiesta.
Ese día, los treinta y ocho integrantes del elenco y equipo técnico de Dallas temían lo que podía llegar a suceder en las horas siguientes. Por lo tanto, las órdenes que por lo general se impartían en tono razonable, ese día se gritaban con impaciencia, y las indicaciones que por lo general se cumplían con rapidez, ese día se realizaban con la torpeza de la gente que está nerviosa y deseando terminar con algo de una buena vez.
Nick prácticamente palpaba las emociones que emanaban de todos los que lo rodeaban; la comprensión de los que le tenían simpatía, la burla satisfecha de los que no se la profesaban o eran amigos de su mujer, la ávida curiosidad de aquellos a quienes ambos les resultaban indiferentes.
Al comprender que nadie había oído su orden de que sacaran de allí a los novillos, Nick miró alrededor en busca del asistente de dirección y lo vio parado en el césped, con los brazos en jarras y la cabeza echada hacia atrás, observando despegar al helicóptero que partía en un viaje de rutina al laboratorio de Dallas donde se procesaban los copiones del día.
–¡Tommy! –llamó con irritación.
Tommy Newton se volvió de inmediato y se le acercó al trote, sacudiéndose con las manos la tierra que se le había pegado a los shorts color caqui. De baja estatura, pelo castaño, ojos color de avellana, y anteojos con armazón de metal, el asistente de dirección de treinta y cinco años tenía una apariencia estudiosa que ocultaba un enorme sentido del humor y una energía infatigable. Ese día, sin embargo, ni siquiera Tommy pudo hablar en un tono ligero. Sacó la tablilla con sujetador que llevaba bajo el brazo, por si tenía que hacer alguna anotación, y preguntó:
–¿Me llamaste?
–Sí, que alguien se lleve esos novillos a otro lado, adonde el viento no traiga su olor hasta aquí –contestó Nick, sin molestarse en levantar la mirada.
–Por supuesto, Nick. –Subió el control de volumen del transmisor que llevaba en la cintura y le habló a Doug Furlough, el jefe de utileros, que supervisaba a los hombres que en ese momento construían un corral para la toma final del día siguiente–. Doug –dijo Tommy hablando por el micrófono.
–¿Sí, Tommy?
–Pídeles a los peones del rancho que lleven a los novillos a la pastura del sur.
–Creí que Nick los iba a necesitar para la próxima toma.
–Ha cambiado de idea.
–Está bien, me encargaré de eso. ¿Podemos empezar a desarmar el escenario de la casa, o prefieres que lo dejemos?
Tommy vaciló, miró a Nick y repitió la pregunta.
–Que lo dejen como está –contestó Nick con tono cortante–. No quiero que lo toquen hasta mañana, cuando haya visto los copiones. Si hay algún problema no quiero perder más de diez minutos en preparar otra toma.
Después de repetirle la respuesta a Doug Furlough, Tommy empezó a volverse, pero vaciló.
–Nick –dijo por fin con tono sombrío–, supongo que en este momento no estás de ánimo para oír esto, pero esta noche... las cosas van a ser bastante agitadas, y es posible que no tenga otra oportunidad para decírtelo.
Nick se obligó a demostrar un interés que no sentía, mientras Tommy seguía hablando, vacilante.
–Tú mereces otro par de Oscar por esta película. Varias de tus actuaciones, y algunas escenas que les has arrancado a Rachel y a Tony, han puesto piel de gallina a todo el equipo, y te aseguro que no exagero.
La sola mención de su mujer, sobre todo en relación con Tony Austin, hicieron hervir la sangre de Nick, quien se puso de pie de un salto, guión en mano.
–Te agradezco el cumplido –mintió–. Hasta dentro de una hora no habrá suficiente oscuridad como para filmar la próxima escena. Cuando todo esté listo en las caballerizas, dale un descanso al equipo para que coman algo.
Mientras, yo verificaré cómo ha quedado todo. Hasta entonces, buscaré algo de beber y un lugar donde poder concentrarme. –Señaló con la cabeza el monte que se alzaba a la orilla del parque–. Si me necesitas, estaré allí.
Se dirigió a los camiones que repartían refrescos y en el instante en que él pasaba se abrió la puerta de la casa rodante de Rachel y ella salió. Sus miradas se encontraron, todas las conversaciones se detuvieron, las cabezas se volvieron y la expectativa vibró en el aire como una descarga eléctrica, pero Nick simplemente dio un rodeo para evitar a su mujer y siguió su camino, deteniéndose unos instantes para hablar con el asistente de Tony Newton y para hacer algunos comentarios intrascendentes con un par de dobles. Fue una actuación estupenda de su parte, que le exigió un supremo esfuerzo de voluntad, porque le resultaba imposible ver a Rachel sin recordarla tal como la había visto la noche anterior, cuando volvió inesperadamente a la suite de ambos en el Hotel Crescent y la encontró con Tony Austin.
Perfecta Cap: 5
El invierno siguiente Miley
fue citada al living, donde, ante la sonrisa fascinada de su nueva
familia, abrió sus primeros regalos de cumpleaños. Cuando terminó de
abrir el último paquete y de levantar el último trozo de papel
desgarrado, James y Mary Mathison y Carl y Ted le hicieron el regalo más
exquisito de todos.
Estaba dentro de un gran sobre color marrón, de aspecto poco auspicioso. El sobre contenía una larga hoja de papel impreso en letras elaboradas, cuyo encabezamiento rezaba: “Solicitud de adopción”. Miley los miró con los ojos llenos de lágrimas y apretó el papel contra su pecho.
–¿Yo? –preguntó.
Ted y Carl malinterpretaron el motivo de sus lágrimas y empezaron a hablar al mismo tiempo, con tono ansioso.
–Queríamos que fuera oficial, Miley, no es más que eso, para que te puedas llamar Mathison igual que nosotros –explicó Carl.
–Es decir –agregó Ted–, si no estás segura, no hay ninguna necesidad de seguir adelante con el asunto... –Se detuvo cuando Miley se arrojó en sus brazos con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerlo caer.
–¡Claro que estoy segura! –chilló ella, fascinada–. ¡Estoy segura, estoy segura, estoy segura!
Nada podía empañar su alegría. Esa noche, cuando sus hermanos la invitaron a ir al cine con un grupo de amigos para ver una película protagonizada por el héroe de todos ellos, Nick Jonas, Miley aceptó enseguida, aunque no comprendía por qué ese actor les gustaba tanto. Envuelta en júbilo, se instaló en la tercera fila del cine Bijou con uno de sus hermanos a cada lado y miró distraídamente la película protagonizada por un tipo alto, de pelo oscuro, que no sabía hacer mucho de nada, aparte de correr carreras de motocicleta, pelear a golpes de puño y poner cara de aburrido y ser bastante... frío.
–¿Qué te pareció la película? ¿No piensas que Nick Jonas es fantástico? –le preguntó Ted al salir del cine en medio de una multitud de adolescentes que comentaban más o menos lo mismo.
La dedicación de Miley a una honestidad total ganó por escaso margen a sus deseos de mostrarse en todo de acuerdo con sus maravillosos hermanos.
–Jonas es... bueno... me parece un poco viejo –contestó, mirando en busca de apoyo a otras tres chicas que los habían acompañado al cine.
Ted no salía de su asombro.
–¡Viejo! ¡No tiene más que veintiún años, pero ha vivido en serio! Leí en una revista de cine que desde los seis años se gana la vida él solo, que ha vivido en el Oeste y ha trabajado en ranchos. Es domador de caballos. Después, trabajó en rodeos. Durante un tiempo formó parte de una pandilla de motociclistas... que viajaron por todo el país. Nick Jonas –terminó diciendo Ted con admiración–, es un verdadero hombre.
–Pero tiene aspecto de... frío –insistió Miley–. Frío y además un poco ruin.
Las mujeres del grupo rieron a gritos de lo que Miley consideraba una crítica sensata.
–Miley –dijo Laury Paulson, todavía riendo–, Nicholas Jonas es maravilloso y completamente sexy. Todo el mundo lo considera así.
Miley, que sabía que Carl estaba secretamente enamorado de Laurie Paulson, enseguida reaccionó con lealtad hacia su hermano.
–Bueno, a mí no me parece. No me gustan sus ojos. Son marrones y de expresión ruin.
–¡No tiene ojos marrones, sino dorados! Tiene ojos increíblemente atractivos, ¡pregúntaselo a cualquiera!
–Miley no es buen juez para esa clase de cosas –intervino Carl, alejándose de su amor secreto para emprender el regreso hacia su casa–. Es demasiado chica.
–¡Debo decirte que no soy demasiado chica para saber –contestó Miley, tomando del brazo a sus dos hermanos– que Nick Jonas no es tan buen mozo como cualquiera de ustedes dos!
Ante ese halago. Carl dirigió una mirada sobre el hombro a Laurie Paulson y enmendó su juicio anterior.
–Sin embargo, Miley es muy madura para su edad.
Ted seguía enfrascado en la vida maravillosa de su héroe cinematográfico.
–Imaginen lo que debe de ser depender de uno mismo desde tan chico, trabajar en un rancho, andar a caballo, enlazar novillos...
Estaba dentro de un gran sobre color marrón, de aspecto poco auspicioso. El sobre contenía una larga hoja de papel impreso en letras elaboradas, cuyo encabezamiento rezaba: “Solicitud de adopción”. Miley los miró con los ojos llenos de lágrimas y apretó el papel contra su pecho.
–¿Yo? –preguntó.
Ted y Carl malinterpretaron el motivo de sus lágrimas y empezaron a hablar al mismo tiempo, con tono ansioso.
–Queríamos que fuera oficial, Miley, no es más que eso, para que te puedas llamar Mathison igual que nosotros –explicó Carl.
–Es decir –agregó Ted–, si no estás segura, no hay ninguna necesidad de seguir adelante con el asunto... –Se detuvo cuando Miley se arrojó en sus brazos con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerlo caer.
–¡Claro que estoy segura! –chilló ella, fascinada–. ¡Estoy segura, estoy segura, estoy segura!
Nada podía empañar su alegría. Esa noche, cuando sus hermanos la invitaron a ir al cine con un grupo de amigos para ver una película protagonizada por el héroe de todos ellos, Nick Jonas, Miley aceptó enseguida, aunque no comprendía por qué ese actor les gustaba tanto. Envuelta en júbilo, se instaló en la tercera fila del cine Bijou con uno de sus hermanos a cada lado y miró distraídamente la película protagonizada por un tipo alto, de pelo oscuro, que no sabía hacer mucho de nada, aparte de correr carreras de motocicleta, pelear a golpes de puño y poner cara de aburrido y ser bastante... frío.
–¿Qué te pareció la película? ¿No piensas que Nick Jonas es fantástico? –le preguntó Ted al salir del cine en medio de una multitud de adolescentes que comentaban más o menos lo mismo.
La dedicación de Miley a una honestidad total ganó por escaso margen a sus deseos de mostrarse en todo de acuerdo con sus maravillosos hermanos.
–Jonas es... bueno... me parece un poco viejo –contestó, mirando en busca de apoyo a otras tres chicas que los habían acompañado al cine.
Ted no salía de su asombro.
–¡Viejo! ¡No tiene más que veintiún años, pero ha vivido en serio! Leí en una revista de cine que desde los seis años se gana la vida él solo, que ha vivido en el Oeste y ha trabajado en ranchos. Es domador de caballos. Después, trabajó en rodeos. Durante un tiempo formó parte de una pandilla de motociclistas... que viajaron por todo el país. Nick Jonas –terminó diciendo Ted con admiración–, es un verdadero hombre.
–Pero tiene aspecto de... frío –insistió Miley–. Frío y además un poco ruin.
Las mujeres del grupo rieron a gritos de lo que Miley consideraba una crítica sensata.
–Miley –dijo Laury Paulson, todavía riendo–, Nicholas Jonas es maravilloso y completamente sexy. Todo el mundo lo considera así.
Miley, que sabía que Carl estaba secretamente enamorado de Laurie Paulson, enseguida reaccionó con lealtad hacia su hermano.
–Bueno, a mí no me parece. No me gustan sus ojos. Son marrones y de expresión ruin.
–¡No tiene ojos marrones, sino dorados! Tiene ojos increíblemente atractivos, ¡pregúntaselo a cualquiera!
–Miley no es buen juez para esa clase de cosas –intervino Carl, alejándose de su amor secreto para emprender el regreso hacia su casa–. Es demasiado chica.
–¡Debo decirte que no soy demasiado chica para saber –contestó Miley, tomando del brazo a sus dos hermanos– que Nick Jonas no es tan buen mozo como cualquiera de ustedes dos!
Ante ese halago. Carl dirigió una mirada sobre el hombro a Laurie Paulson y enmendó su juicio anterior.
–Sin embargo, Miley es muy madura para su edad.
Ted seguía enfrascado en la vida maravillosa de su héroe cinematográfico.
–Imaginen lo que debe de ser depender de uno mismo desde tan chico, trabajar en un rancho, andar a caballo, enlazar novillos...
sábado, 6 de octubre de 2012
Perfecta Cap: 4
El ómnibus del colegio se detuvo ante la cálida casa de estilo Victoriano queMiley se había permitido considerar su casa durante los tres meses de su vida con los Mathison.
–Aquí estás, Miley –dijo el bondadoso chofer, pero cuando Miley bajó, ninguno de sus nuevos amigos se despidió de ella como generalmente lo hacían.
El silencio frío y lleno de sospechas que la rodeaba la llenó de terror al poner sus pies sobre la vereda cubierta de nieve. Una suma de dinero, reunida por los alumnos de la clase de Miley para pagar los almuerzos de la semana, había sido robada del escritorio de la maestra. Todos los chicos de la clase fueron interrogados al respecto, pero fue Miley quien se había quedado en el aula durante el recreo para dar los toques finales a su deber de geografía.
Miley era la principal sospechosa, no sólo por haber contado con la perfecta oportunidad para robar el dinero, sino por ser la recién llegada, la de afuera, la chica que venía de la gran ciudad llena de maldad; y como en su clase nunca había sucedido nada semejante, a los ojos de todos ya era culpable. Esa tarde, mientras esperaba fuera de la oficina del director, oyó que el señor Duncan le decía a su secretaria que tendría que llamar al reverendo Mathison y a su señora para decirles lo del dinero robado. Y sin duda lo había hecho, porque el auto del reverendo Mathison estaba en el camino de entrada de la casa, y por lo general él nunca llegaba tan temprano.
Al llegar a la entrada de la cerca de madera que rodeaba el jardín, Miley se quedó parada, mirando la casa, y le temblaron las rodillas al pensar que podían echarla de allí. El matrimonio Mathison le había dado un cuarto propio, con cama con dosel y una colcha floreada, pero no iba a extrañar eso tanto como extrañaría los abrazos. Y las risas. Y las voces hermosas de todos. De solo pensar que no volvería a oír a James Mathison diciéndole «Buenas noches, Miley, no olvides de rezar tus oraciones, querida», tenía ganas de arrojarse de boca sobre la nieve y llorar como un bebé. ¿Y cómo iba a seguir viviendo sin oír a Carl y a Ted, a quienes ya consideraba sus hermanos mayores, llamándola para que jugara con ellos o para que los acompañara al cine? Nunca más volvería a ir a la iglesia con su nueva familia, ni se sentaría en el primer banco para escuchar al reverendo Mathison hablar con suavidad «del Señor», mientras toda la congregación escuchaba en respetuoso silencio lo que él decía. Al principio esa parte de su nueva vida no le gustó; los servicios religiosos le parecían interminables y los bancos eran duros como la piedra, pero luego empezó a escuchar lo que decía el reverendo Mathison. Y después de un par de semanas, casi empezó a creer que realmente existía un Dios bueno y lleno de amor, que cuidaba de todo el mundo, hasta de chiquilinas de porquería como Miley Smith. Y mientras permanecía parada en la nieve, Miley murmuró:
–¡Por favor! –dirigiéndose al Dios del reverendo Mathison, aunque supiera que eso no serviría de nada.
Debí haber sabido que esto era demasiado bueno para que durara, comprendió Miley con amargura y las lágrimas contra las que había estado luchando le empañaron la vista. Por un momento se permitió esperar que le dieran una buena tunda en lugar de mandarla de vuelta a Chicago, pero sabía que no sería así. En primer lugar sus padres adoptivos consideraban que no convenía pegarle a un niño, pero en cambio creían que robar y mentir eran graves ofensas, totalmente inaceptables a los ojos «del Señor» y a los de ellos mismos. Miley les prometió que no haría ninguna de las dos cosas, y ambos habían confiado plenamente en ella.
La correa de su nueva mochila de nailon se le deslizó del hombro izquierdo y la mochila cayó a la nieve, pero Miley se sentía demasiado desgraciada para que le importara. Arrastrándola por la otra correa, se encaminó aterrorizada hacia la casa y empezó a subir los escalones del porche.
Enfriándose sobre la mesada de la cocina había una bandeja de bizcochos de chocolate, los favoritos de Miley. Normalmente el aroma exquisito de las tortas recién horneadas le hacía agua la boca; en cambio ese día le dio ganas de vomitar, porque Mary Mathison nunca volvería a hacerlas especialmente para ella. La cocina se hallaba desierta, y una mirada al living le confirmó que también estaba vacío, pero alcanzó a oír que sus hermanos salían del dormitorio que compartían en el otro extremo del vestíbulo. Con manos temblorosas, Miley colgó la correa de la mochila donde llevaba los libros de uno de los ganchos que había junto a la puerta de la cocina; después se sacó la campera acolchada, la colgó y se encaminó hacia el dormitorio de los muchachos.
Carl su hermano adoptivo de dieciséis años, la vió parada en la puerta del cuarto y enseguida le pasó un brazo sobre los hombros.
–¡Hola, _Miley-Carl! –saludó con tono de broma–. ¿Qué te parece nuestro nuevo poster? –Por lo general el sobrenombre que le había puesto Carl la hacía sonreír; en cambio en ese momento le dio ganas de aullar, porque eso era algo que tampoco volvería a oír. Ted, que tenía dos años menos que Carl, le sonrió y señaló el poster del último ídolo cinematográfico de ambos, Nick Jonas.– ¿Qué te parece, MIley? ¿No es bárbaro? Algún día tendré una motocicleta idéntica a la de Nick Jonas.
A través de sus ojos llenos de lágrimas, Miley miró la fotografía ampliada de un muchacho alto, serio, de anchos hombros, que estaba parado junto a una motocicleta, con los brazos cruzados sobre el pecho ancho y muy bronceado.
–Es el más grande de los actores –convino ella, aturdida–. ¿Dónde están tu padre y tu madre?–agregó con voz chata. Aunque sus padres adoptivos la habían invitado formalmente a llamarlos mamá y papá, y ella aceptó, Miley sabía que ese privilegio le sería negado en adelante–. Tengo que hablar con ellos. –Su voz ya tenía el acento de las lágrimas todavía no derramadas, pero estaba decidida a terminar de una vez por todas con ese inevitable enfrentamiento, porque no soportaba ese miedo un solo instante más.
–Están en su dormitorio manteniendo una conversación privada –contestó Ted, sin apartar la mirada del poster–. Mañana a la noche, Carl y yo pensamos ir a ver la nueva película de Nick Jonas. Queríamos llevarte con nosotros, pero está calificada para mayores de 14 años porque tiene escenas de violencia, así que mamá no nos dio permiso para llevarte. –Apartó un instante la mirada del poster y al ver la cara de Miley la animó. –¡Vamos, chiquita, no te pongas tan triste! Te llevaremos a ver la primera película que...
La puerta del otro extremo del vestíbulo se abrió, y los padres adoptivos de Miley salieron del dormitorio, con expresiones sombrías.
–Creí haberte oído la voz, Miley –dijo Mary Mathison–. ¿Te gustaría comer algo antes de empezar a hacer los deberes?
El reverendo Mathison miró la cara de su hija adoptiva y dijo:
–Creo que Miley está demasiado angustiada para poder concentrarse en los deberes. ¿Te gustaría que conversáramos ahora sobre lo que te está molestando, o prefieres que lo hagamos después de comer? –preguntó, dirigiéndose a ella.
–Ahora –dijo Miley en un susurro. Carl y Ted intercambiaron una mirada de intriga y preocupación y empezaron a salir, pero Miley meneó la cabeza, haciéndoles señas de que se quedaran. «Será mejor que me saque esto de encima enseguida y delante de todos», pensó. Cuando sus padres adoptivos se sentaron en la cama de Carl empezó a hablar con un hilo de voz–. Hoy hubo un robo de dinero en el colegio.
–Sí, ya lo sabemos –contestó desapasionadamente el reverendo Mathison–. Nos llamó el director de la escuela. El señor Duncan y tu maestra parecen creer que eres la culpable.
En el camino de regreso del colegio, Miley ya había decidido que, por dolorosas o injustas que fueran las cosas que ellos le dijeran, no suplicaría ni se humillaría. Por desgracia nunca imaginó el increíble dolor que sentía en ese momento en que estaba perdiendo a su nueva familia. Enterró las manos en los bolsillos traseros de los jeans e inconscientemente adoptó una actitud desafiante, pero para su espanto, empezaron a temblarle violentamente los hombros y tuvo que secarse esas lágrimas odiosas con la manga.
–¿Robaste ese dinero, Miley?
–¡No! –La palabra explotó como un grito de angustia.
–Entonces no hay nada más que hablar. –El reverendo Mathison y su señora se pusieron de pie como si acabaran de decidir que, además de ladrona, era una mentirosa, y a pesar de su decisión de no hacerlo, MIley empezó a suplicar.
–Yo j-juro que no t-tomé ese dinero –sollozó mientras se retorcía el dobladillo del suéter–. Les pro-prometí que no volvería a mentir ni a robar, y no lo he hecho. ¡No lo hice! ¡Por favor! ¡Por favor, créanme!
–Por supuesto que te creemos, Miley.
–Les aseguro que he cambiado, he cambiado y... –Se interrumpió y los miró con incredulidad–.¿Ustedes... qué? –susurró.
–Miley –dijo su padre
adoptivo, apoyando una mano sobre su mejilla–, cuando viniste a vivir
con nosotros, te pedimos que nos dieras tu palabra de que no habría más
robos ni más mentiras.
Cuando nos diste tu palabra, nosotros te dimos nuestra confianza, ¿recuerdas?
Miley asintió, recordando ese momento, tres meses antes, con claridad cristalina. Entonces vio la sonrisa de su madre adoptiva y se arrojó en sus brazos. Mary Mathison la abrazó con fuerza y la envolvió en su perfume de claveles y en la silenciosa promesa de una vida entera llena de besos de buenas noches y de risas compartidas. Las lágrimas de Miley surgieron a torrentes.
–Bueno, bueno, ¡no llores tanto que te enfermarás! –dijo James Mathison, sonriéndole a su mujer sobre la cabeza de Miley–. Deja que tu madre se encargue de la comida y que el buen Dios se encargue del asunto del dinero robado.
Ante la mención del “buen Dios”, Miley de repente se puso tensa y salió corriendo, mientras gritaba sobre el hombro que volvería a tiempo para poner la mesa. En el sorprendido silencio que siguió a su abrupta y extraña partida, el reverendo Mathison dijo con preocupación:
–En este momento no debería ir a ninguna parte. Todavía está demasiado angustiada, y dentro de un rato habrá oscurecido. Carl –agregó–, síguela para ver qué hace.
–Yo también iré –dijo Ted, sacando una campera del armario.
A dos cuadras de la casa, Miley aferró las heladas manijas de bronce y consiguió abrir las pesadas puertas de bronce de la iglesia de la que su padre adoptivo era pastor. La pálida luz invernal entraba por los altos ventanales mientras ella recorría la nave central y se detenía al llegar frente al altar. Sin saber exactamente cómo debía proceder en esas circunstancias, levantó su mirada resplandeciente hasta la cruz de madera. Después de algunos instantes de silencio, habló en voz baja y tímida.
–Un millón de gracias por hacer que los Mathison me creyeran. Es decir, yo sé que Tú has sido El que los hizo creerme, porque éste es un milagro de la vida real. No te arrepentirás –prometió–. Voy a ser tan perfecta que haré que todo el mundo se enorgullezca de mí. –Se volvió para alejarse, pero enseguida fijó nuevamente la mirada en el crucifijo–. ¡Ah! Y si tienes tiempo, ¿no podrías asegurarte que el señor Duncan descubra quién robó ese dinero? Porque si no, me echarán la culpa de todos modos, y eso no me parece justo.
Esa noche, después de comer, Miley limpió a fondo su dormitorio, que siempre mantenía impecable, y al bañarse se lavó dos veces detrás de las orejas. Estaba decidida a ser perfecta.
El lunes de la semana siguiente, Billy Nesbitt, un alumno de séptimo grado, fue descubierto con seis botellas de cerveza que generosamente compartía con varios amigos a la hora del almuerzo. Metido dentro del paquete de botellas vacías había un prolijo sobre que decía: “Dinero para almuerzos. Clase de la Srta. Abbot” escrito con la letra de la maestra de Miley.
Miley recibió una disculpa formal por parte de su maestra frente a todos sus compañeros, y una disculpa menos entusiasta y privada por parte del amargado señor Duncan.
Esa tarde, Miley bajó del ómnibus del colegio frente a la iglesia, dentro de la que estuvo quince minutos. Después corrió todo el camino hasta su casa para compartir la noticia. Entró como una exhalación, con la cara roja de frío, ansiosa por ofrecer la prueba fehaciente que la exoneraría por completo del robo. Corrió a la cocina donde Mary Mathison preparaba la comida.
–¡Puedo probar que no robé el dinero de los almuerzos! –jadeó, mirando expectante a su madre y sus hermanos.
Mary Mathison le dirigió una sonrisa extrañada y continuó pelando zanahorias; Carl apenas levantó la vista del plano de planta de una casa que estaba dibujando para su Proyecto de los Futuros Arquitectos de los Estados Unidos; Ted le dedicó una sonrisa distraída y continuó leyendo su revista de cine que tenía la fotografía de Nick Jonas en la tapa.
–Nosotros ya sabemos que no robaste ese dinero, querida –contestó por fin la señora Mathison–. Dijiste que no habías sido tú.
–Es cierto. Nos dijiste que no habías sido tú –corroboró Ted, volviendo la página de la revista.
–Sí, pero... ¡pero ahora puedo hacer que realmente me crean! ¡Puedo probarlo! –exclamó mirándolos por turno.
La señora Mathison dejó las zanahorias y empezó a desabrochar la campera de Miley.
–Ya lo probaste –dijo con una sonrisa suave–. Nos diste tu palabra, ¿recuerdas?
–Sí, pero mi palabra no es lo mismo que una prueba real. No vale tanto.
La señora Mathison la miró directamente a los ojos.
–Sí, Miley –dijo con suavidad, pero con firmeza–, lo es. Decididamente lo es. –Y mientras desabrochaba el primer botón de la campera acolchada de Miley, agregó– Y si eres tan honesta con todos como lo eres con nosotros, muy pronto tu palabra será prueba suficiente para todo el mundo.
–Billy Nesbitt robó el dinero para comprar cerveza para sus amigos –insistió Miley, en obstinada protesta contra ese anticlímax. Y luego no pudo contenerse y agregó– Y de todos modos, ¿ustedes cómo saben que siempre diré la verdad y que nunca volveré a robar?
–Lo sabemos porque té conocemos –contestó su madre adoptiva con tono enfático–. Te conocemos, confiamos en ti y te queremos.
–Sí, chiquita, te queremos –afirmó Ted con una sonrisa.
–Sí, así es –agregó Carl, levantando la vista para asentir.
Para su horror, MIley sintió que las lágrimas le hacían arder los ojos, y se volvió con rapidez para ocultarlas. Pero ese día marcó un hito irreversible en su vida. Los Mathison le habían ofrecido su casa, su confianza y su amor a ella, no a otra criatura afortunada. Esa familia maravillosa y cálida era suya para siempre, no sólo por un tiempo. Lo sabían todo acerca de ella, y a pesar de eso la seguían queriendo. Miley se regocijó en ese conocimiento recién adquirido. Se enfrascó con mayor decisión aún en sus tareas escolares, y ella misma fue la primera sorprendida al comprobar con cuanta facilidad aprendía. Cuando llegó el verano, pidió que la dejaran hacer un curso durante las vacaciones, para poder reponer con mayor rapidez todas las clases perdidas.
Cuando nos diste tu palabra, nosotros te dimos nuestra confianza, ¿recuerdas?
Miley asintió, recordando ese momento, tres meses antes, con claridad cristalina. Entonces vio la sonrisa de su madre adoptiva y se arrojó en sus brazos. Mary Mathison la abrazó con fuerza y la envolvió en su perfume de claveles y en la silenciosa promesa de una vida entera llena de besos de buenas noches y de risas compartidas. Las lágrimas de Miley surgieron a torrentes.
–Bueno, bueno, ¡no llores tanto que te enfermarás! –dijo James Mathison, sonriéndole a su mujer sobre la cabeza de Miley–. Deja que tu madre se encargue de la comida y que el buen Dios se encargue del asunto del dinero robado.
Ante la mención del “buen Dios”, Miley de repente se puso tensa y salió corriendo, mientras gritaba sobre el hombro que volvería a tiempo para poner la mesa. En el sorprendido silencio que siguió a su abrupta y extraña partida, el reverendo Mathison dijo con preocupación:
–En este momento no debería ir a ninguna parte. Todavía está demasiado angustiada, y dentro de un rato habrá oscurecido. Carl –agregó–, síguela para ver qué hace.
–Yo también iré –dijo Ted, sacando una campera del armario.
A dos cuadras de la casa, Miley aferró las heladas manijas de bronce y consiguió abrir las pesadas puertas de bronce de la iglesia de la que su padre adoptivo era pastor. La pálida luz invernal entraba por los altos ventanales mientras ella recorría la nave central y se detenía al llegar frente al altar. Sin saber exactamente cómo debía proceder en esas circunstancias, levantó su mirada resplandeciente hasta la cruz de madera. Después de algunos instantes de silencio, habló en voz baja y tímida.
–Un millón de gracias por hacer que los Mathison me creyeran. Es decir, yo sé que Tú has sido El que los hizo creerme, porque éste es un milagro de la vida real. No te arrepentirás –prometió–. Voy a ser tan perfecta que haré que todo el mundo se enorgullezca de mí. –Se volvió para alejarse, pero enseguida fijó nuevamente la mirada en el crucifijo–. ¡Ah! Y si tienes tiempo, ¿no podrías asegurarte que el señor Duncan descubra quién robó ese dinero? Porque si no, me echarán la culpa de todos modos, y eso no me parece justo.
Esa noche, después de comer, Miley limpió a fondo su dormitorio, que siempre mantenía impecable, y al bañarse se lavó dos veces detrás de las orejas. Estaba decidida a ser perfecta.
El lunes de la semana siguiente, Billy Nesbitt, un alumno de séptimo grado, fue descubierto con seis botellas de cerveza que generosamente compartía con varios amigos a la hora del almuerzo. Metido dentro del paquete de botellas vacías había un prolijo sobre que decía: “Dinero para almuerzos. Clase de la Srta. Abbot” escrito con la letra de la maestra de Miley.
Miley recibió una disculpa formal por parte de su maestra frente a todos sus compañeros, y una disculpa menos entusiasta y privada por parte del amargado señor Duncan.
Esa tarde, Miley bajó del ómnibus del colegio frente a la iglesia, dentro de la que estuvo quince minutos. Después corrió todo el camino hasta su casa para compartir la noticia. Entró como una exhalación, con la cara roja de frío, ansiosa por ofrecer la prueba fehaciente que la exoneraría por completo del robo. Corrió a la cocina donde Mary Mathison preparaba la comida.
–¡Puedo probar que no robé el dinero de los almuerzos! –jadeó, mirando expectante a su madre y sus hermanos.
Mary Mathison le dirigió una sonrisa extrañada y continuó pelando zanahorias; Carl apenas levantó la vista del plano de planta de una casa que estaba dibujando para su Proyecto de los Futuros Arquitectos de los Estados Unidos; Ted le dedicó una sonrisa distraída y continuó leyendo su revista de cine que tenía la fotografía de Nick Jonas en la tapa.
–Nosotros ya sabemos que no robaste ese dinero, querida –contestó por fin la señora Mathison–. Dijiste que no habías sido tú.
–Es cierto. Nos dijiste que no habías sido tú –corroboró Ted, volviendo la página de la revista.
–Sí, pero... ¡pero ahora puedo hacer que realmente me crean! ¡Puedo probarlo! –exclamó mirándolos por turno.
La señora Mathison dejó las zanahorias y empezó a desabrochar la campera de Miley.
–Ya lo probaste –dijo con una sonrisa suave–. Nos diste tu palabra, ¿recuerdas?
–Sí, pero mi palabra no es lo mismo que una prueba real. No vale tanto.
La señora Mathison la miró directamente a los ojos.
–Sí, Miley –dijo con suavidad, pero con firmeza–, lo es. Decididamente lo es. –Y mientras desabrochaba el primer botón de la campera acolchada de Miley, agregó– Y si eres tan honesta con todos como lo eres con nosotros, muy pronto tu palabra será prueba suficiente para todo el mundo.
–Billy Nesbitt robó el dinero para comprar cerveza para sus amigos –insistió Miley, en obstinada protesta contra ese anticlímax. Y luego no pudo contenerse y agregó– Y de todos modos, ¿ustedes cómo saben que siempre diré la verdad y que nunca volveré a robar?
–Lo sabemos porque té conocemos –contestó su madre adoptiva con tono enfático–. Te conocemos, confiamos en ti y te queremos.
–Sí, chiquita, te queremos –afirmó Ted con una sonrisa.
–Sí, así es –agregó Carl, levantando la vista para asentir.
Para su horror, MIley sintió que las lágrimas le hacían arder los ojos, y se volvió con rapidez para ocultarlas. Pero ese día marcó un hito irreversible en su vida. Los Mathison le habían ofrecido su casa, su confianza y su amor a ella, no a otra criatura afortunada. Esa familia maravillosa y cálida era suya para siempre, no sólo por un tiempo. Lo sabían todo acerca de ella, y a pesar de eso la seguían queriendo. Miley se regocijó en ese conocimiento recién adquirido. Se enfrascó con mayor decisión aún en sus tareas escolares, y ella misma fue la primera sorprendida al comprobar con cuanta facilidad aprendía. Cuando llegó el verano, pidió que la dejaran hacer un curso durante las vacaciones, para poder reponer con mayor rapidez todas las clases perdidas.
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